26 de julio de 2015

¡Alemania, Alemania!, Felipe Polleri

Sinceramente: desconozco hasta dónde puede llegar el delirio narrativo de Felipe Polleri. En ¡Alemania, Alemania! (Casa Editorial HUM, 2013) hay un tipo llamado Christopher Marlowe Shakespeare que dice haber ejecutado «al Fantasma de Marte» porque su sangre era un remedio estupendo para curarse una demartitis algo rebelde y que, sanado de sus ampollas, se pone en pareja con una sirena, con la que tiene un par de hijos. Hay otro, un tal... Parsifal, que dice ver pájaros invisibles y que sostiene haber asesinado, entre otras personas, a su madre, que al parecer era «la esposa del Dr. Mengele». Y hay un tercero, un señor llamado Antoine, que asegura tener implantada una Máquina de Ideas Negras «cerca del parietal izquierdo». En serio: ¿quién da más?

De hecho, a veces pienso que el loco, el demente o el paranoico es Felipe Polleri, y no alguno de sus narradores. Tanta imaginación desbordante, tanto narrador tullido, pobre y atormentadamente artístico, tanto delirio en formato nouvelle-collage empieza a parecerme sospechoso... Porque qué manera de desbarrar y de someter a «la Alta Cultura» al yugo de «la ordinariez de los patanes como yo que solo hablamos alemán de clase baja».

Y no es que sea un invento mío lo de que Polleri tiene una imaginación monstruosa; es que hasta lo menciona el propio autor a través del bávaro Parsifal, el segundo narrador de la novela:
Al fin de cuentas, no tengo la culpa si nací con esta imaginación tan... asquerosa. Nací escritor. Sé que no debía haber nacido, como no debió haber nacido la tristeza. Pero nací, sin haberlo pedido, y mi cabeza nació conmigo. Mi cabeza, mi imaginación: ese monstruo que soy. Sí. Mi imaginación es un monstruo repugnante, lo acepto, y mi trabajo no es otro que limpiar los excrementos de su jaula con estos papeles (y firmarlos como si yo mismo los hubiera escrito).

La novela como manicomio

¡Alemania, Alemania! es una novela compuesta por tres nouvelles típicamente pollerianas (las dos últimas incluyen fotos de cuadros y dibujos a mano). Si entre las tres forman o no una novela, es un debate tan estéril como ajeno a la estética entre surrealista y art brut del autor. Objetivamente, lo que encontramos en el libro son tres novelas cortas con tres narradores distintos: uno inglés (Christopher), otro alemán (Parsifal) y un tercero francés (Antoine), quienes, además de compartir vocación artística, resultan ser —o estar considerados— como enfermos mentales. A su manera, y con la Segunda Guerra Mundial como excusa, cada uno nos da un fogonazo sobre la locura y sus (incestuosas) relaciones con el arte.

Así, Chistopher ha estado internado montones de veces en el conandoylesco Doctor Watson Hospital y presenta una disociación de la identidad bastante curiosa: unos ratos dice ser Marlowe, otros Shakespeare y en ocasiones los dos. El wagneriano Parsifal tiene por psiquiatra a Hans Prinzhorn, famoso por la colección de arte que lleva su apellido, y que llegó a constar de 5000 obras elaboradas por 450 pacientes suyos, amén de influir notablemente en las vanguardias europeas de principios del siglo XX. Según Parsifal, él ha escrito un libro titulado Observaciones sobre la escritura paranoica, cuyo prólogo se lo ha encargado... al propio Prinzhorn. Ahí es nada.

Por último, está Antoine, un tipo que asegura que le «instalaron la timidez en un quirófano clandestino y oxidado» y que se autodefine como «un artista famoso que se cree lleno de máquinas (del Insomnio, de las Ideas Negras, etcétera, etcétera), ubicadas por los altos círculos del Poder en su cabeza, en su vientre, en su mano derecha (la que escribe, pinta y recorta), en su mismísima vejiga, etcétera, etcétera)». Según él, y si yo he entendido bien, está —o se siente— encerrado en su cuerpo y a este ha decidido llamarlo Charenton, en honor a la prisión en que fue encerrado el marqués de Sade. 

