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21 de noviembre de 2008

Mario Levrero :: la mesa

Ya conseguí un par de fotos de la presentación, para el blog, que sé que la hinchada uruguaya quiere comprobar que es cierto que hubo apóstoles reunidos en nombre de Levrero en un templo cultural llamado Casa de América (sí, damas y caballeros, no todo iban a ser conferencias o presentaciones de Vargas Llosa o Carlos Fuentes; no, no: ¡también hay lugarcito en la plaza de Cibeles para los olvidados como Mario Levrero!). En fin, que aquí nos tenéis; de izquierda a derecha: Ignacio Echevarría, la familia Levrero —Alicia, Juan Ignacio y Nicolás—, quien esto escribe y María Casas. De pie, se ve primero la Trilogía involuntaria y luego, La novela luminosa.

Algún día digeriré la sobredosis de instantáneas de vida que nos regalaron Alicia, Juan Ignacio y Nicolás (yo sólo conozco a Levrero por sus libros, por las muchas horas pasadas disfrutando sus textos), y entonces quizá pueda contar algo más elaborado. Por ahora, me quedo con el entusiasmo lector de Nicolás y de Juan Ignacio con la obra de Jorge (como ellos llaman a Levrero, claro), auténticos fans de sus novelas y de sus cuentos. Y también con una anécdota que me contaron y que, en mi opinión, lo pinta de cuerpo entero al homenajeado:

Por lo visto, un día Levrero fue al psicoanalista y le dijo a este algo así como Haga usted conmigo lo que quiera, pero no me quite la neurosis: la necesito para escribir.

Suena divertido, lo sé... Pero me hizo recordar una frase de Jung en Lo inconsciente:
No hay medio mejor que una neurosis para tiranizar a toda una casa.
Digo: tras las risas, me hizo pensar mucho sobre cuáles son los costes de esas vocaciones artísticas llevadas hasta el extremo. Intuyo que por eso le dije a Alicia que la admiraba por tener tanta paciencia con alguien que se parece demasiado a los narradores de sus novelas. Vamos, me pongo en el lugar de Alicia y me imagino que la convivencia con Jorge debió de ser más que complicada.

Yo, ya digo, sólo conviví con los textos de ML; de ahí que me impactara mucho cuando ella contó que Levrero sentía que la piel no lo protegía del mundo, y usó para ello imágenes como las de un mejillón sin valvas o la de un ser humano que estuviera dado vuelta como una media, con la piel hacia dentro y los órganos vitales hacia fuera. O que contará que cuando Jorge estaba por morir, él le pidió que lo llamase cada dos horas porque le daba miedo estar desvanecido en el suelo y que nadie lo pudiese ayudar. O que mostrase la cajetilla de cigarrillos Fiesta que él le entregó justo antes de internarse y que ella, pese a ser su doctora, le había permitido seguir fumando (Hablo como mujer, no como médico, dijo más o menos, explicando con una sola oración la irreversible desnudez que supone el amor hacia alguien).

Juan Ignacio habló después de su madre, y se lo notaba emocionado por el relato de ella. Entre otros temas, él abordó la importancia de la búsqueda del espíritu, la importancia que tenía para Jorge recuperar la inocencia infantil en la mirada, el que uno pudiese aprehender la realidad como si fuera la primera vez que la mira, aunque ya tenga en los ojos el peso de 60 años de vida. Y trazó ese hilo conductor para unir Diario de un canalla, El discurso vacío y La novela luminosa y mostrar que las tres reflejan esa búsqueda, que podrían formar un único libro.

Nicolás, quien vivió lejos de Uruguay desde los once años, cerró las intervenciones familiares. Él se centró en recuperar el tono de las conversaciones y cartas con su padre, que por lo visto rezumaban ganas de jugar y estaban repletas de bromas. Es más: la única conversación seria que recordaba —si es que llegó a serlo— fue una sobre sexo... Conversación, claro está, de la que evitó darnos detalles en Casa de América o en la cena posterior. Luego, y cuando ya hubimos hablado todos, él leyó el famoso párrafo telépata de El discurso vacío. (Alicia y Juan Ignacio dicen que él es la prueba de que la genética es verdad; así que, por voz y por contextura, nos hicimos a la idea de que leía Mario Levrero).

Por último, Ignacio Echevarría mostró que la estética literaria de Levrero, esa manera tan genuina de hacer literatura, esto es, desde el concepto de verdad kafkiano, no existe en la literatura española. Y aventuró incluso que, hasta donde él conoce del otro lado del Atlántico —y es bastante—, tampoco. Traducción: Levrero ensanchó los límites de la literatura y mostró un modo de hacer donde, salvo quizá Felisberto Hernánez, no habíamos indagado. (Admítase la hipérbole panegírica, che, que estamos en una presentación). Desde esa excepcionalidad, dejó clara su admiración por este uruguayo tan singular.

También rescató su figura como antihéroe, de escritor poco dado al catecismo académico o a tomarse tan en serio a sí mismo como tantos autores del boom, del posboom o de ahora mismo. Y se refirió a que ciertos círculos intelectuales uruguayos hablan ya con desprecio de los levreritos, como ellos les llaman, y de la literatura que estos hacen. En ese sentido, destacó que le parece admirable que la gente joven se siga aglutinando alrededor de la obra de Levrero para formar una suerte de tejido alternativo a las estructuras que anquilosan el mundo cultural uruguayo. (Juraría que para lo de los levreritos citó un artículo en la revista Brecha. Juraría).

Le tiró un par de merecidas flores a María Casas y a Constantino Bértolo por arriesgarse a publicar a Levrero en España. Y recordó una anécdota que Juan Ignacio o Pablo Casacuberta le contaron sobre un niño (¿era el propio Pablo?) que con cuatro, cinco años escribió unos poemas, se los enseñó a Levrero y este dijo Muy bien, esto está pero que muy bien: ¡hay que publicarlo! Y a continuación se fue a la máquina de escribir, tecleó los poemas y le hizo al chaval cuatro ejemplares de ese poemario. Con ese mismo ánimo, contó, Levrero metió por la puerta de atrás del mundo literario a un montón de autores que lo están revitalizando. (Juraría que para esto citó un artículo de El País de Uruguay... ¿Juraría?).

PD: Mala crónica es esta, lo reconozco; pero es que contar estos saraos desde dentro es bastante más díficil que desde fuera. Si alguien le roba su libreta de apuntes a Patricio Pron, flamante Premio de Novela de Jaén 2008, prometo mejorarla (Patricio estaba en primera fila y copiaba sin parar... ¡Patricio: deja los apuntes en la fotocopiadora de Casa de América, porfa!). Y si no, si alguno de los que estaba por allí, se anima a completar los huecos que he dejado (o a enmedar los fallos o inexactitudes que haya cometido), por mí fantástico.

*

Créditos: la primera foto es de Jorge García del Campo y la segunda, de Cristian Vazquez.


18 de noviembre de 2008

Mario Levrero :: texto de la presentación

Esta mañana salí a caminar un rato para bajar las emociones que revolotearon ayer en la presentación de Trilogía involuntaria y La novela luminosa. Mientras deambulaba por Delicias, Atocha y no sé dónde más, y luego mientras esperaba a que me vendiesen un pollo asado por 3 euros —¡esto si que es una oferta, carajo!—, pensaba mucho en algo que comentó Alicia Hoppe en su intervención: Mario Levrero era un ser muy demandante; como buen hijo único, era capaz de absorberte hasta la última gota de energía. Alicia, queridísima Alicia, en este momento es cuando entiendo per-fec-ta-men-te a qué te referías: estoy molido; Jorge Mario Varlotta Levrero me dejó molido.

