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12 de enero de 2020

Entrevista a Miguel Ángel Ortiz / Panenka

Con lentitud pero constancia, sigo subiendo los artículos que publiqué en 2019. Ahora le toca el turno a la entrevista que le hice a Miguel Ángel Ortiz en julio para la revista Panenka a propósito de su ensayo Poesía y patadas, que recorre cien años de fútbol y literatura.

El autor es un viejo conocido de este blog, pues en 2013 y en 2014 participé en la presentación de Fuera de juego y de La inmensa minoría, las dos novelas que precedieron a este ensayo. Aunque Miguel Ángel vive desde hace años en Barcelona, ya es tradición que estrene sus libros en Medina de Pomar (Burgos), su pueblo de adopción (él nació en Ciudad del Cabo). Por eso mismo, hasta allí, hasta la bella comarca de Las Merindades, nos acercamos el escritor Manuel Abacá, el autor y yo para conversar sobre fútbol, poesía, patadas y lo que se terciase.
Pese a que mis conocimientos balompédicos son rudimentarios, Poesía y patadas me interesó debido a la fuerte presencia de la literatura. Por ejemplo, descubrí que había un montón de poemas escritos por mujeres. También que Gabriel Celaya y Rafael Alberti habían dirimido sus diferencias futbolísticas a través de la poesía, que Unamuno tuvo un famoso jugador en la familia —Pichichi— o que hubo serías disputas semánticas a la hora de traducir el nombre de este deporte (¡esferomaquia quería llamarlo Azorín!). En fin, hasta el atrabiliario Valle-Inclán quiso decir algo sobre el fútbol. 

Otro elemento que me llamó la atención es que el debate de si el fútbol es más negocio que deporte viene de lejos. Ah, y como bibliófilo que soy, me encantó que Miguel Ángel trajera a la charla algunos libros antiguos que ha ido coleccionando estos años.

Aquella charla en Medina de Pomar, tiempo más adelante, nos llevó a otra conversación y a esta entrevista cuyo inicio transcribo.


*


“La novela ‘Judas futbolista’ ya criticaba 

en 1928 el negocio del fútbol”

Fútbol y literatura se mezclan en 'Poesía y patadas', el libro de Miguel Ángel Ortiz. Y también lo hacen en esta charla entre el escritor y Rubén A. Arribas


Miguel Ángel Ortiz, en la biblioteca de Medina de Pomar. Foto: Laura Caorsi


“Escribir sobre fútbol es la mejor manera de continuar jugándolo”. Esa frase de Eduardo Galeano que recoge Miguel Ángel Ortiz en su último libro, Poesía y patadas (Córner, 2019), resume mejor que ninguna otra el vínculo que este escritor medinés tiene actualmente con el balón. Ahora que lleva un tiempo retirado del fútbol aficionado debido a una lesión de rodilla, Ortiz siente más que nunca que leer y escribir sobre su deporte favorito es una manera diferente de disfrutarlo. También una apuesta por seguir profundizando en el mundo narrativo que construyó en las dos novelas que antecedieron a este ensayo: Fuera de juego (Caballo de Troya, 2013) y La inmensa minoría (Random House, 2014).

Por esa razón, en los últimos cinco años, Ortiz ha leído algo más de 300 obras futboleras en diverso grado y en los más variados estilos. Desde la crónica de Horacio Quiroga que marca en 1918 el inicio del periodismo deportivo hasta ese desatado canto al fútbol que es Dios es redondo, de Juan Villoro. Desde los poemas de Rafael Alberti, Gabriel Celaya o Miguel Hernández hasta los de Clara Janés, Blanca Varela, Mercedes Saorí o Gioconda Belli. Desde los cuentos de Roberto Fontanarrosa, Osvaldo Soriano y Eduardo Sacheri a las novelas de Peter Handke, Pier Paolo Pasolini, Philip Winkle o Ramiro Pinilla. Todo ello sin dejarse atrás libros de carácter más sociológico, como Futbolistas de izquierdas, de Quique Peinado, o También nos roban el fútbol, de María y Ángel Cappa.

A primera vista, Poesía y patadas funciona como una entretenida enciclopedia donde encontrar más de un centenar de referencias literarias con las que construir una buena biblioteca futbolera. Sin embargo, terminada y digerida su lectura, deja un regusto intenso y único en el paladar: la sensación de haber entendido mejor por qué ha sido tan fecunda la relación entre el fútbol y la escritura desde principios del siglo XX hasta hoy. De todo ello ha hablado el autor con Panenka.