Si algún lector busca buenos modales literarios, una relación complaciente con el lenguaje o con la trama, orden y concierto sentimental, etcétera, etcétera, ya puede ir buscando otro libro (o leer este y dejar que su aburrida vida literaria cambie por fin). ¡Alemania, Alemania!, como las otras dos novelas que he leído de Polleri —Los sillones marchitos y La inocencia—, son para valientes de las emociones estéticas. Las tres son un puro ¡vamos a destrozarlo todo, carajo!


De mayor, quiero ser niño-monstruo

En algún lugar leí que Polleri siempre escribe la misma novela. Y es cierto: las novelas de Polleri se parecen mucho entre sí, y uno no sabe si entre todas forman un gran mosaico sobre el poder destructor de este mundo tan inhumano en nuestra psique o si cada una es un intento por conseguir el artefacto textual perfecto que permita arrojarlo a la sociedad y hacerla saltar por los aires. El caso es que las novelas se parecen entre sí, y sin embargo uno siente que está bien que así sea, que ese es el camino correcto para un autor cuyo destino parece ser legarnos una suerte de furiosas, divertidas y libérrimas Variaciones Goldberg de la locura artística.

La narrativa de Polleri, de hecho, está escrita con la misma libertad con que un niño inventa historias. Un «niño-monstruo», aclararía Antoine. Un niño que, como dice algún verso por ahí, en realidad, es el padre del «adulto-monstruo» en el que nos convertimos. El «niño-monstruo» es el que hace rato que perdió la inocencia y sabe que «este es un mundo malvado y, en consecuencia, los malvados son los dueños de este mundo», y que por tanto lo mejor que puede hacer es cagarse en el mercado, la academia y el reseñismo —algo que hacen literalmente los tres narradores de ¡Alemania, Alemania!—, y entregarse al delirio narrativo más furibundo, al intento de recuperar «la euforia de vivir» que alguien nos extirpó sin que nos diéramos cuenta.

Parsifal, en pleno acceso de esplín baudeleriano, nos lo aclara en estos términos: 
Suelo estar triste, excepto cuando escribo. Escribir me hace feliz, no sé si me entienden. Imagínense que ganaron mucho dinero: así.
Y Christopher, por su parte, nos da el ingrediente secreto —una directriz estética digna del surrealismo— para experimentar semejante éxtasis:
¿Divago? No importa. Los muertos, a falta de un mundo concreto que nos ancle, volamos de un lado a otro como las cenizas del gueto de Varsovia.
Sin embargo, el niño-monstruo es, valga el juego de palabras, monstruo por algo. Es porque convive con el hombre-monstruo, que es quien le enseña «a pagar las facturas, o entender los instructivos, a hablar de los grandes temas con esa voz oscura, peligrosa, etcétera, que aterroriza a los charlatanes, y sobre todo a los visitantes». El niño-monstruo es quien divaga y vuela sin ancla mientras coquetea con lo absurdo, lo abstracto o lo surrealista; el hombre-monstruo es quien envenena esas divagaciones con sus negras preocupaciones y las hace aterrizar, en el momento más inesperado, sobre un mundo bien concreto, bien cotidiano:
No puedo respetar, ni entender o soportar, a quienes nunca hayan llorado sobre una factura. Esos hijos de mamá, esos cobardes, que nunca serán hombres, porque solo los hombres, y más los artistas, lloran sobre las facturas, como papá, que era un hombre y un artista, hasta que las facturas y la Máquina de las Lágrimas lo asesinaron, poco a poco, como asesinan las facturas, mes a mes, lenta e inexorablemente, con ayuda de la Máquina del Cáncer y la Máquina de la Angustia, para no hablar de la Máquina de la Humillación porque tenía que rogar (sinónimos: arrodillarse, mendigar) a sus amigos y parientes sabiendo que le dirían que no, una y otra vez, mendigar para que te humillen, y finjan apiadarse, o directamente se rían a tus espaldas, como se ríen de mí (y de mi nerviosismo, de mi timidez, etcétera, etcétera) y de mi locura, aunque yo jamás le pedí nada a nadie, salvo una o dos veces para que se rieran a mis espaldas o fingieran apiadarse de mi "pobre familia", esos cobardes, sí, cobardes, nacidos para la avaricia y la mezquindad, nacidos para todos los meses del año pagar sus facturas, cómodamente, desde la cuna, mis enemigos.

