27 de marzo de 2016

Tacos altos, Federico Jeanmaire

Lin Su Nuam escribe en español desde la fea plaza china de Suzhou para no olvidar ese bello idioma que aprendió durante los 10 años —dos tercios de su vida— que vivió en la Argentina. También lo hace para recordar quién era ella entonces, cuando se pasaba las horas mirando la fea plaza de Glew, partido de Almirante Brown, en eso que suele llamarse el conurbano o Gran Buenos Aires. O dicho de otro modo: en esa Argentina profunda de la que solo nos hablan los diarios cuando ocurren desgracias.

En la plaza de Suzhou, esta joven de 15 años hace compañía a su abuelo, un comerciante que vende ranas y otros bichos comestibles. Hasta hace 3 meses, esa misma adolescente solía hacer algo parecido en la plaza de Glew mientras acompañaba a su padre, propietario del supermercado La Plaza, un tipo tan responsable y trabajador que incluso dormía en la tienda por aquello de cuidar mejor del negocio familiar.

Sin embargo, un buen día de diciembre de 2013, el supermercado fue asaltado por un grupo de unos 50 vándalos, algunos de ellos vecinos y conocidos de Su Nuam. El asalto terminó en incendio, y el incendio con la muerte de su padre, y la muerte de su padre con el regreso de ella y de su madre a China. Y todo, pese a llevar 10 años tratando de abrirse un hueco en el país, de arraigarse, de vivir como una familia más del pueblo.

Su Nuam llevaba tanto tiempo en Glew que iba camino de sentirse y de querer ser más argentina que china. De hecho, había occidentalizado su nombre y lo normal es que la llamaran Sonia, Sonia Lin. Ahora bien, cuando muere o asesinan —depende de qué versión uno lea— a su padre, todo queda congelado y un poco roto en su vida. Incluida su identidad. Incluido ese momento algo mágico y efervescente que deberían haber sido sus 15 años.

De repente, algo se quiebra hasta en su lenguaje y, pese a que habla y escribe bien en español, se siente incapaz de aprender a utilizar con propiedad los tiempos verbales, en particular los de pasado y los de futuro. Tampoco existe para ella el subjuntivo. Ante la duda, Su Nuam siempre escribe en presente, en un presente que la ayuda a plantarse de «una manera menos dañina» frente al pasado y vislumbrar que acaso haya futuro, un futuro que imagina lejano, que ni siquiera sabe conjugar. Ella se aferra a escribir en un presente que, por arte de la incorrección gramatical, le permite corregir la realidad y construir frases donde su padre aún está vivo.

A los 3 meses de su regreso a China, Su Nuam toma la primera decisión relevante de su vida: buscar trabajo. Para ello, echa currículums ponderando su dominio del español, y una empresa la contrata como traductora para una negociación sobre un gaseoducto que debe acometer en Buenos Aires con el ministro de Industria argentino. Esa negociación la obligará a enfrentarse con algo impensable hasta ese momento: regresar, acompañada de su abuelo paterno a Glew, y revivir sobre el terreno lo sucedido con su padre. Tras el viaje, como suele suceder en estos casos, volverá siendo otra persona.

Identidad y tiempos verbales
 
Uno de los temas centrales que plantea Tacos altos (Anagrama, 2016), de Federico Jeanmaire, es el de la identidad. O dicho de otro modo: el eterno dilema de las esencias, de la pureza. Ya en la primera página, Su Nuam se pregunta si está ante el momento «en el que cada hombre o cada mujer descubren quiénes son». Ahí está el detonador que la hace escribir apoyando el papel sobre el revés de una palangana ante el comercio de su abuelo. La inesperada irrupción de la fealdad del mundo, a través de la muerte de su padre y el consiguiente regreso a China, la obligan a abandonar su etapa de adolescente sin grandes preocupaciones. La escritura funcionará como el puente entre ese momento vital y el siguiente.

A lo largo de la novela, Su Nuam tratará de averiguar qué clase de híbrido es ella. O dicho de otro modo: si ella es más china o argentina; si su manera de reaccionar cuando deba tomar grandes decisiones será la conservadora y algo cobarde de su madre o la orgullosa y algo temeraria de su padre; si los abuelos —tan queridos—, los genes —tan desconocidos— o los diez años de cultura argentina que absorbió mueven en alguna dirección la borrosa frontera que divide lo chino y lo argentino en su cabeza. En definitiva, ¿es obligatorio enraizarse —arraigarse— en una sola identidad o se puede adoptar una u otra en función de las circunstancias (de dónde se esté, con quién se esté, etc.)? La pregunta es fácil de formular; la respuesta, algo más resbaladiza de encontrar.
  
Al respecto, hay al menos un par de detalles relevantes en la novela. El primero tiene que ver con los tiempos verbales en español. Si bien Su Nuam respeta las enseñanzas de que la fuera su profesora y sabe que debería esforzarse más por dominarlos, ella está convencida de su inutilidad. Es más: se lo toma como algo muy personal y hace campaña contra ellos:
Resulta evidente que no le permiten a la gente comunicarse más o mejor que la ausencia de esos mismos tiempos verbales. Ni respetarse más. Ni tampoco amarse más o mejor. Y si no sirven para eso, ¿para qué sirven? Imagino que los hombres y las mujeres, en el pasado remoto, inventan la lengua para conversar o para ayudarse entre sí o para decir todo aquello que no pueden decir sin hablar. O para acompañarse, para no estar tan solos. No creo, señora profesora, que los hombres y las mujeres en el pasado remoto del mundo inventen la lengua para matarse los unos a los otros, eso lo pueden hacer desde antes, desde siempre, sin necesidad de conversar.

