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28 de febrero de 2016

Metáfora y memoria, Cynthia Ozick

En el ensayo «Blues de la alta cultura», contenido en Metáfora y memoria (Mardulce, 2016), Cynthia Ozick da cuenta de un fenómeno global: en la era de la publicidad y el mercantilismo, el silencio de los medios de comunicación equivale casi a la defunción de quienes escriben. Ozick nos lo explica desde la perspectiva de quien ha nacido en 1929 y ha visto pasar más de 80 años de agua por debajo de los puentes literarios. Y lo hace a partir de dos noticias, una relativa a Jonathan Franzen y otra a Philip Roth. Los ejemplos son estadounidenses, pero trasladables a cualquier país del ámbito hispanoamericano.

En resumidas cuentas, lo que sucedió con Franzen es que este se negó a asistir al programa de la todopoderosa celebridad mediática Oprah Winfrey. ¿La razón? Según explicó el autor de Las correcciones, lo que él escribía pertenecía a «la gran tradición literaria» y, por tanto, no quería participar en un programa de televisión que recomendaba libros sensibleros, unidimensionales y «que le daban vergüenza ajena». Entre convertirse en una celebridad y ser aceptado por la alta cultura, de algún modo, él prefería lo segundo. A continuación, como no podía ser de otro modo, se organizó un guirigay colosal, y a Franzen le llovieron palos de todo el mundo, hasta de Harold Bloom.

Tiempo después, Philip Roth, uno de los escritores más icónicos y multipremiados de la literatura estadounidense, publicó El oficio, un libro que incluye «entrevistas, reflexiones, intercambios» con «diez de las figuras más significativas del siglo XXI» y un «notable ensayo de homenaje» que se llama Releyendo a Saul Below. Sorprendentemente, casi nadie le hizo caso. Y casi nadie es... casi nadie. Ozick lo relata en su ensayo con detalle en este párrafo tan demoledor como clarificador sobre en qué consiste el ostracismo en estos tiempos tan posmodernos:
Por el contrario, cuando El oficio apareció en el primer año del siglo XXI, fue recibido con un silencio casi total. Publishers Weekly, al dar cuenta obligada de su publicación, denigró esta generosa, iluminadora y desinteresada obra de indagación cultural y de admiración feroz como una prueba del egoísmo de Roth; un punto de vista falso, rancio e impertinente en ambos sentidos. Quizá hubo otras reseñas, quizá no. Lo notable es que El oficio no resultó notable. Nació en el silencio. No atrajo demasiada atención, o más bien ninguna, ni siquiera entre los editores de revistas intelectuales. Nadie lo elogió, nadie lo condenó. Ninguna criatura literaria se movió para responderle, ni siquiera un piojo.
Previamente, Ozick —admirada por David Foster Wallace y que en algún momento fue joven escritora antes que futurible para el Nobel—, había dicho:
Hace cincuenta años, no me cabe duda de ello, esta publicación habría sido un Acontecimiento, un hito cultural, una ocasión para calentar el caldero literario de Nueva York, tanto como el explosivo —y efímero— anhelo de Franzen, o incluso más. Hace cincuenta años, la publicación de El oficio habría sido el tema de conversación en cientos de madrigueras de estudiantes universitarios y en cenas clasemedieras, en columnas sobre libros y chismes culturales, en indignados cenáculos de jóvenes lectores rebosantes de envidia y ambición.
Y, sin embargo, ya no lo es... Un libro de Roth ya no calienta casi nada —ni a favor ni en contra—; una frase desafortunada y rechazar una invitación de una celebridad que puede hacerte millonario a tu editorial y a ti, en cambio, puede originar un fuego difícil de apagar. Así están las cosas, digo, en el país que coloniza culturalmente buena parte del planeta (y así estamos probablemente también nosotros, que reproducimos sus mecanismos y tics uno por uno).

Todo ha cambiado mucho desde la década del 60 y del 70, y sería largo analizar los factores que han influido en que eso sea así. Por mi parte, quiero rescatar un par de conclusiones de Ozick sobre la dirección en que ha cambiado la sociedad estadounidense. Una es que hace 50 años nadie habría hablado con «tanta jactancia, ni con tanta vaguedad, de la tradición de la alta cultura», como hizo Franzen. Eso la lleva a concluir que hoy parece que nos hemos acostumbrado a que para producir alta cultura alcanza con una simple ironía publicitaria, con una frase como la de Franzen. También que defender un mínimo de jerarquía intelectual termina siempre en acusaciones de esnobismo y discriminación.

La otra es que hubo un momento en que debatir sobre libros en la tele no estuvo en manos de gente «voluntariosa y bienintencionada» como Oprah Winfrey (que es como decir que en España tarde o temprano terminará en manos de Bertín Osborne, Ana Rosa Quintana o Anne Igartiburu...). Es más: la discusión sobre autores y autoras intelectualmente competentes formaba parte de las reuniones de amigos, de los temas habituales de conversación. O dicho de otro modo: hubo un tiempo en que la publicidad y el ruido mediático no eran lo bastante potentes para neutralizar los discursos relevantes. Hoy, como señala Ozick hablando de ese libro de Philip Roth, lo normal es que los libros nazcan en el silencio. La superficialidad del márketing —premeditado o no— desplaza con una facilidad pasmosa a otros discursos más elaborados en su intento por ocupar e influir en la plaza pública. «Todo es mercado», como afirma Constantino Bértolo, en La cena de los notables.

Quizá eso explique las mil y una maniobras de las nuevas generaciones literarias por hacer ruido, el que sea, pero ruido. Y es que el dicho uruguayo parece más revelador que nunca: «¿Quién sos vos que la radio no te nombra». Incluso Franzen parece más y mejor escritor —más relevante— que Roth por efecto de su incidente. De hecho, rechazar la invitación no fue una operación tan beneficiosa comercialmente como haberla aceptado; sin embargo, que le zurraran un poco en los medios también lo ayudó a vender montones de libros (¿ha dejado de vender alguna traducción en España, por ejemplo?). También le sirvió para posicionarse como escritor: ahora muchos se sienten obligados a tener una opinión formada sobre Franzen, y no tanto sobre Roth.

Por cierto, Oprah Winfrey nunca criticó a Franzen por su desplante. Es más: su digestión de todo aquello terminó en forma de un programa a Anna Karenina y otro para Faulkner. Cada quien que saque sus conclusiones de este complejo entramado multivariable en que unos publican libros y otros los leemos.

*

P.D.: Rescato un par de entrevistas que le hicieron a Cynthia Ozick en España: esta de El Cultural y esta otra de El País.