Y es que ayer el homenajeado, desde esa dimensión desconocida donde habita, se puso de lo más exigente con nosotros. Empezamos a charlar sobre él a las seis de la tarde en la cafetería del hotel, y me acosté a las cuatro y media, tomando cervezas con Nicolás y Juan Ignacio, sus hijos —en el sentido más levreriano de la palabra—, bajo una foto de Camarón de la Isla, escuchando flamenco en La Candela, en Lavapiés, y hablando monotemáticamente del gran protagonista de la noche. Mucha sensibilidad a flor de piel, digo, muchas horas poniendo del derecho y del revés la vida de cada cual tomando a don Mario como punto de referencia.

Entre medias, si mal no recuerdo, la familia Levrero, Ignacio Echevarría —tío simpático y divertido donde los haya—, María Casas —quien coordinó todo— y yo nos subimos al estrado de Casa de América, y durante hora y media peroramos para unas 45 personas. Dado lo minoritario del autor y que estamos en Madrid, la concurrencia puede considerarse multitudinaria. Quiero decir: disponemos ya de una masa crítica para comenzar la levrerización de esta España tan sosa a veces en sus propuestas literarias. ¡A por ellos, compañeros!

Por ahora, dejo acá el texto que leí ayer. (Va un pelín más abajo; paciencia, que vienen unas posdatas). También dejo un compilado con todos los textos referentes a Levrero que publiqué aquí o en Teína.

Nico, Juan Ignacio, Alicia: muchísimas gracias por venir y por la oportunidad de escribir una tarde y una velada luminosas para nosotros. Fue un placer enorme que compartierais esa desnudez que son los afectos más íntimos. Un abrazo grande. Nos vemos.

PD 01: En la semana, intento rescatar algunas imágenes y detalles que me parecieron imperdibles. Entre tanto, a ver si consigo alguna foto del acto. ¿Alguien tiene?

PD 02: A mi hinchada personal (Javi, Cris, Alberto, Sara, Elenita, Alejandro, Isabel, Marisa y Cristian): muchísimas gracias por venir; fue muy lindo levantar la cabeza mientras leía --cuando dejé de tartamudear, digo-- y veros ahí, atentos a los disparates que decía. También muchas gracias a Fede, Carmen, Noel, Gabriela, Pablo y Laura, que invocaron a los dioses por mí desde lejos de Madrid y me escribieron para desearme suerte. Como se ve, la revolución levreriana de Gallegolandia está en marcha. ¡Hasta mis padres quieren leer a Levrero!
*

HOMENAJE A MARIO LEVRERO
Casa de América, Madrid 17 de noviembre de 2008


Perdidos en el laberinto de las coincidencias
Rubén A. Arribas

Desde que me invitaron a participar en esta mesa, le di muchas vueltas a qué podía decir. María Casas y Constantino Bértolo me pidieron que diera mi visión como lector; sin embargo, desoí su consejo y, por alguna razón, me enfrasqué en una aventura temeraria: intentar abarcar y esquematizar una literatura escurridiza como pocas. Eso puede hacerse cuando uno guarda la distancia del crítico, pero resulta muy difícil cuando se está imbuido del entusiasmo del lector.

Yo quería venir aquí y hablar del realismo interior y de cómo Levrero lee dentro de sí la llamada «realidad exterior», de su fascinación por la actividad cerebral, quería explicar que su escritura es orgánica, o incluso qué les enseñaba a sus alumnos en los talleres... Por suerte, el jueves pasado caí en la cuenta del error: quería venir a contaros ideas.

Y es que nada más contrario a la concepción artística de Mario Levrero que buscar como detonador de un relato precisamente eso: ideas... Él las odiaba. En la autoentrevista incluida en El portero y el otro lo dejó dicho con tal claridad que me avergüenza haberlo olvidado:

No confío en las ideas; son como una jaula.
Por suerte, previamente a eso había dicho esto otro:
Uno de mis grandes placeres es reconocer mis errores.
No es que yo experimente un inmenso placer reconociendo que me enjaulé solito en mis ideas y que encaré de manera equivocada esta intervención; pero, bueno, es una manera de empezar. Por favor, paciencia, que ya arranco.

Eso sí, ahora lo hago ya siguiendo los consejos del maestro. Para ello partiré de mis vivencias, de imágenes que veo dentro de mí; algo que ocupaba un plano secundario en aquel enfoque inicial. Con las ideas quizá hubiera conseguido un discurso intelectual más o menos apreciable, pero no hubiera podido transmitiros lo básico del credo levreriano; a saber, que la literatura intenta comunicar una experiencia espiritual.

Sé que esto suena a Enrique Iglesias... Pero es que la literatura para Levrero —así lo dejó escrito en la famosa autoentrevista— era precisamente eso: el intento de comunicar una experiencia espiritual desde el alma del autor a la del lector. El concepto procede, entre otras fuentes, del Tao Te Ching —hay está el precepto i shin den shin: la verdadera esencia sólo puede ser transmitida de mi alma a tu alma—, y del libro Psicoanálisis del arte, de Charles Baudouin.

(Por cierto, uno de los «gustos perversos» de Levrero era Julio Iglesias. O eso le contó a Pablo Silva, en Conversaciones con Mario Levrero, donde afirmó que si bien no podía defender sus canciones, había «algo irracional» que le hacía disfrutarlas.)

Con lo de la «experiencia espiritual», no es que pretenda haceros levitar ni que por una vez os palpite el corazón a loco con la literatura ni nada por el estilo; tan sólo es que si Levrero se cansó de aconsejar «Que el relato surja de la imaginación, y no de la invención» o «Escribí lo que ves, no lo que pensás», parece adecuado que intente seguir sus consejos. Quizá así consiga dotar a mi discurso de verdad, ese concepto tan kafkianamente levreriano que señaló Ignacio Echevarría en su ensayo Levrero y los pájaros:
No es ver la verdad, sino serlo.
Y en eso estoy, en intentar ser la verdad—en la medida de mis posibilidades—, más que nada porque desde el jueves pasado veo a Mario Levrero enojado conmigo por intentar armar un discurso serio, sesudo; como si con esa llave pudiera abriros alguna puerta a un mundo donde no rige el espacio-tiempo conocido. Y es que acceder a la obra de Levrero es algo así como entrar en una ciudad laberíntica donde Beckett, Kafka y Chandler caminan de la mano por Alicia en el país de las maravillas. Por tanto, aun a riesgo de enojar todavía más a don Mario —quien odiaba cualquier acercamiento a un autor que no fuera el estricto duelo mano a mano entre lector y texto—, estoy intentando aproximaros lo más levrerianamente posible a su literatura, es decir, de manera zigzagueante, errática, sin pompa ni marcialidad, por escrito, tuteándoos. Además de las ideas, si algo odiaba Levrero era la seriedad y que lo tratasen de usted. Y si tendía a algo cuando escribía, era a la digresión.

En fin, al grano.

Desde que me enfrasqué en la preparación de este acto, me han sucedido cosas muy lindas; y de algún modo todas cristalizaron este jueves cuando Gabriela Onetto —amiga íntima de Levrero, el personaje Ginebra en La novela luminosa y organizadora allá por 2001 de los talleres virtuales que idearon juntos— dejó varios documentos en mi correo. En concreto, Gabriela me envió dos archivos que cambiaron el rumbo de este discurso: la carta con que ella postuló en 2003 a Levrero al Premio Juan Rulfo y un artículo que Elvio Gandolfo escribió para el diario El País de Uruguay, donde reseñaba una colección de libros, De los flexes terpines, que había dirigido Levrero.

