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13 de marzo de 2016

Federico Jeanmaire, autor de «La patria»

«POR SUERTE, HOY PIENSO CON LA INGENUIDAD 

DE HACE VEINTE AÑOS: QUIERO SER ESCRITOR»


foto de Silvia Baigorrí

[Esta entrevista es de 2006, a raíz de la novela La patria. Lo que sigue son unos cuántos párrafos, escritos en pleno 2016, donde contextualizo la susodicha entrevista y relato algunas batallitas asociadas a ella. Si alguien quiere leer solo la entrevista, deslícese nomás hacia abajo en la pantalla. No lo tomaré como algo personal...]



                                                                                     *

Tras 26 años lejos del panorama literario español, el escritor argentino Federico Jeanmaire vuelve por partida doble en 2016. La editorial Anagrama acaba de publicar
Tacos altos y en abril reeditará Miguel, una autobiografía apócrifa de Cervantes escrita en español del siglo XVII con la que Jeanmaire fue finalista del Premio Herralde en 1990. Aprovechando que ha venido a presentar sus novelas en Barcelona y en Madrid, nos encontramos para charlar y ponernos al día. A modo de advertencia, le aclaro al hipotético público lector que el señor Jeanmaire y yo somos amigos desde hace muchos años... Lo digo por aquello de la objetividad y demás martingalas.

También vaya por delante que le profeso una grandísima admiración como escritor. De hecho, he leído más de una decena de libros suyos y he publicado hasta la fecha 3 entrevistas con él (de las que se dan cuenta en este preámbulo, por cierto, y todas mientras un servidor vivía en Buenos Aires). La primera fue para la revista Ñ, el suplemento cultural del diario Clarín, allá por 2005. Yo conocía a Jeanmaire de haberme leído varias novelas suyas que había comprado en los saldos de la avenida Corrientes. Empecé por comprar al azar La virgen peronista, y me gustó tanto que terminé peregrinando con cierta frecuencia a Corrientes hasta reunir Los zumitas, Mitre, Montevideo y Prólogo anotado.

Todas las novelas, salvo
Prólogo anotado, las había publicado Norma. En esa misma editorial, según fui descubriendo viaje tras viaje a Corrientes, habían publicado Luis Gusmán o Martín Caparrós, compañeros de generación de Jeanmaire, y cuyos libros también estaban en los saldos a precios irrisorios... En aquel momento desconocía las algo escabrosas razones de un fenómeno tan singular; me limité a quedarme extasiado, pobre como era, por encontrar sitios donde podía comprarme libros tan buenos como Hotel Edén y En el corazón de junio, de Gusmán, o La guerra moderna, de Caparrós, por unos pocos pesos. De hecho, juraría que mi eterno deslumbramiento con la avenida Corrientes —no siempre tan generosa en calidad como en esa época poscorralito— estuvo asociado a aquellos primeros hallazgos.

A lo que iba antes de la última digresión correntina: con esas cinco lecturas de Jeanmaire en la cabeza, más un par que tuve que sumar rápidamente —Países bajos y Una lectura del Quijote—, me fui a entrevistarlo por primera vez. Jeanmaire me recibió en su casa —por entonces vivía en Congreso— y nos pasamos unas 5 horas conversando. En vez de darme una patada en el culo por importunarlo tanto tiempo un viernes por la tarde, él iba cebando mate y, mientras veíamos cómo garuaba tras la ventana, hablábamos y hablábamos sobre su literatura (o sobre la literatura en general, qué sé yo). Aquella primera entrevista, germen de nuestra amistad, apareció en formato breve y con el título de «Escribir es un trabajo con la historia» (mi original decía otra cosa: «Escribir es un trabajo con la lengua y su tradición de escritores», pero intuyo que la editora, mi admirada y pacientísima —conmigo— Flavia Costa, lo reescribió por razones de espacio). 