¡Contra los altos círculos del Poder!

Polleri compone novelas cuyo destino es no ser entendidas (o al menos malentendidas en un 64,33 %). De hecho, son textos que se resisten, como gato panza arriba, a ser ordenados por inteligencias convencionales, es decir, por aquellas acostumbradas a redactar manuales de instrucciones para «ensamblar un avioncito o una central nuclear o un Estado: parlamentario, monárquico, etcétera, etcétera». O dicho de otro modo: las novelas de Polleri se oponen a toda fuerza civilizadora, humanista y racional. De hecho, ni terminan —en el sentido clásico del término— ni resuelven los problemas que atraviesan a los personajes ni nada de nada; están concebidas como si el efecto buscado fuera que una recua de caballos salvajes pasara al galope por encima del lector. Lo que queda después de todo eso, la resonancia de lo leído, es lo que te quiere contar Polleri.

Y si hubiera que buscarle algún porqué a su escritura, en mi humilde opinión, recurriría a lo que nos dice el bueno de Antoine: esta es una literatura diseñada para hackear y desinstalar «todas las Máquinas que los carniceros nos instalaron en el cuerpo y, especialmente, en la cabeza». Las novelas de Polleri sirven para eso: para desinstruir, para deseducar, para desautomatizar los resortes y convenciones; para combatir, en definitiva, la programación cultural que nos inocularon —y nos siguen inoculando— los «altos círculos del Poder»:
¿Quién soy esta mañana? ¿Quién soy mañana? ¿Quién soy ayer? ¿Quién soy ahora, esta noche? La identidad es como un manual o instructivo, etcétera, que repasamos todos los días para hacer lo mismo todos los días y creer, y hacerle creer a los demás, que somos los mismos, idénticos al de ayer y al de mañana, etcétera, etcétera. Pero alguien, seguramente un enemigo, o cuatro o cinco, quemó mi instructivo o manual, porque tengo enemigos muy poderosos en los altos círculos del Poder, enemigos poderosos, muy poderosos, y cada día pierdo medio día o tres cuartos en saber quién soy, lo que me destroza los nervios, soy muy nervioso, y tímido, y cuando empiezo a sospechar quién soy o, mejor dicho, qué cosa soy, ya me siento tan cansado, agotado, exhausto, etcétera, etcétera, que se me cierran los ojos, si tengo ojos, y mi cuerpo, si tengo cuerpo, rebota contra la camilla y sueño con un hotel blanco a orillas del mar que una noche el mar sumergió y llenó de delfines atrapados en las ventanas.
Eso sí, a pesar de la pertinencia de la desinstalación de máquinas como la de la Angustia, la de la Humillación o la de las Facturas, la que más nos tienta a algunos —por razones obvias— es esta otra:
Se puede romper la Máquina de Escribir, que nos instalaron al nacer, usándola. Después de diez o veinte años o generalmente treinta años de uso ininterrumpido, insisto, ininterrumpido, sus tornillos y engranajes empiezan a desgastarse, aflojarse, fisurarse, etcétera, etcétera. Todo está en escribir estupideces, mentiras, instructivos, etcétera, treinta o cuarenta o cincuenta años seguidos; rota la Máquina de Escribir, uno ya puede escribir con la infinita libertad de un recién nacido sobre las otras máquinas, porque las otras máquinas siguen funcionando como siempre para que la vida sea tan espantosa como antes de romper la Máquina de Escribir.

