15 de marzo de 2015

El agua que falta, Noelia Pena



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La leyenda del catálogo de una conocida multinacional de muebles sueca dice: «La revolución empieza en casa». La realidad que usa la palabra revolución para vendernos unos muebles que debemos montar nosotros mismos debe ser desmontada ella misma.

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¿Qué palabras haremos nuestras ahora que todos los significados han sido neutralizados, que no parece haber opción alguna entre la ingenuidad y el anuncio publicitario? A veces siento que para ofrecer resistencia necesitaría palabras que no fuesen comestibles para el poder, que no fuesen fagocitadas al instante.

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No dejo de pensar en cómo interrumpir el funcionamiento automático de la realidad, esa que nos hace vender nuestro tiempo y nuestra energía con la promesa ridícula de obtener a cambio más tiempo o algo así como una vida, las monedas exactas para comprar suficiente comida.

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«Todo me ata, todo me amansa», me digo ahora, pero... ¿qué es lo que en verdad me ata?, ¿qué es lo que me amansa? Esas son las preguntas de las que no me puedo escapar.

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Cada vez que consigo dejar caer una de las imposturas que se interponen entre mí misma y los demás, siento que tengo que aprender de nuevo a hablar. Desatar ese miedo anudado en el fondo de la garganta, protección que nunca ha protegido a nadie, que solo nos ha enseñado a nadar en un estanque de obediencia, la docilidad del buen estudiante: «No molestes, no preguntes, no mires a los ojos, no seas impertinente, siéntate bien».

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El capitalismo ha dejado hace tiempo de vender objetos. En su lugar vende experiencias, modos de vida, eternidad. Al doblar la esquina puede asaltarte un coolhunter, uno de esos «cazadores de tendencias» habilitados para convertir tu combinación de botas, camisa y sombrero en una moda selecta; la página par de una revista; la marquesina desde la cual una chica escuálida clavará sus ojos en ti mientras esperas el bus con impaciencia. Las armas secretas del capitalismo nunca parecen armas. Las estrategias de marketing son armas blancas. La mirada de esa modelo es lanzada desde ultratumba. Pero hemos aprendido a ver tan solo moda, belleza y no muerte.

En realidad nos hemos acostumbrado a que las mercancías sean efímeras, pero no lo hemos acompañado de la enseñanza de que todo tiene un fin o que todo se acaba, más bien lo contrario, todo es renovable, todo es sustituible. «No llores, ya compraremos otro, uno mejor». Apenas permitimos que las cosas que compramos se degraden, no consentimos que algo llegue a tener un roto, una muesca, un rastro nimio del paso del tiempo. Cualquier atisbo de imperfección hace de nuestras posesiones algo absolutamente prescindible. Esa arruga, esa mirada, la chica de la foto de la marquesina.

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Fragmentos extraídos de  El agua que falta, Noelia Pena (Caballo de Troya, 2014).

Más agua, en el blog de la autora.





8 de marzo de 2015

El Interior, Martín Caparrós


El Interior (Malpaso, 2014) es un libro monumental, por decirlo de manera breve y rotunda. Es monumental debido a su anómala extensión para un trabajo periodístico y al enorme esfuerzo realizado para ponerlo en marcha: más de 680 páginas de crónica de viaje tras haber recorrido 30.000 km en coche durante 5 meses por Entre Ríos, Misiones, Corrientes, Tucumán, Salta, Jujuy, La Rioja, Catamarca, Córdoba y Santa Fe, es decir, por esa Argentina que recibe el nombre de «el Interior».

Una Argentina, todo sea dicho, semidesconocida para la mayoría de los lectores españoles y que, sin embargo, tiene resonancias míticas para cualquier argentino por tres razones: 1) esas provincias crearon el país que hoy conocemos; 2) buena parte de las gentes del Interior están convencidas de que esa es la verdadera Argentina; 3) según la leyenda urbana porteña, a diferencia de Buenos Aires, en el Interior se puede dejar la puerta de la casa abierta y las llaves del coche, puestas... Por tanto, salir a descubrir esa parte del país es adentrarse en un territorio geográfico y un ámbito social ineludibles a la hora de configurar y de entender la identidad argentina.

