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12 de abril de 2015

La política y el idioma inglés (II), George Orwell


[ Este artículo viene de su primera parte, donde se habla de cómo relaciona Orwell la regeneración del lenguaje con la de la política o de cómo eso es una tarea colectiva. ]


La ortodoxia como fuente del Mal

Parece mentira, sí, pero el ensayo de Orwell sigue vigente 70 años después y sirve tanto para referirse a Reino Unido y sus ingleses como al Reino de España y sus españoles. Es más: el estadounidense David Foster Wallace cita con profusión La política y el lenguaje inglés en su divertido ensayo «La autoridad y el uso del inglés americano», publicado en 1999 y recogido en De qué hablamos cuando hablamos de langostas (DeBolsillo, 2007). Quiero decir: el texto de Orwell fue y sigue siendo un antídoto lleno de inteligencia para vacunarnos contra la necedad que nos rodea.

Fiel al espíritu de su época, Orwell nos advierte de los efectos devastadores de la ortodoxia sobre la capacidad de elaborar pensamiento propio. De hecho, responsabiliza a ese tipo de ceguera de que proliferen toda suerte de papagayos, títeres o autómatas en el espectro político. Donde deberíamos encontrar mujeres y hombres que nos ayuden a afilar nuestro pensamiento para vivir mejor —en términos aristotélicos, se entiende—, resulta que encontramos portavoces especializados en reproducir, como si fueran «letanías de iglesia», los argumentarios que otros elaboran por ellos. Lo que dice Orwell se parece a algo de lo que puso en pie al 15M:
La ortodoxia, cualquiera sea su color, parece exigir un estilo imitativo y sin vida. Los dialectos políticos que aparecen en panfletos, artículos editoriales, manifiestos, libros blancos y discursos de los subsecretarios varían, por supuesto, entre un partido y otro, pero todos se asemejan en que casi nunca emplean giros de lenguaje nuevos, vívidos, hechos en casa.
En fin, esa cantinela —y ahora pensando en clave española— que razona a golpe de líneas rojas y brotes verdes; a fuerza de abrir el melón, pasar página, levantar alfombras o abrir las ventanas (o los cajones, según qué casos y qué circunstancias); esa retahíla hebdomadaria que lo mismo entona grandes éxitos del karaoke retórico —La superioridad moral de la izquierda, La (in)cuestionable capacidad gestora de la derecha, La herencia recibida, etc.— que te canta un himno pop a la excelencia, la competitividad, la productividad, el win-win y la marca España mientras el resto de invitados hace los coros y grita: «¡Alfombra roja para los emprendedores!». Todo sea por cantar, digo, en particular cuando llegan las elecciones y quienes concurren a ellas tratan de apropiarse a toda costa de la gran palabra fetiche: cambio.

Cambio que te quiero cambio (y no recambio).

Por supuesto —y prometo que solo me alargo un párrafo con esto de los ingredientes—, la retórica anterior debe aderezarse con una pléyade de españolísimos giros taurinos con los que trufar —incluidos los oradores y amanuenses antitaurinos— cualquier discurso: coger el toro por los cuernos, salir por la puerta grande, hacer un brindis al sol, echar un capote, cambiar de tercio, apretarse bien los machos... Y es que, bien mirado, muchas veces —la mayoría— no pensamos lo que decimos, y así nos va. Recuérdese que estamos en un país en que hasta los ateos, cada tanto, dicen «gracias a Dios» y donde más de un padre o madre van de republicanos por la vida, pero a las primeras de cambio disfrazan a sus retoños de príncipes y princesas.

Visto así, desde la perspectiva de que nos encanta hablar del talón de Aquiles sin saber quién era ese héroe griego, puede entenderse de manera sencilla el punto de vista de Orwell: hay muchos discursos que resultan previsibles porque los emiten autómatas cuyo único mérito es «pegar largas tiras de palabras cuyo orden ya fijó algún otro y hacer presentables los resultados mediante trucos». Eso es «lo peor de la escritura moderna», subraya. Y acota: su atractivo estriba en que «esta forma de escritura (...) es fácil».