4 de julio de 2014

La canción de Salomón, Toni Morrison

Cuando lees la novela de alguien que ha ganado un premio Nobel es inevitable adoptar algún tipo de expectativa, de prejuicio. Es como ir al teatro a ver a Blanca Portillo, a Ira Kaplan a un concierto de Yo la Tengo o a Luis Suárez a un estadio de fútbol: te entregas a la posibilidad de que pase algo distinto. Sabes que ese algo a veces sucede y otras no; con todo, la presunta genialidad del artista está ahí, latente, y tú quieres absorberla cuando ocurra. Desde ese ángulo, digo, me he quedado en el típico «está bien, pero esperaba algo más» con Toni Morrison y su La canción de Salomón.

Quizá haya sido un problema de expectativas mío.

Quizá.

Es lo que tiene el maldito Nobel y toda la enorme dehesa semántica que se extiende alrededor de la palabra premio, sea cual sea este. Por tanto, lo mejor que he hecho por esta novela es olvidarme —hasta cierto punto— del abolengo de su autora y leerlo como un libro más. Al fin y al cabo, hace casi 40 años que Morrison lo publicó y unos 20 desde que le dieron el Nobel. Ha sido un buen acuerdo para ambas partes.


Algunos ripios subsanables

Morrison es una novelista, sobre todo, de contenido. En cuestiones estructurales y estilísticas, al menos en La canción de Salomón, resuelve ciertos pasajes de manera incluso algo tosca. El punto fuerte aquí es la ambición del proyecto que se plantea: contar la historia de una familia negra y fijar una suerte de genealogía hasta llegar a su raíz primera en EE.UU., es decir, componer el típico libro gordote de algo más de 400 páginas con padres, tías, incestos —y pseudoincestos—, matrimonios infelices a su modo, búsqueda de los bisabuelos y tatarabuelos, etcétera. Vamos, póker tradicional, pero salpimentado con algunos detalles personales: unos fantasmas por aquí,  unos cantos con sabor a gospel algodonero por allá o un elemento mítico para explicar el origen de la raza negra acullá.

Poco más... O nada menos, según se mire, que componer 430 páginas de novela clásica siempre es complicado.

Estructuralmente, a veces se nota demasiado la búsqueda de situaciones que le permitan a tal o cual personaje pegarse un monólogo de aquí te espero, a fin de establecer su punto de vista sobre una u otra cuestión. Así, por ejemplo, un padre se sienta en un parque con un hijo y le dice casi literalmente que, por favor, no lo interrumpa, que tiene algo que importante que decirle... Y, a continuación, al lector le caen 4 o 5 páginas de monólogo parental sin derecho a interrupción filial. Eso sí, quizá el caso más flagrante sea cuando, en otro pasaje, el narrador para justificar que el protagonista no habla y que los demás personajes se echan unas peroratas estupendas, dice lo siguiente: «Hablaban y hablaban sin parar utilizando a Lechero como mecanismo para disparar sus recuerdos». En fin, como para sugerirle luego pulir ese tipo de ripios a cualquier novel.


El problema es siempre el otro

Pero, bueno, dejemos la lectura técnica a un lado y tengamos amplitud de miras, que Toni Morrison tiene su aquel, que diría mi abuela. De hecho, La canción de Salomón puede leerse tomando esta línea de diálogo como clave de lectura:
—¿No puedo amar lo que critico?
Si hacemos eso, el texto se convierte en un gran dispositivo que muestra el amor crítico de la autora por la gente de su raza. Así, la parte amorosa la vemos, por un lado, en que la novela cumple con el compromiso de constatar un buen puñado de injusticias —y delitos— que hemos cometido los blancos contra los negros: crear vagones de tren estilo apartheid, no dejarlos testificar en los tribunales, asesinarlos, etc. Y por otro, en que la novela nos narra la evolución social y afectiva de una familia negra de clase media entre 1930 y 1970, y la relación con su comunidad. Todo ello, en conjunto, establece una suerte de conciencia de raza: somos esto, venimos de aquí y remamos hacia el futuro contra viento y marea.

En cuanto a la parte crítica, la novela muestra —y este quiza sea su gran acierto— una comunidad negra tan machista, patriarcal, clasista, insolidaria o perezosa como la blanca. Al respecto hay un pasaje estupendo. La hermana del personaje principal, Lechero —nótese la ironía de ese apodo tan blanco en un libro tan negro—, harta de que este vaya de machito-alfa que decide lo que es mejor para su madre, su otra hermana o que va de gran follador por la vida, lo encara un día y le suelta una filípica que más de una madre española le diría a su padre, su marido o su hijo:
[...] ¿Quién eres tú para juzgar nada ni a nadie? Yo llevaba trece años respirando en el mundo antes de que tus pulmones empezaran a formarse. Y Corintios doce. No sabes absolutamente nada de nosotras; que hacemos rosas, eso es todo lo que sabes. Pero ahora de pronto decides qué es lo que le conviene a la mujer que te limpiaba las babas de la barbilla cuando eras demasiado pequeño para saber escupir. Nuestra niñez la gastamos en ti como una moneda encontrada en la calle. Cuando dormías, guardábamos silencio; cuando tenías hambre, cocinábamos; cuando querías jugar, te entreteníamos; y cuando fuiste lo bastante mayor para distinguir la diferencia entre una mujer y un Ford de dos toneladas, la casa entera se puso a tu servicio. Hasta hoy no te has lavado jamás tu ropa interior, no has hecho una cama, no has limpiado la suciedad de tu bañera, no has barrido ni sacudido una mota de polvo. Y hasta hoy no nos has preguntado ni una sola vez si estábamos cansadas o tristes, o si nos apetecía una taza de café. Nunca has levantado nada que no fueran tus pies, ni has resuelto un solo problema más allá de la aritmética de cuarto grado. ¿Qué crees que te da derecho a decidir sobre nuestras vidas?

—Lena, cálmate, no quiero oírlo.

—Te lo voy a decir: esos cojones de cerdo que te cuelgan entre las piernas. Pero, óyeme bien lo que te digo, hermanito: vas a necesitar algo más que eso. No sé de dónde lo vas a sacar ni quién te lo va a dar, pero acuérdate de lo que te digo: vas a necesitar algo más que eso. (...)

Una novela con trasfondo político

El riesgo de las sagas familiares es que se queden en eso: en una mera telenovela de enredos de no sé quién con no sé quién. Por suerte, Morrison apuesta también por lo politico y eso le confiere vuelo a muchos pasajes. El más significativo es el capítulo 6, que reproduce una charla entre Lechero y su amigo Guitarra sobre la pertinencia o no de usar la violencia como herramienta para conquistar los derechos sociales. Guitarra, un negro pobre y con nombre de esclavo, forma parte del grupo terrorista Siete Días, cuyo objetivo es liquidar tantos blancos como negros asesine el terrorismo blanco. Una resolución de conflictos muy viril, como se ve, muy de ojo por ojo y diente por diente. De «compensar cantidades», dice Guitarra.