El Interior es también un libro monumental porque Martín Caparrós escribe para agotar los temas que aborda, para no dejarse nada en el tintero. Nada de lo divino o de lo humano le es ajeno. De hecho, le sale fácil lo de perpetrar libros voluminosos (v.g. La voluntad, La historia o El hambre). Él es uno de esos escritores de verba incontenible y polifacética que convierte todo, hasta lo más anecdótico, en materia sobre la que opinar, polemizar, teorizar, narrar, cantar, echarse unos versos... Además, fiel a un encomiable ánimo peleón y un puntito altivo —impertinente, hinchapelotas—, siempre está dispuesto a pisar todos los charcos —políticos, sociológicos, históricos, literarios... y hasta futbolísticos— con tal de explicar a través de sus crónicas en qué clase de mundo vivimos. Lo suyo es ejercer a tiempo completo la función del intelectual que piensa y debate en la plaza pública.

A tenor de lo leído en Contra el cambio (Anagrama, 2010), Una luna (Anagrama, 2009) o El Interior, hay al menos tres temas que ponen incandescente su cabeza pelada. Uno es la idea de esencia o de pureza, noción que considera estúpida por cuanto el progreso siempre ha estado alimentado de la mezcla, de lo impuro, de lo bastardo. La segunda es el conservadurismo que se esconde tras muchos discursos que nos hablan del cambio, en particular el de cierta izquierda posmoderna con más envoltorio que sustancia. Y por último, esa suerte de esplín indigenista con que algunos exhortan a los wichis, coyas, etc., para que se aislen del maligno progreso y se mantengan fieles a su papel de buenos salvajes, como si la única misión en la vida de esas bárbaras gentes fuera construir una estampa romántica con que deleitar a los civilizados. El dogma de partido o la corrección política, como se ve, no van con Martín Caparrós, y eso hace de lo más agradable compartir viaje con él.


El norte argentino da mucho juego

Los libros monumentales están bien para leerlos, pero no tanto para reseñarlos. En mi opinión, El Interior puede explicarse al menos a partir de 5 ejes temáticos:

