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14 de febrero de 2016

El Hambre, Martín Caparrós (y 2)

La 1.ª parte de esta reseña sobre El Hambre (Anagrama, 2015), de Martín Caparrós, la publiqué la semana pasada y se accede por aquí. Anuncié que iban a ser 25 ideas; pero, al final, la cosa ha quedado en 27 (y un bis). Cosas de bloguear, en fin.


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27 IDEAS PARA REPENSAR EL HAMBRE (Y EL CAPITALISMO)  | parte 2


15. El sesgo femenino (parte india). El 60 % de los Hambrientos son mujeres. Para comprender esa cifra, Martín Caparros nos sugiere visitar la India o Bangladés, donde ser mujer y morir en el intento es el pan nuestro de cada día. Quizá el caso más sangrante sea la ciudad india de Vrindavan, donde está radicado el templo de Sri Bajwan Bhajan, un lugar donde las viudas hinduistas van a arrepentirse de que su mal karma haya llevado a la tumba a su esposo (leer para creer, sí). Apartadas de la vida —por jóvenes que sean—, se entregan en oración al dios Krishna, mendigan a diario algo para comer y esperan que un buen día la muerte se acuerde de ellas. Como en otros países, en la India, ser mujer puede convertirse en un castigo y estar penado con el Hambre.

16. El sesgo femenino (parte bengalí). En Bangladés, más de 6 millones de mujeres malviven cosiendo para multinacionales de variada procedencia. Los accidentes laborales, las condiciones insalubres de vivienda, el hacinamiento familiar o la explotación laboral son moneda corriente. Sin embargo, cada tanto, nuestros medios emiten el reporte de los beneficios de Inditex con una suerte de orgullo nacional, como si Amancio Ortega fuera el Rafa Nadal o el Gasol de nuestros negocios, y debiéramos celebrar como un triunfo colectivo sus logros económicos individuales. En serio, ese señor que aumentó su fortuna en unos 20.000 millones en 2012, ¿ni siquiera tiene que ver un poquito con la explotación laboral y el Hambre que pasan las mujeres bengalíes?

17. La reencarnación en su versión capitalista. Hay 1425 millones de personas que gastan menos de 1,25 dólares al día. Bien, atentos al dato: muchas vacas de la Unión Europea reciben un subsidio de unos 2,20 dólares por día... Es decir: las vacas europeas son más ricas —en el sentido económico, se entiende— que «3500 millones de personas, la mitad de la población mundial». Con razón, señala Caparrós, suele decirse que «el sueño del granjero indio es renacer como vaca europea». Y no solo el suyo, seguro que también el de los granjeros de Malí, Chad o Burkina Faso, cuyos Gobiernos publicaron en su día un artículo en el New York Times diciéndonos: vuestros subsidios nos están matando. Eso sí, convengamos que el sueño del granjero indio es bastante modesto; puesto a reencarnarse, mejor le iría si lo hiciera en Carlos Slim, ese señor mexicano cuya fortuna supera el PIB de 128 países. O en Warren Buffet, ese otro multimillonario que hace tiempo declaró que existe una guerra de clases y que la suya, la de los ricos, va ganando por goleada.

18. Hubo tiempos mejores para los pobres. A propósito de su país, Martín Caparrós entrevista a la antropóloga alimentaria Patricia Aguirre, cuya conclusión resulta aterradora: en la Argentina, allá por la década del 60 y del 70, los pobres comían mucho mejor y más sano que ahora. La gran diferencia estriba en que entonces los pobres comían cortes de carne más baratos que los ricos; pero, al contrario de lo que sucede hoy, ingerían ese tipo de proteínas de manera habitual. Actualmente, las familias pobres no pueden comprar apenas carne, verdura o fruta, y priorizan todo aquello que es barato y sacia. En el mejor de los casos se alimentan de pasta, pan o polenta; en el peor, de comida ultraprocesada, llena de grasas trans y azúcares, calorías vacías y colesterol. Por eso, ahora se da una paradoja única en la historia de la Argentina: los ricos son flacos y los pobres, gordos. Y todo eso sucede en un país que en el siglo XX supo ser granero del mundo y que, como Uruguay, alguna vez presumió de tener más vacas que personas. Tomemos nota los demás, digo.

19. La favelización de las metrópolis.
Las dictaduras militares del siglo XX y el neoliberalismo de los 90 reemplazaron, en palabras de Caparrós, la violencia orgánica de la clase obrera por «la amenaza de la violencia inorgánica villera». Quienes tenían el poder optaron por combatir y aniquilar la primera —organizada, laboral y de clase—, y estimular la segunda, caracterizada por ser individual, desmarañada, drogona y pistolera. Así, muchos barrios obreros han devenido en cantegriles, villas miseria, colonias populares, favelas, slums... Es decir: en zonas urbanas donde hacinar a los llamados «excluidos económicos». Además, como bien sabemos, el Estado suele brillar allí por su ausencia, y con frecuencia cede el control a los narcos o delega su responsabilidad en las ONG. A decir de Mike Davis en Planet os Slums, esta clase social —la más pobre de todas, la más Hambrienta— es la que más ha crecido en los últimos años. De hecho, ya representa alrededor del 20 % de la población mundial y, en ciudades como Bombay, supone una mayoría social (el 60 % de la ciudad es villa miseria).

