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31 de julio de 2018

Entrevista a Sara Cordón / CTXT

A finales de junio, entrevisté a la escritura madrileña Sara Cordón. Lo hice a propósito de su novela Para español, pulse 2, cuya lectura me conectó con algunos libros de Antonio Orejudo (1 y 2), Mercedes Cebrián o Fernando San Basilio con los que me había divertido mucho. El resultado de aquella charla salió publicado en CTXT el 27 de julio. Como suelo hacer, copio el inicio y el resto puede leerse en la web de la revista.

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Sara Cordón / Autora de Para español, pulse 2

“Quiero revindicar el hispanismo y la latinidad no solo como lengua, sino como cultura”


Rubén A. Arribas


En algún momento de 2012, Sara Cordón se cansó de la precariedad laboral de su Madrid natal y emigró a Estados Unidos. Lo hizo gracias a una modesta beca que le concedieron en la Universidad de Nueva York para cursar un máster de escritura creativa en español que duraba dos años. Por aquel entonces ella publicaba libros infantiles, estaba especializándose en la obra Italo Svevo y, para ganarse la vida, trabajaba como administrativa en un taller de escritura. A la vista de la crisis económica que asolaba el país, ninguna de esas tres opciones la ayudaban a imaginar un horizonte laboral o vital más propicio.

Además, nacida en 1983, iba a cumplir los treinta y veía casi como un delirio fantasioso poner su sueño en práctica. “Me parecía muy presuntuoso decir: 'Yo quiero ser escritora'. Era algo que aquí, en España, sonaba a '¡hala, qué flipada!'”, explica entre risas al amparo de la hospitalidad mexicana que nos prodiga a finales de junio la madrileña librería Juan Rulfo. Allí, unas horas antes de que ella cruce de nuevo el Atlántico, aprovechamos para hablar de su primera y reciente novela, Para español, pulse 2 (Caballo de Troya, 2018).

También de sus planes más inmediatos: antes de regresar a Nueva York a escribir y seguir trabajando en su doctorado sobre las estrategias de autoexposición, dará un taller de escritura en Valparaíso (Chile) y luego hará escala en la Feria del Libro de Lima para promocionar el último libro que ha publicado su editorial, Chatos Inhumanos. A simple vista, parece claro que el asunto de vivir de la escritura lo lleva mejor encaminado que en 2012 y que su experiencia migratoria ha sido fundamental al respecto.

En Para español, pulse 2, Cordón aprovecha su pasado como alumna en el máster de escritura para reflexionar en clave de autoficción y de parodia sobre varios temas que atraviesan sus seis años de vida neoyorquina. El reto de profesionalizarse como escritora, la novela como producto de mercado, el panhispanismo que caracteriza a la comunidad intelectual latina o la comodidad que acompaña a la subalternidad con suerte son algunos de ellos. De esas cuestiones y de algunas más habla en esta entrevista para CTXT.

En la novela, el jefe de Sara en Madrid habla de que los másteres españoles son algo así como un sacadineros y bolsas de colocación. ¿También lo son los másteres estadounidenses en español?
En general, allí funciona la idea de profesionalizarse. Un máster no te garantiza que vayas a ser un creador maravilloso o que vayas a tener unas ideas superinteresantes. Tampoco te enseña a escribir. El objetivo es ver los materiales con que te interesa trabajar y observar cómo los reciben otras personas. De hecho, el trabajo que hicimos en el máster fue, sobre todo, de crítica. Eso sí, el feedback que recibes es tan bestial que, en mi caso, cuando terminé, estuve un tiempo sin escribir.

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                                      »» La entrevista sigue en la web de CTXT »»

30 de abril de 2016

El comensal, Gabriela Ybarra

A pesar de que solo consta de dos partes, hay al menos tres planos narrativos en El comensal (Caballo de Troya, 2015), de Gabriela Ybarra. El primero es «la reconstrucción libre» de una parte muy concreta de la historia de la familia Ybarra: el secuestro y asesinato en 1977 del abuelo de la autora, Javier Ybarra, presidente de la Diputación de Vizcaya (1947-1950), alcalde de Bilbao (1963-1969), empresario, «referente intelectual de Neguri» y «símbolo del poder españolista». Por tanto, es el punto de vista de un familiar de una víctima del terrorismo, si bien esa mirada está tamizada por un hecho concreto: la autora nació 6 años después de que su abuelo hubiera sido asesinado.

