7 de febrero de 2016

El Hambre, Martín Caparrós


¿Qué decir de un libro tan monumental y abarcador como El Hambre, (Anagrama, 2015)? ¿Cómo resumir la gran cantidad de proteína y fibra intelectual que contiene? ¿Por dónde empezar, qué dejar fuera, dónde hacer foco? Honestamente: no lo sé.
Y como no lo sé y, además, me conozco, sé que podría pasar dos años estudiándome este ensayo antes de reseñarlo; por tanto, me limitaré a anotar 25 ideas sobre el tema que desarrolla: cuáles son los mecanismos que explican la existencia del Hambre en un sistema capitalista. Por supuesto, muchos de los argumentos de Caparrós quedarán fuera de mi resumen... Pero, bueno, para eso queda la lectura completa y disfrutona de este ensayo de más de 600 páginas.

Eso sí, antes de ir a mi listado de ideas, una aclaración: por aquello de honrar el título del libro y a quienes lo protagonizan —la mujer de la portada, por ejemplo—, escribiré siempre Hambre y Hambrientos. No soy partidario de ese tipo de diacríticos, salvo en excepciones tan honrosas y merecedoras de ello como esta. Amén.


25 IDEAS PARA REPENSAR EL HAMBRE (Y EL CAPITALISMO) | parte 1

01. El problema. Hay unos 1000 millones de personas que padecen Hambre en el mundo. De hecho, alguien muere por esa razón cada 4 segundos, lo que equivale a decir que mueren unos 9 millones de seres humanos cada año. Si bien habitamos el planeta unos 7300 millones de personas, los datos dicen que producimos comida suficiente para alimentar a unos 12 000 millones. Salta a la vista que algo falla, ¿verdad? Pues bien, este ensayo se propone contarnos cuáles son los mecanismos que explican esta situación de lesa humanidad. También postula que el Hambre no se acabará si seguimos comportándonos como si fuéramos hámsters que solo saben distraerse corriendo en la ruedita de la jaula donde el sistema capitalista ha encerrado nuestro pensamiento. O dicho de otro modo: para erradicar el hambre, debemos inventar algún tipo de sistema poscapitalista.

02. La solución del Hambre es política.
Según Caparrós, las hambrunas contemporáneas no son el efecto de la falta de alimentos, sino de carecer del dinero necesario para comprarlos. Por tanto, erradicar el Hambre tiene que ver con el sistema económico que pauta nuestra convivencia. Todos los sistemas han caducado en algún momento, así que es cuestión de años, décadas o de algún siglo que otro que el capitalismo actual desaparezca y deje paso a otro sistema. ¿Y cómo será ese otro sistema? Lo deseable es que seamos capaces de construir uno que resuelva, como mínimo, la gran injusticia del actual: distribuye mal lo mucho que produce y condena al Hambre —la forma más extrema de la pobreza— a unas 1000 millones de personas. Debemos aspirar y pelear por construir un sistema gobernado, en vez de por la idea publicitaria del consumo individualista y desaforado, por la idea más comunitaria de que todos los seres humanos tenemos derecho a comer. Va de nuevo: con el sistema actual, el Hambre no se va a acabar (y, según Caparrós, tampoco alcanza con introducirle «ligeros retoques tecnoecologicos»).

03. Los Hambrientos carecen de plato favorito. El Hambre es la forma más extrema de la pobreza, y por ello quizá nos cueste entender con precisión qué significa eso a quienes de vez en cuando nos decimos cosas como esta: «Hoy, te voy a cocinar tu plato favorito». Quienes pasan Hambre son personas cuya dieta se compone de un solo alimento: mijo, arroz, sorgo, polenta... Y solo desayunan, comen y cenan eso —si es que tienen suerte— día tras día, mes tras mes, año tras año, toda una vida. Y su existencia gira, a tiempo completo, alrededor de comer esa bola de mijo, arroz, sorgo o polenta. Es más: sus ínfimos recursos económicos los dedican precisamente a (mal)comer la dichosa bola de ese único alimento al que tienen acceso. Por eso, cuando Caparrós les pregunta por su plato favorito, no entienden a qué se refiere, no saben qué contestar, desconocen esa manera tan genuina y común que otros seres humanos tenemos de mostrarnos afecto entre nosotros.

