19 de abril de 2015

El maestro en el erial, Gregorio Morán

En una hipotética clasificación sobre los 10 intelectuales españoles más ninguneados de todos los tiempos, casi seguro que Ortega y Gasset ocuparía el primer lugar. El perfil del autor de España invertebrada o La rebelión de las masas ofrece algunas aristas, bastante cortantes, a la hora de profesarle cierto cariño. Elitista, machista, homófobo y vendido a Franco suelen ser cuatro acusaciones habituales nada más citarlo entre quienes no sabemos gran cosa de filosofía pero hemos leído algún libro suyo.

Para muestra, un botón orteguiano, uno que deja claro que el filósofo no consiguió trascender a su época en todos los planos:
... es increíble que haya mentes lo bastante ciegas para admitir que pueda la mujer influir en la historia mediante el voto electoral y el grado de doctor universitario.
Y si hago caso de una futura doctora en Filosofía, conocida mía y muy solvente en lo suyo, diría que parte de su propio gremio estigmatiza a don José por una quinta razón: carece de sistema filosófico. Lo cual, según me hacen saber, lo deja en buen periodista y estupendo comunicador, pero mal filósofo. Es más: lo coloca por debajo de Miguel de Unamuno, su gran antagonista, o Xavier Zubiri, su triunfante discípulo bajo el yugo, las flechas y el mesianismo nacionalcatólico.

Lo dicho: citar a Ortega y Gasset, en ciertos círculos, implica quedar fatal. Y resulta raro porque, a la luz de El maestro en el erial, da la sensación de que él debería ser nuestro Borges del siglo XX, esto es, nuestro intelectual de referencia. Es más: una aduana —que diría Fogwill— ante la que pagar un peaje, un factor —que diría Alan Pauls— a la hora de entender el ADN intelectual de nuestro país, un pensador ante el cual medirse.

Sin embargo, Ortega probablemente solo competiría de tú a tú con Borges en la parte de los denuestos y de las burlas. Frente a un Borges enojado por verse parodiado por Fogwill en el cuento Help a él, Ortega podría ofrecer la desopilante novela Fabulosas narraciones contadas por historias, de Antonio Orejudo, o mencionar algún párrafo del divertido Manual de literatura para caníbales, de Rafael Reig. Sin embargo, a la hora de medir la capacidad de irradiación de ambos respecto de su propia cultura, Ortega queda muy por debajo del escritor argentino.

Además, Ortega viviría como urticante una situación paradójica: Borges escribió literatura y muchos lo toman por filósofo; sin embargo, él hizo filosofía y lo tomaron por literato:
Pensar que durante más de treinta años —se dice pronto— he tenido día a día que soportar en silencio, nunca interrumpido, que muchos pseudointelectuales de mi país descalificaran mi pensamiento, porque «no escribía más que metáforas» —decían ellos—. Esto les hacía triunfalmente sentenciar y proclamar que mis escritos no eran filosofía. ¡Y claro que afortunadamente no lo eran! si filosofía es algo que ellos son capaces de segregar...

Parece mentira que ante mis escritos —cuya importancia, aparte de esta cuestión reconozco que es escasa— nadie haya hecho la generosa observación que es, además irrefutable, de que en ellos no se trata de algo que se da como filosofía y resulta ser literatura, sino por el contrario, de algo que se da como literatura y resulta que es filosofía. Pero esas gentes que de nada entienden, menos que de nada entienden de elegancia, y no conciben que una vida y una obra pueden cuidar esta virtud.

Un catedrático en excedencia...