El segundo plano narrativo también aborda la muerte de un familiar, pero en este caso por enfermedad. La madre de la autora falleció en 2012 debido a un repentino cáncer de colon que terminó con ella en apenas 6 meses, y Gabriela Ybarra (Bilbao, 1983) narra cómo fue el proceso de acompañamiento y la elaboración del duelo posterior. De ahí que esta parte del libro esté orientada, sobre todo, a construir un relato que permita llenar —al menos en parte— ese hueco afectivo y físico enorme que nos dejan como herencia los seres queridos cuando se mueren. También es el momento de constatar lo aprendido: «Antes de la muerte de mi madre yo vivía como si lo normal fuera morirse de viejo».

Estos dos planos narrativos se reparten el protagonismo en el libro. Así, a través del primero, vemos a la autora indagando en Internet para encontrar fotos o vídeos de etarras y saber de sus vidas, qué piensan, por qué actúan como actúan; o sabemos de Kepa, un compañero de colegio a quien encuentra a través de Facebook y al que su familia no le dejaba hablar con ella; o leemos, en una suerte de juego intertextual, una noticia de El País publicada en 1981 sobre las torturas policiales al etarra Javier Arriegui o la opinión de Esteban Beltrán, profesor de Derechos Humanos y director de Amnistía Internacional en 2009.

Quiero decir: en este plano sobre el conflicto vasco —llamémoslo así para entendernos— hay mucho más que la narración de la impotencia familiar ante la violencia terrorista, el paquete bomba que le mandó Txeroki al padre de la autora o el hallazgo de su abuelo, muerto de un tiro, en un bosque del alto de Barazar... O incluso de la manifestación que hubo a favor de que ETA matase a su abuelo. En términos de contenido y de aproximación a ese conflicto, digo, El comensal es todo un acto de valentía y de altura de miras (basta recordar la que se ha liado con la última entrevista de Jordi Evolé a Arnaldo Otegi, lo sucedido con Arantza Quiroga o lo que pasó con el concejal Chema Herzog —véanse 1 y 2—).

En el segundo plano, a través de la muerte de la madre, el libro intenta no morir fagocitado por ETA —algo casi imposible dado lo tenso que sigue resultando hablar de ello— y accedemos a otras muertes de familiares de la narradora. Así, la novela da cuenta del fallecimiento de los abuelos maternos, que también murieron de cáncer; del tío Cosme, que se suicidó; o de la muerte de un gran amigo. También aparece una relación algo distante con el padre y un vínculo cercano con la literatura, en particular con Robert Walser, autor que encontró la muerte un día de Navidad mientras paseaba por un bosque repleto de nieve.


El peso del apellido (o la clase social)

El tercer plano se corresponde, por así decirlo, con todo lo que emana del apellido Ybarra. A decir de la autora en la novela, la suya es una de las típicas familias de la burguesía industrial que dio fama y esplendor al barrio de Neguri. También una de las «diez o doce familias» que tradicionalmente se han repartido «los cargos de poder de Vizcaya». A juzgar por el tono y el modo en que lo cuenta, no introduce esa información para vanagloriarse de ella, sino más bien para asumirla en público. Para que el lector sepa desde dónde habla la voz narradora.

Para entender el rico y arraigado abolengo de esta familia, alcanza con leer esta entrevista con Juan Antonio de Ybarra e Ybarra que publicó El Mundo y que él mismo reproduce en su web. O echar un vistazo al currículum del padre de la autora, Enrique Ybarra. Es decir: hablar de esta familia es hablar de gentes relevantes en el BBVA o el grupo de comunicación Vocento. Conviene tener eso en mente, por ejemplo, para calibrar una frase, en apariencia tan inocente, como esta: «Yo pertenezco a esa familia». Esa pertenencia es... mucha pertenencia, digo.

