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8 de diciembre de 2013

La mujer rota, Simone de Beauvoir

De las tres historias que incluye este libro, solo me ha interesado la primera: La edad de la discreción. Las otras dos, Monólogo y La mujer rota, me han dejado la sensación de que las ideas feministas de Simone Beauvoir siguen vigentes, pero que su manera de narrar ha envejecido mal. No lo sé, no conozco bien su obra y quizá sea una conclusión algo apresurada. Guardaba buen recuerdo de su novela Los mandarines, pero hace ya demasiado que la leí —unos 15— y quizá ese recuerdo sea algo idealizado. 

De Monólogo me interesó la idea de que algunos varones no respetan a las mujeres que viven solas. Tampoco a aquellas que no van acompañadas siempre de sus maridos. Al principio, todo me sonó a cliché social ya superado; sin embargo, luego me acordé de que hace unos meses una amiga fue a comprar un taladro y el dependiente, cubanísimo él, le preguntó por su marido. Como quiera que mi amiga contestó que el taladro lo quería para ella porque le gustaba el bricolaje y que su marido era quien se ocupaba de ir al supermercado y de cocinar, el dependiente, todo sabrosura y algo incómodo con que una mujer comprase una herramienta tan fálica como un taladro, le dijo dos cosas: una, que él no podría vivir con una mujer que hiciera faenas masculinas y dos, que si su marido no sabía usar el taladro, él le hacía todos los agujeros que ella quisiese. No hace falta ser Lezama Lima para entender la metáfora encerrada en los dichos de tan atento vendedor. Por supuesto, la situación nunca hubiera sucedido si su marido hubiera ido a la tienda.

De La mujer rota, me pareció delirante la postura de la narradora. En mi opinión, la historia contiene una buena idea narrativa mal desarrollada: ¿en qué momento y por qué una pareja se convierte en una mala novela, es decir, en un transcurrir de páginas que aburre de lo previsible que es? Para mí esa hubiera sido la idea a narrar, y no tanta llantina de la amantísima esposa por la infidelidad —consentida— de su marido con una mujer más guapa y brillante. Si tu marido te dice que de los 20 días de vacaciones, 10 los pasará contigo y 10 con su amante, menos melodrama y más pegarle una patada en el culo (y cambiar la cerradura de la puerta). En fin, en la vida y en la ficción tolero mal a quienes se ponen voluntariamente en posiciones de sufrimiento y después solo saben quejarse por ello. En términos técnicos, sobra monólogo interno de doliente esposa y falta acción.

Por último, La edad de la discreción gira alrededor de dos conflictos. Uno es que Philipe, el hijo de la narradora, deja la universidad pública, abandona la ideología familiar —el marxismo— y eso le ocasiona un disgusto sideral a su madre, entre otras razones porque «va a transformarse en un hombre de negocios, y yo no lo he educado para eso». La madre, una señora que sabe mucho de Rousseau o Montesquieu, quiere que su hijo cumpla con el destino que ella le había prediseñado milimétricamente y que sea un intelectual, un talento académico. La intransigencia maternal llega a tal extremo que incluso rompe relaciones con el chaval y le prohíbe visitarla... En Francia, se ve, se es marxista antes que madre.

El otro conflicto es la vejez, la vida después de la jubilación. Dado que el matrimonio protagonista son un par de mandarines filosóficos, políticos y culturales, más que del deterioro del cuerpo, el relato se ocupa del instante en que decaen sus facultades creativas y ya no son capaces de ofrecer pensamiento novedoso. Al margen de la crisis personal que eso supone, lo relevante es que el relato deja que el asunto de la vejez atraviese también todos los otros temas: los problemas con el hijo progre-capitalista, el estancamiento de la pareja tras muchos años de relación o la vigencia de aquella ideología sobre la que un día dos personas forjaron su identidad. Todo eso puede resumirse en una frase que, en el contexto de la narración, resulta bella a la par que demoledora: «Ver cambiar el mundo es asombroso, y desolador».

Claro, si eso lo digo yo, que soy joven, suena a chiste. Sin embargo, si lo dijese a los 75 años y como una suerte de conclusión sobre lo que he vivido, daría un poco más de yuyu, ¿no? Tendría un no sé qué de inquietante. Pues eso, que por ese lado me ha conquistado Beauvoir. Así que, gracias a La edad de la discreción, seguiré recordando a doña Simone con cariño.

PD. El ABC ha debido de publicar pocas fotos de mujeres desnudas... Una es la del culo de Simone de Beauvoir. Qué curioso, ¿eh? Tanto como lo malo que es el artículo.