Entonces.

No me importan los tiempos verbales, señora profesora. No sirven para nada. Matan igual que su ausencia. Exactamente igual.

A la vista de la reflexión de Su Nuam, podemos buscar una caja de resonancia más amplia y llevar su inquina con los tiempos verbales de lo identitario a lo social. Así, podríamos hacernos esa misma pregunta, algo china y algo argentina, como integrantes de la comunidad donde estamos insertados: ¿sirve de algo dominar —cultivar— una lengua si luego todo lo resolvemos a los tiros, con dinero o mediante la violencia, sin necesidad de conversación alguna? Es más, reformulada esa pregunta en clave literaria, podría desembocar en esta otra: ¿queda algún reducto donde puedan sobrevivir los artesanos del lenguaje?


Una madurez amarga

El otro gran tema de esta novela es la maduración. Al respecto, Su Nuam nos deja al menos tres reflexiones de distinto calado. La primera es que ingresar en el mundo adulto significa correr el riesgo de convertirse en alguien que se encierra poco a poco en sus convicciones, en su visión del mundo, hasta quedar aislado del todo y no encontrar el camino de vuelta para relacionarse con los demás. De algún modo, eso es lo que escenifica y sugiere ver a un grupo de vándalos frente a una tienda donde el dueño se atrinchera tras la verja con una pistola para defenderla, convencido de que su plan de defensa es perfecto. He ahí una metáfora perfecta de la incomunicación (una incomunicación muy masculina, por cierto).

La segunda es que madurar implica aceptar que muchas veces nos estamos, como suele decirse, a la altura de las circunstancias, esto es, madurar implica ser autocríticos. O dicho en términos de Su Nuam: depende de nosotros que los sitios o las cosas que nos rodean sean bellas, y sin embargo resulta descorazonador ver cómo nos entregamos con inusitado entusiasmo a la desidia y a la falta de ganas por transformar la fealdad que nos rodea en belleza (ejemplo: lo que está sucediendo con los refugiados en Idomeni). Con algo de aroma a sabiduría oriental, Tacos altos nos recuerda aquello de que toda acción que ejercemos sobre el mundo lo embellece o lo afea, y que por tanto la cuestión es si nos damos cuenta de ello. De si elegimos la desidia o la autocrítica. De si sabemos de qué hablamos cuando hablamos de madurar.

Por último, a través de Su Nuam vemos que los aprendizajes también pueden ser muy oscuros. De hecho, el proceso de transformación de esta joven está signado por algo que le enseña su padre y que ella, al principio, no entiende del todo bien: «... el aprendizaje de la vida se parece mucho al esforzado aprendizaje de las maldades humanas». He ahí una idea ante la que cualquier mente biempensante reaccionará con disgusto: ¿no era la contrario, aprender lo excelso, lo excelente que hay en el ser humano? Es más: ¿no vivimos inmersos en el discurso de la excelencia?

Y, sin embargo, ese es el mensaje que nos trae la dulce y esforzada escritora Su Nuam: si el ser humano demuestra a diario que es la especie más salvaje de todas —ahí están los periódicos para corroborarlo—, acaso solo nos quede ya un camino para sobrevivir dentro de ella: ser la peor versión de nosotros mismos, pues así, por paradójico que suene, es más probable que nos convirtamos en seres superiores y sobrevivamos. Es más: hasta puede que sepamos cómo arreglar por nuestra cuenta aquellas injusticias que ni las instituciones ni la sociedad reparan por nosotros.

Uno imagina a Su Nuam como en la bella foto de la portada de la novela: sensible, buena persona, inteligente. Es decir: como una metáfora de la potencialidad que anida en la juventud, una potencialidad que (casi) siempre pensamos en positivo. Sin embargo, tras cerrar Tacos altos y asistir a la segunda gran decisión adulta que toma Su Nuam —revelarla ahora sería estropearle a alguien la lectura—, uno se va del libro con la sensación de que el mundo es puro desorden, la existencia un caos y que los adultos nos obstinamos en enseñarle lo peor de nosotros mismos a los adolescentes, herederos de lo bueno o malo que estamos sembrando aquí y ahora. Se ve que nos encanta la fealdad. O al menos esa otra forma de la fealdad que es la mera apariencia de belleza. Una desgracia de la que la escritura no nos  salva y de la que, como Su Nuam, conviene aprender a protegerse.

                                                                                   *

P.D.:  Anteriormente, publiqué en el blog esta entrevista con Federico Jeanmaire. Y, por alguna razón difícil de explicar, este libro me hizo pensar en la locura del tipo que agarra su rifle y se va al techo de la casa a pegar tiros en la canción «Mi próximo movimiento», de Él Mató a un Policía Motorizado.

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