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13 de febrero de 2020

Presentación de «Tennessee», de Luis Gusmán


Volvemos con más literatura rioplatense de alto voltaje a la librería Juan Rulfo. Después de las visitas de los escritores uruguayos Felipe Polleri (noviembre) y Gustavo Espinosa (enero), le llega el turno al argentino Luis Gusmán, quien ya vino el año pasado por estas fechas para presentar su novela Villa. Este año repite experiencia a propósito de la publicación de Tennessee, también publicada por Ediciones Contrabando.

El acto será el jueves 20 de febrero a las 19 h (metro Moncloa) y me acompañará la guionista argentina Olivia Tykocki. Hablaremos con Gusmán, entre otras cosas, sobre el proceso creativo de Tennessee, una novela que antes fue un cuento (1990) y una película (1996), y que después siguió transformándose hasta hoy.

Además de la presentación madrileña, habrá una en Barcelona (Latapeinada, lunes 17) y otra en Valencia (Imprevisualgalería, miércoles 19). Van enlazadas.

Venid si os apetece, os interesa, tenéis hueco, etcétera, etcétera.

20 de octubre de 2019

Entrevista a Carlos Ríos / CTXT


Voy algo atrasado recuperando entrevistas y artículos que he publicado; a ver si consigo ponerme al día en las próximas semanas. El 12 de julio publiqué una entrevista con Carlos Ríos, que estuvo en marzo presentando dos libros suyos en España: Cielo ácido, publicado Lagüey, y Manigua, publicado por Ediciones Contrabando. Algo que me gustó de leer y conocer a este escritor argentino es que, como el narrador de El artista sanitario, «antes que agradar con lo que pinta, prefiere cortarse las manos». Es decir: no escribe para vender libros y conquistar mercados, sino para hacer literatura; lo importante para Ríos es que los libros vaya construyendo, poco a poco, su propia comunidad lectora. Veremos si la española da para que en un futuro nos lleguen obras como Rebelión en la ópera o Cuadernos de Prypiat, publicados ya en otros países.

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 CARLOS RÍOS / ESCRITOR Y EDITOR ARGENTINO
“¿Un libro es solo lo que tiene lomo y está en una librería?”

Carlos Ríos. Fotografía de Ana Porrúa.
Carlos Ríos se ha ganado la vida de muchas maneras. En una de ellas, tiempo atrás, formaba parte de un equipo que escribía libros didácticos para el profesorado argentino de primaria y de secundaria de la provincia de Buenos Aires. En el marco del Plan Provincial de Lectura en la Escuela, Alfaguara invitó a su equipo a la presentación del catálogo literario. Para sorpresa de Ríos, el encargado de la editorial insistía en un mismo mantra comercial fuera cual fuera el título del que hablaba: “Esta novela comunica bien”. O dicho de otro modo: se entendía todo y no presentaba dificultad estética alguna.

Lo preocupante, subraya este escritor argentino, es que aquella persona repetía el eslogan “como si fuera un valor positivo a la hora de atrapar a un lector o de que ese lector pudiese hacer una buena lectura de ese libro”. También como si ese fuera el único modelo literario posible para su empresa. Al cabo de un rato, Ríos pensó: “Yo debo de tener el casco puesto al revés”. Y, ya que estaba, se dio cuenta de que un escritor como él jamás ganaría el Premio Alfaguara. No es que le preocupara mucho, pero le hizo gracia y lo pensó.

“Para mí —explica, la literatura existe donde la comunicación empieza a romperse, donde el sentido comienza a formular algunas proposiciones inesperadas entre lo que uno escribió y lo que alguien lee. La literatura es un mecano que está desarmado, y que uno tiene que ir armando. A veces te falta una pieza, y tenés que seguir construyendo ese artefacto con esa pieza ausente. Dejar todo en manos de la comunicabilidad es casi transformar a un escritor en un publicitario. Ahí lo que se traduce es una necesidad de orden empresarial que poco o nada tiene que ver con la literatura”.


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1 de mayo de 2019

Entrevista a Luis Gusmán / CTXT

En febrero nos visitó Luis Gusmán, un escritor argentino cuya obra sigo desde hace 15 años. Gracias a los saldos de la calle Corrientes conseguí en 2004 tres novelas suyas: El corazón de junio, Tennessee y Hotel Edén. Luego, seguí con los ensayos de La ficción calculada, que también encontré en los saldos porteños. Así las cosas, una amigo me dijo que debería leer Villa, que justo se reeditaba en ese momento —2006— en la Argentina. Me gustó tanto que leí también El peletero y terminé entrevistando a Gusmán en 2007 para la revista Teína.

A partir esa entrevista, y gracias al propio Gusmán, fueron llegando otros libros suyos a mi estantería: La rueda de Virgilio, Los muertos no mienten, El frasquito, Ni muerto has perdido tu nombre, Epitafios o Hasta que te conocí. Ahora, más recientemente, Los Kafkas, La valija de Frankenstein, Esas imbéciles moscas o Literatura amotinada. En fin, con los años me he ido convirtiendo en un lector gusmaniano. Por eso mismo fue un placer participar en la presentación madrileña de su novela Villa, publicada aquí por el sello valenciano Ediciones Contrabando, y  de paso entrevistarlo para la revista CTXT.

Más abajo pongo un par de fotos de la presentación. Nos acompañaron el escritor mexicano Alejandro Espinosa Fuentes y el traductor argentino Hugo Savino.

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Luis Gusmán, escritor argentino, autor de la novela Villa

Yo me saco mis libros de encima; si los vuelvo a leer, los corrijo




Hablar con Luis Gusmán es enfrentarse a la posibilidad de que la respuesta a cualquier pregunta termine convertida en una pequeña novela. Este escritor argentino desconoce cuál es el camino recto entre la pregunta y la respuesta, y gusta de entregarse gozosamente a la digresión y el zigzagueo. No es que eluda los temas; al contrario, es un excelente conversador y la mañana de domingo pasa rápido hablando con él. De hecho, tiene un talento innato para asociar unas ideas con otras, por lo que la charla es un ir y venir por un extenso catálogo de anécdotas personales y literarias, además de una sucesión de reflexiones sobre el proceso creativo y la literatura. No es raro, por tanto, que la entrevista termine dos horas y media después con una frase que vale como metáfora de lo sucedido: “Disculpá si me fui por las ramas y no te contesté”.

Gusmán viene de presentar su novela
Villa (Ediciones Contrabando, 2019) en Barcelona, Valencia y Madrid durante la primera semana de febrero, y está algo cansado de tanto trajín. Antes de regresar a Buenos Aires, todo su afán es visitar alguna librería; quiere ver qué se ha publicado sobre Mary Shelley, comprar algunos libros sobre coleccionismo o ver si encuentra Memorias íntimas, de George Simenon. También quiere reunirse con su amigo Hugo Savino, traductor del francés y compañero en su día en la revista Sitio.

Mientras llega el café, Gusmán habla largamente sobre una novela inédita,
Dos extraños, en la que trabaja desde 2007 y que probablemente cerrará su ciclo como novelista, según declaró hace poco en la televisión argentina. Habla con tanto detalle y profundidad de la trama y de la arquitectura narrativa que parece estar trabajándola en voz alta. Interrumpirlo para preguntarle algo suena a herejía.

Ya con el café en la mano, Gusmán salta de tema y empieza a hablar sobre la importancia que le da a la figura del editor. “Yo necesito que sea mi amigo”, subraya. Tras más de 45 años publicando, asegura que sabe cuánto ganan el libro y su autor cuando encuentran al interlocutor adecuado. En su caso, además, le debe mucho a amigos como Luis Chitarroni, Salvador Gargiulo o Luis Tedesco, con quienes se reúne todos los sábados a tomar algo y conversar de literatura. De ellos, señala, es el mérito de encontrar “los errores que cometí”; pero también, bromea, el demérito de los que dejan pasar y luego encuentra él en la última revisión.


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De derecha a izquierda: Alejandro Espinosa, Hugo Savino y Luis Gusmán.

Presentación de Villa. Librería Juan Rulfo (Madrid).

19 de marzo de 2019

Entrevista a Damián Tabarovsky / CTXT

A finales de noviembre del año pasado entrevisté al escritor, editor y traductor argentino Damián Tabarovsky. Llevo desde entonces buscando un hueco para subir al blog unos párrafos de la entrevista y colocar el correspondiente enlace a CTXT. En fin, lento que es uno (o atribulada que es la vida a veces).

Como explico en la entrevista, Tabarovsky estuvo en Madrid para acompañar la presentación del libro de Andrei Tarkovski —recomendabilísimo— que ha publicado Mardulce y, de paso, hablar de su última obra, El fantasma de la vanguardia, también publicada por esta misma editorial argentina. Lo de Tarkovski fue en el Círculo de Bellas de Madrid, con la presencia del hijo de director de Solaris o Stalker. Sobre lo segundo, lo más recomendable es leer el estupendo y extenso artículo de Constantino Bértolo, «La vanguardia y el fantasma de la retagurdia». Gran parte de él lo leyó en la presentación del libro.