De hecho, la autora no la oculta, sino que la muestra con normalidad, sin estridencias. De ahí que la vemos a ella y a su familia yendo y viniendo de Nueva York como quien va a Parla en el cercanías, jugando hoy con la madre al golf en Cádiz y mañana entrando con ella en la sala de urgencias de un hospital en Estados Unidos, dudando si comprar o no un piso en Brooklyn, etc. En fin, haciendo esas cosas que van asociadas con pertenecer a la clase alta y un pasar económico bastante alejado del precariado que constituye la normalidad que vivimos la mayoría.

De ahí que, en ese contexto, haya un párrafo que llame mucho la atención:
Hasta que nos mudamos a Madrid, mi padre fantaseaba con desclasarse, con ser hijo de cocinera o de aña y correr por los prados de Kanala. De adolescente, yo también tenía el mismo deseo, creía que lo que ocurría en otros barrios era mucho más interesante que lo que pasaba en el nuestro. Caminaba por la calle General Ricardos de Carabanchel e imaginaba que ahí vivía la gente que leía los mismos libros y escuchaba la misma música que yo. Cuando mi padre imaginaba la vida de campo, anhelaba su libertad y su sencillez.
Aparecen ahí el peso del apellido y el desclasamiento hacia abajo como deseo, como fantasía (ojo: no como realidad económica...). También como sofisticado coqueteo cultural; de repente, bajar peldaños en la escalera social se convierte en conmoverse leyendo a Robert Walser o apreciar las Variaciones del enigma, de Edward Elgar; y no, como el personaje de Manuela de El padre de Blancanieves, de Belén Gopegui, en emular a Simone Weil y trabajar de obrera. Me pregunto qué opinará de un párrafo así esa suerte de metáfora carabanchelera que es Rosendo.
 
En cualquier caso, a la autora le honra esta otra reflexión:
Ahora, después de haber leído durante meses la historia de mi abuelo en las hemerotecas, comprendo que el símbolo de Neguri y de mi apellido aún perduran. Mi intimidad aún es política. La muerte de mi madre también. El lenguaje, los silencios, las casas, la convivencia, los sentimientos... Todo es política. Incluso la literatura. 
Es decir: esta novela admite una lectura política, no solo sentimental.

Un conflicto entre personas

Por todo ello, merece la pena leer El comensal, pese al insidioso marbete de novela de moda que le cayó el año pasado. Es más: diría que merece la pena leer aunque solo sea para discutir con ella, y con sus reseñistas, pues donde unos ven una novela de duelo, con una prosa exacta y un contenido sin cursilerías ni culpa de clase, otros atisban, en cambio —1 y 2—, un libro confesional, desapasionado, con exceso de laconismo o que «elude juicios, balances, tal vez aprendizajes». En cualquier caso, no está nada mal el lío organizado para ser un primera novela de alguien que nació en 1983, ¿no?

Por mi parte, encuentro que El comensal aporta algo relevante al debate: un familiar de una víctima de ETA se posiciona de manera clara y sincera en favor del diálogo. Lo hace en la novela —que incluye citas de las torturas a los terroristas— y lo hace fuera de esta; en ABC, la autora sostiene que no cree que los etarras «sean monstruos» y, en El Mundo, que prefiere «reconocer a los etarras como personas para estar más abierta a comprender sus motivaciones». Y lo hace apoyada en ese apellido que pesa tanto, especialmente en el País Vasco.

No es una novela tan brillante como quiere hacernos creer la faja publicitaria, y tiene sus defectos, por supuesto; pero a mí me parece digna de estar, entre otras, al lado de Escarnio, de Coradino Vega, que habla del asesinato de Francisco Tomás y Valiente; de Los peces de la amargura, la colección de cuentos de Fernando Aramburu; o de Twist, de Harkaitz Cano, que habla sobre el caso de Lasa y Zabala (y a la que le debo lectura, pero de la que tengo buenas referencias). En ese sentido, El comensal añade una tesela más al escaso mosaico artístico que tenemos sobre lo que significó ETA, y eso resulta loable. Un mosaico, recordémoslo, del que casi sale eyectado el cineasta Julio Médem cuando rodó La pelota vasca. La piel contra la piedra.