Tan fácil, de hecho, que a esos escritores y oradores modernos les alcanza con invocar algunas de las palabras fetiche para que el resto acudan a su boca «como corceles de caballería que responden a la corneta» para juntarse «automáticamente en una alineación monótonamente familiar».

Y la metáfora bélica no es casual, diría yo: luego, tras esos corceles y esas cornetas, viene la carga de la caballería en forma de recortes de salario, supresión de algunos derechos laborales, privatización de la sanidad o aumento de tasas y disminución de becas para estudiar, amén de toda clase de explicaciones (simuladas y en diferido) sobre la corrupción. De hecho, como Orwell, la ciudadanía española hace tiempo que sospechamos de empresarios, banqueros, políticos y demás tropa cuando nos hablan de ciertas palabras:
Las palabras democracia, socialismo, libertad, patriótico, realista, justicia tienen varios significados diferentes que no se pueden reconciliar entre sí. En el caso de una palabra como democracia, no solo no hay una definición aceptada, sino que el esfuerzo por encontrarle una choca con la oposición de todos los bandos. Se piensa casi universalmente que cuando llamamos democrático a un país lo estamos elogiando; por ello, los defensores de cualquier tipo de régimen afirman que es una democracia, y temen que tengan que dejar de usar esa palabra si se le da un claro significado. Las palabras de este tipo se emplean a menudo de forma deliberadamente deshonesta. Es decir, la persona que las usa tiene su propia definición privada, pero permite que su oyente piense que quiere decir algo bastante diferente

La honestidad como remedio

Frente a la ortodoxia, Orwell apela al uso de un lenguaje claro y honesto, esto es, a un lenguaje que pueda ser entendido por el resto de la comunidad. Para ello, el punto de partida en el discurso debe ser la sinceridad y el de llegada, el compromiso por poner las palabras al servicio del mensaje... Y no al revés. El lenguaje debe huir del «catálogo de estafas y perversiones» que detalla en su ensayo. Las palabras y las imágenes que empleamos deben subordinarse a la claridad del significado.

Traducido a términos de 2015, podríamos decir que Orwell estallaría contra quienes evitan la palabra desahucio a través del circunloquio «procedimientos de ejecución hipotecaria», contra quienes enmascaran las amnistías fiscales tras expresiones como «medidas excepcionales para incentivar la tributación de rentas no declaradas» o contra quienes hablan de «crecimiento económico negativo», «recargo temporal de solidaridad» o «devaluación competitiva de los salarios», como si así pudieran atenuar de algún modo la espantosa realidad que anida tras semejantes rodeos verbales. Orwell también dispararía contra quienes quieren renombrar el capitalismo y revendérnoslo bajo denominaciones como «libre mercado» o «economía de mercado». Y, por supuesto, guardaría algunos párrafos para quienes falsean la realidad y criminalizan a las personas que migran de país a través de términos alarmistas como oleadas, alud, invasión, inmigrante ilegal, etc.

Y es que ya lo decía Orwell:
El gran enemigo del lenguaje claro es la falta de sinceridad. Cuando hay una brecha entre los objetivos reales y los declarados, se emplean casi instintivamente palabras largas y modismos desgastados, como un pulpo que expulsa tinta para ocultarse.

Un programa de acción lingüístico

La buena noticia es que hay una parte de la honestidad en el lenguaje que se entrena. Esa parte es la que tiene ver con la voluntad de escribir claro, a fin de que los demás te entiendan y, llegado el caso, puedan alzar la mano y disentir de tu punto de vista. Por eso, algo valioso de La política y el idioma inglés es la insistencia de Orwell en que la prosa se compone. Es decir: no se improvisa. De hecho, en este ensayo el escritor inglés incluso cuenta las sílabas —no las palabras, ¡las sílabas!— de muchas oraciones.

Su programa de acción para combatir la decadencia del lenguaje —y, por ende, la crisis política y económica— puede sintetizarse en 3 directrices generales, 6 preguntas y 6 recomendaciones estilísticas aplicables a cada texto. Lejos de ser una receta que garantice el éxito, debe considerarse como un programa de mínimos, esto es, como lo imprescindible para ser considerado un «escritor cuidadoso».