Gregorio Morán le ofrece al lector múltiples caras de Ortega y Gasset. Una de ellas es la solvencia y admiración intelectual que mereció el filósofo a sus coetáneos europeos y americanos. De hecho, contaba con el respeto y la complicidad de Martin Heiddeger, formaba parte del círculo de Victoria Ocampo y lo recibían incluso presidentes de Gobierno. Es más: sus colegas pensaban en él cuando montaban conferencias, seminarios y cursos donde tuvieran previsto invitar a gente como Karl Jaspers, Benedetto Croce, Carl Jung, Arnold Toynbee o Bertrand Russell. Por pedirle, hasta le pidieron hablar durante el bicentenario de Goethe, algo que lo colocaba a la altura, por ejemplo, de Thomas Mann, quien también participó.

Sin embargo, juraría que la mayoría de españoles deben tener la misma idea que yo sobre eso cuando salí del instituto: ninguna. En mi caso, a modo de descargo, solo puedo argumentar que ni los maristas ni los salesianos me contaron jamás que Ortega había sido una rock'roll star de la filosofía, un tipo al que te gustara o no había que leer. Mis profesores de lengua y literatura tampoco me lo pusieron como modelo a la hora de escribir (y a ciencia cierta que lo es).

Una conclusión que se desprende de El maestro en el erial es que en España mantenemos una complicada relación con lo intelectual. Quizá nos tirá más el manco y tuerto de Millán-Astray al grito de «¡Que mueran los intelectuales!» que otros mancos, como Cervantes o Valle-Inclán, por no hablar de gentes como Unamuno, Ortega o Azaña. Y a la vista que tuvo la recepción de este libro en su momento (1998), parece que somos poco dados a contextualizar y a establecer balances razonados de luces y sombras en plan anglosajón o alemán. Nos falta amplitud de miras.

De hecho, la otra conclusión que arroja este ensayo es que Ortega ha sido casi tan vapuleado por la izquierda como por la derecha. Para los primeros siempre será un obstáculo que coqueteara con Primo de Rivera, que renegase de la Segunda República, que sus hijos combatieran en el bando nacional o que deviniera en un conservador (en el sentido liberal, no en el de reaccionario). Los segundos jamás lo aceptarán como faro porque fue afín al socialismo durante un periodo, se erigió en promotor de la República y, en particular, porque fue radicalmente laico. De hecho, su fidelidad al laicismo fue la diana sobre la que dispararon más saetas los muy nacionalcatólicos del Opus Dei y, al final, hasta los de Falange.

El problema es que la biografía del propio Ortega tampoco ayuda mucho. Si bien, como explica Morán, todo el mundo lo recuerda como un fervoroso profesor preocupado por su alumnado, de una elocuencia oratoria simpar o con una grandísima habilidad para enseñar, también existe la contracara de ese prócer cultural. El dato más relevante que aporta la investigación de Morán es que Ortega trabajó a sueldo del régimen franquista.

Desde el verano de 1936, Ortega no volvió a ejercer jamás como catedrático en la Universidad de Madrid. Nunca se reincorporó —ni quiso ni le hubieran dejado— a su cátedra. Es más: su lugar lo ocupó otro profesor más afín al franquismo. Sin embargo, según consta «en la Dirección General de la Deuda y Clases Pasivas, expediente 325-54», Ortega siguió cobrando su sueldo como «catedrático en excedencia», y lo hizo «desde el 13 de febrero de 1941, y con las sucesivas subidas de sueldo reglamentarias de 1948 y 1951». De hecho, cuando se retiró, a los 70 años, se jubiló con «el 80 por ciento del sueldo máximo de catedrático».

He ahí, en palabras de Morán, el porqué del famoso «silencio de Ortega» desde que volvió a España en agosto de 1945: el régimen franquista lo había comprado. En su tercer y último viaje a Argentina (1939), Ortega se quedó sin dinero y debió aceptar todo tipo de encargos para sobrevivir; como dirían allá, estuvo en la lona. Probablemente, esa experiencia tan dura  para alguien que había volado antes tan alto, lo condicionó después y, como tanto otros, supeditó su raciovitalismo a su cuenta bancaria. Y es que a Ortega le gustaba vivir bien, no con apreturas.


