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3 de julio de 2019

Entrevista a Lucía Mbomío / CTXT


A mediados de abril conversé con Lucía Mbomío en la Feria del Libro de Getxo a propósito de su libro Las que se atrevieron. Fue una charla pública en la Romo Kultur Etxea. El ida y vuelta fue tan intenso que me dio para escribir un par de artículos: una entrevista para la revista CTXT (ver más abajo) y una entrada para la revista Un puerto que cambia, donde además incorporé algunos vídeos del acto. Escribí tanto, digo, que casi todo lo que tenía que decir está dicho en uno u otro sitio. Por tanto, solo me queda invitaros a leer los textos.









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LUCÍA MBOMÍO, PERIODISTA Y AUTORA DE 'LAS QUE SE ATREVIERON'

«No es lo mismo "tengo un amigo negro" 

que mi "mi hija está con un negro"»


Lucía Mbomío. Fotografía de Cristina Tovar.
Las charlas con Lucía Asué Mbomío Rubio son torrenciales. Inteligente, buena comunicadora y con sentido del humor, Lucía Mbomío (Alcorcón, 1981) enlaza temas y abre hilos de conversación como quien saca cerezas del frutero; eso sí, la mayoría atravesados por tres de sus grandes intereses: Guinea Ecuatorial, el activismo político y el periodismo. Así, a la par que cuenta anécdotas sobre su trabajo en el programa Aquí la Tierra, reflexiona sobre cómo representa la literatura blanca a las personas negras, detalla los pormenores de su investigación sobre José Carlos Grey Molay –un republicano negro que sobrevivió a Mauthausen– o habla del año que vivió en Guinea. Lo difícil, a veces, es centrarse y hablar de su libro.

De hecho, antes de entrar en materia sobre Las que se atrevieron (Sial, 2016), aparece un cuarto foco de interés: su “Alcorcón del alma”, como ella dice. Lo suyo con su ciudad natal no es ni pose ni orgullo fingido, sino pertenencia genuina. Piel. “Hablo mucho de Alcorcón porque ahí me siento en casa; ahí sí que me han reconocido. Me perdí con cuatro años, alguien me vio y dijo: ‘Ay, tú eres la hija del profe negro’. Y me llevó a casa. Es decir: ahí tengo un nombre, tengo una familia, una casa, soy de Alcorcón. En otros sitios he sido ‘negra’, ‘negra de mierda’, ‘la que viene a cuidar a los abuelos’ y otras millones de cosas”, compara.

El dato ayuda a comprender mejor su posición como escritora: con un pie en una aldea de Niefang (Guinea), de donde migró su padre hace 54 años; con el otro en un pueblo de Segovia, de donde salió su madre hacia Madrid para estudiar Ingeniería Industrial; y con el corazón y el acento fieles al extrarradio sur madrileño, del que ha hecho incluso bandera periodística. En su libro habla de esa simbiosis cultural que la acompaña desde su nacimiento; pero, sobre todo, lo que hace es contar la historia de seis mujeres españolas –incluida su madre– que se casaron con hombres guineanos en los 60 y 70, y que formaron una familia con ellos. Son mujeres anónimas que, sin darse importancia ni militar en partido alguno, cuestionaron un triple yugo: el franquista, el machista y el racista.


12 de abril de 2019

Charla con Lucía Mbomío sobre «Las que se atrevieron»


Este fin de semana se celebra la Feria del Libro de Getxo. El sábado 13, Laura Caorsi y yo estaremos en la caseta de antiRUMORES alrededor de las 13 h repartiendo ejemplares del libro Segundas impresiones. 18 reencuentros con personas migradas que hicieron de Getxo su hogar. Podéis conocer más sobre el proyecto y descargar gratuitamente el libro aquí.

Además, el domingo 14, yo charlaré con Lucía Mbomío sobre Las que se atrevieron, un libro entre el periodismo y la literatura donde habla sobre seis mujeres españolas que se casaron con varones de Guinea Ecuatorial en los años 60 y 70. Si queréis saber más sobre Lucía, os recomiendo que le echéis un vistazo a su cuenta de Instragram, a esta conferencia TEDx sobre si existen las razas o a cualquiera de sus artículos para Afroféminas. Y si aún no tenéis bastante, podéis continuar con sus columnas para El País o en Píkara. En fin, lo vamos a pasar pipa conversando. Será en la Casa de la Cultura de Romo / Romo Kultur Etxea a las 12 h. ¡Os esperamos!

Ya que estoy, os dejo un vídeo donde Lucía recomienda Los pescadores, del escritor nigeriano Chigozie Obioma, para la revista Mundo Negro.


14 de febrero de 2016

El Hambre, Martín Caparrós (y 2)

La 1.ª parte de esta reseña sobre El Hambre (Anagrama, 2015), de Martín Caparrós, la publiqué la semana pasada y se accede por aquí. Anuncié que iban a ser 25 ideas; pero, al final, la cosa ha quedado en 27 (y un bis). Cosas de bloguear, en fin.


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27 IDEAS PARA REPENSAR EL HAMBRE (Y EL CAPITALISMO)  | parte 2


15. El sesgo femenino (parte india). El 60 % de los Hambrientos son mujeres. Para comprender esa cifra, Martín Caparros nos sugiere visitar la India o Bangladés, donde ser mujer y morir en el intento es el pan nuestro de cada día. Quizá el caso más sangrante sea la ciudad india de Vrindavan, donde está radicado el templo de Sri Bajwan Bhajan, un lugar donde las viudas hinduistas van a arrepentirse de que su mal karma haya llevado a la tumba a su esposo (leer para creer, sí). Apartadas de la vida —por jóvenes que sean—, se entregan en oración al dios Krishna, mendigan a diario algo para comer y esperan que un buen día la muerte se acuerde de ellas. Como en otros países, en la India, ser mujer puede convertirse en un castigo y estar penado con el Hambre.

16. El sesgo femenino (parte bengalí). En Bangladés, más de 6 millones de mujeres malviven cosiendo para multinacionales de variada procedencia. Los accidentes laborales, las condiciones insalubres de vivienda, el hacinamiento familiar o la explotación laboral son moneda corriente. Sin embargo, cada tanto, nuestros medios emiten el reporte de los beneficios de Inditex con una suerte de orgullo nacional, como si Amancio Ortega fuera el Rafa Nadal o el Gasol de nuestros negocios, y debiéramos celebrar como un triunfo colectivo sus logros económicos individuales. En serio, ese señor que aumentó su fortuna en unos 20.000 millones en 2012, ¿ni siquiera tiene que ver un poquito con la explotación laboral y el Hambre que pasan las mujeres bengalíes?

17. La reencarnación en su versión capitalista. Hay 1425 millones de personas que gastan menos de 1,25 dólares al día. Bien, atentos al dato: muchas vacas de la Unión Europea reciben un subsidio de unos 2,20 dólares por día... Es decir: las vacas europeas son más ricas —en el sentido económico, se entiende— que «3500 millones de personas, la mitad de la población mundial». Con razón, señala Caparrós, suele decirse que «el sueño del granjero indio es renacer como vaca europea». Y no solo el suyo, seguro que también el de los granjeros de Malí, Chad o Burkina Faso, cuyos Gobiernos publicaron en su día un artículo en el New York Times diciéndonos: vuestros subsidios nos están matando. Eso sí, convengamos que el sueño del granjero indio es bastante modesto; puesto a reencarnarse, mejor le iría si lo hiciera en Carlos Slim, ese señor mexicano cuya fortuna supera el PIB de 128 países. O en Warren Buffet, ese otro multimillonario que hace tiempo declaró que existe una guerra de clases y que la suya, la de los ricos, va ganando por goleada.

18. Hubo tiempos mejores para los pobres. A propósito de su país, Martín Caparrós entrevista a la antropóloga alimentaria Patricia Aguirre, cuya conclusión resulta aterradora: en la Argentina, allá por la década del 60 y del 70, los pobres comían mucho mejor y más sano que ahora. La gran diferencia estriba en que entonces los pobres comían cortes de carne más baratos que los ricos; pero, al contrario de lo que sucede hoy, ingerían ese tipo de proteínas de manera habitual. Actualmente, las familias pobres no pueden comprar apenas carne, verdura o fruta, y priorizan todo aquello que es barato y sacia. En el mejor de los casos se alimentan de pasta, pan o polenta; en el peor, de comida ultraprocesada, llena de grasas trans y azúcares, calorías vacías y colesterol. Por eso, ahora se da una paradoja única en la historia de la Argentina: los ricos son flacos y los pobres, gordos. Y todo eso sucede en un país que en el siglo XX supo ser granero del mundo y que, como Uruguay, alguna vez presumió de tener más vacas que personas. Tomemos nota los demás, digo.