Por último, copio y pego la respuesta de Gabriela Ybarra a la pregunta «¿Qué le diría al asesino de su abuelo si lo tuviera delante?»:
Ante todo me gustaría que me contara cómo había sido su vida, cómo vivió su infancia y su juventud y qué le llevó a matar. Es muy difícil de entender que, durante tantos años, chavales normales que se divertían por ahí o se disfrazaban en Carnaval estuvieran tomando txikitos, [y que] de ahí se fueran al zulo de un secuestrado y luego fueran capaces de apretar el gatillo contra él.
Me da la sensación de que en esa respuesta hay una clave de lectura válida para El comensal... En el fondo, esta es la narración de alguien que confía en el poder esclarecedor y reparador de los relatos honestos, que elige mostrarse tal cual es, y que está pidiendo a gritos no tanto que reseñemos su libro como que alguien escriba una novela parecida desde el otro lado, desde el punto de vista etarra. Quizá así todos, empezando por ella, comprenderíamos mejor qué pasó.

6 de septiembre de 2015

Canje, Víctor Sombra Macarrón


¿Cómo de capitalistas son las relaciones que mantienen dos países, en teoría, comunistas, como Angola y China? ¿Tiene algún poder de negociación un país africano rico en petróleo y metales valiosos para la industria frente a una superpotencia mundial? ¿Qué papel desempeñan el discurso ecologista, el machista o el de las ONG verdes en los llamados proyectos chinos de «petróleo por infraestructuras»? ¿El funcionario africano nace corrupto... o lo corrompen los empresarios europeos que le enseñan las ventajas de vender la honestidad por un precio apropiado?

He ahí algunas de las preguntas que se plantea Canje (Caballo de Troya, 2014), de Víctor Sombra, una novela con sabor a thriller político. Y ahí radica lo mejor de ella: habla de esa nueva realidad que se está gestando sin que nos demos cuenta, atentos cómo nos estamos —en el mejor de los casos— a nuestras propias tramas de corrupción (Gürtel, Púnica, etc.), al tercer rescate griego o a los atentados en Túnez y Tailandia. Canje nos pone sobre la pista de algunos movimientos geopolíticos de China, aspirante a emperador del mundo.
Además, por encima de toda esa actualidad política, la novela se plantea a través de su personaje Durry una pregunta de calado en términos ideológicos: «Adónde ir. A defender qué». Durry es un tipo bastante peculiar: nacionalidad australiana, unos 50 años, aspecto de chino mestizo, militante comunista casi desde la infancia, ortodoxo en sus convicciones, devorador de libros sobre la historia del comunismo, algo solitario y bastante trotamundos a causa de todo lo anterior. Con todo, quizá el rasgo que mejor lo define es ser un comunista que, a golpe de momento histórico, se ha quedado sin comunismo. O mejor dicho: sin un país donde profesarlo con las garantías debidas.

Eso último merece una explicación. O al menos un intento.

Los padres de Durry fueron asesinados por Suharto en la matanza de 1965. Él sobrevivió y fue adoptado al año siguiente «en el marco de un programa de los sindicatos australianos para acoger a huérfanos indonesios». Hizo vida australiana, adquirió la nacionalidad y fue comunista canguro —o kiwi, como se prefiera— en los 80. Después un buen día, de algún modo, aquello le pareció que de comunismo tenía poco y aceptó una oferta de la RDA para ser agente de inteligencia en la HVA. Mientras está trabajando como espía en China, se cae —derriban— el Muro y su vida comienza a peligrar: a nadie le gusta que le espíen, y mucho menos a los chinos... Desaparecida la RDA, Durry, comunista convencido, mira el globo terráqueo, evalúa sus posibilidades y se hace la gran pregunta: ¿adónde ir, a defender qué?