*

PD 01. En estos dos vídeos (1 y 2), Felipe Polleri explica, por ejemplo, su teoría sobre el enfriamiento y calentamiento en una novela y divaga un rato sobre cuestiones de su técnica narrativa. El videotráiler de ¡Alemania, Alemania! tiene su cosita; merece la pena verlo.

PD 02. Este artículo, publicado a principios de 2015 en 20 Minutos, y este otro del psiquiatra Adrián Gramary dan buena cuenta de la influencia de la Colección Prinzhorn en Jean Dubufett (creador del art brut), los surrealistas o los expresionistas. De hecho, la colección —o parte de ella— tuvo el honor de ser considerado arte depravado por los nazis y formó parte de la Entartete Kunst.

19 de julio de 2015

Divorcio en el aire, Gonzalo Torné

Una novela suele darnos un punto de vista. Si, además, la voz cantante la lleva un narrador en 1.ª persona, eso suele verse aún más claro. En Divorcio en el aire (Random House, 2013), de Gonzalo Torné, la voz que narra es fácilmente parametrizable porque ella misma nos ofrece montones de datos sobre sí misma. De hecho, quizá la verbosidad sea el rasgo más sobresaliente de Joan-Marc Miró, que así se llama el narrador y quien, de algún modo, nos cuenta cómo ve él la vida.

A manera de relámpago informativo, ahí va una suerte de identik del susodicho Miró:
  • Varón de unos 55 años y 190 cm de altura.
  • Hijo del típico adinerado industrial catalán venido a menos.
  • Licenciado en ADE, con un MBA fuera de España.
  • Divorciado (dos veces, una de ellas de Helen, una chica estadounidense).
  • Ecosistema social: zona noble de Barcelona, entre Bonanova y Rocafort. 
  • Otros datos de interés: aficionado del Español (aunque sin estridencias), jugó al baloncesto en su adolescencia y domina el inglés. Pasó una temporada golfa en Madrid, y fue feliz; se ve obligado a trabajar en Barcelona, y sufre.
  • Cosmovisión personal (una vez arruinado el patrimonio familiar y puesto a buscar trabajo): 
«Constructores, promotores, urbanistas, médicos dedicados al doping... las personas con esa profesión basta y bien remunerada necesitan a uno como yo, expulsado por un abuso de las circunstancias de los palacios de la protección económica, pero con gusto adquirido y consolidado, y un padre capaz de distinguir el azul vincapervinca y las notas de perfume de Chipre. La cabeza de estos pobres tipos está sobrecargada de siluetas borrosas de coches, relojes y telas de fantasía, pero necesitan un sherpa de lujo, un connaisseur (...)».
Pues eso, basta escucharlo hablar sobre sí mismo para darse cuenta de que Joan-Marc Miró tiene todas las papeletas para ser un tipo insufrible. Y, como yo me he leído la novela entera, puedo afirmar que sí, que es un gilipollas integral y que lo más suave que se puede decir de él es que es un niño bien de la burguesía catalana que no sabe qué hacer con su vida porque nunca se lo ha tenido que currar para sobrevivir. También que sus valores morales son reprobables y que se obstina en camuflar su mediocridad emocional tras un supuesto gusto refinado y sofisticado. En fin, una pena de ser humano, pese a su abrumadora y exquisita facundia.

Manierismo: cal y arena


Esa alta capacidad retórica que muestra Joan-Marc Miró —véanse los fragmentos que cito más abajo—, mirada con generosidad, puede funcionar como una suerte de metáfora del buen gusto que profesa el personaje. Es decir: un concepto en sí mismo de lo que representa el refinamiento —vincapervinca— burgués; incluso de esa idea tan extendida de que escribir bien implica lucirse, alardear, umbralizar de mortal y rosa la sintaxis y buscar así el sublime arabesco sin interrupción. O dicho de otro modo: escribir vendría a ser una suerte de ejercicio estilístico, meramente técnico y preciosista (donde CR7 y su arte para regatearse a sí mismo en mediocampo sería una alegoría bastante adecuada).