Ahora que a muchos les ataca la corrección política a la hora de escribir o de leer, diría que resulta recomendable echar un vistazo a este capítulo de Morrison. Además de dejar patente que cualquier terrorismo es ciego —y cegador—, es un buen ejemplo de cómo la literatura vibrante nace de la incorrección. Transcribo un pasaje:

—¿Tú? ¿Tú vas a matar a seres humanos?
—A seres humanos, no. A blancos.

—¿Por qué?
—Acabo de decírtelo. Es necesario. Alguien tiene que hacerlo. Para que no se altere la proporción.

—¿Y si nadie lo hiciera? ¿Y si todo siguiera como antes?
—Entonces el mundo sería una farsa y yo no podría vivir en él.

—¿Por qué no matáis solo a los autores de los crímenes? ¿Por qué matáis a inocentes? ¿Por qué no solo a los culpables?
—¡Qué importa quién lo haya hecho! Cualquier blanco es capaz de hacerlo. Por eso matamos a cualquiera de ellos. No hay blancos inocentes Todos son asesinos de negros en potencia, si no de hecho. ¿Crees que Hitler les pilló de sorpresa? ¿Crees que fueron a la guerra porque pensaban que estaba loco? Hitler es el blanco más normal que ha existido jamás. Mató a judíos y a gitanos porque no había negros. ¿Te imaginas a los del Ku Kux Klan asombrados ante Hitler? Imposible.

(...)

—Pero ¿y los buenos? Hay blancos que han hecho sacrificios por los negros. Auténticos sacrificios.
—Eso solo indica que hay uno o dos que son normales. Pero no han podido hacer nada para impedir la matanza. Pueden estar indignados, pero con eso no solucionan nada. Pueden incluso hablar, pero tampoco solucionan nada. Pueden incluso sacrificarse, pero los asesinatos siguen. Y también seguiremos nosotros.

—No me entiendes. No son solo uno o dos. Son muchos.
—¿Sí? Escúchame, Lechero, Si Kennedy se encontrara, borracho y aburrido, sentado junto a una estufa de leña en Misisipí, puede que participara en un linchamiento solo porque sí. En esas circunstancias, su naturaleza antinatural habría quedado al descubierto. Pero yo sé muy bien que ni yo, ni tú, ni ningún negro que conozco o del que haya oído hablar participará jamás en un linchamiento, por borracho o aburrido que estuviera. Nunca. En ningún mundo, en ningún momento de la historia, ha habido un solo negro que se haya levantado para matar a un blanco porque sí. Pero los blancos sí pueden hacerlo. Y no lo hacen siquiera por dinero, que es por lo que suelen hacer la mayoría de las cosas. Lo hacen por divertirse. Es antinatural...

Ahí queda eso: hasta Kennedy es un potencial asesino de negros en boca de Guitarra. Y es que los discursos extremistas se tocan; de hecho, solo necesitan cambiar una palabra fetiche por otra y dicen cosas muy parecidas... Basta pensar desde ahí cualquiera de los conflictos, armados o por armar, que nos rodean. En la polarización, lo primero es quitarle todo atisbo de humanidad al otro y declararlo enemigo tuyo.

La abuela de una amiga mía, tan uruguaya ella, solía decirle a su nieta que no hiciera «cosas de negros» (frase bastante habitual, por cierto, en el Río de la Plata). Ese ha sido su gran karma educativo. Pues bien, en La canción de Salomón hay personajes que opinan y aconsejan lo contrario: cuidado, no hagas cosas de blancos. Y quizá esa sea la gran aportación de esta novela: nos enseña lo humana que es la tentación de caricaturizar al prójimo, al distinto, y hacerlo acreedor de los peores defectos. Esos defectos de los que, por supuesto, nosotros carecemos (¡faltaría más!).

*

PD. Muy interesante esta entrevista donde Morrison analiza la centralidad de la raza en su obra.

26 de abril de 2014

Algo supuestamente divertido..., David Foster Wallace

¿Qué puede tener de interesante un libro de no ficción que contiene un largo reportaje sobre un crucero de lujo masivo por el Caribe durante una semana en 1995?

Básicamente, que lo ha escrito David Foster Wallace

Es decir: a) un narrador capaz de convertir en hilo conductor el superpoderoso sistema de succión que anida bajo el váter de su camarote; b) una persona que escribe decenas y decenas de hilarantes notas a pie de página —una de las cuales ocupa tan solo 3/4 partes de la página para explicar por qué fue una mala decisión no llevar «ropa formal» en la maleta, a pesar de la advertencia previa de la compañía—; y c) un crítico con dientes de pitbull, capaz de invertir un capítulo entero en analizar el publirreportaje que Frank Conroy, un autor fetiche para él y director del Taller de Escritura Creativa de Iowa, había escrito sobre ese mismo crucero a cambio de un buen puñado de dólares, viajar gratis con su familia y hacer pasar el texto por un ensayo más en su exitosa carrera literaria.

Algo supuestamente divertido que nunca volveré a hacer, además de un estupendo ensayo sobre la estupidez humana que late tras el hiperconsumismo, es un libro que te enseña lo importante que es para un autor tener un punto de vista propio. Uno lee esta clase de libros, sencillamente, porque le da la sensación de que nadie más sería capaz de contarte un crucero como te lo cuenta Foster Wallace.

Un autor, una manera de mirar el mundo, digo.


¡Viva la inadaptación!

Desconozco cuánto hay de verdad y cuánto de exageración en la mirada de Foster Wallace. En cualquier caso, como no soy un potencial usuario de cruceros de lujo, me resulta fácil empatizar con alguien que se autodefine como semiagorafóbico, bovinofóbico —o algo así— y demasiado susceptible a la hipnosis... Y que, además, alardea de haber subido al barco sin una cámara fotográfica para no parecer tan borrego como el rebaño de turistas que lo rodea, es decir, ese grupo de (supuestos) seres humanos que pasa casi más tiempo conociendo el mundo a través de una pantalla que por experiencia directa. En cualquier caso, diría que a Wallace le sale fácil su vena de inadaptado social, que apenas necesita impostarla.

Eso sí, tiene ese punto tontorrón —muy estadounidense— de alabar los bombones de chocolate y, al mismo tiempo, escupir un canapé de caviar de beluga... En fin, la cultura gastronómica es algo que los hijos del Imperio aún no han conseguido asimilar. Qué le vamos a hacer. A cambio, tenemos a un escritor de alto vuelo intelectual capaz de contarte cómo se ajusta su gorra de Spiderman para jugar al pimpón, cómo pierde una partida de ajedrez con una niña de 9 años o cómo hace el ridículo tirando al plato con veteranos de guerra que incluso se llevan la escopeta desde casa. Quiero decir: por suerte, Foster Wallace es incapaz de tomarse demasiado en serio a sí mismo (exactamente lo contrario que Vargas Llosa yendo a visitar la ciudad de Bocaccio, por decir...).