2 de abril de 2019

Presentación de 'Poesía y patadas', de Miguel Ángel Ortiz


Ir a Medina de Pomar (Burgos) a chalar sobre los libros de Miguel Ángel Ortiz se está convirtiendo en un clásico. Aunque nació en Ciudad del Cabo (Sudáfrica) y trabaja como librero en Granollers, Miguel Ángel es un medinés de toda la vida, por lo que cada vez que publica un libro peregrinamos hasta su pueblo para presentarlo en sociedad. Así sucedió en su día con Fuera de juego (Caballo de Troya, 2013) y La inmensa minoría (Random House, 2014), las dos novelas que ha escrito hasta la fecha. Ahora vamos con Poesía y patadas (Roca Editorial, 2019), que puede leerse como una colección de artículos sobre más de un centenar de libros —la mayoría literarios— que hablan del fútbol. De paso, aprovecharemos para brindar en público por su Premio Mandarache 2017.

Esta vez hablaremos Manuel Abacá —autor de La mesa puesta y responsable del blog Por las montañas de Holanda— y yo con Miguel Ángel. Como anuncia el título, conversaremos de fútbol, claro; pero, sobre todo, hablaremos de literatura. O mejor dicho: de cómo la poesía, el cuento, la novela o el teatro han contado el fútbol; y, ya que estamos, de las metáforas que nos presta a diario y de cómo nos hemos contado a través de este deporte a lo largo de estas décadas. Ejemplos españoles recientes de esto último son, además de las propias novelas de Miguel Ángel, otras como El hijo del futbolista, de Coradino Vega, o Hijos del fútbol, de Galder Reguera. Y si nos pasamos al periodismo, vale hablar de los libros de Quique Peinado, Ramón Lobo o Juan Pablo Meneses.

Invocaremos toda clase de nombres, desde inútiles del esférico como Rodrigo Fresán, Valle-Inclán o Roberto Bolaño a hooligans ilustrados como Eduardo Galeano, Juan Villoro, Miguel Delibes, Roberto Fontanarrosa, Eduardo Sacheri, Enric González, Manuel Vázquez Montalbán, Ramiro Pinilla o Ray Loriga. Desde jugadores con biblioteca y libro propio, como Miguel Pardeza, a futbolistas politizados, como Sócrates o los del St. Pauli. También nos ocuparemos de algo muy importante en Poesía y patadas: el fútbol femenino. Ahí estarán Luis Valenzuela, Claudia Piñero, Almudena Grandes, María Tena, Gioconda Belli, Blanca Varela, Marta Sanz o Liliana Heker para echarnos una mano. En fin, será divertido. Si podéis acercaros, allí estaremos.


Material extra

12 de julio de 2015

Miguel Ángel Ortiz, autor de 'Fuera de juego'

 «El fútbol me ha abierto
puertas narrativas que antes no veía»



Ortiz, en el último festival Primera Persona (Barcelona, mayo de 2015).

Ni siquiera internet es garantía de que los textos duren eternamente. Hace unas semanas descubrí que la remodelación de la web de Random House tras la compra de Alfaguara se había llevado por delante una entrevista que le había hecho a Miguel Ángel Ortiz, autor de Fuera de juego (Caballo de Troya, 2013), la novela que supuso su debut en el panorama literario español. Y, como aquella entrevista tuvo su continuación en la presentación del libro y le tengo un particular cariño, quiero reflotarla a través del blog.

Además, así aprovecho y cuento alguna cosilla más sobre el autor que se quedó fuera de aquel texto. ¿Por ejemplo? Su origen. En la solapa consta que nació en Ciudad del Cabo en 1982, algo que, además de exótico, resulta chocante cuando uno lee sus dos libros: Fuera de juego transcurre en Medina de Pomar, un pequeño pueblo de Burgos, y La inmensa minoría (Random House, 2014), lo hace en Zona Franca, un barrio periférico de Barcelona... ¿Qué pinta Sudáfrica en todo esto entonces?

Esa es una historia relacionada con las migraciones de la segunda mitad del siglo XX. Su madre llegó a Ciudad del Cabo procedente de Tacuarembó (Uruguay) y su padre, de Medina de Pomar, con escala migratoria previa —si mal no recuerdo— en Brasil. Nely se fue de su país siguiendo a un hermano que trabajaba en Sudáfrica y que necesitaba ayuda con la cocina y los hijos; Ángel era soldador y llevaba algún tiempo enrolado como operario en barcos que recorrían el hemisferio sur. En algún momento, en plena época del apartheid, la tacuaremboense y el medinés coincidieron en un bar latino... «Y lo demás», como le gusta decir a Ortiz, «es historia». Una historia que terminó con dos hijos sudafricanos que aún no han regresado al lugar donde nacieron y que ojalá que algún día Ortiz narre.

Entre tanto, toca quedarse con el fútbol y el descubrimiento de cómo tu deporte favorito —el autor jugó de manera semiprofesional— puede funcionar como una metáfora para comprender el mundo que te rodea y relacionarte con él. También como una herramienta para narrar de dónde vienes, qué clase de persona aspiras a ser o los aprendizajes asociados a esa tarea. Tanto Fuera de juego como La inmensa minoría exploran ese doble aspecto. Por cierto, y ya para terminar, otra curiosidad que quedó fuera de la entrevista: a pesar de jugar de mediapunta en su equipo, Ortiz hizo de portero en un capítulo —como extra, se entiende— de la futbolística serie Pelotas, de Corbacho y Cruz... En fin, que usar el futbol como elemento vertebrador de sus novelas parecía lo obvio.

