22 de mayo de 2013

#Despacio, Remedios Zafra

Hace algunos meses asistí a la presentación de este libro —una extravagancia de mi parte, lo sé, que apenas acudo a actos— y al menos ha pasado un mes desde que lo leí... Culpógeno como suelo sentirme por no sacarle rédito a tanto esfuerzo literario de mi parte, he abierto la libreta de notas, he releído las frases que anoté en su día y he decidido transcribir lo que me parezca oportuno. Quizá sobre la marcha se me ocurra añadir algo.

Mi primera anotación dice así:
Este es un libro sobre la época que vivimos, sobre la toma de conciencia de la identidad. Un libro donde 24 personajes articulan un espacio. Esos 24 personajes habitan un lugar llamado Aquí. En esencia, el problema de la gente de ese lugar es que van a la estación porque quieren irse de la ciudad... Por alguna razón, todos esperan —o solo hay— un tren para marcharse, el de las 11:35 h. Te montas Aquí y el tren te lleva hasta... Allí. Sin embargo, ese tren nunca llega. (O pasa tan veloz y se detiene en la estación un tiempo tan infinitesimal que nadie lo ve).

De tanto esperar, el andén de
Allí se convierte en un lugar que habitar (como la T4 de Barajas cuando hay huelga, vamos). De ese modo, el intangible deseo —de viajar, de estar en otro lado, de convertirte en otra persona— se transforma en un espacio muy concreto: el andén de una estación repleto de gente variopinta que, como Vladimir y Estragón, no saben muy bien qué o a quién esperan. Y mucho menos por qué o para qué.
Esto está demasiado bien pensado para que sea solo cosa mía... Vamos, ni en siete reencarnaciones se me ocurre a mí, por ejemplo, lo de «articular un espacio». Eso es de gente bien hablada de universidad. Tampoco me veo yo contando personajes hasta llegar a 24, así que diría que un 80% lo debió de comentar la autora, Remedios Zafra (Zuheros, 1973), y que el otro 20% son rulos, laca y peine míos sobre las ideas de ella. Eso sí, lo de Godot me inquieta: pensaba que era de mi cosecha; sin embargo, después de ver la obra de Beckett el otro día, sospecho que no, que ni siquiera eso.

La razón acabo de encontrarla en otra anotación de mi libreta:
#Despacio es un libro sobre el circo cotidiano que ofrecemos como sociedad, donde hacemos de nosotros mismos y procuramos desempeñar un papel estelar en esa representación. Nótese que ni siquiera la cosa es ya teatral, sino circense y que acaso la gran pregunta existencial del momento para muchas personas sea esta: ¿qué papel desempeño? 
En Esperando a Godot, Vladimir, en mitad de un largo parlamento, tiene un ataque de existencialismo y dice más o menos así: «¿Cuál es nuestro papel en todo esto?». (Caramba, qué coincidencia, que dirían Les Luthiers...). Y, bien visto, el libro aborda esa idea de la vida como representación, pero en clave posmoderna. Es decir: la vida no es sueño sino circo y una parte importante de la sociedad, más que en revoluciones, quiere participar en algún programa de la tele. Y a ser posible, salir guapo, claro está.

