31 de enero de 2015

Irrupciones (I), Mario Levrero

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Cuando se llega a determinado punto de la vida, pienso que toda persona se encuentra, desde luego que sin imaginárselo, con una evidencia de que el mundo se ha terminado. Hay algo que aparece y que dice, más o menos: «Todo está perdido. Ya nada será igual. Has vivido en vano», todo lo cual, bien mirado, es cierto —aunque no necesariamente dramático—. Todo depende de la idea de la propia importancia que haya tenido hasta ese momento [para] la persona. Pero siempre es una experiencia dura.

Hay quienes sintieron eso que trato de decir cuando se enteraron de la caída del Muro de Berlín. La experiencia de mi abuelo fue menos espectacular, aunque no por ello menos atroz. Eran tiempos de la Segunda Guerra Mundial. Las cajas de fósforos eran cuadradas y chatas, con una vistosa envoltura rígida de cartón, y en su interior tenían la caja propiamente dicha, que contenía fósforos de cabeza roja con un cabito de papel encerado de color marrón, una especie de rollito que resultaba muy placentero desenrrollar. Ahora bien: esa caja propiamente dicha estaba ligada a la envoltura vistosa mediante una gomita, o banda elástica, de color rojo. La gomita permitía tirar de la caja interior, haciendo uso de una saliente en forma de uña, sin riesgo de que uno tirara demasiado fuerte y la caja se soltara de la envoltura; se podía hacer, pero había que hacerlo con intención. Esa gomita permitía, además, que la caja se metiera sola en la envoltura una vez que uno había retirado el fósforo.

Una mañana, mi abuelo inauguró una caja de fósforos nueva y descubrió que no traía la gomita roja. Se dio cuenta de que no era un defecto de fábrica; muchas cosas habían bajado de calidad, según se decía por causa de la guerra, como por ejemplo los suplementos de historietas de los diarios, que dejaron de venir en colores. Quedó desconcertado, estupefacto, desconsolado.

—¿Y ahora? —dijo, mirándose las manos, cada una con una parte de la caja de fósforos, la envoltura en la izquierda, la caja propiamente dicha en la derecha—. ¿Cómo vamos a hacer?

Vivió unos cuantos años más, pero ya no fue el mismo. Aquel desánimo, aquella perplejidad, son de esa clase de cosas que no tienen retorno.

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Este fragmento procede de

Irrupciones, Mario Levrero.
Criatura Editora (Montevideo, 2013).

Aquí se pueden ojear las primeras páginas del libro (de hecho, podría haberlo mirado antes de transcribir el pasaje...).

+ Levrero en el blog: acá.
+ Levrero en Teína: acullá.

PD sobre el fragmento. Si una caja de fósforos es capaz de encerrar una metáfora sutil sobre el afecto que profesamos por lo que nos proporciona sensación de cotidianidad, ¿qué decir cuando esa caja de cerillas es la humilde casa donde vives, y un banco o un fondo buitre te deshaucia de ella? Ante la duda, puede consultarse con Andrés, con Wilson o con los vecinos de Carabanchel Alto.

25 de enero de 2015

La inocencia, Felipe Polleri

He aquí un autor y una novela que funcionan como antídoto contra el sentimentalismo —estético y del otro— que suele asolar al biografismo familiar. Eso que aquí, de manera irónica, se llama recuperar «la luz de la infancia». Por suerte, como nos avisa varias veces Rodolfo, el narrador de esta nouvelle, las suyas son unas memorias «más que malas, malvadas»; por tanto, los lectores podemos respirar tranquilos: allí donde otros nos agotan con su lloriqueo y sensiblerío supuestamente profundo, La inocencia (HUM, 2012) nos ofrece una prosa delirante, excesiva y decidida a terminar con cualquier expectativa ñoña del lector.

De hecho, puede tomarse como clave de lectura este proverbio del infierno de William Blake: «El camino del exceso conduce a los palacios de la sabiduría». La glosa figura, al poco de comenzar la segunda parte, que lleva por título el proustiano «Las muchachas de Pocitos»; el proverbio es el segundo de la generosa retahíla con que el narrador adereza sus memorias. Este del exceso es el que mejor refleja el discurso literario de Felipe Polleri, un autor convencido de que la prudencia es fruto de la incapacidad y solo sirve —sigo parafraseando a Blake— para cortejar a viejas solteronas ricas y feas.

Con el respeto debido a las solteronas de Pocitos —o del barrio de Salamanca, un posible equivalente madrileño—, esos proverbios de Blake pueden orientarnos también sobre el tipo de lector a quien se dirige Polleri. La prosa que aflora en La inocencia rompe con mucho de lo que cualquier vieja solterona literaria —léase: mediocres profesores de taller literario que pregonan que todo el orégano del monte es Raymond Carver; miopes reseñistas que solo saben pagar y deber favores a través de sus textos en las revistas, blogs y suplementos culturales; engolados y solemnes catedráticos del aburrimiento; lectores que usan la lectura como sinónimo de distinción; etcétera, etcétera— calificaría como Literatura (así, con mayúscula).

Como explica el propio Polleri en el prólogo a Irrupciones, de Mario Levrero, él considera que «un libro de ficción debe ser no necesario, inútil y absurdo (y casi delictivo) para tener cierto valor». Es decir, que «debe ser un atentado a la diosa razón, al sentido común, etcétera». Y, al menos en La inocencia, se esmera por seguir ese programa literario: practica aliteraciones al por mayor, asume contradicciones continuas en su discurso, abusa de la repetición, emplea gran variedad de juegos sintácticos, usa hipérboles delirantemente divertidas, frasea en corto, en largo y en muy largo, usa una estructura que es pura desestructura... Y todo, salvo algún detalle puntual, funciona; es más: uno siente que no quiere dejar en ningún momento la lectura.