Voy por partes.

Primero el asunto Rulfo. En aquel momento, Gabriela —uruguaya ella— vivía en Querétaro (México) con Guzmán, su marido, y convenció al Ateneo Español de México para que presentará a Levrero como candidato a los cien mil dólares del premio, pues Levrero siempre andaba corto de efectivo. Según me contó, él jamás leyó la carta porque «se hubiera muerto de vergüenza de que lo anduviera ponderando». La carta ni siquiera la compartió con los alumnos de ambos, y nadie a excepción de la gente del Ateneo y de mí la había leído.

El texto ocupa tres páginas Word y se extiende de manera desenfadada sobre algunos puntos bien conocidos de Levrero: que nunca sería un artista de masas, que pidió la beca Guggenheim en el 2000 porque necesitaba el dinero o que el crítico Ángel Rama lo había encuadrado en la generación de «los raros». Nada nuevo. Sin embargo, el último párrafo —ese donde se intenta dar el golpe de gracia al lector— me dejó boquiabierto: se trataba de una larguísima cita de El discurso vacío... La misma, salvo la última oración, que usó Constantino Bértolo para la contratapa del libro cuando lo publicó en Caballo de Troya, la editorial que él dirige. Constantino cita un párrafo entero de El discurso vacío —182 palabras, ahí es nada— y Gabriela, el mismo fragmento, salvo la oración final.

Me explico. Entre toda la obra Levrero, que rondará las dos mil quinientas páginas, una uruguaya residente en México había extractado en 2003 una más que generosa cita —media página del libro— de una obra que Levrero había escrito en Uruguay entre 1991 y 1993, y que luego un editor español había reproducido casi tal cual en 2007. Huelga explicar que Gabriela y Constantino no se conocen ni han hablado nunca. Pero es que el asunto no termina ahí.

En la contratapa de El discurso vacío, Constantino escribió lo siguiente:
Hace unos dos años le escribí un e-mail a Ignacio Echevarría donde le preguntaba, entre otras cosas, qué hacía. Me respondió: Leyendo.
A continuación, el lector encuentra el párrafo que Ignacio le transcribió a Constantino. No os leo el párrafo entero porque es largo y el tiempo apremia; con todo, y para que no os quedéis con el gusanillo, os leo al menos la primera oración:
Cuando se llega a cierta edad, uno deja de ser el protagonista de sus acciones: todo se ha transformado en puras consecuencias de acciones anteriores.

[* en esta versión escrita, incluyo el párrafo entero al final del texto]
Ya que estoy intentando ser la verdad os cuento que, en rigor no hubo un correo, sino que Constantino charló por teléfono con Ignacio y este le leyó el párrafo en cuestión. Como explica ahí Constantino, se hizo con los libros, le gustaron y quiso ser editor de Levrero. Para la contratapa, eligió contar esto que os digo y transcribir el párrafo que Ignacio le había leído, es decir, casi el mismo que aquel que Gabriela había usado en su carta para el Rulfo. Vuelvo aclarar: Gabriela nunca ha hablado con Ignacio o Constantino.

En fin, que tenemos a una uruguaya que en 2003 intentó convencer por escrito desde Querétaro a un jurado mexicano, y terminó transmitiéndole telepáticamente un fragmento de 151 palabras de esa carta a un crítico español, asentado en Barcelona, para que este en 2005 se lo leyese por teléfono a un editor radicado en Madrid, quien, a diferencia de los mexicanos, sí que cayó rendido a los pies del escritor. Para Levrero esto sería una clara manifestación de que existe una dimensión de la realidad que no podemos aprehender con el yo consciente.

Alguno debe de pensar que estoy chiflado... Pues os aseguro que no más que Levrero. Leedlo, ya veréis. Lo que yo acabo de contar aquí es apenas un aperitivo. De hecho, las coincidencias no han terminado.

En La novela luminosa, Levrero cuenta que su padre y su madre murieron un 14 de agosto (en años distintos, se entiende); así que ese día él —hijo único como era— lo pasaba muy mal. Gabriela, amiga y confidente suya, conoció la primera versión de la obra; sin embargo, no se enganchó con el borrador y lo abandonó, y no leyó la novela hasta que esta fue publicada, ya cuando Levrero había muerto. Al hacerlo, descubrió algo que su amigo le había ocultado: ella había dado a luz a su hijo Astor en Querétaro el mismo día que murieron los padres de Levrero, el 14 de agosto. La cercanía afectiva entre Levrero y Gabriela eran tanta que ella me escribió:
Mario fue lo suficientemente piadoso para no contármelo cuando Astor nació.
Levrero murió pocos días después del nacimiento de Astor, el 30 de agosto de 2004. Antes había tenido un sueño premonitorio, nítido, y que le había contado a sus amigos: había soñado la fecha exacta en que iba a morir. Gabriela dice que la erró por poco.

Tiempo después, ella y su familia regresaron a vivir a Montevideo. Este sábado en un correo me contó lo siguiente:
Hoy, luego de mucho tiempo, decidí bajar por la calle Bartolomé Mitre y pararme un momento afuera de su edificio. Y mientras venía caminando hacia allí, vi que dos edificios antes [del suyo] habían abierto un bar con un gran cartel que lo tapaba todo (...). Me puse a llorar por una rara emoción ante el misterio de las casualidades: se llama «Astor Place». Mi hijo se llama Astor; lo inscribí en el Registro Civil en México el día del entierro de Levrero en Uruguay (...). La muerte de uno y el nacimiento del otro quedaron indisolublemente ligadas.
Y añado: su hijo, en realidad, se llama Astor Rubén... Es decir: él y yo compartimos al menos un nombre.

Quienes lean a Levrero encontrarán por qué esta historia tiene sentido. Si para él la literatura era el intento de comunicar —y ya sé que me estoy poniendo muy pesado— «una experiencia espiritual» narrando hechos triviales, cotidianos, qué menos que intentar ofreceros algo parecido para presentarlo en sociedad. Eso sí, reconozco mis limitaciones; si él aseguró que su literatura no le alcanzó para narrar esta clase de «experiencias luminosas», imaginaos a mí... Y es que ya lo advierten Ignacio Echevarría y él: se puede narrar la oscuridad que rodea a esas experiencias, también la necesidad de luz; sin embargo, otra cosa —muy otra— es narrar la luz del espíritu que las anima. Por el mismo carácter inefable de esas vivencias resulta casi imposible. Sólo el lector puede llenar este discurso vacío con su propia experiencia.

Por mi parte, y aunque de manera más rudimentaria, tan sólo he intentado ilustrar algo que sostiene el narrador de La novela luminosa:
El Inconsciente sabe que puede hacer muchas cosas que nuestro pobre yo consciente ni imagina posibles.
Para cerrar, retomo el asunto que había dejado pendiente, el de Elvio Gandolfo y la editorial De los flexes terpines, donde Levrero actuó como editor. Tan sólo quiero mostraros que Levrero, además de usar la escritura para explorar su inconsciente y de usar sus novelas o cuentos como excusa para enviarle por telepatía su alma a los lectores, aportó también lo suyo en esta tridimensionalidad más tangible. Os leo el inicio de esa reseña, donde Gandolfo se ocupa de los quince libros que sacó en 2001 esa editorial cuyo nombre debe a un verso de Alicia tras el espejo, de Lewis Carroll:
En pleno reacomodamiento y achique de las novedades editoriales, un sello bastante nuevo difunde una colección de quince títulos narrativos de autores uruguayos, en su mayoría inéditos, o sea el sector más golpeado por las limitaciones económicas del momento. La colección es dirigida por un escritor admirado y convertido a veces en gurú por los autores jóvenes: Mario Levrero.
En sus libros, Levrero suele mostrarse como un ser ensimismado con su mundo interior, «introvertido», «fóbico a las calles» o que nunca se sintió «diseñado para sobrevivir en este mundo»; sin embargo, también aportó cosas a la «realidad exterior». Otro asunto es que necesitara ayuda para ponerlas en práctica porque era un desastre en menesteres cotidianos.

