30 de abril de 2016

El comensal, Gabriela Ybarra

A pesar de que solo consta de dos partes, hay al menos tres planos narrativos en El comensal (Caballo de Troya, 2015), de Gabriela Ybarra. El primero es «la reconstrucción libre» de una parte muy concreta de la historia de la familia Ybarra: el secuestro y asesinato en 1977 del abuelo de la autora, Javier Ybarra, presidente de la Diputación de Vizcaya (1947-1950), alcalde de Bilbao (1963-1969), empresario, «referente intelectual de Neguri» y «símbolo del poder españolista». Por tanto, es el punto de vista de un familiar de una víctima del terrorismo, si bien esa mirada está tamizada por un hecho concreto: la autora nació 6 años después de que su abuelo hubiera sido asesinado.

El segundo plano narrativo también aborda la muerte de un familiar, pero en este caso por enfermedad. La madre de la autora falleció en 2012 debido a un repentino cáncer de colon que terminó con ella en apenas 6 meses, y Gabriela Ybarra (Bilbao, 1983) narra cómo fue el proceso de acompañamiento y la elaboración del duelo posterior. De ahí que esta parte del libro esté orientada, sobre todo, a construir un relato que permita llenar —al menos en parte— ese hueco afectivo y físico enorme que nos dejan como herencia los seres queridos cuando se mueren. También es el momento de constatar lo aprendido: «Antes de la muerte de mi madre yo vivía como si lo normal fuera morirse de viejo».

Estos dos planos narrativos se reparten el protagonismo en el libro. Así, a través del primero, vemos a la autora indagando en Internet para encontrar fotos o vídeos de etarras y saber de sus vidas, qué piensan, por qué actúan como actúan; o sabemos de Kepa, un compañero de colegio a quien encuentra a través de Facebook y al que su familia no le dejaba hablar con ella; o leemos, en una suerte de juego intertextual, una noticia de El País publicada en 1981 sobre las torturas policiales al etarra Javier Arriegui o la opinión de Esteban Beltrán, profesor de Derechos Humanos y director de Amnistía Internacional en 2009.

Quiero decir: en este plano sobre el conflicto vasco —llamémoslo así para entendernos— hay mucho más que la narración de la impotencia familiar ante la violencia terrorista, el paquete bomba que le mandó Txeroki al padre de la autora o el hallazgo de su abuelo, muerto de un tiro, en un bosque del alto de Barazar... O incluso de la manifestación que hubo a favor de que ETA matase a su abuelo. En términos de contenido y de aproximación a ese conflicto, digo, El comensal es todo un acto de valentía y de altura de miras (basta recordar la que se ha liado con la última entrevista de Jordi Evolé a Arnaldo Otegi, lo sucedido con Arantza Quiroga o lo que pasó con el concejal Chema Herzog —véanse 1 y 2—).

En el segundo plano, a través de la muerte de la madre, el libro intenta no morir fagocitado por ETA —algo casi imposible dado lo tenso que sigue resultando hablar de ello— y accedemos a otras muertes de familiares de la narradora. Así, la novela da cuenta del fallecimiento de los abuelos maternos, que también murieron de cáncer; del tío Cosme, que se suicidó; o de la muerte de un gran amigo. También aparece una relación algo distante con el padre y un vínculo cercano con la literatura, en particular con Robert Walser, autor que encontró la muerte un día de Navidad mientras paseaba por un bosque repleto de nieve.


El peso del apellido (o la clase social)

El tercer plano se corresponde, por así decirlo, con todo lo que emana del apellido Ybarra. A decir de la autora en la novela, la suya es una de las típicas familias de la burguesía industrial que dio fama y esplendor al barrio de Neguri. También una de las «diez o doce familias» que tradicionalmente se han repartido «los cargos de poder de Vizcaya». A juzgar por el tono y el modo en que lo cuenta, no introduce esa información para vanagloriarse de ella, sino más bien para asumirla en público. Para que el lector sepa desde dónde habla la voz narradora.

Para entender el rico y arraigado abolengo de esta familia, alcanza con leer esta entrevista con Juan Antonio de Ybarra e Ybarra que publicó El Mundo y que él mismo reproduce en su web. O echar un vistazo al currículum del padre de la autora, Enrique Ybarra. Es decir: hablar de esta familia es hablar de gentes relevantes en el BBVA o el grupo de comunicación Vocento. Conviene tener eso en mente, por ejemplo, para calibrar una frase, en apariencia tan inocente, como esta: «Yo pertenezco a esa familia». Esa pertenencia es... mucha pertenencia, digo.

De hecho, la autora no la oculta, sino que la muestra con normalidad, sin estridencias. De ahí que la vemos a ella y a su familia yendo y viniendo de Nueva York como quien va a Parla en el cercanías, jugando hoy con la madre al golf en Cádiz y mañana entrando con ella en la sala de urgencias de un hospital en Estados Unidos, dudando si comprar o no un piso en Brooklyn, etc. En fin, haciendo esas cosas que van asociadas con pertenecer a la clase alta y un pasar económico bastante alejado del precariado que constituye la normalidad que vivimos la mayoría.