Rubén A. Arribas

El fútbol está omnipresente en
Fuera de juego. ¿Qué te ha permitido contar este deporte que, de otro modo, no podrías haberlo hecho sin él?
El fútbol ha sido una herramienta muy importante para entender el mundo que me rodea. Me ha servido para aprender sobre el esfuerzo y el trabajo, no solo individual sino también en equipo. En la novela es uno de los ejes fundamentales, ya que en la vida de esos chavales el fútbol es lo más importante: es con lo que sueñan, con lo que aprenden a ganar y, sobre todo, a perder. Es un juego que ayuda a crecer. Un gol puede sacarte de la mediocridad, un partido puede cambiar una semana. La vida de mucha gente no se podría contar sin el fútbol, y la de estos chavales va muy ligada al balón.

Y ahora, la pregunta contraria: usar el fútbol como material narrativo, ¿te ha impuesto alguna limitación?

En esta historia, no. Va de fútbol y, gracias a él, los chavales crecen y aprenden. En general, el fútbol se asocia con los bares, con la diversión de masas o con «el opio del pueblo»; pero, aun siendo acaso todo eso, es una buena metáfora de la existencia, del juego de la vida, y es lógico que aparezca con más frecuencia en los libros también. El fútbol me ha abierto puertas narrativas que antes no veía.

Tu apuesta se sale de lo que muchas personas esperan de la literatura: la acción transcurre en un barrio de un pueblo, los protagonistas están saliendo de la infancia y el eje narrativo discurre, sobre todo, alrededor de los partidos que juegan estos chicos en la calle. ¿Cómo se te ocurrió que ese era un material novelable?
No sé si se sale de lo normal. Todos los personajes pueden y deben tener voz en la literatura. Yo escribo para conocerme más a mí mismo y, por eso, utilizo personajes que han vivido cosas parecidas a las que hemos vivido muchos de mi generación. No les suceden grandes cosas en el día a día. Los personajes no son héroes ni nada parecido. El eje narrativo son los partidos que juegan en la calle, que les hacen crecer y avanzar. Del fútbol aprenden, y esa es la idea que trata de trasmitir la novela: hasta en el juego hay un aprendizaje de la vida. Hay muchos escritores que dicen que para que un texto sea honesto debe poder ir de la mano con su autor, y sin esos personajes o el fútbol este texto no iría de la mano conmigo.

El texto nunca menciona el nombre del pueblo donde transcurre la acción. Para saber que se trata de Medina de Pomar, hay que alimentar a Google con algunos topónimos que aparecen en la novela o, cómo no, guiarse por el fútbol: el equipo del pueblo es el Alcázar. ¿Qué intención hay tras esta decisión narrativa?
Que cualquier lector pudiera identificarse con lo que se estaba contando, que el pueblo fuese uno cualquiera y no solo Medina de Pomar. En definitiva, que las historias que narra la novela se pudiesen extrapolar a cualquier otro lugar.

Chus Pereda nació en Medina de Pomar. Su mención en Fuera de juego, si bien es breve, alcanza cierta intensidad: los protagonistas de la novela desconocen que uno del pueblo —Pereda— no solo metió un gol en la Eurocopa que España ganó en 1964, sino que dio el pase para el famoso gol de Marcelino. En cambio, esos mismos chavales visten camisetas de Julen Guerrero o Iván Zamorano y sueñan en ser cómo ellos. ¿Hay algún componente simbólico, algún mensaje cifrado bajo este dato?
En uno de los diálogos entre Pedro y Satur, cuando el segundo quiere contarle a Koldo quién era Pereda, Pedro dice que los chavales solo se preocupan por lo que ven en la tele. Solo les interesa lo suyo: su pelota, sus cromos, sus jugadores preferidos. Hasta que la Selección no empezó a ganarlo todo, la historia de Pereda y compañía apenas se contaba. La idea es esa: el presente se come al pasado. A los chavales les interesa lo que están viviendo y no tanto una historia lejana en blanco y negro, una historia que es de sus abuelos.

¿Llegaste a conocer a Pereda?

Sí, lo conocí en Barcelona. Vino a vernos jugar al fútbol a un torneo que disputamos allí. Nos llevó de visita al Camp Nou y pasó todo un día con nosotros. Fue la única vez que le vi. Con tiempo, me gustaría poder escribir algo más extenso sobre él y aquel día que nos enseñó el Camp Nou. Conocía muchas historias sobre Pereda porque mi padre me ha hablado muchas veces de él. Cuando Pereda debutó en el Madrid como profesional, mi padre estaba allí estudiando. Su hermano trabajaba en Madrid y otro medinés, Toti, también trabajaba allí. Ninguno de los tres se quiso perder el primer partido de un paisano en el fútbol profesional y fueron a verle debutar. Al acabar el partido, estuvieron hablando con él en las instalaciones del campo. Luego Pereda pasaría por el Valladolid, el Sevilla, donde formó la famosa "delantera de cristal", y el Barça, donde se consagró definitivamente.

