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27 de abril de 2017

Amores enanos, Federico Jeanmaire

El absurdo es la manera que encuentra el arte para mostrarnos el mundo desde lugares imposibles o escondidos. Me gusta como herramienta. Sobre todo por la posibilidad que tiene el lector de significar por sí­ mismo, sin la tutela del autor. Más trabajo, pero también más libertad para apropiarse de la novela. Me gusta esa literatura, no la que da todo servido para ser consumida.
Esas palabras de Federico Jeanmaire en una entrevista con la agencia Télam resumen cabalmente el espíritu cervantino que envuelve su literatura. Dicho así, a lo bruto, las novelas son ingenios construidos con palabras que significan aquello que el industrioso lector o la no menos industriosa lectora quieran que signifique. Al menos en parte, claro. En cualquier caso, así, la lectura del libro se convierte en plural, en colectiva. En un intento, como diría el gran Milagros León, narrador de Amores enanos (Anagrama, 2016), de ser uno y los demás al mismo tiempo.

A alguien le podría sonar inquietante algo así... Sin embargo, como señala el propio Milagros, «la gente ve solo aquello que quiere ver» y «solo encuentra aquello que está predispuesta a encontrar»; por tanto, parece sugerir Jeanmaire, ¿por qué oponerse a ese ejercicio de libertad lectora? Es más: ¿por qué no aprovecharse de él y potenciarlo en lo posible? Visto así, el libro funciona como una suerte de espejo mágico al que, como la madrastra de Blancanieves, le preguntamos lo que de un modo u otro pretendemos ver. Y, como el personaje del cuento de los hermanos Grimm —a quienes Jeanmaire dedica esta novela—, cada quien se empeña en encontrar aquello que le obsesiona.

En su novela anterior, Tacos altos (Anagrama, 2016), este escritor argentino nos contaba algo parecido: leemos la realidad encerrados en nuestro mundo de ideas. Es más: gozosos presos como nos sentimos de él, nos cuesta infinitamente dialogar con los demás, quienes también suelen andar encerrados a cal y canto en su no menos gozoso mundo de ideas (otras ideas, claro, diferentes de las nuestras). Ni unos ni otros mostramos excesiva predisposición a abrir esas cárceles mentales, y pensarnos así desde la perspectiva ajena. Esa es la clave de la incomunicación, uno de los temas recurrentes en la obra de este narrador con casi una veintena de novelas a su espalda. Una incomunicación, todo sea dicho, que tiene mucho de incomprensión construida sobre el exceso de certezas (y la consiguiente falta de perplejidad).

Jeanmaire asume que el autor no tiene mucho control sobre la significación del texto una vez que el libro es libro. De hecho, considera que el control está en manos de ese desocupado y benevolente lector que Cervantes imaginó en su prólogo para el Quijote y al que, literalmente, le dijo: «... y, así, puedes decir de la historia todo aquello que te pareciere, sin temor que te calumnien por el mal ni te premien por el bien que dijeres de ella». Por tanto, ante la disyuntiva de si abrir o cerrar el significado de lo narrado, Jeanmaire opta por lo primero, es decir, por componer un texto que sea favorable a la polisemia, a que el lector pueda aplicar su imaginación y completarlo como mejor le parezca. Por utilizar la metáfora de Tacos altos, el texto es un «cerezo pelado» y el lector es quien se encarga de «que comience la primavera».

Contra la seriedad y a favor del Quijote

Además, hay una posible segunda razón para abrir significados: Jeanmaire no se lleva bien con la autoridad. Tampoco con la seriedad. Son dos cosas que están, por completo, fuera de su temperamento novelesco. Jeanmaire reniega de la llamada literatura seria y, en general, diría yo, de cualquier escritura o persona que se tome demasiado en serio a sí misma. Él responde más bien a la figura de esos niños grandes que encuentran en la literatura un espacio lúdico donde jugar con la lengua. En su caso, eso significa cumplir con el mayor celo posible el mandato cervantino de evitar al lector la «innumerabilidad y catálogo de los acostumbrados» procedimientos narrativos con que tantos libros suelen componerse.

También significa un compromiso con la duda: prefiere narrar desde la perplejidad y evitar la postura del autor que sabe, y dejar así que sea el lector quien tome partido y se coloque en una posición de certidumbre. Jeanmaire prefiere otorgarse toda la libertad a la hora de construir una lengua literaria inspirada en el registro coloquial que constreñirse a programas cerrados de antemano o a la obligación de decir algo importante, sesudo, trascendente. O, como explica en esta entrevista para La Nación, el suyo es el taller literario que nos legó ese monstruo del juego, el humor y el lenguaje llamado Cervantes:
—¿No te parece que la literatura del siglo XIX y del siglo XX "atrasa" respecto, por lo menos, de la segunda parte del Quijote?
—Por supuesto. Yo creo que el siglo XX se llenó de ideología, de política. Aparecieron libros muy unívocos. Libros que si leemos los dos, no podemos discutir de nada porque vamos a pensar lo mismo, que es lo que pensaba el autor. A mí me gusta una literatura mucho más pegada al Quijote. Una literatura en la cual dos de mis lectores se puedan pelear entre sí. A mí no me gusta Saramago, por ejemplo, porque todo lo que él piensa está escrito. Yo prefiero libros en los que tengo que significar, que trabajar. Yo quisiera estar más cerca del Quijote que de Saramago.
Entendida así, la relación del lector con la novela es metáfora del interminable y quimérico diálogo entre Quijote y Sancho; un diálogo que, según Jeanmaire, Cervantes construye «a partir de sus respectivos monólogos». (Esto está contado con amplitud y tino en Una lectura del Quijote [Seix Barral, 2004], brillante guía de lectura cervantina donde las haya y libro útil y divertido como pocos para cualquier practicante de la ahora llamada escritura creativa).

O dicho de otro modo: Quijote y Sancho observan la misma realidad, pero cada quien ve lo que quiere ver, entre otras razones, porque se escuchan más a sí mismos que al otro. De ahí que uno vea gigantes donde otro solo aprecia molinos (o que Sancho crea haber volado a lomos de Clavileño mientras que don Quijote no lo tenga tan claro...). Ese ardid del diálogo como monólogos complementarios le permite a Cervantes «construir diálogos absolutamente espontáneos, frescos» y donde jamás podemos imaginar lo que Sancho le contestará a don Quijote y viceversa. Bien mirado, ese diálogo fresco y espontáneo es el que busca Jeanmaire con sus lectores a través de sus novelas.

De cárceles y autoridades

En Amores enanos, Milagros León no se lleva bien con la autoridad, es decir, con la seriedad. De hecho, se las ve y se las desea para responder con la concisión debida a «las autoridades», quienes lo han encarcelado y le han pedido que relate su implicación en un incidente sucedido en el barrio privado de enanos que su amigo Perico y él han fundado. Milagros es muy consciente de la gravedad de su situación y de la importancia de su testimonio, y así se lo transmite al lector: «... estos papeles, me lo ha asegurado mi abogado, serán leídos por autoridades que ejercen un gran poder sobre los usos y las costumbres de la sociedad toda». Salir o permanecer en la cárcel depende de ese texto.

Milagros no lo dice explícitamente, pero nos da a entender que las autoridades le exigen o esperan de él que vaya al grano, que evite cualquier reflexión personal y que se ciña a la estricta realidad de los hechos. También que adopte un lenguaje aséptico, que solo aporte detalles relevantes para entender lo sucedido o que organice su relato de una manera estándar, esto es, previsible. Ya se sabe: las convenciones narrativas, en particular las policiales o judiciales —tan férreas ellas—, están para ser cumplidas.

Sin embargo, Milagros no hace sino empezar una y otra vez su relato, irse por las ramas, «comenzar por los costados de la idea y no por la idea en sí», entretenerse en cuestiones menores, jugar con las palabras... Es decir: en vez de escribir una exposición de motivos al uso —dirigida a intentar salir de la cárcel—, se dedica, entre otras cosas, a «reflexionar acerca» de sus «modos de recordar» o a relatarnos cuánto sufre por que esos modos no se ajustan a lo que esperan las autoridades de él. De algún manera, terminamos por comprender que su anomalía física tiene también mucho de narrativa.

Así, en la página 50, Milagros dice «necesitar otro comienzo»; un poco más adelante, que necesita avanzar o no terminará «nunca de contar aquello que las autoridades» le pidieron que cuente; y, en la página 162, a falta de veinte para terminar la novela, sin pudor alguno, afirma: «Y voy al grano de una buena vez».

En fin, cada quien tiene su manera de hacerle saber sus ideas a los demás, de poner en liza sus claves de representación de la realidad y, en definitiva, de narrar. La de Milagros León tiene mucho que ver con salirse del cauce de lo previsible y cotidiano, y dejar que una idea se vaya concretando en otra, así hasta que el texto se convierte en una catarata de historias, a cada cual más disparatada que la anterior. De ahí que en Amores enanos resulte tan verosímil leer sobre enanos que se ganan la vida trabajando como estrípers y deciden construir un barrio privado para gente de su estatura como asistir a la votación sobre si ese barrio debe reconvertirse en un parque temático de enanos gauchos o en uno de superhéroes. La catarata cervantina todo lo puede.

Cada lector, sostiene Jeanmaire, ve lo que quiere ver en sus novelas... En mi caso, entre otras muchas cosas, veo un calculado juego de fondo y forma que esconde una metáfora sobre el estado de la literatura actual, tan presa ella de las modas y las convenciones que fijan esas autoridades llamadas mercado, academia y crítica, y que tienen a tanto escritor y escritora dispuestos a someterse a ellas con tal de prosperar. En consecuencia, veo también en Amores enanos la reafirmación de una trayectoria literaria de más de treinta años y, por ende, la reivindicación de una manera genuina y personal de hacer literatura. Una forma que, pese a su raigambre cervantina y a contar con una enorme y fecunda tradición literaria —Javier Tomeo, Fernando Iwasaki, Antonio Orejudo, Bryce Echenique...—, hoy es tan minoritaria y poco comprendida como la comunidad de enanos de esta novela.