Analizada desde el ángulo opuesto, esa verba tan inflamada a tiempo completo, tan llena de palabras egregias y eximias y bombásticas y campanudas y tan ínclitas-razas-ubérrimas-sangre-de-Hispania-fecunda —y todo lo que usted quiera añadir—, es una suerte de príapo lírico que difícilmente puede sostenerse durante 300 páginas. No hay lector ni autor que pueda con algo así (ni aunque el autor se llame Nabokov ni aunque al lector lo atiborren de azulenco o azulino Viagra).

Y es que el narrador de esta novela, el ínclito y verborrágico Joan-Marc Miró —que parece ser el personaje de una novela anterior, Hilos de sangre, que no he leído, todo sea dicho— se expresa por ejemplo así:
Yo era un muchacho al que le gustaban los fulares y montar a caballo, que no podía beber coñac en una copa si no tenía la boca estrecha para concentrar el aroma, que reprimía a duras penas la costumbre paterna de llamar al camarero con una palmada y al que de niño una señora contratada para diversos efectos que encajaban con el desusado nombre de «servicio» acudía cada mañana para ponerle los calcetines y doblar el pijama [...]. Y Helen era la criatura con la que me había desposado: ignorante, tosca, impertinente, pero audaz y cargada de energía y viveza, la chica que me había arrancado la piel de finolis, de llepafils, el tegumento de buena educación que me recubría; la chica con la que me había arrojado, sin otra protección que mi sensible dermis a la zona turbia, caliente y tumultuosa del vivero humano. Bajo la primera capa de estrellas de aquel cielo despejado, bajo todo aquel polvo luminoso que nos rociaba de energía desde coordenadas atestadas de materia inerte, comprobé con mi pulso cómo amaba su vulgaridad sana y vivaz [...].
Dejo a un lado la manera en que este Joan-Marc nos describe su matrimonio o las razones que da para casarse; que el personaje sea reprobable, en términos ficcionales, no quiere decir nada. Me centro en las palabras que emplea para hablarnos de ese asunto —desposado, tegumento, dermis...— y en cómo las utiliza. Honestamente: hay que tener valor para describirse así a través de ellas y no caer en la cuenta de que serás recordado como el repelente niño Vicente (o como Muñoz Molina y su famosos élitros).

Sin embargo, en ocasiones, ese manierismo del narrador se transforma en un estilo brillante, incisivo, audaz. Incluso en la marca de calidad de un autor que tiene todas las palabras en su mano y que, además de lucirse con los fuegos artificiales, consigue hincarle el diente a la realidad con precisión, de una manera propia, diferente a cómo lo hacen otros autores y autoras:
Lo que Helen me contó sentada en el sofá, con las piernas cruzadas a lo indio, lo que me dijo en bata frente a la puerta entreabierta del frigorífico, mientras esperaba que su pulso se decidiera por fin a derramar algo de leche dentro de la taza, lo que pude entender mientras daba vueltas sobre las sábanas (y mi nervio óptico captaba a cada medio giro la marca del elástico en la zona baja de la nalga: una ranura entre la carne de menos de un centímetro de profundidad), lo que me contó y creí entender desembocaba cada vez en el mismo paso cortado.

—Me pasé la infancia tratando de gustarle.
Helen me dijo (mientras sorbía un zumo de tomate convencida de que aquel brebaje barrería el alcohol de su sangre) que de niña se impuso crecer bonita para no defraudarle. Me dijo que se agarraba a sus brazos y le gritaba: «Te quiero, te quiero», y que le hubiese bastado con oír un «Yo también», un «Claro que sí», un «Y yo», un eco de aprobación. Me dijo que se ofrecía como obsequio, que cantaba y dibujaba para alegrarle una hora a Rupert [su padre], de adolescente se atormentaba con la línea para ser una buena saltadora, quería ganarse al menos el respeto paterno. No lo logró.