20. Lecciones apresuradas sobre economía moderna y global.
De manera simplificada, la economía mundial funciona más o menos así: hoy «un pollo en Senegal ya no vale lo que vale un pollo en Senegal, sino lo que podría costar en París o Nueva York si conviniera transportarlo». Dicho así, parece un cambio de reglas inocuo. Sin embargo, el problema viene cuando al Gobierno francés o al estadounidense les da por subvencionar el pollo a sus ganaderos (que suelen estar muy cabreados, por cierto, y suelen presionar para que eso suceda). De hecho, puede que terminen subvencionando hasta el transporte (si la paz social así lo requiere). Entonces sucede que los productores de pollos senegaleses, ven que sus pollos no se venden y, a lo mejor, como ha pasado con los granjeros indios, les da por suicidarse porque ven imposible competir contra semejantes gigantes económicos. Caparrós insiste varias veces a lo largo del ensayo en dos pensamientos capitalistas que explican la muerte de las economías de subsistencia: 1) «la comida no se produce, se compra»; 2) «no mata el atraso, sino el desarrollo de otros».

21. Al inframundo se baja desde el planeta Tierra.  Ni siquiera la villa miseria, la favela o el slum son ya el último escalón social. En la India, por ejemplo, existe un nivel de miseria aún mayor: el de los pavement dwellers, personas que casi a diario buscan dónde poner cuatro palos y un plástico para vivir, y que por ello sufren la ira de sus vecinos y vecinas. En la Argentina, el nivel inferior al de la villa miseria está en una barriada estilo bengalí, como sucede con quienes viven cerca de los basurales de José León Suárez. También allí los pobres aplacan su ira pegando a otros pobres mientras pelean por conseguir comida. Cuando hablamos de descohesión social, hablamos, por ejemplo, de esto.

22. A la modernidad lo agrario no le parece cool. En los países ricos, la agricultura es una actividad demodé, poco apreciada... Es más: el sector vive una crisis vocacional entre los jóvenes semejante a la del sacerdocio católico. Por tanto, si casi nadie quiere cultivar el campo y, además, quienes lo cultivan se siente infravalorados por la sociedad y desprotegidos por el Gobierno de turno, ¿adónde vamos? Es más: ¿cómo nos condiciona eso en el entramado económico global y en el tipo de país que estamos construyendo?, ¿cómo afecta eso a las economías más pobres? Eso por un lado. Por otro, la pregunta de siempre: ¿hay algún agricultor o algún consumidor español que considere razonable que las zanahorias incrementen su precio un 400 % entre el campo y la mesa? Y ya que estamos: cuando hayamos terminado de hundir nuestra agricultura, ¿qué será de nosotros, de nuestro país? O mejor dicho: ¿de quién y a cambio de qué dependeremos para alimentarnos?

23. Más economía global: el efecto mariposa en su aspecto más perverso. El gran invento de Goldman Sachs fue convertir la comida en un valor financiero, en un concepto con el que se podía especular. Gracias a esa agudeza tan insolidaria, los movimientos de la bolsa de Chicago gestaron la llamada «burbuja de la comida». Así lo explicó, según cita Caparrós, el analista estadounidense Frederick Kaufman en un artículo publicado en la revista Harpers: The food bubble: How Wall Street starved millions and get away with it. En versión breve,  y siguiendo las palabras de Caparrós en esta entrevista (min. 4), la cosa viene a ser así: cuando un trader de Chicago gana millones de dólares apostando contra la soja o a favor del maíz, al día siguiente millones de  campesinos de Sudán, Malí, Burkina Faso y demás países pobres del mundo no pueden comprar el mijo, el sorgo o el arroz que constituye casi el único alimento que toman a diario. ¿Por qué? Porque el precio ha subido tanto que les resulta inaccesible. Lo que para los trader es funny money —como el del Monopoly—, para otros es la nada divertida sensación de Hambre. Ojo, los inversores de la bolsa de Chicago no se proponen como meta hambrear a los campesinos africanos o asiáticos, tan solo es que aceptan eso como un daño colateral inherente a hacer bien su trabajo.