P.D.: enlazo un par de entrevistas que publiqué en su día con Federico Jeanmaire:
También reseñé hace algún tiempo Tacos altos. A quienes quieran conocer mejor el argumento de Amores enanos, les recomiendo que lean la contratapa del libro en la web de la editorial. No hay mucho más que contar.

27 de marzo de 2016

Tacos altos, Federico Jeanmaire

Lin Su Nuam escribe en español desde la fea plaza china de Suzhou para no olvidar ese bello idioma que aprendió durante los 10 años —dos tercios de su vida— que vivió en la Argentina. También lo hace para recordar quién era ella entonces, cuando se pasaba las horas mirando la fea plaza de Glew, partido de Almirante Brown, en eso que suele llamarse el conurbano o Gran Buenos Aires. O dicho de otro modo: en esa Argentina profunda de la que solo nos hablan los diarios cuando ocurren desgracias.

En la plaza de Suzhou, esta joven de 15 años hace compañía a su abuelo, un comerciante que vende ranas y otros bichos comestibles. Hasta hace 3 meses, esa misma adolescente solía hacer algo parecido en la plaza de Glew mientras acompañaba a su padre, propietario del supermercado La Plaza, un tipo tan responsable y trabajador que incluso dormía en la tienda por aquello de cuidar mejor del negocio familiar.

Sin embargo, un buen día de diciembre de 2013, el supermercado fue asaltado por un grupo de unos 50 vándalos, algunos de ellos vecinos y conocidos de Su Nuam. El asalto terminó en incendio, y el incendio con la muerte de su padre, y la muerte de su padre con el regreso de ella y de su madre a China. Y todo, pese a llevar 10 años tratando de abrirse un hueco en el país, de arraigarse, de vivir como una familia más del pueblo.

Su Nuam llevaba tanto tiempo en Glew que iba camino de sentirse y de querer ser más argentina que china. De hecho, había occidentalizado su nombre y lo normal es que la llamaran Sonia, Sonia Lin. Ahora bien, cuando muere o asesinan —depende de qué versión uno lea— a su padre, todo queda congelado y un poco roto en su vida. Incluida su identidad. Incluido ese momento algo mágico y efervescente que deberían haber sido sus 15 años.

De repente, algo se quiebra hasta en su lenguaje y, pese a que habla y escribe bien en español, se siente incapaz de aprender a utilizar con propiedad los tiempos verbales, en particular los de pasado y los de futuro. Tampoco existe para ella el subjuntivo. Ante la duda, Su Nuam siempre escribe en presente, en un presente que la ayuda a plantarse de «una manera menos dañina» frente al pasado y vislumbrar que acaso haya futuro, un futuro que imagina lejano, que ni siquiera sabe conjugar. Ella se aferra a escribir en un presente que, por arte de la incorrección gramatical, le permite corregir la realidad y construir frases donde su padre aún está vivo.

A los 3 meses de su regreso a China, Su Nuam toma la primera decisión relevante de su vida: buscar trabajo. Para ello, echa currículums ponderando su dominio del español, y una empresa la contrata como traductora para una negociación sobre un gaseoducto que debe acometer en Buenos Aires con el ministro de Industria argentino. Esa negociación la obligará a enfrentarse con algo impensable hasta ese momento: regresar, acompañada de su abuelo paterno a Glew, y revivir sobre el terreno lo sucedido con su padre. Tras el viaje, como suele suceder en estos casos, volverá siendo otra persona.

Identidad y tiempos verbales
 
Uno de los temas centrales que plantea Tacos altos (Anagrama, 2016), de Federico Jeanmaire, es el de la identidad. O dicho de otro modo: el eterno dilema de las esencias, de la pureza. Ya en la primera página, Su Nuam se pregunta si está ante el momento «en el que cada hombre o cada mujer descubren quiénes son». Ahí está el detonador que la hace escribir apoyando el papel sobre el revés de una palangana ante el comercio de su abuelo. La inesperada irrupción de la fealdad del mundo, a través de la muerte de su padre y el consiguiente regreso a China, la obligan a abandonar su etapa de adolescente sin grandes preocupaciones. La escritura funcionará como el puente entre ese momento vital y el siguiente.

A lo largo de la novela, Su Nuam tratará de averiguar qué clase de híbrido es ella. O dicho de otro modo: si ella es más china o argentina; si su manera de reaccionar cuando deba tomar grandes decisiones será la conservadora y algo cobarde de su madre o la orgullosa y algo temeraria de su padre; si los abuelos —tan queridos—, los genes —tan desconocidos— o los diez años de cultura argentina que absorbió mueven en alguna dirección la borrosa frontera que divide lo chino y lo argentino en su cabeza. En definitiva, ¿es obligatorio enraizarse —arraigarse— en una sola identidad o se puede adoptar una u otra en función de las circunstancias (de dónde se esté, con quién se esté, etc.)? La pregunta es fácil de formular; la respuesta, algo más resbaladiza de encontrar.
  
Al respecto, hay al menos un par de detalles relevantes en la novela. El primero tiene que ver con los tiempos verbales en español. Si bien Su Nuam respeta las enseñanzas de que la fuera su profesora y sabe que debería esforzarse más por dominarlos, ella está convencida de su inutilidad. Es más: se lo toma como algo muy personal y hace campaña contra ellos:
Resulta evidente que no le permiten a la gente comunicarse más o mejor que la ausencia de esos mismos tiempos verbales. Ni respetarse más. Ni tampoco amarse más o mejor. Y si no sirven para eso, ¿para qué sirven? Imagino que los hombres y las mujeres, en el pasado remoto, inventan la lengua para conversar o para ayudarse entre sí o para decir todo aquello que no pueden decir sin hablar. O para acompañarse, para no estar tan solos. No creo, señora profesora, que los hombres y las mujeres en el pasado remoto del mundo inventen la lengua para matarse los unos a los otros, eso lo pueden hacer desde antes, desde siempre, sin necesidad de conversar.

Entonces.

No me importan los tiempos verbales, señora profesora. No sirven para nada. Matan igual que su ausencia. Exactamente igual.

A la vista de la reflexión de Su Nuam, podemos buscar una caja de resonancia más amplia y llevar su inquina con los tiempos verbales de lo identitario a lo social. Así, podríamos hacernos esa misma pregunta, algo china y algo argentina, como integrantes de la comunidad donde estamos insertados: ¿sirve de algo dominar —cultivar— una lengua si luego todo lo resolvemos a los tiros, con dinero o mediante la violencia, sin necesidad de conversación alguna? Es más, reformulada esa pregunta en clave literaria, podría desembocar en esta otra: ¿queda algún reducto donde puedan sobrevivir los artesanos del lenguaje?


Una madurez amarga

El otro gran tema de esta novela es la maduración. Al respecto, Su Nuam nos deja al menos tres reflexiones de distinto calado. La primera es que ingresar en el mundo adulto significa correr el riesgo de convertirse en alguien que se encierra poco a poco en sus convicciones, en su visión del mundo, hasta quedar aislado del todo y no encontrar el camino de vuelta para relacionarse con los demás. De algún modo, eso es lo que escenifica y sugiere ver a un grupo de vándalos frente a una tienda donde el dueño se atrinchera tras la verja con una pistola para defenderla, convencido de que su plan de defensa es perfecto. He ahí una metáfora perfecta de la incomunicación (una incomunicación muy masculina, por cierto).

La segunda es que madurar implica aceptar que muchas veces nos estamos, como suele decirse, a la altura de las circunstancias, esto es, madurar implica ser autocríticos. O dicho en términos de Su Nuam: depende de nosotros que los sitios o las cosas que nos rodean sean bellas, y sin embargo resulta descorazonador ver cómo nos entregamos con inusitado entusiasmo a la desidia y a la falta de ganas por transformar la fealdad que nos rodea en belleza (ejemplo: lo que está sucediendo con los refugiados en Idomeni). Con algo de aroma a sabiduría oriental, Tacos altos nos recuerda aquello de que toda acción que ejercemos sobre el mundo lo embellece o lo afea, y que por tanto la cuestión es si nos damos cuenta de ello. De si elegimos la desidia o la autocrítica. De si sabemos de qué hablamos cuando hablamos de madurar.

Por último, a través de Su Nuam vemos que los aprendizajes también pueden ser muy oscuros. De hecho, el proceso de transformación de esta joven está signado por algo que le enseña su padre y que ella, al principio, no entiende del todo bien: «... el aprendizaje de la vida se parece mucho al esforzado aprendizaje de las maldades humanas». He ahí una idea ante la que cualquier mente biempensante reaccionará con disgusto: ¿no era la contrario, aprender lo excelso, lo excelente que hay en el ser humano? Es más: ¿no vivimos inmersos en el discurso de la excelencia?

Y, sin embargo, ese es el mensaje que nos trae la dulce y esforzada escritora Su Nuam: si el ser humano demuestra a diario que es la especie más salvaje de todas —ahí están los periódicos para corroborarlo—, acaso solo nos quede ya un camino para sobrevivir dentro de ella: ser la peor versión de nosotros mismos, pues así, por paradójico que suene, es más probable que nos convirtamos en seres superiores y sobrevivamos. Es más: hasta puede que sepamos cómo arreglar por nuestra cuenta aquellas injusticias que ni las instituciones ni la sociedad reparan por nosotros.