  • La Argentina social. Buena parte del libro alumbra temas, en general, desconocidos para el lector español. Así, Caparrós nos habla del trabajo infantil en las cosechas del algodón en Santiago del Estero, de la venta de niños en el Chaco o en Resistencia —ciudad que en algún momento obtuvo el título de «capital del hambre»— o de la mortalidad infantil en Tucumán. También nos descubre que hay chicos suicidas en Salta debido al consumo de paco o que el analfabetismo, la pobreza extrema y la violencia machista son un problema en la provincia de Jujuy. Asimismo, aporta datos relevantes a la hora de entender algunos de los problemas inherentes al norte argentino: en 2006 aún había miles de personas que carecían de DNI, un requisito indispensable para acceder a los servicios sociales.
  • La Argentina impura. Caparrós se toma a pecho lo de discutir la noción de esencia y, en particular, cualquier intento por atrincherarse en las tradiciones y mantenerse impermeable a toda influencia externa. De ahí que resulte ilustrativa la manera en que muestra lo poroso de la frontera con Brasil, Paraguay o Bolivia. En Misiones, por ejemplo, los niños están tan brasileñizados que conocen al Chavo do Oito —pero no al Chavo del Ocho— y sus maestras prefieren buscar trabajo en Curitiba que en Argentina. Mal que les pese a algunos, la identidad argentina va más allá de los gauchos o de todos aquellos europeos que se bajaron de los barcos. Lo argentino, por suerte, nos da a entender Caparrós, también se nutre de bolitas, paraguas y brazukas (amén de tobas, guaraníes y otros pueblos más).
  • La Argentina histórica. En su viaje, Caparrós rastrea algunos hechos fascinantes relativos a la historia más reciente del país. Por ejemplo, visita ciudades cuya construcción —a ojos de un europeo— son tan nuevas que suenan casi a pan recién hecho y donde aún, en general, moran algunos de los pioneros que las levantaron. Ese es el caso de Moisesville —o Moisés Ville—, fundada por unos judíos a quienes engañó el hermano de José Hernández, uno de los próceres de la patria. Y también ese es el caso de Federación, idea, guion y dirección de obra de la Dictadura (1973). Asimismo, rescata del olvido la masacre de Margarita Belén (1976) o, mientras recorre Corrientes, nos habla de los 1500 soldados correntinos que fueron a Malvinas, de los cuales entre la guerra y el estrés postraumático solo quedaban vivos 453 en el 2006.
  • La Argentina política. Una posible novela sobre la Argentina reciente, según Caparrós, tendría como tema la decadencia; es más: sería la historia de un país que un día fue rico —y que alumbró varios premios Nobel, añado yo—, pero que hace unos años adquirió la noción de ser pobre. Ese diagnóstico lo lleva a reflexionar sobre de qué modo los gobernantes como Duhalde, Menem o Kirchner han legitimado el funcionamiento anómalo de la sociedad. Los «punteros políticos», el asistencialismo clientelar o la perpetuación del caciquismo en regiones donde más del 70% del empleo es público son tres de sus caballos de batalla. De fondo, desde su posición de antiguo militante montonero, una conclusión agridulce: «De esos años de mierda de las revoluciones queda lo dicho, el recuerdo de las ganas de hacer revoluciones».
  • La Argentina panorámica. Por supuesto, en 684 páginas también hay espacio para las cataratas del Iguazú, el paisaje lunar de Jujuy, las montañas mendocinas y otras bondades paisajísticas de reconocido prestigio. No faltan Cachi o Purmamarca, por ejemplo. También, claro, hay hueco para tomarse un vino en una buena bodega y comer decentemente cada tanto. En fin, que además de carreteras polvorientas, incursiones a lugares recónditos o reflexiones sobre cómo los grandes ríos forjan fronteras, el lector de guías turísticas —uno de tantos de los posibles de este libro— encontrará alguna idea con que aderezar un posible viaje.


A vueltas con la identidad

Si hubiera que buscar una clave global para El Interior, esta sería una suerte de lema que Caparrós repite varias veces: el problema no reside en descubrir; el problema está en hacer sentido con lo que se ve. Es decir: la cuestión no es acumular kilómetros, meses de observación o leer como un endemoniado —que también—, sino aprender a correlacionar la información que absorbemos. En conjunto, El Interior es eso: el denonado intento de un cronista de viajes, escritor de ficción, historiador licenciado por la Sorbona y opinólogo total por construir sentido a partir de cuanto siente, ve, oye, comparte y piensa, que decía Ryszard Kapuscinski en su libro Los cinco sentidos del periodista. Y todo para preguntarse por cuestiones complejas, tan difíciles que son casi imposibles de contestar, como la identidad de un país tan heterogéneo como la Argentina.

Tanta insistencia en el asunto identitario puede que suene raro al lector español. Sin embargo, quizá ese sea uno de los rasgos más significativos de nuestros vecinos transatlánticos: dedican horas y más horas a reflexionar sobre en qué consiste ser argentino, a la importancia de serlo o de no serlo, a cómo serlo (o no). Básicamente, el tiempo que nosotros dedicamos a hablar de comida —ejemplo: diferentes formas de cocinar el pulpo, la merluza o el bacalao—, ellos lo emplean en teorizar sobre sentimientos tan incomprensibles, a ojos ibéricos, como «la felicidad de ser argentino». Quizá resida ahí parte de la fascinación mutua entre estas dos orillas del Atlántico: en la incapacidad de unos para conversar sobre la felicidad de ser español y en la incapacidad gastronómica de los otros para entender que la felicidad es algo que se guisa de muchas maneras. El Interior funciona como un espejo donde mirarse y hacerse unas cuantas preguntas al respecto.