Un país de sacristía

Lo otro que impacta del libro es la descripción cultural de la época. A semejanza de la primera biografía que le dedicó a Adolfo Suárez —la de 1979; la de 2009 aún no la he leído—, Gregorio Morán dibuja tan exhaustivamente el contexto en que Ortega desarrolló los últimos diez años de su vida que resulta complicado elegir los cinco datos más escabrosos a la hora de retratar la podredumbre intelectual de entonces. De todos modos, lo intento:

  1. El censor censurado. Es sabido que Camilo José Cela trabajaba como censor franquista y que colaboraba como columnista en Arriba o en El Español, el «semanario del franquismo más bronco y excluyente»; por tanto, nadie podía dudar de su alineamiento con el Régimen. Pues bien, su novela La colmena no obtuvo el plácet para publicarse aquí hasta 1963. De hecho, se publicó en 1950 en Argentina y el ínclito Gonzalo Torrente Ballester la reseñó en 1951 en Cuadernos Hispanoamericanos..., si bien nadie podía comprarla en España. En su reseña, Torrente Ballester escribió frases de gran calado, como esta: «Casi todo lo que hacen los personajes de La colmena es pecado».

  2. El retorno de Torquemada. Vale, a uno le puede parece alucinante que el Premio Nacional de Literatura de 1947 recayera en Carrero Blanco, quien escribió El Cristo de Lepanto. Ahora bien, más increíble aún es que el Opus, la Iglesia y el Régimen trataran de prohibir la lectura de Clarín o Unamuno. Incluso Torcuato Fernández de Miranda, entonces rector de la Universidad de Oviedo —y dos décadas más tarde arquitecto de la transición junto con Suárez y Juan Carlos de Borbón—, decía cosas como esta del autor de La regenta: «La obra de Clarín ha sido y es radicalmente disolvente de valores esenciales del modo de ser español..., [de] los valores católicos, del modo católico de entender la vida».

  3. La cultura como campo de batalla... medieval. Pocas veces las revistas culturales o políticas han sido un escenario tan propicio para tratar de conquistar poder real como cuando Laín Entralgo, el intelectual falangista de referencia, fue atacado por Calvo-Serer, un joven cachorro del Opus Dei. De un lado, estaban quienes consideraban que la revolución fascista estaba aún pendiente de hacer; del otro, los que pretendían una contrarrevolución teocrática. Y, entre unos y otros, la santísima trinidad: Dios, Franco y la Historia. El nivel intelectual era tal que Calvo-Serer llegó a usar como argumento de autoridad en un artículo el aval... del nuncio del papa. Como menciona Vargas Llosa en su reseña de este libro, España era «una sacristía».

  4. El arte literario como mercadotecnia. Gregorio Morán sostiene y argumenta que las etiquetas «Generación del 98» y «Generación del 27» fueron sendos inventos mercadotécnicos de los intelectuales franquistas. El primero fue obra de Laín Entralgo, quien se apoyó en Azorín y en la necesidad de añadirle épica y esplendor a la visión mítica que se quería dar de nuestro pasado. El segundo, de Dámaso Alonso, quien, según Morán, realizó un sibilino desplazamiento temporal: el 27 es aún la dictadura de Primo de Rivera y, si bien casi ningún poeta de esa generación había publicado algo relevante en esa fecha, la argucia le evitaba tener que etiquetarlos como «Generación de la República».

