24 de abril de 2014

Cartas a un joven poeta, Rainer Maria Rilke

Últimamente estoy clasificando, organizando y borrando archivos del disco duro; así que cada tanto me encuentro con documentos inesperados, que ni siquiera sabía que estaban durmiendo en algún lugar del disco duro. Uno de mis hallazgos más recientes es una carta casi entera de Rilke que transcribí —todo generosidad al teclado— allá por el 2000 o 2001. Encontrar el texto me ha hecho recordar que ya no tengo el libro... Supongo que he debido regalarlo o perderlo —vaya usted a saber— en alguno de mis múltiples cambios de hogar. En fin, cosas de las mudanzas.

Tras releer lo que había encontrado, he decidido salvar un par de pasajes donde Rilke establece una relación entre la tristeza y una incipiente metamorfosis o transformación personal. Cuando el esplín se me pasa de rosca, suelo acordarme de esta carta; de algún modo, es una elegante manera de ver el vaso medio lleno cuando el viento te sopla en contra. En particular, me gusta este símil: «... hemos cambiado como cambia una casa en la que ha entrado un huésped».

PD. De paso, mientras copio y pego esos fragmentos, retomo una miajita el ritmo bloguero, que si no me cuelgo demasiado.


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(...) Yo creo que casi todas nuestras tristezas son momentos de tensión que nosotros percibimos como parálisis, porque ya no sentimos la vida de nuestros sentidos alienados. Porque estamos solos con el extraño que se nos ha introducido; porque, por un momento, se nos arrebata todo lo habitual y lo que nos inspiraba confianza; porque nos encontramos en una encrucijada donde no podemos permanecer.

Por ello también la tristeza pasa: lo nuevo en nosotros, lo que nos ha llegado, se ha introducido en nuestro corazón, ha llegado a su cámara más recóndita y tampoco está allí; se encuentra en la sangre. Y no experimentamos qué ha sido. Se nos podría hacer creer fácilmente que nada ha ocurrido y, sin embargo, hemos cambiado como cambia una casa en la que ha entrado un huésped. No podemos decir quién ha llegado, tal vez no lo sepamos nunca, pero muchos indicios hablan del futuro que acaba de entrar para transformarse en nosotros, mucho antes de que acontezca y se manifieste.
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No se observe demasiado. No saque conclusiones precipitadas acerca de lo que le está ocurriendo; deje simplemente que las cosas sucedan. De lo contrario, llegará con demasiada facilidad a mirar su pasado con reproches (es decir, como un moralista); un pasado que, como es natural, forma parte de lo que ahora le está sucediendo. 


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Editorial Magoria, 3ª edición, año 2000.
Traducción: Antoni Pascual i Piqué y Constanza Bernard Ribera.

PD. Aquí parecen estar todas las cartas...

16 de abril de 2014

El ABC de la lectura, Ezra Pound

Ezra Pound es un tipo que, cuando habla de literatura, se permite cualquier cosa menos ser tibio y aburrido. Las suyas son opiniones rotundas, taxativas, como raquetazos de Rafa Nadal desde el fondo de la pista en pleno Roland Garros... «La incompetencia se demuestra en el uso de demasiadas palabras». Pim. «Trátese de encontrar un poema de Byron o de Poe que no carezca de serios defectos». Pam. «Si uno trata de mostrar qué es lo que de veras siente un hombre, solo podrá hacerlo mediante la claridad». Pound.

Fiel a la idea que transmite en El ABC de la lectura, don Ezra no se anda por las ramas y es partidario de delimitar con nitidez un terreno de juego para las palabras, sea para practicar con ellas la literatura, sea para cultivarlas y hacer crítica. Y, según da a entender, esa posición algo ortodoxa hay que leerla como una reacción ante el momento y el entorno en que le tocó vivir:
En Londres —y no hace mucho, en 1914—, la mayoría de los poetastros todavía miraban con malos ojos la idea de que la poesía fuera un arte: pensaban que había que hacer poesía sin ningún análisis, y seguían esperando que «surgiera» espontáneamente.
La acotación tiene su importancia, pues estamos ante la cabeza que pulió algunos textos a T.S. Elliot o Fox Madox Ford. Es más: hay quienes sostienen —no he podido investigarlo en profundidad— que esos autores deben una parte notable de su maestría y éxito al cascarrabias de Pound. Quiero decir: la visión literaria del autor de Los Cantos ha influido de manera notable en la literatura universal.

En su afán de claridad, Pound dice que desconfía de aquella persona que «empieza por 49 variantes antes de establecer 3 o 4 principios». Y eso, claro, suena maravilloso, casi bíblico, diría yo, ahora que hay tanta bibliografía sobre cómo escribir. Exageraciones al margen, el propio Pound no dice cuáles serían esos 3 o 4 pilares que sintetizan su pensamiento literario y sobre los cuales erige su discurso. De hecho, pueden entresacarse al menos una docena.