Las tres directrices generales serían las siguientes:
  • Reflexionar sobre el lenguaje que utilizamos y usarlo con la mayor precisión posible.
  • Usar un lenguaje que muestre de manera clara y vívida aquello que estamos contando.
  • Revisar oración por oración —y hasta sílaba por sílaba— cada texto que compongamos.

El último punto no es baladí; Orwell sostiene que el escritor, «en cada oración que escribe», debería planterse estas 6 preguntas:
  1. ¿Qué intento decir?
  2. ¿Qué palabras lo expresan?
  3. ¿Qué imagen o modismo lo hace más claro?
  4. ¿Es esta imagen lo suficientemente fresca para producir efecto?
  5. ¿Puedo ser más breve? 
  6. ¿Dije algo evitablemente feo [pretencioso]?
Y para conseguir la máxima precisión, claridad y expresividad, quien escribe debería corregir sus textos con los siguientes 6 consejos estilísticos en mente:
  1. Nunca use una metáfora, un símil u otra figura gramatical que suela ver impresa. 
  2. Nunca use una palabra larga donde pueda usar una corta. 
  3. Si es posible suprimir una palabra, suprímala siempre. 
  4. Nunca use la voz pasiva cuando pueda usar la voz activa. 
  5. Nunca use una locución extranjera, una palabra científica o un término de jerga si puede encontrar un equivalente del inglés cotidiano. 
  6. Rompa cualquiera de estas reglas antes de decir una barbaridad.
Como con tanto decálogo, dodecálogo y consejos varios que circulan por ahí, este programa no es la solución para todos los males. Pero es el de una voz autorizada a la que acudir cuando pensemos que pergeñar un texto claro es algo sencillo, que lleva poco tiempo o que es una cuestión de talento (y no de trabajo). Además, Orwell es una buena piedra de toque respecto de una cualidad que escasea en esta vertiginosa sociedad del hiperconsumo y la infoxicación: la autocrítica. El programa orwelliano, sobre todo, nos obliga a revisar de arriba abajo cuanto escribimos, y a hacernos responsables de ello.

Quizá así consigamos erradicar comparaciones como las de Francisco Ruiz, quien nos explicó que los inmigrantes deberían saber que la Guardia Civil, a diferencia de los Reyes Magos, no reparten caramelos sino palos... Y hasta tal vez dejemos de leer informes del Ministerio de Hacienda donde se equipara a un partido político en su labor social con la de Cáritas. Y hasta puede que algún día llegue a la presidencia de este país alguien que no vaya a ser recordado por su tenacidad a la hora de omitir la palabra crisis o la palabra rescate en su discurso. Todo sea por mejorar nuestra salud semántica, digo.

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PD 01. Este artículo que publicó Sandra Ruso en el diario argentino Página 12 resume bastante bien algunas de las ideas generales que transmite Orwell.

PD 02. George Orwell: «... no hay ninguna necesidad real de los centenares de locuciones extranjeras que hoy son corrientes en el lenguaje inglés». Aconsejar lo mismo en este idioma en que escribo —y lo digo por experiencia— te convierte en una suerte de casposo y retrógrado nacionalista español. No es mal termómetro, digo, para medir alguna de las tonterías y complejos de inferioridad que podemos rastrear a través del lenguaje.

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La portada del libro está tomada de esta web, que repasa la bibliografía de George Orwell y lo he leído en español gracias a la generosidad de Joe Miró y Alberto Supelano, quienes han compartido su traducción públicamente en este enlace. El original en inglés puede consultarse en este otro sitio. Desconozco si este ensayo lo ha publicado alguna editorial española.

5 de abril de 2015

La política y el idioma inglés (I), George Orwell


«Cuando la atmósfera general es perjudicial, el lenguaje debe padecer», dejó escrito George Orwell hacia 1946. Si trasladamos esa afirmación al presente, podríamos sospechar que el autor de novelas como 1984 o Rebelión en la granja no perdería el tiempo en culpar a los adolescentes, a internet o al wasap del deterioro que sufre actualmente el lenguaje.

Tampoco se escudaría tras los malos resultados que suele arrojar el —siempre sesgado y proneoliberal— informe PISA para explicar la pobreza de vocabulario, la falta de comprensión lectora o las enormes carencias argumentativas que experimentan muchas personas a la hora de hablar o de escribir. Según escribió Orwell en su ensayo La política y el idioma inglés, el chachachá del asunto radica, fundamentalmente, en dos causas: la crisis económica y la decadencia del discurso político.