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Damián Tabarovsky / Editor y escritor argentino

“El poder ya entiende la lengua como una mercancía” 

 
Damián Tabarovsky. Foto de Bárbara Scotto (cedida por Mardulce).

Damián Tabarovsky tiene algo de hombre orquesta. Si bien es difícil disociar su figura del polémico y ya icónico ensayo Literatura de izquierda, publicado en 2004, la trayectoria literaria de Tabarovsky (Buenos Aires, 1967) es amplia y polifacética. A España nos han llegado cuatro de sus novelas: La expectativa (2006), Autobiografía médica (2007), Una belleza vulgar (2011) y El amo bueno (2016). También tenemos noticias de sus artículos en el diario Perfil o de sus traducciones de Jean Echenoz, Jules Supervielle y Gustave Flaubert. Y, sobre todo, lo conocemos por Mardulce, una pequeña editorial independiente argentina que dirige desde 2011 y de cuyo catálogo emergieron escritoras como Selva Almada y Ariana Harwicz.

A finales de octubre, Tabarovsky pasó por España para apoyar la presentación de Narraciones para cine. Guiones literarios, de Andrei Tarkovski, un libro destinado a convertirse en una de las grandes referencias del catálogo de Mardulce. También para hablar de su último libro, El fantasma de la vanguardia (Mardulce, 2018), que reúne siete artículos sobre asuntos como el fenómeno de la edición independiente en Argentina, la lengua como producto de los combates ideológicos o la puesta al día de la discusión estética recogida en Literatura de izquierda. De todo ello conversó con CTXT.

Empecemos por algo lateral. La música suele estar presente en sus libros; en el anterior, por ejemplo, hablaba de Charlie Parker o de PJ Harvey. Sin embargo, en El fantasma de la vanguardia no hay referencias musicales.
No lo había pensado. Sí, puede ser, pero no fue a propósito: siempre está dando vueltas por ahí la música, en segundo plano. ¿No hay una frase de Adorno sobre Beethoven?

No lo recuerdo.
Hay una frase de Adorno sobre el último Beethoven que tengo siempre presente y que uso en todos lados. Está en un texto de juventud de Adorno sobre el Beethoven que va a influenciar luego a las vanguardias —la Escuela de Viena, Schönberg, etcétera—, el Beethoven de las bagatelas para piano y de los conciertos de violín y orquesta, que es bastante diferente al resto de su obra. Adorno dice que Beethoven tiene “un conocimiento íntimo de los materiales expresivos”. Eso es algo que me interesa pensar, en mi caso, con la lengua; y es algo que le exijo a los escritores y a los artistas. Y esa es la idea que yo tengo, por ejemplo, cuando hablo en el último artículo del libro sobre Victor Klemperer: el conocimiento íntimo de la lengua no consiste en aplicar el diccionario, en ser lingüista en el sentido normativo, sino en entender cómo opera el poder en la lengua. 

3 de febrero de 2019

Presentación de la novela «Villa», de Luis Gusmán



¡Os esperamos!

27 de abril de 2017

Amores enanos, Federico Jeanmaire

El absurdo es la manera que encuentra el arte para mostrarnos el mundo desde lugares imposibles o escondidos. Me gusta como herramienta. Sobre todo por la posibilidad que tiene el lector de significar por sí­ mismo, sin la tutela del autor. Más trabajo, pero también más libertad para apropiarse de la novela. Me gusta esa literatura, no la que da todo servido para ser consumida.
Esas palabras de Federico Jeanmaire en una entrevista con la agencia Télam resumen cabalmente el espíritu cervantino que envuelve su literatura. Dicho así, a lo bruto, las novelas son ingenios construidos con palabras que significan aquello que el industrioso lector o la no menos industriosa lectora quieran que signifique. Al menos en parte, claro. En cualquier caso, así, la lectura del libro se convierte en plural, en colectiva. En un intento, como diría el gran Milagros León, narrador de Amores enanos (Anagrama, 2016), de ser uno y los demás al mismo tiempo.

A alguien le podría sonar inquietante algo así... Sin embargo, como señala el propio Milagros, «la gente ve solo aquello que quiere ver» y «solo encuentra aquello que está predispuesta a encontrar»; por tanto, parece sugerir Jeanmaire, ¿por qué oponerse a ese ejercicio de libertad lectora? Es más: ¿por qué no aprovecharse de él y potenciarlo en lo posible? Visto así, el libro funciona como una suerte de espejo mágico al que, como la madrastra de Blancanieves, le preguntamos lo que de un modo u otro pretendemos ver. Y, como el personaje del cuento de los hermanos Grimm —a quienes Jeanmaire dedica esta novela—, cada quien se empeña en encontrar aquello que le obsesiona.

En su novela anterior, Tacos altos (Anagrama, 2016), este escritor argentino nos contaba algo parecido: leemos la realidad encerrados en nuestro mundo de ideas. Es más: gozosos presos como nos sentimos de él, nos cuesta infinitamente dialogar con los demás, quienes también suelen andar encerrados a cal y canto en su no menos gozoso mundo de ideas (otras ideas, claro, diferentes de las nuestras). Ni unos ni otros mostramos excesiva predisposición a abrir esas cárceles mentales, y pensarnos así desde la perspectiva ajena. Esa es la clave de la incomunicación, uno de los temas recurrentes en la obra de este narrador con casi una veintena de novelas a su espalda. Una incomunicación, todo sea dicho, que tiene mucho de incomprensión construida sobre el exceso de certezas (y la consiguiente falta de perplejidad).

Jeanmaire asume que el autor no tiene mucho control sobre la significación del texto una vez que el libro es libro. De hecho, considera que el control está en manos de ese desocupado y benevolente lector que Cervantes imaginó en su prólogo para el Quijote y al que, literalmente, le dijo: «... y, así, puedes decir de la historia todo aquello que te pareciere, sin temor que te calumnien por el mal ni te premien por el bien que dijeres de ella». Por tanto, ante la disyuntiva de si abrir o cerrar el significado de lo narrado, Jeanmaire opta por lo primero, es decir, por componer un texto que sea favorable a la polisemia, a que el lector pueda aplicar su imaginación y completarlo como mejor le parezca. Por utilizar la metáfora de Tacos altos, el texto es un «cerezo pelado» y el lector es quien se encarga de «que comience la primavera».

Contra la seriedad y a favor del Quijote

Además, hay una posible segunda razón para abrir significados: Jeanmaire no se lleva bien con la autoridad. Tampoco con la seriedad. Son dos cosas que están, por completo, fuera de su temperamento novelesco. Jeanmaire reniega de la llamada literatura seria y, en general, diría yo, de cualquier escritura o persona que se tome demasiado en serio a sí misma. Él responde más bien a la figura de esos niños grandes que encuentran en la literatura un espacio lúdico donde jugar con la lengua. En su caso, eso significa cumplir con el mayor celo posible el mandato cervantino de evitar al lector la «innumerabilidad y catálogo de los acostumbrados» procedimientos narrativos con que tantos libros suelen componerse.

También significa un compromiso con la duda: prefiere narrar desde la perplejidad y evitar la postura del autor que sabe, y dejar así que sea el lector quien tome partido y se coloque en una posición de certidumbre. Jeanmaire prefiere otorgarse toda la libertad a la hora de construir una lengua literaria inspirada en el registro coloquial que constreñirse a programas cerrados de antemano o a la obligación de decir algo importante, sesudo, trascendente. O, como explica en esta entrevista para La Nación, el suyo es el taller literario que nos legó ese monstruo del juego, el humor y el lenguaje llamado Cervantes:
—¿No te parece que la literatura del siglo XIX y del siglo XX "atrasa" respecto, por lo menos, de la segunda parte del Quijote?
—Por supuesto. Yo creo que el siglo XX se llenó de ideología, de política. Aparecieron libros muy unívocos. Libros que si leemos los dos, no podemos discutir de nada porque vamos a pensar lo mismo, que es lo que pensaba el autor. A mí me gusta una literatura mucho más pegada al Quijote. Una literatura en la cual dos de mis lectores se puedan pelear entre sí. A mí no me gusta Saramago, por ejemplo, porque todo lo que él piensa está escrito. Yo prefiero libros en los que tengo que significar, que trabajar. Yo quisiera estar más cerca del Quijote que de Saramago.
Entendida así, la relación del lector con la novela es metáfora del interminable y quimérico diálogo entre Quijote y Sancho; un diálogo que, según Jeanmaire, Cervantes construye «a partir de sus respectivos monólogos». (Esto está contado con amplitud y tino en Una lectura del Quijote [Seix Barral, 2004], brillante guía de lectura cervantina donde las haya y libro útil y divertido como pocos para cualquier practicante de la ahora llamada escritura creativa).