Uno imagina a Su Nuam como en la bella foto de la portada de la novela: sensible, buena persona, inteligente. Es decir: como una metáfora de la potencialidad que anida en la juventud, una potencialidad que (casi) siempre pensamos en positivo. Sin embargo, tras cerrar Tacos altos y asistir a la segunda gran decisión adulta que toma Su Nuam —revelarla ahora sería estropearle a alguien la lectura—, uno se va del libro con la sensación de que el mundo es puro desorden, la existencia un caos y que los adultos nos obstinamos en enseñarle lo peor de nosotros mismos a los adolescentes, herederos de lo bueno o malo que estamos sembrando aquí y ahora. Se ve que nos encanta la fealdad. O al menos esa otra forma de la fealdad que es la mera apariencia de belleza. Una desgracia de la que la escritura no nos  salva y de la que, como Su Nuam, conviene aprender a protegerse.

                                                                                   *

P.D.:  Anteriormente, publiqué en el blog esta entrevista con Federico Jeanmaire. Y, por alguna razón difícil de explicar, este libro me hizo pensar en la locura del tipo que agarra su rifle y se va al techo de la casa a pegar tiros en la canción «Mi próximo movimiento», de Él Mató a un Policía Motorizado.

13 de marzo de 2016

Federico Jeanmaire, autor de «La patria»

«POR SUERTE, HOY PIENSO CON LA INGENUIDAD 

DE HACE VEINTE AÑOS: QUIERO SER ESCRITOR»


foto de Silvia Baigorrí

[Esta entrevista es de 2006, a raíz de la novela La patria. Lo que sigue son unos cuántos párrafos, escritos en pleno 2016, donde contextualizo la susodicha entrevista y relato algunas batallitas asociadas a ella. Si alguien quiere leer solo la entrevista, deslícese nomás hacia abajo en la pantalla. No lo tomaré como algo personal...]



                                                                                     *

Tras 26 años lejos del panorama literario español, el escritor argentino Federico Jeanmaire vuelve por partida doble en 2016. La editorial Anagrama acaba de publicar
Tacos altos y en abril reeditará Miguel, una autobiografía apócrifa de Cervantes escrita en español del siglo XVII con la que Jeanmaire fue finalista del Premio Herralde en 1990. Aprovechando que ha venido a presentar sus novelas en Barcelona y en Madrid, nos encontramos para charlar y ponernos al día. A modo de advertencia, le aclaro al hipotético público lector que el señor Jeanmaire y yo somos amigos desde hace muchos años... Lo digo por aquello de la objetividad y demás martingalas.

También vaya por delante que le profeso una grandísima admiración como escritor. De hecho, he leído más de una decena de libros suyos y he publicado hasta la fecha 3 entrevistas con él (de las que se dan cuenta en este preámbulo, por cierto, y todas mientras un servidor vivía en Buenos Aires). La primera fue para la revista Ñ, el suplemento cultural del diario Clarín, allá por 2005. Yo conocía a Jeanmaire de haberme leído varias novelas suyas que había comprado en los saldos de la avenida Corrientes. Empecé por comprar al azar La virgen peronista, y me gustó tanto que terminé peregrinando con cierta frecuencia a Corrientes hasta reunir Los zumitas, Mitre, Montevideo y Prólogo anotado.

Todas las novelas, salvo
Prólogo anotado, las había publicado Norma. En esa misma editorial, según fui descubriendo viaje tras viaje a Corrientes, habían publicado Luis Gusmán o Martín Caparrós, compañeros de generación de Jeanmaire, y cuyos libros también estaban en los saldos a precios irrisorios... En aquel momento desconocía las algo escabrosas razones de un fenómeno tan singular; me limité a quedarme extasiado, pobre como era, por encontrar sitios donde podía comprarme libros tan buenos como Hotel Edén y En el corazón de junio, de Gusmán, o La guerra moderna, de Caparrós, por unos pocos pesos. De hecho, juraría que mi eterno deslumbramiento con la avenida Corrientes —no siempre tan generosa en calidad como en esa época poscorralito— estuvo asociado a aquellos primeros hallazgos.

A lo que iba antes de la última digresión correntina: con esas cinco lecturas de Jeanmaire en la cabeza, más un par que tuve que sumar rápidamente —Países bajos y Una lectura del Quijote—, me fui a entrevistarlo por primera vez. Jeanmaire me recibió en su casa —por entonces vivía en Congreso— y nos pasamos unas 5 horas conversando. En vez de darme una patada en el culo por importunarlo tanto tiempo un viernes por la tarde, él iba cebando mate y, mientras veíamos cómo garuaba tras la ventana, hablábamos y hablábamos sobre su literatura (o sobre la literatura en general, qué sé yo). Aquella primera entrevista, germen de nuestra amistad, apareció en formato breve y con el título de «Escribir es un trabajo con la historia» (mi original decía otra cosa: «Escribir es un trabajo con la lengua y su tradición de escritores», pero intuyo que la editora, mi admirada y pacientísima —conmigo— Flavia Costa, lo reescribió por razones de espacio). 

Más adelante, y con más horas de charla literaria, aquella primera entrevista se convirtió en esta otra —bastante larga y libérrima— que publiqué en la revista Teína: «Me gustaría que el lector leyese mis novelas con la misma libertad con que yo las escribo». Como por aquel entonces yo no conocía el peligro ni la vergüenza, intenté copiar el estilo de Jeanmaire y reproducirlo... Él, ingenioso e hidalgo como ninguno, nunca me criticó por aquella afrenta; más bien, lo contrario: me sugirió que hiciera así todas las entrevistas. Supongo que sabía que aquello era imposible: no son tantos los escritores y escritoras que, como él, trabajan de manera tan intensa en la construcción de una lengua en su novelas.

La tercera entrevista —causa de esta entrada y de este preámbulo— fue para la revista APM, una publicación del gremio farmacéutico, si mal no recuerdo. Lo que sí recuerdo es que allí me publicaban artículos relacionados con la cultura y que esa publicación guardaba relación con otra, Sidus, auspiciada por el viagra argentino —sidenafil—, donde yo colaboraba escribiendo artículos sobre actores y actrices porno (lo cual juraría que explica, todo sea dicho, la presencia de algunas palabras lujuriosas, como eyaculación, en la entrevista...). Como iba diciendo: aquellos eran tiempos en que, con tal de sobrevivir escribiendo, lo mismo me ponía el traje de negro para perpetrar un libro de encargo que editaba artículos sobre psicoanálisis o narraba un partido de fútbol entre Argentina y Nigeria para los empleados de un banco... Todo por no robar, que decía aquel (y, de paso, por formarme como escritor).

Pues bien, charlando esta semana con Jeanmaire, salió a colación aquella entrevista para
APM. De repente, me di cuenta de que no sabía qué había sido de ella; tan solo recordaba que la habíamos hecho en el museo Malba. Así que me puse a buscarla en el disco duro y, por fin, la he encontrado. Para que no se me vuelva a extraviar, la rescato en el blog. Además, según él, de las tres que le hice, esta «es la más linda». Calculo que me lo dijo por el contexto tan antisolemne donde la publiqué y porque lo retraté lo más cervantinamente que pude... Y Cervantes, junto con su hijo y escribir novelas, es su gran amor.

Salvo por estos datos de contextualización y algún añadido en el recuadro dedicado a las obras, he reproducido la entrevista tal cual (incluso con algunos argentinismos míos, que eran de obligado cumplimiento para que un
gallego sobreviviera publicando en el Río de la Plata). Bueno, también he actualizado la ortografía.

                                                                                 
                                                                                   *

[Aquí empieza la entrevista. Perdón por la demora; pero, bueno, tampoco había por qué leer lo anterior si no se quería...]                                                                            

                                                                                   *

Acaba de publicar
La patria, su undécima novela. Aunque de carácter autobiográfico en cuanto a los contenidos, formalmente esta se mantiene fiel a su estilo inconfundible y genuino. Aquí, el escritor baraderense da cuenta de su gestación de la novela y del espíritu juguetón con que encara su oficio, la literatura.


por Rubén A. Arribas


Una novela debe ser un disparate. Esa es la premisa fundamental de Federico Jeanmaire cuando escribe. O al menos eso daba a entender a través del narrador de su novela Prólogo anotado (1993), para quien aquel escritor que no juega libremente con las palabras, no eyacula una sola gota de literatura. Perdón: de Literatura (sí, con mayúscula, aunque después aparecerá siempre con minúscula por evitar la pedantería y no calentar demasiado los ánimos del lector). Y es que las once novelas y un ensayo eyaculados por este escritor baraderense reflejan una honda preocupación existencial: hacer literatura con una seriedad infantil.

Por eso para él cada novela es un juguete. En su concepción estética, construir una historia con palabras es como tener un divertido mecano verbal entre los dedos: con paciencia, buenas ideas y dejándose guiar por la intuición, siempre acaba fabricando un misterioso artefacto hecho de palabras llamado novela. Eso sí, no se trata de un artilugio cualquiera. No. Se trata de un refinado ingenio que va desde la romántica soledad del autor a la del lector. Vamos, que no hay frankenstein del uno para el otro sin una descarga de amor sobre esa creación. Así de frágil es el puente donde aúllan lobos tan solitarios.

Y es que para algunos autores la literatura lo único que puede enseñar es a pasarla bien, a honrar con entretenimiento las horas que un lector cualquiera se anima a encerrarse a solas con un libro. Lo demás no importa o pertenece a todas las (sesudas) ciencias que acaban en -ía. De ahí que esta profesión sea solo para valientes, para espíritus ansiosos de entrecomillar la palabra realidad —y el realismo— en cada oración, como pedían Nabokov o Borges. O como explica Jeanmaire: «Lo único que importa es permitírselo todo y disfrutarlo mientras uno lo escribe».