  5. La filosofía tonsurada. Huelga decir que nuestra representación filosófica en charlas, debates y demás saraos internacionales eran curas e intelectuales católicos vinculados a Falange y al Opus Dei. Y, por supuesto, ninguna mujer. La marca España por entonces era la tonsura, lo apostólico. Naturalmente, en filosofía se traducía toda clase de texto escolástico y deudor de Dios; sin embargo, una obra cumbre, como el Tractatus logico-philosophicus, de Wittgestein, debió esperar hasta 1957 (lo tradujo Tierno Galván, futuro alcalde socialista de Madrid). Eso sí, quizá lo más descacharrante sea esto otro: «La Facultad de Filosofía y Letras de Madrid, la misma que no se pronunció con ocasión de la solicitud del Premio Nobel [para Ortega], sí se sumó en pleno a unos ejercicios espirituales ¡por la conversión de José Ortega y Gasset!». Como en tiempos de la Inquisición, convertirse a la fe católica te salvaba de la hoguera (famosa y sonada fue, por ejemplo, la conversión del otrora catedrático republicano García Morente, sin ir más lejos).
     
En fin, con este erial a la vista, parecía complicado que un espíritu inquieto y cultivado como el de Ortega pudiera ejercer de filósofo, docente, orientador ni nada de nada. Además, Franco leía muy poco —le gustaban las novelas de Ricardo León, tengo entendido— y prefería mantener lejos a los intelectuales; él era más de alimentar su espíritu con Dios, el Ejército y el culto a sí mismo. Lo que nos cuentan las más de 500 páginas de este ensayo es que Ortega  regresó en agosto de 1945 a un país donde se gritaba a pleno pulmón aquello de que «Franco manda y España obedece»; regresó, sin saberlo, a una España donde ya no había sitio para un pensador laico, cosmopolita e independiente, por muy conservador que fuera.

No lo había.

Y esa es la gran imagen que nos deja El maestro en el erial: Ortega regresó a un país donde ni siquiera él tenía lugar.

Éramos algo así como la Corea del Norte de hoy, vaya.

Ortega se equivocó regresando. Erró en la lectura política del momento: creyó que la derrota de Alemania y la asfixiante autarquía económico-cultural obligarían al solitario régimen totalitario franquista a claudicar, y que este daría paso a un gobierno civil conservador. Razones no le faltaban para pensarlo; la situación era límite: España no podía ingresar en la ONU, había sido muy criticada en la Conferencia de Postdam, estaba políticamente aislada y rebosaba de miseria, hambre y frío. Aquello no daba para más, era insostenible.

Sin embargo, la Historia tenía guardados algunos ases en la manga y no sucedió lo que sugería la lógica. El trigo de Perón (1947) alimentó al país y rompió el aislamiento; el Congreso Internacional Eucarístico de Barcelona (1952) o el concordato con el Vaticano (1953) rubricaron ante el mundo el espíritu de cruzados religiosos de los españoles; y el exacerbado anticomunismo franquista terminó seduciendo a Estados Unidos en plena Guerra Fría, que a cambio de unas bases militares le permitió a Franco la foto de la victoria definitiva: la visita y el abrazo de Eisenhower en 1959.

Era difícil verlo, Ortega... Eso hay que reconocértelo. Muy difícil. En cualquier caso, te seguiremos leyendo.

*

PD 01. Recomiendo la reseña que escribió Vargas Llosa sobre este libro en 1998. Resulta muy instructivo leer a don Mario exonerar a Ortega por aceptar un sueldo del franquismo como eterno catedrático en excedencia y, a la vez, decir: «Los errores políticos de Ortega no fueron los de un cobarde ni los de un oportunista; a lo más, los de un ingenuo que se empeñó en encamar una alternativa moderada, civil y reformista...». Se nota que a Vargas Llosa también le gusta vivir bien. 

PD 02. También resulta no menos instructivo el artículo que publicó Gregorio Morán para rebatir a quienes montaron en cólera tras la publicación de su libro: «Seis consideraciones sobre el maestro y el erial». Aquello debió ser lo más parecido a un debate cultural en España en mucho tiempo, uno de los pocos que ha debido haber...

PD 03. Ojalá que Morán, como dice, algún día se anime con la biografía de Antonio Machado.