Por mi parte, extracto los cinco que me más me han llamado la atención:

1. Culto y respeto por el saber antiguo
La mayor parte de las percepciones del ser humano datan de hace mucho tiempo, o bien se pueden extraer de percepciones que los hombres mejor dotados tuvieron mucho tiempo antes de que naciéramos nosotros. La especie descubre y redescubre. 
A la vista de este subrayado, se entiende mejor por qué Pound se empeña en que aprendamos lengua provenzal y nos familiaricemos con los poemas de los trovadores de los siglos X al XII. Además, da por hecho que antes habremos aprendido griego para leer a Homero o Safo y latín, para hacer lo propio con Ovidio. Es más: no hay plan mejor que leer en italiano a Dante y a Cavalcanti. Los clásicos antiguos son la piedra angular del pensamiento de Pound. ¿Por qué? Entre otras razones porque suelen contener la primera vez que un ser humano supo percibir algo importante y ponerlo por escrito.

2. El valor de una obra está en relación con las demás.

Hay que conocer las cimas de la literatura para juzgar con propiedad el lugar que le corresponde a cada obra. Es decir (aviso para críticos): la valía de un libro se estudia en relación con los demás:
Un hombre que haya subido a la cima del Matterhorn tal vez prefiera el condado de Derby a Suiza, pero no pensará que el Pico de Derby sea la montaña más alta de toda Europa.
Visto el infrecuente nivel de «obras maestras» que arroja un somero escrutinio de los suplementos culturales y de las solapas, fajas y demás paratextos que engalanan los libros, no sería mala cosa retomar este pensamiento. Segun Pound, las grandes obras y los grandes autores cumplen una función esencial: actuar como «varas de medir y voltímetros».

3. El saber está en la vida (no tanto en los libros)

Para leer y escribir, hay que disponer de algún bagaje vital que poner en juego... La literatura es un arte que debe aportar «alegría al corazón de los hombres» y, por tanto, está más allá de la mera destreza técnica; es algo que también tiene que ver con la comprensión del mundo en que vivimos. Si uno es un mero ratón de biblioteca, quizá logre ser técnicamente tan exquisito como Shakespeare; sin embargo, opina Pound, jamás será tan profundo y definitivo como Geoffrey Chaucer, quien consiguió cargar del máximo sentido cada palabra que empleó:
Los hombres no comprenden los LIBROS hasta que han vivido una considerable porción de la vida. En todo caso, ningún hombre comprende un libro profundo mientras no haya visto y vivido al menos en gran parte su contenido. Los prejuicios contra los libros han aumentado por culpa de la estupidez de los hombres que se han limitado a leer los libros.

Chaucer, además, era un hombre con el que podríamos haber conversado sobre Fabre y Fraser. Era un hombre que pensó de manera harto estimable sobre muchos asuntos que Shakespeare jamás consideró con demasiada hondura...

Chaucer comprendió realmente el pensamiento y la vida de su época.

4. Encontrar lo singular de cada arte

Practiquemos el arte que practiquemos, según Pound, la pregunta esencial es si el material que empleamos podría haber sido más eficaz si hubiéramos empleado otro medio artístico. Y añade: recuérdese que «los dibujos y collages de Max Ernst dan al traste con buena parte de las novelas psicológicas» o que «el cine invalida gran cantidad de narraciones de segunda fila, y no es menor el teatro que descarta». Por tanto, Pound recomienda que la poesía ofrezca algo que solo pueda encontrarse en la poesía (y no en un cuento, una novela, etc.). De algún modo, es como cuando los teatristas se propusieron hacer obras que no estuviesen centradas en recitar un texto, sino que ofreciesen lo exclusivo de su arte —gestualidad, imágenes, coreografías, improvisaciones, etc.— y que engendrasen teatralidad, esto es, algo que solo fuera hallable en un teatro (y no en un cine, por ejemplo).
  
5.  Saber para qué (y para quién) se escribe

Solo hay dos maneras de escribir, dice Pound:

A. Los libros que se leen [escriben] para que el hombre desarrolle su capacidad, para saber más y percibir más y con mayor rapidez antes de leerlos

y

B. Los libros que se han escrito para servir de REPOSO, droga, opiáceos, lechos mentales.

Nadie se echa a dormir sobre un martillo o un cortacésped, ni tampoco se pone a clavar un clavo a golpes de colchón. ¿Por qué se empeña la gente en aplicar los MISMOS criterios a escritos tan diferentes por su propósito y su efecto como pueden serlo un cortacésped y el cojín de un sofa?

Pues eso, que leer a Pound no dejar lugar ni al reposo o el lecho mental. Estés a favor o en contra, te obliga a posicionarte, a pensar, a dialogar con sus ideas. Además, se toma muy en serio lo de seguir el mandato de Lawrence Sterne sobre la gravedad, «esa misteriosa actitud del cuerpo con que se ocultan los defectos del alma»; nada huele a solemnidad ni a humanismo melifluo en Pound. Al contrario: todas sus páginas desprenden un aroma a querer saber y, como diría él, a erudición encaminada a que literatura y vida formen yunta con el lector. Da gusto con profesores como él, digo.


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El ABC de la lectura, Ezra Pound.
Traducción de Miguel Martínez Lange.
Ediciones y Talleres Fuentetaja (Madrid, 2000).

PD. En el blog de Neorrabioso podéis leer algunos fragmentos extra del libro. Y Google Books deja ver parte del contenido.