Su respuesta, en terminos ideológicos, es inquietante: se convierte en una especie de sicario a sueldo de una organización clandestina del Gobierno chino para, como sostiene la contratapa, realizar labores de desrratización y desinfección ideológica... Quizá por eso su editor afima que la novela es «posestalinista, posmaoísta y poscapitalista». Durry no es un bruto que quiere ejercer la violencia y ya está, no; es alguien cultivado que, como el Dragomiloff de Jack London en Asesinatos S.L., sabe muy bien lo que hace.

Canje empezó gustándome por lo que plantea, esto es, por esa combinación de thriller político y novela de ideas. Sin embargo, al menos en el plano formal, pasadas unas 200 páginas, pesa más el enfoque novela-policial-que-compras-en-el-aeropuerto que lo político relativo a la novela ideas y, al menos para este lector, estalla ahí el desencanto. Para entendernos: Durry es un personaje fascinante; sin embargo, sus compañeros de reparto no están a su altura. De hecho, me aburre el largo y algo vacuo folletín amoroso que hay entre un portugués medio mustio que dirige una ONG ecologista en África y una ministra coja angoleña que no puede desenamorarse de él. Es más: me suena a típico recurso de best-seller —o de cine comercial— para enganchar lectores poco exigentes, poco dados al vértigo estético.

(Lo que más odio, con diferencia, de series comerciales como Isabel o El ministerio del tiempo es la ingente cantidad de minutos que dedican al romanceo entre personajes... Y no por el amor —contra el que no tengo nada en contra y el cual practico siempre que puedo—, sino porque suelen ser pasajes llenos de lugares comunes, situaciones previsibles y análisis epidérmico sobre lo que supone construir una relación).
 
El otro problema que tiene la novela, es que trata de abarcar mucho —de contarlo todo— y, como diría Sancho Panza, termina apretando poco. El texto abre tantos planos narrativos en tantos sitios —uno policial en Ginebra, otro de espías en China, otro geopolítico sobre África, el del comunismo...— y al autor le gusta tanto la digresión wikipedística o enredarse en dar explicaciones irrelevantes que, conforme avanzan las páginas, la narración se diluye, pierde peso.

Y es una lástima: Canje tiene un potencial apreciable; a diferencia de otras novelas, esta es la de alguien que tiene algo que contar (y que sabe mucho sobre ello). Un trabajo más a fondo —paciente— con la carpintería textual —ay, ese narrador que nunca sabe callarse a tiempo— hubiera ayudado a Víctor Sombra a conseguir una novela más compacta, con un mejor equilibrio entre los núcleos narrativos que pone en liza. Mucho más potente, en definitiva.

Con todo, quienes gusten de la escritura tipo best-seller pasarán por alto esos detalles de este lector tiquismiquis y disfrutarán de una lectura agradable, centrada en el intríngulis argumental y llena del conocimiento que da —a decir de la solapa— ser consultor en un fondo de inversión libre en Ginebra, haber trabajado para Naciones Unidas o haber vendido maquinaria de precisión en los cinco continentes. En fin, tengo curiosidad por ver cómo será la siguiente novela, la tercera, de este autor; ahí se verá si despega o no.

15 de marzo de 2015

El agua que falta, Noelia Pena



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La leyenda del catálogo de una conocida multinacional de muebles sueca dice: «La revolución empieza en casa». La realidad que usa la palabra revolución para vendernos unos muebles que debemos montar nosotros mismos debe ser desmontada ella misma.

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¿Qué palabras haremos nuestras ahora que todos los significados han sido neutralizados, que no parece haber opción alguna entre la ingenuidad y el anuncio publicitario? A veces siento que para ofrecer resistencia necesitaría palabras que no fuesen comestibles para el poder, que no fuesen fagocitadas al instante.

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No dejo de pensar en cómo interrumpir el funcionamiento automático de la realidad, esa que nos hace vender nuestro tiempo y nuestra energía con la promesa ridícula de obtener a cambio más tiempo o algo así como una vida, las monedas exactas para comprar suficiente comida.

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«Todo me ata, todo me amansa», me digo ahora, pero... ¿qué es lo que en verdad me ata?, ¿qué es lo que me amansa? Esas son las preguntas de las que no me puedo escapar.