19. La favelización de las metrópolis.
Las dictaduras militares del siglo XX y el neoliberalismo de los 90 reemplazaron, en palabras de Caparrós, la violencia orgánica de la clase obrera por «la amenaza de la violencia inorgánica villera». Quienes tenían el poder optaron por combatir y aniquilar la primera —organizada, laboral y de clase—, y estimular la segunda, caracterizada por ser individual, desmarañada, drogona y pistolera. Así, muchos barrios obreros han devenido en cantegriles, villas miseria, colonias populares, favelas, slums... Es decir: en zonas urbanas donde hacinar a los llamados «excluidos económicos». Además, como bien sabemos, el Estado suele brillar allí por su ausencia, y con frecuencia cede el control a los narcos o delega su responsabilidad en las ONG. A decir de Mike Davis en Planet os Slums, esta clase social —la más pobre de todas, la más Hambrienta— es la que más ha crecido en los últimos años. De hecho, ya representa alrededor del 20 % de la población mundial y, en ciudades como Bombay, supone una mayoría social (el 60 % de la ciudad es villa miseria).

20. Lecciones apresuradas sobre economía moderna y global.
De manera simplificada, la economía mundial funciona más o menos así: hoy «un pollo en Senegal ya no vale lo que vale un pollo en Senegal, sino lo que podría costar en París o Nueva York si conviniera transportarlo». Dicho así, parece un cambio de reglas inocuo. Sin embargo, el problema viene cuando al Gobierno francés o al estadounidense les da por subvencionar el pollo a sus ganaderos (que suelen estar muy cabreados, por cierto, y suelen presionar para que eso suceda). De hecho, puede que terminen subvencionando hasta el transporte (si la paz social así lo requiere). Entonces sucede que los productores de pollos senegaleses, ven que sus pollos no se venden y, a lo mejor, como ha pasado con los granjeros indios, les da por suicidarse porque ven imposible competir contra semejantes gigantes económicos. Caparrós insiste varias veces a lo largo del ensayo en dos pensamientos capitalistas que explican la muerte de las economías de subsistencia: 1) «la comida no se produce, se compra»; 2) «no mata el atraso, sino el desarrollo de otros».

21. Al inframundo se baja desde el planeta Tierra.  Ni siquiera la villa miseria, la favela o el slum son ya el último escalón social. En la India, por ejemplo, existe un nivel de miseria aún mayor: el de los pavement dwellers, personas que casi a diario buscan dónde poner cuatro palos y un plástico para vivir, y que por ello sufren la ira de sus vecinos y vecinas. En la Argentina, el nivel inferior al de la villa miseria está en una barriada estilo bengalí, como sucede con quienes viven cerca de los basurales de José León Suárez. También allí los pobres aplacan su ira pegando a otros pobres mientras pelean por conseguir comida. Cuando hablamos de descohesión social, hablamos, por ejemplo, de esto.

22. A la modernidad lo agrario no le parece cool. En los países ricos, la agricultura es una actividad demodé, poco apreciada... Es más: el sector vive una crisis vocacional entre los jóvenes semejante a la del sacerdocio católico. Por tanto, si casi nadie quiere cultivar el campo y, además, quienes lo cultivan se siente infravalorados por la sociedad y desprotegidos por el Gobierno de turno, ¿adónde vamos? Es más: ¿cómo nos condiciona eso en el entramado económico global y en el tipo de país que estamos construyendo?, ¿cómo afecta eso a las economías más pobres? Eso por un lado. Por otro, la pregunta de siempre: ¿hay algún agricultor o algún consumidor español que considere razonable que las zanahorias incrementen su precio un 400 % entre el campo y la mesa? Y ya que estamos: cuando hayamos terminado de hundir nuestra agricultura, ¿qué será de nosotros, de nuestro país? O mejor dicho: ¿de quién y a cambio de qué dependeremos para alimentarnos?

23. Más economía global: el efecto mariposa en su aspecto más perverso. El gran invento de Goldman Sachs fue convertir la comida en un valor financiero, en un concepto con el que se podía especular. Gracias a esa agudeza tan insolidaria, los movimientos de la bolsa de Chicago gestaron la llamada «burbuja de la comida». Así lo explicó, según cita Caparrós, el analista estadounidense Frederick Kaufman en un artículo publicado en la revista Harpers: The food bubble: How Wall Street starved millions and get away with it. En versión breve,  y siguiendo las palabras de Caparrós en esta entrevista (min. 4), la cosa viene a ser así: cuando un trader de Chicago gana millones de dólares apostando contra la soja o a favor del maíz, al día siguiente millones de  campesinos de Sudán, Malí, Burkina Faso y demás países pobres del mundo no pueden comprar el mijo, el sorgo o el arroz que constituye casi el único alimento que toman a diario. ¿Por qué? Porque el precio ha subido tanto que les resulta inaccesible. Lo que para los trader es funny money —como el del Monopoly—, para otros es la nada divertida sensación de Hambre. Ojo, los inversores de la bolsa de Chicago no se proponen como meta hambrear a los campesinos africanos o asiáticos, tan solo es que aceptan eso como un daño colateral inherente a hacer bien su trabajo.

24. La apropiación de tierras por parte de empresas extranjeras (o land grabbing). El capitalismo, «bajo el estandarte de la globalización, el libre comercio y la ayuda a los pobres, ha patentado una nueva forma de colonialismo: el de las empresas y los multimillonarios que compran a precio irrisorio tierras en países pobres con dirigentes corruptos y que no tienen la más mínima piedad con su pueblo. Caparrós pone como ejemplo, entre otros, a la empresa coreana Daewoo en Madagascar, a un multimillonario indio en Etiopía o a los jeques saudíes en Sudán. Este movimiento comercial tiene algo de curioso y algo de perverso. Lo perverso es que montones de pequeños e ingenuos ahorradores, a través de los fondos de inversión donde ponen su dinero a trabajar, favorecen este tipo compra-venta sin saberlo (o la aceptan como daño colateral inevitable...). Y lo curioso es que los muy capitalistas inversores que se apropian de tierras en países ajenos a los suyos lo hacen porque... ¡no quieren depender del comercio internacional! Es decir: son capitalistas que desconfían del capitalismo. Muy impresionante, que diría Cortázar.

25. El desencanto (político) era esto. Yo diría que, a la vista de lo anterior —y de mucho más que excede los límites de esta reseña—, nuestro estado como especie puede resumirse en esta idea que Caparrós escribe hacia el final del libro, allá por la página 599: 
[...] ya nadie cree que los ciudadanos de Níger llegarán a vivir alguna vez como suecos, todavía muchos desprevenidos creen que algún día los nigerinos comerán todo lo que precisan. 
Y con eso, está dicho casi todo. Sin la utopía de que Níger, Haití, Yemen, Guatemala o Liberia puedan llegar a tener un nivel de vida escandinavo —y un PIB competitivo contra gente como Slim, Ortega o Buffett—, ¿qué nos queda como planeta? ¿De verdad no entendemos por qué tanta gente está dispuesta a migrar en las condiciones más infrahumanas para vivir en Estados Unidos o en Europa? ¿De verdad?

26. Redefinamos el concepto de progreso.  A falta de modelos superadores del capitalismo actual, sostiene Caparrós, la izquierda parece refugiarse en mecanismos de un pasado idealizado. En vez de estar a favor de la ciencia que multiplica la productividad de los campos por 20, la combate y propone una suerte de bucólico retorno a lo campestre: deificar lo orgánico, demonizar lo transgénico, etc. Según Caparrós, «el problema no es el cambio de paradigma productivo», sino «saber quién se beneficia de él». O dicho de otro modo: si lo que queremos es dar de comer a los mil millones de Hambrientos, la pelea no puede estar —o al menos no solo— en el huerto urbano, los grupos de consumo y demás; la pelea debe darse por un objetivo más alto: en quién, por qué y para qué ha permitido a Monsanto, Cargill y otras empresas patentar semillas, esto es, patentar la naturaleza. ¿Es todo privatizable: la sangre, la sanidad, el agua potable, las semillas, la comida...?

26 bis. Es más: la pelea está en romper con una noción de progreso técnico que «no es un intento de mejorar vidas, sino la búsqueda de que algunos acumulen más riqueza». La pelea está en conseguir que el mismo progreso científico que ha convertido en hiperproductivos los campos de Estados de Unidos o de Brasil pueda aplicarse en hacer algo parecido en los yermos campos de Níger, Etiopía o Sudán. Es una cuestión de compartir semillas, tractores y tecnología, no de privatizar el conocimiento. Eso siempre y cuando lo que nos mueva sea el bien común y, por tanto, convertir en autónomos a países a los que ahora obligamos a depender de nuestra ayuda económica a cambio de  todo tipo de negocios: uranio para centrales nucleares, metales raros para teléfonos, apropiación de tierras para agrocombustibles, petróleo, etc.

27. Nerón... y otros pirómanos. Para terminar, una historia que Caparrós pone en boca de Palagummi Sainath, y que expresa bastante bien el punto de vista global de El Hambre:
Cuando empecé a estudiar historia, tuve que leer a Tácito y sus anales. Tácito escribió sobre Nerón y el incendio de Roma. Tácito era un historiador muy desapasionado: detestaba a Nerón, pero no lo culpó del incendio; dice que Nerón no lo empezó. Sí dice que estaba muy preocupado y que tenía que distraer a las masas, y que para eso organizó la fiesta más grande de la Antigüedad. En la bella prosa de Tácito, el emperador ofrece sus jardines para la recepción. Todo el que fuera alguien estaba ahí: los senadores, los nobles, los periodistas de chismes, toda la gran sociedad estaba ahí.