Resumiendo: me pasa como con las novelas de Francisco Umbral, las de Nabokov y algún otro —¿Juan Benet?—: siempre estoy a punto de abandonarlas —y muchas veces hasta las abandono—, pero otras veces sigo leyéndolas por si se me pega algún paralelismo sintáctico, media prosapódisis, tres cuartos de diálage con bifurcaciones sinonímicas, en fin, esas cosas que se te pegan de los estilistas cuando menos te lo esperas. Para lo bueno y lo malo, Torné pertenece a esa estirpe de novelistas.
 

La cultura de la queja (y no hacer nada)

De todos modos, mi problema con el personaje de Joan-Marc Miró no es que me caiga mal porque me parezca un vago, un egocéntrico, un machista o un inmaduro incapaz de reconstruir las relaciones con sus padres, es decir, un representante bastante ejemplar de eso que Santiago Alba Rico llama la «cultura de los solteros». No. No es eso: puedo sentir simpatía literaria por personajes que preferiría mantener alejados de mi vida personal, como el cura guerillero Santa Cruz del final de la trilogía carlista de Valle-Inclán o Boyd Crowder, de Justified. Mi problema con Miró aparece cuando le pregunto, en plan Alejandro Gándara, qué quiere contarme, por qué y para qué... O dicho de otro modo: ¿qué quiere de mí como lector?

En esencia, lo que nos cuenta Divorcio en el aire es que los hijos de los ricos también sufren, que son unos zopencos afectivos y que el dinero no compra la felicidad, por más que sirva para pagar un MBA en alguna universidad de las que salen en las pelis:
Tantos años en la escuela, en el instituto, en la universidad, en esos másters de pacotilla, y lo que de verdad me hubiese favorecido es alguien que me enseñase a manejarme en el fluido turbulento de deseos, malestares fisiológicos, ideas latosas y oleadas de impresiones sensoriales que me ahogarán un día de estos: un profesor de realismo, eso sí que no tendría precio.
Lejos de ser la única vez que menciona este asunto, la idea aparece con (siempre grandilocuentes, claro) palabras aquí y allá. Que si me «asusta pensar en las dimensiones de la leprosería afectiva que disimula nuestra autosuficiente sociedad tecnológica», que si todo quisque oculta «alguna fractura» o arrastra «alguna minusvalía emocional», que si... Etcétera. Lo dicho: los ricos también lloran y los hijos de la burguesía catalana, al parecer, más aún.

Pues bien: ¿y?

Uno de mis problemas con la novela es que se queda ahí: 300 páginas de alguien que se queja y no hace nada por resolver aquello de lo que se queja. Y eso, al final, por mucho príapo lírico, aburre. Y, sobre todo, decepciona cuando te das cuenta de que, en realidad, la novela parece estar construida tan solo para exhibir la potencia de un aparato técnico: la capacidad de escribir 300 páginas sin recurrir a un solo capítulo y entregándose a toda clase de juegos con el fraseo, los saltos temporales, etc. Para entendernos: Divorcio en el aire es un apartaos-todos-que-aquí-vengo-yo en plan García Márquez con el buque y Eréndira, pero en versión extended play.


¿Una comedia?

De todos modos, hasta ahí yo no tenía mayores problemas con la novela. Si bien podía coincidir o no con las búsquedas estéticas de Torné, me la había leído entera y no me dolía el tiempo invertido en ello. Sin embargo, un buen día topé con una entrevista al autor y terminó de ajustar mi opinión sobre Divorcio en el aire. En concreto, a partir de este fragmento:
Mi idea era hacer un personaje que por sus actos sea ciertamente reprobable. Sus opiniones funcionan a rachas: unas con lucidez, y otras con un montón de prejuicios repugnantes. Pero al mismo tiempo, buscaba conmover al lector con aquello que el personaje sufre, con lo que padece (separación, problema económico, el final del tiempo…). El lector creo que puede empatizar precisamente con lo que sufre, no con lo que hace. Plantea un modelo que no queremos ser, pero le pasa algo que sí nos podría pasar a nosotros. Por eso te hablaba antes del tono de comedia buscado, porque no te puedes tomar en serio al personaje, pero sin embargo, lo que le pasa sí es muy serio.
Si no lo leo no lo creo: «una especie de comedia».