De ahí que, en ese contexto, haya un párrafo que llame mucho la atención:
Hasta que nos mudamos a Madrid, mi padre fantaseaba con desclasarse, con ser hijo de cocinera o de aña y correr por los prados de Kanala. De adolescente, yo también tenía el mismo deseo, creía que lo que ocurría en otros barrios era mucho más interesante que lo que pasaba en el nuestro. Caminaba por la calle General Ricardos de Carabanchel e imaginaba que ahí vivía la gente que leía los mismos libros y escuchaba la misma música que yo. Cuando mi padre imaginaba la vida de campo, anhelaba su libertad y su sencillez.
Aparecen ahí el peso del apellido y el desclasamiento hacia abajo como deseo, como fantasía (ojo: no como realidad económica...). También como sofisticado coqueteo cultural; de repente, bajar peldaños en la escalera social se convierte en conmoverse leyendo a Robert Walser o apreciar las Variaciones del enigma, de Edward Elgar; y no, como el personaje de Manuela de El padre de Blancanieves, de Belén Gopegui, en emular a Simone Weil y trabajar de obrera. Me pregunto qué opinará de un párrafo así esa suerte de metáfora carabanchelera que es Rosendo.
 
En cualquier caso, a la autora le honra esta otra reflexión:
Ahora, después de haber leído durante meses la historia de mi abuelo en las hemerotecas, comprendo que el símbolo de Neguri y de mi apellido aún perduran. Mi intimidad aún es política. La muerte de mi madre también. El lenguaje, los silencios, las casas, la convivencia, los sentimientos... Todo es política. Incluso la literatura. 
Es decir: esta novela admite una lectura política, no solo sentimental.

Un conflicto entre personas

Por todo ello, merece la pena leer El comensal, pese al insidioso marbete de novela de moda que le cayó el año pasado. Es más: diría que merece la pena leer aunque solo sea para discutir con ella, y con sus reseñistas, pues donde unos ven una novela de duelo, con una prosa exacta y un contenido sin cursilerías ni culpa de clase, otros atisban, en cambio —1 y 2—, un libro confesional, desapasionado, con exceso de laconismo o que «elude juicios, balances, tal vez aprendizajes». En cualquier caso, no está nada mal el lío organizado para ser un primera novela de alguien que nació en 1983, ¿no?

Por mi parte, encuentro que El comensal aporta algo relevante al debate: un familiar de una víctima de ETA se posiciona de manera clara y sincera en favor del diálogo. Lo hace en la novela —que incluye citas de las torturas a los terroristas— y lo hace fuera de esta; en ABC, la autora sostiene que no cree que los etarras «sean monstruos» y, en El Mundo, que prefiere «reconocer a los etarras como personas para estar más abierta a comprender sus motivaciones». Y lo hace apoyada en ese apellido que pesa tanto, especialmente en el País Vasco.

No es una novela tan brillante como quiere hacernos creer la faja publicitaria, y tiene sus defectos, por supuesto; pero a mí me parece digna de estar, entre otras, al lado de Escarnio, de Coradino Vega, que habla del asesinato de Francisco Tomás y Valiente; de Los peces de la amargura, la colección de cuentos de Fernando Aramburu; o de Twist, de Harkaitz Cano, que habla sobre el caso de Lasa y Zabala (y a la que le debo lectura, pero de la que tengo buenas referencias). En ese sentido, El comensal añade una tesela más al escaso mosaico artístico que tenemos sobre lo que significó ETA, y eso resulta loable. Un mosaico, recordémoslo, del que casi sale eyectado el cineasta Julio Médem cuando rodó La pelota vasca. La piel contra la piedra.

Por último, copio y pego la respuesta de Gabriela Ybarra a la pregunta «¿Qué le diría al asesino de su abuelo si lo tuviera delante?»:
Ante todo me gustaría que me contara cómo había sido su vida, cómo vivió su infancia y su juventud y qué le llevó a matar. Es muy difícil de entender que, durante tantos años, chavales normales que se divertían por ahí o se disfrazaban en Carnaval estuvieran tomando txikitos, [y que] de ahí se fueran al zulo de un secuestrado y luego fueran capaces de apretar el gatillo contra él.
Me da la sensación de que en esa respuesta hay una clave de lectura válida para El comensal... En el fondo, esta es la narración de alguien que confía en el poder esclarecedor y reparador de los relatos honestos, que elige mostrarse tal cual es, y que está pidiendo a gritos no tanto que reseñemos su libro como que alguien escriba una novela parecida desde el otro lado, desde el punto de vista etarra. Quizá así todos, empezando por ella, comprenderíamos mejor qué pasó.