Kafka a bordo

Puede que donde mejor se aprecie la mirada de Wallace sea en el regusto kafkiano que recorre el libro. Ese punto, digo, en que aparece una voz que te recuerda aquello que solía decir Nuestro Padeciente Hombre en Centroeuropa: «La vida es una distracción permanente que ni siquiera permite tomar conciencia de aquello de lo cual distrae». Es decir: la vida como un crucero de lujo, según Foster Wallace:
Hay algo insoportablemente triste en los Cruceros de Lujo masivos. Como la mayoría de las cosas insoportablemente tristes, resulta increíblemente elusivo y complejo en sus causas y simple en sus efectos: a bordo del Nadir —sobre todo de noche, con toda la diversión organizada, la amabilidad y el ruido del jolgorio—, me sentí desesperar. La palabra se ha banalizado ahora por el exceso de uso, desesperar, pero es una palabra seria, y la estoy usando en serio. Para mí denota una adición simple: un extraño deseo de muerte combinado con una sensación apabullante de mi propia pequeñez y futilidad que se presenta como miedo a la muerte. Tal vez se parezca a lo que la gente llama terror o angustia. Pero no acaba de ser como esas cosas. Se parece más a querer morirse a fin de evitar la sensación insoportable de darse cuenta de que uno es pequeño, débil, egoísta y de que, sin ninguna duda posible, se va a morir. Es querer tirarse por la borda.
Un poco más adelante, Nuestro Futuro Ahorcado a los 46 Años va un poco más allá y conecta esa angustia con el meollo de lo que está viviendo en ese momento:
Tengo 33 años y la impresión de que ha pasado mucho tiempo y que cada vez pasa más deprisa. Cada día tengo que llevar a cabo más elecciones acerca de qué es bueno o divertido, y luego tengo que vivir con la pérdida de todas las opciones que esas elecciones descartan. Y empiezo a entender  cómo, a medida que el tiempo se acelera, mis opciones disminuyen y las descartadas se multiplican exponencialmente hasta que llego a un punto en la enorme complejidad de ramificaciones de la vida en que me veo finalmente encerrado y atrapado en un camino y el tiempo me empuja a toda velocidad por fases de pasividad, atrofia y decadencia hasta que me hundo por tercera vez, sin que la lucha haya servido de nada, ahogado por el tiempo. Es terrorífico. Pero como son mis propias elecciones las que me encierran, me parece inevitable: si quiero ser adulto, tengo que elegir, lamentar los descartes e intentar vivir con ello.
Solo son un par de pasajes en todo el libro, pero bastan para leer el contenido desde otro lugar. En ambos fragmentos aparece el Foster Wallace más íntimo, el menos preocupado por parecer divertido, ingenioso o afilado en sus críticas al American Way of Life. Desaparece el gamberro y emerge un tipo plenamente autoconsciente que, con un insoslayable tono personal, nos cuenta la esencia de por qué toda aquella experiencia vacacional lo aterra tanto: es el hombre equivocado en el lugar incorrecto, es decir, un tipo con unas preocupaciones existenciales que poco o nada tienen que ver con la gente que le rodea.

De ahí que lo mejor sea ir más allá del crucero (que a unos les gustará más y a otros menos). Lo genial de este libro es cómo Wallace se apoya en esa experiencia y en su angustia vital para plantearse dos preguntas importantes sobre la manera en que vivimos. Una: ¿qué nos cuenta sobre nuestra sociedad una suerte de catedral comercial flotante con 1300 personas a bordo atiborrándose de comida, gastando toneladas de combustible, etc., durante una semana, y además convencidas de estar descansando y hasta sintiéndose privilegiadas respecto de sus familiares y amigos?

Y dos: ¿qué clase de estrategia de márketing consigue convertir despropósitos de este calibre —en el sentido ambiental y en todos los demás sentidos— en una experiencia necesaria o gratificante? O dicho de otro modo: además de tu dinero, ¿qué quiere una empresa cuando te seduce con un eslógan del estilo «Tú no te preocupes de nada: disfruta, que nosotros lo resolvemos todo por ti»? Al margen de sus excentricidades y exageraciones, Wallace nos muestra de manera brillante cómo la publicidad más sofisticada nos proporciona experiencias de placer precocinadas, listas para ponerlas a calentar en el microondas de la cabeza y servir. Un crucero de lujo es solo una más.



*

PD 01. El segundo fragmento que extracto me recuerda el pasaje de El discurso vacío, de Mario Levrero, que ocupa la contraportada del libro:

Lo que uno ha sembrado fue creciendo subrepticiamente y de pronto estalla en una especie de selva que lo rodea por todas partes, y los días se van nada más que en abrirse paso a golpes de machete, y nada más que para no ser asfixiado por la selva; pronto se descubre que la idea de practicar una salida es totalmente ilusoria, porque la selva se extiende con mayor rapidez que nuestro trabajo de desbrozamiento y sobre todo porque la idea misma de «salida» es incorrecta: no podemos salir porque al mismo tiempo no queremos salir, y no queremos salir porque sabemos que no hay hacia dónde ir, porque la selva es uno mismo, y una salida implicaría alguna clase de muerte, o simplemente la muerte. Y si bien hubo un tiempo en que se podía morir cierta clase de apariencia inofensiva, hoy sabemos de aquellas muertes eran las semillas que sembramos de esta selva que somos.
PD 02. Hace poco escribí esto sobre la biografía de D.T. Max sobre DFW.

14 de marzo de 2014

Todas las historias de amor son de fantasmas, D.T. Max

Llevo años pensando que las novelas de David Foster Wallace son del tal grosor que parecen la reencarnación de Moby Dick y que, por tanto, meterme en una de ellas era como apuntarme a correr un Ironman, el Ultratrail del Mont Blanc o algo así. Como uno tiene el tiempo justito para leer, entrar en semejante vorágine de páginas suele implicar renunciar a lo mejor a 3 o 4 novelas de 200 o 300 páginas. Y, en términos atléticos, me gusta la larga distancia para salir a correr, pero no tanto para leer.

Sin embargo, yo sabía que Wallace era un autor ineludible, que tarde o temprano debería pasar por él. En febrero, cansado de aplazar tanto mi encuentro, le pregunté a un amigo de cuyas recomendaciones me fío si hacía falta que lo leyera. Lo reconozco: le pregunté porque pensaba que me iba a decir que no, que no me perdía nada... Y así yo tendría la excusa perfecta para ahorrarme entre 1500 o 3000 páginas de este señor al que alguno había llamado el Kurt Kobain de la literatura.