Trabajas con personajes que se mueven en la frontera entre la infancia y la adolescencia, ¿no te dio miedo estar haciendo simple literatura juvenil? 
Es uno de los aspectos que más he trabajado: potenciar el mundo adulto para que el mundo de los chavales rebotase o chocase contra el de sus padres. Es un tema delicado porque los protagonistas son chicos y eso induce a pensar que puede ser literatura juvenil. Pienso que la novela puede gustar lo mismo a un lector de 15 años que a uno de mi generación, con más de 30. Los dos se pueden ver reflejados en los chavales. También hay lectores más mayores que pueden ver su mundo en la novela. De todas maneras, lo de que sea o no literatura juvenil no me preocupa demasiado; es solo una etiqueta más.

En una novela con tanto niño suelto dándole patadas a un balón, ¿qué papel desempeñan
los personajes adultos como los padres, los vecinos del barrio, etc.?
El mundo adulto funciona como caja de resonancia para que el mundo de los chavales alcance sentido completo. Sin el uno, el otro no tiene sentido. Del choque entre los dos mundos surge el material narrativo. Los adultos son el contrapunto de los chicos. Son las dos caras de la misma moneda.

Fuera de juego muestra al lector algunas peculiaridades de un pueblo de frontera, en este caso entre las provincias de Burgos y Bilbao, donde nunca está muy claro si los habitantes son más vascos que burgaleses o viceversa. Además de porque sea el lugar de tu infancia, ¿había alguna intención literaria tras la elección de esa geografía?

Es un tema curioso. Hay partes de mi pueblo (y de otros de la zona) que se quedan vacías durante el invierno porque son de los veraneantes de Bilbao. La novela no ahonda en el tema porque son los chavales los que lo ven y lo hacen de una manera simple: los vascos vienen cuando tienen fiesta a desconectar del estrés de la gran ciudad. El pueblo se llena de gente que le da vida y beneficio a los negocios, como al bar Rojo. Pero también está la mezcla de gente, como los padres de Koldo o la chica con la que se enrolla Lolo el fin de semana. Quería mostrar la mezcla que se da en la frontera, un sitio donde no quedan claros los límites de esos otros muros que a veces levanta la política.

Salvo por algunos pasajes donde vemos algunas otras zonas del pueblo, en general, la novela transcurre en un barrio y narras un microcosmos muy particular: el del edificio de viviendas en forma de U. Es decir, la unidad de lugar es pequeñita, muy localizada. ¿Por qué?

Porque concuerda con los personajes. Ellos crecen en un pequeño microcosmos, en el barrio. Es su mundo. A partir de ahí conocerán el resto del pueblo y siempre lo verán marcado por esa visión que tienen de su barrio. La casa, el barrio, el pueblo. Ellos están saliendo de la primera etapa, la de la casa, para conocer el barrio y, al mismo tiempo, conocerse a ellos mismos también. Poco a poco, van haciendo incursiones en el resto del pueblo, se agrandan sus horizontes y vivencias, su conocimiento de ellos mismos.

La novela está ambientada a principios de los 90 y nos habla de una España donde aún se podía jugar en la calle sin que te vigilasen tus padres y el mayor problema era pegarle un pelotazo a un coche o al cristal del bar. ¿Qué ha pasado entre entonces y ahora?

Sí, los de mi generación nos criamos en la calle y esto ya no pasa en muchos sitios. Salíamos después de hacer los deberes y volvíamos a casa cuando nuestras madres nos llamaban para cenar. Ahora hay niños que solo pisan la calle para ir y volver al colegio. Se crían en casa, en las clases particulares o las actividades extraescolares. También las consolas han cambiado la forma de divertirse: ahora lo hacen solos en sus casas. Antes, cuando empezaron a salir la Game Boy o la Game Gear, nosotros las bajábamos a la calle y jugábamos todos con ellas, cuando no había un balón. Antes no había tanto miedo a que estuviéramos solos. Únicamente estaba prohibido cruzar la calle, dar balonazos a los coches o a los cristales del bar. Es otro paso de ese avance que nos imponen: antes en los pueblos las puertas de las casas estaban siempre abiertas; ahora nadie se atreve a dejarlas cerradas sin dos vueltas de llave.


DESCANSO (O EL AUTOR COMO FUTBOLISTA)

Tu posición en el campo es la de...

Punta o media punta.

¿Titular o revulsivo desde el banquillo?

Titular, casi siempre.

El partido más importante que has jugado fue...

Aunque he jugado tres fases de ascenso a segunda regional, solo he jugado dos partidos: uno con el Alcázar y otro con el Parets. El tercero fue también con el Alcázar, pero yo estaba estudiando en Salamanca y no pude jugarlo porque tenía exámenes. Aparte de esos, los derbis contra el Nela cuando jugaba en el Alcázar: esos eran los partidos que todos queríamos jugar.