O dicho de otro modo: Quijote y Sancho observan la misma realidad, pero cada quien ve lo que quiere ver, entre otras razones, porque se escuchan más a sí mismos que al otro. De ahí que uno vea gigantes donde otro solo aprecia molinos (o que Sancho crea haber volado a lomos de Clavileño mientras que don Quijote no lo tenga tan claro...). Ese ardid del diálogo como monólogos complementarios le permite a Cervantes «construir diálogos absolutamente espontáneos, frescos» y donde jamás podemos imaginar lo que Sancho le contestará a don Quijote y viceversa. Bien mirado, ese diálogo fresco y espontáneo es el que busca Jeanmaire con sus lectores a través de sus novelas.

De cárceles y autoridades

En Amores enanos, Milagros León no se lleva bien con la autoridad, es decir, con la seriedad. De hecho, se las ve y se las desea para responder con la concisión debida a «las autoridades», quienes lo han encarcelado y le han pedido que relate su implicación en un incidente sucedido en el barrio privado de enanos que su amigo Perico y él han fundado. Milagros es muy consciente de la gravedad de su situación y de la importancia de su testimonio, y así se lo transmite al lector: «... estos papeles, me lo ha asegurado mi abogado, serán leídos por autoridades que ejercen un gran poder sobre los usos y las costumbres de la sociedad toda». Salir o permanecer en la cárcel depende de ese texto.

Milagros no lo dice explícitamente, pero nos da a entender que las autoridades le exigen o esperan de él que vaya al grano, que evite cualquier reflexión personal y que se ciña a la estricta realidad de los hechos. También que adopte un lenguaje aséptico, que solo aporte detalles relevantes para entender lo sucedido o que organice su relato de una manera estándar, esto es, previsible. Ya se sabe: las convenciones narrativas, en particular las policiales o judiciales —tan férreas ellas—, están para ser cumplidas.

Sin embargo, Milagros no hace sino empezar una y otra vez su relato, irse por las ramas, «comenzar por los costados de la idea y no por la idea en sí», entretenerse en cuestiones menores, jugar con las palabras... Es decir: en vez de escribir una exposición de motivos al uso —dirigida a intentar salir de la cárcel—, se dedica, entre otras cosas, a «reflexionar acerca» de sus «modos de recordar» o a relatarnos cuánto sufre por que esos modos no se ajustan a lo que esperan las autoridades de él. De algún manera, terminamos por comprender que su anomalía física tiene también mucho de narrativa.

Así, en la página 50, Milagros dice «necesitar otro comienzo»; un poco más adelante, que necesita avanzar o no terminará «nunca de contar aquello que las autoridades» le pidieron que cuente; y, en la página 162, a falta de veinte para terminar la novela, sin pudor alguno, afirma: «Y voy al grano de una buena vez».

En fin, cada quien tiene su manera de hacerle saber sus ideas a los demás, de poner en liza sus claves de representación de la realidad y, en definitiva, de narrar. La de Milagros León tiene mucho que ver con salirse del cauce de lo previsible y cotidiano, y dejar que una idea se vaya concretando en otra, así hasta que el texto se convierte en una catarata de historias, a cada cual más disparatada que la anterior. De ahí que en Amores enanos resulte tan verosímil leer sobre enanos que se ganan la vida trabajando como estrípers y deciden construir un barrio privado para gente de su estatura como asistir a la votación sobre si ese barrio debe reconvertirse en un parque temático de enanos gauchos o en uno de superhéroes. La catarata cervantina todo lo puede.

Cada lector, sostiene Jeanmaire, ve lo que quiere ver en sus novelas... En mi caso, entre otras muchas cosas, veo un calculado juego de fondo y forma que esconde una metáfora sobre el estado de la literatura actual, tan presa ella de las modas y las convenciones que fijan esas autoridades llamadas mercado, academia y crítica, y que tienen a tanto escritor y escritora dispuestos a someterse a ellas con tal de prosperar. En consecuencia, veo también en Amores enanos la reafirmación de una trayectoria literaria de más de treinta años y, por ende, la reivindicación de una manera genuina y personal de hacer literatura. Una forma que, pese a su raigambre cervantina y a contar con una enorme y fecunda tradición literaria —Javier Tomeo, Fernando Iwasaki, Antonio Orejudo, Bryce Echenique...—, hoy es tan minoritaria y poco comprendida como la comunidad de enanos de esta novela.


P.D.: enlazo un par de entrevistas que publiqué en su día con Federico Jeanmaire:
También reseñé hace algún tiempo Tacos altos. A quienes quieran conocer mejor el argumento de Amores enanos, les recomiendo que lean la contratapa del libro en la web de la editorial. No hay mucho más que contar.

24 de julio de 2016

Villa, Luis Gusmán


Villa (Edhasa, 2006), de Luis Gusmán, es una de las grandes novelas sobre la última dictadura argentina. Para algunas personas que conozco es probablemente la mejor; sin embargo, comedido de mí, yo no puedo afirmar tanto, pues no he leído tanto material sobre ese periodo. Entre lo que sí he leído, destacaría la estupenda y con trasfondo futbolero Dos veces junio, de Martín Kohan; la irregular pero interesante —toca el asunto del machismo— 77, de Guillermo Saccomanno; o la críptica, formalista y setentera El frasquito, del propio Gusmán. En cualquier caso, lo que puedo garantizar es que Villa es un novelón.

Un novelón que, a pesar de llevar por título el nombre de un famoso exdelantero centro de nuestra selección nacional, juraría que sigue sin publicarse/distribuirse en España. Quiero decir: ni con la mercadotecnia a favor llegan a este país ciertos libros... Qué se le va a hacer.

Y hablo de mercadotecnia, pues los méritos literarios saltarán a la vista para cualquier buen lector que se adentre en las páginas de este libro. Villa es intensa y trepidante —como gustan decir las agencias de publicidad literaria—, de hechuras clásicas y escrita bajo el influjo benefactor de ese maestro del arte de contar bien una historia que era Graham Green. De hecho, debe de ser una de las pocas novelas de personaje que, junto a las de Roberto Artl, ha logrado sobresalir en la siempre vanguardista literatura argentina. Todo en esta novela —desde los diálogos fulgurantes a las pinceladas líricas— contribuye a convertir a su protagonista, el funcionario médico Villa, en un digno representante de lo mediocres que podemos llegar a ser los seres humanos en determinados contextos violentos.


Seguridad y estabilidad como proyecto vital

Villa es, como el propio narrador dice, «un punto de vista». ¿Cuál? El de un tipo gris que nunca tiene opinión propia sobre nada y que siempre necesita de alguien cerca —un jefe, una esposa, el entorno, el azar, algo— que decida por él en esos instantes cruciales en los que, como suele decirse, se define una vida. La tragedia de alguien como Villa es que le tocó vivir como adulto una época muy convulsa y sangrienta de la Argentina; la que abarca —en la novela; en la realidad va más allá— aproximadamente desde mediados de los 60 hasta finales de los 70.

Villa empieza de chico de los recados en su barrio y, por azares de la vida, termina entrando a trabajar de algo parecido en el área de Bienestar Social del Ministerio de Salud. Entra en la época del Gobierno radical, es decir, en democracia y mientras la situación es relativamente tranquila. Dentro del ministerio tiene por jefe al doctor Firpo, quien además desempeña el papel de mentor. Gracias a esa relación, Villa progresa, encuentra estabilidad vital; es más: si bien carece de vocación, acepta el consejo de Firpo de estudiar la carrera de Medicina. Villa es un tipo que solo aspira a sentir que «el mundo es un lugar seguro»,  así que el destino de opaco funcionario ministerial le parece perfecto.

Y todo le va relativamente bien... Es más: hasta conoce a una enfermera, Estela Sayago, con quien empieza por olvidar un amor anterior y termina casándose. Sin embargo, la tumultuosa historia argentina iba a llevarse por delante todos sus sueños de estabilidad: el general Onganía derrocó al presidente Arturo Umberto Illia, luego vino Perón —y su llegada a Ezeiza—, a continuación Isabelita y el brujo López Guerra, la Triple A y el estallido guerrillero, y así hasta llegar a la dictadura de Videla (perdóneme el público lector argentino las imprecisiones...). Para desgracia de Villa, digo, la Argentina dejó de ser un país seguro.


Ante la tormenta: ¿dejarse arrastrar o no?

Villa se caracteriza a lo largo de la novela por ser un tipo servil, mojigato, conservador. Por esa razón, precisa que las jerarquías estén claras en todo momento, que el juego de lealtades sea nítido, que las piezas estén bien colocadas en el tablero social y que alguien le diga siempre dónde debe estar un peón como él. Como sucedía en el ministerio con el doctor Firpo, su jefe y mentor: él mandaba y Villa obedecía sin cuestionar nada, pues el mundo era así... Y así, al chico de los recados, por mucho título de Medicina que hubiera obtenido, el mundo le parecía un lugar seguro.

