16 de abril de 2014

El ABC de la lectura, Ezra Pound

Ezra Pound es un tipo que, cuando habla de literatura, se permite cualquier cosa menos ser tibio y aburrido. Las suyas son opiniones rotundas, taxativas, como raquetazos de Rafa Nadal desde el fondo de la pista en pleno Roland Garros... «La incompetencia se demuestra en el uso de demasiadas palabras». Pim. «Trátese de encontrar un poema de Byron o de Poe que no carezca de serios defectos». Pam. «Si uno trata de mostrar qué es lo que de veras siente un hombre, solo podrá hacerlo mediante la claridad». Pound.

Fiel a la idea que transmite en El ABC de la lectura, don Ezra no se anda por las ramas y es partidario de delimitar con nitidez un terreno de juego para las palabras, sea para practicar con ellas la literatura, sea para cultivarlas y hacer crítica. Y, según da a entender, esa posición algo ortodoxa hay que leerla como una reacción ante el momento y el entorno en que le tocó vivir:
En Londres —y no hace mucho, en 1914—, la mayoría de los poetastros todavía miraban con malos ojos la idea de que la poesía fuera un arte: pensaban que había que hacer poesía sin ningún análisis, y seguían esperando que «surgiera» espontáneamente.
La acotación tiene su importancia, pues estamos ante la cabeza que pulió algunos textos a T.S. Elliot o Fox Madox Ford. Es más: hay quienes sostienen —no he podido investigarlo en profundidad— que esos autores deben una parte notable de su maestría y éxito al cascarrabias de Pound. Quiero decir: la visión literaria del autor de Los Cantos ha influido de manera notable en la literatura universal.

En su afán de claridad, Pound dice que desconfía de aquella persona que «empieza por 49 variantes antes de establecer 3 o 4 principios». Y eso, claro, suena maravilloso, casi bíblico, diría yo, ahora que hay tanta bibliografía sobre cómo escribir. Exageraciones al margen, el propio Pound no dice cuáles serían esos 3 o 4 pilares que sintetizan su pensamiento literario y sobre los cuales erige su discurso. De hecho, pueden entresacarse al menos una docena.

Por mi parte, extracto los cinco que me más me han llamado la atención:

1. Culto y respeto por el saber antiguo
La mayor parte de las percepciones del ser humano datan de hace mucho tiempo, o bien se pueden extraer de percepciones que los hombres mejor dotados tuvieron mucho tiempo antes de que naciéramos nosotros. La especie descubre y redescubre. 
A la vista de este subrayado, se entiende mejor por qué Pound se empeña en que aprendamos lengua provenzal y nos familiaricemos con los poemas de los trovadores de los siglos X al XII. Además, da por hecho que antes habremos aprendido griego para leer a Homero o Safo y latín, para hacer lo propio con Ovidio. Es más: no hay plan mejor que leer en italiano a Dante y a Cavalcanti. Los clásicos antiguos son la piedra angular del pensamiento de Pound. ¿Por qué? Entre otras razones porque suelen contener la primera vez que un ser humano supo percibir algo importante y ponerlo por escrito.

2. El valor de una obra está en relación con las demás.

Hay que conocer las cimas de la literatura para juzgar con propiedad el lugar que le corresponde a cada obra. Es decir (aviso para críticos): la valía de un libro se estudia en relación con los demás:
Un hombre que haya subido a la cima del Matterhorn tal vez prefiera el condado de Derby a Suiza, pero no pensará que el Pico de Derby sea la montaña más alta de toda Europa.
Visto el infrecuente nivel de «obras maestras» que arroja un somero escrutinio de los suplementos culturales y de las solapas, fajas y demás paratextos que engalanan los libros, no sería mala cosa retomar este pensamiento. Segun Pound, las grandes obras y los grandes autores cumplen una función esencial: actuar como «varas de medir y voltímetros».

3. El saber está en la vida (no tanto en los libros)

Para leer y escribir, hay que disponer de algún bagaje vital que poner en juego... La literatura es un arte que debe aportar «alegría al corazón de los hombres» y, por tanto, está más allá de la mera destreza técnica; es algo que también tiene que ver con la comprensión del mundo en que vivimos. Si uno es un mero ratón de biblioteca, quizá logre ser técnicamente tan exquisito como Shakespeare; sin embargo, opina Pound, jamás será tan profundo y definitivo como Geoffrey Chaucer, quien consiguió cargar del máximo sentido cada palabra que empleó:
Los hombres no comprenden los LIBROS hasta que han vivido una considerable porción de la vida. En todo caso, ningún hombre comprende un libro profundo mientras no haya visto y vivido al menos en gran parte su contenido. Los prejuicios contra los libros han aumentado por culpa de la estupidez de los hombres que se han limitado a leer los libros.

Chaucer, además, era un hombre con el que podríamos haber conversado sobre Fabre y Fraser. Era un hombre que pensó de manera harto estimable sobre muchos asuntos que Shakespeare jamás consideró con demasiada hondura...

Chaucer comprendió realmente el pensamiento y la vida de su época.

4. Encontrar lo singular de cada arte

Practiquemos el arte que practiquemos, según Pound, la pregunta esencial es si el material que empleamos podría haber sido más eficaz si hubiéramos empleado otro medio artístico. Y añade: recuérdese que «los dibujos y collages de Max Ernst dan al traste con buena parte de las novelas psicológicas» o que «el cine invalida gran cantidad de narraciones de segunda fila, y no es menor el teatro que descarta». Por tanto, Pound recomienda que la poesía ofrezca algo que solo pueda encontrarse en la poesía (y no en un cuento, una novela, etc.). De algún modo, es como cuando los teatristas se propusieron hacer obras que no estuviesen centradas en recitar un texto, sino que ofreciesen lo exclusivo de su arte —gestualidad, imágenes, coreografías, improvisaciones, etc.— y que engendrasen teatralidad, esto es, algo que solo fuera hallable en un teatro (y no en un cine, por ejemplo).
  