Es de suponer que Orwell (1903 - 1950), cuando hablaba de «atmósfera general», aludía a la enorme descarga de electricidad bélico-totalitaria que asoló los cielos europeos durante la primera mitad del siglo XX. Ya se sabe: Primera y Segunda Guerra Mundial, Revolución Rusa, imperalismo colonial, Hitler, Mussolini, Stalin, Franco... De hecho, él conoció de primera mano aquella atmósfera: participó en la Guerra Civil española como miliciano del POUM, una experiencia que le marcó y de la que dejó constancia en su libro Homenaje a Cataluña. Por gastado que esté el adjetivo, Orwell lo merece y lo honra: fue un intelectual comprometido con su época.

Y, para muestra, el siguiente fragmento que aparece al poco de empezar este documental de la BBC —la traducción es mía, así que es algo aproximada—:
Lo que más me importa es convertir la escritura política en un arte. Mi punto de partida es siempre una sentimiento partisano, una sensación de injusticia. Cuando me siento a escribir un libro, no me pregunto si voy a producir una pieza de arte. Escribo porque hay una mentira que quiero exponer, un hecho sobre el que quiero llamar la atención... Y mi preocupación inicial es conseguir una audiencia [que me escuche].
No está de más tener eso en mente al leer La política y el idioma inglés... Al fin y al cabo, según una clasificación aparecida hace algún tiempo en el diario The Times, estamos ante el segundo escritor británico posbélico más influyente. Quiero decir: no es un cualquiera quien vincula el cuidado del lenguaje a la regeneración política a lo largo del citado ensayo:
Un hombre puede beber porque piensa que es un fracasado y luego fracasar por completo debido a que bebe. Algo semejante está sucediendo con el lenguaje inglés. Se ha vuelto feo e impreciso porque nuestros pensamientos son necios, pero la dejadez de nuestro lenguaje hace más fácil que pensemos necedades. Lo importante es que el proceso es reversible. El inglés moderno, en especial el inglés escrito, está plagado de malos hábitos que se difunden por imitación y que podemos evitar si estamos dispuestos a tomarnos la molestia [de erradicarlos]. Si nos liberamos de estos hábitos podemos pensar con más claridad, y pensar con claridad es un primer paso hacia la regeneración política; de modo que la lucha contra el mal inglés no es una preocupación frívola y exclusiva de los escritores profesionales.
Además de abogar por un lenguaje limpio de «malos hábitos», Orwell coloca en el centro de su argumentación otro factor relevante: la responsabilidad de la ciudadanía en esa tarea. En La política y el idioma inglés no figuran apelaciones para dejar el cuidado del lenguaje a influyentes mandarines, minorías egregias, tribus de escritores, endogámicas academias que fijan y dan esplendor, etc.; al contrario, Orwell asume que defender la salud semántica de la sociedad es una tarea colectiva. En su ensayo, el lenguaje aparece como un bien común, como algo que compartimos y que puede ayudarnos a convivir mejor. Y, como bien común que es, todas las personas debemos asumir nuestra cuota de responsabilidad.


Del vicio lingüístico a la necedad

En ese sentido, la exhortación de Orwell a cuidar el lenguaje que usamos suena de lo más machadiana. De hecho, a través de su agudo Juan de Mairena, don Antonio Machado nos dejó escrito aquello de que conviene cuidar la retórica porque «con palabras se charla y se diserta; con palabras se piensa y se siente y se desea; con palabras hablamos a nuestro vecino, y cada cual se habla a sí mismo, y al Dios que a todos nos oye, y al propio Satanás que nos salga al paso». Es decir, y ya volviendo al ensayo orwelliano, conviene preocuparnos por cómo hablamos o escribimos porque el lenguaje nos empodera, nos ayuda a modelar y conseguir nuestros propósitos.

