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1 de abril de 2021

CTXT / Daniel Mella, el hombre que no podía escribir de manera luminosa

 Llevo una temporada sin actualizar el blog. He publicado varios artículos en CTXT, pero no he encontrado el momento de sentarme y de subirlos. Va siendo hora de ponerle remedio. A eso vengo. Paciencia, pues, si tras tanto silencio, llega una retahíla de mensajes (cosa que dudo, pero bueno...).

Empiezo por rescatar este artículo de finales de octubre de 2020. Es sobre Trilogía del dolor, de Daniel Mella, publicado por la editorial Comba, un volumen que contiene las tres primeras novelas de este escritor uruguayo: Pogo, Derretimiento y Noviembre. Mi lectura estuvo precedida por una entrevista con Mella en 2018 a propósito del libro de cuentos Lava y de la novela El hermano mayor. También de una charla en su casa de Parque del Plata en enero de 2019.

Parecía que el 2020 iba a ser un gran año para literatura uruguaya en España: no habíamos llegado a marzo, y ya estaban la trilogía de Gustavo Espinosa y la de Daniel Mella en circulación. Más adelante, veríamos la reedición de La azotea, y la publicación de No soñarás flores, de Fernanda Trías. Seguramente, salió incluso algún libro más del que ahora no me acuerdo. Sin embargo, el coronavirus nos hizo entrar en fase plaga bíblica y juraría que pasó inadvertido algo tan notable como la llegada de tanto libro uruguayo en un mismo año. Después de la próxima glaciación o lluvia de meteoritos, todo saldrá mejor.

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Arte del sufrimiento

Daniel Mella, el hombre que no podía escribir de manera luminosa

El dolor y la muerte han sido el motor principal de su escritura, tildada con frecuencia de pesimista, oscura o depresiva

Rubén A. Arribas 23/10/2020

Daniel Mella. Foto cedida por editorial Comba.

Mientras leía Trilogía del dolor, recordé aquella tarde de enero de 2019 en que Mella me recibió en su casa de Parque del Plata (Uruguay) para tomar unas cervezas y charlar. Unos meses antes habíamos hecho una entrevista por videoconferencia para CTXT a propósito de la publicación en España de su libro de cuentos Lava y de su novela El hermano mayor, y nos pareció buena idea retomar aquella conversación en persona. Durante la entrevista, Mella había hablado larga e íntimamente sobre la muerte de varios de sus seres queridos y del peso de esa experiencia en su obra. Al terminar había dicho algo que me había conmovido: quienes mueren nos regalan un estado de claridad y nitidez, y al menos por unos días se nos aclaran las prioridades y nos aferramos a “no volver nunca del todo a la realidad pelotuda”. Curiosamente, aquella tarde de verano austral en que lo visité dejamos a la muerte en paz y el único dolor que cruzó la conversación fue el de su espalda.

De hecho, nada más entrar en su casa, Daniel tiró sus 192 centímetros de exjugador de baloncesto al suelo y se puso a hacer estiramientos: el lumbago lo estaba matando. Se tendió entre la chimenea y una larga tabla de surf que, según explicó, hacía años que no utilizaba a pesar de tener el mar a 500 metros. Lo de hacer deporte había sido un pecado de juventud: a los 18 años atravesó una larga crisis personal de la que salió, entre otras cosas, fumador, exmormón y fenómeno literario. Esto último al menos tiene explicación: los azares editoriales quisieron que sus dos primeras novelas salieran en dos sellos distintos con un mes de diferencia; eso, unido a su edad, 21 años, resultó un bombazo para el pequeño y manso mundo cultural uruguayo de finales de los noventa. La mercadotecnia tardó poco en elevarlo a los altares de gran promesa literaria, algo que terminó siendo un estigma y una losa para él.

 

»» El texto sigue en la sección El Ministerio, de la revista CTXT »»

2 de abril de 2019

Presentación de 'Poesía y patadas', de Miguel Ángel Ortiz


Ir a Medina de Pomar (Burgos) a chalar sobre los libros de Miguel Ángel Ortiz se está convirtiendo en un clásico. Aunque nació en Ciudad del Cabo (Sudáfrica) y trabaja como librero en Granollers, Miguel Ángel es un medinés de toda la vida, por lo que cada vez que publica un libro peregrinamos hasta su pueblo para presentarlo en sociedad. Así sucedió en su día con Fuera de juego (Caballo de Troya, 2013) y La inmensa minoría (Random House, 2014), las dos novelas que ha escrito hasta la fecha. Ahora vamos con Poesía y patadas (Roca Editorial, 2019), que puede leerse como una colección de artículos sobre más de un centenar de libros —la mayoría literarios— que hablan del fútbol. De paso, aprovecharemos para brindar en público por su Premio Mandarache 2017.