Más adelante, y con más horas de charla literaria, aquella primera entrevista se convirtió en esta otra —bastante larga y libérrima— que publiqué en la revista Teína: «Me gustaría que el lector leyese mis novelas con la misma libertad con que yo las escribo». Como por aquel entonces yo no conocía el peligro ni la vergüenza, intenté copiar el estilo de Jeanmaire y reproducirlo... Él, ingenioso e hidalgo como ninguno, nunca me criticó por aquella afrenta; más bien, lo contrario: me sugirió que hiciera así todas las entrevistas. Supongo que sabía que aquello era imposible: no son tantos los escritores y escritoras que, como él, trabajan de manera tan intensa en la construcción de una lengua en su novelas.

La tercera entrevista —causa de esta entrada y de este preámbulo— fue para la revista APM, una publicación del gremio farmacéutico, si mal no recuerdo. Lo que sí recuerdo es que allí me publicaban artículos relacionados con la cultura y que esa publicación guardaba relación con otra, Sidus, auspiciada por el viagra argentino —sidenafil—, donde yo colaboraba escribiendo artículos sobre actores y actrices porno (lo cual juraría que explica, todo sea dicho, la presencia de algunas palabras lujuriosas, como eyaculación, en la entrevista...). Como iba diciendo: aquellos eran tiempos en que, con tal de sobrevivir escribiendo, lo mismo me ponía el traje de negro para perpetrar un libro de encargo que editaba artículos sobre psicoanálisis o narraba un partido de fútbol entre Argentina y Nigeria para los empleados de un banco... Todo por no robar, que decía aquel (y, de paso, por formarme como escritor).

Pues bien, charlando esta semana con Jeanmaire, salió a colación aquella entrevista para
APM. De repente, me di cuenta de que no sabía qué había sido de ella; tan solo recordaba que la habíamos hecho en el museo Malba. Así que me puse a buscarla en el disco duro y, por fin, la he encontrado. Para que no se me vuelva a extraviar, la rescato en el blog. Además, según él, de las tres que le hice, esta «es la más linda». Calculo que me lo dijo por el contexto tan antisolemne donde la publiqué y porque lo retraté lo más cervantinamente que pude... Y Cervantes, junto con su hijo y escribir novelas, es su gran amor.

Salvo por estos datos de contextualización y algún añadido en el recuadro dedicado a las obras, he reproducido la entrevista tal cual (incluso con algunos argentinismos míos, que eran de obligado cumplimiento para que un
gallego sobreviviera publicando en el Río de la Plata). Bueno, también he actualizado la ortografía.

                                                                                 
                                                                                   *

[Aquí empieza la entrevista. Perdón por la demora; pero, bueno, tampoco había por qué leer lo anterior si no se quería...]                                                                            

                                                                                   *

Acaba de publicar
La patria, su undécima novela. Aunque de carácter autobiográfico en cuanto a los contenidos, formalmente esta se mantiene fiel a su estilo inconfundible y genuino. Aquí, el escritor baraderense da cuenta de su gestación de la novela y del espíritu juguetón con que encara su oficio, la literatura.


por Rubén A. Arribas


Una novela debe ser un disparate. Esa es la premisa fundamental de Federico Jeanmaire cuando escribe. O al menos eso daba a entender a través del narrador de su novela Prólogo anotado (1993), para quien aquel escritor que no juega libremente con las palabras, no eyacula una sola gota de literatura. Perdón: de Literatura (sí, con mayúscula, aunque después aparecerá siempre con minúscula por evitar la pedantería y no calentar demasiado los ánimos del lector). Y es que las once novelas y un ensayo eyaculados por este escritor baraderense reflejan una honda preocupación existencial: hacer literatura con una seriedad infantil.

Por eso para él cada novela es un juguete. En su concepción estética, construir una historia con palabras es como tener un divertido mecano verbal entre los dedos: con paciencia, buenas ideas y dejándose guiar por la intuición, siempre acaba fabricando un misterioso artefacto hecho de palabras llamado novela. Eso sí, no se trata de un artilugio cualquiera. No. Se trata de un refinado ingenio que va desde la romántica soledad del autor a la del lector. Vamos, que no hay frankenstein del uno para el otro sin una descarga de amor sobre esa creación. Así de frágil es el puente donde aúllan lobos tan solitarios.