04. Ideología... es tener ideas. En pleno desprestigio de las ideologías —algunos de nuestros políticos incluso reniegan de ellas en la televisión en horario de máxima audiencia—, Caparrós reclama la ideología como vía para transformar la realidad. ¿Por qué? Porque «para conseguir cambios hay que quererlos, [hay que] tener ideas». También porque, entre otras cosas, «la única razón por la cual hay hambre en un mundo que produce suficiente comida es otra ideología». ¿Cuál? «Esa que no es una, que se presenta como la naturaleza misma: la que sostiene que lo mío es mío —y lo tuyo, ya veremos». A fuerza de renegar de la ideología y despolitizarnos, dice, una posible Nueva Revolución Francesa enarbolará como lema «seguridad, sexualidad, longevidad». Grandes y vibrantes divisas, como se ve.

05. Sin tiempo libre ni privacidad. Formar parte de los Hambrientos, implica la desaparición de lo que algunos humanos valoramos por encima de todo: el ocio y la privacidad. El Hambre es la forma más extrema de la precariedad laboral: trabajas y trabajas —y sigues trabajando— solo con un único fin: alimentarte para no morir de inanición. Y cualquiera sabe qué sucede cuando te hurtan el tiempo libre y solo puedes pensar en sobrevivir: no tienes ni tiempo ni fuerzas para rebelarte. Además, si el Hambriento llega a tener algo de tiempo, lo normal es que lo disfrute en un sitio bastante poco parecido a lo que otros llamamos hogar, despacho, mi cuarto, etc., y que ese paupérrimo espacio vital tenga que compartirlo con más gente. ¿Va en serio, de verdad, eso de que esta es la única alternativa? ¿Quién puede rebelarse y reclamar sus derechos en estas condiciones?

06. La ficción de lo global. El concepto de mundo globalizado es una sofisticada ficción creada de modo interesado por quienes tienen más riqueza en este planeta. ¿O es que la globalización ha convertido a África en un continente donde sus habitantes quieren vivir en vez de emigrar? Lo global es una ficción que, entre otras cosas, se basa en la lectura sesgada de unos datos que rara vez son fiables... Eso por un lado. Por otro, ese relato ilusorio de lo global persigue instalar dos argumentos taimados en nuestro imaginario: 1) todos lo problemas son culpa de los extranjeros (y casi nunca de nuestros ricos nacionales); 2) la culpa del hambre en Ghana, por supuesto, es solo del Gobierno ghanés.

07. Los derechos humanos y las moscas. Cuando se pasa Hambre, el cerebro se deteriora, las facultades cognitivas se desploman, la cosmovisión se estrecha hasta entrar por el ojo de una aguja de coser. Según Caparrós, los Hambrientos viven presos de los límites de su pensamiento, entre otras razones, porque entre la malnutrición y los interesados en hambrearlos les han robado la capacidad de imaginar que su situación es injusta y que existe una salida. Talima, una mujer bengalí, describe el Hambre como el zumbido de cien mil moscas en la oreja. ¿Se puede pensar en algo razonable con semejante ruido arrasándote la cabeza?

08. Cuatro datos para entender dónde vivimos. Uno: el 5 % de los más pobres de Alemania tienen más ingresos promedio per capita que el 5 % más rico de Costa de Marfil. Dos: el 90 % del suelo africano carece de registro legal apropiado, entre otras razones porque es un continente en guerra donde circulan unos 70 millones de kalasnhikov. Tres: China debe alimentar al 20 % de la población mundial —la suya, sus 1000 millones de chinos— y, sin embargo, dispone apenas del 8 % del suelo arable del mundo. Y cuatro: la FAO dice necesitar 30 000 millones de dólares para erradicar el Hambre y, sin embargo, nunca consigue los fondos necesarios... ¿Alguien recuerda cuánto costó rescatar a Bankia, a Lehman Brothers y a tantos otros bancos?