Pero Tácito cuenta que Nerón tenía un problema: cómo iluminar todo ese espacio, ese inmenso jardín. Se le ocurrió una idea: trajo cantidad de criminales y los hizo quemar para iluminar la fiesta. En la bella prosa de Tácito, «fueron condenados a las llamas para proveer iluminación nocturna». Para mí, la cuestión nunca fue Nerón; siempre fueron los invitados de Nerón. ¿Quiénes eran los invitados de Nerón? ¿Qué tipo de mentalidad  había que tener para meterse otro higo en la boca mientras seres humanos se quemaban para iluminarte? ¿Qué mentalidad para dejar caer aquellas uvas en tu lengua mientras las llamas consumían a alguien para darte luz? Era la gente sensible de Roma: los poetas, los cantantes, los músicos, los artistas, los historiadores, la intelligentsia. 

¿Cuántos de ellos protestaron? ¿Cuántos levantaron una mano para decir eso está mal, no debería suceder, no debe seguir? Según nos cuenta Tácito, ninguno. Nadie lo hizo. Por eso siempre me pregunté quiénes eran los invitados de Nerón. Tras cinco años de escribir sobre los suicidios de granjeros, creo que tengo mi respuesta. Y creo que ustedes también saben quiénes eran. Podemos disentir acerca de cómo solucionar este problema. Podemos incluso disentir en nuestro análisis del problema. Pero creo que podemos establecer un punto de partida: podemos ponernos de acuerdo en que no seremos los invitados de Nerón.

7 de febrero de 2016

El Hambre, Martín Caparrós


¿Qué decir de un libro tan monumental y abarcador como El Hambre, (Anagrama, 2015)? ¿Cómo resumir la gran cantidad de proteína y fibra intelectual que contiene? ¿Por dónde empezar, qué dejar fuera, dónde hacer foco? Honestamente: no lo sé.

Y como no lo sé y, además, me conozco, sé que podría pasar dos años estudiándome este ensayo antes de reseñarlo; por tanto, me limitaré a anotar 27 ideas sobre el tema que desarrolla: cuáles son los mecanismos que explican la existencia del Hambre en un sistema capitalista. Por supuesto, muchos de los argumentos de Caparrós quedarán fuera de mi resumen... Pero, bueno, para eso queda la lectura completa y disfrutona de este ensayo de más de 600 páginas.

Eso sí, antes de ir a mi listado de ideas, una aclaración: por aquello de honrar el título del libro y a quienes lo protagonizan —la mujer de la portada, por ejemplo—, escribiré siempre Hambre y Hambrientos. No soy partidario de ese tipo de diacríticos, salvo en excepciones tan honrosas y merecedoras de ello como esta. Amén.


27 IDEAS PARA REPENSAR EL HAMBRE (Y EL CAPITALISMO) | parte 1

01. El problema. Hay unos 1000 millones de personas que padecen Hambre en el mundo. De hecho, alguien muere por esa razón cada 4 segundos, lo que equivale a decir que mueren unos 9 millones de seres humanos cada año. Si bien habitamos el planeta unos 7300 millones de personas, los datos dicen que producimos comida suficiente para alimentar a unos 12 000 millones. Salta a la vista que algo falla, ¿verdad? Pues bien, este ensayo se propone contarnos cuáles son los mecanismos que explican esta situación de lesa humanidad. También postula que el Hambre no se acabará si seguimos comportándonos como si fuéramos hámsters que solo saben distraerse corriendo en la ruedita de la jaula donde el sistema capitalista ha encerrado nuestro pensamiento. O dicho de otro modo: para erradicar el hambre, debemos inventar algún tipo de sistema poscapitalista.

02. La solución del Hambre es política.
Según Caparrós, las hambrunas contemporáneas no son el efecto de la falta de alimentos, sino de carecer del dinero necesario para comprarlos. Por tanto, erradicar el Hambre tiene que ver con el sistema económico que pauta nuestra convivencia. Todos los sistemas han caducado en algún momento, así que es cuestión de años, décadas o de algún siglo que otro que el capitalismo actual desaparezca y deje paso a otro sistema. ¿Y cómo será ese otro sistema? Lo deseable es que seamos capaces de construir uno que resuelva, como mínimo, la gran injusticia del actual: distribuye mal lo mucho que produce y condena al Hambre —la forma más extrema de la pobreza— a unas 1000 millones de personas. Debemos aspirar y pelear por construir un sistema gobernado, en vez de por la idea publicitaria del consumo individualista y desaforado, por la idea más comunitaria de que todos los seres humanos tenemos derecho a comer. Va de nuevo: con el sistema actual, el Hambre no se va a acabar (y, según Caparrós, tampoco alcanza con introducirle «ligeros retoques tecnoecologicos»).

03. Los Hambrientos carecen de plato favorito. El Hambre es la forma más extrema de la pobreza, y por ello quizá nos cueste entender con precisión qué significa eso a quienes de vez en cuando nos decimos cosas como esta: «Hoy, te voy a cocinar tu plato favorito». Quienes pasan Hambre son personas cuya dieta se compone de un solo alimento: mijo, arroz, sorgo, polenta... Y solo desayunan, comen y cenan eso —si es que tienen suerte— día tras día, mes tras mes, año tras año, toda una vida. Y su existencia gira, a tiempo completo, alrededor de comer esa bola de mijo, arroz, sorgo o polenta. Es más: sus ínfimos recursos económicos los dedican precisamente a (mal)comer la dichosa bola de ese único alimento al que tienen acceso. Por eso, cuando Caparrós les pregunta por su plato favorito, no entienden a qué se refiere, no saben qué contestar, desconocen esa manera tan genuina y común que otros seres humanos tenemos de mostrarnos afecto entre nosotros.

04. Ideología... es tener ideas. En pleno desprestigio de las ideologías —algunos de nuestros políticos incluso reniegan de ellas en la televisión en horario de máxima audiencia—, Caparrós reclama la ideología como vía para transformar la realidad. ¿Por qué? Porque «para conseguir cambios hay que quererlos, [hay que] tener ideas». También porque, entre otras cosas, «la única razón por la cual hay hambre en un mundo que produce suficiente comida es otra ideología». ¿Cuál? «Esa que no es una, que se presenta como la naturaleza misma: la que sostiene que lo mío es mío —y lo tuyo, ya veremos». A fuerza de renegar de la ideología y despolitizarnos, dice, una posible Nueva Revolución Francesa enarbolará como lema «seguridad, sexualidad, longevidad». Grandes y vibrantes divisas, como se ve.

05. Sin tiempo libre ni privacidad. Formar parte de los Hambrientos, implica la desaparición de lo que algunos humanos valoramos por encima de todo: el ocio y la privacidad. El Hambre es la forma más extrema de la precariedad laboral: trabajas y trabajas —y sigues trabajando— solo con un único fin: alimentarte para no morir de inanición. Y cualquiera sabe qué sucede cuando te hurtan el tiempo libre y solo puedes pensar en sobrevivir: no tienes ni tiempo ni fuerzas para rebelarte. Además, si el Hambriento llega a tener algo de tiempo, lo normal es que lo disfrute en un sitio bastante poco parecido a lo que otros llamamos hogar, despacho, mi cuarto, etc., y que ese paupérrimo espacio vital tenga que compartirlo con más gente. ¿Va en serio, de verdad, eso de que esta es la única alternativa? ¿Quién puede rebelarse y reclamar sus derechos en estas condiciones?

06. La ficción de lo global. El concepto de mundo globalizado es una sofisticada ficción creada de modo interesado por quienes tienen más riqueza en este planeta. ¿O es que la globalización ha convertido a África en un continente donde sus habitantes quieren vivir en vez de emigrar? Lo global es una ficción que, entre otras cosas, se basa en la lectura sesgada de unos datos que rara vez son fiables... Eso por un lado. Por otro, ese relato ilusorio de lo global persigue instalar dos argumentos taimados en nuestro imaginario: 1) todos lo problemas son culpa de los extranjeros (y casi nunca de nuestros ricos nacionales); 2) la culpa del hambre en Ghana, por supuesto, es solo del Gobierno ghanés.

07. Los derechos humanos y las moscas. Cuando se pasa Hambre, el cerebro se deteriora, las facultades cognitivas se desploman, la cosmovisión se estrecha hasta entrar por el ojo de una aguja de coser. Según Caparrós, los Hambrientos viven presos de los límites de su pensamiento, entre otras razones, porque entre la malnutrición y los interesados en hambrearlos les han robado la capacidad de imaginar que su situación es injusta y que existe una salida. Talima, una mujer bengalí, describe el Hambre como el zumbido de cien mil moscas en la oreja. ¿Se puede pensar en algo razonable con semejante ruido arrasándote la cabeza?