Y es que para algunos autores la literatura lo único que puede enseñar es a pasarla bien, a honrar con entretenimiento las horas que un lector cualquiera se anima a encerrarse a solas con un libro. Lo demás no importa o pertenece a todas las (sesudas) ciencias que acaban en -ía. De ahí que esta profesión sea solo para valientes, para espíritus ansiosos de entrecomillar la palabra realidad —y el realismo— en cada oración, como pedían Nabokov o Borges. O como explica Jeanmaire: «Lo único que importa es permitírselo todo y disfrutarlo mientras uno lo escribe».

Eso hizo Cervantes y le fue bien... No en términos de dinero, claro, pero sí de felicidad: entre otras muchas cosas, el Quijote es el libro de un hombre feliz encerrado en su disparatado mundo y que no podía parar de escribir. Al menos así lo entiende su mejor lector argentino en la actualidad, capaz de escribir su (nada académico) ensayo Una lectura del Quijote (2004) con la misma generosa libertad con que escribió novelas tan desopilantes como La virgen peronista (2001) o Mitre (1998).

En fin, eso: un arte poético libertino, ludópata y libérrimo, el de Jeanmaire. Incomprensible e inmaduro para algunos; muy personal y audaz, en cambio, para quienes lo siguen. Eso sí, en cualquier caso, heredero de la mejor tradición de escritores en lengua castellana: Borges, Bryce Echenique, Cervantes, Cortázar, Di Benedetto, Puig, Sarmiento o Javier Tomeo.

¿Qué los une a todos ellos? La búsqueda de la respiración de la lengua castellana, la diversión del juego con las palabras y la libertad de narrar cualquier cosa, por insignificante que parezca. Eso. Y es que, en palabras del autor, «la literatura es un trabajo con la lengua con que se habla, con el cómo se la respira». En ese sentido, La patria, su última novela es una vuelta de tuerca más al respecto, un nuevo desparrame de libertad disparatada.

Usted ha afirmado en algunas entrevistas que le cuesta escribir sobre sí mismo. ¿Cómo surgió entonces La patria, una novela autobiográfica?

Después de que muriera mi padre, publiqué Papá, mi primera novela de ese estilo, y se me rompieron todos los esquemas. De hecho, estuve seis meses sin escribir y me preocupé mucho; pensaba que nunca más lo haría. Sin embargo, un día mi madre me dio un paquete que contenía un montón de papeles y me dijo: «Ahí tenés todas esas cosas que escribiste cuando viajaste a Europa hace veinte años». Una noche me senté a releerlos y comencé a escribir La patria —que en un principio se titulaba Europa—. Así que el libro surge de una crisis personal con la escritura y de ese montón de papeles llenos de recuerdos que había guardado mi madre.

El libro aborda grandes palabras como libertad o patria, ¿por qué?
En Papá y en La patria quería bajar conceptos como autoridad y paternidad. Asimismo, y desde un punto de vista estético, quería probar a narrar esos conceptos algo abstractos. Es decir: quería preguntarme qué significaban para mí y comprobar dónde estaba parado yo respecto de ellos. También quería saber de qué me acordaba y de qué no de aquel momento en que decidí ser escritor, hace más de veinte años. En definitiva, se trataba de un desafío.

¿Es totalmente autobiográfica la novela?
Sí y no. Sí porque todas las anécdotas son verdaderas. No porque he mentido sobre los momentos en que estas suceden... Por un lado, porque no tengo clara la cronología exacta de los acontecimientos y porque quería usar un esquema temporal de novela (de hecho, el libro transcurre en una sola noche y yo tardé tres años en escribirlo). Por el otro, porque también quería trabajar con la idea de que todo recuerdo supone una construcción. Además, en los recuerdos importa menos cuándo suceden éstos que la significación del hecho. O al menos mi memoria funciona así.