De ahí que el escritor británico haga girar buena parte de su ensayo alrededor de una sentencia digna de ser recitada como un mantra en cualquier lugar donde se intente enseñar o aprender algo:
(...) la dejadez de nuestro lenguaje hace más fácil que pensemos necedades.
A tal fin, Orwell analiza 5 ejemplos representativos de la prosa política y universitaria de su época. Con paciencia y bisturí fino, muestra cuánta kilocaloría vacía y cuánta vanidosa pretenciosidad se esconden tras muchos discursos que se dan aires de elevados. Y esto último merece resaltarse —y copiarse—: Orwell ataca el lenguaje de quienes, en teoría, lo dominan, es decir, de quienes aportan su discurso a la plaza pública y tratan de formar opinión. Vamos, que ni se molesta en responsabilizar a los mineros de Wigan —a quienes conoció bien, y que seguro que hablaban un inglés incorrecto— de deterioro alguno.

Con eso claro, es más sencillo entender por qué Orwell encuentra que el terreno fértil para el pensamiento necio aparece cuando nos abandonamos a escribir o hablar a golpe de frases hechas, de metáforas y de símiles trillados, de extranjerismos tan innecesarios como esnobistas. O cuando encriptamos nuestro mensaje tras eufemismos que maquillan la realidad e impiden a los demás evocar imágenes mentales concretas. O cuando nuestro mayor propósito intelectual es armar un discurso alrededor de una serie de de palabras-envoltorio que están de moda... O peor aún: escribir párrafos y más párrafos de frases kilométricas, repletas de toda la pirotecnia verbal anterior, y que jamás consiguen mostrar una sola idea con nitidez.

Los vicios mentales a los que alude Orwell, por tanto, son los de la intelectualidad; son los de quienes tratan de hacer pasar como propio y elevado un pensamiento que, en realidad, muchas veces no procede de la reflexión propia y que, desprovisto del oropel con que lo adornan, tiene la misma profundidad que un charco. Sin embargo, quienes emiten ese pensamiento en voz alta, como atentos papagayos a la atmósfera dominante que son, lo hacen porque saben que algo hay que decir y consideran que decir eso que están diciendo —y de esa manera— les deja en buen lugar. Entre esa fauna están, por ejemplo, los adictos a sustituir un humilde pienso por el bombástico «en mi opinión no es un supuesto injustificable».

[ Continuará... ]
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La portada del libro está tomada de esta web, que repasa la bibliografía de George Orwell y lo he leído en español gracias a la generosidad de Joe Miró y Alberto Supelano, quienes han compartido su traducción públicamente en este enlace. El original en inglés puede consultarse en este otro sitio. Desconozco si alguna editorial española ha publicado este ensayo.

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Actualización (05/10/15): A la 2.ª parte se accede por aquí.

2 de agosto de 2013

Moral laica, Robert Louis Stevenson

Nos dejó dicho el autor de La isla del tesoro, Robert Louis Stevenson:

La sociedad no fue ensamblada y defendida con tanta sangre y elocuencia para la comodidad de dos o tres millonarios y unos pocos cientos más de personas de fortuna y buena posición.

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Tomad algunas de las palabras de Cristo y comparadlas con nuestras doctrinas actuales. «No podéis —dice— servir a Dios y al Dinero». ¿No podemos? ¡Y todo nuestro sistema nos enseña cómo podemos!
                                          *

La ética que apoyamos es la de Benjamin Franklin. «La honestidad es la mejor conducta» tal vez sea un lema difícil.

                                           *

Lo que un hombre gasta en sí mismo,
tiene que habérselo ganado con sus servicios a la humanidad.

                                                                                     *

Aunque no hay que despreciar ninguna, siempre es mejor política aprender a desarrollar una afición que conseguir mil libras; pues el dinero pronto se habrá gastado, o quizás no sientas alegría alguna en gastarlo; pero tu afición permanece intacta y se renueva siempre. Llegar a ser botánico, geólogo, filósofo social, anticuario o artista supone aumentar las posesiones personales en el universo en un grado incalculablemente superior, y gracias a una propiedad más segura que comprar una finca de muchos acres. Tenías 2000 libras antes de esa operación; tras ella quizás recaudes 2500. Eso representa tu ganancia, en este caso. Mas en el otro, has rasgado un velo que ocultaba sentido y belleza.