24. La apropiación de tierras por parte de empresas extranjeras (o land grabbing). El capitalismo, «bajo el estandarte de la globalización, el libre comercio y la ayuda a los pobres, ha patentado una nueva forma de colonialismo: el de las empresas y los multimillonarios que compran a precio irrisorio tierras en países pobres con dirigentes corruptos y que no tienen la más mínima piedad con su pueblo. Caparrós pone como ejemplo, entre otros, a la empresa coreana Daewoo en Madagascar, a un multimillonario indio en Etiopía o a los jeques saudíes en Sudán. Este movimiento comercial tiene algo de curioso y algo de perverso. Lo perverso es que montones de pequeños e ingenuos ahorradores, a través de los fondos de inversión donde ponen su dinero a trabajar, favorecen este tipo compra-venta sin saberlo (o la aceptan como daño colateral inevitable...). Y lo curioso es que los muy capitalistas inversores que se apropian de tierras en países ajenos a los suyos lo hacen porque... ¡no quieren depender del comercio internacional! Es decir: son capitalistas que desconfían del capitalismo. Muy impresionante, que diría Cortázar.

25. El desencanto (político) era esto. Yo diría que, a la vista de lo anterior —y de mucho más que excede los límites de esta reseña—, nuestro estado como especie puede resumirse en esta idea que Caparrós escribe hacia el final del libro, allá por la página 599: 
[...] ya nadie cree que los ciudadanos de Níger llegarán a vivir alguna vez como suecos, todavía muchos desprevenidos creen que algún día los nigerinos comerán todo lo que precisan. 
Y con eso, está dicho casi todo. Sin la utopía de que Níger, Haití, Yemen, Guatemala o Liberia puedan llegar a tener un nivel de vida escandinavo —y un PIB competitivo contra gente como Slim, Ortega o Buffett—, ¿qué nos queda como planeta? ¿De verdad no entendemos por qué tanta gente está dispuesta a migrar en las condiciones más infrahumanas para vivir en Estados Unidos o en Europa? ¿De verdad?

26. Redefinamos el concepto de progreso.  A falta de modelos superadores del capitalismo actual, sostiene Caparrós, la izquierda parece refugiarse en mecanismos de un pasado idealizado. En vez de estar a favor de la ciencia que multiplica la productividad de los campos por 20, la combate y propone una suerte de bucólico retorno a lo campestre: deificar lo orgánico, demonizar lo transgénico, etc. Según Caparrós, «el problema no es el cambio de paradigma productivo», sino «saber quién se beneficia de él». O dicho de otro modo: si lo que queremos es dar de comer a los mil millones de Hambrientos, la pelea no puede estar —o al menos no solo— en el huerto urbano, los grupos de consumo y demás; la pelea debe darse por un objetivo más alto: en quién, por qué y para qué ha permitido a Monsanto, Cargill y otras empresas patentar semillas, esto es, patentar la naturaleza. ¿Es todo privatizable: la sangre, la sanidad, el agua potable, las semillas, la comida...?

26 bis. Es más: la pelea está en romper con una noción de progreso técnico que «no es un intento de mejorar vidas, sino la búsqueda de que algunos acumulen más riqueza». La pelea está en conseguir que el mismo progreso científico que ha convertido en hiperproductivos los campos de Estados de Unidos o de Brasil pueda aplicarse en hacer algo parecido en los yermos campos de Níger, Etiopía o Sudán. Es una cuestión de compartir semillas, tractores y tecnología, no de privatizar el conocimiento. Eso siempre y cuando lo que nos mueva sea el bien común y, por tanto, convertir en autónomos a países a los que ahora obligamos a depender de nuestra ayuda económica a cambio de  todo tipo de negocios: uranio para centrales nucleares, metales raros para teléfonos, apropiación de tierras para agrocombustibles, petróleo, etc.

27. Nerón... y otros pirómanos. Para terminar, una historia que Caparrós pone en boca de Palagummi Sainath, y que expresa bastante bien el punto de vista global de El Hambre:
Cuando empecé a estudiar historia, tuve que leer a Tácito y sus anales. Tácito escribió sobre Nerón y el incendio de Roma. Tácito era un historiador muy desapasionado: detestaba a Nerón, pero no lo culpó del incendio; dice que Nerón no lo empezó. Sí dice que estaba muy preocupado y que tenía que distraer a las masas, y que para eso organizó la fiesta más grande de la Antigüedad. En la bella prosa de Tácito, el emperador ofrece sus jardines para la recepción. Todo el que fuera alguien estaba ahí: los senadores, los nobles, los periodistas de chismes, toda la gran sociedad estaba ahí.

Pero Tácito cuenta que Nerón tenía un problema: cómo iluminar todo ese espacio, ese inmenso jardín. Se le ocurrió una idea: trajo cantidad de criminales y los hizo quemar para iluminar la fiesta. En la bella prosa de Tácito, «fueron condenados a las llamas para proveer iluminación nocturna». Para mí, la cuestión nunca fue Nerón; siempre fueron los invitados de Nerón. ¿Quiénes eran los invitados de Nerón? ¿Qué tipo de mentalidad  había que tener para meterse otro higo en la boca mientras seres humanos se quemaban para iluminarte? ¿Qué mentalidad para dejar caer aquellas uvas en tu lengua mientras las llamas consumían a alguien para darte luz? Era la gente sensible de Roma: los poetas, los cantantes, los músicos, los artistas, los historiadores, la intelligentsia. 