Marca de balón: ¿Mikasa o Etrusco?

Etrusco.

Y la historia del fútbol local te recordará por...

Por nada en particular, aunque en el último partido de liga con el Parets, marqué el gol número 100 que nos hizo campeones. Pero el trabajo ya lo habíamos hecho antes: ese gol solo fue la culminación de todo un año.


LAS CHICAS TAMBIÉN JUEGAN

La novela contiene mucho diálogo. Es, con diferencia, tu recurso literario preferido. ¿Qué papel desempeña lo coloquial en tu manera de narrar?

Sí, hay mucho diálogo. De hecho, es la herramienta que hace avanzar la trama ya que el narrador apenas interviene, a no ser para hablar de lo que se ve. Me gusta el diálogo porque no hay trampa ni cartón: las palabras que usa cada personaje delatan su estado de ánimo, sus verdaderas intenciones o sus mentiras. Lo que dicen habla de eso que está dentro de ellos y que no se podría ver de otra manera. En cuanto a lo coloquial, es un rasgo que va con la naturaleza de los personajes.

Los personajes dan muchas vueltas y pasan bastante tiempo cerca de una piscina, que en su momento estuvo llena de agua y que ahora está vacía. ¿Por qué es tan importante esa piscina?
Simboliza el paso del tiempo: el agua marcó la buena época de la urbanización, cuando los pisos de protección oficial franquistas eran nuevos; y la no tan buena, en los 90 que narra la novela, vacía y olvidada. Curiosamente, hoy la piscina está cubierta de hormigón, como simbolizando que el tiempo todo lo sepulta. En la novela, estaba vacía, y eso nos permitía saltar dentro de ella a pasar las tardes. De hecho, funcionaba como un lugar de encuentro: si alguno estaba solo porque nadie más había bajado, esperaba en la piscina. Además, podías jugar dentro al fútbol tú solo, como hace Koldo en uno de los capítulos.

Uno de los hallazgos de Fuera de juego es Noelia; ella juega al fútbol como uno más. En los 90, lo del fútbol femenino era raro. ¿Es realidad o ficción esta historia de Noelia?

Realidad. Noelia, en lo futbolístico, está basada en mi hermana. Desde bien pequeña, jugaba conmigo y con mis amigos en el barrio. Era una máquina: chutaba más fuerte que nosotros, tenía visión, toque, remataba de cabeza, hacía goles a puñados... Ella y sus amigas formaron un equipo de fútbol sala en su colegio para jugar la liga escolar, y quedaron campeonas de Burgos y terceras de Castilla y León. Eran tan buenas que incluso el equipo del pueblo, el Alcázar, formó con ellas su primer equipo femenino para jugar en campo grande. A las chicas les costó adaptarse, pero al final mi hermana metía goles incluso desde mitad del campo. Jugó con la selección de Burgos. Mis amigos siempre me vacilaban diciendo que ella era quien me había enseñado a jugar al fútbol. De hecho, cuando ella tenía 16 o 17 años, la convocó la selección española...; pero renunció: le daba vergüenza no conocer a sus compañeras y se le hacía un mundo viajar sola fuera del pueblo. Ella siempre lo dijo: «Juego al fútbol por divertirme con mis amigas», y así lo hizo.


ORGASMOS Y GOLES FUTUROS

¿Con qué narradores españoles te sientes en deuda?

He leído mucho a Miguel Delibes, del que me encantan Las Ratas, Cinco horas con Mario o Los santos inocentes. Delibes utiliza en muchos textos a los niños como protagonistas, igual que Juan Marsé. De este último recuerdo especialmente Si te dicen que caí, que me gustó mucho. También estoy en deuda con los cuentos de Ignacio Aldecoa, que juraría habérmelos leído todos, o con el trato de lo rural que usa Llamazares en algunas de sus novelas. Entre los narradores contemporáneos, me quedaría con los primeros títulos de Ray Loriga y con todos los de Félix Romeo.

El autor y sus juglares: C. Bértolo (editor, izq.) y yo (dcha.)
Ahora que la has publicado y que ya sabes lo que cuesta llegar hasta ella, imagino que lo tendrás más claro. ¿Para qué sirve una primera novela?
Sobre todo para saber el esfuerzo que hay detrás de trabajar con un texto tan largo. Me ha servido para ver todo el proceso de publicación, de corregir y reescribir hasta que sientes que lo has dado todo en el texto. He aprendido mucho. Ha sido un proceso de aprendizaje largo y duro que espero que se vea reflejado en futuros textos.

A los futbolistas siempre les pregunta qué es un gol y no terminan de ponerse de acuerdo en si es o no como un orgasmo, si es mejor o peor... ¿Qué se siente cuando se termina la primera novela y, digámoslo así, cuando uno mete su primer gol literario?