Lamentablemente para mis propósitos, mi amigo no solo me contestó que sí, que debía leerlo, sino que encima me recomendó una biografía de Wallace (unas 400 páginas netas) y me dijo que la leyera antes de empezar con sus novelas... Yo puse cara de tierra trágame y, por favor, hazlo deprisa. Él me miró y me dijo:

—Sí, ya sé que siempre te digo exactamente lo contrario del resto de escritores; pero este es diferente y esta biografía, muy buena

Y yo, que a veces me pongo en modo «muy obediente», he entrado en el mundo de DFW por la puerta de esta estupenda biografía. Además, para mi sorpresa, estoy barruntando que quizá antes de que acabe el año salga a cazar alguna de esas enormes ballenas que son La broma infinita, El rey pálido, etc. Y todo por preguntar... Quién me manda a mí, carajo; con lo bien que estaba yo procrastinando, que se dice ahora.

En fin, ahí van once cosas que me han hecho tilín de esta biografía sobre David Foster Wallace.


*


01 | Inteligencia. Quizá la adicción menos conocida de David Foster Wallace haya sido la de sacar matrículas de honor y mostrarse más inteligente que cualquiera de sus profesores. Juraría que casi siempre nos lo han vendido —incluso en la solapa de esta biografía— como el Kurt Cobain de la literatura por aquello de que iba hecho un guarro, había sido adicto a casi todo —marihuana, alcohol, sexo, televisión...— y un buen día le dio por ahorcarse. Así de esclavizante es la mercadotecnia mediática: como te pongas una bandana, unas botas de montaña y unos pantalones rotos para escribir, ya solo serás un grunge por mucho que seas un estupendo lector de Wittgenstein y tengas un coeficiente intelectual deslumbrante. Así es el márketing y su poética, digo.

02 | El desorden biológico como tara. A lo largo de su vida, desde joven, Wallace intentó suicidarse varias veces. Al parecer padecía desde su adolescencia un trastorno biológico que le hizo medicarse durante décadas con Nardil. Si se dejaba de tomar las pastillas, caía en una depresión severa. Por tanto, al más puro estilo Cioran, Wallace era como su admirado Dostoievski, uno de esos autores que tienen una tara, que sufren a causa de ella y que la subliman escribiendo. Eso sí, ahí va un dato inquietante: el propio Wallace aclara varias veces que su infancia fue feliz y que sus padres, gente tranquila, culta y civilizada, todo lo resolvían dialogando. Al margen de otros factores, parece ser que el desencadenante del suicidio fue un cambio de medicación. Wallace murió en 2008, a los 46 años.

03 | Un desastre emocional.
En su literatura, Wallace odiaba caer en los tópicos; sin embargo, su vida emocional parece un inmenso lugar común, la típica del mártir literario que no saben relacionarse de manera fluida con el mundo. (Ejemplo que me viene sobre la marcha a la cabeza: Alejandra Pizarnik). La biografía nos pinta a Wallace como un tipo poco práctico, poco convencido de sus decisiones vitales y demasiado inestable como para arriesgarte a formar una pareja con él. En palabras suyas, era alguien cuyo interior estaba «lleno de túneles profusamente ramificados». También alguien que no se bañaba en el océano por miedo a los tiburones. En fin, digamos que había que esforzarse por quererlo. Quizá por eso sus mejores relaciones las desarrollaba por carta; por ejemplo, con Jonathan Franzen, Don DeLillo o su editor.

04 | El alumno atípico.  Esta biografía da cientos de razones para ver en Wallace un escritor atípico, y cada quien elegirá las suyas. Algunas de las mías tienen que ver con los talleres de escritura (nobleza obliga). Por un lado, como alumno, Wallace atacó de frente y con artillería pesada el discurso dominante en esos espacios de enseñanza: el realismo minimalista carveriano (cuando aún no sabíamos que el minimalista era más bien su editor, Gordon Lish, y no tanto Carver). Frente a ese discurso que buscaba homogeneizar la estética del alumnado y que decía cómo se debía escribir, Wallace arremetió con su maximalismo, sus juegos de palabras, su incisiva verborrea o su búsqueda de lo fragmentario. En general, el veredicto que obtuvo fue el de un talento mal aprovechado.

05 | El docente atípico (I). Como profesor, Wallace fue tan atípico como alumno. Convengamos que es infrecuente que un narrador de alto nivel intelectual lea con fruición a Tom Clancy y use los superventas para explicar a sus alumnos nociones narrativas como el punto de vista, la construcción de un personaje, etc. Wallace lo hacía. El mismo tipo que, cuando estaba entre literatos y demás fauna, resultaba un pedante porque sostenía que nadie podía considerarse escritor si no había leído a Derrida, después iba a clase y usaba todos los medios a su alcance para trasladar a su alumnado el abecé de cómo se construye una narración. Además, a partir de esas referencias comerciales, insistía en que la buena literatura ni tiene por qué ser un rollo ni tiene que estar mal escrita; todo lo contrario.

06 | El docente atípico (II). A Wallace le gustaba impartir materias sencillas y convertirlas en diabólicas para sus alumnos, que terminaban preguntándose si no se suponía que aquella asignatura era una maría... Luego, cuando fue siendo conocido, la gente ya sabía a qué iba a su clase; sabía que tras esa bandana, esas botas de montaña y esa extraña cortesía que les profesaba se escondía el mejor lector posible de sus textos, amén de un fanático integrista de la gramática. De hecho, algunos lo llamaron el «ingeniero de la literatura» por su habilidad para desmontar ese gran puzle que es una narración y devolverla convertida en piezas llenas de notas y observaciones:
Leía detenidamente cada uno de los textos que le entregaban los alumnos, y hacía un verdadero esfuerzo por abrumar a los estudiantes con el volumen y la sinceridad de sus comentarios. No importaba que gran parte de lo que escribieran fuera mediocre, ni que la de Wallace fuera una asignatura corriente de escritura expositiva, una asignatura, en otras palabras, para personas cuyo único interés era quitarse esa clase de en medio y dedicarse a otras cosas. El poder vigorizante —el habría dicho erótico— de su mente convertía lo que ellos hacían en algo interesante.

07 | El estajanovista de la escritura y de la edición. En algún momento de la biografía, Wallace cita a Faulkner y dice que escribir una novela es como levantar un gallinero en medio del huracán. Hay que leer esta biografía para entender en toda su dimensión esa imagen. En particular, el intercambio epistolar entre Wallace y su editor peleando por convertir un borrador monstruoso como el de La broma infinita en una novela comercialmente viable es uno de los pasajes más instructivos que he leído en mucho tiempo. Al margen de la ráfaga de realismo que anida en esas páginas, es un fragmento que te devuelve al tiempo en que los editores eran los primeros lectores entusiastas de una obra y en que los escritores sabían defender lo que escribían, empezando por la puntuación.