De ahí que, cuando se producen cambios en las esferas de poder del ministerio, Villa entre en pánico. Ahora bien: su miedo no procede de que el ministerio aparezca relacionado con las torturas y las desapariciones de personas, y tampoco con que la democracia se esté transformando en una dictadura... No, nada de eso. El drama de Villa es que Firpo —su mentor, su guía espiritual— ha caído en desgracia y es un cadáver político, algo que no puede comprender; para él, de algún modo, Firpo representa la Verdad. Asumir esa situación lo pone en una coyuntura muy estresante: teme equivocarse a la hora de elegir bando entre quienes se disputan el poder del ministerio. Y eso le lleva a discusiones con su esposa, quien tiene sus preferencias y objetivos. También otras expectativas respecto de él.

Lo fascinante de la novela es que a Villa no le interesa la política; al contrario, solo intenta estar perfecto en su papel de hombre gris, que no sobresale, que no tiene opiniones propias. Su punto de vista es, paradójicamente, no tener punto de vista. La política es algo que hacen otros que están por encima de él y a quién debe lealtad, pues de ellos depende su sustento.

Por desgracia, precisamente eso convierte a este personaje en una imagen imborrable de lo peligros asociados a la desideologización, entre ellos la amoralidad. Con los militares en el poder, Villa ve cómo su estrategia de supervivencia se vuelve contra él: la obsecuencia que antes lo hizo medrar ahora lo obliga a poner sus conocimientos médicos y burocráticos al servicio de la dictadura. Así, de un día para otro, sin rechistar, acepta que entre sus tareas de funcionario médico ministerial también está la de reanimar a los guerrilleros con quienes los torturadores se han pasado de frenada. Villa está allí para hacer el trabajo sucio que le encomienden, no para preguntarse si está bien o mal lo que allí está pasando. Tampoco para preguntarse si, gracias a personas como él, la dictadura prospera, se legitima y arraiga.

Lo incómodo de Villa es su incapacidad para reaccionar, su falta de sentido crítico, su falta de sueños en algún color que no sea el gris plomo. Lo alucinante es que apoya la dictadura sin estar —explícitamente— a favor ni en contra de ella; la apoya, por así decirlo, por omisión. Por todo ello, Villa es la metáfora de quien intenta «escapar de los acontecimientos que lo envuelven», por históricos que sean, y termina descubriendo que no es más «una hoja en una tormenta, una hoja arrastrada por el viento». Villa es sinónimo de mediocridad

El valor del cuerpo y del amor

Esa mediocridad de Villa se ve, por ejemplo, con toda claridad en su elección de pareja. Antes de casarse con Estela Sayago, que vio en él un médico con aspiraciones profesionales y un futuro exitoso antes que cualquier otra cosa, en la vida de Villa hubo al menos una mujer que lo marcó. Conforme avanza la novela, nos enteramos de que era muy linda, resuelta, vinculada a una revista de poesía política y que más adelante devendría en militante del Partido Comunista, y de ahí en guerrillera montonera. En un principio, Villa rompió con ella por celos, porque era incapaz de que una mujer tan guapa y tan libre hiciera su vida. Después también nos enteramos de que a Villa, además, le asustaba que ella tuviera ideas políticas.

Quiero decir: el tamaño de la infelicidad de Villa es proporcional al miedo con que toma sus decisiones. Los vasos comunicantes entre su vida personal y laboral son terribles. Él es quien elige ser tan gris en el amor como en el trabajo (consumirse en vez de arder, que diría alguien).

El otro detalle que me fascina de esta novela es una imagen relativa al cuerpo. Al poco de comenzar la narración, escuchamos al doctor Firpo referir que él ha sido médico de Charles De Gaulle o del Sha de Persia cuando estos visitaron la Argentina. En ese pasaje, Firpo le explica a Villa de manera minuciosa que el Sha enfermó de un cólico y que, cuando fue a ponerle una inyección, su séquito se abalanzó sobre él y le tiró la jeringuilla al suelo. ¿Por qué? Porque el cuerpo del Sha era sagrado; era el cuerpo de un príncipe. Alguien como él, aunque fuera su médico personal durante el viaje, no podía tocarlo.

Con eso en mente, hacia la mitad de la novela, el texto empieza a oler a carne quemada, excrementos y orina a causa de las torturas. Así, la primera misión de Villa consiste en atender a un policía herido en una refriega con los guerrilleros; la segunda es ya reanimar a un guerrillero al que habían torturado; y la tercera, lo mismo, pero con una guerrillera. En particular en este último caso, Gusmán detiene la narración y vemos el cuerpo de una mujer golpeada y picaneada hasta dejarla al borde de la muerte. A diferencia de Firpo con el Sha de Persia, aquí los torturadores Mujica y Cummins esperan la acción sanadora de Villa para prolongar un rato más la agonía de la guerrillera.

Y eso es algo que también cuenta esta grandísima novela de una manera nítida y vehemente: hay cuerpos que son sagrados y cuerpos que pueden ser profanados y violados sin piedad... Y las dictaduras lo hacen en complicidad de jueces, policías, médicos y una parte de la sociedad civil que, como Villa, colaboran aunque sea por omisión. Conviene recordarlo porque, como vemos en los medios cada tanto, las cloacas del Estado siguen funcionando.

*

P.D.: en 2008 publiqué una larga entrevista a Luis Gusmán en la revista Teína. Allí él cuenta algunos detalles más sobre Villa, Graham Green y sus búsquedas literarias.

P.D.: aquí puede consultarse una interesante cronología de dilatada carrera literaria; entre sus obras, recomendaría El Peletero (Edhasa, 2007), La rueda de Virgilio (Edhasa, reed. 2009) o Tennesse, una deliciosa novela de 1997 que Club 5 ha reeditado este año y que tuvo en 2015 su continuación en el vertiginoso policial Hasta que te conocí.

27 de marzo de 2016

Tacos altos, Federico Jeanmaire

Lin Su Nuam escribe en español desde la fea plaza china de Suzhou para no olvidar ese bello idioma que aprendió durante los 10 años —dos tercios de su vida— que vivió en la Argentina. También lo hace para recordar quién era ella entonces, cuando se pasaba las horas mirando la fea plaza de Glew, partido de Almirante Brown, en eso que suele llamarse el conurbano o Gran Buenos Aires. O dicho de otro modo: en esa Argentina profunda de la que solo nos hablan los diarios cuando ocurren desgracias.

En la plaza de Suzhou, esta joven de 15 años hace compañía a su abuelo, un comerciante que vende ranas y otros bichos comestibles. Hasta hace 3 meses, esa misma adolescente solía hacer algo parecido en la plaza de Glew mientras acompañaba a su padre, propietario del supermercado La Plaza, un tipo tan responsable y trabajador que incluso dormía en la tienda por aquello de cuidar mejor del negocio familiar.

Sin embargo, un buen día de diciembre de 2013, el supermercado fue asaltado por un grupo de unos 50 vándalos, algunos de ellos vecinos y conocidos de Su Nuam. El asalto terminó en incendio, y el incendio con la muerte de su padre, y la muerte de su padre con el regreso de ella y de su madre a China. Y todo, pese a llevar 10 años tratando de abrirse un hueco en el país, de arraigarse, de vivir como una familia más del pueblo.

Su Nuam llevaba tanto tiempo en Glew que iba camino de sentirse y de querer ser más argentina que china. De hecho, había occidentalizado su nombre y lo normal es que la llamaran Sonia, Sonia Lin. Ahora bien, cuando muere o asesinan —depende de qué versión uno lea— a su padre, todo queda congelado y un poco roto en su vida. Incluida su identidad. Incluido ese momento algo mágico y efervescente que deberían haber sido sus 15 años.

De repente, algo se quiebra hasta en su lenguaje y, pese a que habla y escribe bien en español, se siente incapaz de aprender a utilizar con propiedad los tiempos verbales, en particular los de pasado y los de futuro. Tampoco existe para ella el subjuntivo. Ante la duda, Su Nuam siempre escribe en presente, en un presente que la ayuda a plantarse de «una manera menos dañina» frente al pasado y vislumbrar que acaso haya futuro, un futuro que imagina lejano, que ni siquiera sabe conjugar. Ella se aferra a escribir en un presente que, por arte de la incorrección gramatical, le permite corregir la realidad y construir frases donde su padre aún está vivo.

A los 3 meses de su regreso a China, Su Nuam toma la primera decisión relevante de su vida: buscar trabajo. Para ello, echa currículums ponderando su dominio del español, y una empresa la contrata como traductora para una negociación sobre un gaseoducto que debe acometer en Buenos Aires con el ministro de Industria argentino. Esa negociación la obligará a enfrentarse con algo impensable hasta ese momento: regresar, acompañada de su abuelo paterno a Glew, y revivir sobre el terreno lo sucedido con su padre. Tras el viaje, como suele suceder en estos casos, volverá siendo otra persona.