                                                                                  

Traducción de Miguel Ángel Bernat, junio 2002.
Editorial Acuarela libros, www.acuarelalibros.com

11 de octubre de 2012

Historia de dos ciudades, Charles Dickens

Cada tanto, el sentimiento de culpa me puede y me cito con algún clásico que aún no he leído. Hace un par de semanas fue con Charles Dickens y su Historia entre dos ciudades. Como me suele ocurrir cuando me enfrento a un clásico decimonónico —y además en traducción—, me cuesta lo mío adaptarme a la manera de narrar de aquel entonces. O mejor dicho: tengo mis altibajos; momentos en los que me domina la euforia y me fascina la habilidad literaria de aquella gente, momentos en los que me aburro de tanta cháchara innecesaria y comienzo a leer sospechosamente deprisa... Muy deprisa.

Sin embargo, hay una tercera clase de instantes: aquellos en que no doy crédito a que un clásico haya escrito semejante pasaje o escena tan absurda. En la parte final de Historia entre dos ciudades encontré uno de esos momentos. Se trata de una escena donde van a pelear dos mujeres: Madame Defarge y la señorita Pross. El motivo de la reyerta, en versión muy resumida, es que la francesa quiere denunciar y mandar guillotinar a la señora Darnay, esto es, la señora a cuyo servicio está la inglesa.

Madame Defarge trabaja como tabernera en el barrio más peligroso de París y, desde que ha empezado la Revolución se pasea por ahí con un cuchillo en la cintura y una pistola entre los pechos (¿?). Ver descabezados a 40 o 50 aristócratas por día la pone de buen humor. Quiere la guillotina para la señora Darnay porque el marido de esta, Charles Darnay, pertenece a una familia de marqueses, los Evrémonde, que ha ultrajado a los suyos desde hace varias generaciones. Charles es la oveja blanca en una estirpe de ovejas negras; sin embargo, en tiempos de la Revolución, el aristocrático estigma familiar de los Evrémonde pesa más que su buena conducta, su negativa a heredar o que se gane la vida trabajando como profesor.

Por su parte, la señorita Pross, tiene de «señorita» lo que indicaba antes ese remoquete: su soltería. Poco más. Es la típica mujerona que lleva décadas trabajando para una familia, guisa bien y nunca ha padecido las servidumbres de la libido. Y así es feliz, parece ser. De todos modos, lo relevante para disfrutar de la escena acaso sean estos otros datos: lleva casi 2 años en París y no ha aprendido una palabra de francés, y concurre a la pelea tan solo muñida del amor a su patria y a la familia donde ha servido tantos años.

Presentadas a las mujeres que contienden, vamos al meollo. Así pinta Dickens el preámbulo a la lucha:
Los negros ojos de madame Defarge la siguieron en todos estos rápidos movimientos y se pararon, fijos en ella, cuando se detuvo. La señorita Pross no había sido nunca una mujer hermosa, y los años no habían suavizado ni dulcificado los rasgos indómitos y severos de su rostro; pero también ella era, a su modo, una mujer resuelta, y midió a madame Defarge de arriba abajo con la mirada:

«Por las trazas podrías ser la consorte del mismísimo Lucifer —dijo la señorita Pross para su capote—, pero si crees que me arredras, te equivocas. Soy inglesa».
Ya sabemos que la gente de siglos anteriores hablaba de otro modo; ahora bien, digamos que tiene su puntito eso de las trazas, la consorte y Lucifer. Lo de acudir a la nacionalidad de una para armarse de valor también tiene su aquel, que diría mi abuela; pero, bueno, aceptemos por un instante que las mujeres inglesas del siglo XVIII pensaban —en el sentido literal— así, como describe Dickens. Al fin y al cabo, digo, las españolas siempre se han tenido a sí mismas en muy alta estima. (Quizá esté muy influido por Isabel, no lo sé).

En fin, sigamos:
Cada una hablaba en su lengua y ninguna entendía las palabras de la otra, así pues estaban ambas muy atentas para deducir, por la actitud y el gesto, lo que aquellas voces inteligibles significaban.

—No le beneficiará nada esconderse de mí en este momento —dijo madame Defarge—. Los patriotas sabrán lo que eso significa. Déjame que la vea. Ve y dile que quiero verla. ¿Me oyes?