Eso hizo Cervantes y le fue bien... No en términos de dinero, claro, pero sí de felicidad: entre otras muchas cosas, el Quijote es el libro de un hombre feliz encerrado en su disparatado mundo y que no podía parar de escribir. Al menos así lo entiende su mejor lector argentino en la actualidad, capaz de escribir su (nada académico) ensayo Una lectura del Quijote (2004) con la misma generosa libertad con que escribió novelas tan desopilantes como La virgen peronista (2001) o Mitre (1998).

En fin, eso: un arte poético libertino, ludópata y libérrimo, el de Jeanmaire. Incomprensible e inmaduro para algunos; muy personal y audaz, en cambio, para quienes lo siguen. Eso sí, en cualquier caso, heredero de la mejor tradición de escritores en lengua castellana: Borges, Bryce Echenique, Cervantes, Cortázar, Di Benedetto, Puig, Sarmiento o Javier Tomeo.

¿Qué los une a todos ellos? La búsqueda de la respiración de la lengua castellana, la diversión del juego con las palabras y la libertad de narrar cualquier cosa, por insignificante que parezca. Eso. Y es que, en palabras del autor, «la literatura es un trabajo con la lengua con que se habla, con el cómo se la respira». En ese sentido, La patria, su última novela es una vuelta de tuerca más al respecto, un nuevo desparrame de libertad disparatada.

Usted ha afirmado en algunas entrevistas que le cuesta escribir sobre sí mismo. ¿Cómo surgió entonces La patria, una novela autobiográfica?

Después de que muriera mi padre, publiqué Papá, mi primera novela de ese estilo, y se me rompieron todos los esquemas. De hecho, estuve seis meses sin escribir y me preocupé mucho; pensaba que nunca más lo haría. Sin embargo, un día mi madre me dio un paquete que contenía un montón de papeles y me dijo: «Ahí tenés todas esas cosas que escribiste cuando viajaste a Europa hace veinte años». Una noche me senté a releerlos y comencé a escribir La patria —que en un principio se titulaba Europa—. Así que el libro surge de una crisis personal con la escritura y de ese montón de papeles llenos de recuerdos que había guardado mi madre.

El libro aborda grandes palabras como libertad o patria, ¿por qué?
En Papá y en La patria quería bajar conceptos como autoridad y paternidad. Asimismo, y desde un punto de vista estético, quería probar a narrar esos conceptos algo abstractos. Es decir: quería preguntarme qué significaban para mí y comprobar dónde estaba parado yo respecto de ellos. También quería saber de qué me acordaba y de qué no de aquel momento en que decidí ser escritor, hace más de veinte años. En definitiva, se trataba de un desafío.

¿Es totalmente autobiográfica la novela?
Sí y no. Sí porque todas las anécdotas son verdaderas. No porque he mentido sobre los momentos en que estas suceden... Por un lado, porque no tengo clara la cronología exacta de los acontecimientos y porque quería usar un esquema temporal de novela (de hecho, el libro transcurre en una sola noche y yo tardé tres años en escribirlo). Por el otro, porque también quería trabajar con la idea de que todo recuerdo supone una construcción. Además, en los recuerdos importa menos cuándo suceden éstos que la significación del hecho. O al menos mi memoria funciona así.

En determinado momento, el narrador-protagonista de la novela debe elegir entre el «amor eterno» por una chica y ser escritor. Él se decide por lo segundo. Veinte años después, ese chico ¿acertó?, ¿encontró después el «amor eterno»?
(Risas.) Los únicos amores eternos que reconozco son mi hijo y la escritura. También el de los libros. Las relaciones de pareja son más complejas, al menos las mías, claro... Además, tenés que reconocer siempre que te equivocás lo menos posible, si no resulta muy difícil vivir contigo mismo todo el tiempo. Así que sí, aquel chico acertó; no es este el momento de poner en crisis mi vida.

Este es un libro que respeta las convenciones del género autobiográfico en cuanto a los contenidos, pero no en las formas. ¿Por qué ese rupturismo?
En general, este tipo de libros se escriben cuando tenés más de setenta años y la gente espera que  los publiques porque ya sos alguien en la literatura. Por mi parte, imagino que a esa edad tamizás tus experiencias de vida de una manera mucho más autocomplaciente que cuando sos más joven y nadie te pide un libro autobiográfico. Por eso escribí ahora esta novela, porque se supone que no debía hacerlo: nadie me lo ha pedido y nadie lo espera de un escritor de mi edad. Sin embargo, me apetecía y quería escribir desde el deseo, no desde la obligación o desde la expectación por parte de otros. Además, es una constante en mi obra: hacer todo a destiempo.

En la novela, además de grandes conceptos como patria, libertad o amor hay un adjetivo que resuena con una fuerza inusitada: imparable. ¿Por qué?
Esa es una palabra fundamental para esta novela, Papá y Prólogo anotado. Tiene que ver con que lo único que me sale es ser novelista. En una novela de ficción, uno se detiene cada vez que lo asalta una duda y debe elegir por dónde sigue: cómo terminar de construir un personaje o cómo cerrar una escena, por ejemplo. Sin embargo, cuando trabajás con material autobiográfico sucede al revés: a un recuerdo lo sucede de repente otro y ese otro llama al siguiente, como si todos tuvieran la obligación de aflorar. Es decir: sin querer se pone en marcha una maquinaria imposible de parar, que termina siendo una gran bola de nieve de escritura.

«Es curioso como todas la historias nos hablan de nuestra propia historia». Eso escribe el narrador de La patria. ¿Las de sus 11 novelas solo cuentan la de Federico Jeanmaire?
No. Acá sucede algo curioso: me parece que no es lo mismo contar algo a que te lo cuenten. Cuando te cuentan una historia, siempre le encontrás algún detalle que tiene que ver con vos. Sin embargo, cuando sos vos el que contás una historia es algo diferente; no te contás solo a vos, es imposible. Creo que tiene que ver con la actitud de uno para escuchar.

¿Qué le gustaría obtener de la literatura a partir de ahora?
Quizá va a sonar a ingenuo: tener tiempo para seguir escribiendo y leyendo, seguir disfrutando de mi estilo de vida. Esto que parece ingenuo, sin embargo, lo he ido cargando de significación en los últimos años, sobre todo desde la muerte de mi padre y la publicación de Papá, que me tuvo esos seis meses sin escribir, como te comenté. Por suerte, hoy pienso con la ingenuidad de hace veinte años: quiero ser escritor. Y es una suerte, porque si no debería reconocer un montón de equivocaciones o revisar otro montón de decisiones, por ejemplo tendría que detenerme a pensar si hace veinte años debería haberme quedado con la chica.

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Federico Jeanmaire en pocas palabras. Nació en Baradero (Buenos Aires), en 1957. Se licenció en Letras por la UBA, trabajó como profesor universitario durante una temporada y se especializó como investigador del Siglo de Oro español. Gracias a una beca que le concedió el Ministerio de Relaciones Exteriores de España, estuvo en 1990 estudiando en la sala de manuscritos de la Biblioteca Nacional, en Madrid. Ese año su novela Miguel, una autobiografía ficticia de Cervantes, quedó finalista del premio Herralde. Ya de regreso a la Argentina, con Mitre obtuvo el premio Ricardo Rojas a la mejor novela argentina escrita entre 1997 y 1999. En abril de 2006 ha publicado su última novela, La patria.

Obra. Un profundo vacío en el pie izquierdo (1984), Desatando casi los nudos de los zapatos (1986), Miguel (Anagrama, 1990), Prólogo anotado (Sudamericana, 1993), Montevideo (Norma, 1997), Mitre (Norma, 1998), Los zumitas (Norma, 1999), Una virgen peronista (Norma, 2001), Papá (Sudamericana, 2003), Países bajos (Seix Barral, 2004), Una lectura del Quijote (Seix Barral, 2004), La patria (Seix Barral, 2006). También es autor de un versión del Quijote para niños.

[Desde 2006, y a decir de Wikipedia, Federico Jeanmaire ha publicado unas cuantos libros más en unas cuantas editoriales más: un artículo en Cómo se empieza una narración, VV. AA. (Centro Cultural Rojas, 2006), Vida interior (Emecé, 2008), Más liviano que el aire (Alfaguara, 2008), Fernández mata a Fernández (Alfaguara, 2011) o Las madres no les decimos esas cosas a las hijas (Seix Barral, 2012). En marzo de 2016, Anagrama ha publicado Tacos altos y en abril reeditará, 26 años después, reeditará Miguel. En 2008 le dieron el premio Emecé, por Vida interior, y en el 2009, el Clarín, por Más liviano que el aire, de la que se han vendido ya más de 35.000 ejemplares.]

Fragmento de La patria. El fragmento que reprodujo la revista puede leerse, en formato ampliado, en este enlace.

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Actualización (4/4/16): Un par de semanas después publiqué en el blog la reseña de la última novela, Tacos altos (Anagrama, 2016). Y en la Feria del Libro de Argentina, Jorge Herralde, el editor de Anagrama, tuvo a bien citar algunos fragmentos de esta entrada del blog —hacia el minuto 22— cuando presentó a Jeanmaire (en compañía de Mariana Enríquez y Martín Kohan).

14 de febrero de 2016

El Hambre, Martín Caparrós (y 2)

La 1.ª parte de esta reseña sobre El Hambre (Anagrama, 2015), de Martín Caparrós, la publiqué la semana pasada y se accede por aquí. Anuncié que iban a ser 25 ideas; pero, al final, la cosa ha quedado en 27 (y un bis). Cosas de bloguear, en fin.