09. La religión como inhibidor de la conciencia política.
Muchos de los Hambrientos están convencidos de que tienen el estómago vacío porque el mundo es así. Porque esto es lo que hay. Porque a alguien le toca perder para que otros ganen. Porque Dios, Alá, Krishna o cualquiera que sea el dios al que adoran —salvo al del conocimiento— así lo ha dictaminado. Viven en una suerte de fatalismo determinista donde el hambre alimenta la creencia, y la creencia alimenta el hambre. Ya lo dice Caparrós en casi cada entrevista que concede: «Me he encontrado pocos hambrientos ateos por el mundo».

10. El eufemismo como retórica posmoderna. Hace tiempo que al capitalismo, por razones obvias, se lo llama libre mercado —suena bien lo de libre, ¿verdad?—; por razones igual de obvias, los burócratas del mundo han renombrado el Hambre como inseguridad alimentaria y la miseria, como pobreza extrema. El nombre de las cosas importa, claro; por eso están quienes compran y venden biocombustibles en vez de agrocombustibles, pues convengamos que transformar 170 kg de maíz para producir 1 tanque de etanol-85, en vez de usarlo para dar de comer a un chico zambiano, mexicano o bengalí, tiene poco de bio. De hecho, y por seguir con los eufemismos contemporáneos, las fuerzas colonialistas prefieren autodenominarse socios comerciales preferentes... Con razón, la oenegé Vía Campesina tuvo que acuñar la expresión soberanía alimentaria. Al Enemigo, hay que combatirlo también ahí, en el terreno semántico.

11. La superstición también mata lo suyo. Por desgracia, los Hambrientos del mundo confían más en un médico ayurveda, en el marabú de su tribu, el kabiraj de turno o en cualquier otro curandero avalado por su tradición que en los profesionales de Médicos Sin Fronteras. Ese es también un límite mental que supone que muera mucha gente que, de otro modo, podría salvarse. El Hambre también tiene que ver con la educación, con la capacidad de disponer de herramientas intelectuales para tomar decisiones que te conduzcan a vivir mejor. Quiero decir: lamentablemente, los Hambrientos también ponen de su parte para que les pase lo que les pasa. La religión, la superstición, el machismo o el patriarcado son cuatro de sus aportaciones más notables.

12. La ficción numérica.
¿Con qué números hay que pensar un país como la India, paradigma de las llamadas economías emergentes? ¿Con aquellos que dicen que son «la democracia más grande del mundo» debido a que tiene una población de 1200 millones de personas, que muestran un PIB creciente, que exporta toneladas de comida, que es el segundo país con más billonarios —53—, etcétera? ¿O con aquellos que muestran que la India tiene más de 250 millones de Hambrientos y que 836 millones de personas viven con menos de 20 rupias al día? ¿Pensamos el mundo con los datos de organismos como el FMI y revistas como The Economist o lo pensamos a través de los que aportan Oxfam, Médicos Sin Fronteras y demás gente comprometida con erradicar el problema?

13. La malnutrición, una enfermedad con diferentes apariencias. Algo diabólico de la malnutrición es que se manifiesta de manera distinta en Níger que en la Argentina, en Bangladés que en Estados Unidos. En los países pobres, los malnutridos son gente más o menos famélica y, en el caso de los niños, calificarlos de malnutridos depende de algo tan surrealista para una madre africana o sudasiática como el contorno del brazo de su hijo. En los países ricos y no tan pobres como los más pobres del mundo, la malnutrición toma la forma opuesta: la obesidad. ¿Por qué? Porque su alimentación es una mierda: precocinados, grasas trans, azúcares en cantidades industriales, carbohidratos refinados a tutiplén y, por extensión, todo aquello que sea barato y saciante.

