13 de noviembre de 2018

Artículo en CTXT: entrevista con Daniel Mella

A finales de agosto, hablé con el escritor uruguayo Daniel Mella. Charlamos a propósito de la publicación en 2017 de dos libros suyos en España: el volumen de cuentos Lava y la novela El hermano mayor. Como lector confeso que soy de Casa Editorial HUM, sabía de la existencia de los libros de Mella y había leído el último; sin embargo, desconocía que la editorial barcelonesa Comba los había publicado aquí. Me enteré gracias a Andrés, librero en la Juan Rulfo y buen compañero cuando de charlar sobre literatura se trata.

A raíz de eso desempolvé mi ejemplar de la antología Líneas aéreas, que publicó Lengua de Trapo en 1999, donde aparecía «Blanco», un cuento de Mella. También conseguí un ejemplar de Derretimiento en Iberlibro que aún conservaba la dedicatoria que el autor, casi veinte años más joven entonces, le había hecho a un tal Óscar. Me faltó leer Pogo y Noviembre, dos piezas de la primera parte de su carrera literaria, y que juraría que por ahora solo se consiguen en Uruguay o de importación. En fin, todo se andará.

Como hablamos un rato largo, al montar la entrevista —y pese a que esta es extensa—, debí dejar fuera algunas preguntas y respuestas. Al final del todo, reproduzco, a modo de bonus track, un par de ellas. Por cierto, otra cosas que no comenté en la entrevista es que El hermano mayor salió publicado hace poco en inglés, Old brother, por la editorial Charco Press y que Mella estuvo en Escocia presentándolo.

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 DANIEL MELLA / NARRADOR URUGUAYO

 “Escribo para pensar, para darme cuenta de lo que pienso”

 
Daniel Mella. Foto cedida por la editorial Comba.

La historia de Daniel Mella se cuenta casi siempre más o menos de la misma manera. A los veinticuatro años ya había publicado en Uruguay tres novelas –Pogo (1998), Derretimiento (1999) y Noviembre (2000)–, y lo adornaba, por tanto, la aureola de niño prodigio. También un aire de escritor maldito, en sintonía con el tono duro, frío y violento de su literatura, que remitía a Bret Easton Ellis o al Nick Cave más salvaje.

La prensa uruguaya lo había encuadrado en la llamada “generación de los crueles”, junto con escritores unos diez años mayor que él, como Gustavo Escanlar, Lalo Barrubia, Gabriel Peveroni o, su amigo y mentor, Ricardo Henry. El futuro de la literatura de la generación posdictadura parecía estar en sus manos. Sin embargo, lo que vino después fue más de una década de silencio editorial.

En España supimos de Daniel Mella gracias a Lengua de Trapo en 1999. Fue por partida doble. Por un lado, su cuento “Blanco” apareció incluido en la antología Líneas aéreas, que preparó Eduardo Becerra a modo de “guía de narradores hispanoamericanos para el siglo XXI”. Por otro, la editorial madrileña publicó su novela Derretimiento. Desde entonces hasta hoy, poco o nada supimos de aquel autor veinteañero tan prometedor.

Daniel Mella volvió a la escena literaria uruguaya en 2013. Lo hizo con un libro de cuentos, Lava; luego, en 2016, ese regreso se convirtió en definitivo con la novela El hermano mayor. De hecho, ganó dos veces –una con cada obra– el Premio Bartolomé Hidalgo, otorgado anualmente por la Cámara Uruguaya del Libro. El año pasado, gracias a la editorial barcelonesa Comba, aparecieron ambos títulos aquí, y pudimos por fin apreciar el profundo cambio que ha experimentado la literatura de Mella. De todo eso conversamos con él a principios de agosto.

—En su libro, varios narradores miden más de 1,90 m, algo que parece remitir a su propia estatura. ¿En qué momento Uruguay perdió un jugador de baloncesto y ganó un escritor?    