En determinado momento, el narrador-protagonista de la novela debe elegir entre el «amor eterno» por una chica y ser escritor. Él se decide por lo segundo. Veinte años después, ese chico ¿acertó?, ¿encontró después el «amor eterno»?
(Risas.) Los únicos amores eternos que reconozco son mi hijo y la escritura. También el de los libros. Las relaciones de pareja son más complejas, al menos las mías, claro... Además, tenés que reconocer siempre que te equivocás lo menos posible, si no resulta muy difícil vivir contigo mismo todo el tiempo. Así que sí, aquel chico acertó; no es este el momento de poner en crisis mi vida.

Este es un libro que respeta las convenciones del género autobiográfico en cuanto a los contenidos, pero no en las formas. ¿Por qué ese rupturismo?
En general, este tipo de libros se escriben cuando tenés más de setenta años y la gente espera que  los publiques porque ya sos alguien en la literatura. Por mi parte, imagino que a esa edad tamizás tus experiencias de vida de una manera mucho más autocomplaciente que cuando sos más joven y nadie te pide un libro autobiográfico. Por eso escribí ahora esta novela, porque se supone que no debía hacerlo: nadie me lo ha pedido y nadie lo espera de un escritor de mi edad. Sin embargo, me apetecía y quería escribir desde el deseo, no desde la obligación o desde la expectación por parte de otros. Además, es una constante en mi obra: hacer todo a destiempo.

En la novela, además de grandes conceptos como patria, libertad o amor hay un adjetivo que resuena con una fuerza inusitada: imparable. ¿Por qué?
Esa es una palabra fundamental para esta novela, Papá y Prólogo anotado. Tiene que ver con que lo único que me sale es ser novelista. En una novela de ficción, uno se detiene cada vez que lo asalta una duda y debe elegir por dónde sigue: cómo terminar de construir un personaje o cómo cerrar una escena, por ejemplo. Sin embargo, cuando trabajás con material autobiográfico sucede al revés: a un recuerdo lo sucede de repente otro y ese otro llama al siguiente, como si todos tuvieran la obligación de aflorar. Es decir: sin querer se pone en marcha una maquinaria imposible de parar, que termina siendo una gran bola de nieve de escritura.

«Es curioso como todas la historias nos hablan de nuestra propia historia». Eso escribe el narrador de La patria. ¿Las de sus 11 novelas solo cuentan la de Federico Jeanmaire?
No. Acá sucede algo curioso: me parece que no es lo mismo contar algo a que te lo cuenten. Cuando te cuentan una historia, siempre le encontrás algún detalle que tiene que ver con vos. Sin embargo, cuando sos vos el que contás una historia es algo diferente; no te contás solo a vos, es imposible. Creo que tiene que ver con la actitud de uno para escuchar.

¿Qué le gustaría obtener de la literatura a partir de ahora?
Quizá va a sonar a ingenuo: tener tiempo para seguir escribiendo y leyendo, seguir disfrutando de mi estilo de vida. Esto que parece ingenuo, sin embargo, lo he ido cargando de significación en los últimos años, sobre todo desde la muerte de mi padre y la publicación de Papá, que me tuvo esos seis meses sin escribir, como te comenté. Por suerte, hoy pienso con la ingenuidad de hace veinte años: quiero ser escritor. Y es una suerte, porque si no debería reconocer un montón de equivocaciones o revisar otro montón de decisiones, por ejemplo tendría que detenerme a pensar si hace veinte años debería haberme quedado con la chica.

*

Federico Jeanmaire en pocas palabras. Nació en Baradero (Buenos Aires), en 1957. Se licenció en Letras por la UBA, trabajó como profesor universitario durante una temporada y se especializó como investigador del Siglo de Oro español. Gracias a una beca que le concedió el Ministerio de Relaciones Exteriores de España, estuvo en 1990 estudiando en la sala de manuscritos de la Biblioteca Nacional, en Madrid. Ese año su novela Miguel, una autobiografía ficticia de Cervantes, quedó finalista del premio Herralde. Ya de regreso a la Argentina, con Mitre obtuvo el premio Ricardo Rojas a la mejor novela argentina escrita entre 1997 y 1999. En abril de 2006 ha publicado su última novela, La patria.