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27 IDEAS PARA REPENSAR EL HAMBRE (Y EL CAPITALISMO)  | parte 2


15. El sesgo femenino (parte india). El 60 % de los Hambrientos son mujeres. Para comprender esa cifra, Martín Caparros nos sugiere visitar la India o Bangladés, donde ser mujer y morir en el intento es el pan nuestro de cada día. Quizá el caso más sangrante sea la ciudad india de Vrindavan, donde está radicado el templo de Sri Bajwan Bhajan, un lugar donde las viudas hinduistas van a arrepentirse de que su mal karma haya llevado a la tumba a su esposo (leer para creer, sí). Apartadas de la vida —por jóvenes que sean—, se entregan en oración al dios Krishna, mendigan a diario algo para comer y esperan que un buen día la muerte se acuerde de ellas. Como en otros países, en la India, ser mujer puede convertirse en un castigo y estar penado con el Hambre.

16. El sesgo femenino (parte bengalí). En Bangladés, más de 6 millones de mujeres malviven cosiendo para multinacionales de variada procedencia. Los accidentes laborales, las condiciones insalubres de vivienda, el hacinamiento familiar o la explotación laboral son moneda corriente. Sin embargo, cada tanto, nuestros medios emiten el reporte de los beneficios de Inditex con una suerte de orgullo nacional, como si Amancio Ortega fuera el Rafa Nadal o el Gasol de nuestros negocios, y debiéramos celebrar como un triunfo colectivo sus logros económicos individuales. En serio, ese señor que aumentó su fortuna en unos 20.000 millones en 2012, ¿ni siquiera tiene que ver un poquito con la explotación laboral y el Hambre que pasan las mujeres bengalíes?

17. La reencarnación en su versión capitalista. Hay 1425 millones de personas que gastan menos de 1,25 dólares al día. Bien, atentos al dato: muchas vacas de la Unión Europea reciben un subsidio de unos 2,20 dólares por día... Es decir: las vacas europeas son más ricas —en el sentido económico, se entiende— que «3500 millones de personas, la mitad de la población mundial». Con razón, señala Caparrós, suele decirse que «el sueño del granjero indio es renacer como vaca europea». Y no solo el suyo, seguro que también el de los granjeros de Malí, Chad o Burkina Faso, cuyos Gobiernos publicaron en su día un artículo en el New York Times diciéndonos: vuestros subsidios nos están matando. Eso sí, convengamos que el sueño del granjero indio es bastante modesto; puesto a reencarnarse, mejor le iría si lo hiciera en Carlos Slim, ese señor mexicano cuya fortuna supera el PIB de 128 países. O en Warren Buffet, ese otro multimillonario que hace tiempo declaró que existe una guerra de clases y que la suya, la de los ricos, va ganando por goleada.

18. Hubo tiempos mejores para los pobres. A propósito de su país, Martín Caparrós entrevista a la antropóloga alimentaria Patricia Aguirre, cuya conclusión resulta aterradora: en la Argentina, allá por la década del 60 y del 70, los pobres comían mucho mejor y más sano que ahora. La gran diferencia estriba en que entonces los pobres comían cortes de carne más baratos que los ricos; pero, al contrario de lo que sucede hoy, ingerían ese tipo de proteínas de manera habitual. Actualmente, las familias pobres no pueden comprar apenas carne, verdura o fruta, y priorizan todo aquello que es barato y sacia. En el mejor de los casos se alimentan de pasta, pan o polenta; en el peor, de comida ultraprocesada, llena de grasas trans y azúcares, calorías vacías y colesterol. Por eso, ahora se da una paradoja única en la historia de la Argentina: los ricos son flacos y los pobres, gordos. Y todo eso sucede en un país que en el siglo XX supo ser granero del mundo y que, como Uruguay, alguna vez presumió de tener más vacas que personas. Tomemos nota los demás, digo.

19. La favelización de las metrópolis.
Las dictaduras militares del siglo XX y el neoliberalismo de los 90 reemplazaron, en palabras de Caparrós, la violencia orgánica de la clase obrera por «la amenaza de la violencia inorgánica villera». Quienes tenían el poder optaron por combatir y aniquilar la primera —organizada, laboral y de clase—, y estimular la segunda, caracterizada por ser individual, desmarañada, drogona y pistolera. Así, muchos barrios obreros han devenido en cantegriles, villas miseria, colonias populares, favelas, slums... Es decir: en zonas urbanas donde hacinar a los llamados «excluidos económicos». Además, como bien sabemos, el Estado suele brillar allí por su ausencia, y con frecuencia cede el control a los narcos o delega su responsabilidad en las ONG. A decir de Mike Davis en Planet os Slums, esta clase social —la más pobre de todas, la más Hambrienta— es la que más ha crecido en los últimos años. De hecho, ya representa alrededor del 20 % de la población mundial y, en ciudades como Bombay, supone una mayoría social (el 60 % de la ciudad es villa miseria).

20. Lecciones apresuradas sobre economía moderna y global.
De manera simplificada, la economía mundial funciona más o menos así: hoy «un pollo en Senegal ya no vale lo que vale un pollo en Senegal, sino lo que podría costar en París o Nueva York si conviniera transportarlo». Dicho así, parece un cambio de reglas inocuo. Sin embargo, el problema viene cuando al Gobierno francés o al estadounidense les da por subvencionar el pollo a sus ganaderos (que suelen estar muy cabreados, por cierto, y suelen presionar para que eso suceda). De hecho, puede que terminen subvencionando hasta el transporte (si la paz social así lo requiere). Entonces sucede que los productores de pollos senegaleses, ven que sus pollos no se venden y, a lo mejor, como ha pasado con los granjeros indios, les da por suicidarse porque ven imposible competir contra semejantes gigantes económicos. Caparrós insiste varias veces a lo largo del ensayo en dos pensamientos capitalistas que explican la muerte de las economías de subsistencia: 1) «la comida no se produce, se compra»; 2) «no mata el atraso, sino el desarrollo de otros».

21. Al inframundo se baja desde el planeta Tierra.  Ni siquiera la villa miseria, la favela o el slum son ya el último escalón social. En la India, por ejemplo, existe un nivel de miseria aún mayor: el de los pavement dwellers, personas que casi a diario buscan dónde poner cuatro palos y un plástico para vivir, y que por ello sufren la ira de sus vecinos y vecinas. En la Argentina, el nivel inferior al de la villa miseria está en una barriada estilo bengalí, como sucede con quienes viven cerca de los basurales de José León Suárez. También allí los pobres aplacan su ira pegando a otros pobres mientras pelean por conseguir comida. Cuando hablamos de descohesión social, hablamos, por ejemplo, de esto.

22. A la modernidad lo agrario no le parece cool. En los países ricos, la agricultura es una actividad demodé, poco apreciada... Es más: el sector vive una crisis vocacional entre los jóvenes semejante a la del sacerdocio católico. Por tanto, si casi nadie quiere cultivar el campo y, además, quienes lo cultivan se siente infravalorados por la sociedad y desprotegidos por el Gobierno de turno, ¿adónde vamos? Es más: ¿cómo nos condiciona eso en el entramado económico global y en el tipo de país que estamos construyendo?, ¿cómo afecta eso a las economías más pobres? Eso por un lado. Por otro, la pregunta de siempre: ¿hay algún agricultor o algún consumidor español que considere razonable que las zanahorias incrementen su precio un 400 % entre el campo y la mesa? Y ya que estamos: cuando hayamos terminado de hundir nuestra agricultura, ¿qué será de nosotros, de nuestro país? O mejor dicho: ¿de quién y a cambio de qué dependeremos para alimentarnos?

23. Más economía global: el efecto mariposa en su aspecto más perverso. El gran invento de Goldman Sachs fue convertir la comida en un valor financiero, en un concepto con el que se podía especular. Gracias a esa agudeza tan insolidaria, los movimientos de la bolsa de Chicago gestaron la llamada «burbuja de la comida». Así lo explicó, según cita Caparrós, el analista estadounidense Frederick Kaufman en un artículo publicado en la revista Harpers: The food bubble: How Wall Street starved millions and get away with it. En versión breve,  y siguiendo las palabras de Caparrós en esta entrevista (min. 4), la cosa viene a ser así: cuando un trader de Chicago gana millones de dólares apostando contra la soja o a favor del maíz, al día siguiente millones de  campesinos de Sudán, Malí, Burkina Faso y demás países pobres del mundo no pueden comprar el mijo, el sorgo o el arroz que constituye casi el único alimento que toman a diario. ¿Por qué? Porque el precio ha subido tanto que les resulta inaccesible. Lo que para los trader es funny money —como el del Monopoly—, para otros es la nada divertida sensación de Hambre. Ojo, los inversores de la bolsa de Chicago no se proponen como meta hambrear a los campesinos africanos o asiáticos, tan solo es que aceptan eso como un daño colateral inherente a hacer bien su trabajo.

24. La apropiación de tierras por parte de empresas extranjeras (o land grabbing). El capitalismo, «bajo el estandarte de la globalización, el libre comercio y la ayuda a los pobres, ha patentado una nueva forma de colonialismo: el de las empresas y los multimillonarios que compran a precio irrisorio tierras en países pobres con dirigentes corruptos y que no tienen la más mínima piedad con su pueblo. Caparrós pone como ejemplo, entre otros, a la empresa coreana Daewoo en Madagascar, a un multimillonario indio en Etiopía o a los jeques saudíes en Sudán. Este movimiento comercial tiene algo de curioso y algo de perverso. Lo perverso es que montones de pequeños e ingenuos ahorradores, a través de los fondos de inversión donde ponen su dinero a trabajar, favorecen este tipo compra-venta sin saberlo (o la aceptan como daño colateral inevitable...). Y lo curioso es que los muy capitalistas inversores que se apropian de tierras en países ajenos a los suyos lo hacen porque... ¡no quieren depender del comercio internacional! Es decir: son capitalistas que desconfían del capitalismo. Muy impresionante, que diría Cortázar.