¿Cuántos de ellos protestaron? ¿Cuántos levantaron una mano para decir eso está mal, no debería suceder, no debe seguir? Según nos cuenta Tácito, ninguno. Nadie lo hizo. Por eso siempre me pregunté quiénes eran los invitados de Nerón. Tras cinco años de escribir sobre los suicidios de granjeros, creo que tengo mi respuesta. Y creo que ustedes también saben quiénes eran. Podemos disentir acerca de cómo solucionar este problema. Podemos incluso disentir en nuestro análisis del problema. Pero creo que podemos establecer un punto de partida: podemos ponernos de acuerdo en que no seremos los invitados de Nerón.

7 de febrero de 2016

El Hambre, Martín Caparrós


¿Qué decir de un libro tan monumental y abarcador como El Hambre, (Anagrama, 2015)? ¿Cómo resumir la gran cantidad de proteína y fibra intelectual que contiene? ¿Por dónde empezar, qué dejar fuera, dónde hacer foco? Honestamente: no lo sé.

Y como no lo sé y, además, me conozco, sé que podría pasar dos años estudiándome este ensayo antes de reseñarlo; por tanto, me limitaré a anotar 27 ideas sobre el tema que desarrolla: cuáles son los mecanismos que explican la existencia del Hambre en un sistema capitalista. Por supuesto, muchos de los argumentos de Caparrós quedarán fuera de mi resumen... Pero, bueno, para eso queda la lectura completa y disfrutona de este ensayo de más de 600 páginas.

Eso sí, antes de ir a mi listado de ideas, una aclaración: por aquello de honrar el título del libro y a quienes lo protagonizan —la mujer de la portada, por ejemplo—, escribiré siempre Hambre y Hambrientos. No soy partidario de ese tipo de diacríticos, salvo en excepciones tan honrosas y merecedoras de ello como esta. Amén.


27 IDEAS PARA REPENSAR EL HAMBRE (Y EL CAPITALISMO) | parte 1

01. El problema. Hay unos 1000 millones de personas que padecen Hambre en el mundo. De hecho, alguien muere por esa razón cada 4 segundos, lo que equivale a decir que mueren unos 9 millones de seres humanos cada año. Si bien habitamos el planeta unos 7300 millones de personas, los datos dicen que producimos comida suficiente para alimentar a unos 12 000 millones. Salta a la vista que algo falla, ¿verdad? Pues bien, este ensayo se propone contarnos cuáles son los mecanismos que explican esta situación de lesa humanidad. También postula que el Hambre no se acabará si seguimos comportándonos como si fuéramos hámsters que solo saben distraerse corriendo en la ruedita de la jaula donde el sistema capitalista ha encerrado nuestro pensamiento. O dicho de otro modo: para erradicar el hambre, debemos inventar algún tipo de sistema poscapitalista.

02. La solución del Hambre es política.
Según Caparrós, las hambrunas contemporáneas no son el efecto de la falta de alimentos, sino de carecer del dinero necesario para comprarlos. Por tanto, erradicar el Hambre tiene que ver con el sistema económico que pauta nuestra convivencia. Todos los sistemas han caducado en algún momento, así que es cuestión de años, décadas o de algún siglo que otro que el capitalismo actual desaparezca y deje paso a otro sistema. ¿Y cómo será ese otro sistema? Lo deseable es que seamos capaces de construir uno que resuelva, como mínimo, la gran injusticia del actual: distribuye mal lo mucho que produce y condena al Hambre —la forma más extrema de la pobreza— a unas 1000 millones de personas. Debemos aspirar y pelear por construir un sistema gobernado, en vez de por la idea publicitaria del consumo individualista y desaforado, por la idea más comunitaria de que todos los seres humanos tenemos derecho a comer. Va de nuevo: con el sistema actual, el Hambre no se va a acabar (y, según Caparrós, tampoco alcanza con introducirle «ligeros retoques tecnoecologicos»).

03. Los Hambrientos carecen de plato favorito. El Hambre es la forma más extrema de la pobreza, y por ello quizá nos cueste entender con precisión qué significa eso a quienes de vez en cuando nos decimos cosas como esta: «Hoy, te voy a cocinar tu plato favorito». Quienes pasan Hambre son personas cuya dieta se compone de un solo alimento: mijo, arroz, sorgo, polenta... Y solo desayunan, comen y cenan eso —si es que tienen suerte— día tras día, mes tras mes, año tras año, toda una vida. Y su existencia gira, a tiempo completo, alrededor de comer esa bola de mijo, arroz, sorgo o polenta. Es más: sus ínfimos recursos económicos los dedican precisamente a (mal)comer la dichosa bola de ese único alimento al que tienen acceso. Por eso, cuando Caparrós les pregunta por su plato favorito, no entienden a qué se refiere, no saben qué contestar, desconocen esa manera tan genuina y común que otros seres humanos tenemos de mostrarnos afecto entre nosotros.