08. Cuatro datos para entender dónde vivimos. Uno: el 5 % de los más pobres de Alemania tienen más ingresos promedio per capita que el 5 % más rico de Costa de Marfil. Dos: el 90 % del suelo africano carece de registro legal apropiado, entre otras razones porque es un continente en guerra donde circulan unos 70 millones de kalasnhikov. Tres: China debe alimentar al 20 % de la población mundial —la suya, sus 1000 millones de chinos— y, sin embargo, dispone apenas del 8 % del suelo arable del mundo. Y cuatro: la FAO dice necesitar 30 000 millones de dólares para erradicar el Hambre y, sin embargo, nunca consigue los fondos necesarios... ¿Alguien recuerda cuánto costó rescatar a Bankia, a Lehman Brothers y a tantos otros bancos?

09. La religión como inhibidor de la conciencia política.
Muchos de los Hambrientos están convencidos de que tienen el estómago vacío porque el mundo es así. Porque esto es lo que hay. Porque a alguien le toca perder para que otros ganen. Porque Dios, Alá, Krishna o cualquiera que sea el dios al que adoran —salvo al del conocimiento— así lo ha dictaminado. Viven en una suerte de fatalismo determinista donde el hambre alimenta la creencia, y la creencia alimenta el hambre. Ya lo dice Caparrós en casi cada entrevista que concede: «Me he encontrado pocos hambrientos ateos por el mundo».

10. El eufemismo como retórica posmoderna. Hace tiempo que al capitalismo, por razones obvias, se lo llama libre mercado —suena bien lo de libre, ¿verdad?—; por razones igual de obvias, los burócratas del mundo han renombrado el Hambre como inseguridad alimentaria y la miseria, como pobreza extrema. El nombre de las cosas importa, claro; por eso están quienes compran y venden biocombustibles en vez de agrocombustibles, pues convengamos que transformar 170 kg de maíz para producir 1 tanque de etanol-85, en vez de usarlo para dar de comer a un chico zambiano, mexicano o bengalí, tiene poco de bio. De hecho, y por seguir con los eufemismos contemporáneos, las fuerzas colonialistas prefieren autodenominarse socios comerciales preferentes... Con razón, la oenegé Vía Campesina tuvo que acuñar la expresión soberanía alimentaria. Al Enemigo, hay que combatirlo también ahí, en el terreno semántico.

11. La superstición también mata lo suyo. Por desgracia, los Hambrientos del mundo confían más en un médico ayurveda, en el marabú de su tribu, el kabiraj de turno o en cualquier otro curandero avalado por su tradición que en los profesionales de Médicos Sin Fronteras. Ese es también un límite mental que supone que muera mucha gente que, de otro modo, podría salvarse. El Hambre también tiene que ver con la educación, con la capacidad de disponer de herramientas intelectuales para tomar decisiones que te conduzcan a vivir mejor. Quiero decir: lamentablemente, los Hambrientos también ponen de su parte para que les pase lo que les pasa. La religión, la superstición, el machismo o el patriarcado son cuatro de sus aportaciones más notables.

12. La ficción numérica.
¿Con qué números hay que pensar un país como la India, paradigma de las llamadas economías emergentes? ¿Con aquellos que dicen que son «la democracia más grande del mundo» debido a que tiene una población de 1200 millones de personas, que muestran un PIB creciente, que exporta toneladas de comida, que es el segundo país con más billonarios —53—, etcétera? ¿O con aquellos que muestran que la India tiene más de 250 millones de Hambrientos y que 836 millones de personas viven con menos de 20 rupias al día? ¿Pensamos el mundo con los datos de organismos como el FMI y revistas como The Economist o lo pensamos a través de los que aportan Oxfam, Médicos Sin Fronteras y demás gente comprometida con erradicar el problema?

13. La malnutrición, una enfermedad con diferentes apariencias. Algo diabólico de la malnutrición es que se manifiesta de manera distinta en Níger que en la Argentina, en Bangladés que en Estados Unidos. En los países pobres, los malnutridos son gente más o menos famélica y, en el caso de los niños, calificarlos de malnutridos depende de algo tan surrealista para una madre africana o sudasiática como el contorno del brazo de su hijo. En los países ricos y no tan pobres como los más pobres del mundo, la malnutrición toma la forma opuesta: la obesidad. ¿Por qué? Porque su alimentación es una mierda: precocinados, grasas trans, azúcares en cantidades industriales, carbohidratos refinados a tutiplén y, por extensión, todo aquello que sea barato y saciante.

14. Más (y más) datos. El libro de Caparrós está lleno de datos. Hay tantos que, al final, no sé cuál es el más crudo... En fin, yo lanzo unos cuantos más, por si alguno le conmueve alguna fibra a alguien: en Bangladés, tres de cada cien niños recién nacidos mueren de Hambre y, de los que sobreviven, el 46 % morirá de lo mismo cuando sea un adolescente o un joven. ¿Es tan alocado y demagógico autoexigirnos, como europeos, occidentales y blablablá, que no tiremos a la basura entre el 30 y el 50 % de la comida que compramos? Ya sé que eso no soluciona lo del Hambre; pero, al menos, nos pone en una senda hacia la cordura, ¿no? ¿O es que es razonable desperdiciar una media de 100 kilos de comida por año y habitante, y que los africanos y asiáticos solo malgasten unos 10 kilos?
 
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[ Continuará la semana que viene. Entre tanto, y por si alguien quiere leer algo más sobre Martín Caparrós en este blog, enlazo las entradas que le dediqué a dos libros suyos: El Interior y Una luna. Asimismo, a modo de complemento vitamínico, recomiendo leer esta entrevista donde está muy bien explicado, entre otras cosas, el punto de partida del libro. ]

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Actualización: a la segunda parte de la entrada, se accede por aquí.

8 de noviembre de 2015

Chicas muertas, Selva Almada

01. Crímenes sin resolver. Chicas muertas (Random House, 2015) aborda el asesinato no resuelto de tres chicas adolescentes del interior de la Argentina a finales de los 80. Si bien algunas secciones del libro mencionan muchos otros casos de mujeres asesinadas que no han sido resueltos, el hilo principal se sostiene sobre las tres primeras de las que tuvo noticia Selva Almada (Entre Ríos, 1973), con la democracia argentina recién estrenada y todavía presente «una policía con los vicios de la dictadura». A la memoria de ellas, de Andrea, María Luisa y Sarita, está dedicada su investigación.

02. Las tres chicas asesinadas. Andrea Danne, de 19 años y estudiante de profesorado, a quien alguien —todavía no se sabe quién— apuñaló en casa de sus padres mientras dormía..., y mientras sus padres estaban en el hogar. María Luisa Quevedo, de 15 años, que salió una mañana a trabajar y fue encontrada violada y estrangulada en un baldío de la ciudad. Sarita Mundín, que tenía un hijo de 4 años y un novio que la obligaba a prostituirse para mantenerlo; un día se fue a bañar al río con su novio y ya nunca más regresó. Andrea era de San José (Entre Ríos); María Luisa, de Presidencia Roque Sáenz Peña (Chaco); Sarita, de Villa María (Córdoba).

03. Machismo rural.
Selva Almada pone su talento narrativo, demostrado en El viento que arrasa y en Ladrilleros, al servicio de un texto periodístico que dibuja con precisión y nitidez cómo parte de la sociedad argentina ha naturalizado el machismo, en particular los estratos más pobres. En conjunto, el libro ofrece algo así como un catálogo de situaciones preocupantes que acontecen con frecuencia en el norte del país: chicas de 15 años que no van al colegio y tienen que trabajar en algo para sobrevivir; núcleos familiares que asumen con normalidad que acostarse con el jefe es un medio como cualquier otro de ganarse unos pesos extra; madres solteras que salen con hombres por dinero; varones celosos y posesivos con sus parejas; padres que no quieren que sus hijas se pinten o vayan a bailar; varones que hostigan a las mujeres y que no aceptan un no por respuesta ante sus avances...

04. Lo atmosférico.
Uno de los aciertos de Chicas muertas es su capacidad para contarnos cómo es el ambiente de las ciudades donde vivían las chicas asesinadas y, a partir de ahí, iluminar alguna arista de los hechos. Así, paseamos por la chaqueña ciudad de Presidencia de Roque Sáenz Peña, un sitio donde todos se encierran «a cal y canto en sus casas, esperando que la bravura del calor amaine», no hay apenas bares para los jóvenes o donde un posible negocio familiar es una agencia de viajes que venda un circuito en furgoneta por Bolivia. También, por ejemplo, palpamos la textura sórdida y fabril que envuelve San José (Entre Ríos), donde la actividad económica depende casi en exclusiva de un frigorífico cárnico, que parece transferirle tanta gelidez a la carne de vaca como a la humana.

05. Esa teleserie con tan poca audiencia llamada Vida.
El libro recoge una variedad de maneras de matar a una mujer que parece sacada del cualquier teleserie estadounidense estilo CSI, Bones, Castle, etc.: a los golpes, mutilándola, violándola —de manera individual o en grupo—, estrangulándola, apuñalándola, descuartizándola, quemándola, a los tiros... A diferencia de las teleseries, en la vida, el resultado es más brutal y aterrador; no hay ficción: solo muerte, desolación, ausencia. Tampoco, en muchos casos, la policía da con el culpable.