De los flexes terpines surgió como consecuencia de su enfado con el mercado editorial uruguayo. Según señala Gandolfo o puede leerse a Levrero en algunas entrevistas, las editoriales uruguayas publicaban a pocos autores del país —y mucho menos primeras o segundas novelas—; los libros eran muy caros allá y nadie quería arriesgar a publicar a desconocidos u obras poco comerciales. En ese contexto, Levrero impulsó el mercado del libro de bolsillo: quería libros económicos y que albergaran propuestas artísticas que rechazaba el mercado.

(Y llegados a este punto, no puedo evitar referirme a que precisamente, ¡oh, cielos!, la Trilogía involuntaria está publicada en una editorial que se llama DeBolsillo y hace libros... de bolsillo, o que Constantino Bértolo es un editor que se dedica a publicar primeras y segundas novelas a muchos autores desconocidos.)

En este quimérico proyecto, entre otros, lo ayudaron Pablo Casacuberta y Fernanda Trías, dos escritores con 30 y 36 años menos que él. Quiero decir: sí, es cierto que Levrero tenía y tiene algo de gurú para los jóvenes. Pero aclaro: para los jóvenes de espíritu, no de edad; todavía hoy sus alumnos de taller, que formaron el grupo Narrares, se reúnen en su honor semanalmente para escribir.

Y concluyo ya este evangélico esfuerzo por acercaros hasta las puertas del mundo levreriano. Me hago cargo de que alguno considerará que cuanto dije es cháchara de vendedor ambulante de enciclopedias... Que si el alma, que si el inconsciente, que si la telepatía... De ahí que como último recurso apelaré al argumento de autoridad. En este caso, la de Rodolfo Enrique Fogwill, autor argentino de referencia. Lo hago desde la contratapa de La ciudad (y se lo dedico a vuestro yo consciente):
La literatura argentina se extiende 250 kilómetros más allá de la costa, o sea, llega a Montevideo, porque tiene que entrar Mario Levrero.
Leí bien: dice «literatura argentina». He ahí la prueba irrefutable de que Levrero es un genio. Como pasara con Carlos Gardel, el mate o el dulce de leche, los argentinos están dispuestos a apropiárselo y a convertir el asunto, dicho en rioplatense, en un afano más contra los pobres uruguayos... Y es que ya lo dijo Cortázar en alusión a Felisberto Hernández, precursor de Mario Levrero:
Qué cosa los uruguayos: esconden sus mejores valores.
Sonará a tópico, pero es cierto: los uruguayos son gente especial, singular. Como cuenta Levrero en La novela luminosa, y como podréis corroborar si vais a Montevideo, al fin y al cabo Uruguay es un país donde las cartas se envían desde las farmacias, pero donde los carteros no reparten medicamentos.

**
*

Al final de la presentación, Nicolás Varlotta, hijo de Mario, leyó ese famoso fragmento al que aludo (fragmento que, por cierto, según me contó María Casas ¡fue el que le envió Constantino Bértolo a ella y la decidió a publicar Trilogía involuntaria en DeBolsillo!). Y, ya que estamos, Ignacio Echevarría contó que él llegó a Levrero a través de Fogwill, que fue quien le envió los libros desde Buenos Aires. Ah, y Juan Ignacio llevaba un libro de Pablo Casacuberta en la mochila... Y así. Todo así. Una coincidencia tras otra. Con razón necesitamos encontrar después un par de bares donde saciar la sed. ¡A ver si repetimos, compañeros!

EL PÁRRAFO TELÉPATA

Lo que uno ha sembrado fue creciendo subrepticiamente y de pronto estalla en una especie de selva que lo rodea por todas partes, y los días se van nada más que en abrirse paso a golpes de machete, y nada más que para no ser asfixiado por la selva; pronto se descubre que la idea de practicar una salida es totalmente ilusoria, porque la selva se extiende con mayor rapidez que nuestro trabajo de desbrozamiento y sobre todo porque la idea misma de «salida» es incorrecta: no podemos salir porque al mismo tiempo no queremos salir, y no queremos salir porque sabemos que no hay hacia dónde ir, porque la selva es uno mismo, y una salida implicaría alguna clase de muerte, o simplemente la muerte. Y si bien hubo un tiempo en que se podía morir cierta clase de apariencia inofensiva, hoy sabemos de aquellas muertes eran las semillas que sembramos de esta selva que somos.

* La última oración (Y si bien hubo...) no la escribió Gabriela en su carta al Rulfo. Cuando le pregunté que si sabía por qué la había omitido, me dijo lo siguiente:

No creo que yo lo haya quitado por una causa «racional», «premeditada», sino a pura intuición, como elegí las otras frases. Claro, esta es la de cierre, y me parece increíble ahora que conozco el desenlace: al año siguiente, Levrero moriría. Quizás fue mi manera inconsciente de decírselo al jurado, pero no resultó.

MENSAJES SOBRE LEVRERO EN AVIONES DESPLUMADOS Y TEÍNA

. Levrero 01
. Levrero 02
. Levrero 03
. Levrero 04
. Levrero 05
. Levrero 06
. Levrero 07
. Levrero 08
. Levrero 09
. Levrero 10

4 de noviembre de 2008

El arte de hipnotizar, Mario Levrero

Yo sigo a lo mío: Levrero y más Levrero. Trabajo de campo lo llaman. En la presentación calculo que habrá que hablar 10 minutos o así, pero yo quizá escriba algo para Teína, quién sabe; así que sigo recabando material. Hoy quiero dejarme en el blog una entrevista de Pablo Silva para el diario El País, de Uruguay. Está centrada en cuestiones técnicas de la escritura, y me parece que Levrero encierra con precisión su arte narrativa (se nota que el cuestionario fue por escrito). El material es bueno, y ya desde el título da una clave fundamental de la narrativa de don Mario: la literatura es el arte de hipnotizar.

Para variar, he resaltado en negrita lo que me ha parecido oportuno. Lo hago porque siempre subrayo los libros que leo y porque, no nos engañemos, ¡el blog es mío! Ah, por cierto, también encontré esta página, donde están reunidos varios artículos de cuando Levrero murió, en 2004. Como diría este uruguayo singular, ya retomaré este asunto más adelante.

La entrevista la saqué de aquí. (En la foto juegan al ajedrez Mario Levrero, izquierda, y Leo Masliah, derecha).

*

EL ARTE DE HIPNOTIZAR


MARIO LEVRERO es un escritor uruguayo, con una vasta obra en novelas y cuentos. También dirige, a través del correo electrónico, un taller literario virtual. Lo siguiente es una síntesis de la correspondencia mantenida con el escritor en el marco de ese taller.