Quizá el cambio semántico que ha experimentado la palabra estética recoja bastante bien parte de esa idea. Ya casi nadie entiende por estética algo que remita a Hegel ni a teorías sobre la belleza en el arte o pamplinas filosóficas semejantes. Hoy, empezando por los políticos y periodistas, esa palabra es solo sinónimo de aspecto, apenas un adjetivo adecuado para cirugía. El concepto ya no encierra ni la grandeza ni la profundidad del estrato, solo su epidermis. Remedios Zafra recoge esto de manera espléndida —o eso me parece a mí, vaya— a través de un concepto: el de jóvenes «estéticamente preparados» (anverso, de algún modo, de aquella propaganda publicitaria de Renault Clio de los JASP):
[Red, Yellow y Purple] Piensan que les queda muy poco tiempo, que quien no se hace famoso muy, muy joven ya no tiene nada que hacer, que entonces mejor dejarse morir en alguna esquina, automutilarse en trozos y darse como comida a los perros. Ellos no están dispuestos a ese destino y no bajan la guardia. Por eso dicen estar siempre estéticamente preparados para el momento y, por eso, pasean todo el día dejándose ver con su vestimenta tuneada, su apuesta por la máscara de ojos azul mantequilla, su lápiz de labios Russian Red, su último tatoo semivisible y su cinturón Cyberdog.
Quizá sea eso lo que pase con mucha gente hoy, de cualquier edad, de cualquier oficio: apenas pasan de ser jóvenes estéticamente preparados. Poco más. Y construyen su identidad o contestan a las cuestiones existenciales desde ahí. Como Regina, otro personaje del libro, que cuando responde a una pregunta lo hace «sintiendo a sus espaldas todo el peso acumulado de las malditas horas dedicadas a su ropa, a sus complementos, al amoniaco de su tinte, a las consultas a su red, a los test de imagen...».

A poco que uno vea la programación de la MTV, entiende de qué va todo esto. Antes Vladimir o Estragón encarnaban nuestra faceta más patética a la hora de enfrentar el Más Allá, ahora esa tarea se la hemos subcontratado a los estetas que revientan audiencias con The Valleys, Gandía Shore o Embarazada a los 16. O incluso a Mario Vaquerizo, que podría pasar por un perfecto Vladimir posmoderno.

Miro por última vez mi bloc de notas:
#Despacio es un ensayo que viste ropas de ficción kafkiana para hablarnos sobre la metafísica de una generación abocada al nomadismo de sí misma y sin paciencia para la espera debido a que está educada en el permanente deseo de inmediatez. Es un libro que habla de identidades forjadas a toda prisa a partir de «lo epidérmico de los estratos», de la desesperanza porque nadie te pone un «Me gusta» en el Facebook o porque tu teléfono hace una hora que no titila indicándote que alguien piensa en ti en alguna parte del ciberespacio (sí, qué va a ser: de esos materiales parece estar construida buena parte de la angustia contemporánea ante el inaudito hecho de vivir).
Y, puestos a elucubrar, diría que la autora se plantea cómo contestar la misma pregunta que se hace uno de sus personajes: «Pero ¿quién decide lo que es uno y hasta dónde se deja de ser uno?». Su contestación está en las últimas líneas del libro, que dicen así:
« (...) Lo que tengo frente a mí es un horizonte que se mueve conmigo y multitud de personas, aisladas pero confluyendo. Se unen, van juntas, algunos se dispersan. A muchos les pierdo de vista. Otros se agrupan, vamos cerca, despacio. Yo sigo caminando. En la manera en que nos miramos hay algo en común, como esas sonrisas cómplices que se cruzan los desconocidos cuando se descubren subiendo al mismo autobús. No tengo ni idea cuándo ni de dónde llegaré, solo sé que estoy yendo, despacio, y entretanto, escribo».

Y quizá sea eso lo que más me ha gustado de este libro: es para gente lenta, como yo (aunque esto último suene un poco a canción cursi de Julieta Venegas).

15 de mayo de 2013

La rebelión del inocente

En mi edición de Los santos inocentes, hay una carta que precede a la novela. Allí, Miguel Delibes explica que la obra no tiene motivaciones políticas. Dice así la misiva de don Miguel:
La situación de sumisión e injusticia que el libro plantea, propia de los años 60, y la subsiguiente «rebelión del inocente» ha inducido a algunos a atribuir a la novela una motivación política, cosa que no es cierta. No hay política en este libro. Sucede, simplemente, que este problema de vasallaje y entrega resignada de los humildes subleva tanto —por no decir más— a una conciencia cristiana como a un militante marxista. Afortunadamente, creo, estas reminiscencias van poco a poco quedando atrás en nuestra historia.
He releído hace poco la novela y no sé qué me sorprende más: si lo de la política o lo del vasallaje. Imagino que Delibes debía de referirse a que Los santos inocentes no es un libro como La primavera de Praga (Bibliotex, 1968), donde abundan frases de este tenor: «(...) en las sociedades capitalistas, el paternalismo trata de sustituir con frecuencia a la justicia», «Los políticos no tienen derecho a dificultar las relaciones entre los hombres», etc. Quizá se refiera eso, no lo sé. A saber qué pensaba Delibes en 1984, cuando escribió esa carta. Pero, bueno, si él sostiene que la novela no contiene política, sus razones tendrá.