06. Centro en lo propio. Otro acierto del libro es que Almada toma su familia como fuente de su experiencia; eso nos permite entender el vínculo emocional que ella ha forjado con la violencia machista. Así, relata que sus padres se casaron muy jóvenes —tan jóvenes como algunas de las chicas muertas— y que un buen día su padre quiso pegarle a su madre; esta agarró un tenedor y se lo clavó en el antebrazo. Desde entonces, su padre supo mantenerse a raya.

07. La bestia está ahí, cerca de ti. La madre de Selva Almada aparece como la excepción de la regla. En el vecindario de sus padres, sin ir más lejos, hay un par de mujeres que han recibido palizas de sus maridos y otra a quien su marido violaba. Es más: su tía Liliana estuvo a punto de ser violada en los maizales por su primo Tatú. Y el suegro de Almada ayudó a transportar a Carahuni, una chica que encontraron violada y muerta en un baldío de Villa Elisa. Moraleja: el machismo no es una abstracción ni un invento mediático o feminista: está ahí, en el barrio o edificio donde vivimos. Y quien más y quien menos conocemos al menos un caso.

08. Un trilogía inesperada.
Por curioso que parezca, Chicas muertas funciona estupendamente como apéndice de las dos novelas de Selva Almada que se han publicado por ahora en España. Quienes no sepan mucho del espacio físico donde se desarrollan El viento que arrasa o Ladrilleros agradecerán esta lectura en clave literaria. Además de por el calor que los atraviesa y por la geografía, los tres libros están unidos entre sí por la reflexión sobre la familia y el análisis del universo masculino.

09. Un libro que denuncia. Este no es un libro brillante —no juega en la liga de Leila Guerriero, Martín Caparrós, Rodolfo Walsh o Tomás Eloy Martínez, digo, por citar los referentes del periodismo argentino más conocidos en España—, pero es un libro necesario y que se ajusta a su función periodística: aporta información, pone voz a casos olvidados, denuncia, pelea. Y siempre lo hace con un tono contenido, equilibrando perfectamente lo personal y lo observado, dejando que el material recabado hable por sí solo. Al final, ninguno de los tres asesinatos queda resuelto, y eso decepciona a la par que asusta: queda la sensación de que, como sociedad, nos estamos acostumbrando a que un día nos maten a una hija, una amiga, una hermana, una madre... y que el criminal no pague por ello. ¿Verdad que estamos enfermos?

10. Chicas muertas.
Mariela Bustos, Marina Soledad da Silva, Zulma Brochero, Arnulfa Ríos, Paola Tomé, Priscila Lafuente, Carolina Arcos, Nanci Molina, Luciana Rodríguez, Querlinda Vásquez, Maira Tévez, María Soledad Morales, Gladys Mc Donald, Elena Arreche, Adriana y Cecilia Barreda, Liliana Tallarico, Ana Fuschini, Sandra Reiter, Carolina Aló, Natalia Melman, Fabiana Gandiaga, María Marta García Belsunce, Marela Martínez, Paulina Lebbos, Nora Dalmasso, Rosa Galliano... Y la lista sigue y sigue. Todas ellas aparecen en algún momento en este libro por la misma razón: fueron asesinadas a manos de un varón que hacía las veces de vecino, amigo, amante, novio, exnovio, marido, exmarido, putero, proxeneta, lo que fuera. Por desgracia, ellas son solo un puñado de las miles que mueren cada año en el mundo a causa de la violencia machista. De hecho, en España, van más de 700 mujeres asesinadas en la última década y también tenemos nuestra propia lista (enlazo solo, a modo de ejemplo, la de 2015).

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PD 01. Entrevista con Selva Almada en el blog de Eterna Cadencia: «La misoginia, en vez de retroceder, avanza».

PD 02. Por si alguien tiene interés, enlazo la web de Ni una menos (Argentina) y un vídeo de la manifestación de ese movimiento en Uruguay. Ayer, sábado 7 de noviembre, se celebró en España una manifestación similar y, esa consigna, #niunamenos, estuvo presente.

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Actualización (9/11/15): Solo un día más tarde de haber publicado esta entrada, la noticia en España es que han muerto 4 mujeres más por violencia machista... Una en Oviedo; dos, madre e hija, en Lliria (Valencia); otra en Baena (Córdoba).

Actualización (23/11/15): En esta noticia del 16 de noviembre se recogen tres nuevos asesinatos de mujeres a manos de varones. Una fue en El Vendrell (Tarragona), otra en Marchena (Sevilla) y una tercera en Madrid. Entre las 4 mujeres muertas de la actualización anterior y las 3 de esta, una cuarta víctima en San Lúcar la Mayor (Sevilla). Desde el 7N, si mis cuentas no fallan, son 8 mujeres las que han muerto en 15 días.

Actualización (13/12/15): «Asesinada mujer de 44 años en Alcobendas y la Policía detiene a su expareja».

Actualización (16/12/15): «Una mujer es asesinada en Zaragoza en un presunto caso de violencia machista». 

Actualización (13/01/16): 

Me tomé un respiro con el blog en Navidad y, por dejar, hasta dejé de actualizar esta entrada... Entre tanto, por desgracia, han sucedido más de media de docena de asesinatos. Quizá se me haya olvidado consignar alguno... En cualquier caso, cargo los que recuerdo o he encontrado. Además de los buscadores o de las noticias que yo recordaba, he consultado estas dos fuentes extra: el blog Ibasque y la 15Mpedia.

«Detenido por matar supuestamente a su pareja golpeándola con una piedra» (Villena [Alicante], 30 de diciembre.)

«Detenido el marido de una mujer asesinada en Pontevedra» (Mos [Pontevedra], 30 de diciembre.)

«Un hombre de 62 años mata a su pareja de 23 con una escopeta y luego se suicida»  (Adra, [Almería], 31 de diciembre.)

 -- > Balance de 2015: «El año termina con 57 mujeres asesinadas por violencia de género»

Los casos de 2016

1. «Mata a su mujer y su hija y se suicida en una vivienda de Torrevieja» (1 de enero)

2. «Muere una mujer de 43 años estrangulada por su pareja en Madrid» (4 de enero)

3. «Una mujer es asesinada por su pareja a puñaladas en Guadalajara» (5 de enero)

4. «El detenido por el asesinato de la joven encontrada en el pantaño de Alange tiene antecedentes penales por maltrato» (la noticia es del 8 de enero; el asesinato del día 8).

5. «Detenido el marido de la mujer asesinada en Narón (Coruña)» (la noticia es del 13 de enero; el asesinato, del 29 de diciembre)

6. «Un hombre asesina a su pareja en plena calle en Tarragona» (13 de enero)

7. «Muere una mujer en Valencia acuchillada por su marido, que se ha suicidado» (22 de enero)

8. «Una mujer muere estrangulada por su marido en Calviá» (23 de enero)

9. «El dueño de la confitería La Duquesita de Avilés mata a golpes a su mujer en su domicilio» (28 de enero)

10. «Un hombre mata a su pareja en Becerreá» (11 de febrero)

11. «Un hombre estrangula a su mujer en su casa del Cabanyal» (14 de febrero)

12. «Un hombre asesina a tiros a su expareja y luego se suicida en un bar de Miralbueno» (22 de febrero). Y Gustavo Alcalde, el delegado de Gobierno, dice que ella debería haber avisado.

Y siguen las víctimas... En las siguientes páginas controlan de manera puntual y exhaustiva cada caso que sucede. Os remito a ellas si queréis estar al día sobre el asunto del femenicidio en España: el blog Ibasque, el wiki 15Mpedia y la web Feminicidio.net.

7 de junio de 2015

Zona de obras, Leila Guerriero


01. Una cronista feroz. Empecemos este texto tirando de honestidad: pasadas 35 páginas, este humilde lector de Zona de obras ya se había forjado una idea de lo más prejuiciosa sobre Leila Guerriero... Y todo por un adjetivo algo recurrente en esta antología de artículos sobre el arte de escribir. La secuencia que me llevó a tomar esta nota fue así: en la pág. 20 dice: «... me siento leve, un poco feroz y arbitraria»; en la 28: «yo era huidiza, ladina, oscura, difícil, taimada. arisca, bruta, brutal, furiosa, feroz, arbitraria...»; y en la 34: «[Madame Bovary es] un comentario implacable sobre la humillación y el amor, un advertencia feroz sobre la importancia de nuestras decisiones y sobre el peligro de estar vivos». Las dos primeras ferocidades me parecieron casualidad; la tercera, me dio pie a sacar una conclusión digna de un psicolingüista beodo: ¡seguro que es por el apellido!