¿Qué papel le adjudicás en la escritura literaria a las técnicas? ¿Y al argumento?
En mi opinión, lo principal, casi diría lo único que importa en literatura es escribir con la mayor libertad posible. En todo caso podés usar técnicas para corregir, pero jamás para escribir. Aunque en realidad siempre se usan técnicas, pero son técnicas propias que uno va descubriendo, o creando mientras escribe. Si usás técnicas aprendidas, son aprendidas de otros; así nunca escribirás con tu estilo personal, es decir, no se te reconocerá, por mejor escrito que esté el texto.

Cuando el autor sabe demasiado sobre el argumento, a veces se apura a contarlo, y la literatura va quedando por el camino. La literatura propiamente dicha es imagen. No quiero decir que haya que evitar cavilaciones y filosofías, y etcétera, pero eso no es lo esencial de la literatura. Una novela, o cualquier texto, puede conciliar varios usos de la palabra. Pero si vamos a la esencia, aquello que encanta y engancha al lector y lo mantiene leyendo, es el argumento contado a través de imágenes. Desde luego, con estilo, pero siempre conectado con tu imaginación.

En ese énfasis por la imagen ¿no hay riesgo de caer en una suerte de "descripcionismo", de que sólo prime la imagen? Yo no creo haber hablado de descripciones; suelen aburrirme mortalmente. Hablé de imágenes, y las imágenes no se contraponen a la acción, sino que la cuentan de la mejor manera. No es lo mismo decir: le dio tremenda trompada, que decir: el puño chocó contra la carne blanda y la aplastó hasta que se oyó el crujir del hueso, o cosa por el estilo.

Tampoco dije que un relato deba consistir exclusivamente en imágenes, sino que eso es la esencia; pero a menudo la esencia pura es desagradable, como por ejemplo la vainilla. Si la mezclás en un refresco pasa mucho mejor. Hago hincapié en las imágenes porque es la gran falla de nuestra literatura; todos somos retóricos, todos cantamos la justa, todos sabemos cómo arreglar los males del país, todos estamos deseosos de mostrar nuestra visión del mundo, todos queremos volcar nuestros sentimientos (oh, las mujeres que escriben poemas llenos de abstracciones: estoy triste, qué mal me siento, el mundo es terrible). Desde el punto de vista literario no dicen nada, pero nada; el lector simplemente se paspa. Mientras tanto, la literatura queda por el camino; el lector se distrae, y la literatura nacional adelgaza y muere.

Si agarrás a los grandes, por ejemplo a Felisberto, recordarás sin duda cuando le levantaba las polleras a los muebles, o a la vieja que tomaba mate metiendo la bombilla por un agujero del tul. Son imágenes. Andá al capítulo cuarto de La vida breve de Onetti, se llama "Naturaleza Muerta", es cien por ciento descriptivo y uno de los fragmentos más notables de nuestra literatura. Sin acción ni personajes ni invención; sólo imágenes.

¿Cómo lograr el balance adecuado entre imágenes y descripciones, para que no entorpezcan el desarrollo de la trama?
Es fácil, tenés que pensar —al corregir, no al escribir; cuando se escribe hay que soltarse, sin nada que inhiba la escritura—, si tal descripción es necesaria para la acción que estás narrando. Eso te dará el lugar adecuado. Luego pensá si no han pasado demasiadas descripciones sin nada de acción y ahí tenés la proporción acertada. Al leer un texto tuyo después de un tiempo (nunca antes de, digamos, un mes), si hay excesos de descripción lo notás en seguida porque te aburrís.

¿Cuándo considerás que un relato no es verosímil?
Cuando no está bien resuelto. Ambas expresiones—verosímil y "bien resuelto"— son casi sinónimos. Cuando digo que algo no es verosímil, quiero decir que como lector no lo creo. Y te aseguro que soy muy crédulo cuando la realización me encanta (me hipnotiza, quiero decir). El texto ideal sería aquél en el cual el lector pierde de vista el hecho de que está leyendo, y cree que esas cosas que se transmiten a su cerebro están sucediendo realmente. En ese sentido, puede haber extraterrestres y fantasmas y enanos multicolores, siempre que el lector crea en ellos en ese momento porque el autor lo engatusó. La verosimilitud, entonces, significa en este contexto "engatusamiento".

¿Cómo elaborás el inicio de los textos? A veces parece difícil lograr un buen principio que "enganche" al lector y que sea coherente con la obra...
No sé porqué, pero casi siempre tengo que rehacer los comienzos de mis cuentos. Es posible que al comenzar algo, uno arrastre de cosas anteriores el estilo o el modo de decir. Y resulta que cada relato tiene su propio estilo; es un bloque, va junto con el argumento y todo lo demás. Pero uno trata de hacer lo que sabe, o lo que le salió bien la vez anterior, y arranca con eso. Después uno va chocando contra el cuento existente, a medida que lo va descubriendo y sacando a luz, y ahí empieza a ajustarse, a escuchar mejor lo que tiene adentro.

¿Qué es eso de que "cada relato es un bloque, tiene su propio estilo"?
Me hace acordar a aquello que decía Miguel Angel de que él sólo se limitaba a sacar el mármol que le sobraba al bloque.
Vos sabés que la percepción no es objetiva ni mecánica; cuando yo miro algo, estoy proyectando mucho de mí, o todo, sobre el objeto. Al mismo bloque de mármol Miguel Ángel le sacaría ciertas cosas, yo otras, vos otras distintas. El diálogo que uno entabla con el objeto no es diálogo, sino monólogo narcisista. Creo que si lo pensás es muy fácil de entender. Cualquier cosa que vayas a narrar la estás rescatando de esa forma de percibir(se). Y ahí es donde aparece el estilo personal; por eso insisto en encarar a los alumnos de mi taller con ellos mismos, a que experimenten con la percepción.

¿Cuándo y cómo te das cuenta de que el estilo es el apropiado, el que te pide el tema?
En mis cosas, me doy cuenta cuando no me siento con el estado mágico de la escritura inspirada. No me divierto, no sufro, no estoy metido por completo en el texto. Esto me pasa cuando escribo regularmente por necesidad económica. Uso un oficio, uso algo de inspiración, pero me doy cuenta de que eso que aparece ahí no es "nuevo".

En los textos ajenos me doy cuenta porque me pasa casi lo mismo; la lectura me puede entretener, pero no deslumbrar. Y lo ves en la facilidad con que vas prediciendo lo que va a venir, porque todo tiende a encajar en un molde. El texto no es una cosa viva.

Lo último que leí que me produjo una impresión tremenda, pero tremenda, como pocas cosas en los últimos años, es Franny y Zooey, un libro de Salinger. Ahí ves claramente lo que es un texto vivo, un texto inspirado.

¿Cómo corregir, pulir y aún rehacer un texto sin perder el entusiasmo en el proceso?
Bueno, son tres cosas distintas. En general, hay algo común a los tres procesos: conviene dejar pasar un tiempo (depende de cada uno, pueden ser días o meses) hasta que el texto se vea como es. Si uno está todavía bajo la sugestión de la creatividad, no ve el texto como es, sino como lo tiene en la mente, y le suele parecer perfecto. Se trata de ver el texto como quien mira una fotografía de sí mismo, que siempre impresiona peor que mirarse al espejo, porque en el espejo uno crea su imagen; en la foto no. Veamos:

Corrección: esto es ni más ni menos un trabajo técnico, que puede ser divertido o no, según el talante de cada cual. Pero es más bien mecánico: leer el texto buscando rimas, repeticiones enojosas, cacofonías, erratas y cosas así.