04. Ideología... es tener ideas. En pleno desprestigio de las ideologías —algunos de nuestros políticos incluso reniegan de ellas en la televisión en horario de máxima audiencia—, Caparrós reclama la ideología como vía para transformar la realidad. ¿Por qué? Porque «para conseguir cambios hay que quererlos, [hay que] tener ideas». También porque, entre otras cosas, «la única razón por la cual hay hambre en un mundo que produce suficiente comida es otra ideología». ¿Cuál? «Esa que no es una, que se presenta como la naturaleza misma: la que sostiene que lo mío es mío —y lo tuyo, ya veremos». A fuerza de renegar de la ideología y despolitizarnos, dice, una posible Nueva Revolución Francesa enarbolará como lema «seguridad, sexualidad, longevidad». Grandes y vibrantes divisas, como se ve.

05. Sin tiempo libre ni privacidad. Formar parte de los Hambrientos, implica la desaparición de lo que algunos humanos valoramos por encima de todo: el ocio y la privacidad. El Hambre es la forma más extrema de la precariedad laboral: trabajas y trabajas —y sigues trabajando— solo con un único fin: alimentarte para no morir de inanición. Y cualquiera sabe qué sucede cuando te hurtan el tiempo libre y solo puedes pensar en sobrevivir: no tienes ni tiempo ni fuerzas para rebelarte. Además, si el Hambriento llega a tener algo de tiempo, lo normal es que lo disfrute en un sitio bastante poco parecido a lo que otros llamamos hogar, despacho, mi cuarto, etc., y que ese paupérrimo espacio vital tenga que compartirlo con más gente. ¿Va en serio, de verdad, eso de que esta es la única alternativa? ¿Quién puede rebelarse y reclamar sus derechos en estas condiciones?

06. La ficción de lo global. El concepto de mundo globalizado es una sofisticada ficción creada de modo interesado por quienes tienen más riqueza en este planeta. ¿O es que la globalización ha convertido a África en un continente donde sus habitantes quieren vivir en vez de emigrar? Lo global es una ficción que, entre otras cosas, se basa en la lectura sesgada de unos datos que rara vez son fiables... Eso por un lado. Por otro, ese relato ilusorio de lo global persigue instalar dos argumentos taimados en nuestro imaginario: 1) todos lo problemas son culpa de los extranjeros (y casi nunca de nuestros ricos nacionales); 2) la culpa del hambre en Ghana, por supuesto, es solo del Gobierno ghanés.

07. Los derechos humanos y las moscas. Cuando se pasa Hambre, el cerebro se deteriora, las facultades cognitivas se desploman, la cosmovisión se estrecha hasta entrar por el ojo de una aguja de coser. Según Caparrós, los Hambrientos viven presos de los límites de su pensamiento, entre otras razones, porque entre la malnutrición y los interesados en hambrearlos les han robado la capacidad de imaginar que su situación es injusta y que existe una salida. Talima, una mujer bengalí, describe el Hambre como el zumbido de cien mil moscas en la oreja. ¿Se puede pensar en algo razonable con semejante ruido arrasándote la cabeza?

08. Cuatro datos para entender dónde vivimos. Uno: el 5 % de los más pobres de Alemania tienen más ingresos promedio per capita que el 5 % más rico de Costa de Marfil. Dos: el 90 % del suelo africano carece de registro legal apropiado, entre otras razones porque es un continente en guerra donde circulan unos 70 millones de kalasnhikov. Tres: China debe alimentar al 20 % de la población mundial —la suya, sus 1000 millones de chinos— y, sin embargo, dispone apenas del 8 % del suelo arable del mundo. Y cuatro: la FAO dice necesitar 30 000 millones de dólares para erradicar el Hambre y, sin embargo, nunca consigue los fondos necesarios... ¿Alguien recuerda cuánto costó rescatar a Bankia, a Lehman Brothers y a tantos otros bancos?

09. La religión como inhibidor de la conciencia política.
Muchos de los Hambrientos están convencidos de que tienen el estómago vacío porque el mundo es así. Porque esto es lo que hay. Porque a alguien le toca perder para que otros ganen. Porque Dios, Alá, Krishna o cualquiera que sea el dios al que adoran —salvo al del conocimiento— así lo ha dictaminado. Viven en una suerte de fatalismo determinista donde el hambre alimenta la creencia, y la creencia alimenta el hambre. Ya lo dice Caparrós en casi cada entrevista que concede: «Me he encontrado pocos hambrientos ateos por el mundo».