08 | El hombre que acumulaba adjetivos.  Competitivo, descentrado, solitario, recursivo, autoconsciente, disruptivo, obsesivo, absorbente, posmodernista, hedonista, generoso, implicado, masculino, caucásico, erudito, ansioso, conservador, genuino, genial, sensible, post-posmodernista, sincero, pedante, frágil, grunge... Y así podría seguir con una veintena más. Nunca había leído un libro con tanta necesidad de adjetivar a alguien. Tampoco una vida donde fuera tan pertinente.

09 | El estado de la literatura según David Foster Wallace (en 3 subrayados)

Para Wallace, el gran fallo de la mayor parte de la creación literaria era que se contentaba simplemente con mostrar los síntomas del malestar moderno en vez de darle solución. Wallace ni siquiera estaba seguro de qué aspecto tendría la narrativa que consiguiera imponerse a esta realidad mediada por la televisión, pero estaba convencido de que el escritor que consiguiera averiguarlo sonaría distinto del que no lo hiciera

*

[Su narrativa] Era el lugar de intersección entre los falsos placeres y el márketing implacable de América, una metonimia de todo lo que había de tóxico en la nación.

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Mira, tío, probablemente la mayoría de nosotros estamos de acuerdo en que vivimos en tiempos oscuros, y además estúpidos, pero ¿de verdad necesitamos un tipo de ficción que no haga sino dramatizar lo oscuro y estúpido que es todo? En épocas oscuras, la definición del buen arte debería ser: aquel que se dedica a localizar y aplicar técnicas de reanimación cardiopulmonar a aquellos elementos de lo que es humano y mágico que aún sobreviven y resplandecen a pesar de la oscuridad de los tiempos. (Wallace, en una entrevista).

10 | Una propuesta estética. Wallace practicó una estética de la paradoja: seducir hablando contra la seducción, narrar el aburrimiento sin querer aburrir al lector... También quiso huir del ruido cultural que invadía cada intersticio de la sociedad y salirse de lo que denominó el «bucle de la ironía». Según él, lo mainstream era el discurso de la ironía, esa suerte de cinismo contemporáneo donde diagnosticas que todo está mal, ironizas sobre ello, muestras que estás de vuelta de eso y de mucho más..., pero terminas por no hacer nada al respecto. O no más que construirte una pose, un personaje mediático, cualquier autoficción que te sirva para convivir lo mejor posible con tus prejuicios y tu voluntad de no cambiar nada. Para Wallace, lo underground, lo grunge, era mostrarse sincero, ser un realista incómodo.La sinceridad, por torpe que fuera, era una manera de romper ese bucle de la ironía. Eso le dejaba como única vía una literatura en plan Dostoievski, es decir, con finalidad redentora y sanadora. De hecho, su propuesta literaria perseguía ayudar a sus lectores a obtener una vida más comprometida consigo mismos, «una vida significativa».

11 | El gran consejo. Ahí va la regla de oro que Wallace daba a sus alumnos: las obras debían conectar al lector y al autor, y para ello solo cabía una manera de hacerlo: «Id a algún sitio al que sea difícil llegar. Intentad contar algo que os importe». Y es que, si en una narración no hay nada en juego, ¿para qué sirve?

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PD. Enlazo aquí tres cosillas interesantes que he encontrado en Internet, y que serán mi siguiente lectura wallaciana:

26 de enero de 2014

La balada del café triste, Carson McCullers

(...) ¿Qué clase de amor era, pues, aquel?

En primer lugar, el amor es una experiencia común a dos personas. Pero el hecho de ser una experiencia común no quiere decir que sea una experiencia similar para las dos partes afectadas. Hay el amante y el amado, y cada uno de ellos proviene de regiones distintas. Con mucha frecuencia, el amado no es más que un estímulo para el amor acumulado durante años en el corazón del amante. No hay amante que no sé dé cuenta de eso con mayor o menor claridad; en el fondo, sabe que su amor es un amor solitario. Conoce entonces una soledad nueva y extraña, y este conocimiento le hace sufrir. No le queda más que una salida: alojar su amor en su corazón del mejor modo posible; tiene que crearse un nuevo mundo interior, un mundo intenso, extraño y suficiente. Permítasenos añadir que este amante no ha de ser un necesariamente un joven que ahorra para un anillo de boda; puede ser un hombre, una mujer, un niño, cualquier criatura humana sobre la tierra.

Y el amado puede presentarse bajo cualquier forma. Las personas más inesperadas pueden ser un estímulo para el amor. Se da por ejemplo el caso de un hombre que es ya un abuelo que chochea, pero sigue enamorado de una muchacha desconocida que vio una tarde en las calles de Cheehaw, hace veinte años. Un predicador puede estar enamorado de una perdida. El amado podrá ser un traidor, un imbécil o un degenerado; y el amante ve sus defectos como todo el mundo, pero su amor no se altera lo más mínimo por eso. La persona más mediocre puede ser objeto de un amor arrebatado, extravagante y bello como los lirios venenosos de las ciénagas. Un hombre bueno puede despertar una pasión violenta y baja, y en algún corazón puede nacer un cariño tierno y sencillo hacia un loco furioso. Es solo el amante quien determina la valía y la cualidad de todo amor.


Por esta razón, la mayoría preferimos amar a ser amados. Casi todas las personas quieren ser amantes. Y la verdad es que, en el fondo, el convertirse en amados resulta algo intolerable para muchos. El amado teme y odia al amante, y con razón: el amante siempre está queriendo desnudar a su amado. El amante fuerza la relación con el amado, aunque esta experiencia no le cause más que dolor.

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La balada del café triste, Carson McCullers
Traducción de María Campuzano

PD. Aquí hay un vídeo añejo con una entrevista a la autora.

10 de abril de 2013

Asesinatos S.L., Jack London

— (...) A esos sabuesos de la ley hay que enseñarles de nuevo una lección sangrienta. No pueden seguir maltratándonos con plena impunidad. Los agentes de McDuffy han prestado testimonio falso en el baquillo de los testigos. Lo sabemos con certeza. Ha vivido demasiado tiempo. Ahora le ha llegado su hora, pero no pudimos reunir suficiente dinero. Solo cuando descubrimos que el asesinato salía más barato que los honorarios de los abogados decidimos dejar que nuestros camaradas fueran a la cárcel y empezamos a acumular fondos con mayor rapidez.

—Ya sabe que nuestra norma es no aceptar jamás un encargo hasta estar plenamente convencidos de que se halla justificado desde el punto de vista social —observó Dragomiloff en voz baja.