Pulido: hay que leer el texto en un estado muy atento, viendo si en algún momento hay algún factor de perturbación en la lectura, algo que, aunque no se pueda identificar la causa concreta, uno "siente" que no está bien, algo por lo cual uno preferiría pasar rapidito. Subrayar eso y seguir, hasta el final. Después buscarle la vuelta a cada caso particular, tratar de desentrañar por qué eso no resuena bien. A veces se trata de su relación con lo que se venía diciendo (salta alguna incongruencia, alguna repetición de palabra, etc.) y a veces de algo propio de ese fragmento. A veces ayuda preguntarle a otro.

"Refacción", si cabe el término: hay que quitar limpiamente el fragmento que no marcha, y tratar de hacerlo de vuelta buscando un clima similar al del momento de la creación. Situarse en la escena y no conservar nada del texto descartado. Por más lindo que parezca en alguna parte, hacerlo todo de vuelta como si fuera por primera vez, visualizando nuevamente la escena, la imagen que lo originó. Lo mismo para agregar algo, al principio, en el medio o al final de un texto. Visualizar siempre la escena antes de escribir.

Hay veces en que basta cambiar de lugar el fragmento eliminado, sobre todo en una novela, pero no hay que contar mucho con eso.

¿Hasta cuándo corregir, rehacer, pulir?
Bueno, hasta que te deje razonablemente satisfecho. Hasta que sientas que se puede publicar. Yo siempre recurro a algún lector amigo, que me merezca confianza, para que lea y opine. A veces un lector común, mientras sea buen lector, te dice cosas acertadísimas; a menudo les hago caso. Por norma nunca publico nada que no hayan visto otros ojos que no sean los míos.

¿Qué pasa si en el proceso de corrección perdés el entusiasmo, si el texto ya no te causa sensaciones placenteras o positivas de ningún tipo?
A veces los textos descansan por años... Habitualmente, semanas o meses. Las cosas breves y escritas como trabajo, como las "Irrupciones", de todos modos las voy acumulando en borrador y revisando cada tanto; cuanto más tiempo pasa entra la escritura y la corrección, tanto más fácil es la corrección. Y no hay nada como la publicación, o mejor dicho, la inminencia de publicación: cuando estoy por enviar un texto, le doy un vistazo, y es seguro que cambio bien a último momento tres o cuatro cosas que estaban realmente mal. No sé si le pasará a otros, pero siempre trabajo para mí y con la mente puesta en alguien que lo vaya a leer (el amigo lector, mi mujer, quien tenga a mano); recién tomo conciencia de que va a haber lectores desconocidos cuando estoy por mandarlo, y ahí funciona la adrenalina, y las macanas saltan por sí solas.

Para la corrección funciona otra forma de inspiración, otra parte del cerebro. Desde luego no produce lo mismo que escribir, pero a mí me resulta un ejercicio atractivo. También se puede no corregir; muchos no lo hacen. Después de todo no es un pecado que un texto no sea perfecto.

¿Puede el argumento, por ejemplo, salir de una simple asociación de ideas, de un disparate intelectual?
Tenés que sacarte de la cabeza la idea de que se escribe a partir de la palabra, y sobre todo a partir de la invención (intelectual). Se escribe a partir de vivencias, que sólo pueden traducirse mediante imágenes. Las palabras sirven para describir las imágenes; por sí solas no generan otra cosa que discursos o simple información.

¿Cuál es tu criterio para titular un texto?
Siempre uso el mismo sistema: una vez terminado el texto, empiezo a leerlo, seguido o salteado, buscando algo que me resuene. Y siempre encuentro el título; en mi caso, está siempre en el texto. Aunque a veces me hago el vivo; pero en general busco que sea más bien simple y que yo mismo pueda asociarlo fácilmente con el texto.

¿Cuándo te das cuenta de que termina un texto? ¿pensás mucho, al escribir, en el final?
No pienso para nada en el final. A veces, en una novela (incluso en aquellas de estructura policial, con algún misterio o enigma, como Fauna o Dejen todo en mis manos) empiezo a vislumbrar el final después de haber pasado los dos tercios del total, y me pongo nervioso; ahí me cuesta más mantener un ritmo de escritura parejo y no empezar a correr como loco. Es gracioso pero yo confío en que los textos preexistan a la escritura (y por supuesto a su formulación mental); están adentro, y ya con su forma definitiva, y por eso estoy seguro de que el final va a venir solo, a caer maduro, incluso cuando hay enigma. Aunque llega un momento en que me pongo nervioso. Porque ¿y si no se resuelve? Pero hasta ahora...

Me doy cuenta de que el texto termina porque no veo cómo seguirlo. Con uno tuve problemas; lo guardé como veinte años como principio de novela, y cuando lo releí me di cuenta de que era un relato terminado; sólo le faltaba una frase de cierre. No había manera de seguirlo.

¿Qué hay con ciertas reglas del "escribir bien"? Cosas como evitar los adverbios terminados en -mente o no repetir palabras... No se trata tanto de evitar los adverbios sino de no abusar. Forman palabras muy largas, pesadas, y si te encontrás dos o tres en una misma frase suena realmente desagradablemente, verdaderamente realmente desagradablemente.

También suelen formar rimas con demasiada facilidad, y la rima en la prosa me hace saltar, si es que es rima. Porque se pueden usar palabras consonantes entre sí sin que formen necesariamente rima; el problema es cuando la consonancia se subraya con alguna puntuación o una forma de ubicación en la frase que lo hace aparecer como un versito; es un problema de métrica + rima. Por otra parte, a veces acumulo esos adverbios a propósito, uno tras otro, para dar énfasis (o por capricho). En El alma de Gardel, por ejemplo, el lector de la editorial me hizo notar una frase cargada de adverbios terminados en mente, pero la mantuve porque era a propósito; para mi gusto ahí están distribuidos de tal forma que no pesan.

Con respecto a eso de "no repetir palabras", hay que desconfiar del uso de sinónimos. Si vengo diciendo "casa", y "casa", y "casa" y de repente digo "morada" sin nada que lo justifique, me parece de décima. Yo a veces he abusado un poco de las repeticiones, conscientemente, pero cuando no es así, y las detecto en un texto mío durante la corrección, en lugar de sustituir la palabra trato de reorganizar toda la frase, o todo el párrafo.

Eso sí me molesta, si resulta chocante al oído (porque el lector oye el texto), y sobre todo si se nota que está ahí por torpeza y no en forma deliberada. A veces simplemente se puede eliminar la palabra repetida porque es innecesaria. Pero el uso de sinónimos para ocultar la falta de elaboración es la máxima torpeza.

Y al escribir, ¿les prestás atención a todo eso, son cosas importantes?
Al escribir, nada, sólo escribir, no pensar ni controlar --salvo ese foco de atención crítica para que el inconsciente no te lleve al carajo, pero lateral, como distante, y con mucha cancha para hacer la vista gorda y no trabar la escritura cuando viene fluida.

Por otra parte, sólo son opiniones mías; no es palabra de Dios; lo mejor es usar tu propio criterio.

*

(Amén).