Identidad y tiempos verbales
 
Uno de los temas centrales que plantea Tacos altos (Anagrama, 2016), de Federico Jeanmaire, es el de la identidad. O dicho de otro modo: el eterno dilema de las esencias, de la pureza. Ya en la primera página, Su Nuam se pregunta si está ante el momento «en el que cada hombre o cada mujer descubren quiénes son». Ahí está el detonador que la hace escribir apoyando el papel sobre el revés de una palangana ante el comercio de su abuelo. La inesperada irrupción de la fealdad del mundo, a través de la muerte de su padre y el consiguiente regreso a China, la obligan a abandonar su etapa de adolescente sin grandes preocupaciones. La escritura funcionará como el puente entre ese momento vital y el siguiente.

A lo largo de la novela, Su Nuam tratará de averiguar qué clase de híbrido es ella. O dicho de otro modo: si ella es más china o argentina; si su manera de reaccionar cuando deba tomar grandes decisiones será la conservadora y algo cobarde de su madre o la orgullosa y algo temeraria de su padre; si los abuelos —tan queridos—, los genes —tan desconocidos— o los diez años de cultura argentina que absorbió mueven en alguna dirección la borrosa frontera que divide lo chino y lo argentino en su cabeza. En definitiva, ¿es obligatorio enraizarse —arraigarse— en una sola identidad o se puede adoptar una u otra en función de las circunstancias (de dónde se esté, con quién se esté, etc.)? La pregunta es fácil de formular; la respuesta, algo más resbaladiza de encontrar.
  
Al respecto, hay al menos un par de detalles relevantes en la novela. El primero tiene que ver con los tiempos verbales en español. Si bien Su Nuam respeta las enseñanzas de que la fuera su profesora y sabe que debería esforzarse más por dominarlos, ella está convencida de su inutilidad. Es más: se lo toma como algo muy personal y hace campaña contra ellos:
Resulta evidente que no le permiten a la gente comunicarse más o mejor que la ausencia de esos mismos tiempos verbales. Ni respetarse más. Ni tampoco amarse más o mejor. Y si no sirven para eso, ¿para qué sirven? Imagino que los hombres y las mujeres, en el pasado remoto, inventan la lengua para conversar o para ayudarse entre sí o para decir todo aquello que no pueden decir sin hablar. O para acompañarse, para no estar tan solos. No creo, señora profesora, que los hombres y las mujeres en el pasado remoto del mundo inventen la lengua para matarse los unos a los otros, eso lo pueden hacer desde antes, desde siempre, sin necesidad de conversar.

Entonces.

No me importan los tiempos verbales, señora profesora. No sirven para nada. Matan igual que su ausencia. Exactamente igual.

A la vista de la reflexión de Su Nuam, podemos buscar una caja de resonancia más amplia y llevar su inquina con los tiempos verbales de lo identitario a lo social. Así, podríamos hacernos esa misma pregunta, algo china y algo argentina, como integrantes de la comunidad donde estamos insertados: ¿sirve de algo dominar —cultivar— una lengua si luego todo lo resolvemos a los tiros, con dinero o mediante la violencia, sin necesidad de conversación alguna? Es más, reformulada esa pregunta en clave literaria, podría desembocar en esta otra: ¿queda algún reducto donde puedan sobrevivir los artesanos del lenguaje?


Una madurez amarga

El otro gran tema de esta novela es la maduración. Al respecto, Su Nuam nos deja al menos tres reflexiones de distinto calado. La primera es que ingresar en el mundo adulto significa correr el riesgo de convertirse en alguien que se encierra poco a poco en sus convicciones, en su visión del mundo, hasta quedar aislado del todo y no encontrar el camino de vuelta para relacionarse con los demás. De algún modo, eso es lo que escenifica y sugiere ver a un grupo de vándalos frente a una tienda donde el dueño se atrinchera tras la verja con una pistola para defenderla, convencido de que su plan de defensa es perfecto. He ahí una metáfora perfecta de la incomunicación (una incomunicación muy masculina, por cierto).

La segunda es que madurar implica aceptar que muchas veces nos estamos, como suele decirse, a la altura de las circunstancias, esto es, madurar implica ser autocríticos. O dicho en términos de Su Nuam: depende de nosotros que los sitios o las cosas que nos rodean sean bellas, y sin embargo resulta descorazonador ver cómo nos entregamos con inusitado entusiasmo a la desidia y a la falta de ganas por transformar la fealdad que nos rodea en belleza (ejemplo: lo que está sucediendo con los refugiados en Idomeni). Con algo de aroma a sabiduría oriental, Tacos altos nos recuerda aquello de que toda acción que ejercemos sobre el mundo lo embellece o lo afea, y que por tanto la cuestión es si nos damos cuenta de ello. De si elegimos la desidia o la autocrítica. De si sabemos de qué hablamos cuando hablamos de madurar.

Por último, a través de Su Nuam vemos que los aprendizajes también pueden ser muy oscuros. De hecho, el proceso de transformación de esta joven está signado por algo que le enseña su padre y que ella, al principio, no entiende del todo bien: «... el aprendizaje de la vida se parece mucho al esforzado aprendizaje de las maldades humanas». He ahí una idea ante la que cualquier mente biempensante reaccionará con disgusto: ¿no era la contrario, aprender lo excelso, lo excelente que hay en el ser humano? Es más: ¿no vivimos inmersos en el discurso de la excelencia?

Y, sin embargo, ese es el mensaje que nos trae la dulce y esforzada escritora Su Nuam: si el ser humano demuestra a diario que es la especie más salvaje de todas —ahí están los periódicos para corroborarlo—, acaso solo nos quede ya un camino para sobrevivir dentro de ella: ser la peor versión de nosotros mismos, pues así, por paradójico que suene, es más probable que nos convirtamos en seres superiores y sobrevivamos. Es más: hasta puede que sepamos cómo arreglar por nuestra cuenta aquellas injusticias que ni las instituciones ni la sociedad reparan por nosotros.

Uno imagina a Su Nuam como en la bella foto de la portada de la novela: sensible, buena persona, inteligente. Es decir: como una metáfora de la potencialidad que anida en la juventud, una potencialidad que (casi) siempre pensamos en positivo. Sin embargo, tras cerrar Tacos altos y asistir a la segunda gran decisión adulta que toma Su Nuam —revelarla ahora sería estropearle a alguien la lectura—, uno se va del libro con la sensación de que el mundo es puro desorden, la existencia un caos y que los adultos nos obstinamos en enseñarle lo peor de nosotros mismos a los adolescentes, herederos de lo bueno o malo que estamos sembrando aquí y ahora. Se ve que nos encanta la fealdad. O al menos esa otra forma de la fealdad que es la mera apariencia de belleza. Una desgracia de la que la escritura no nos  salva y de la que, como Su Nuam, conviene aprender a protegerse.

                                                                                   *

P.D.:  Anteriormente, publiqué en el blog esta entrevista con Federico Jeanmaire. Y, por alguna razón difícil de explicar, este libro me hizo pensar en la locura del tipo que agarra su rifle y se va al techo de la casa a pegar tiros en la canción «Mi próximo movimiento», de Él Mató a un Policía Motorizado.

13 de marzo de 2016

Federico Jeanmaire, autor de «La patria»

«POR SUERTE, HOY PIENSO CON LA INGENUIDAD 

DE HACE VEINTE AÑOS: QUIERO SER ESCRITOR»


foto de Silvia Baigorrí

[Esta entrevista es de 2006, a raíz de la novela La patria. Lo que sigue son unos cuántos párrafos, escritos en pleno 2016, donde contextualizo la susodicha entrevista y relato algunas batallitas asociadas a ella. Si alguien quiere leer solo la entrevista, deslícese nomás hacia abajo en la pantalla. No lo tomaré como algo personal...]



                                                                                     *

Tras 26 años lejos del panorama literario español, el escritor argentino Federico Jeanmaire vuelve por partida doble en 2016. La editorial Anagrama acaba de publicar
Tacos altos y en abril reeditará Miguel, una autobiografía apócrifa de Cervantes escrita en español del siglo XVII con la que Jeanmaire fue finalista del Premio Herralde en 1990. Aprovechando que ha venido a presentar sus novelas en Barcelona y en Madrid, nos encontramos para charlar y ponernos al día. A modo de advertencia, le aclaro al hipotético público lector que el señor Jeanmaire y yo somos amigos desde hace muchos años... Lo digo por aquello de la objetividad y demás martingalas.

También vaya por delante que le profeso una grandísima admiración como escritor. De hecho, he leído más de una decena de libros suyos y he publicado hasta la fecha 3 entrevistas con él (de las que se dan cuenta en este preámbulo, por cierto, y todas mientras un servidor vivía en Buenos Aires). La primera fue para la revista Ñ, el suplemento cultural del diario Clarín, allá por 2005. Yo conocía a Jeanmaire de haberme leído varias novelas suyas que había comprado en los saldos de la avenida Corrientes. Empecé por comprar al azar La virgen peronista, y me gustó tanto que terminé peregrinando con cierta frecuencia a Corrientes hasta reunir Los zumitas, Mitre, Montevideo y Prólogo anotado.