El sabio delirio del loco

En términos de argumento, lo que nos cuenta La inocencia son las disparatadas memorias de Rodolfo, un tipo que nació en una familia acomodada del barrio de Pocitos y que, debido a las tensiones inherentes a formar parte de la clase media-alta uruguaya, atravesó una niñez lo bastante cruel como para convertirse en un adulto lleno de traumas. En su caso, tanta insistencia en «el abolengo de la Familia», la obsesión por lo que es de buen y de mal gusto o por respetar el apartheid entre las gentes de bien —habitantes de barrios residenciales— y los grasas —habitantes de barrios no residenciales— dieron como resultado un señor mayor que odia su vida de solterón, incapaz de lidiar con los problemas del mundo o que sufre porque piensa que no se envejece igual con hijos que sin ellos.

De ahí que, cuando se pone a revisar su infancia, Rodolfo diga cosas como esta:
Yo creo, en resumen, que [la gente de Pocitos] no fuimos educados para entender los problemas sociales. Nacimos para cuidar y mantener uno de los barrios más hermosos de la ciudad. Para mantener el clima amable y provinciano (amplios jardines, piedra venerable) que nos legaron nuestros antepasados. 
O esta otra —que suscribiría más de un padre y una madre que conozco—:
Ser un imbécil fue un lujo que papá, a fin de cuentas, no pudo darse; en cambio, tener un hijo imbécil estaba completamente dentro de sus posibilidades financieras.
O, por último, esta otra, que Rodolfo nos endosa a sus lectores a modo de balance vital:
A nuestra edad podemos tener dolores musculares o reumáticos. No se considera apropiado, en cambio, que un hombre maduro llore a las tres de la mañana porque le duele su vida inútil, triste, perdida.
Y quizá esto es lo mejor de Polleri: cómo consigue que, en mitad del delirio y el exceso, como pedía Blake, afloren los fogonazos de sabiduría. Al fin y al cabo, pasajes como los anteriores conviven con otros donde se describen «resquebrajaduras de 50 m de largo en mi así llamada identidad», se narra la caída de dos hermanas suicidas que se hacen trampa para ver quien llega antes al suelo o se establecen claves de lectura con pasajes tan desopilantes como este:
El único hijo del edificio que estaba cuerdo solía pasearse por el hall vestido de novia, con el resplandeciente vestido de novia robado a su madre.

Un vestido resplandeciente, blanco como el edificio negro, lleno de voladitos y tules vaporosos, que Alejandro lucía desvergonzadamente para avergonzar a su padre (otro inútil y otro imbécil que se dedicaba a la genealogía y a la heráldica con una pasión excesiva, incluso para los parámetros del edificio).

Era un muchacho buen mozo y bien humorado, aunque fuera "un homosexual" como decía mamá o "maricón", como decía papá, aunque fuera más duro y menos afeminado que todos los hombres del edificio, excepto cuando se vestía de novia para mover las caderas sobre los tacos aguja, como una reina del Carnaval.

Lo cruel es que no esté publicado aquí

En fin, esta es la primera novela que he leído de Felipe Polleri, y me he quedado con ganas de haberme traído alguna más (la última, ¡Alemania! ¡Alemania!, estaba agotada en esta bonita librería). Sospecho que los libros de HUM no se consiguen en España ni siquiera en la librería Juan Rulfo, así que habrá que abogar por que algún editor o editora valore publicar aquí a este autor. A falta de haber leído alguna otra obra polleriana, diría que La inocencia marida bien con Rafael Pinedo (Salto de Página), Mario Levrero (Caballo de Troya, PRH), Copi (Anagrama) o César Aira (PRH). Y ya puesto a hacerme el estupendo, aporto una coordenada más: el libro me supo al El hombre de la pampa, de Jules Supervielle, mezclado con un concierto de Leo Maslíah.

Y, ahora, como no sé cómo terminar este comentario, voy a escribir una de esas frases epatantes que tanto ensayan los reseñistas para que luego las editoriales se las citen en los paratextos de los siguientes libros del autor y así figurar como formadores de la opinión cultural del país. No soy muy dado a ello y no tengo apenas entrenamiento; pero, bueno, todo sea por acabar esta entrada del blog y participar en el Concurso Mundial de Frases para Faja de Libro. Ahí va la mía: «La inocencia muestra la prosa de un narrador inteligente, capaz de contradecirse a sí mismo casi en cada frase, salir indemne y, además, hacerte estallar en una carcajada mientras te habla sobre la crueldad familiar».

(Ay, qué horror, por favor. ¡Electrocución!)


PD 01. Por cierto, según explica Juan Cruz en el documental Jamás leí a Onetti autocitando su artículo «Grandísimos largatos», don Juan Carlos bajaba a la playa... en Pocitos. Eso sí, alguien me dice que a la playa de Pocitos solo bajan... los grasas, que la gente de Pocitos veranea, por supuesto, en otra parte.

PD 02. Por cierto, el año pasado leí —y al final nunca reseñé— dos libros fantásticos, también publicados por HUM: Carlota Podrida y Las arañas de Marte, ambos de Gustavo Espinosa. Dos de las mejores novelas que leí en 2014, en particular la segunda. Moraleja: quien vaya Uruguay que revise el catálogo de HUM.