02. Rust Cole habla en el coche con Martin Car. Dice Rust Cole en una de sus epifanías filosóficas en la primera temporada de True Detective:
Solo permaneciendo se conoce, y solo conociendo se comprende, y solo comprendiendo se empieza a ver. Y solo cuando se empieza a ver, cuando se ha desbrozado la maleza, entonces se puede contar.
Bueno, Zona de obras va periodismo, es decir, de hechos reales y de contar siempre la verdad; por tanto, rebobino y rectifico: Rust Cole hubiera podido decir algo así en alguna escena de la teleserie; sin embargo, hasta la fecha, los créditos de ese pasaje le corresponden a Leila Guerriero, quien lo anotó en un artículo mientras ponderaba la calidad del trabajo de Susan Orleans en El ladrón de orquídeas y de Martín Caparros en El Interior. Ese fragmento puede leerse como la modulación mística —a lo Rust Cole, digo— de un mantra que Guerriero repite de diferentes modos a lo largo del libro: «[hay que] desactivar toda expectativa de que escribir buen periodismo sea el arte de combinar una Mac Air con un par de horas libres».

03. La crónica como algo orgánico. «Se escribe tratando de entender», subraya Guerriero. Por eso, una buena crónica es «algo profundamente vivo»; es una especie de monstruo babeante creado para saciar la curiosidad infinita de quien la escribe, para calmar su necesidad de comprender. Es decir: la crónica lleva tiempo, supone esfuerzo y requiere de técnica; pero, sobre todo, exige un interés genuino por la gente, tener inquietud intelectual y la convicción de que se tiene algo que decir. Vamos, que no es algo que se hace «en los ratos libres entre el almuerzo y la siesta».
 
04. Más sobre lo que es y no es una crónica. En otras cosas, la crónica no es la glamurosa clase premium del periodismo ni nada parecido. Tampoco es un género que consistente en hablar en primera persona, sustituir los clásicos entrecomillados por novelísticas rayas de diálogo o dedicar líneas sin ton ni son a detallar el atuendo de fulano, el olor de mengano o de qué color son los calcetines de perengano. Por supuesto, tampoco tiene que ver con el intento de reanimar un texto plomizo o pavisoso a puro electroshock de ruidosas onomatopeyas a la Wolfe, coloridas metáforas o adjetivos epatantes. La crónica, como aspirante a obra de arte que es, nace —insiste una y otra vez Guerriero— de reunir al menos tres cualidades: tener una mirada propia, encontrar algo para decir y lograr encerrar en el texto una determinada visión del mundo.

05. El mestizaje artístico como vía del conocimiento narrativo. Quienes escriben crónicas —y por extensión quienes quieran escribir cualquier cosa que merezca la pena— harían bien en ser buenos lectores de ficción, y no solo de periodismo de investigación o periodismo a secas. Además, resulta recomendable que esos potenciales cronistas vayan al teatro, vean exposiciones fotográficas, devoren cómics, estén al día en series televisivas o sepan de danza. (Incluso que salgan a correr, practiquen la jardinería doméstica o escuchen a Miguel Bosé de vez en cuando). La crónica aspira a un lenguaje artístico; por tanto, conviene saber de los mecanismos y procesos creativos que usan otras disciplinas para contar lo que quieren contar. Es más: Guerriero —algo dada a la hipérbole, todo sea dicho—, sostiene que «la cosa más importante» acerca de cómo contar historias la aprendió viendo 7 veces Lawrence de Arabia.

06. Luke Skywalker parafrasea a Yoda y se pregunta si algún día será como Rust Cole. Mira y haz que eso signifique / Hay que disciplinar la mirada, aprender a ver donde todos miran y encontrar aquello que los demás no saben ver / El periodismo comienza cuando uno se calla y deja que el otro hable, que el otro ocupe con sus palabras el espacio de la conversación / La objetividad es una mentira; en todo caso, existe la subjetividad honesta / Para poder ver, no solo hay que estar; para poder ver, sobre todo, hay que volverse invisible / Los hechos son fáciles de ver; lo difícil es entender el camino que llevó a la gente hasta allí / Cada palabra visible está sostenida por otras diez mil invisibles / La gente es mucho más que aquello que hace / Todo se reduce a escribir asquerosamente bien y encontrar el punto de vista adecuado / Todo lo que necesito no es amor, como cantaban los Beatles, sino una cabeza bien amueblada.

07. Una biblioteca con la que escribir.
Un aspirante a buen cronista, como mínimo, debería entender el porqué de las siguientes agrupaciones de (feroces) filias guerrieranas: Tomás Eloy Martínez, Martín Caparrós, Rodolfo Walsh, Juan Villoro y Alberto Salcedo Ramos; Claudio Bertoni, Idea Vilariño y Héctor Viel Temperley; Fogwill y Borges; Richard Ford, John Irving, John Steinbeck, Alice Munro, Lorrie Moore y David Foster Wallace; y por supuesto: Gay Talese, Tom Wolfe, Kapuscinski o John Lee Anderson. Por último, a todos esos favoritos de la sultana, agreguémosle una manía —nunca está de más, literariamente hablando, autocaracterizarse por tenerle tirria a algo o alguien—: «... odio hasta las muelas a Hunter Thompson».

08. Dos paradojas. Primero, una laboral: resulta desalentador trabajar como cronista en una época en que los propios editores sostienen oxímoros tan escandalosos como que «los lectores no leen». Es más: algunos de esos editores creen tanto y tan firmemente en esa máxima del márketing, a decir de Guerriero, que traicionan todos sus principios periodísticos y disfrazan sus revistas o periódicos de televisión (por si la gente se confunde y los mira...). Y, en segundo lugar, una paradoja personal: Guerriero habla con frecuencia de su —saludable y vigoroso— autodidactismo, de que nunca asistió a un solo taller de escritura o de que la auténtica vía para el aprendizaje es encerrarse en casa en plan monje budista y, hala, ponerse a teclear y teclear... Curiosamente —las vueltas que da la vida—, ahora ella dicta talleres allá por dónde va.

09. Lo que las crónicas callan... aún. A decir de Guerriero, la crónica latinoamericana parece especializada en contar solo la cara B de su realidad. En general, decir crónica es hablar de asesinos en diferentes grados, letraheridos que terminan en suicidio, friquis de todo tipo y color, deportistas que triunfan o se hunden a lo bestia, bailarines de malambo, gentes que padecen desgracias terribles (guerras, hambre, terrorismo, enfermedades, tsunamis, bancos que les roban...), etcétera. Es decir, si bien los temas son variados y hasta relevantes, el catálogo parece dejar de lado conscientemente un tipo de historias muy concreto:  las «historias de los que tienen riqueza». ¿Por qué dejar la narración de la vida de los ricos en manos de los siempre complacientes Hola, Lecturas, Caras y demás periodismo rosa? ¿Por qué no usar la crónica también para entender «cómo alguien que podría pagar la vida de varias familias tan solo con sus camisas no lo hace?».

10. Karate Kid piensa en el Sr. Miyaghi mientras lava su coche. Wax on, wax off. Escribir una buena crónica es atravesar un campo (minado de) correcciones. Wax on, wax off. Escribir una buena crónica es atravesar un campo (minado de) correcciones. Wax on, wax off. Escribir una buena crónica es atravesar un campo (minado de) correcciones. Wax on, wax off. Escribir una buena crónica es atravesar un campo (minado de) correcciones. Wax on, wax off. Escribir una buena crónica es...


Ferocísimo bonus track. [...] Página: 167: «De alguna forma retorcida y feroz la mujer no ha podido dejar de pensar en eso...». Página 197: «Se sobrepuso  a la muerte de un hijo, a un cáncer, a una feroz quimioterapia y al tedio que produce la vida a los alcohólicos». Página 220: «Era un hombre talentoso, pequeño y feroz con los periodistas que se pasaban de vivos, eran poco precisos o las dos cosas juntas». ¡Auuuuuuuuuuuuuuuuuu!

22 de febrero de 2015

Una historia sencilla, Leila Guerriero

Una historia sencilla (Anagrama, 2013), de Leila Guerriero, me recordó dos lecturas, en apariencia algo inconexas entre sí: el ensayo «Cómo Tracy Austin me rompió el corazón», de David Foster Wallace, y El interior, un libro de crónicas de viaje de Martín Caparrós. Ambas lecturas, por raro que parezca, me han ayudado a entender mejor ese peculiar y argentinísimo campeonato del mundo de malambo que se celebra en Laborde (Córdoba). También a su no menos singular y fascinante campeón de 2012, Rodolfo González.

El ensayo de Wallace conecta con lo complicado que les resulta a los genios atléticos explicarnos con palabras su don físico. Por su parte, las crónicas de Caparrós enlazan con la cuestión de si lo gaucho es la esencia de la tradición —y por ello de la identidad— argentina.


La genialidad atlética como materia inexplicable

En varios momentos de Una historia sencilla, Leila Guerriero le pregunta a Rodolfo González, en su calidad de subcampeón y campeón del mundo de malambo, por su increíble destreza para ejecutar esa danza tan compleja y exigente. Le pregunta lo normal: qué siente cuando está malambeando en el escenario, de dónde viene esa fuerza con que ejecuta sus movimientos... Nada del otro mundo, digo. Rodolfo González contesta obviedades, lugares comunes, cosas tan triviales como «[el festival de] Laborde te provoca cosas», «Cuando uno está en el escenario tiene que dejar muchos sentimientos ahí», etc.