10. El eufemismo como retórica posmoderna. Hace tiempo que al capitalismo, por razones obvias, se lo llama libre mercado —suena bien lo de libre, ¿verdad?—; por razones igual de obvias, los burócratas del mundo han renombrado el Hambre como inseguridad alimentaria y la miseria, como pobreza extrema. El nombre de las cosas importa, claro; por eso están quienes compran y venden biocombustibles en vez de agrocombustibles, pues convengamos que transformar 170 kg de maíz para producir 1 tanque de etanol-85, en vez de usarlo para dar de comer a un chico zambiano, mexicano o bengalí, tiene poco de bio. De hecho, y por seguir con los eufemismos contemporáneos, las fuerzas colonialistas prefieren autodenominarse socios comerciales preferentes... Con razón, la oenegé Vía Campesina tuvo que acuñar la expresión soberanía alimentaria. Al Enemigo, hay que combatirlo también ahí, en el terreno semántico.

11. La superstición también mata lo suyo. Por desgracia, los Hambrientos del mundo confían más en un médico ayurveda, en el marabú de su tribu, el kabiraj de turno o en cualquier otro curandero avalado por su tradición que en los profesionales de Médicos Sin Fronteras. Ese es también un límite mental que supone que muera mucha gente que, de otro modo, podría salvarse. El Hambre también tiene que ver con la educación, con la capacidad de disponer de herramientas intelectuales para tomar decisiones que te conduzcan a vivir mejor. Quiero decir: lamentablemente, los Hambrientos también ponen de su parte para que les pase lo que les pasa. La religión, la superstición, el machismo o el patriarcado son cuatro de sus aportaciones más notables.

12. La ficción numérica.
¿Con qué números hay que pensar un país como la India, paradigma de las llamadas economías emergentes? ¿Con aquellos que dicen que son «la democracia más grande del mundo» debido a que tiene una población de 1200 millones de personas, que muestran un PIB creciente, que exporta toneladas de comida, que es el segundo país con más billonarios —53—, etcétera? ¿O con aquellos que muestran que la India tiene más de 250 millones de Hambrientos y que 836 millones de personas viven con menos de 20 rupias al día? ¿Pensamos el mundo con los datos de organismos como el FMI y revistas como The Economist o lo pensamos a través de los que aportan Oxfam, Médicos Sin Fronteras y demás gente comprometida con erradicar el problema?

13. La malnutrición, una enfermedad con diferentes apariencias. Algo diabólico de la malnutrición es que se manifiesta de manera distinta en Níger que en la Argentina, en Bangladés que en Estados Unidos. En los países pobres, los malnutridos son gente más o menos famélica y, en el caso de los niños, calificarlos de malnutridos depende de algo tan surrealista para una madre africana o sudasiática como el contorno del brazo de su hijo. En los países ricos y no tan pobres como los más pobres del mundo, la malnutrición toma la forma opuesta: la obesidad. ¿Por qué? Porque su alimentación es una mierda: precocinados, grasas trans, azúcares en cantidades industriales, carbohidratos refinados a tutiplén y, por extensión, todo aquello que sea barato y saciante.

14. Más (y más) datos. El libro de Caparrós está lleno de datos. Hay tantos que, al final, no sé cuál es el más crudo... En fin, yo lanzo unos cuantos más, por si alguno le conmueve alguna fibra a alguien: en Bangladés, tres de cada cien niños recién nacidos mueren de Hambre y, de los que sobreviven, el 46 % morirá de lo mismo cuando sea un adolescente o un joven. ¿Es tan alocado y demagógico autoexigirnos, como europeos, occidentales y blablablá, que no tiremos a la basura entre el 30 y el 50 % de la comida que compramos? Ya sé que eso no soluciona lo del Hambre; pero, al menos, nos pone en una senda hacia la cordura, ¿no? ¿O es que es razonable desperdiciar una media de 100 kilos de comida por año y habitante, y que los africanos y asiáticos solo malgasten unos 10 kilos?
 
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[ Continuará la semana que viene. Entre tanto, y por si alguien quiere leer algo más sobre Martín Caparrós en este blog, enlazo las entradas que le dediqué a dos libros suyos: El Interior y Una luna. Asimismo, a modo de complemento vitamínico, recomiendo leer esta entrevista donde está muy bien explicado, entre otras cosas, el punto de partida del libro. ]

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Actualización: a la segunda parte de la entrada, se accede por aquí.

8 de marzo de 2015

El Interior, Martín Caparrós


El Interior (Malpaso, 2014) es un libro monumental, por decirlo de manera breve y rotunda. Es monumental debido a su anómala extensión para un trabajo periodístico y al enorme esfuerzo realizado para ponerlo en marcha: más de 680 páginas de crónica de viaje tras haber recorrido 30.000 km en coche durante 5 meses por Entre Ríos, Misiones, Corrientes, Tucumán, Salta, Jujuy, La Rioja, Catamarca, Córdoba y Santa Fe, es decir, por esa Argentina que recibe el nombre de «el Interior».