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Cada vez que consigo dejar caer una de las imposturas que se interponen entre mí misma y los demás, siento que tengo que aprender de nuevo a hablar. Desatar ese miedo anudado en el fondo de la garganta, protección que nunca ha protegido a nadie, que solo nos ha enseñado a nadar en un estanque de obediencia, la docilidad del buen estudiante: «No molestes, no preguntes, no mires a los ojos, no seas impertinente, siéntate bien».

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El capitalismo ha dejado hace tiempo de vender objetos. En su lugar vende experiencias, modos de vida, eternidad. Al doblar la esquina puede asaltarte un coolhunter, uno de esos «cazadores de tendencias» habilitados para convertir tu combinación de botas, camisa y sombrero en una moda selecta; la página par de una revista; la marquesina desde la cual una chica escuálida clavará sus ojos en ti mientras esperas el bus con impaciencia. Las armas secretas del capitalismo nunca parecen armas. Las estrategias de marketing son armas blancas. La mirada de esa modelo es lanzada desde ultratumba. Pero hemos aprendido a ver tan solo moda, belleza y no muerte.

En realidad nos hemos acostumbrado a que las mercancías sean efímeras, pero no lo hemos acompañado de la enseñanza de que todo tiene un fin o que todo se acaba, más bien lo contrario, todo es renovable, todo es sustituible. «No llores, ya compraremos otro, uno mejor». Apenas permitimos que las cosas que compramos se degraden, no consentimos que algo llegue a tener un roto, una muesca, un rastro nimio del paso del tiempo. Cualquier atisbo de imperfección hace de nuestras posesiones algo absolutamente prescindible. Esa arruga, esa mirada, la chica de la foto de la marquesina.

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Fragmentos extraídos de  El agua que falta, Noelia Pena (Caballo de Troya, 2014).

Más agua, en el blog de la autora.





9 de junio de 2014

Paraísos, Iosi Havilio

Le había perdido un poco la fe a Iosi Havilio tras Estocolmo, su segunda novela... Sin embargo, su buen hacer en el libro anterior, Open Door, me ha llevado en estos días a jugar el partido de desempate con Paraísos, su tercera y última novela (al menos de las publicadas en España). Por suerte, este autor argentino me ha ganado de calle y me ha dejado expectante para recibir la siguiente.

Paraísos (Caballo de Troya, 2013) es una suerte de microcosmos «armoniosamente desarticulado» donde cerca de una veintena de personajes deambulan por la vida sin saber muy bien hacia dónde van ni por qué en cada momento, sin hacerse grandes preguntas de por qué están aquí o para qué, pese a que casi siempre van de mal en peor. Son esa clase de gente que suele habitar en la marginalidad y que transita de manera algo caótica por la existencia, es decir, lejos de esa lógica ordenada y lineal que la sociedad nos propone como paradigma de la felicidad. 

La voz que nos habla de esas personas es la de una mujer algo insulsa, incapaz de cualquier atisbo de efusividad o dramatismo por terrible que sea lo que le sucede. Se le muere el marido en la primera página de la novela, la echan poco después de la casa donde vive con su hijo, emigra a la ciudad sin apenas ahorros, se ve incapaz de atender apropiadamente a su hijo, un buen día una amiga quiere involucrarla en el robo de unas joyas... Su vida es una sucesión de cosas espantosas, en general una más grande que la anterior; y, sin embargo, esta voz nos lo cuenta todo como si nada fuera con ella, como si encontrara cierta paz interior en ese sentimiento de ajenidad.

Esa suerte de extrañamiento es uno de sus hallazgos de la novela, pues termina generando un efecto inquietante, perturbador. De hecho, el gran protagonista de Paraísos es Simón, el hijo de la narradora, un personaje que apenas habla en las más de 300 páginas que componen la amalgama de extravíos de su madre. Como solo tiene 4 o 5 años, a poco que tengas cierta sensibilidad, te acuerdas tú más de él que su madre, quien parece olvidarlo en momentos cruciales: cuando cambia el cuarto de una pensión por un apartamento mugriento en un edificio tomado, cuando roba en el lugar donde trabaja, cuando se pincha un resto de la morfina que le inyecta a una vecina que tiene un cáncer terminal, cuando se pone de porros o alcohol hasta perder el sentido... Ya digo, con algo de humanidad alcanza para pensar cada pocas páginas: «Pobre pibe, qué va a ser de él».