—Estuvo muy relacionada una cosa con la otra. Yo tenía dieciocho años y estaba en la selección sub-18. Fuimos a jugar un campeonato sudamericano a Bolivia y, a la vuelta, en mi club, habíamos cambiado de director técnico... El técnico nuevo me sentó en el banco, así que me empecé a deprimir y pedí que me cambiaran de club. En esa época, eso significaba estar un año sin jugar; luego, quedabas libre y podías elegir en qué club jugar. En mitad de ese año de no jugar al básquetbol, en el momento pico de mi crisis, escribí Pogo. Agarré, compré un cuadernito y escribí como un diario personal donde, a medida que iba escribiendo, iba inventando cosas. A los cuatro o cinco días ya tenía algo. Y me dije: “A ver, ¿qué es esto?”. Lo pasé a máquina y se lo di a mi profesor de la universidad. A él le encantó, lo llevó a una editorial y ahí ya dije: “Bueno, ¡a cagar con el básquetbol... Esto es lo que realmente me gusta!”.


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[ MATERIAL EXTRA ]

—Dado el tema de la novela, quizá suene algo frívolo... Pero ¿qué le debe El hermano mayor al surf? Lo digo porque la familia de Alejandro y Daniel trenzan muchas historias alrededor de este deporte; por ejemplo, sobre la vida vacía y sin compromisos.

—El surf es muy importante en mi familia. Mi viejo nunca dejó hasta el día de hoy de surfear. Para nosotros los veranos eran dos o tres meses de surf; y el invierno, era mirar videos de surf, pensar en el surf. La atracción por ese estilo de vida estaba ahí. Para mí dejó de ser una tentación cuando empecé a escribir, aunque seguí surfeando hasta los 23 o 24 años. Mis hermanos siguieron, y Sebastián era el que estaba más metido: todo giraba en torno a la posibilidad de correr olas en Chile, Indonesia... Desde el punto de vista productivo, la vida surfista puede ser vista como la vida de un holgazán. Esa fue la decisión que tuvo que tomar mi padre, que estaba decidido a ser surfista, y terminó teniendo una familia. Esa una opción que teníamos ahí.

—Al narrador/escritor le obsesiona que la pérdida conlleva revelación y que el arte nace del dolor. Casi diría que la idea del artista como enfermo o endemoniado que no se quiere curar, que quiere permanecer fiel a su neurosis. ¿Es una imagen de la que huye o con la que se resigna a convivir? Se lo pregunto porque usted fue considerado un escritor maldito en su día.

—Tengo un conflicto con esa figura del artista. Sé que tiene algo de cierto, pero solo eso: algo de cierto. Lo que está bueno es no casarse con esa figura, no creérsela por completo, no aferrarse a ella como si fuera una condición necesaria: “Para escribir tenés que estar enfermo, neurótico, en continua crisis...”. Para mí, sin embargo, la vida ha sido una sucesión de crisis profundas, y no siempre es lindo estar en crisis. Una vez que las vas pasando, vas agarrando confianza, humildad. Uno en un punto se tiene que resignar a escribir lo que puede escribir. Por un momento, emparenté demasiado en mi cabeza la cuestión de que Pogo, Derretimiento y Noviembre fueron libros producto de una depresión, y que por lo tanto no eran lo que me representaba... O lo que yo deseaba que me representara; era el deseo que yo tenía de ser más luminoso, de curarme, de estar mejor, de ser otro. Y supuse que si yo me volvía más luminoso, que si me curaba, que si llegaba a cierta paz conmigo mismo, lo que escribiera iba a ser distinto. En un punto, no puedo hacerme la trampa de decirme que la vida no es hermosa o que no vale la pena... No puedo decir eso absolutamente convencido. Yo sé que no es así; la vida me ha demostrado muchas veces que es hermosa, y lo veo todos los días. Que lo que a uno le pueda salir de la pluma tenga una tendencia más o menos oscura, yo qué sé... Serán cuestiones de para dónde tiende la imaginación de uno, el temperamento, etcétera. Creo que cuando me quedé más tranquilo con eso fue que pude volver a escribir, y entonces escribir los cuentos... Y los cuentos no son ni lo más feliz del mundo ni lo más triste del mundo: son lo que son. No sé si me representan en mi estado de ánimo o en mi evolución; pero, en parte, sí sueño con escribir el libro más luminoso del mundo, con escribir el libro del canto a la esperanza. Sería muy lindo hacerlo, pero ya es solo sueño inofensivo a esta altura.

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P. D.: merece la pena ver estos vídeos donde Daniel Mella charla con la periodista y crítica Soledad Platero sobre varios aspectos que atañen a su obra: niño prodigio, los finales inconclusos, los lugares comunes o los años sin escribir.