14. Más (y más) datos. El libro de Caparrós está lleno de datos. Hay tantos que, al final, no sé cuál es el más crudo... En fin, yo lanzo unos cuantos más, por si alguno le conmueve alguna fibra a alguien: en Bangladés, tres de cada cien niños recién nacidos mueren de Hambre y, de los que sobreviven, el 46 % morirá de lo mismo cuando sea un adolescente o un joven. ¿Es tan alocado y demagógico autoexigirnos, como europeos, occidentales y blablablá, que no tiremos a la basura entre el 30 y el 50 % de la comida que compramos? Ya sé que eso no soluciona lo del Hambre; pero, al menos, nos pone en una senda hacia la cordura, ¿no? ¿O es que es razonable desperdiciar una media de 100 kilos de comida por año y habitante, y que los africanos y asiáticos solo malgasten unos 10 kilos?
 
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[ Continuará la semana que viene. Entre tanto, y por si alguien quiere leer algo más sobre Martín Caparrós en este blog, enlazo las entradas que le dediqué a dos libros suyos: El Interior y Una luna. Asimismo, a modo de complemento vitamínico, recomiendo leer esta entrevista donde está muy bien explicado, entre otras cosas, el punto de partida del libro. ]

31 de enero de 2016

Como si fuera poco, Roberto Appratto

 01 | La creatividad como elemento de supervivencia. Desde que empecé a leer Como si fuera poco (Irrupciones Grupo Editor, Montevideo 2014), de Roberto Appratto, no pude quitarme de la cabeza una frase que leí hace mucho tiempo en una biografía sobre Cesare Pavese: «La fantasía que tan bien me servía para hacer poesías no me sirve de nada en la vida». La reflexión estaba en una carta de amor que el escritor italiano había escrito quince años antes de suicidarse. Por alguna razón, siempre he recordado esa frase cambiando fantasía por creatividad, y desde entonces le he agradecido a su biógrafa, la chilena María Luz Uribe, que instalara en mi cabeza la idea de que la función más alta de la creatividad —la fantasía— es superar los obstáculos narrativos y puntos de giro de la vida. La literatura está después. De algún modo, digo, esta novela uruguaya explora esa idea: la creatividad como herramienta de supervivencia.

02 | El argumento.  Una noche, un hombre casado, con tres hijos y algo más de 50 años mira a su alrededor y se da cuenta de que su matrimonio está definitivamente agotado; después de haberlo hablado muchas veces con su esposa, se dice, ha llegado el momento de separarse. El resultado de tal decisión es que su esposa se marcha a Israel con los tres hijos y él se queda solo en Montevideo. Además, en esos meses también muere su madre. Para sobreponerse a tanto dolor junto, decide alienarse en el trabajo —es profesor de literatura y visitador médico—, refugiarse en el disfrute del arte y, dado que también es poeta, explorar a través de la escritura su «manera de vivir lo afectivo, dicho así, en general, de manera casi científica». Convertida su vida anterior en un montón de ruinas, la escritura se transforma para él «en una instancia de fabricación» de sí mismo, «a medias entre lo sublime y lo ridículo». Escribir lo ayuda, por así decirlo, a «dominar la situación».

03 | La cultura, ¿nos salva de algo? Quizá sea una manera algo forzada de volver sobre la cita de Pavese... Pero yo diría que una de las preguntas que plantea Como si fuera poco es si la llamada alta cultura ayuda en algo cuando los heraldos negros vienen a darnos esos golpes-tan-duros-que-te-da-la-vida-y-yo-no-sé. En otras palabras: escuchar a Bill Evans, leer a Hanif Kureishi o Georg Trakl, enseñar en clase a Henry James, dar conferencias sobre Borges, traducir a Shakespeare o disfrutar del cine de David Lynch, ¿sirve de algo en mitad de un desgarramiento vital, en un momento donde se duda de todo? ¿En qué medida lo intelectual ayuda a una persona a fabricarse herramientas con que superar semejante trance? O por utilizar un ejemplo concreto del libro: ¿cómo mezclan el Silence, de Keith Jarret, y el primer párrafo de Nadie nunca nada, de Juan José Saer, con una crisis sobre el amor, la paternidad, la orfandad y demás agenda de asuntos importantes en la vida?