12 de abril de 2015

La política y el idioma inglés (II), George Orwell


[ Este artículo viene de su primera parte, donde se habla de cómo relaciona Orwell la regeneración del lenguaje con la de la política o de cómo eso es una tarea colectiva. ]


La ortodoxia como fuente del Mal

Parece mentira, sí, pero el ensayo de Orwell sigue vigente 70 años después y sirve tanto para referirse a Reino Unido y sus ingleses como al Reino de España y sus españoles. Es más: el estadounidense David Foster Wallace cita con profusión La política y el lenguaje inglés en su divertido ensayo «La autoridad y el uso del inglés americano», publicado en 1999 y recogido en De qué hablamos cuando hablamos de langostas (DeBolsillo, 2007). Quiero decir: el texto de Orwell fue y sigue siendo un antídoto lleno de inteligencia para vacunarnos contra la necedad que nos rodea.

Fiel al espíritu de su época, Orwell nos advierte de los efectos devastadores de la ortodoxia sobre la capacidad de elaborar pensamiento propio. De hecho, responsabiliza a ese tipo de ceguera de que proliferen toda suerte de papagayos, títeres o autómatas en el espectro político. Donde deberíamos encontrar mujeres y hombres que nos ayuden a afilar nuestro pensamiento para vivir mejor —en términos aristotélicos, se entiende—, resulta que encontramos portavoces especializados en reproducir, como si fueran «letanías de iglesia», los argumentarios que otros elaboran por ellos. Lo que dice Orwell se parece a algo de lo que puso en pie al 15M:
La ortodoxia, cualquiera sea su color, parece exigir un estilo imitativo y sin vida. Los dialectos políticos que aparecen en panfletos, artículos editoriales, manifiestos, libros blancos y discursos de los subsecretarios varían, por supuesto, entre un partido y otro, pero todos se asemejan en que casi nunca emplean giros de lenguaje nuevos, vívidos, hechos en casa.
En fin, esa cantinela —y ahora pensando en clave española— que razona a golpe de líneas rojas y brotes verdes; a fuerza de abrir el melón, pasar página, levantar alfombras o abrir las ventanas (o los cajones, según qué casos y qué circunstancias); esa retahíla hebdomadaria que lo mismo entona grandes éxitos del karaoke retórico —La superioridad moral de la izquierda, La (in)cuestionable capacidad gestora de la derecha, La herencia recibida, etc.— que te canta un himno pop a la excelencia, la competitividad, la productividad, el win-win y la marca España mientras el resto de invitados hace los coros y grita: «¡Alfombra roja para los emprendedores!». Todo sea por cantar, digo, en particular cuando llegan las elecciones y quienes concurren a ellas tratan de apropiarse a toda costa de la gran palabra fetiche: cambio.

Cambio que te quiero cambio (y no recambio).

Por supuesto —y prometo que solo me alargo un párrafo con esto de los ingredientes—, la retórica anterior debe aderezarse con una pléyade de españolísimos giros taurinos con los que trufar —incluidos los oradores y amanuenses antitaurinos— cualquier discurso: coger el toro por los cuernos, salir por la puerta grande, hacer un brindis al sol, echar un capote, cambiar de tercio, apretarse bien los machos... Y es que, bien mirado, muchas veces —la mayoría— no pensamos lo que decimos, y así nos va. Recuérdese que estamos en un país en que hasta los ateos, cada tanto, dicen «gracias a Dios» y donde más de un padre o madre van de republicanos por la vida, pero a las primeras de cambio disfrazan a sus retoños de príncipes y princesas.

Visto así, desde la perspectiva de que nos encanta hablar del talón de Aquiles sin saber quién era ese héroe griego, puede entenderse de manera sencilla el punto de vista de Orwell: hay muchos discursos que resultan previsibles porque los emiten autómatas cuyo único mérito es «pegar largas tiras de palabras cuyo orden ya fijó algún otro y hacer presentables los resultados mediante trucos». Eso es «lo peor de la escritura moderna», subraya. Y acota: su atractivo estriba en que «esta forma de escritura (...) es fácil».