Esta vez hablaremos Manuel Abacá —autor de La mesa puesta y responsable del blog Por las montañas de Holanda— y yo con Miguel Ángel. Como anuncia el título, conversaremos de fútbol, claro; pero, sobre todo, hablaremos de literatura. O mejor dicho: de cómo la poesía, el cuento, la novela o el teatro han contado el fútbol; y, ya que estamos, de las metáforas que nos presta a diario y de cómo nos hemos contado a través de este deporte a lo largo de estas décadas. Ejemplos españoles recientes de esto último son, además de las propias novelas de Miguel Ángel, otras como El hijo del futbolista, de Coradino Vega, o Hijos del fútbol, de Galder Reguera. Y si nos pasamos al periodismo, vale hablar de los libros de Quique Peinado, Ramón Lobo o Juan Pablo Meneses.

Invocaremos toda clase de nombres, desde inútiles del esférico como Rodrigo Fresán, Valle-Inclán o Roberto Bolaño a hooligans ilustrados como Eduardo Galeano, Juan Villoro, Miguel Delibes, Roberto Fontanarrosa, Eduardo Sacheri, Enric González, Manuel Vázquez Montalbán, Ramiro Pinilla o Ray Loriga. Desde jugadores con biblioteca y libro propio, como Miguel Pardeza, a futbolistas politizados, como Sócrates o los del St. Pauli. También nos ocuparemos de algo muy importante en Poesía y patadas: el fútbol femenino. Ahí estarán Luis Valenzuela, Claudia Piñero, Almudena Grandes, María Tena, Gioconda Belli, Blanca Varela, Marta Sanz o Liliana Heker para echarnos una mano. En fin, será divertido. Si podéis acercaros, allí estaremos.


Material extra

29 de mayo de 2013

La generación más preparada...

En su artículo «Sin novedad en el frente», Manuel Leguineche repasa cómo nacieron los reporteros de guerra y los continuos conflictos que estos enfrentaron a la hora de conciliar la objetividad informativa con su compromiso político, el llamado «interés nacional» o la voluntad empresarial de sus jefes. Así, nos recuerda que Hemingway hablaba de la inminente victoria republicana, pese a que el Ejército Popular se derrumbaba en todos los frentes. O que los generales británicos consideraban unos bolcheviques a los corresponsales ingleses que informaban de la Segunda Guerra Mundial desde cualquier sitio que no fuera Londres.

Me esmero en teclear esta introducción porque quiero extractar unos fragmentos de un artículo de Julián Casanova, catedrático de Historia Contemporánea en la Universidad de Zaragoza, y me temo que alguien me acusará de hacerle el juego a José Ignacio Wert, la derecha, la Iglesia y blablablá. De ningún modo: en esta guerra educativa que vivimos, quisiera que la verdad no fuera la primera víctima. A mí me interesa que las cosas funcionen mejor y que todo el mundo haga su parte de autocrítica. Y en este artículo, Casanova reflexiona sobre un par de asuntos tan importantes como espinosos: la titulitis y la poca exigencia del alumnado.

Wert es una calamidad como ministro, sí; pero el sistema universitario español tiene más vías de agua abiertas que su conservadurismo. Y, sin un debate serio y a fondo sobre el asunto, no saldremos del atolladero. Extracto solo un par de párrafos, pero recomiendo el texto entero.

(...) Para sobrevivir, cualquier órgano o institución social necesita que los jóvenes reemplacen a los mayores, que surjan nuevas voces en la elaboración de ideas y alternativas. Se habla mucho de los que se van a Alemania, de la generación más preparada, pero se olvida que la formación es otra cosa, que no sólo consiste en adquirir crédito profesional a través de un título. 

La educación significa el desarrollo integral de los individuos, más allá de la preparación profesional y las consideraciones materiales, algo que incluye necesariamente comprender la naturaleza de las cosas y el mundo que nos rodea. La educación es una guía imprescindible para captar los entresijos de la sociedad tan compleja que hemos creado y revisar, con el auxilio de la investigación exhaustiva, las ideas aceptadas. Los estudiantes españoles son, en general, muy poco exigentes y para una buena parte de ellos, la universidad es una continuación del Bachillerato: hacen decenas de exámenes, en los que reproducen los contenidos adquiridos en clase, con varias convocatorias para aprobar una asignatura; raramente intervienen en seminarios o debates orientados por profesores y su conocimiento de otras lenguas y culturas es bastante deficiente.

Y aunque en la educación y en la investigación no se encuentran la solución a todos los males sociales, la buena formación intelectual y profesional siempre ha identificado a las sociedades más avanzadas. (...)
«El peso de la mediocridad», Julián Casanova, El País, 26 de mayo de 2013.

PD para integristas. Además de formarme en el sistema universitario español, he sido alumno en el austriaco y he conocido de cerca el argentino o el uruguayo. En fin, una pizca de autocrítica no viene mal, ¿eh?

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Actualización del 30 de mayo:  «La UB acusa a Educación de no informar a un alumno porque preguntó en inglés». Lo escuché en la radio y no me quedó más remedio que buscar la noticia... El alumno en cuestión era paquistaní.