04 | El yo como sujeto de la narración. Si bien el texto contiene material autobiográfico, el autor se toma muy en serio distanciarse de los libros al uso. De hecho, se lo advierte al lector: «Por suerte esto no es una biografía, sino la escritura de la vida, una parte de la vida, de unos años en que la vida se hizo más evidente». Y se acerca a ese momento desde un punto de vista intelectual, con un tono desapasionado y con plena autoconciencia. Más que un hombre abrumado por las circunstancias, Appratto parece un entomólogo que, tras la implosión de casi todo cuanto alguna vez fue, analiza con fruición los productos mentales que flotan ante sí y sus correspondientes «adherencias emocionales». De ahí que despliegue un complejo y rico plano reflexivo que va más allá de él y de sus circunstancias. Un plano literario cuyo programa artístico podría este: «... pasar de la literatura a la vida, del proyecto de escritura a una reflexión sobre lo creativo de la propia historia de vida sin perder nada por el camino».

05 | Razones para escribir. Escribir es pensar, sostiene el autor. Es más: la literatura es un «gesto que se precipita sobre un punto para movilizar el pensamiento». Y aún más: al escribir ponemos en liza lo que sabemos, pero también lo que no sabemos. He ahí tres razones de peso que empujan al narrador a escribir con regularidad, en cualquier rincón, sin concederle victoria alguna a la pereza; escribir lo ayuda a poner el foco sobre su desgarro y elaborar, a partir de su conocimiento literario, pensamiento sobre él. Al fin y al cabo, Appratto afirma que la escritura es una oportunidad para «hacer presente el orden del mundo» y que le permite consignar, de manera casi científica, «qué era la vida, qué es, qué forma tiene o qué forma se le puede dar». Con todo, quizá la gran razón para escribir sea una cuarta: la escritura es una herramienta que permite integrar todas las experiencias y autoconstruirse, salir adelante, leer lo pasado con otros ojos y transformarlo en el presente. Es decir: la escritura ayuda, a diferencia de Pavese, a «no irse».

06 | Imágenes discursivas. Como si fuera poco es una novela de tono reflexivo que contiene en sí misma una idea de la literatura. De hecho, el propio autor explica su preferencia «por pensar en abstracto, a especular sobre cualidades y esencias más que sobre entidades reales». O dicho de otro modo: prefiere lo discursivo a la narración por imágenes. Tanto es así que incluso redefine el concepto de imagen como el «campo de acción del pensamiento, de dimensiones variables, de contenido fluido, y que vive en una relación de extrema tensión con las palabras». Cada capítulo o sección está formado muchas veces por un solo párrafo, un párrafo que puede llegar a ocupar incluso algo más de una página y que, a su vez, suele ir ganando espesor a través de oraciones —como esta— que serpentean a través de las subordinadas y aclaraciones; pues bien, cada uno de esos párrafos viene a ser una imagen discursiva. También, si hacemos caso de lo que dice el libro, el fraseo es un guiño a Henry James.