Obra. Un profundo vacío en el pie izquierdo (1984), Desatando casi los nudos de los zapatos (1986), Miguel (Anagrama, 1990), Prólogo anotado (Sudamericana, 1993), Montevideo (Norma, 1997), Mitre (Norma, 1998), Los zumitas (Norma, 1999), Una virgen peronista (Norma, 2001), Papá (Sudamericana, 2003), Países bajos (Seix Barral, 2004), Una lectura del Quijote (Seix Barral, 2004), La patria (Seix Barral, 2006). También es autor de un versión del Quijote para niños.

[Desde 2006, y a decir de Wikipedia, Federico Jeanmaire ha publicado unas cuantos libros más en unas cuantas editoriales más: un artículo en Cómo se empieza una narración, VV. AA. (Centro Cultural Rojas, 2006), Vida interior (Emecé, 2008), Más liviano que el aire (Alfaguara, 2008), Fernández mata a Fernández (Alfaguara, 2011) o Las madres no les decimos esas cosas a las hijas (Seix Barral, 2012). En marzo de 2016, Anagrama ha publicado Tacos altos y en abril reeditará, 26 años después, reeditará Miguel. En 2008 le dieron el premio Emecé, por Vida interior, y en el 2009, el Clarín, por Más liviano que el aire, de la que se han vendido ya más de 35.000 ejemplares.]

Fragmento de La patria. El fragmento que reprodujo la revista puede leerse, en formato ampliado, en este enlace.

*

Actualización (4/4/16): Un par de semanas después publiqué en el blog la reseña de la última novela, Tacos altos (Anagrama, 2016). Y en la Feria del Libro de Argentina, Jorge Herralde, el editor de Anagrama, tuvo a bien citar algunos fragmentos de esta entrada del blog —hacia el minuto 22— cuando presentó a Jeanmaire (en compañía de Mariana Enríquez y Martín Kohan).

4 de agosto de 2008

Sin noticias de Gurb, Eduardo Mendoza

A veces uno siente que llega tarde a determinados libros. A mí me ha pasado con Sin noticias de Gurb: cuando comencé a leerlo, una de mis compañeras de piso me sonrió condescendiente, rollo: tío, ¿aún no lo habías leído?; el camarero del Pepita, un bar de la calle Madera Alta, le hizo una sinopsis en voz alta a un colega mientras yo sorbía la espuma de mi doble de cerveza, y mi amigo Alejandro, que me lo había prestado, descubrí que lo tenía desde 1993 porque se lo había regalado su novia. Además, y por si fuera poco lo anterior, desde hace meses me retumbaba en la cabeza el «desopilante» con que varios amigos argentinos habían calificado a esta novela... En fin, que lento pero seguro he llegado a este hito de la literatura española contemporánea.

Y en buena hora lo he hecho; Sin noticias de Gurb es eso: un hito, una genialidad. Así, sin más. Sin paliativos. Y Eduardo Mendoza (Barcelona, 1943), qué duda cabe, es un escritor genuinamente español, cervantino, de lo mejorcito que tenemos. Es más: es uno de esos valientes letraheridos que, en vez de predicar el acojono frente a la hoja en blanco, practica la desmesura del entusiasmo. Como diría Federico Jeanmaire, Mendoza es de los que ponen punto final porque hay que ponerlo; si lo dejasen, podría empalmar una novela con la siguiente.

Desconozco si alguien ha intentado traducir esta obra; pero aventuro que debe de ser difícil. No sólo es complicado traducir un texto cuando la poesía de este corre por el lado de la sutilidad; también lo es cuando el lirismo se despliega en forma de una prosa veloz, pretendidamente cristalina, con un estilo que rezuma ingenio verbal y que toma elementos de la vida cotidiana para distorsionarlos a través del prisma de la hipérbole. ¿Que no? A ver: ¿cómo se traduce y se le hace entender a un inglés, a un ruso o a un islandés, por ejemplo, qué clase de guiño es que un extraterrestre pida en un restaurante pescadito frito, tarta al whisky, café, copa, se fume un Farias y termine la faena en casa con un Alka-Seltzer. ¿Cómo?