Tan fácil, de hecho, que a esos escritores y oradores modernos les alcanza con invocar algunas de las palabras fetiche para que el resto acudan a su boca «como corceles de caballería que responden a la corneta» para juntarse «automáticamente en una alineación monótonamente familiar».

Y la metáfora bélica no es casual, diría yo: luego, tras esos corceles y esas cornetas, viene la carga de la caballería en forma de recortes de salario, supresión de algunos derechos laborales, privatización de la sanidad o aumento de tasas y disminución de becas para estudiar, amén de toda clase de explicaciones (simuladas y en diferido) sobre la corrupción. De hecho, como Orwell, la ciudadanía española hace tiempo que sospechamos de empresarios, banqueros, políticos y demás tropa cuando nos hablan de ciertas palabras:
Las palabras democracia, socialismo, libertad, patriótico, realista, justicia tienen varios significados diferentes que no se pueden reconciliar entre sí. En el caso de una palabra como democracia, no solo no hay una definición aceptada, sino que el esfuerzo por encontrarle una choca con la oposición de todos los bandos. Se piensa casi universalmente que cuando llamamos democrático a un país lo estamos elogiando; por ello, los defensores de cualquier tipo de régimen afirman que es una democracia, y temen que tengan que dejar de usar esa palabra si se le da un claro significado. Las palabras de este tipo se emplean a menudo de forma deliberadamente deshonesta. Es decir, la persona que las usa tiene su propia definición privada, pero permite que su oyente piense que quiere decir algo bastante diferente

La honestidad como remedio

Frente a la ortodoxia, Orwell apela al uso de un lenguaje claro y honesto, esto es, a un lenguaje que pueda ser entendido por el resto de la comunidad. Para ello, el punto de partida en el discurso debe ser la sinceridad y el de llegada, el compromiso por poner las palabras al servicio del mensaje... Y no al revés. El lenguaje debe huir del «catálogo de estafas y perversiones» que detalla en su ensayo. Las palabras y las imágenes que empleamos deben subordinarse a la claridad del significado.

Traducido a términos de 2015, podríamos decir que Orwell estallaría contra quienes evitan la palabra desahucio a través del circunloquio «procedimientos de ejecución hipotecaria», contra quienes enmascaran las amnistías fiscales tras expresiones como «medidas excepcionales para incentivar la tributación de rentas no declaradas» o contra quienes hablan de «crecimiento económico negativo», «recargo temporal de solidaridad» o «devaluación competitiva de los salarios», como si así pudieran atenuar de algún modo la espantosa realidad que anida tras semejantes rodeos verbales. Orwell también dispararía contra quienes quieren renombrar el capitalismo y revendérnoslo bajo denominaciones como «libre mercado» o «economía de mercado». Y, por supuesto, guardaría algunos párrafos para quienes falsean la realidad y criminalizan a las personas que migran de país a través de términos alarmistas como oleadas, alud, invasión, inmigrante ilegal, etc.

Y es que ya lo decía Orwell:
El gran enemigo del lenguaje claro es la falta de sinceridad. Cuando hay una brecha entre los objetivos reales y los declarados, se emplean casi instintivamente palabras largas y modismos desgastados, como un pulpo que expulsa tinta para ocultarse.

Un programa de acción lingüístico

La buena noticia es que hay una parte de la honestidad en el lenguaje que se entrena. Esa parte es la que tiene ver con la voluntad de escribir claro, a fin de que los demás te entiendan y, llegado el caso, puedan alzar la mano y disentir de tu punto de vista. Por eso, algo valioso de La política y el idioma inglés es la insistencia de Orwell en que la prosa se compone. Es decir: no se improvisa. De hecho, en este ensayo el escritor inglés incluso cuenta las sílabas —no las palabras, ¡las sílabas!— de muchas oraciones.