25. El desencanto (político) era esto. Yo diría que, a la vista de lo anterior —y de mucho más que excede los límites de esta reseña—, nuestro estado como especie puede resumirse en esta idea que Caparrós escribe hacia el final del libro, allá por la página 599: 
[...] ya nadie cree que los ciudadanos de Níger llegarán a vivir alguna vez como suecos, todavía muchos desprevenidos creen que algún día los nigerinos comerán todo lo que precisan. 
Y con eso, está dicho casi todo. Sin la utopía de que Níger, Haití, Yemen, Guatemala o Liberia puedan llegar a tener un nivel de vida escandinavo —y un PIB competitivo contra gente como Slim, Ortega o Buffett—, ¿qué nos queda como planeta? ¿De verdad no entendemos por qué tanta gente está dispuesta a migrar en las condiciones más infrahumanas para vivir en Estados Unidos o en Europa? ¿De verdad?

26. Redefinamos el concepto de progreso.  A falta de modelos superadores del capitalismo actual, sostiene Caparrós, la izquierda parece refugiarse en mecanismos de un pasado idealizado. En vez de estar a favor de la ciencia que multiplica la productividad de los campos por 20, la combate y propone una suerte de bucólico retorno a lo campestre: deificar lo orgánico, demonizar lo transgénico, etc. Según Caparrós, «el problema no es el cambio de paradigma productivo», sino «saber quién se beneficia de él». O dicho de otro modo: si lo que queremos es dar de comer a los mil millones de Hambrientos, la pelea no puede estar —o al menos no solo— en el huerto urbano, los grupos de consumo y demás; la pelea debe darse por un objetivo más alto: en quién, por qué y para qué ha permitido a Monsanto, Cargill y otras empresas patentar semillas, esto es, patentar la naturaleza. ¿Es todo privatizable: la sangre, la sanidad, el agua potable, las semillas, la comida...?

26 bis. Es más: la pelea está en romper con una noción de progreso técnico que «no es un intento de mejorar vidas, sino la búsqueda de que algunos acumulen más riqueza». La pelea está en conseguir que el mismo progreso científico que ha convertido en hiperproductivos los campos de Estados de Unidos o de Brasil pueda aplicarse en hacer algo parecido en los yermos campos de Níger, Etiopía o Sudán. Es una cuestión de compartir semillas, tractores y tecnología, no de privatizar el conocimiento. Eso siempre y cuando lo que nos mueva sea el bien común y, por tanto, convertir en autónomos a países a los que ahora obligamos a depender de nuestra ayuda económica a cambio de  todo tipo de negocios: uranio para centrales nucleares, metales raros para teléfonos, apropiación de tierras para agrocombustibles, petróleo, etc.

27. Nerón... y otros pirómanos. Para terminar, una historia que Caparrós pone en boca de Palagummi Sainath, y que expresa bastante bien el punto de vista global de El Hambre:
Cuando empecé a estudiar historia, tuve que leer a Tácito y sus anales. Tácito escribió sobre Nerón y el incendio de Roma. Tácito era un historiador muy desapasionado: detestaba a Nerón, pero no lo culpó del incendio; dice que Nerón no lo empezó. Sí dice que estaba muy preocupado y que tenía que distraer a las masas, y que para eso organizó la fiesta más grande de la Antigüedad. En la bella prosa de Tácito, el emperador ofrece sus jardines para la recepción. Todo el que fuera alguien estaba ahí: los senadores, los nobles, los periodistas de chismes, toda la gran sociedad estaba ahí.

Pero Tácito cuenta que Nerón tenía un problema: cómo iluminar todo ese espacio, ese inmenso jardín. Se le ocurrió una idea: trajo cantidad de criminales y los hizo quemar para iluminar la fiesta. En la bella prosa de Tácito, «fueron condenados a las llamas para proveer iluminación nocturna». Para mí, la cuestión nunca fue Nerón; siempre fueron los invitados de Nerón. ¿Quiénes eran los invitados de Nerón? ¿Qué tipo de mentalidad  había que tener para meterse otro higo en la boca mientras seres humanos se quemaban para iluminarte? ¿Qué mentalidad para dejar caer aquellas uvas en tu lengua mientras las llamas consumían a alguien para darte luz? Era la gente sensible de Roma: los poetas, los cantantes, los músicos, los artistas, los historiadores, la intelligentsia. 

¿Cuántos de ellos protestaron? ¿Cuántos levantaron una mano para decir eso está mal, no debería suceder, no debe seguir? Según nos cuenta Tácito, ninguno. Nadie lo hizo. Por eso siempre me pregunté quiénes eran los invitados de Nerón. Tras cinco años de escribir sobre los suicidios de granjeros, creo que tengo mi respuesta. Y creo que ustedes también saben quiénes eran. Podemos disentir acerca de cómo solucionar este problema. Podemos incluso disentir en nuestro análisis del problema. Pero creo que podemos establecer un punto de partida: podemos ponernos de acuerdo en que no seremos los invitados de Nerón.

7 de febrero de 2016

El Hambre, Martín Caparrós


¿Qué decir de un libro tan monumental y abarcador como El Hambre, (Anagrama, 2015)? ¿Cómo resumir la gran cantidad de proteína y fibra intelectual que contiene? ¿Por dónde empezar, qué dejar fuera, dónde hacer foco? Honestamente: no lo sé.

Y como no lo sé y, además, me conozco, sé que podría pasar dos años estudiándome este ensayo antes de reseñarlo; por tanto, me limitaré a anotar 27 ideas sobre el tema que desarrolla: cuáles son los mecanismos que explican la existencia del Hambre en un sistema capitalista. Por supuesto, muchos de los argumentos de Caparrós quedarán fuera de mi resumen... Pero, bueno, para eso queda la lectura completa y disfrutona de este ensayo de más de 600 páginas.

Eso sí, antes de ir a mi listado de ideas, una aclaración: por aquello de honrar el título del libro y a quienes lo protagonizan —la mujer de la portada, por ejemplo—, escribiré siempre Hambre y Hambrientos. No soy partidario de ese tipo de diacríticos, salvo en excepciones tan honrosas y merecedoras de ello como esta. Amén.


27 IDEAS PARA REPENSAR EL HAMBRE (Y EL CAPITALISMO) | parte 1

01. El problema. Hay unos 1000 millones de personas que padecen Hambre en el mundo. De hecho, alguien muere por esa razón cada 4 segundos, lo que equivale a decir que mueren unos 9 millones de seres humanos cada año. Si bien habitamos el planeta unos 7300 millones de personas, los datos dicen que producimos comida suficiente para alimentar a unos 12 000 millones. Salta a la vista que algo falla, ¿verdad? Pues bien, este ensayo se propone contarnos cuáles son los mecanismos que explican esta situación de lesa humanidad. También postula que el Hambre no se acabará si seguimos comportándonos como si fuéramos hámsters que solo saben distraerse corriendo en la ruedita de la jaula donde el sistema capitalista ha encerrado nuestro pensamiento. O dicho de otro modo: para erradicar el hambre, debemos inventar algún tipo de sistema poscapitalista.

02. La solución del Hambre es política.
Según Caparrós, las hambrunas contemporáneas no son el efecto de la falta de alimentos, sino de carecer del dinero necesario para comprarlos. Por tanto, erradicar el Hambre tiene que ver con el sistema económico que pauta nuestra convivencia. Todos los sistemas han caducado en algún momento, así que es cuestión de años, décadas o de algún siglo que otro que el capitalismo actual desaparezca y deje paso a otro sistema. ¿Y cómo será ese otro sistema? Lo deseable es que seamos capaces de construir uno que resuelva, como mínimo, la gran injusticia del actual: distribuye mal lo mucho que produce y condena al Hambre —la forma más extrema de la pobreza— a unas 1000 millones de personas. Debemos aspirar y pelear por construir un sistema gobernado, en vez de por la idea publicitaria del consumo individualista y desaforado, por la idea más comunitaria de que todos los seres humanos tenemos derecho a comer. Va de nuevo: con el sistema actual, el Hambre no se va a acabar (y, según Caparrós, tampoco alcanza con introducirle «ligeros retoques tecnoecologicos»).

03. Los Hambrientos carecen de plato favorito. El Hambre es la forma más extrema de la pobreza, y por ello quizá nos cueste entender con precisión qué significa eso a quienes de vez en cuando nos decimos cosas como esta: «Hoy, te voy a cocinar tu plato favorito». Quienes pasan Hambre son personas cuya dieta se compone de un solo alimento: mijo, arroz, sorgo, polenta... Y solo desayunan, comen y cenan eso —si es que tienen suerte— día tras día, mes tras mes, año tras año, toda una vida. Y su existencia gira, a tiempo completo, alrededor de comer esa bola de mijo, arroz, sorgo o polenta. Es más: sus ínfimos recursos económicos los dedican precisamente a (mal)comer la dichosa bola de ese único alimento al que tienen acceso. Por eso, cuando Caparrós les pregunta por su plato favorito, no entienden a qué se refiere, no saben qué contestar, desconocen esa manera tan genuina y común que otros seres humanos tenemos de mostrarnos afecto entre nosotros.