Todas las novelas, salvo
Prólogo anotado, las había publicado Norma. En esa misma editorial, según fui descubriendo viaje tras viaje a Corrientes, habían publicado Luis Gusmán o Martín Caparrós, compañeros de generación de Jeanmaire, y cuyos libros también estaban en los saldos a precios irrisorios... En aquel momento desconocía las algo escabrosas razones de un fenómeno tan singular; me limité a quedarme extasiado, pobre como era, por encontrar sitios donde podía comprarme libros tan buenos como Hotel Edén y En el corazón de junio, de Gusmán, o La guerra moderna, de Caparrós, por unos pocos pesos. De hecho, juraría que mi eterno deslumbramiento con la avenida Corrientes —no siempre tan generosa en calidad como en esa época poscorralito— estuvo asociado a aquellos primeros hallazgos.

A lo que iba antes de la última digresión correntina: con esas cinco lecturas de Jeanmaire en la cabeza, más un par que tuve que sumar rápidamente —Países bajos y Una lectura del Quijote—, me fui a entrevistarlo por primera vez. Jeanmaire me recibió en su casa —por entonces vivía en Congreso— y nos pasamos unas 5 horas conversando. En vez de darme una patada en el culo por importunarlo tanto tiempo un viernes por la tarde, él iba cebando mate y, mientras veíamos cómo garuaba tras la ventana, hablábamos y hablábamos sobre su literatura (o sobre la literatura en general, qué sé yo). Aquella primera entrevista, germen de nuestra amistad, apareció en formato breve y con el título de «Escribir es un trabajo con la historia» (mi original decía otra cosa: «Escribir es un trabajo con la lengua y su tradición de escritores», pero intuyo que la editora, mi admirada y pacientísima —conmigo— Flavia Costa, lo reescribió por razones de espacio). 

Más adelante, y con más horas de charla literaria, aquella primera entrevista se convirtió en esta otra —bastante larga y libérrima— que publiqué en la revista Teína: «Me gustaría que el lector leyese mis novelas con la misma libertad con que yo las escribo». Como por aquel entonces yo no conocía el peligro ni la vergüenza, intenté copiar el estilo de Jeanmaire y reproducirlo... Él, ingenioso e hidalgo como ninguno, nunca me criticó por aquella afrenta; más bien, lo contrario: me sugirió que hiciera así todas las entrevistas. Supongo que sabía que aquello era imposible: no son tantos los escritores y escritoras que, como él, trabajan de manera tan intensa en la construcción de una lengua en su novelas.

La tercera entrevista —causa de esta entrada y de este preámbulo— fue para la revista APM, una publicación del gremio farmacéutico, si mal no recuerdo. Lo que sí recuerdo es que allí me publicaban artículos relacionados con la cultura y que esa publicación guardaba relación con otra, Sidus, auspiciada por el viagra argentino —sidenafil—, donde yo colaboraba escribiendo artículos sobre actores y actrices porno (lo cual juraría que explica, todo sea dicho, la presencia de algunas palabras lujuriosas, como eyaculación, en la entrevista...). Como iba diciendo: aquellos eran tiempos en que, con tal de sobrevivir escribiendo, lo mismo me ponía el traje de negro para perpetrar un libro de encargo que editaba artículos sobre psicoanálisis o narraba un partido de fútbol entre Argentina y Nigeria para los empleados de un banco... Todo por no robar, que decía aquel (y, de paso, por formarme como escritor).

Pues bien, charlando esta semana con Jeanmaire, salió a colación aquella entrevista para
APM. De repente, me di cuenta de que no sabía qué había sido de ella; tan solo recordaba que la habíamos hecho en el museo Malba. Así que me puse a buscarla en el disco duro y, por fin, la he encontrado. Para que no se me vuelva a extraviar, la rescato en el blog. Además, según él, de las tres que le hice, esta «es la más linda». Calculo que me lo dijo por el contexto tan antisolemne donde la publiqué y porque lo retraté lo más cervantinamente que pude... Y Cervantes, junto con su hijo y escribir novelas, es su gran amor.

Salvo por estos datos de contextualización y algún añadido en el recuadro dedicado a las obras, he reproducido la entrevista tal cual (incluso con algunos argentinismos míos, que eran de obligado cumplimiento para que un
gallego sobreviviera publicando en el Río de la Plata). Bueno, también he actualizado la ortografía.

                                                                                 
                                                                                   *

[Aquí empieza la entrevista. Perdón por la demora; pero, bueno, tampoco había por qué leer lo anterior si no se quería...]                                                                            

                                                                                   *

Acaba de publicar
La patria, su undécima novela. Aunque de carácter autobiográfico en cuanto a los contenidos, formalmente esta se mantiene fiel a su estilo inconfundible y genuino. Aquí, el escritor baraderense da cuenta de su gestación de la novela y del espíritu juguetón con que encara su oficio, la literatura.


por Rubén A. Arribas


Una novela debe ser un disparate. Esa es la premisa fundamental de Federico Jeanmaire cuando escribe. O al menos eso daba a entender a través del narrador de su novela Prólogo anotado (1993), para quien aquel escritor que no juega libremente con las palabras, no eyacula una sola gota de literatura. Perdón: de Literatura (sí, con mayúscula, aunque después aparecerá siempre con minúscula por evitar la pedantería y no calentar demasiado los ánimos del lector). Y es que las once novelas y un ensayo eyaculados por este escritor baraderense reflejan una honda preocupación existencial: hacer literatura con una seriedad infantil.

Por eso para él cada novela es un juguete. En su concepción estética, construir una historia con palabras es como tener un divertido mecano verbal entre los dedos: con paciencia, buenas ideas y dejándose guiar por la intuición, siempre acaba fabricando un misterioso artefacto hecho de palabras llamado novela. Eso sí, no se trata de un artilugio cualquiera. No. Se trata de un refinado ingenio que va desde la romántica soledad del autor a la del lector. Vamos, que no hay frankenstein del uno para el otro sin una descarga de amor sobre esa creación. Así de frágil es el puente donde aúllan lobos tan solitarios.

Y es que para algunos autores la literatura lo único que puede enseñar es a pasarla bien, a honrar con entretenimiento las horas que un lector cualquiera se anima a encerrarse a solas con un libro. Lo demás no importa o pertenece a todas las (sesudas) ciencias que acaban en -ía. De ahí que esta profesión sea solo para valientes, para espíritus ansiosos de entrecomillar la palabra realidad —y el realismo— en cada oración, como pedían Nabokov o Borges. O como explica Jeanmaire: «Lo único que importa es permitírselo todo y disfrutarlo mientras uno lo escribe».

Eso hizo Cervantes y le fue bien... No en términos de dinero, claro, pero sí de felicidad: entre otras muchas cosas, el Quijote es el libro de un hombre feliz encerrado en su disparatado mundo y que no podía parar de escribir. Al menos así lo entiende su mejor lector argentino en la actualidad, capaz de escribir su (nada académico) ensayo Una lectura del Quijote (2004) con la misma generosa libertad con que escribió novelas tan desopilantes como La virgen peronista (2001) o Mitre (1998).

En fin, eso: un arte poético libertino, ludópata y libérrimo, el de Jeanmaire. Incomprensible e inmaduro para algunos; muy personal y audaz, en cambio, para quienes lo siguen. Eso sí, en cualquier caso, heredero de la mejor tradición de escritores en lengua castellana: Borges, Bryce Echenique, Cervantes, Cortázar, Di Benedetto, Puig, Sarmiento o Javier Tomeo.

¿Qué los une a todos ellos? La búsqueda de la respiración de la lengua castellana, la diversión del juego con las palabras y la libertad de narrar cualquier cosa, por insignificante que parezca. Eso. Y es que, en palabras del autor, «la literatura es un trabajo con la lengua con que se habla, con el cómo se la respira». En ese sentido, La patria, su última novela es una vuelta de tuerca más al respecto, un nuevo desparrame de libertad disparatada.

Usted ha afirmado en algunas entrevistas que le cuesta escribir sobre sí mismo. ¿Cómo surgió entonces La patria, una novela autobiográfica?

Después de que muriera mi padre, publiqué Papá, mi primera novela de ese estilo, y se me rompieron todos los esquemas. De hecho, estuve seis meses sin escribir y me preocupé mucho; pensaba que nunca más lo haría. Sin embargo, un día mi madre me dio un paquete que contenía un montón de papeles y me dijo: «Ahí tenés todas esas cosas que escribiste cuando viajaste a Europa hace veinte años». Una noche me senté a releerlos y comencé a escribir La patria —que en un principio se titulaba Europa—. Así que el libro surge de una crisis personal con la escritura y de ese montón de papeles llenos de recuerdos que había guardado mi madre.

El libro aborda grandes palabras como libertad o patria, ¿por qué?
En Papá y en La patria quería bajar conceptos como autoridad y paternidad. Asimismo, y desde un punto de vista estético, quería probar a narrar esos conceptos algo abstractos. Es decir: quería preguntarme qué significaban para mí y comprobar dónde estaba parado yo respecto de ellos. También quería saber de qué me acordaba y de qué no de aquel momento en que decidí ser escritor, hace más de veinte años. En definitiva, se trataba de un desafío.