Al respecto, a propósito de una entrevista que González había concedido en la radio, Leila Guerriero acota lo siguiente:
Voy en el auto cuando escucho esa entrevista que le hacen a Rodolfo en una radio local. A veces —muchas— hace eso: dice generalidades y uno quisiera preguntarle dónde está, dónde dejaste al monstruo que te come sobre el escenario: dónde lo tenés. 
Es el eterno enigma de por qué y cómo algunas personas consiguen transformarse tanto a sí mismas cuando ingresan en esa suerte de recintos mágicos que son los estadios, las pistas de tenis, baloncesto o atletismo, los escenarios teatrales o musicales, etc., y ponen su cuerpo en movimiento y nos dejan boquiabiertos por las cosas tan increíbles que son capaces de hacer. Pero también es el enigma de por qué nos decepcionan cuando las escuchamos hablar y sentimos que sus explicaciones son insuficientes, poco claras.

Esa línea de pensamiento me llevó al ensayo de David Foster Wallace, que está incluido en Hablemos de langostas (DeBolsillo, 2007). Allí, Wallace, en su calidad de escritor nacido para marcar a una generación y extenista aficionado de cierto talento, reflexiona sobre la genialidad de Tracy Austin, una niña prodigio de la raqueta, capaz de ser la n.º 1 del mundo con 18 años. Y Wallace lo hace, fiel a su gusto por las biografías deportivas, a partir del libro que ella escribió. 

A tenor de lo que cuenta Wallace, las memorias de la genial Austin son tan insulsas y están tan llenas de tópicos que él, por momentos, monta —o hace como que monta— en cólera. Sin embargo, Wallace  había admirado tanto a Tracy Austin que termina planteándose una pregunta similar a la de Leila Guerriero: ¿cómo es posible que esta persona capaz de emocionarme bailando malambo/jugando al tenis sea incapaz de darme alguna explicación más o menos digna —intelectual— sobre la procedencia de su genialidad?

A continuación, espigo lo que me parece más relevante de la respuesta que ofrece Wallace en su divertido ensayo:
Muy bien, ahí va el meollo obvio de la cuestión: los grandes atletas suelen resultar pasmosamente incapaces de hablar sobre esas cualidades y experiencias que constituyen lo fascinante de sí mismos. [...]

La genialidad verdadera e indisputable es tan imposible de definir, y la techné verdadera tan pocas veces visible, que tal vez esperamos de forma automática que las personas que son atletas geniales sean también oradores y escritores geniales, que sean elocuentes, perceptivos, sinceros y profundos. Si lo que ocurre únicamente es que esperamos de forma ingenua que los genios del movimiento también sean genios de la reflexión, entonces el hecho de que no lo sean no debería parecernos en absoluto más cruel ni decepcionante que la mandíbula de cristal de Kant o la incapacidad de [T.S.] Eliot para batear un lanzamiento curvo. [...]

¿Cómo pueden los grandes atletas hacer callar esa voz del yo tan parecida a la de Yago? ¿Cómo pueden dejar de lado la cabeza y limitarse a actuar de forma soberbia? ¿Cómo pueden en el momento crítico, invocar para sí mismos un tópico tan trillado como «Mirar la pelota que tienes delante» o «Tengo que concentrarme en esto», y pensarlo en serio, y encima hacerlo? Tal vez sea porque, en el caso de los atletas de élite, los tópicos no se presentan como algo trillado sino meramente como algo verdadero, o tal vez ni siquiera  como expresiones declarativas provistas de cualidades como la profundidad o el hecho de ser trillados o la falsedad o la verdad, sino como simples imperativos que pueden ser útiles o no, y que si lo son, deben ser invocados y obedecidos y no hay nada más que hablar. [...]

Ese es, para mí, el verdadero misterio: la cuestión de si una persona así es idiota o mística o ambas cosas o ninguna. [...]

Como suele suceder con la verdad, hay una cruel paradoja de por medio. Es posible que los espectadores, que no gozamos de un don divino para el deporte, seamos los únicos capaces de ver, articular y animar la experiencia de ese don que nos es negado. Y que aquellos que reciben y ejecutan el don de la genialidad atlética deban por fuerza ser ciegos y mudos acerca del mismo: y no porque la ceguera y el mutismo sean el precio que pagar por el don, sino porque son su esencia.

Diría que todo es cien por cien aplicable a Rodolfo González, cuya velocidad de piernas e intensidad de entrenamientos, según Leila Guerriero, haría palidecer incluso a Usain Bolt.


El malambo como sinónimo de la pureza argentina

—¡Pueblo de Laborde, país! ¡Estos son los hijos de la patria que mantienen en alto nuestra tradición! Una breve tanda publicitaria y ya volvemos —dice el locutor.

El otro libro en el que me hizo pensar Una historia sencilla fue El interior (Malpaso, 2014), del también escritor argentino Martín Caparrós. A la vista del muy purista y conservador de las tradiciones Festival Nacional de Malambo de Laborde, Guerriero se plantea en algunos pasajes del libro una clásica pregunta sobre la identidad patria: ¿en qué consiste la esencia de lo argentino?, ¿existe esa esencia?, ¿acaso son lo gaucho y los valores que esa tradición irradia?

La historia que relata Guerriero, de igual modo que hace Caparrós con las suyas en El interior, nos acerca a las complejas paradojas que se dan cita en un país tan vasto, heterogéneo y rico culturalmente como la Argentina. Un país que, como muestran ambos libros, es muchísimo más que una simple sinécdoque de su capital, Buenos Aires, por seductora, acaparadora y bella que esta sea (o sepa mostrarse). La Argentina también es Laborde, un pequeño pueblo de la provincia de Córdoba, donde los mejores malambistas del país pelean, además de por bailar como nadie, por transmitir a través de sus gestos, miradas o vestimenta el mayor índice de gauchicidad posible. Y lo hacen tan convencidos como su público de que esa es la manera más pura de ser argentinos.

Tan en serio se lo toman que la mayoría «han leído devotamente libros como el Martín Fierro, Don Segundo Sombra o Juan Moreira: epítomes de la tradición y el mundo gaucho». De hecho, «la saga que forman esos libros y algunas películas de época —La guerra gaucha— les resulta tan inspiradora como a otros les resultan Harry Potter o Star Trek». Asimismo, «le dan importancia a palabras como respeto, tradición, patria, bandera» y «aspiran a tener, sobre el escenario, pero también debajo, los atributos que se suponen atributos gauchos —austeridad, coraje, altivez, sinceridad, franqueza—, y ser rudos y fuertes para enfrentar los golpes». Es decir: encuentran en esa tradición una manera de ser buenas personas, gente digna del país donde han nacido.

Es entonces, y no tanto con el malambo, cuando el lector ve en Rodolfo González un marciano. Uno observa la calidad humana de este tipo humilde, íntegro, buen compañero de su pareja y capaz de sacrificar lo poco que tiene por ganar un campeonato cuyo único galardón es el aplauso eterno del público, y a continuación piensa en la década menemista, el Corralito o el dólar blue... Y concluye lo obvio: Buenos Aires y la política que de allí dimana, poco tiene de gaucha (en el sentido de estos malambistas, claro). Eso sí, puesto que Borges pedía medir a los poetas por sus mejores versos, sería conveniente medir a ese gran país que es la Argentina por sus mejores personas, por los tipos como Rodolfo. También por su capacidad para alumbrar excelentes cronistas.


*

PD. Por aquí se accede a la presentación del libro en Barcelona (a cargo de Rodrigo Fresán). Y por aquí, a la entrevista que publicó Ramón Lobo en Jot Down. Para ver de qué va el libro, alcanza con leer el enlace del principio de la reseña, el que lleva a la editorial Anagrama.

18 de enero de 2014

Mis mujeres, Francisco Umbral

Mis mujeres, de Francisco Umbral fue publicado en febrero de 1976. O eso figura al menos en mi ejemplar. Por tanto, por una aritmética periodística que me acabo de inventar, diría que todo o casi todo lo que cuenta don Francisco habría que fecharlo alrededor de 1975, un año que me interesa particularmente, no porque muriera Franco, sino porque nací yo. Y, como quiera que nací de mujer —y no de espíritu santo—, el libro me ha interesado mucho y bien.

A modo de síntesis, recojo 8 cosas que he aprendido sobre aquel tiempo tan revuelto en que vine al mundo y que mis padres han olvidado contarme en las sobremesas familiares:


01 | 1975 debió de ser el año de las solteras. O eso o Umbral estaba obsesionado con ellas, vamos... De los muchos fragmentos que podría extractar para reflejar eso, me quedo con este (pág. 38):
El periodista Álvaro Santamaría acaba de hacer un libro sobre las solteras españolas, donde entrevista a algunas de las más famosas. La consecuencia general a obtener es que hoy, a la mujer no la dejan soltera. Se queda ella soltera porque quiere. Deja ella soltera al hombre. Apunta, pues, una raza nueva de solteras, que nada tiene que ver con las solteronas, ni tampoco con la sufragista. Apunta a un matriarcado de mujeres autosuficientes.
Quizá las mujeres decidieran quedarse solteras, pero lo del matriarcado... Lo del matriarcado va a ser que no ha llegado ni siquiera en 2014, don Francisco. De momento, además de una ley del aborto que elimina el derecho a que ellas decidan, lo que más se lleva últimamente por aquí en mujeres es el modelo Ana Mato o infanta Cristina; ya se sabe: la mujer tonta o enamorada que no se entera de los tejemanejes de su marido (o futuro exmarido).