Las dos cosas, escribir una novela y marcar un gol, tienen en común que ambas culminan un trabajo previo. En la primera, mucho más largo y duro que una semana de entrenamientos; pero sí que podría decirse que hay algo parecido en la explosión interior que provoca marcar un gol y la de culminar un texto. Diría más: creo que culminar una novela se parece a marcar un gol después de haber estado lesionado y haberse pasado mucho tiempo de rehabilitación, de entrenar solo, después con el equipo y, tras esperar en el banquillo, salir a jugar mediado el partido y marcar un gol. Ese gol es especial porque ha costado mucho. Aunque, sin duda, de los tres, me quedo con el orgasmo...

Por tu manera de narrar, parece que eres de los escritores que encuentran historias que contar a todas horas. ¿Qué viene después de Fuera de juego?

Ya he cerrado la etapa de la infancia y me gustaría continuar con personajes más adolescentes, con problemas más vinculados al mundo adulto. También quiero probar otro tipo de narrador, otra manera de contar historias, de ver el fútbol o la ciudad.

6 de noviembre de 2014

La inmensa minoría, presentación en Medina de Pomar


Por si no se lee bien la invitación, aquí van los datos:
Más información sobre La inmensa minoría: reseña en Babelia, reseña en Solo de Libros, reseña en La cueva del Erizo y dramatización de un pasaje en TVE. También una entrada en este blog.

Y poco más. Nos vemos por allí.


24 de septiembre de 2014

La inmensa minoría, Miguel Ángel Ortiz

Las leyes del karma son claras: si un amigo te nombra en la sección de agradecimientos de su novela, haz algo para mostrarle tu gratitud. Por tanto, aprovecho que La inmensa minoría salió a la venta la semana pasada, para contribuir con mi granito de arena a su difusión. Además, yo no puedo criticar esta novela porque, de algún modo, el Pista, Chusmari, Retaco, Mari Luz, Laia y compañía forman parte de mi vida desde hace tiempo. Hablar mal de ellos sería como hacerlo de alguien a quien tienes aprecio.

Lo suyo es que sean otras personas, más neutrales, quienes hablen sobre los méritos o deméritos de lo que esta novela cuenta, que es mucho y variado. ¿Y qué cuenta La inmensa minoría? Pues habla de lo que puede marcarle a uno un barrio como Zona Franca  —periferia de Barcelona—; de la función del instituto, el bar, las aceras de la calle o el equipo de fútbol como instituciones educativas y lugares donde forjarse una identidad; de la música como una manera de narrarse a uno mismo; de las primeras parejas, del machismo adolescente, de las familias que se rompen o de los negocios familiares que se hunden debido a la crisis; también del Mundial de 2010, del asunto del nacionalismo o del 15-M. Por hablar, esta novela habla incluso de para qué sirve leer: para entender mejor las letras del Robe Iniesta.

Como sostiene Constantino Bértolo —el editor de Fuera de juego, la  novela anterior—, La inmensa minoría muestra a unos personajes «en el punto exacto de la adolescencia: ese momento biográfico en el que algunas posibilidades se cierran, otras se abren y la vida empieza a ser, para bien o para mal, algo inevitable». La novela capta ese momento en el que consiguemos nuestros primeros triunfos, pero también donde debutamos en el arte de fracasar y vemos cómo algunas de nuestras ilusiones se desmoronan. Por eso, dice Bértolo, esta es «una novela sobre el resplandor de la suciedad y sobre los afilados brillos del desencanto existencial».

Al final de la contratapa, aparecen varias referencias para incardinar La inmensa minoría en una determinada tradición literaria: Tomás Salvador, Mercè Rodoreda, Luis Goytisolo, Juan Marsé o Francisco Casavella. Por ampliar el foco, en mi opinión, La inmensa minoría también recuerda el aire de periferia urbana que había en El Bola, las conversaciones rápidas e hilarantes de los chavales de Barrio, algo del toque musical que hizo Historias del Kronen tan reconocible para una generación —si bien esos personajes eran mayores que el Pista y compañía— o esa capacidad que tenía Pelotas —serie divertida y poco valorada— para radiografiar un barrio y una manera de entender la vida a través del fútbol. En fin, todo sea por sumar y aportar ideas a la lectura de la segunda novela de Miguel.

Por último, transcribo 3 pasajes por si alguien tiene curiosidad y se anima a entrar en La inmensa minoría. Y aquí enlazo una entrevista que le hice al autor a propósito de Fuera de juego.




I

[...] Cada año había tenido su ritmo, sus letras. Yo me había enganchado a las de Extremo en Secundaria, el año que sacaron el recopilatorio Grandes éxitos y fracasos. Las canciones eran de discos anteriores que, poco a poco, me fui aprendiendo de memoria en los cuatro años que estuvieron sin sacar nada nuevo. Los dos últimos cursos de la ESO fueron los de La ley innata. Aunque el disco había salido en tercero, en cuarto lo seguíamos escuchando como el primer día. Aquel fue el último CD original que el hermano del Pista se compró, el último que coleccionó. Lo escuchamos más de mil veces. Como con los anteriores, me acabé sabiendo todas las canciones de memoria. Cada palabra del Robe me estallaba en la cabeza, me corría por la espalda como un calambrazo. Me retorcía algo dentro. Ningún otro cantante componía letras como las suyas. Acostumbrado a escapar de la realidad, perdí el sentido del camino y envejecí cien años más de tanto andar perdido. Escuchábamos al Robe como no lo hacíamos con ningún otro adulto.