07 | Hacia una lenguaje limpio (y un pensamiento transparente). Debo reconocer que la novela me ha llenado la cabeza de ideas... Y eso me gusta: a falta de pelo, buenas son ideas, ¿no? Bromas aparte, uno de los efectos secundarios que me ha dejado Como si fuera poco es la sensación de que algunos seres humanos necesitamos escribir —leer— para cuestionar las palabras, para no repetirlas sin sentido, para impedir que se ablanden y que un buen día no podamos construir un pensamiento lo bastante creativo como para sacarnos de los cenagales en que nos metemos. Escribimos —leemos—, entre otras razones, para evitar el deterioro de nuestro lenguaje, esa herramienta con que nombramos el mundo y autoevaluamos nuestra presencia en él. Por eso, me atrevo a decir, Appratto es un autor de prosa transparente, sin manierismos ni concesiones a lo melifluo; en autores como él, depurar la prosa es también depurar el pensamiento... Y depurar el pensamiento, cambiar la percepción sobre las cosas.

08 | Una estructura narrativa con hueco y bifurcaciones.
Según nos explica el narrador, lo que sentimos o pensamos «... no se puede definir de un solo golpe, tal vez porque no haya lenguaje para eso». De ahí que dedique poco espacio a los momentos más dramáticos y que, además, evite reproducir la literalidad de lo sucedido. Al contrario, Appratto agujerea esa parte de la narración —nos hurta el meollo del cuento— y, a su alrededor, construye una estructura permanentemente elusiva. O dicho de otro modo: nunca sabemos gran cosa sobre el divorcio y el consiguiente viaje de los hijos a Israel; en cambio, nos enteramos de un montón de cosas relativas a las circunstancias que motivaron, despertaron o acompañaron a aquellos hechos. La verdad del relato, como explica el propio narrador, está en esas bifurcaciones narrativas, en lo digresivo, en la polvareda que levanta el edificio al caerse (no en la ruina en sí). Nunca hay en el libro la clásica Gran Explicación Sobre Lo Sucedido, sino eso otro que el autor da en llamar los «significados intermedios». Por algo, afirma que la historia no es la historia, sino los puntos de vista que la historia produce. También que «El cuento oculta lo que cuenta y lo convierte en un ruido que atraviesa las circunstancias».

09 | Más razones para escribir.
Algo que me entusiasma de este libro es que está lleno de razones de por qué y para qué escribir. A saber: escribir porque hacerlo es «una forma privilegiada del presente»; escribir para marcar el contorno de la experiencia con una voz profunda y convertirla en conocimiento;  escribir porque «Todo era, en realidad, demasiado claro, pero las cosas no son lo que son, sino el modo en que se las coloca»; escribir para hacer dialogar entre sí todas «las maneras de quedarse pensando»: las cosas, las imágenes, las palabras, los relatos, las músicas, las reducciones conceptuales, las maneras de vivir una situación...; escribir porque en algún momento la historia se abrirá «a un lugar donde no pensaba ir» y me llevará a un sitio que no estaba en mis planes; escribir para descubrir parcelas que desconocemos y encontrar algo inteligente que decir en una conversación con amigos. Escribir porque uno considera «la vida como un acto de lenguaje».

10 | El lenguaje es la vía. Lo que me queda tras leer esta novela es su intensidad intelectual; lo fecundo del movimiento reflexivo que propone sobre temas como la paternidad, el amor o la escritura; la belleza sobria de su prosa. Es un libro digno de alguien que considera que «escribir es un acto de alta precisión del pensamiento, un gesto que dirige la atención sobre un punto, y no sobre otro». De alguien que, como asegura en esta entrevista, acepta el mandato de Mallarmé de darle un sentido más puro a las palabras de la tribu y que considera que lo único que puede seguir resistiendo a todo es «el trabajo serio con el lenguaje». Un libro de un autor que ha elegido por tradición literaria, entre otros, a W. G. Sebald, David Foster Wallace o Mark Strand. Y uno de esos autores que, una vez te lees el primer libro, te quieres leer todos los demás.

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PD. Aquí se puede escuchar a Roberto Appratto presentando un libro sobre Marosa di Giorgio. Y aquí se puede ver el cortometraje Limbo, basado en la obra Se hizo de noche, donde Appratto reflexiona sobre lo que supuso la dictadura para la gente de su generación.