Actualización (10/01/14): Estoy leyendo ¿Dónde está mi tribu?, de Carolina Olmo, y en el blog de la autora encontré una referencia muy divertida sobre Beavouir; parece ser que se tiende a verla como «un monstruo antimaternal». Recomiendo leer el comentario de Olmo.

3 de junio de 2013

Correr, Jean Echenoz

El estadio de Zlin, situado en la zona industrial y feísimo, se halla enfrente de la central eléctrica: el viento barre el humo de las chimeneas, el hollín y el polvo, que caen en los ojos de los deportistas. Pese a tales inconvenientes, a Emil comienza a gustarle ese estadio, el aire pesado que se respira en él es bastante más puro que el del taller.

Correr, Jean Echenoz

En las últimas décadas, el héroe de las pruebas de fondo suele ser algún africano acostumbrado a correr descalzo desde niños decenas de kilómetros para ir a la escuela, conseguir agua para su familia, pastorear las cabras del vecino, etc. En general, es un atleta que ha aprendido a correr más por necesidad que por vocación y que llega al atletismo casi de casualidad. El gran Abebe Bikila, con su victoria en el maratón de los Juegos de Roma (1960), representa mejor que nadie esa épica africana que, si bien de manera algo más matizada, sigue vigente.

Sin embargo, esa clase de heroísmo no es solo africano; Europa también ha colaborado lo suyo a forjar la leyenda de las pruebas de fondo. Una de sus grandes aportaciones fue Emil Zátopek (1922-2000), un devorakilómetros surgido del ambiente fabril checo de principios del siglo XX y protagonista de la novela Correr, de Jean Echenoz. A falta de sabanas con antílopes, leones o güepardos con que generar metáforas deportivas, el Viejo Continente debió buscarlas en su pujanza industrial. Y donde unos hayaron gacelas negras, otros encontramos, por ejemplo, a la Locomotora Humana.

Zátopek nació en una cuenca minera y trabajó en una fábrica de zapatillas de tenis, como gran parte de los vecinos de la zona. Probablemente allí, en un ambiente insalubre debido al caucho o a la pulverización de silicatos, y bajo el ritmo alienante de una producción de 2000 pares de zapatillas por día, nació su mítica capacidad de resistencia.

Leer sobre Zátopek es hacerlo sobre un atleta construido a sí mismo en pistas de ceniza y de polvo de ladrillo. También es hacerlo sobre las medias suelas en las zapatillas, el chándal descolorido como uniforme para desfilar o los largos viajes ferroviarios en ayunas para competir sin apenas haber dormido. Es leer sobre intuiciones respecto de métodos de entrenamiento y estrategias de carrera, cuando el atletismo comenzaba a modernizarse. Y, de algún modo, es leer sobre cómo evitar a los prejuiciosos puristas del estilo: el de Zátopek era tan impuro que parecía un boxeador peleando contra su propia sombra.

Pero, por encima de todo, acercarse a Zátopek es encontrarse con la motivación en estado puro. He aquí un hombre que entrenaba duro por el placer de ir más deprisa que los demás, que corría como una locomotora para alejarse del dolor de vivir en un país ocupado —por el ejército nazi primero y por el soviético después— o que batía récords del mundo para ver sonreír al amor de su vida, Dana. Ella, una lanzadora de jabalina que acertó a nacer el mismo día que su amado, era su gran inspiración. Sin la complicidad que los unía, Zátopek probablemente no hubiera ganado el oro olímpico en 5000 m, 10 000 m y el maratón en los Juegos de Helsinki (1952). Además de humilde, veloz y resistente, acaso la otra gran virtud de Zátopek fue saber ser feliz con Dana a pesar de las circunstancias históricas.

Correr (Anagrama, 2010) más que una novela corta —140 páginas— es un libro intenso y condensado. Con gran economía de medios narrativos y una prosa limpia de todo adorno, Echenoz narra unos 40 años en la vida de Zátopek: desde que empezó a correr obligado por los nazis hasta que terminó de minero del uranio y de basurero por apoyar la Primavera de Praga (1956). Sin tratarse de una típica biografía —cronológica y con datos a mansalva—, el libro cumple con su objetivo: acercar al lector de manera emocional a la figura de la Locomotora Humana. Es imposible cerrar esta novela y no querer saber más sobre Emil Zátopek. (Bueno, quizá sea posible...; pero no recomendable).

*

PD 01. Entrevista con Jean Echenoz sobre este libro en el programa Página 2.
PD 02. Entrevista con Emil Zátopek (subtítulos en español).
PD 03. Una reseña parecida a esta, salvo por algunos cambios, la publiqué en el blog de extinta revista Trisense en 2012.