Una Argentina, todo sea dicho, semidesconocida para la mayoría de los lectores españoles y que, sin embargo, tiene resonancias míticas para cualquier argentino por tres razones: 1) esas provincias crearon el país que hoy conocemos; 2) buena parte de las gentes del Interior están convencidas de que esa es la verdadera Argentina; 3) según la leyenda urbana porteña, a diferencia de Buenos Aires, en el Interior se puede dejar la puerta de la casa abierta y las llaves del coche, puestas... Por tanto, salir a descubrir esa parte del país es adentrarse en un territorio geográfico y un ámbito social ineludibles a la hora de configurar y de entender la identidad argentina.

El Interior es también un libro monumental porque Martín Caparrós escribe para agotar los temas que aborda, para no dejarse nada en el tintero. Nada de lo divino o de lo humano le es ajeno. De hecho, le sale fácil lo de perpetrar libros voluminosos (v.g. La voluntad, La historia o El hambre). Él es uno de esos escritores de verba incontenible y polifacética que convierte todo, hasta lo más anecdótico, en materia sobre la que opinar, polemizar, teorizar, narrar, cantar, echarse unos versos... Además, fiel a un encomiable ánimo peleón y un puntito altivo —impertinente, hinchapelotas—, siempre está dispuesto a pisar todos los charcos —políticos, sociológicos, históricos, literarios... y hasta futbolísticos— con tal de explicar a través de sus crónicas en qué clase de mundo vivimos. Lo suyo es ejercer a tiempo completo la función del intelectual que piensa y debate en la plaza pública.

A tenor de lo leído en Contra el cambio (Anagrama, 2010), Una luna (Anagrama, 2009) o El Interior, hay al menos tres temas que ponen incandescente su cabeza pelada. Uno es la idea de esencia o de pureza, noción que considera estúpida por cuanto el progreso siempre ha estado alimentado de la mezcla, de lo impuro, de lo bastardo. La segunda es el conservadurismo que se esconde tras muchos discursos que nos hablan del cambio, en particular el de cierta izquierda posmoderna con más envoltorio que sustancia. Y por último, esa suerte de esplín indigenista con que algunos exhortan a los wichis, coyas, etc., para que se aislen del maligno progreso y se mantengan fieles a su papel de buenos salvajes, como si la única misión en la vida de esas bárbaras gentes fuera construir una estampa romántica con que deleitar a los civilizados. El dogma de partido o la corrección política, como se ve, no van con Martín Caparrós, y eso hace de lo más agradable compartir viaje con él.


El norte argentino da mucho juego

Los libros monumentales están bien para leerlos, pero no tanto para reseñarlos. En mi opinión, El Interior puede explicarse al menos a partir de 5 ejes temáticos:

  • La Argentina social. Buena parte del libro alumbra temas, en general, desconocidos para el lector español. Así, Caparrós nos habla del trabajo infantil en las cosechas del algodón en Santiago del Estero, de la venta de niños en el Chaco o en Resistencia —ciudad que en algún momento obtuvo el título de «capital del hambre»— o de la mortalidad infantil en Tucumán. También nos descubre que hay chicos suicidas en Salta debido al consumo de paco o que el analfabetismo, la pobreza extrema y la violencia machista son un problema en la provincia de Jujuy. Asimismo, aporta datos relevantes a la hora de entender algunos de los problemas inherentes al norte argentino: en 2006 aún había miles de personas que carecían de DNI, un requisito indispensable para acceder a los servicios sociales.
  • La Argentina impura. Caparrós se toma a pecho lo de discutir la noción de esencia y, en particular, cualquier intento por atrincherarse en las tradiciones y mantenerse impermeable a toda influencia externa. De ahí que resulte ilustrativa la manera en que muestra lo poroso de la frontera con Brasil, Paraguay o Bolivia. En Misiones, por ejemplo, los niños están tan brasileñizados que conocen al Chavo do Oito —pero no al Chavo del Ocho— y sus maestras prefieren buscar trabajo en Curitiba que en Argentina. Mal que les pese a algunos, la identidad argentina va más allá de los gauchos o de todos aquellos europeos que se bajaron de los barcos. Lo argentino, por suerte, nos da a entender Caparrós, también se nutre de bolitas, paraguas y brazukas (amén de tobas, guaraníes y otros pueblos más).
  • La Argentina histórica. En su viaje, Caparrós rastrea algunos hechos fascinantes relativos a la historia más reciente del país. Por ejemplo, visita ciudades cuya construcción —a ojos de un europeo— son tan nuevas que suenan casi a pan recién hecho y donde aún, en general, moran algunos de los pioneros que las levantaron. Ese es el caso de Moisesville —o Moisés Ville—, fundada por unos judíos a quienes engañó el hermano de José Hernández, uno de los próceres de la patria. Y también ese es el caso de Federación, idea, guion y dirección de obra de la Dictadura (1973). Asimismo, rescata del olvido la masacre de Margarita Belén (1976) o, mientras recorre Corrientes, nos habla de los 1500 soldados correntinos que fueron a Malvinas, de los cuales entre la guerra y el estrés postraumático solo quedaban vivos 453 en el 2006.
  • La Argentina política. Una posible novela sobre la Argentina reciente, según Caparrós, tendría como tema la decadencia; es más: sería la historia de un país que un día fue rico —y que alumbró varios premios Nobel, añado yo—, pero que hace unos años adquirió la noción de ser pobre. Ese diagnóstico lo lleva a reflexionar sobre de qué modo los gobernantes como Duhalde, Menem o Kirchner han legitimado el funcionamiento anómalo de la sociedad. Los «punteros políticos», el asistencialismo clientelar o la perpetuación del caciquismo en regiones donde más del 70% del empleo es público son tres de sus caballos de batalla. De fondo, desde su posición de antiguo militante montonero, una conclusión agridulce: «De esos años de mierda de las revoluciones queda lo dicho, el recuerdo de las ganas de hacer revoluciones».
  • La Argentina panorámica. Por supuesto, en 684 páginas también hay espacio para las cataratas del Iguazú, el paisaje lunar de Jujuy, las montañas mendocinas y otras bondades paisajísticas de reconocido prestigio. No faltan Cachi o Purmamarca, por ejemplo. También, claro, hay hueco para tomarse un vino en una buena bodega y comer decentemente cada tanto. En fin, que además de carreteras polvorientas, incursiones a lugares recónditos o reflexiones sobre cómo los grandes ríos forjan fronteras, el lector de guías turísticas —uno de tantos de los posibles de este libro— encontrará alguna idea con que aderezar un posible viaje.