04. Ideología... es tener ideas. En pleno desprestigio de las ideologías —algunos de nuestros políticos incluso reniegan de ellas en la televisión en horario de máxima audiencia—, Caparrós reclama la ideología como vía para transformar la realidad. ¿Por qué? Porque «para conseguir cambios hay que quererlos, [hay que] tener ideas». También porque, entre otras cosas, «la única razón por la cual hay hambre en un mundo que produce suficiente comida es otra ideología». ¿Cuál? «Esa que no es una, que se presenta como la naturaleza misma: la que sostiene que lo mío es mío —y lo tuyo, ya veremos». A fuerza de renegar de la ideología y despolitizarnos, dice, una posible Nueva Revolución Francesa enarbolará como lema «seguridad, sexualidad, longevidad». Grandes y vibrantes divisas, como se ve.

05. Sin tiempo libre ni privacidad. Formar parte de los Hambrientos, implica la desaparición de lo que algunos humanos valoramos por encima de todo: el ocio y la privacidad. El Hambre es la forma más extrema de la precariedad laboral: trabajas y trabajas —y sigues trabajando— solo con un único fin: alimentarte para no morir de inanición. Y cualquiera sabe qué sucede cuando te hurtan el tiempo libre y solo puedes pensar en sobrevivir: no tienes ni tiempo ni fuerzas para rebelarte. Además, si el Hambriento llega a tener algo de tiempo, lo normal es que lo disfrute en un sitio bastante poco parecido a lo que otros llamamos hogar, despacho, mi cuarto, etc., y que ese paupérrimo espacio vital tenga que compartirlo con más gente. ¿Va en serio, de verdad, eso de que esta es la única alternativa? ¿Quién puede rebelarse y reclamar sus derechos en estas condiciones?

06. La ficción de lo global. El concepto de mundo globalizado es una sofisticada ficción creada de modo interesado por quienes tienen más riqueza en este planeta. ¿O es que la globalización ha convertido a África en un continente donde sus habitantes quieren vivir en vez de emigrar? Lo global es una ficción que, entre otras cosas, se basa en la lectura sesgada de unos datos que rara vez son fiables... Eso por un lado. Por otro, ese relato ilusorio de lo global persigue instalar dos argumentos taimados en nuestro imaginario: 1) todos lo problemas son culpa de los extranjeros (y casi nunca de nuestros ricos nacionales); 2) la culpa del hambre en Ghana, por supuesto, es solo del Gobierno ghanés.

07. Los derechos humanos y las moscas. Cuando se pasa Hambre, el cerebro se deteriora, las facultades cognitivas se desploman, la cosmovisión se estrecha hasta entrar por el ojo de una aguja de coser. Según Caparrós, los Hambrientos viven presos de los límites de su pensamiento, entre otras razones, porque entre la malnutrición y los interesados en hambrearlos les han robado la capacidad de imaginar que su situación es injusta y que existe una salida. Talima, una mujer bengalí, describe el Hambre como el zumbido de cien mil moscas en la oreja. ¿Se puede pensar en algo razonable con semejante ruido arrasándote la cabeza?

08. Cuatro datos para entender dónde vivimos. Uno: el 5 % de los más pobres de Alemania tienen más ingresos promedio per capita que el 5 % más rico de Costa de Marfil. Dos: el 90 % del suelo africano carece de registro legal apropiado, entre otras razones porque es un continente en guerra donde circulan unos 70 millones de kalasnhikov. Tres: China debe alimentar al 20 % de la población mundial —la suya, sus 1000 millones de chinos— y, sin embargo, dispone apenas del 8 % del suelo arable del mundo. Y cuatro: la FAO dice necesitar 30 000 millones de dólares para erradicar el Hambre y, sin embargo, nunca consigue los fondos necesarios... ¿Alguien recuerda cuánto costó rescatar a Bankia, a Lehman Brothers y a tantos otros bancos?

09. La religión como inhibidor de la conciencia política.
Muchos de los Hambrientos están convencidos de que tienen el estómago vacío porque el mundo es así. Porque esto es lo que hay. Porque a alguien le toca perder para que otros ganen. Porque Dios, Alá, Krishna o cualquiera que sea el dios al que adoran —salvo al del conocimiento— así lo ha dictaminado. Viven en una suerte de fatalismo determinista donde el hambre alimenta la creencia, y la creencia alimenta el hambre. Ya lo dice Caparrós en casi cada entrevista que concede: «Me he encontrado pocos hambrientos ateos por el mundo».

10. El eufemismo como retórica posmoderna. Hace tiempo que al capitalismo, por razones obvias, se lo llama libre mercado —suena bien lo de libre, ¿verdad?—; por razones igual de obvias, los burócratas del mundo han renombrado el Hambre como inseguridad alimentaria y la miseria, como pobreza extrema. El nombre de las cosas importa, claro; por eso están quienes compran y venden biocombustibles en vez de agrocombustibles, pues convengamos que transformar 170 kg de maíz para producir 1 tanque de etanol-85, en vez de usarlo para dar de comer a un chico zambiano, mexicano o bengalí, tiene poco de bio. De hecho, y por seguir con los eufemismos contemporáneos, las fuerzas colonialistas prefieren autodenominarse socios comerciales preferentes... Con razón, la oenegé Vía Campesina tuvo que acuñar la expresión soberanía alimentaria. Al Enemigo, hay que combatirlo también ahí, en el terreno semántico.

11. La superstición también mata lo suyo. Por desgracia, los Hambrientos del mundo confían más en un médico ayurveda, en el marabú de su tribu, el kabiraj de turno o en cualquier otro curandero avalado por su tradición que en los profesionales de Médicos Sin Fronteras. Ese es también un límite mental que supone que muera mucha gente que, de otro modo, podría salvarse. El Hambre también tiene que ver con la educación, con la capacidad de disponer de herramientas intelectuales para tomar decisiones que te conduzcan a vivir mejor. Quiero decir: lamentablemente, los Hambrientos también ponen de su parte para que les pase lo que les pasa. La religión, la superstición, el machismo o el patriarcado son cuatro de sus aportaciones más notables.

12. La ficción numérica.
¿Con qué números hay que pensar un país como la India, paradigma de las llamadas economías emergentes? ¿Con aquellos que dicen que son «la democracia más grande del mundo» debido a que tiene una población de 1200 millones de personas, que muestran un PIB creciente, que exporta toneladas de comida, que es el segundo país con más billonarios —53—, etcétera? ¿O con aquellos que muestran que la India tiene más de 250 millones de Hambrientos y que 836 millones de personas viven con menos de 20 rupias al día? ¿Pensamos el mundo con los datos de organismos como el FMI y revistas como The Economist o lo pensamos a través de los que aportan Oxfam, Médicos Sin Fronteras y demás gente comprometida con erradicar el problema?

13. La malnutrición, una enfermedad con diferentes apariencias. Algo diabólico de la malnutrición es que se manifiesta de manera distinta en Níger que en la Argentina, en Bangladés que en Estados Unidos. En los países pobres, los malnutridos son gente más o menos famélica y, en el caso de los niños, calificarlos de malnutridos depende de algo tan surrealista para una madre africana o sudasiática como el contorno del brazo de su hijo. En los países ricos y no tan pobres como los más pobres del mundo, la malnutrición toma la forma opuesta: la obesidad. ¿Por qué? Porque su alimentación es una mierda: precocinados, grasas trans, azúcares en cantidades industriales, carbohidratos refinados a tutiplén y, por extensión, todo aquello que sea barato y saciante.

14. Más (y más) datos. El libro de Caparrós está lleno de datos. Hay tantos que, al final, no sé cuál es el más crudo... En fin, yo lanzo unos cuantos más, por si alguno le conmueve alguna fibra a alguien: en Bangladés, tres de cada cien niños recién nacidos mueren de Hambre y, de los que sobreviven, el 46 % morirá de lo mismo cuando sea un adolescente o un joven. ¿Es tan alocado y demagógico autoexigirnos, como europeos, occidentales y blablablá, que no tiremos a la basura entre el 30 y el 50 % de la comida que compramos? Ya sé que eso no soluciona lo del Hambre; pero, al menos, nos pone en una senda hacia la cordura, ¿no? ¿O es que es razonable desperdiciar una media de 100 kilos de comida por año y habitante, y que los africanos y asiáticos solo malgasten unos 10 kilos?
 
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[ Continuará la semana que viene. Entre tanto, y por si alguien quiere leer algo más sobre Martín Caparrós en este blog, enlazo las entradas que le dediqué a dos libros suyos: El Interior y Una luna. Asimismo, a modo de complemento vitamínico, recomiendo leer esta entrevista donde está muy bien explicado, entre otras cosas, el punto de partida del libro. ]

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Actualización: a la segunda parte de la entrada, se accede por aquí.

25 de octubre de 2015

Bonsái, Alejandro Zambra


A veces, leo libros y encuentro parecidos razonables, guiños literarios, influencias mejor o peor tamizadas. Hace poco leí Bonsái (Anagrama, 2006), del chileno Alejandro Zambra, una diminuta novela de 94 páginas cuyo inicio me recordó el principio de Risa en la oscuridad, de Vladimir Nabokov, publicada en ruso en 1932 mientras vivía en Berlín y luego reescrita en inglés por el propio autor en 1938. 

Copio primero el inicio de Zambra; luego, el de Nabokov. Yo diría que la afinidad es tan palpable que no merece la pena comentarla, sino más bien disfrutarla. De hecho, este es el primero libro que leo de Zambra, así que no tengo una idea formada sobre su obra; pero, vamos, Bonsái trasluce una férrea voluntad de estilo, de que la escritura —algo metaliteraria para mi gusto, todo hay que decirlo— dance y revolotee como si de una mariposa rusa se tratase. Tendré que leer más novelas de Zambra, digo, para saber si mi intuición acierta o yerra. De momento, esta, su primera novela, me ha hecho pasar un rato agradable.