Ni idea. Y sin embargo Mendoza es un autor universal. Esta es una novela capaz de hacer reír de 0 a 99 años, en América Latina, en Alemania o en España, mientras la disfrutas en la cama, en el avión o en una terraza tomándote una cerveza. Es adictiva. La empiezas, y quieres leértela de un tirón. La terminas, y quisieras regalarle un ejemplar a tus seres queridos para que así al menos abandonen su cara de amargados durante un par de días. Incluso te acuerdas de todos esos Erasmus de Austria, Finlandia o Suecia que chapurreaban español en tu época universitaria y piensas: una novela así le daría sentido a su alocado deseo de intentar hablar como nosotros, los hermanaría aún más con este país tan descerebrado que somos. Y eso, convengamos, pasa pocas veces, lo consiguen pocos autores.

El secreto de esta novela, además de lo disparatado de su temática, es la forma en que está contada: una suerte de diario Twitter, una estrategia que acerca el relato a la micronarración y que le concede una velocidad vertiginosa a la lectura. Cada capítulo es un día en la vida del narrador, un alienígena anónimo que ha perdido contacto con su compañero Gurb, quien nada más aterrizar en Barcelona decidió tomar la forma corpórea de Marta Sánchez y desaparecer del mapa. Este alienígena cuyo nombre el lector nunca llega a conocer acumula en su moleskine interestelar acotaciones, ocurrencias y observaciones sobre los humanos, todo ello parcelado en horas y minutos. El resultado del experimento formal es un artificio que permite encadenar la acción a través de pequeños textos, en apariencia intrascendentes, y avanzar el relato sin más objetivo argumental que ver si algún día aparece Gurb.

Asimismo, Mendoza se sirve con maestría de la máscara que le proporciona el narrador y la lleva hasta la última consecuencia. Como Cervantes en el Quijote, se pasa por el arco del triunfo el asunto del verosímil realista y escribe lo que la da la gana. Es más: cuanto más inverosímil e hiperbólico, mejor que mejor. ¿Extraterrestres que se alimentan de churros? Hala, venga, por qué no. ¿Extraterrestres que se ponen el pijama, se lavan los dientes, rezan el Jesusito de mi vida y se echan a dormir? Pues con un par. En esta obra, el autor de La ciudad de los prodigios o El último trayecto del comandante Horacio Dos, vuelve a demostrar que es de los que sabe cómo poner en marcha una máquina irrefrenable de urdir disparates.

Pero la frescura que irradia el libro no procede solo de la estética del disparate, sino del dominio técnico del autor. La soltura con que Mendoza emplea recursos como las repeticiones absurdas —cada tanto remata alguna entrada del diario con el pronóstico meteorológico— o la libertad con que usa como leit motiv cuestiones indescifrables para los alienígenas como qué es un mayordomo y en qué consiste fruncir el ceño, avivan la hoguera de ese dinamismo. Además, estas estrategias tienen poco de alocadas: funcionan como estrategemas para cohesionar un texto que, en caso contrario, se hubiera desparramado excesivamente y hubiera perdido al lector debido a la velocidad con que se narra.

Eso sí, lo impagable de Sin noticias de Gurb es que el libro transmite una felicidad exultante, unas ganas de escribir tremendas, en definitiva, una envidiable sensación de hedonismo literario. Y, además, lo hace con una inteligencia exquisita: inventa sin repetirse, divierte línea por línea y siempre huye hacia delante con la historia. De ahí que firme una parodia redonda sobre la soledad contemporánea poniéndola en boca de un extraterrestre tan peculiar como cualquier humano. De ahí que Mendoza le entregue al lector con este libro una literatura imprescindible.
                                                                                         *

Sin noticias de Gurb, Eduardo Mendoza.
Seix Barral, Barcelona 1992.