El otro hallazgo literario es, precisamente, la relación entre madre e hijo, alejada por completo de los estereotipos «madre bohemia», «madre coraje» o «madre-todo-ternura». Esta es una madre que, por alguna difusa e inextricable razón, en vez de aislar a su hijo de los peligros y cuidarlo para que crezca sano y fuerte, lo expone sin querer a casi todos. En teoría, ella querría evitárselos; sin embargo, su caos mental —su falta de herramientas emocionales o intelectuales para enfrentarse con el mundo— es más fuerte y, de un modo u otro, contribuye a aumentar el desastre que parece envolverla. De hecho, impacta lo suyo que la persona que más tiempo pasa con Simón sea Herbert, un chico algo mayor que él, hijo de un narcotraficante que vive en la misma casa tomada y que cada tanto llega magullado porque su padre lo faja.

Pero, bueno, así de infernales son las leyes de estos paraísos marginales (literarios o no). Tal vez sea cierta esa frase de La fuerza del destino, la ópera de Verdi, que Havilio desliza justo en mitad del libro: «La vita è inferno all'infelice». Bien leída, esa sentencia resume qué viene a contarnos esta novela. La Tosca, Eloísa, Mercedes, Herbert, Sonia, Canetti, Benito, Iris, Axel y compañía no dejan de ser una panda de infelices cuyo infierno parece estar escrito de antemano. Y Simón y su madre, en particular, nos dan a entender que, de seguir por ese rumbo, ellos y quienes vengan detrás están predestinados a ser habitantes de paraísos similares.

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PD. Aquí se puede leer un fragmento de la novela y aquí una entrevista con el autor.


Actualización del 19/06/14: Hay nueva novela de Iosi Havilio; se llama La serenidad y, de momento, solo está publicada —intuyo— en la Argentina. Por aquí, una entrevista con el autor en Página 12; por acá, el blog de Havilio.


16 de febrero de 2014

De la máquina, Alberto Lema

Lo suyo es flotar en la existencia, como si estuviera esperando por algo o por alguien que le obligase por fin a tocar el suelo, como si no tuviera un propósito o sentido del porvernir: vive a trozos y ahorrando cualquier entrega. Es una buena defensa, al fin. Por una parte, si no hay plan, no hay pérdida ni fracaso; por otra, su tibieza, sus tres pasos ante cualquier cosa, son la distancia perfecta para huir, no para luchar. Algo se rompió dentro de él definitivamente, alguna esperanza, desamor, algo tiene que haber que lo explique.

Y después está su fidelidad al origen. Tiene a mano una vida digna y parece no quererla. ¿Entonces? Sabe que los perderá, si sube, [por]que la altura determina la perspectiva sin remedio y quiere seguir siendo a toda costa uno de los suyos. Pero lo cierto es que él nunca ha sido uno de los suyos, aunque sea imposible hacérselo saber. Quiero decir, no tiene la piel lo suficientemente dura para aguantarlo, para soportar las condiciones de vida de sus padres sin desagarrarse por dentro. No es una cuestión de desclasamiento prematuro, simplemente, su cuerpo no es lo bastante fuerte para esa lucha. Por eso tampoco le sirve lo de llegar a ser clase media de izquierda, divino o
bourgeoise bohême, no cree en la clasificación de la basura en sus respectivos contenedores, en el voto cada cuatro años, en la mala conciencia que colabora con oenegés. Piensa que es delatora: el cadáver en el jardín y todas las metáforas de la culpa en los salvados. Entonces, claro, la vía revolucionaria.