20 de octubre de 2008

La novela luminosa, Mario Levrero (parte 3)

Sé que alguno pensará que me estoy poniendo pesadito con Levrero. (ver I, II, III y IV). Lo sé. Pues, como diría muy cervantinamente don Mario, salga de aquí quien así lo crea y «que no siga ensuciando mi texto con su resbalosa mirada, y que no intente jamás leer otro libro mío». (Bueno, donde dice «libro» que diga «mensaje»). Aclarado lo anterior, ya puedo ir con que, en fin, voy por la página 478 y sigo entusiasmado con La novela luminosa. Es más: he encontrado uno de esos pasajes que dibujan por completo a su autor, y para el que parece que estar construida no sólo la novela, sino la obra completa de este escritor. Dice así:

[Nota introductoria: a principio de capítulo, Levrero venía reflexionando sobre si debería destruir lo que había escrito «no porque me parezca que lo que llevo escrito sea definitivamente malo e irrecuperable, sino más bien por la certeza de la imposibilidad de continuarlo». A continuación da cinco razones para sabotear su proyecto... Sin embargo, en la última escribe, ocurre, lo siguiente:

E) Porque, y este es el ítem principal, sé que es un trabajo inútil; que será impublicable, no sólo porque no interesará a ningún editor, sino porque yo mismo lo ocultaré celosamente.

Pues bien: porque es un trabajo inútil, por eso mismo debo hacerlo. Estoy harto de perseguir utilidades; hace ya demasiado tiempo que vivo apartado de mi propia espiritualidad, acorralado por las urgencias, y sólo lo inútil, lo desinteresado, me puede dar la libertad imprescindible para reencontrarme con lo que honestamente pienso que es la esencia de la vida, su sentido final, su razón de ser primera y última. Hay un problema: cuando hago algo inútil me siento culpable, y todo mi entorno —familiar y social— colabora activamente para que así me sienta. Para poder continuar, debo estar preparado a resistir tenazmente a ese fantasma de la culpa, a atacarlo en sus propios reductos y pulverizarlo —armado apenas con la convicción oscilante de que tengo derecho a escribir.


Estaba tentado de escribir un largo mensaje donde explicar qué clase de emociones me despierta este pasaje (muchas, profundas, enriquecedoras). Tranquilos: os lo ahorro. Tan sólo digo que, como un koan zen, recomiendo releer periódicamente este fragmento y usarlo como espejo en el que mirar la vida de uno. Y pensar sobre ello. Fabricarse un ratito de ocio y pensar, pensarse, echarle un vistazo a cómo van los fantasmas personales al respecto.

(Ah, y por favor, tengamos la conciencia más ancha que la cabeza de un alfiler, que esto es literatura: donde pone escribir podría poner cualquier otra actividad, desde la entomología a la cría del avestruz, pasando por mantener un blog, publicar una revista electrónica gratuita o, sencillamente, vagar por la ciudad. Como dice el clásico budista sobre las palabras, el dedo no explica qué es la Luna, sino dónde está).

Me faltan algunos libros de Levrero —ahora me arrepiento de no haber comprado alguno más cuando estuve en Montevideo—, pero estoy por aventurar que La novela luminosa es la obra cumbre de este pedazo de escritor uruguayo, amén de un hito en la literatura en lengua española.

Hala, con dos cojones. Ahí queda eso.

Eso sí, en un país como España, donde hoy decir literatura equivale a nombrar a Vila-Matas, Javier Marías, Rosa Montero, Antonio Muñoz Molina, Arturo Pérez-Reverte o Almudena Grandes —o donde el premio Planeta se lo acaban de entregar a un nefando novelista llamado Fernando Savater, capaz de escribir un ripio atómico como Caronte aguarda—, decía, en un país con propuestas literarias tan sosas dominando la cúspide del poder literario, no tengo ni idea de quiénes apreciarán una inteligencia arriesgada, delirante y libérrima como la de Levrero. En fin, no quiero ponerme en plan evangélico: que cada cual lea lo que le dé la gana. Yo leo a Levrero.

PD: Incluso escribo este mensaje perfectamente inútil y con tiempo robado al Sistema porque me da la gana. Tampoco tengo previsto sentirme culpable por ello.

[ La (estupenda) ilustración está sacada del blog de Gabriel, un ilustrador uruguayo. ]

12 de octubre de 2008

La novela luminosa, Mario Levrero (parte 2)

Quiero pasar a limpio algunas notas de otros libros que he leído antes de ponerme con Levrero; pero, mientras encuentro el momento para hacerlo, sigo tomando apuntes sobre mi bienamado don Mario, que me mantiene absorto en su póstuma La novela luminosa (Mondadori, Barcelona 2008).

Van cinco subrayados.

I

La única forma de estar seguro de un procedimiento, especialmente cuanto está ligado al tiempo, es probarlo y probarlo y probarlo, y aun así... (Pág. 93).

II

Estimado Mr. Guggenheim, creo que usted ha malgastado su dinero en esta beca que me ha concedido con tanta generosidad. Mi intención era buena, pero lo cierto es que no sé qué se ha hecho de ella. Ya pasaron dos meses: julio y agosto, y lo único que he hecho hasta ahora es comprar esos sillones (que no estoy usando) y arreglar la ducha (que tampoco estoy usando). El resto del tiempo lo he pasado jugando con la computadora. Ni siquiera puedo llevar como corresponde este diario de la beca; ya habrá notado cómo dejo temas en suspenso y luego no puedo retornar a ellos. Bueno, sólo quería decirle estas cosas. Muchos recuerdos a Mrs. Guggenheim. (Pág. 88).

III

Objetivo: abrirme hacia el ocio y hacia la novela que quiero escribir, la que en este momento me parece tan remota. (Pág. 81).

IV

Es difícil descubrir los propios prejuicios, que se afincan en la mente acompañados de una especie de soberbia, no me explico de qué extraña manera. Esos enanos se instalan allí como absurdos dictadores, y uno los acepta como verdades reveladas. Muy de tanto en tanto y por algún accidente o azar uno se siente obligado a revisar un prejuicio, discutirlo consigo mismo, levantar una punta y mirar a través, atisbar cómo es la realidad de las cosas. En esos casos es posible desarraigarlo. Pero quedan en pie todos los demás, disimulados, llevándonos desatinadamente por caminos erróneos. (Pág. 76).

V

Lo importante de la literatura no radica en sus significaciones, pero eso no quiere decir que las significaciones no existan y que no tengan su importancia. Muchas veces he dicho y he escrito: "Si yo quisiera transmitir un mensaje ideológico, escribiría un panfleto", con estas o con otras palabras. Pero eso no quiere decir que en mi literatura no se expongan ideas, y que no valga la pena mencionar esas ideas. (Pág. 125).

9 de octubre de 2008

La novela luminosa, Mario Levrero (parte 1)

¿Por qué hay días que escribo de los libros cuando los empiezo y otros cuando los termino? No lo sé. Sólo sé que escribo sobre ellos por el puro placer de pasar a limpio algo que me han sugerido. Se da. Sin más. Hoy, por ejemplo, he empezado La novela luminosa, esto es, la obra póstuma de Mario Levrero, y aquí estoy, escribiendo sobre él. Mientras lo hago, no paro de mirar de reojo el libro, a ver cuándo me sacó otra horita y me zampo cincuenta páginas más. Es que lo mío con Levrero ya es amor, y mira que no profeso la militancia ciega de la idolatría con escritor alguno. Pero con él estoy ahí, ahí, al borde. Quizá después de inocularme las 567 páginas que integran esta joya publicada por Mondadori me desbarranque y caiga en la adoración levreriana.

De momento, sólo he leído 51 páginas esta mañana; pero me han bastado para entusiasmarme. La novela luminosa entronca directamente con El discurso vacío, aunque en una versión más refinada, más pulida; y, por ahora, con un equilibrio entre lo cotidiano y lo trascendente, entre lo trivial y lo profundo, aún más fluido. Como suele ser habitual, el programa estético de Levrero es complejo y sencillo a la vez. Lo explica, en un guiño metaliterario, mientras cuenta por qué un incansable lector de policiales como él está absorto leyendo novelas y diarios de Rosa Chacel:

En ese diario suyo que estoy leyendo y que me empujó a escribir este diario mío, hay entre una cantidad enorme de trivialidades, algunas reflexiones que me dejan estupefacto. Entre ellas, algo que yo empecé a escribir una vez e interrumpí, sobre las relaciones entre sexo, erotismo y mística.