02 | 1975 debió de ser también el año de la crisis de la mujer burguesa. Este fragmento (pág. 41) lo cuenta la mar de bien, con guiño buñuelesco incluido:
La familia y el matrimonio está en crisis. Y están en crisis, en alguna medida, porque también la mujer burguesa viene haciendo una especie de revolución. Todo el edificio de la mujer tradicional estaba basado en la resignación de la mujer. A medida que la mujer es menos resignada —y no solo la madre-esposa, sino también las hijas e incluso las criadas—, el edificio empieza a moverse como un barco. (...) Las nuevas solteras que piden hijos sin padre incluso en los países más conservadores de Europa no son precisamente adolescentes desarraigadas y viajeras (estas hacen lo que les parece y no dicen nada a nadie), sino mujeres más o menos integradas que quieren no cargarse la sociedad burguesa, sino hacerla evolucionar. Porque casi todo el mundo está ya desencantado del discreto encanto de la burguesía.
03 | Umbral era más feminista que muchas mujeres de su época (y de la mía). Quizá esa veta quede a veces algo oculta debido a su erotomanía, pero don Francisco nos dice cosas muy rotundas a los varones... Cosas acaso incomprensibles para Alberto Ruiz Gallardón y Jorge Fernández Díaz, más preocupados ellos por el aborto, las tasas judiciales o revivir a ETA que por erradicar la violencia machista. Atentos, ministros, a lo que dice el muy rojo de Umbral:
No solo se trata de conseguir mujeres con más derechos, más agresivas, más libres. Sino que también se trata de conseguir hombres con menos derechos, menos agresivos y, en consecuencia, también más libres.
04 | ¿Frígida o no frígida? Esa era la cuestión. Junto con la soltería, la frigidez debía de ser el otro gran tema de moda. Hace unos años toda conversación sexual siempre terminaba en el punto G; en 1975, en la frigidez. Al menos toda charla de Umbral, digo, que incluso le preguntó por ello a Lola Flores y a Carmen Sevilla. Por cierto, cosas de la vida: a las dos folclóricas les dio por hablar de su vida sexual y la prensa conservadora montó tal pollo que Umbral debió suspender la serie de entrevistas. Merece la pena leerlas para comprobar que ni Carmen ni Lola decían ná de ná... Moraleja: qué reprimidos éramos y estábamos entonces.

05 | Diálogo para comprender España (unidad de destino...)

FRANCISCO UMBRAL. —¿Tú no entiendes de política, verdad?
CARMEN SEVILLA. —No, pero soy franquista.

06 | Ana Belén, la progre nacional. En 2014, Ana Belén es el rostro visible de una obra de teatro de Vargas Llosa... En 1975, Ana Belén tenía 24 años, militaba en el Partido Comunista, presumía de no llevar nunca sujetador y llevaba muy a gala ser hija de una portera de Embajadores. Según Umbral, ella era «la progre nacional» porque, entre otras cosas, estaba a favor del divorcio, de un concepto abierto del matrimonio y presumía de muslamen en las películas. Además, la actriz tenía opiniones políticas: «Creo en la revolución pacífica. La prefiero. Pero la caída de Allende nos demuestra que Castro tenía razón». Eso sí, en el asunto del aborto no era tan clara; a Umbral le dejó dicho esto: «Creo que se pueden tomar muchas medidas y precauciones para no llegar al aborto».

07 | La doma del varón. El varón domado, de la argentino-alemana Esther Vilar, debió de ser un bombazo. Y Umbral se pasó pipa con la gresca que se montó tras el paso de la autora por el programa de televisión de José María Íñigo. Al parecer, ese libro sostiene —diría que de manera irónica— que las mujeres manipulan a los varones a través del sexo y eso las hace, nunca mejor dicho, tener la sartén por el mango. Umbral se centra más en el follón que se montó que en lo que dice el libro, así que hasta que no lo lea no puedo opinar. El caso es que la turbamulta patria femenina dejó el pabellón muy alto a la hora de insultar a la susodicha autora. La palma se llevó la escritora Carmen Rico-Godoy, quien aseveró que Esther Vilar «no tenía ovarios, sino dos crucecitas gamadas».

08 | Sara Montiel, la mujer del pueblo. Lola Flores, Carmen Sevilla o Sara Montiel, pese a nadar ya en la abundancia bancaria, reclamaban para sí en 1975 el abolengo de «artistas del pueblo». Decían ellas que habían nacido del pueblo y que actuaban para el pueblo. Y lo decían sin complejos, como si fueran mujeres machadianas de las que bebían del vino que servían en las tabernas. Es más: la muy proletaria de Sara Montiel consideraba, en un arranque popular sin igual, que su piel era perfecta y que no pensaba estirársela nunca jamás... Ay, Sarita. Pero, bueno, quizá lo más interesante de Saritísima es que cuenta que se negó a presidir un desfile en Yugoslavia con el comunista de Tito, que pedía un «socialismo democrático» para España, que estaba a favor de la píldora y en contra del aborto. Y también, como dejó demostrado en vida, estaba convencida de que el matrimonio no era para siempre.


Bonus track. Francico Umbral vs. Marilyn Monroe.

6 de noviembre de 2013

El mito de Marilyn vs. Francisco Umbral

                                                                 
(...) Me pregunta Mónica Randall que si fueron importantes los hombres en la vida de Marilyn. Pues claro que fueron importantes. Un mito así no lo habrían hecho las mujeres. Unas por envidia y otras por progresismo y desdén hacia la mujer-objeto, no creo que las mujeres hayan entronizado nunca nada semejante a Marilyn. 


RANDALL. —¿Cuál de sus maridos le aportó más serenidad a la estrella?

UMBRAL. —Yo creo que fue Joe di Maggio, aquel del palo, el campeón de lo que fuese, que no sé lo que era. Y no porque crea que a las mujeres hay que darles con un palo, sino porque un deportista siempre aporta más serenidad que un intelectual. Un intelectual, como Arthur Miller, que fue otro de los grandes maridos de la estrella, siempre es peligroso, induce a leer y a pensar. Los intelectuales practican cosas subversivas, como la lectura, y suelen ser rojos, como se probó que era Miller.

RANDALL. —¿Cómo ves tú el mito de Marilyn?
UMBRAL. —Lo veo como un mito capitalista, americano, cinematográfico, industrial, alienante y convencional. Marilyn igual podría haber sido cualquier otra.

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Mis mujeres,
Francisco Umbral
Editorial Planeta. Colección Textos. Barcelona, 1976.

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PD. Como contrapunto a lo de Umbral, me vino a la cabeza Futbolistas de izquierda, de Quique Peinado.

1 de abril de 2013

Los ojos de la guerra, VV. AA.


(...) Una segunda tendencia, hoy dominante, es la aspiración del mundo entero a la democratización. La democracia se ha convertido en la solución del momento, el anhelo que todo lo domina, el modelo general. Hoy, incluso los partidos reaccionarios y chovinistas como el de Vladimir Zirinovski se llaman a sí mismos liberal-democráticos. Cuando yo viajaba por el mundo, hace veinte o treinta años, había dictaduras por doquier: dictaduras militares, dictaduras policiales, dictaduras de partido único gobernaban en América Latina, África, Asia y también en gran parte de Europa. Hoy este tipo de dictadura se ha vuelto ya extraño, una excepción, un anacronismo. Nadie aspira hoy a instaurar una dictadura semejante. Vemos y sentimos que su tiempo ha pasado. 
Pero donde la democracia se ha convertido en hecho, en forma dominante del sistema político, pronto se hace visible una importante circunstancia: la conexión entre democracia y cultura. La democracia es tanto más frágil, insuficiente y superficial cuanto más bajo es el nivel cultural de la sociedad. Un alto nivel cultural de la sociedad es condición para una democracia fuerte. Por eso, cuando alguien dice ser un defensor de la democracia, pero al mismo tiempo recorta los gastos en educación, ciencia y cultura, nos encontramos ante un absurdo que en lógica recibe el nombre de contradictio in adiecto, una contradicción en sí misma. Más aún, la ciencia y la cultura seguirán adquiriendo importancia, porque con el desarrollo general aumentará también la dependencia del hombre —y la calidad de su civilización— de la técnica, y por tanto también del estado de la ciencia y de las posibilidades intelectuales de la sociedad. Los criterios conforme a los cuales dividimos hoy a las sociedades en desarrolladas y subdesarrolladas ya no son las cantidades de acero producidas, sino el número de estudiantes y universidades.

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Fragmento extraído de «Cómo veo el mundo», de Ryszard Kapuscinski, recogido en el libro Los ojos de la guerra, cuya edición estuvo a cargo de Manuel Leguineche y Gervasio Sánchez.

PD. El artículo completo, aquí, en la revista Nexos. El original fue publicado en el n.º 54 de la revista Letra Internacional.