II

Al Pista, el mote le venía de pistacho. Desde pequeño, en el barrio le decían que tenía la piel del color de la cascarilla que recubre los pistachos. Tostada de sol en verano y en invierno. En letras azules, llevaba su mote tatuado en el antebrazo izquierdo. El punto de la i era una estrella de cinco puntas. Debajo, en número romanos, la X de su dorsal en el Iberia: el diez. Desde que le conocía, había tatuado su nombre en todo lo que pillaba: en los libros de texto con bolis de colores; en las mesas del colegio, con el compás; en las paredes, con la punta de las llaves o con rotus.

Pista, Pista, Pista.

El Peludo y el Chusmari vivían en la calle paralela a la nuestra. Al Peludo le llamábamos Peludo porque su madre tenía una peluquería en el barrio y él odiaba cortarse el pelo. Lo llevaba largo, liso, con la raya en el medio. Cuando éramos más pequeños, cada vez que su madre le obligaba a cortárselo, el Peludo se encerraba en casa y no salía. Al día siguiente, en clase, todavía le duraba el cabreo y se pasaba horas sin hablar. Y eso que su madre solo le recortaba las puntas. El Pista le vacilaba un poco: Ya era hora de que se te viera el pelo, o cosas del rollo; pero el Peludo ni le miraba. Como se nota que eres hijo único, le jodía el Pista rascándole la cabeza para que saltase. Y tú un hijoperra, le soltaba el Peludo.

Lo de Chusmari era más simple: venía de una mezcla entre Jesús Mari, su nombre, y chusma. Era gitano y, para la mayoría de los gitanos, el Chusmari era chusma. Para nosotros era un tío noble, amigo de sus amigos. Tenía los ojos oscuros como la noche, la piel del color de la tierra mojada y el pelo negro y grasiento. Lo llevaba cortado a lo cenicero, las puntas teñidas de amarillo canario. Aunque todos le comíamos la olla para que cambiase de peinado, a él le molaba su rollo. Aparte del peinado, para nosotros, de chusma tenía muy poco.

A mí, en todo el barrio, me llamaban el Retaco. Porque era un retaco, sin más. Incluso algunos profesores me llamaban así en vez de por mi nombre. Solo los que habían compartido clase conmigo o me conocían desde pequeño sabían mi nombre; la mayoría de la gente en el instituto no tenía ni idea. Dependiendo de quién lo dijera hasta se me hacía raro escucharlo. Mi padre odiaba que me llamasen Retaco. Cuando picaban al portero, si por cualquier cosa atendía él y le preguntaban por el Retaco, mi padre se encabronaba y les decía: Aquí no vive ningún Retaco, aquí solo vive el Roger. Y les colgaba el telefonillo.


III

Cuando empezó el calor, el Pista me pidió que le cortara el pelo. Había robado una máquina de rapar en el Carrefour del Gran Vía 2. Había trapicheado con el segurata al que su hermano le vendía el tate y el tipo le había dejado salir con ella. Sin la caja, con la maquinilla metida en los huevos.

Quería que yo le cortara el pelo.

Le dije que no sabía.

Me dijo que lo había visto hacer millones de veces en la peluquería de la madre del Peludo. Me dijo:

Tienes los mismos ojos que las cámaras de fotos.

Y me dio la máquina. Le corté el pelo en su habitación. Se quitó la camiseta y me dijo que quería una cresta; así que le rapé los laterales al uno y le recorté la cresta con las tijeras del pescado de su madre. A trasquilón limpio. Él, sentado en una banqueta, se fumó varios cigarrillos mirándose en el espejo. El humo se deshacía en sus labios, le nublaba los ojos mientras los mechones de pelo caían sobre sus hombros desnudos y oscurecían el suelo de la habitación. Cuando terminé, se puso de pie y se acercó al espejo.

Estoy listo, dijo con medio cigarro bailándole en los labios.

Me había quedado una cresta de puta madre.

8 de enero de 2014

Fuera de juego, Miguel Ángel Ortiz

En noviembre presenté, junto con Miguel Ángel Ortiz y Constantino Bértolo, Fuera de juego. Autor, editor y el juglar de marras nos trasladamos hasta Medina de Pomar, donde nos acompañaron unos 60 parroquianos del lugar, que llenaron la sala de cultura del Ayuntamiento como si fuera el campo del Alcázar F.C. en día de derbi. Además de la familia y los amigos, por allí andaban algunos integrantes del club de lectura del pueblo, algunos medios de comunicación de la comarca, el entrenador de fútbol que tuvo Miguel... En fin, muy buena, generosa y calurosa compañía en un sábado a temperatura de frigorífico —siempre por debajo de 5.º C— y con aguanieve cayendo del cielo burgalés cada tanto.