A vueltas con la identidad

Si hubiera que buscar una clave global para El Interior, esta sería una suerte de lema que Caparrós repite varias veces: el problema no reside en descubrir; el problema está en hacer sentido con lo que se ve. Es decir: la cuestión no es acumular kilómetros, meses de observación o leer como un endemoniado —que también—, sino aprender a correlacionar la información que absorbemos. En conjunto, El Interior es eso: el denonado intento de un cronista de viajes, escritor de ficción, historiador licenciado por la Sorbona y opinólogo total por construir sentido a partir de cuanto siente, ve, oye, comparte y piensa, que decía Ryszard Kapuscinski en su libro Los cinco sentidos del periodista. Y todo para preguntarse por cuestiones complejas, tan difíciles que son casi imposibles de contestar, como la identidad de un país tan heterogéneo como la Argentina.

Tanta insistencia en el asunto identitario puede que suene raro al lector español. Sin embargo, quizá ese sea uno de los rasgos más significativos de nuestros vecinos transatlánticos: dedican horas y más horas a reflexionar sobre en qué consiste ser argentino, a la importancia de serlo o de no serlo, a cómo serlo (o no). Básicamente, el tiempo que nosotros dedicamos a hablar de comida —ejemplo: diferentes formas de cocinar el pulpo, la merluza o el bacalao—, ellos lo emplean en teorizar sobre sentimientos tan incomprensibles, a ojos ibéricos, como «la felicidad de ser argentino». Quizá resida ahí parte de la fascinación mutua entre estas dos orillas del Atlántico: en la incapacidad de unos para conversar sobre la felicidad de ser español y en la incapacidad gastronómica de los otros para entender que la felicidad es algo que se guisa de muchas maneras. El Interior funciona como un espejo donde mirarse y hacerse unas cuantas preguntas al respecto.

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Actualización (10/03/2016). En febrero de 2016 publiqué esta doble reseña —1 y 2— sobre otro libro monumental de Martín Caparrós: El Hambre.

13 de julio de 2011

Una luna, Martín Caparrós


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[...] Así es la vida que tienen, la que tienen, la única que tienen. Yo me paso la vida tratando de hacer la mía interesante, de que valga la pena, de que no se me escurra el agüita tonta entre los dedos, y ellos —ellos son tantos, dos tercios, tres cuartos de las personas que viven en el mundo— se la pasan tratando de comer: de alimentarse hoy y despertarse al día siguiente. Esa es la verdadera división de clases, la más terrible división de clases: los que nos preocupamos por qué vamos a hacer mañana, los que se preocupan por cómo van a comer mañana.

Y eso es lo cruel del África: que te lo muestra demasiado. África es obscena, en el sentido más estricto. O pornográfica, si aceptamos que algunos se calientan con estas cuestiones. Si no hubiera triunfado la estúpida corrección política, americanos y europeos y otros varios podrían organizarse tours a Liberia, a Etiopía, a Zambia, a Mozambique para gozar con esa diferencia, con la constatación palpable y bruta de esa diferencia: corona de sus éxitos. Aunque ya lo hacen, a menudo, vergonzantes, cuando ponen cien dólares o unos euros para los chicos africanos, el hambre en el planeta, el sida en blanco y negro.

Lo cruel, tremendamente cruel del África es que te dice fuerte lo que sabés bajito: que el mundo es una mierda. Y que aceptarlo nos cuesta tan tan poco.

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Una luna, Martín Caparrós.
Editorial Anagrama (Barcelona, 2009)