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[ Alejandro Zambra ]

Al final ella muere y él se queda solo, aunque en realidad se había quedado solo varios años antes de la muerte de ella, de Emilia. Pongamos que ella se llama o se llamaba Emilia y que él se llama o se llamaba y se sigue llamando Julio. Julio y Emilia. Al final Emilia muere y Julio no muere. El resto es literatura:

La primera noche que durmieron juntos fue por accidente. Había examen de Sintaxis Española II, una materia que ninguno de los dos dominaba, pero como eran jóvenes y en teoría estaban dispuestos a todo, estaban dispuestos incluso a estudiar Sintaxis Española II en casa de las mellizas Vergara. El grupo de estudio resultó bastante más numeroso de lo previsto: alguien puso música, pues dijo que acostumbraba a estudiar con música, otro trajo vodka, argumentando que le era difícil concentrarse sin vodka, y un tercero fue a comprar naranjas, porque le parecía insufrible el vodka sin jugo de naranjas. A las tres de la mañana estaban perfectamente borrachos, de manera que decidieron irse a dormir. Aunque Julio hubiera preferido pasar la noche con alguna de las hermanas Vergara, se resignó con rapidez a compartir la pieza de servicio con Emilia.


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[ Vladimir Nabokov (traducción de Javier Calzada) ]

Érase una vez un hombre llamado Albinus, que vivía en Berlín, Alemania. Era rico, respetable, feliz. Un día abandonó a su mujer por una amante joven; amó; no fue amado; y su vida acabó en un desastre.

Este es el cuento, en suma, y podríamos haberlo dejado aquí si no fuera por el interés y el placer de narrarlo. Pues aunque basta el espacio de una lápida para contener, encuadernada en musgo, la versión abreviada de la vida de un hombre, los detalles siempre se agradecen.

Sucedió, pues, que una noche a Albinus se le ocurrió una idea maravillosa. Cierto que no era completamente suya, pues se la había sugerido la lectura de una frase de Conrad (no el famoso novelista polaco, sino Udo Conrad, el que escribió las Memorias de un hombre desmemoriado y aquello otro sobre el viejo prestidigitador que se hizo desaparecer a sí mismo en su función de despedida). En cualquier caso, Albinus la hizo suya por el hecho de disfrutarla, de jugar con ella, de dejar que se desarrollara dentro de él..., que eso es lo que legitima cualquier propiedad en la libre ciudad del espíritu. Como crítico de arte y experto en pintura que era, a menudo se había divertido atribuyendo a tal o cual maestro los paisajes y rostros que encontraba en la vida real: hasta convertir su existencia en una espléndida galería de arte..., llena de deliciosas falsificaciones. Y entonces, una noche que estaba dando descanso a su erudito espíritu y escribiendo un pequeño ensayo sobre el arte del cine (no demasiado brillante, porque no tenía especiales dotes para ello), la idea maravillosa se le ofreció.

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1 de marzo de 2015

Las Inviernas, Cristina Sánchez-Andrade

Cristina Sánchez-Andrade es, sobre todo, una narradora de tono. De hecho, lo más me gusta de esta escritora gallega afincada en Madrid es la afinación tan singular que consigue en las voces que utiliza para narrar sus historias. De las tres novelas suyas que he leído —Las largartijas huelen a hierba (Lengua de Trapo, 1999), Ya no pisa la tierra tu rey (Anagrama, 2004) y Las inviernas (Anagrama, 2014)—, lo que recuerdo de manera más nítida es el fresco y autóctono lirismo con que hace hablar a su lengua literaria. 

Por un lado, la suya es una de esas voces poco factibles en otros idiomas, en otras literaturas. Sánchez-Andrade es tan gallega en su manera de escribir que en Las Inviernas, por ejemplo, emplea cierto manjar gastronómico como una metáfora más: «el remordimiento es un pulpo con tentáculos» o «en el interior del remordimiento habita un pulpo viscoso». Y eso por decir —y no callar— que ese molusco cefalópodo dibranquial incluso desempeña un papel relevante en la trama de esta última novela.

Por otro lado, diría que sus narradores hablan como si estuviesen contándole un cuento infantil a un lector adulto antes de irse a dormir. En particular, si pienso en Las lagartijas huelen a hierba o en Las Inviernas, siento que son como cuentos de Andersen o de los hermanos Grimm pensados para quienes disfrutan como niños de leer y de contar cuentos a sobrinos, hijos, etc. En los libros de Sánchez-Andrade siempre hay un halo de ingenuidad que convierte en posible cualquier idea narrativa y aligera de carga dramática todo percance, por tremendo que este sea. Su prosa tiene ese punto exacto de cocción de quien narra como si no se tomara demasiado en serio nada y a nadie.

Incluso cuando desnuda a sus personajes y los hace fantasear sexualmente, mantiene un registro fronterizo: siempre a caballo entre lo serio y lo naif, entre la elocuencia que anida en los versos de Olga Orozco —que abren Las Inviernas— y el festivo candor con que dos aldeanas gallegas en plena posguerra de los años 50 subliman sus penas tras una máquina Singer o cuidando de su vaca Greta Garbo... Una vaca que a veces bala como una oveja, todo sea dicho. Parte de la singularidad de esta autora, digo, reside también en su capacidad para narrar a partir de los contrastes.

Tierra de Chá, una aldea singular

En Las Inviernas, la acción transcurre en Tierra de Chá, una aldea con gallinas y capones que merodean por donde quieren, lareiras alimentadas con ramas de tojo y curas glotones que van de ronda para cobrar la oblata. Es también una aldea con bruja que echa las cartas y con lugareños que ven pasar los días mientras deshojan el maíz, asan las castañas o calcetan los jerséis. Tierra del Chá es tan pequeño que cuando alguien se muere hay que ir hasta Sanclás, el pueblo vecino, a comprar un ataúd.
  
Sobre ese fondo rural posguerracivilista, Sánchez-Andrade coloca a Saladina y Dolores, las dos hermanas que protagonizan la novela. Ambas tienen una larga y compleja historia personal tras de sí, pero hacen de la parquedad uno de sus rasgos distintivos:
[Las Inviernas] Se sienten cómodas en la lentitud. Cuanto menos hablen, mejor; las palabras enredan, confunden, engañan y no las necesitan para sentir.
Sin embargo, cada tanto ambas hermanas se ayudan de las palabras para decir lo que sienten. Eso sí, tienen una manera bastante peculiar de relacionarse, de hablar entre sí:
[...]

—Tú tampoco tienes dientes...

La otra quedaba en silencio.

—Y tú —decía suspirando un poco—, ¿es que te crees la flor de las cáfilas? Tienes el trasero bastante gordo.
—¿El culo quieres decir?
—Dije el trasero.
—¡Antroido!
—¡No me llames eso que es feo!

Ambas bajaban la cabeza.

—Callar —murmuraba una de ellas.
—Sí, callar —murmuraba la otra—. Ahora creo que debemos callar.
—¡Callar y callaremos! —declamaban a dúo, justo cuando entraban en el carreiro.

Y, sobre ese fondo, alrededor de estas dos hermanas, Sánchez-Andrade coloca un vecindario tan absurdo como granado: un mecánico que se ha reconvertido a dentista autodidacta y que pasa consulta en zapatos de tacón; una viuda que ha contraído segundas nupcias con el maestro del pueblo, pero que prefiere que —incluido su nuevo esposo— la sigan llamando «la viuda de Meis»; una vieja centenaria que recibe la extremaunción casi a diario y que no se decide a morir hasta que las Inviernas rompan un contrato que ella firmó para vender su cerebro... En fin, Tierra del Chá es pequeño, pero muy divertido y pintoresco.


Un contrapunto cinematográfico

El gran elemento de contraste en esta novela es el cine. La vinculación de estas dos hermanas con él viene de su estancia en Inglaterra: Saladina y Dolores formaron parte del contingente de niños acogidos por otros países durante la Guerra Civil. En su caso emigraron porque alguien del pueblo delató al comunista de su abuelo y los falangistas lo mataron. Además de aprender inglés y trabajar a destajo, las dos hermanas aprovecharon su estancia en tierras británicas para ver películas «que todavía tardarían mucho en llegar a España: Rebeca, Ciudadano Kane, Tierra de pasión, Lo que el viento se llevó...».

Aquel descubrimiento, fuera del alcance de la censura franquista, las impactó tanto que a su regreso a Tierra de Chá el cine forma ya parte de su vida más cotidiana:
—Y tendríais que ver —les explicaba Dolores a las atónitas ovejas— cómo arrancaba Scarlett O'Hara las cortinas de los ventanales para hacerse un vestido con ellas.

Y ella misma se contestaba:

—¡Claro, como que no tenía otra cosa!
Y, como suele pasar, el cine también se apropió de sus sueños. De ahí que el momento culminante de la novela sea cuando Saladina decide viajar hasta Tossa de Mar (Gerona) para presentarse a las pruebas como doble de Ava Gardner. Según la radio, la estrella estadounidense está en España para rodar una película y decenas de chicas de todas partes han acudido para buscar su oportunidad. Saladina, pese a la interesada y pertinaz oposición de su hermana Dolores, emprende el viaje hasta Gerona: quizá sus ropas sean de aldeana y no fuera tan guapa como dicen por ahí, pero a ella el cine le había cambiado ya la manera de soñar.

Así, con esa amalgama entre macondiana y valle-inclanesca, transcurren las refrescantes 244 páginas de Las Inviernas, una novela donde los hallazgos narrativos surgen de la confluencia de lo absurdo, la dimensión mágica que encierran ciertas geografías, la sorna gallega y un lirismo propio, capaz de expresar una relación singular de quien escribe con la lengua. He aquí una autora que lleva años armando su propio camino y construyendo un mundo y una literatura que merecen la pena explorar.


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