Su programa de acción para combatir la decadencia del lenguaje —y, por ende, la crisis política y económica— puede sintetizarse en 3 directrices generales, 6 preguntas y 6 recomendaciones estilísticas aplicables a cada texto. Lejos de ser una receta que garantice el éxito, debe considerarse como un programa de mínimos, esto es, como lo imprescindible para ser considerado un «escritor cuidadoso».

Las tres directrices generales serían las siguientes:
  • Reflexionar sobre el lenguaje que utilizamos y usarlo con la mayor precisión posible.
  • Usar un lenguaje que muestre de manera clara y vívida aquello que estamos contando.
  • Revisar oración por oración —y hasta sílaba por sílaba— cada texto que compongamos.

El último punto no es baladí; Orwell sostiene que el escritor, «en cada oración que escribe», debería planterse estas 6 preguntas:
  1. ¿Qué intento decir?
  2. ¿Qué palabras lo expresan?
  3. ¿Qué imagen o modismo lo hace más claro?
  4. ¿Es esta imagen lo suficientemente fresca para producir efecto?
  5. ¿Puedo ser más breve? 
  6. ¿Dije algo evitablemente feo [pretencioso]?
Y para conseguir la máxima precisión, claridad y expresividad, quien escribe debería corregir sus textos con los siguientes 6 consejos estilísticos en mente:
  1. Nunca use una metáfora, un símil u otra figura gramatical que suela ver impresa. 
  2. Nunca use una palabra larga donde pueda usar una corta. 
  3. Si es posible suprimir una palabra, suprímala siempre. 
  4. Nunca use la voz pasiva cuando pueda usar la voz activa. 
  5. Nunca use una locución extranjera, una palabra científica o un término de jerga si puede encontrar un equivalente del inglés cotidiano. 
  6. Rompa cualquiera de estas reglas antes de decir una barbaridad.
Como con tanto decálogo, dodecálogo y consejos varios que circulan por ahí, este programa no es la solución para todos los males. Pero es el de una voz autorizada a la que acudir cuando pensemos que pergeñar un texto claro es algo sencillo, que lleva poco tiempo o que es una cuestión de talento (y no de trabajo). Además, Orwell es una buena piedra de toque respecto de una cualidad que escasea en esta vertiginosa sociedad del hiperconsumo y la infoxicación: la autocrítica. El programa orwelliano, sobre todo, nos obliga a revisar de arriba abajo cuanto escribimos, y a hacernos responsables de ello.

Quizá así consigamos erradicar comparaciones como las de Francisco Ruiz, quien nos explicó que los inmigrantes deberían saber que la Guardia Civil, a diferencia de los Reyes Magos, no reparten caramelos sino palos... Y hasta tal vez dejemos de leer informes del Ministerio de Hacienda donde se equipara a un partido político en su labor social con la de Cáritas. Y hasta puede que algún día llegue a la presidencia de este país alguien que no vaya a ser recordado por su tenacidad a la hora de omitir la palabra crisis o la palabra rescate en su discurso. Todo sea por mejorar nuestra salud semántica, digo.

*

PD 01. Este artículo que publicó Sandra Ruso en el diario argentino Página 12 resume bastante bien algunas de las ideas generales que transmite Orwell.

PD 02. George Orwell: «... no hay ninguna necesidad real de los centenares de locuciones extranjeras que hoy son corrientes en el lenguaje inglés». Aconsejar lo mismo en este idioma en que escribo —y lo digo por experiencia— te convierte en una suerte de casposo y retrógrado nacionalista español. No es mal termómetro, digo, para medir alguna de las tonterías y complejos de inferioridad que podemos rastrear a través del lenguaje.

*

La portada del libro está tomada de esta web, que repasa la bibliografía de George Orwell y lo he leído en español gracias a la generosidad de Joe Miró y Alberto Supelano, quienes han compartido su traducción públicamente en este enlace. El original en inglés puede consultarse en este otro sitio. Desconozco si este ensayo lo ha publicado alguna editorial española.