El propio escritor aclara que está sorprendido de que le guste tanto Chacel; y aprovecha el descubrimiento para encontrar una coartada literaria y contar de manera oblicua cómo escribe él, a través de los rasgos de esa autora con los que se identifica. Porque eso, lo que él subraya de doña Rosa, es exactamente lo que él hace en su novela: contarte cómo le gusta jugar al Golf —un juego de cartas— en la computadora o distraerse programando en Visual Basic, a la vez que te explica cómo de huérfano lo dejaron sus padres cuando murieron. Todo ocupa un mismo plano. Con idéntica soltura te cuenta de su amiga Chl que «yo preferiría que me diera, como antes, satisfacción sexual, pero no, me da guisos» que te dispara, a sus 60 años, «sigo demorando el enfrentarme con lo que me va a permitir hacer lo que quiero» o «Mi madre dejó de ser para mí un montón de huesos; siento su presencia viva en mí».

Vamos, que Levrero escribe lo que le da la gana, lo que le apetece en cada momento. O mejor dicho: simula con un estilo impecable como que lo hace... Según el prefacio, esta novela le costó 16 años escribirla y le supuso una gran cantidad de correcciones. Es más: para terminarla, unos cuantos amigos lo aconsejaron presentarse a ¡la beca Guggenheim! (¿alguien se imagina a Levrero rellenando los impresos para semejante beca que se concede a gente sesudamente ultraseria?). Pues se la dieron, y por eso el libro arranca con una sección que se llama Diario de la beca, donde hay perlas como esta de la página 47:

¿Y la beca? Me imagino que algún lector impertinente, de esos que nunca faltan, estará pensando: «¿A este tipo le dieron un montón de plata para que juegue Golf (y Buscaminas, reciente nuevo hábito) y se divierta con el Visual Basic? Qué desvergüenza. Y le llama “diario de la beca”». Calma, lector. Me llevará tiempo cambiar de hábitos.
Genial.

Pero no por rebelde antisistema o por canchero de barrio, no; sino porque este fragmento forma parte de un todo donde Levrero, como en El discurso vacío, reflexiona sobre el proceso creativo del escritor. En este punto del texto, Levrero lleva 47 páginas contándote que «el objetivo es poner en marcha la escritura, no importa con qué asunto, y mantener una continuidad hasta crearme un hábito» y que a ver si, página a página, ¡se acerca a lo que quiere escribir para justificar el dinero que recibe de la beca! Es decir: interpreta con antelación lo que cualquier sabiondillo lector cultureta pensaría a esa altura del libro: «¿Me estás contando que te has patinado la plata comprándote un par de sofás, dándole un aguinaldo a tu hija y tal, y que aún no has escrito una puta página en serio, cabrón. ¡Quiero tu beca!». Y sí, es cierto que Levrero es un libérrimo anarquista literario; pero bajo la superficie de su discurso, de manera intencional, está contando cómo funciona su imaginación, su manera de crear.

Lo reconozco: adoro esa clase de sutilidad.

Si es que lo mío es la lucha contra el Sistema desde esta clase de trincheras, qué va a ser. ¿Por qué? Porque este hombre propone una literatura de gran pureza, donde la única consigna es trabajar con las experiencias personales, con los sueños, con las obsesiones, con la cotidianidad que envuelve a esas formas de aprendizaje personal, y exhorta a macerar sin prisa ese material psíquico, hasta ofrecérselo al lector aquilatado bajo una mirada estética y una escritura hecha de tiempo, en una escritura que se haya demorado lo suficiente en excavar y sacar a la luz imágenes dormidas en las remotas provincias del inconsciente. Por eso es luminosa la escritura de Levrero. Por eso refulge con una intensidad que sus epígonos no alcanzan y que los lectores apresurados no captan.

Además, y por si fuera poco, es un encendido defensor del ocio, de dedicar el tiempo a asuntos que no reporten utilidad. Frente a quienes se alienan en el trabajo o en las reponsabilidades superfluas (y encima putean a quienes no se estresan tanto como ellos), Levrero se alza para advertir que dedicarse tiempo libre a uno mismo es la única manera «no ya de vivir, sino de estar realmente vivo. Mediante el ocio es posible armonizarse con el propio espíritu, o al menos prestarle algo de la atención que se merece». No es que él se rasque las pelotas a tiempo completo (es pobre, es un laburante más), sino que frente a la avasalladora fuerza del trabajo o de la gente por quitarle su tiempo libre, él, como señala en esa cita de El portero y el otro o como contaba en El discurso vacío, lucha por instaurar un espacio del día donde gobernar el tiempo a su capricho, donde estar a solas consigo mismo y boludear.

Es decir: frente al eslogan nazi de «El trabajo os hará libres», y del que parece haberse apropiado el neoliberalismo, Levrero sostendría algo como «El ocio os hará libres (al menos un poquito)».

En La novela luminosa, da a entender el porqué de ese ahínco:

Yo también, como esa gente que he despreciado, me he ido creando un fuerte temor a mi mismidad, a estar a solas sin ocupación, a los fantasmas que desde el sótano empujan siempre la puertatrampa buscando asomarse y darme un susto.

La fuente es una vulnerabilidad propia: cuando me ocupo de otros asuntos, no me ocupo de mí mismo. He ahí la semilla de la neurosis galopante que sufren quienes, para evitar enfrentarse a su pasado, se alienan en el trabajo y postergan cualquier ataque directo a las causas de su infelicidad. Procrastinación lo llama algún técnico. Levrero conjuga una y otra vez ese verbo: postergar.

En plena Sociedad del Espectáculo, donde muchas personas viven de imágenes prestadas y de prejuicios heredados sobre qué da y qué no da la felicidad, y donde la narración de sus vidas parece calcada de las series de televisión que consumen, y donde la postergación de las decisiones vitales se camufla bajo la etiqueta de «lo normal», Levrero rompe una lanza por la narración propia, por buscar un tiempo donde explorar la creatividad personal. No es que haga planteamientos radicales, pero sí deja el mensaje de, che, hay que saber aislarse de ese cáncer que es sólo pensar en la estabilidad económica, generarte obligaciones innecesarias o ascender en el organigrama de tu empresa. Hay que saber aislarse, mirarse adentro y conversar con uno mismo para no quebrarse ante tanta presión exterior. Y la escritura porque sí — sin ponerse la pretensión de ganar dinero con ella, querer ser reconocido, etcétera— es una herramienta con que apuntalar el techo donde soportamos esa carga: la cabeza.

Es como si Levrero escribiese recordando aquella máxima de Robert Louis Stevenson que decía —cito de memoria— que la precisión en las palabras dimana de la precisión en el espíritu. Este escritor singular busca justamente esa exactitud: la del espíritu, confiado en que de ella nacerá la sabiduría para acertar con lo que escribe, para iluminar zonas del inconsciente donde anidan imágenes que no sabe explicar antes de escribirlas. Es sutil, pero en ese orden de preferencias, primero el espíritu y luego la palabra, encierra toda una manera de vivir y de enfrentar la escritura. Por eso es grande.

*

La novela luminosa, Mario Levrero
Mondadori, Barcelona 2008