¿Es totalmente autobiográfica la novela?
Sí y no. Sí porque todas las anécdotas son verdaderas. No porque he mentido sobre los momentos en que estas suceden... Por un lado, porque no tengo clara la cronología exacta de los acontecimientos y porque quería usar un esquema temporal de novela (de hecho, el libro transcurre en una sola noche y yo tardé tres años en escribirlo). Por el otro, porque también quería trabajar con la idea de que todo recuerdo supone una construcción. Además, en los recuerdos importa menos cuándo suceden éstos que la significación del hecho. O al menos mi memoria funciona así.

En determinado momento, el narrador-protagonista de la novela debe elegir entre el «amor eterno» por una chica y ser escritor. Él se decide por lo segundo. Veinte años después, ese chico ¿acertó?, ¿encontró después el «amor eterno»?
(Risas.) Los únicos amores eternos que reconozco son mi hijo y la escritura. También el de los libros. Las relaciones de pareja son más complejas, al menos las mías, claro... Además, tenés que reconocer siempre que te equivocás lo menos posible, si no resulta muy difícil vivir contigo mismo todo el tiempo. Así que sí, aquel chico acertó; no es este el momento de poner en crisis mi vida.

Este es un libro que respeta las convenciones del género autobiográfico en cuanto a los contenidos, pero no en las formas. ¿Por qué ese rupturismo?
En general, este tipo de libros se escriben cuando tenés más de setenta años y la gente espera que  los publiques porque ya sos alguien en la literatura. Por mi parte, imagino que a esa edad tamizás tus experiencias de vida de una manera mucho más autocomplaciente que cuando sos más joven y nadie te pide un libro autobiográfico. Por eso escribí ahora esta novela, porque se supone que no debía hacerlo: nadie me lo ha pedido y nadie lo espera de un escritor de mi edad. Sin embargo, me apetecía y quería escribir desde el deseo, no desde la obligación o desde la expectación por parte de otros. Además, es una constante en mi obra: hacer todo a destiempo.

En la novela, además de grandes conceptos como patria, libertad o amor hay un adjetivo que resuena con una fuerza inusitada: imparable. ¿Por qué?
Esa es una palabra fundamental para esta novela, Papá y Prólogo anotado. Tiene que ver con que lo único que me sale es ser novelista. En una novela de ficción, uno se detiene cada vez que lo asalta una duda y debe elegir por dónde sigue: cómo terminar de construir un personaje o cómo cerrar una escena, por ejemplo. Sin embargo, cuando trabajás con material autobiográfico sucede al revés: a un recuerdo lo sucede de repente otro y ese otro llama al siguiente, como si todos tuvieran la obligación de aflorar. Es decir: sin querer se pone en marcha una maquinaria imposible de parar, que termina siendo una gran bola de nieve de escritura.

«Es curioso como todas la historias nos hablan de nuestra propia historia». Eso escribe el narrador de La patria. ¿Las de sus 11 novelas solo cuentan la de Federico Jeanmaire?
No. Acá sucede algo curioso: me parece que no es lo mismo contar algo a que te lo cuenten. Cuando te cuentan una historia, siempre le encontrás algún detalle que tiene que ver con vos. Sin embargo, cuando sos vos el que contás una historia es algo diferente; no te contás solo a vos, es imposible. Creo que tiene que ver con la actitud de uno para escuchar.

¿Qué le gustaría obtener de la literatura a partir de ahora?
Quizá va a sonar a ingenuo: tener tiempo para seguir escribiendo y leyendo, seguir disfrutando de mi estilo de vida. Esto que parece ingenuo, sin embargo, lo he ido cargando de significación en los últimos años, sobre todo desde la muerte de mi padre y la publicación de Papá, que me tuvo esos seis meses sin escribir, como te comenté. Por suerte, hoy pienso con la ingenuidad de hace veinte años: quiero ser escritor. Y es una suerte, porque si no debería reconocer un montón de equivocaciones o revisar otro montón de decisiones, por ejemplo tendría que detenerme a pensar si hace veinte años debería haberme quedado con la chica.

*

Federico Jeanmaire en pocas palabras. Nació en Baradero (Buenos Aires), en 1957. Se licenció en Letras por la UBA, trabajó como profesor universitario durante una temporada y se especializó como investigador del Siglo de Oro español. Gracias a una beca que le concedió el Ministerio de Relaciones Exteriores de España, estuvo en 1990 estudiando en la sala de manuscritos de la Biblioteca Nacional, en Madrid. Ese año su novela Miguel, una autobiografía ficticia de Cervantes, quedó finalista del premio Herralde. Ya de regreso a la Argentina, con Mitre obtuvo el premio Ricardo Rojas a la mejor novela argentina escrita entre 1997 y 1999. En abril de 2006 ha publicado su última novela, La patria.

Obra. Un profundo vacío en el pie izquierdo (1984), Desatando casi los nudos de los zapatos (1986), Miguel (Anagrama, 1990), Prólogo anotado (Sudamericana, 1993), Montevideo (Norma, 1997), Mitre (Norma, 1998), Los zumitas (Norma, 1999), Una virgen peronista (Norma, 2001), Papá (Sudamericana, 2003), Países bajos (Seix Barral, 2004), Una lectura del Quijote (Seix Barral, 2004), La patria (Seix Barral, 2006). También es autor de un versión del Quijote para niños.

[Desde 2006, y a decir de Wikipedia, Federico Jeanmaire ha publicado unas cuantos libros más en unas cuantas editoriales más: un artículo en Cómo se empieza una narración, VV. AA. (Centro Cultural Rojas, 2006), Vida interior (Emecé, 2008), Más liviano que el aire (Alfaguara, 2008), Fernández mata a Fernández (Alfaguara, 2011) o Las madres no les decimos esas cosas a las hijas (Seix Barral, 2012). En marzo de 2016, Anagrama ha publicado Tacos altos y en abril reeditará, 26 años después, reeditará Miguel. En 2008 le dieron el premio Emecé, por Vida interior, y en el 2009, el Clarín, por Más liviano que el aire, de la que se han vendido ya más de 35.000 ejemplares.]

Fragmento de La patria. El fragmento que reprodujo la revista puede leerse, en formato ampliado, en este enlace.

*

Actualización (4/4/16): Un par de semanas después publiqué en el blog la reseña de la última novela, Tacos altos (Anagrama, 2016). Y en la Feria del Libro de Argentina, Jorge Herralde, el editor de Anagrama, tuvo a bien citar algunos fragmentos de esta entrada del blog —hacia el minuto 22— cuando presentó a Jeanmaire (en compañía de Mariana Enríquez y Martín Kohan).

8 de noviembre de 2015

Chicas muertas, Selva Almada

01. Crímenes sin resolver. Chicas muertas (Random House, 2015) aborda el asesinato no resuelto de tres chicas adolescentes del interior de la Argentina a finales de los 80. Si bien algunas secciones del libro mencionan muchos otros casos de mujeres asesinadas que no han sido resueltos, el hilo principal se sostiene sobre las tres primeras de las que tuvo noticia Selva Almada (Entre Ríos, 1973), con la democracia argentina recién estrenada y todavía presente «una policía con los vicios de la dictadura». A la memoria de ellas, de Andrea, María Luisa y Sarita, está dedicada su investigación.

02. Las tres chicas asesinadas. Andrea Danne, de 19 años y estudiante de profesorado, a quien alguien —todavía no se sabe quién— apuñaló en casa de sus padres mientras dormía..., y mientras sus padres estaban en el hogar. María Luisa Quevedo, de 15 años, que salió una mañana a trabajar y fue encontrada violada y estrangulada en un baldío de la ciudad. Sarita Mundín, que tenía un hijo de 4 años y un novio que la obligaba a prostituirse para mantenerlo; un día se fue a bañar al río con su novio y ya nunca más regresó. Andrea era de San José (Entre Ríos); María Luisa, de Presidencia Roque Sáenz Peña (Chaco); Sarita, de Villa María (Córdoba).

03. Machismo rural.
Selva Almada pone su talento narrativo, demostrado en El viento que arrasa y en Ladrilleros, al servicio de un texto periodístico que dibuja con precisión y nitidez cómo parte de la sociedad argentina ha naturalizado el machismo, en particular los estratos más pobres. En conjunto, el libro ofrece algo así como un catálogo de situaciones preocupantes que acontecen con frecuencia en el norte del país: chicas de 15 años que no van al colegio y tienen que trabajar en algo para sobrevivir; núcleos familiares que asumen con normalidad que acostarse con el jefe es un medio como cualquier otro de ganarse unos pesos extra; madres solteras que salen con hombres por dinero; varones celosos y posesivos con sus parejas; padres que no quieren que sus hijas se pinten o vayan a bailar; varones que hostigan a las mujeres y que no aceptan un no por respuesta ante sus avances...