 La idea de presentar la novela en Medina surgió por tres razones: Miguel se crió en el pueblo, la novela transcurre allí y en Medina, además, nació el mítico Chus Pereda, quien desempeña un papel narrativo relevante en el libro. Vamos, que lo raro hubiera sido no haber presentado Fuera de juego ante la afición local. Así que ese sábado nos tocó madrugar, rodar kilómetros y kilómetros desde Madrid, atravesar el precioso desfiladero del río Oca y bajarnos del caballo casi en la frontera con el País Vasco, en plena comarca de Las Merindades.

La editorial, Caballo de Troya, acaba de publicar una entrevista que le realicé al autor. Copio aquí unos cuantos párrafos; el resto del material puede leerse en la web de Mondadori. [Actualización: ya no puede leerse en la web de la editorial, que ahora ya no se llama así sinoPenguin Random House; la entrevista completa puede leerse en este enlace.]

Y si alguien quiere leer alguna reseña, enlazo estas tres: una de Cristian Vázquez en su blog Una birome, esta de Manuel Abacá en Por las montañas de Holanda y esta de Ascensión Rivas en El Mundo.

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01 | El fútbol está omnipresente en Fuera de juego. ¿Qué te ha permitido contar este deporte que, de otro modo, no podrías haberlo hecho sin él?

El fútbol ha sido una herramienta muy importante para entender el mundo que me rodea. Me ha servido para aprender sobre el esfuerzo y el trabajo, no solo individual sino también en equipo. En la novela, es uno de los ejes fundamentales ya que en la vida de esos chavales el fútbol es lo más importante: es con lo que sueñan, con lo que aprenden a ganar y, sobre todo, a perder. Es un juego que ayuda a crecer. Un gol puede sacarte de la mediocridad, un partido puede cambiar una semana. La vida de mucha gente no se podría contar sin el fútbol, y la de estos chavales va muy ligada al balón.


02 | Y ahora, la pregunta contraria: usar el fútbol como material narrativo, ¿te ha impuesto alguna limitación?

En esta historia, no. Va de fútbol y, gracias a él, los chavales crecen y aprenden. En general, el fútbol se asocia con los bares, con la diversión de masas o con «el opio del pueblo»; pero, aun siendo acaso todo eso, es una buena metáfora de la existencia, del juego de la vida, y es lógico que aparezca con más frecuencia en los libros también. El fútbol me ha abierto puertas narrativas que antes no veía.


03 | Tu apuesta se sale de lo que muchas personas esperan de la literatura: la acción transcurre en un barrio de un pueblo, los protagonistas están saliendo de la infancia y el eje narrativo discurre, sobre todo, alrededor de los partidos que juegan estos chicos en la calle. ¿Cómo se te ocurrió que ese era un material novelable?

No sé si se sale de lo normal. Todos los personajes pueden y deben tener voz en la literatura. Yo escribo para conocerme más a mí mismo y, por eso, utilizo personajes que han vivido cosas parecidas a las que hemos vivido muchos de mi generación. No les suceden grandes cosas en el día a día. Los personajes no son héroes ni nada parecido. El eje narrativo son los partidos que juegan en la calle, que les hacen crecer y avanzar. Del fútbol aprenden, y esa es la idea que trata de trasmitir la novela: hasta en el juego hay un aprendizaje de la vida. Hay muchos escritores que dicen que para que un texto sea honesto debe poder ir de la mano con su autor y, sin esos personajes o el fútbol, este texto no iría de la mano conmigo.

20 de noviembre de 2013

Fuera de juego, Miguel Ángel Ortiz (presentación)



El sábado que viene, día 23, estaré en Medina de Pomar (Burgos) haciendo los honores a Fuera de juego, la primera novela de Miguel Ángel Ortiz. El autor, dado que juega en casa, será el encargado de poner la hinchada —familia, amigos, vecinos, etc.— y de precalentarla, en caso de ser necesario por el frío, con todo tipo de bebidas espirituosas... En cualquier caso, si algún errático lector de este blog vive cerca del lugar, está más que invitado a compartir un rato de literatura. En la invitación están los datos necesarios (salvo la previsión de si nevará o no...).

Por lo demás, enlazo aquí la versión en papel y la versión electrónica de la novela. También un texto que escribió el autor para la librería donde trabaja, La Formiga d'Or, de Barcelona. Ah, y su blog: Deshojando Renglones, donde hay un fragmento de la novela.

Nos vemos en Medina.

PD. Fuera de juego la ha publicado Caballo de Troya. Su editor, Constantino Bértolo, también andará por Medina y dirá unas palabras.

Actualización (8/01/2014): enlace a la entrevista que le hice al autor.