—Aunque esos ojos que tienes fuera escoplos —dijo la señorita Pross—, y yo fuera de madera, no iban a sacarme ni una viruta, arpía extranjera. Vas a encontrarte con la horma de tu zapato.  
Que los británicos son muy suyos, ya lo sabíamos. Ahora bien, aquí a Dickens se le va el asunto un poco de las manos, ¿no? Digo, tiene mérito que, estando en París, la señorita Pross llame «arpía extranjera» a una francesa de los barrios bajos de la ciudad... Es un sinsentido. Y casi tanto mérito o más tiene que, si ninguna de las dos mujeres habla y entiende el idioma de la otra, la inglesa acuda a la retórica de ebanista zapatero para explicar su punto de vista de la situación. Es curioso, porque, en cambio, la línea de diálogo de Madame Defarge resulta bastante verosímil.

Dickens parece reflexionar sobre eso a su manera...
Mal podía entender Madame Defarge estos giros idiomáticos en un sentido estricto, pero adivinaba lo suficiente para comprender que se la trataba con absoluto desdén.

—¡Marrana estúpida! —dijo madame Defarge, frunciendo el entrecejo—. No eres quién para replicarme. Exijo verla. ¡O le dices que estoy aquí y quiero verla ahora mismo o te quitas de delante de la puerta y me dejas pasar! —esto último acompañado de un colérico y elocuente ademán del brazo derecho. 
—Nunca en mi vida me figuré que pudiera sentir ganas de entender esa imbecilidad de lengua que hablas —dijo la señorita Pross—. Pero daría todo lo que tengo, menos la ropa que llevo puesta, por saber si sospechas la verdad o un parte de ella.
No sé qué es más memorable: si lo de «la imbecilidad de lengua que hablas» o el recato a quedarse desnuda que tiene esta mujer... Por lo demás, las mujeres francesas parecen más normales que las inglesas: donde las segundas te dicen «aunque esos ojos que tienes fueran escoplos...», las primeras se limitan a gritarte «marrana estúpida». Se ve que la ebanistería y la zapatería estaba menos desarrolladas en la Francia revolucionaria que en la Inglaterra aristocrática

Con todo, Dickens lleva un poco más allá la xenofobia inherente a su señorita Pross y acude de nuevo a la cuestión de la patria para justificar la valentía de este personaje:
Ninguna de las dos dejaba de observar un solo instante los ojos de la otra. Madame Defarge no se había movido del sitio en que la vio la señorita Pross por vez primera; pero entonces avanzó un paso.

—Soy inglesa —dijo la señorita Pross— y estoy en una situación desesperada. Mi propia vida no me importa un ardite. Sé que cuanto más tiempo te entretenga aquí, mayores serán las esperanzas de salvación para mi Palomita. ¡Como me llegues a poner un solo dedo encima, no te dejo ni un mechón de ese cochino pelo sobre la cabeza!
A esta altura, la escena más que alta literatura parece un sketch de Faemino y Cansado, y reconozco que seguía leyendo porque me parecía una escena muy divertida de tan inverosímil como eran las líneas de diálogo de la señorita Pross. Lo de «soy inglesa y estoy en una situación desesperada» me sonó estratosférico. Quizá fuera lo que pensaba ayer Carlos Wert, nuestro ministro de cultura, mientras hablaba sobre el catalán en el Parlamento: «Soy español y estoy en una situación desesperada».

Vaya usted a saber.

En fin, que en una pelea entre dos mujeres sencillas, humildes y que no entienden sus idiomas respectivos hubiera bastado con dos líneas de diálogo. Madame Defarge podría haber dicho: «¡Marrana estúpida!», y la señorita Pross haber contestado: «¡Como me pongas un dedo encima, no te dejo ni un mechón de ese cochino pelo sobre la cabeza!». Así, ambas se hubieran entendido la mar de bien y hubieran presentido que, de no tener cuidado, la otra le iba a zurrar. Todo lo demás, Dickens sabrá por qué lo puso.


PD 01. La foto de arriba procede de la entrada que esta novela tiene en Wikipedia.
PD 02. Deberes: a ver si veo la película, que aquí está completa.