Y, hasta donde leo, el autor no es el único en decirlo; algunos comentaristas —véase esta entrevista glosada en Voz Pópuli o esta reseña en Revista de Letras— usan términos como «comedia encubierta» o «tragicomedia íntima». Y todos, por supuesto, se fijan en lo bien que escribe Torné, pero parecen incapaces de ver más allá de su malabarismo técnico. De hecho, me encantaría que alguien me explicase qué tiene de comedia esta novela, porque yo solo he esbozado media sonrisa aquí y allá fascinado por los arabescos del autor. Poco más.

Aun a riesgo de parecer un timorato y de carecer del más elemental sentido del humor —sobre todo ahora que lo de Guillermo Zapata está tan en boga—, me limito a dar 5 hitos a modo de rápida y poco exhaustiva taxonomía del ecosistema social de esta novela. Una novela, aclaro, que transcurre en clave realista (no hay ni delirio ni tono lisérgico ni alucinatorio ni nada que se le parezca):
  • Hay mujeres de las que se dice que gozan de arrojarse a los «almohadones machistas» y que han puesto todas las fichas en su cuerpo para no tener que trabajar.
  • Hay parejas incapaces de respetarse mutuamente y que lo resuelven todo (o casi) con alcohol, gritos, mentiras y peleas. Es más: ella le clava un cuchillo en la espalda a él y él la viola a ella en pleno intento de reconciliación.
  • Hay tensiones entre varones paternalistas sabelotodo que se escudan en la religión del gintonic y mujeres que pueden profesar las más extrañas creencias y rituales de psicomagia (¡incluida la de pintarse la cara con su propia menstruación en un momento de frustración máxima!).
  • Hay hijos fruto de una crisis matrimonial y que fueron concebidos como un —fallido— motorcito de esperanza para la relación de sus padres, y que a cambio hoy son personas de estructura mental endeble y que en algún momento flirtean con el alcoholismo y el suicidio.
  • Hay familias disfuncionales (cada una a su manera, como las de Tólstoi): hijas que dicen no poder obtener la aprobación de su padre, hijos que no se sienten queridos por su madre, padres suicidas, madres depresivas, hermanas que son como un buitre que te quiere comer los ojos... Gente, en definitiva, para quien la familia es una tribu peligrosa, caníbal y de la que conviene huir.
En serio: ¿dónde está la comedia?

Y, ojo, que no lo digo desde un punto de vista ñoño o sensiblero; hace falta algo más que las tonterías de un descerebrado hijo de la rica burguesía catalana para espantarme. Pero yo diría que a Torné y a sus juglares se les ido la mano con lo de hablar de Divorcio en el aire como una obra que contiene humor. Si lo hay, yo nunca le he pillado el punto. Es más: me quedé pálido con la escena en que Joan viola a Helen y esta, desquiciada, se pinta la cara con su propia menstruación... Risa, lo que es risa, no da ninguna y juraría que no hay ninguna clave de lectura que nos ayude a interpretar algo así como humor negro.

Y digo aún más: la mejor lectura que se puede hacer de esta novela es en una estricta clave realista, sin ironías de ningún tipo (que, ya digo, juraría que no las hay). Leída así, dibuja un cuadro minucioso y preciso de la sociedad enferma y tan llena de gilipollas en la que vivimos. Lo siento por Torné, pero yo no tengo razón alguna para empatizar o conmoverme con un imbécil como Joan-Marc Miró.

No he leído la novela anterior —de la que hay elogiosas referencias en la red—, así que quizá me falte algún dato adicional. Quizá tenga que leer Hilos de sangre para recolocar esta. Quizá. Pero, de momento, Gonzalo Torné, sus malabarismos y su sentido de la comedia me han dejado un feo sabor de boca. También me han dejado alguna pregunta que otra: ¿para qué tanto virtuosismo técnico?, ¿al servicio de qué?, ¿para afirmar o combatir qué discursos?