12 de noviembre de 2018

Charla con Saïd El Kadaoui y Consuelo Triviño


El sábado que viene moderaré una charla sobre migraciones. Será en la librería Enclave de Libros (metro Tirso de Molina; calle Relatores, 16). Por si alguien quiere saber más sobre los autores, dejo aquí un enlace a la web de la escritora colombiana Consuelo Triviño y a la sinopsis de Transterrados, la novela que ha publicado recientemente en la editorial Calambur. De Saïd El Kadaoui, enlazo las dos partes de una larga entrevista que le hice; la primera salió en CTXT; la segunda, en Un puerto que cambia. También mis reseñas de sus novelas NO y Límites y fronteras. En fin, la invitación está hecha. Nos vemos en la librería.

31 de julio de 2018

Artículo en CTXT: entrevista con Sara Cordón

A finales de junio, entrevisté a la escritura madrileña Sara Cordón. Lo hice a propósito de su novela Para español, pulse 2, cuya lectura me conectó con algunos libros de Antonio Orejudo (1 y 2), Mercedes Cebrián o Fernando San Basilio con los que me había divertido mucho. El resultado de aquella charla salió publicado en CTXT el 27 de julio. Como suelo hacer, copio el inicio y el resto puede leerse en la web de la revista.

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Sara Cordón / Autora de Para español, pulse 2

“Quiero revindicar el hispanismo y la latinidad no solo como lengua, sino como cultura”


Rubén A. Arribas


En algún momento de 2012, Sara Cordón se cansó de la precariedad laboral de su Madrid natal y emigró a Estados Unidos. Lo hizo gracias a una modesta beca que le concedieron en la Universidad de Nueva York para cursar un máster de escritura creativa en español que duraba dos años. Por aquel entonces ella publicaba libros infantiles, estaba especializándose en la obra Italo Svevo y, para ganarse la vida, trabajaba como administrativa en un taller de escritura. A la vista de la crisis económica que asolaba el país, ninguna de esas tres opciones la ayudaban a imaginar un horizonte laboral o vital más propicio.

Además, nacida en 1983, iba a cumplir los treinta y veía casi como un delirio fantasioso poner su sueño en práctica. “Me parecía muy presuntuoso decir: 'Yo quiero ser escritora'. Era algo que aquí, en España, sonaba a '¡hala, qué flipada!'”, explica entre risas al amparo de la hospitalidad mexicana que nos prodiga a finales de junio la madrileña librería Juan Rulfo. Allí, unas horas antes de que ella cruce de nuevo el Atlántico, aprovechamos para hablar de su primera y reciente novela, Para español, pulse 2 (Caballo de Troya, 2018).

También de sus planes más inmediatos: antes de regresar a Nueva York a escribir y seguir trabajando en su doctorado sobre las estrategias de autoexposición, dará un taller de escritura en Valparaíso (Chile) y luego hará escala en la Feria del Libro de Lima para promocionar el último libro que ha publicado su editorial, Chatos Inhumanos. A simple vista, parece claro que el asunto de vivir de la escritura lo lleva mejor encaminado que en 2012 y que su experiencia migratoria ha sido fundamental al respecto.

En Para español, pulse 2, Cordón aprovecha su pasado como alumna en el máster de escritura para reflexionar en clave de autoficción y de parodia sobre varios temas que atraviesan sus seis años de vida neoyorquina. El reto de profesionalizarse como escritora, la novela como producto de mercado, el panhispanismo que caracteriza a la comunidad intelectual latina o la comodidad que acompaña a la subalternidad con suerte son algunos de ellos. De esas cuestiones y de algunas más habla en esta entrevista para CTXT.

En la novela, el jefe de Sara en Madrid habla de que los másteres españoles son algo así como un sacadineros y bolsas de colocación. ¿También lo son los másteres estadounidenses en español?
En general, allí funciona la idea de profesionalizarse. Un máster no te garantiza que vayas a ser un creador maravilloso o que vayas a tener unas ideas superinteresantes. Tampoco te enseña a escribir. El objetivo es ver los materiales con que te interesa trabajar y observar cómo los reciben otras personas. De hecho, el trabajo que hicimos en el máster fue, sobre todo, de crítica. Eso sí, el feedback que recibes es tan bestial que, en mi caso, cuando terminé, estuve un tiempo sin escribir.

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