Este libro póstumo e inacabado de Jack London (1876-1916) empieza de manera prometedora para un lector español de 2013... ¿Y si fuera cierto que existe una agencia que acepta encargos para liquidar a la escoria de la sociedad? Si cambiamos el entonces por el hoy, la agencia Asesinos S.L., que así se llama la empresa de Dragomiloff, valoraría peticiones como las siguientes (entre paréntesis va el precio del servicio):

  • ayudar a la jueza Alaya a dictar sentencia de manera sumaria en el caso de los ERE andaluces (unos 15 000 dólares por cabeza);
  • arreglar lo de los pagos en B de empresarios de referencia como Arturo Fernández o Gerardo Díaz Ferrán (yo diría que por 25 000 sacas los dos);
  • silenciar a Bárcenas, Sepúlveda, Correa y demás gurtélidos (a 15 000 dólares los secundarios, a 40 000 el pez gordo);
  • flexibilizar a tantísimo consejero y consejera corrupto que pulula por los bancos (yo diría que misma tarifa que para gurtélidos; quizá 50 000 para Rodrigo Rato);
  • finiquitar al yernísimo Urdangarín, su cohorte de timadores de Nóos y al Cazador de Elefantes (uf, las familias reales salen caras: puede llegar al millón por el portador de la corona y la mitad por un trepa que antes jugaba al balonmano);
  • etc.

Es decir: la agencia Método 3 sería una banda de románticos mariachis en comparación con lo que plantea Jack London en las primeras 40 páginas de su novela.

Por cierto, antes de que Cristina Cifuentes o Dolores Cospedal me digan que soy proetarra, antisistema, escrachista o que esto es incitación a la violencia, una aclaración: las tarifas son cosa de Jack London. Además, como sostiene el emprendedor y creador de empleo Dragomiloff, los imputados partirían de la presunción de inocencia y Asesinos S.L. jamás aceptaría «un encargo hasta estar plenamente convencidos de que se halla justificado desde el punto de vista social». En fin, habría incluso menos miopía que la habitual en la ciega justicia que imparten los tribunales españoles.

Por si algún emprendendor se anima —ya lo dijo Rajoy: alfombra roja para los emprendedores—, colaboro con lo que mejor sé: escribir. Lanzo aquí un esbozo de lo que podría ser la retórica corporativa de la susodicha agencia (ante todo, seriedad: una empresa es una empresa.... es una empresa). Me limito, sea en estilo directo o indirecto, a entresacar frases de la novela (lo digo por Cospe y Cifu...).

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ASESINATOS S.L.

Misión. Obtener una sociedad más justa gracias a la eliminación de seres humanos indeseables.

Visión. «Es bueno para el mundo que desaparezcan ese tipo de individuos, sabe?». Además, hay mucho anarquista teórico y con buenas intenciones, pero que nunca las concreta; y, claro, «¿de qué sirve una filosofía que no puede aplicarse?». 

Valores. «Como cliente, usted encontrará en nuestra organización unas normas de moralidad más rígidas y una honradez más sólida de las que pueden encontrarse en el mundo de los negocios. (...) De hecho, los miembros de la organización somos bastante fanáticos en lo que concierne a la ética. Exigimos la sanción de la justicia para todo lo que hacemos». Prometido: Asesinatos S.L. solo ejecuta a quien se lo merece.

Objetivos. Aceptamos todo tipo de encargos, «ya se trate de un emperador, de un rey, del más humilde campesino, los aceptamos todos con tal de que (y esto es fundamental), con tal de que juzguemos la ejecución desde el punto de vista social». Eso sí, en general nos ocupamos sobre todo de todo de empresarios estafadores, sindicalistas sobornados por patrones, jefes de policía brutales, etc.

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PD. Por desgracia, la novela de Jack London solo usa estas directrices para el planteamiento... A partir de la página 40 —más o menos—, toma una dirección aburridísima, previsible y que solo interesará a quienes gustan de los truquitos conceptuales y los giros efectistas. Digamos que London se desconecta del componente político y se conecta a la literatura en su acepción de «mero entretenimiento para no pensar». Lo que empieza con un planteamiento digno de Thomas Bernhard termina a lo novelista policial de segunda división. No estaría de más que, en nuestro posmodernete siglo XXI, alguien retomara el planteamiento de London y llevara la novela en otra dirección.

8 de abril de 2011

Ante el dolor de los demás, Susan Sontag

A menudo se declara que «Occidente» ha llegado a considerar cada vez más la guerra como un espectáculo. Los informes sobre la muerte de la realidad —como la muerte de la razón, la muerte del intelectual, la muerte de la literatura seria— parecen haber sido aceptados sin mucha reflexión por las personas innumerables que intentan comprender lo que parece mal, vacuo o estúpidamente triunfalista en la política y la cultura contemporáneas.

La afirmación de que la realidad se está convirtiendo en un espectáculo es de un provincianismo pasmoso. Convierte en universales los hábitos visuales de una reducida población instruida que vive en una de las regiones opulentas del mundo, donde las noticias han sido transformadas en entretenimiento; ese estilo de ver, maduro, es una de las principales adquisiciones de «lo moderno» y requisito previo para desmantelar las formas de la política tradicional basada en partidos, la cual depara el debate y la discrepancia verdaderos.

Supone que cada cual es un espectador. Insinúa de modo perverso, a la ligera, que en el mundo no hay sufrimiento real. No obstante, es absurdo identificar al mundo con las regiones de los países ricos donde la gente goza del dudoso privilegio de ser espectadora, o de negarse a serlo, del dolor de otras personas, al igual que es absurdo generalizar sobre la capacidad de respuesta ante los sufrimientos de los demás a partir de la disposición de aquellos consumidores de noticias que nada saben de primera mano sobre la guerra, la injusticia generalizada y el terror. Cientos de millones de espectadores de televisión no están en absoluto curtidos por lo que ven en el televisor. No pueden darse el lujo de menospreciar la realidad.

Se ha vuelto un lugar común en el debate cosmopolita sobre las imágenes de atrocidades suponer que tienen escaso efecto, y que hay algo intrínsecamente cínico en su difusión. Aunque la gente crea que en la actualidad las imágenes de la guerra importan, esto no disipa la persistente sospecha sobre el interés en estas imágenes y las intenciones de quienes las producen. Tal respuesta viene de los dos extremos del abanico: de los cínicos que nunca han estado cerca de una guerra y de los hastiados del conflicto soportando sus desgracias cuando se les fotografía.