2 de agosto de 2010

Sida mental, Lionel Tran

El «sida mental» es una enfermedad generacional que se incuba en los barrios periféricos. Esos donde siempre hay algún descampado o parking vacío donde conspirar contra las reglas del Sistema. Lugares donde las aceras están detrozadas y abunda la «hierba seca y quebradiza de las viviendas de protección oficial». Allí, entre familias desestructuradas, pandilleros que se entienden a puñetazos y unas densas gotas de machismo, se da el caldo de cultivo perfecto para que arraigue el virus. Un virus cuyo sintóma inequívoco es la adicción a la violencia.

Más o menos así describe esta novela una banlieue cualquiera. Si bien, como el autor, Lionel Tran, vivió su infancia en la de Vaulx-en-Velin y el libro tiene su cuota autobiográfica, todo hace suponer que la narración está inspirada en esta barriada lyonesa. (Ahí van 3 vídeos sobre ella: I, II y III). En parte, la atmósfera de hostilidad permanente me recordó El odio, la película de Mathieu Kassovitz.

Sida mental es una de esas novelas que busca impactarte y plantearte preguntas. Esa es principalmente su apuesta. El editor, quizá citando de manera encubierta a los Sex Pistols, se interroga en la contraportada sobre si hay futuro para gente como el protagonista. (Vamos, la misma pregunta que te harías después de ver un reportaje sobre la mara Salvatrucha). A mí, además de esa duda, el libro me sugiere otra: si esta proliferación de 2, 3, de muchos potenciales Unabomber —salvando las distancias, vaya— es una manera más de luchar contra ese otro «sida mental» que nos aqueja como sociedad: la inveterada costumbre de favorecer el privilegio de unos pocos y enviar hacia los márgenes cada vez a más personas. ¿Lo es?

No lo sé. Mi única certeza es que libros como este nos hablan de que esa fuerza centrífuga de exclusión termina despertando otra igual de intensa, pero en sentido contrario. Suena a obviedad, claro; sin embargo, la cuestión es, y con esto cierro la reseña, cómo arreglas la cabeza de alguien que puede verse reflejado por pasajes así:


1980

Mamá va a volver tarde por la noche. Estoy solo en casa. Puedo hacer lo que quiera. Voy a buscar su escopeta de cartuchos en el armario de plástico del pasillo. Está en lo más alto, en el cartón. Cojo un taburete de la cocina. Delante hay una gran bolsa de basura con un edredón. La pongo en el suelo. La escopeta pesa. Me da miedo que se me resbale. Hay que tener mucho cuidado. Cojo la caja de cartuchos. Vuelvo a subir el edredón. Cierro el armario. Mamá no debe enterarse. Voy a mi cuarto. La escopeta era de un amigo de mamá. Ella se la compró. No me gustan los amigos de mamá. Sostengo la escopeta en las manos. Pesa. Soy fuerte así. Me gustaría tenerla fuera, cuando los demás se meten conmigo. Para enseñarles quién soy realmente.

Coloco un cartucho. Mamá me ha enseñado cómo se hace. Colocar la escopeta en las rodillas. Presionar sobre el cañón. Clac. Colocar el cartucho en el agujerito. Abro la caja. El cartucho me resbala entre los dedos. Está lleno de grasa. Ahí. Clac. Ahora puedo disparar. Puedo matar a alguien. Coloco los playmobils en fila contra la pared. Es una ejecución. Para dar ejemplo. Hay que modelar el espíritu del pueblo. Instaurar un clima de terror. Me pongo en posición. No moverse. Me tiembla la mano. Clic. He fallado. El cartucho se ha incrustado en la pared. Recargo. Clic. He fallado otra vez. Recargo. El cartucho me resbala entre los dedos. Está en el suelo. Lo recojo y lo meto en el agujerito. Clac. Me acerco a la pared. Pongo el cañón de la escopeta contra la cabeza del playmobil. Clic. Se ha caído. Muerto a quemarropa.

Vuelvo a empezar. Clic. Clic. Todos los rehenes han sido ejecutados. Recargo. Mamá vuelve tarde, está en el Grupo de Mujeres. Voy al balcón. La gente camina por la acera. Los coches van por la circunvalación. Apunto. Son más pequeños que los playmobil. Apunto a un viejo con su perro. Clic. Miro. Está lejos. Ya casi no lo veo. He fallado. Cargo otro cartucho y apunto a un coche. Clic. He fallado. Recargo y disparo a una mujer. Clic. Sobre una niña. Clic. Sobre un árabe. Clic. Clic. Clic.

Están demasiado lejos. Qué pena no tener un verdadero fusil.


Sida mental, Lionel Tran.
Traducción de Eduardo Martínez de Pisón.
Editorial Periférica, Cáceres 2008.