5.  Saber para qué (y para quién) se escribe

Solo hay dos maneras de escribir, dice Pound:

A. Los libros que se leen [escriben] para que el hombre desarrolle su capacidad, para saber más y percibir más y con mayor rapidez antes de leerlos

y

B. Los libros que se han escrito para servir de REPOSO, droga, opiáceos, lechos mentales.

Nadie se echa a dormir sobre un martillo o un cortacésped, ni tampoco se pone a clavar un clavo a golpes de colchón. ¿Por qué se empeña la gente en aplicar los MISMOS criterios a escritos tan diferentes por su propósito y su efecto como pueden serlo un cortacésped y el cojín de un sofa?

Pues eso, que leer a Pound no dejar lugar ni al reposo o el lecho mental. Estés a favor o en contra, te obliga a posicionarte, a pensar, a dialogar con sus ideas. Además, se toma muy en serio lo de seguir el mandato de Lawrence Sterne sobre la gravedad, «esa misteriosa actitud del cuerpo con que se ocultan los defectos del alma»; nada huele a solemnidad ni a humanismo melifluo en Pound. Al contrario: todas sus páginas desprenden un aroma a querer saber y, como diría él, a erudición encaminada a que literatura y vida formen yunta con el lector. Da gusto con profesores como él, digo.


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El ABC de la lectura, Ezra Pound.
Traducción de Miguel Martínez Lange.
Ediciones y Talleres Fuentetaja (Madrid, 2000).

PD. En el blog de Neorrabioso podéis leer algunos fragmentos extra del libro. Y Google Books deja ver parte del contenido.

4 de abril de 2014

Acerca de la nobleza del sexo femenino, H.C. Agrippa

Cornelius Agrippa (1486 - 1535) puede presumir de logros inalcanzables para otros mortales. Como quiera que en algún momento fue acusado de esoterismo, magia, alquimia y demás herejías, es un autor que sale referenciado en los sitios más curiosos. Según figura en la introducción de Acerca de la nobleza y excelencia del sexo femenino, Agrippa aparece en la obra de teatro de Christopher Marlowe La trágica historia del doctor Fausto (1592), en Poesía y verdad de Goethe (1811) o en el cuento «El inmortal» de Borges (1947). Por salir, sale incluso en un videojuego, Amnesia, the dark descent.

A quienes lo veneran por su faceta ocultista, quizá este libro les parezca demasiado suave... Aunque el tema que aborda el autor es de gran enjundia: la igualdad entre hombres y mujeres (en pleno Renacimiento). O mejor dicho: la primacía de las mujeres sobre los hombres. De hecho, por momentos, Agrippa tiene algo de Carmen Maura en la escena final de la cueva de Las brujas de Zugarramurdi, cuando afirma que Dios es una mujer... Eso sí, Maura se apoya en el demonio y Agrippa, en la Biblia.

Pero, bueno, el caso es que el libro tiene momentos muy divertidos. Y como el asunto de Agrippa como defensor de la mujer está muy bien contando en el prólogo y, a buen seguro, reseñado en algún otro lado de la Red, yo me dedico a lo mío, es decir, a la chanza, el jolgorio y la chirigota. De ahí que mi humilde aportación consista en rescatar un par fragmentos sobre algo que he dado en llamar «sobre la flotabilidad del ser». Apurado como andaba don Cornelio en dar toda clase de razones que justificasen la superioridad femenina, acudió a ejemplos tan curiosos como estos dos, ambos con cierto sabor arquimédico:

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Asimismo, los sagrados discursos nos atestiguan en forma muy completa cuánto sobresale la mujer en nobleza sobre los varones, porque fue creada junto con los ángeles en el paraíso, lugar de excelencia y muy agradable; en cambio, el varón fue hecho fuera del paraíso en campo abierto junto con los brutos animales y solo luego, a causa de la creación de la mujer, fue conducido al paraíso. Y por esto la mujer, por dote natural, acostumbrada al elevadísimo lugar de su creación, al mirar hacia abajo desde tan alto como se quiera no padece de vértigo ni se deslumbran sus ojos, como suele suceder a los varones. Además, si una mujer y un varón peligran juntos en las aguas, privados de toda ayuda externa, la mujer flota más largo tiempo que el varón, quien se hunde más rápidamente y se va al fondo. (pág. 81)

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En fin, la naturaleza dispuso los órganos sexuales en las mujeres con admirable decencia, no prominentes como en los varones, sino internos y apartados en un lugar más secreto y seguro. También la naturaleza confirió más vergüenza a las mujeres que a los varones. Por esta razón, muy a menudo ha ocurrido que una mujer, enferma de un tumor peligroso, ha elegido la muerte antes que exponerse para ser curada a la mirada y al tacto de un cirujano. Y mantienen este honesto pudor aun moribundas y muertas, como es evidente sobre todo  en las que perecen en el agua. En efecto, según Plinio y como indica la experiencia, la mujer difunta flota boca abajo (la naturaleza preserva su pudor); el hombre, en cambio, flota de espaldas. (pág. 93).

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PD. Por si alguien quiere indagar más sobre el particular proyecto editorial de Ediciones Winograd, enlazo aquí una entrevista que le hizo el amigo Pablo Silva en la radio uruguaya al editor de este sello argentino. Y ya que estamos, la web de la editorial.