04. Lo atmosférico.
Uno de los aciertos de Chicas muertas es su capacidad para contarnos cómo es el ambiente de las ciudades donde vivían las chicas asesinadas y, a partir de ahí, iluminar alguna arista de los hechos. Así, paseamos por la chaqueña ciudad de Presidencia de Roque Sáenz Peña, un sitio donde todos se encierran «a cal y canto en sus casas, esperando que la bravura del calor amaine», no hay apenas bares para los jóvenes o donde un posible negocio familiar es una agencia de viajes que venda un circuito en furgoneta por Bolivia. También, por ejemplo, palpamos la textura sórdida y fabril que envuelve San José (Entre Ríos), donde la actividad económica depende casi en exclusiva de un frigorífico cárnico, que parece transferirle tanta gelidez a la carne de vaca como a la humana.

05. Esa teleserie con tan poca audiencia llamada Vida.
El libro recoge una variedad de maneras de matar a una mujer que parece sacada del cualquier teleserie estadounidense estilo CSI, Bones, Castle, etc.: a los golpes, mutilándola, violándola —de manera individual o en grupo—, estrangulándola, apuñalándola, descuartizándola, quemándola, a los tiros... A diferencia de las teleseries, en la vida, el resultado es más brutal y aterrador; no hay ficción: solo muerte, desolación, ausencia. Tampoco, en muchos casos, la policía da con el culpable.

06. Centro en lo propio. Otro acierto del libro es que Almada toma su familia como fuente de su experiencia; eso nos permite entender el vínculo emocional que ella ha forjado con la violencia machista. Así, relata que sus padres se casaron muy jóvenes —tan jóvenes como algunas de las chicas muertas— y que un buen día su padre quiso pegarle a su madre; esta agarró un tenedor y se lo clavó en el antebrazo. Desde entonces, su padre supo mantenerse a raya.

07. La bestia está ahí, cerca de ti. La madre de Selva Almada aparece como la excepción de la regla. En el vecindario de sus padres, sin ir más lejos, hay un par de mujeres que han recibido palizas de sus maridos y otra a quien su marido violaba. Es más: su tía Liliana estuvo a punto de ser violada en los maizales por su primo Tatú. Y el suegro de Almada ayudó a transportar a Carahuni, una chica que encontraron violada y muerta en un baldío de Villa Elisa. Moraleja: el machismo no es una abstracción ni un invento mediático o feminista: está ahí, en el barrio o edificio donde vivimos. Y quien más y quien menos conocemos al menos un caso.

08. Un trilogía inesperada.
Por curioso que parezca, Chicas muertas funciona estupendamente como apéndice de las dos novelas de Selva Almada que se han publicado por ahora en España. Quienes no sepan mucho del espacio físico donde se desarrollan El viento que arrasa o Ladrilleros agradecerán esta lectura en clave literaria. Además de por el calor que los atraviesa y por la geografía, los tres libros están unidos entre sí por la reflexión sobre la familia y el análisis del universo masculino.

09. Un libro que denuncia. Este no es un libro brillante —no juega en la liga de Leila Guerriero, Martín Caparrós, Rodolfo Walsh o Tomás Eloy Martínez, digo, por citar los referentes del periodismo argentino más conocidos en España—, pero es un libro necesario y que se ajusta a su función periodística: aporta información, pone voz a casos olvidados, denuncia, pelea. Y siempre lo hace con un tono contenido, equilibrando perfectamente lo personal y lo observado, dejando que el material recabado hable por sí solo. Al final, ninguno de los tres asesinatos queda resuelto, y eso decepciona a la par que asusta: queda la sensación de que, como sociedad, nos estamos acostumbrando a que un día nos maten a una hija, una amiga, una hermana, una madre... y que el criminal no pague por ello. ¿Verdad que estamos enfermos?

10. Chicas muertas.
Mariela Bustos, Marina Soledad da Silva, Zulma Brochero, Arnulfa Ríos, Paola Tomé, Priscila Lafuente, Carolina Arcos, Nanci Molina, Luciana Rodríguez, Querlinda Vásquez, Maira Tévez, María Soledad Morales, Gladys Mc Donald, Elena Arreche, Adriana y Cecilia Barreda, Liliana Tallarico, Ana Fuschini, Sandra Reiter, Carolina Aló, Natalia Melman, Fabiana Gandiaga, María Marta García Belsunce, Marela Martínez, Paulina Lebbos, Nora Dalmasso, Rosa Galliano... Y la lista sigue y sigue. Todas ellas aparecen en algún momento en este libro por la misma razón: fueron asesinadas a manos de un varón que hacía las veces de vecino, amigo, amante, novio, exnovio, marido, exmarido, putero, proxeneta, lo que fuera. Por desgracia, ellas son solo un puñado de las miles que mueren cada año en el mundo a causa de la violencia machista. De hecho, en España, van más de 700 mujeres asesinadas en la última década y también tenemos nuestra propia lista (enlazo solo, a modo de ejemplo, la de 2015).

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PD 01. Entrevista con Selva Almada en el blog de Eterna Cadencia: «La misoginia, en vez de retroceder, avanza».

PD 02. Por si alguien tiene interés, enlazo la web de Ni una menos (Argentina) y un vídeo de la manifestación de ese movimiento en Uruguay. Ayer, sábado 7 de noviembre, se celebró en España una manifestación similar y, esa consigna, #niunamenos, estuvo presente.

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Actualización (9/11/15): Solo un día más tarde de haber publicado esta entrada, la noticia en España es que han muerto 4 mujeres más por violencia machista... Una en Oviedo; dos, madre e hija, en Lliria (Valencia); otra en Baena (Córdoba).

Actualización (23/11/15): En esta noticia del 16 de noviembre se recogen tres nuevos asesinatos de mujeres a manos de varones. Una fue en El Vendrell (Tarragona), otra en Marchena (Sevilla) y una tercera en Madrid. Entre las 4 mujeres muertas de la actualización anterior y las 3 de esta, una cuarta víctima en San Lúcar la Mayor (Sevilla). Desde el 7N, si mis cuentas no fallan, son 8 mujeres las que han muerto en 15 días.

Actualización (13/12/15): «Asesinada mujer de 44 años en Alcobendas y la Policía detiene a su expareja».

Actualización (16/12/15): «Una mujer es asesinada en Zaragoza en un presunto caso de violencia machista». 

Actualización (13/01/16): 

Me tomé un respiro con el blog en Navidad y, por dejar, hasta dejé de actualizar esta entrada... Entre tanto, por desgracia, han sucedido más de media de docena de asesinatos. Quizá se me haya olvidado consignar alguno... En cualquier caso, cargo los que recuerdo o he encontrado. Además de los buscadores o de las noticias que yo recordaba, he consultado estas dos fuentes extra: el blog Ibasque y la 15Mpedia.

«Detenido por matar supuestamente a su pareja golpeándola con una piedra» (Villena [Alicante], 30 de diciembre.)

«Detenido el marido de una mujer asesinada en Pontevedra» (Mos [Pontevedra], 30 de diciembre.)

«Un hombre de 62 años mata a su pareja de 23 con una escopeta y luego se suicida»  (Adra, [Almería], 31 de diciembre.)

 -- > Balance de 2015: «El año termina con 57 mujeres asesinadas por violencia de género»

Los casos de 2016

1. «Mata a su mujer y su hija y se suicida en una vivienda de Torrevieja» (1 de enero)

2. «Muere una mujer de 43 años estrangulada por su pareja en Madrid» (4 de enero)

3. «Una mujer es asesinada por su pareja a puñaladas en Guadalajara» (5 de enero)

4. «El detenido por el asesinato de la joven encontrada en el pantaño de Alange tiene antecedentes penales por maltrato» (la noticia es del 8 de enero; el asesinato del día 8).

5. «Detenido el marido de la mujer asesinada en Narón (Coruña)» (la noticia es del 13 de enero; el asesinato, del 29 de diciembre)

6. «Un hombre asesina a su pareja en plena calle en Tarragona» (13 de enero)

7. «Muere una mujer en Valencia acuchillada por su marido, que se ha suicidado» (22 de enero)

8. «Una mujer muere estrangulada por su marido en Calviá» (23 de enero)

9. «El dueño de la confitería La Duquesita de Avilés mata a golpes a su mujer en su domicilio» (28 de enero)

10. «Un hombre mata a su pareja en Becerreá» (11 de febrero)

11. «Un hombre estrangula a su mujer en su casa del Cabanyal» (14 de febrero)

12. «Un hombre asesina a tiros a su expareja y luego se suicida en un bar de Miralbueno» (22 de febrero). Y Gustavo Alcalde, el delegado de Gobierno, dice que ella debería haber avisado.

Y siguen las víctimas... En las siguientes páginas controlan de manera puntual y exhaustiva cada caso que sucede. Os remito a ellas si queréis estar al día sobre el asunto del femenicidio en España: el blog Ibasque, el wiki 15Mpedia y la web Feminicidio.net.