Por mi parte, me parece claro todo lo contrario. Y más aún en el 2013. En el fragmento que reproduzco más abajo —una suerte de monólogo del señorito Iván en presencia de un ministro con quien ha compartido cacería—, este personaje aborda asuntos tan actuales como la crisis de autoridad, que los jóvenes no aceptan jerarquías o que la sociedad se divide entre quienes están arriba y quienes están abajo. Es más: hasta me imagino a Francisco Marhuenda, director de La Razón, o a Bieito Rubido, director de ABC, en el papel de señorito Iván y a Wert o a Fernández Díaz haciendo de ministro oyente mientras comentan el 15M (por decir una fecha que me viene hoy a la cabeza):
(...) el señorito Iván intentaba ganarse al Quirce, insuflarle un poquito de entusiasmo, pero el muchacho, sí, no, puede, a lo mejor, mire, cada vez más lejano y renuente, y el señorito Iván iba cargándose como de electricidad, y así que concluyó el cacerio, en el amplio comedor de la Casa Grande, se desahogó,
      los jóvenes, digo, Ministro, no saben ni lo que quieren, que en esta bendita paz que disfrutamos les ha resultado todo demasiado fácil, una guerra les daba yo, tú me dirás, que nunca han vivido como viven hoy, que a nadie le faltan cinco duros en el bolsillo, que es lo que yo pienso, que el tener les hace orgullosos, que ¿qué diréis que me hizo el muchacho de Paco esta tarde?,
y el Ministro le miraba con el rabillo del ojo, mientras devoraba con apetito el solomillo y se pasaba cuidadosamente la servilleta blanca por los labios,
         tú dirás,
y el señorito Iván,
       muy sencillo, al acabar el cacerio, le largo un billete de cien, veinte duritos, ¿no?, y él, deje, no se moleste, que no, te tomas unas copas, hombre, y él, gracias, le he dicho que no, bueno, pues no hubo manera, ¿qué te parece?, que yo recuerdo antes, bueno, hace cuatro días, su mismo padre, Paco, digo, gracias, señorito Iván, o por muchas veces, señorito Iván, otro respeto, que se diría que hoy a los jóvenes les molesta aceptar una jerarquía, pero es lo que yo digo, Ministro, que a lo mejor estoy equivocado, pero el que más y el que menos todos tenemos que acatar una jerarquía, unos debajo y otros arriba, es ley de vida, ¿no?
y la concurrencia quedó unos minutos en suspenso, mientras el Ministro asentía y masticaba, sin poder hablar, y, una vez que tragó el bocado, se pasó delicadamente la servilleta blanca por los labios y sentenció,
          la crisis de autoridad afecta ya a todos los niveles.

PD 01. Pensar en Los santos inocentes es acordarme del leitmotiv que recorre esas hojas: milana bonita. Y a la par, acordarme de una canción, Mujer en la ducha, de Ángel Petisme, en cuyo estribillo salen esas palabras. De ahí, claro, saltaría a Paco Rabal —Azarías en la película— y enlazaría con una canción de Petisme donde sale la voz del actor: El tranvía verde. Aquí cuenta Petisme su relación con Francisco Rabal.

PD 02. Por cierto, Delibes le dedicó Los santos inocentes a Félix Rodríguez de la Fuente... Es curioso, pero hace unas semanas alguien me contó que el amigo Félix fue famoso en su tiempo, además de por su ecologismo y tal, por tener un Porsche. Incrédulo de mí, le he preguntado a Google y la respuesta está aquí.