18 de junio de 2008

La patria, Federico Jeanmaire

Llegaron mis libros... El Correo Argentino no los perdió, no se hundió el barco que cruzaba con ellos el Atlántico, sobrevivieron intactos a la aduana española: 50 kg de papel (gracias Laura por llevarme hasta ese inframundo que es el Centro Postal Internacional de Buenos Aires y ayudarme a ponerle papel madera, hilo y demás a las tres cajas). Para celebrarlo, hoy transcribo un capítulo del libro de un amigo de allá al que admiro como escritor: Federico Jeanmaire.

                                                             *

Hicimos el amor en la bañadera. Riéndonos. Jugando. Como mejor pudimos teniendo en cuenta que era la primera vez que lo hacíamos, que nuestros cuerpos no se conocían quiero decir, y teniendo en cuenta, además, las muy escasas dimensiones del sitio al que nos habían arrojado un par de extraordinarios errores en mi comprensión del inglés.

Ella repetía que nunca había gritado desde el baño y que nunca me había pedido que me desnudara y que me metiera en la bañadera, que no, que la canilla no estaba abierta, que de ninguna manera, que eso jamás se le había pasado por la cabeza, pero que le había divertido mucho verme ahí, abriendo primero la canilla y luego quitándome sin ninguna vergüenza, y en menos de tres segundos, la infinita cantidad de ropa que llevaba puesta. Y que todavía se había divertido mucho más cuando vio que yo entraba con toda naturalidad en la bañadera y enseguida ponía cara de auxilio, socorro, por favor apurate, no sé nadar o nunca nadé solo dentro de una bañadera francesa.


La amaba.


Y lo cierto es que hicimos el amor con toda la ternura que nos permitía el lugar y que después salimos del agua y, todavía mojados, nos tiramos en su cama y que, casi inmediatamente, Jolanda empezó a llorar.

Yo le acariciaba el pelo y ella lloraba. No paraba de llorar. No podía. Y su llanto incomprensible me desgarraba.

Así durante un rato bastante largo.


Justo hasta que pudo hablar.


Al principio, de manera entrecortada, dijo en voz muy baja que hacía dos años que no hacía el amor, que muchas veces, durante ese tiempo, había llegado a pensar que nunca lo iba a poder hacer otra vez, que no entendía cómo era que había pasado, que esa noche le hubiera resultado tan fácil hacerlo conmigo, en definitiva. Después, y ya sin cortes, un poco más calmada, me explicó que dos años antes de la fiesta de abajo y de mis extraordinarios errores en la comprensión del inglés, la habían violado. Una noche, cerca del pueblo donde vivía, un tipo, desde su bicicleta, la había empujado y ella había ido a parar con la suya cerca de unos árboles que había al costado del camino y que no más terminar de caer al pasto ya tenía al tipo encima de ella tomándola por el cuello, que la ahogaba, que casi no podía respirar, que incluso creyó que la quería matar, que sólo la iba a matar, aunque, al mismo tiempo, con la otra mano el tipo se las había ingeniado para bajarle el pantalón hasta las rodillas y arrancarle la bombacha de un tirón y ya la estaba penetrando. Que todo había pasado muy rápido aunque había sido eterno, pero que, sin embargo, eso no había sido lo peor, que lo peor había empezado después de que el tipo se había escapado a toda velocidad en su bicicleta, que lo peor era que en su cabeza la escena seguía pasando continuamente y que, además, tenía unas pesadillas horribles y estaba medicada y había pensado que nunca más podría volver a hacer el amor porque sentía que todo el tiempo el tipo la seguía violando.

Que nunca más podría.


Aunque al rato, claro, ya no lloraba y estábamos otra vez haciéndolo, mudados definitivamente a mi furgoneta celeste. Nos amábamos estacionados sobre la margen izquierda de la Rue de Sebastopol. Muy cerca del Centro Pompidou y más cerca, todavía, de la Rue de Saint Denis.

Entre el cielo y el infierno.


Justo ahí, nos amábamos.
*

Capítulo extraído de La patria, Federico Jeanmaire.
Seix Barral, Buenos Aires, 2006.