Los ciudadanos de la modernidad, los consumidores de la violencia como espectáculo, los adeptos a la proximidad sin riesgos, han sido instruidos para ser cínicos respecto de la posibilidad de la sinceridad. Algunas personas harán lo que esté a su alcance para evitar que los conmuevan. Qué fácil resulta, desde el sillón, lejos del peligro, sostener un talante de superioridad. De hecho, escarnecer el esfuerzo de quienes han sido testigos en zonas de conflicto calificándolo como «turismo bélico» es un juicio tan recurrente que ha invadido el debate sobre la fotografía de guerra en cuanto a profesión.

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Editorial Alfaguara, Madrid 2003.

PD. El fotógrafo Manu Brabo, detenido junto con otros 3 periodistas, por el régimen de Gadafi. Algo de su trabajo puede verse aquí. Ánimo a su familia y ojalá que Manu pueda seguir mostrándonos pronto  a través de sus fotos algunas capas más de la realidad.

6 de junio de 2010

Los perros ladran, Truman Capote (fragmento)

—¿Practica algún deporte? —Sí. El masaje.
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Los perros ladran, Truman Capote. Editorial Anagrama, Barcelona 2002. Fragmento de «Autorretrato», una autoentrevista que se hizo y publicó Capote en 1972.





P.D.: Y ahora, un pizca de veneno a sangre fría:
Pero el problema con casi todos los actores (y actrices) es que son tontos. Y en muchos casos, cuanto más tontos, más talento tienen. Sir John Gielgud, uno de los hombres más amables que hay sobre la tierra, posee una técnica incomparable y una voz excepcional; pero, ah, el cerebro se le agota en la voz. Marlon Brando. No hay actor de mi generación que posea mayor talento natural; pero no ha tenido rival a la hora de elevar la falsedad intelectual a un nivel de presuntuosidad rayano en el ridículo. Bueno, sí ha tenido un rival: Bob Dylan, un músico (?) refinado y falsario que se las da de revolucionario ingenuo (?) cuando no es más que un cantante country sentimentaloide.
PD 02: Entrevista de Truman Capote a Marlon Brando en Kyoto (1957): The more sensitive you are, the more certain you are to be brutalised.

8 de febrero de 2010

Fiesta y muerte (documental sobre Hemingway)


Internet es como cuando vas a la Cuesta de Moyano o al Rastro; un puesto te lleva a otro y, cuando menos te lo esperas, encuentras alguna cosa que te interesa. (Este domingo, por ejemplo, El arpa de hierba de Truman Capote, en una excelente edición de tapa dura del Círculo de Lectores y por sólo 3 €). Pues eso: yo estaba buscando hace un rato un documental que vi el sábado en La noche temática sobre el precio de la fama y he terminado en el archivo de RTVE. Allí me he encontrado con otro documental, Fiesta y muerte, dedicado a Hemingway. No era el que buscaba, pero está bien: me lo quedo.

Por desgracia, RTVE no deja embeber los vídeos en el blog... Así que lo único que puedo hacer es enlazar los capítulos desde aquí. Ahí van:
Imagino que el documental tendrá luces y sombras, como todo; pero, bueno, alguna sustancia habrá en 4 horas de metraje, digo yo. Eso sí, como lo vea, no sé yo si leeré la biografía que escribió Anthony Burgess y que me compré hace un par de meses en la Cuesta de Moyano por 1 €. Menos mal que tiene fotos de época. En fin, de algún provecho me será también.

12 de enero de 2010

Fun Home, Alison Bechdel

Uf, hace un mes que no publicaba nada aquí... Esto no puede ser. Si algún día tengo dinero para pagarme un psicoanalista, una de las primeras cosas que le diré será: "Mire, yo cultivo en mi cabeza grandes, altos, nobilísimos propósitos, como escribir cada tanto en mi blog, por ejemplo; pero casi siempre termino sucumbiendo a los agobios laborales, a una mudanza de casa, a un cambio de país... Esas cosas. Menudencias, vamos. ¿Tengo cura, estimado especialista al que le voy a soltar 60 eurazos por 55 minutos de trabajo (tranqui, tron, es pura envidia económica)?" Después sacaré mi lista de "cosas por resolver" y pasaré al punto 2, aún por decidir entre 28 o 30.

En fin, a lo que venía: estoy leyendo mi primera novela gráfica. Dos amigos, Javi y Cris, son fanáticos del género y el otro día, además de una fiambrera con parte del sushi dominguero que hicimos entre los tres, me dieron una bolsa con un cómic y dos novelas gráficas. (Metamensaje: no todo en la vida es cuento, poesía o novela, chaval). Obediente como soy (a veces), ya me he leído el manga de terror, El niño gusano, y ahora estoy con Fun Home (una familia tragicómica), de Alison Bechdel.

Me está gustando la experiencia gráfica, sobre todo porque tenía que ir al fisioterapeuta y era la lectura ideal mientras me ponían la máquina de microondas en las rodillas (tengo las cintillas iliotibales en reparación). A ver si, más adelante (¿suena esto a procrastinación?), cumplo mis grandes, altos y nobilísismos propósitos sin tener que pasar por consulta y comento algo sobre Fun Home, que como diría mi abuela, tiene su aquél. Se trata, al menos hasta donde he leído (página 86), de una novela de formación donde una chica reconstruye la historia familiar alrededor de dos hechos: el momento en que le cuenta a su familia que es lesbiana y el suicidio de su padre dos semanas después de que su esposa le pida el divorcio.

Abundan las referencias literarias; así que, por momentos, mi gen antivilamatiano se expresa y se cabrea; pero, bueno, lo estoy llevando bien. Según la protagonista, la madre es como Isabel Archer, la heroína que abandona EEUU para marcharse a Europa y liberarse del provincianismo en Retrato de una dama, de Henry James. Y el padre es un señor fascinado con el existencialismo de Albert Camus y la vida agitada de Scott Fitzgerald, y que además en su tiempo libre se acuesta con otros hombres. En fin, un tropo más sobre aquello de Tólstoi de que las familias felices son todas iguales, pero que las infelices lo son cada una a su manera. Bechdel nos cuenta de qué manera es infeliz la suya, una manera como cualquier otra de buscar su identidad.

PD: Mientras escribía esto escuchaba a Jabier Muguruza. No entiendo un carajo de euskera, pero me encantan sus discos. Esta versión de País petit, de Lluis Llach, por ejemplo, la encuentro bella. Así, sin más: bella: Azknean.

10 de agosto de 2008

Madre noche, Kurt Vonnegut

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Confieso abiertamente una carencia mía: todo lo que veo, oigo, siento, gusto o huelo es real para mí. Soy un juguete tan crédulo de mis sentidos que nada me resulta irreal. Esa férrea credulidad mía me ha acompañado siempre. Incluso en ocasiones en que he recibido un golpe en la cabeza o me he embriagado o hasta —una extravagancia pasajera, que no concierne a esta narración— bajo la influencia de la cocaína.

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Extraído de Madre Noche, Círculo de Lectores.