Para él ese es el abrazo, la única relación entre clases posible sin condescencia. Solo así conseguiría que el vínculo no se rompiese nunca, porque ahí estás con ellos, detrás de ellos, del Santo Proletariado. El solitario construye las mejores místicas de la unión. ¿Pero cuánto hay de ilusión? Por supuesto, contestar a esta pregunta sería su perdición:
credo quia absurdum. Evidente. Como en una especie de maldición, de Dorian Gray inverso: la mala existencia garantiza su pulcritud en el relato. La pobreza como precinto de garantía, etc.

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De la máquina, Alberto Lema 
Caballo de Troya, 2012
Traducción del gallego de Oriana Méndez

Entrevista con el autor en Culturamas.

8 de enero de 2014

Fuera de juego, Miguel Ángel Ortiz

En noviembre presenté, junto con Miguel Ángel Ortiz y Constantino Bértolo, Fuera de juego. Autor, editor y el juglar de marras nos trasladamos hasta Medina de Pomar, donde nos acompañaron unos 60 parroquianos del lugar, que llenaron la sala de cultura del Ayuntamiento como si fuera el campo del Alcázar F.C. en día de derbi. Además de la familia y los amigos, por allí andaban algunos integrantes del club de lectura del pueblo, algunos medios de comunicación de la comarca, el entrenador de fútbol que tuvo Miguel... En fin, muy buena, generosa y calurosa compañía en un sábado a temperatura de frigorífico —siempre por debajo de 5.º C— y con aguanieve cayendo del cielo burgalés cada tanto.

 La idea de presentar la novela en Medina surgió por tres razones: Miguel se crió en el pueblo, la novela transcurre allí y en Medina, además, nació el mítico Chus Pereda, quien desempeña un papel narrativo relevante en el libro. Vamos, que lo raro hubiera sido no haber presentado Fuera de juego ante la afición local. Así que ese sábado nos tocó madrugar, rodar kilómetros y kilómetros desde Madrid, atravesar el precioso desfiladero del río Oca y bajarnos del caballo casi en la frontera con el País Vasco, en plena comarca de Las Merindades.

La editorial, Caballo de Troya, acaba de publicar una entrevista que le realicé al autor. Copio aquí unos cuantos párrafos; el resto del material puede leerse en la web de Mondadori. [Actualización: ya no puede leerse en la web de la editorial, que ahora ya no se llama así sinoPenguin Random House; la entrevista completa puede leerse en este enlace.]

Y si alguien quiere leer alguna reseña, enlazo estas tres: una de Cristian Vázquez en su blog Una birome, esta de Manuel Abacá en Por las montañas de Holanda y esta de Ascensión Rivas en El Mundo.

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01 | El fútbol está omnipresente en Fuera de juego. ¿Qué te ha permitido contar este deporte que, de otro modo, no podrías haberlo hecho sin él?

El fútbol ha sido una herramienta muy importante para entender el mundo que me rodea. Me ha servido para aprender sobre el esfuerzo y el trabajo, no solo individual sino también en equipo. En la novela, es uno de los ejes fundamentales ya que en la vida de esos chavales el fútbol es lo más importante: es con lo que sueñan, con lo que aprenden a ganar y, sobre todo, a perder. Es un juego que ayuda a crecer. Un gol puede sacarte de la mediocridad, un partido puede cambiar una semana. La vida de mucha gente no se podría contar sin el fútbol, y la de estos chavales va muy ligada al balón.


02 | Y ahora, la pregunta contraria: usar el fútbol como material narrativo, ¿te ha impuesto alguna limitación?

En esta historia, no. Va de fútbol y, gracias a él, los chavales crecen y aprenden. En general, el fútbol se asocia con los bares, con la diversión de masas o con «el opio del pueblo»; pero, aun siendo acaso todo eso, es una buena metáfora de la existencia, del juego de la vida, y es lógico que aparezca con más frecuencia en los libros también. El fútbol me ha abierto puertas narrativas que antes no veía.


03 | Tu apuesta se sale de lo que muchas personas esperan de la literatura: la acción transcurre en un barrio de un pueblo, los protagonistas están saliendo de la infancia y el eje narrativo discurre, sobre todo, alrededor de los partidos que juegan estos chicos en la calle. ¿Cómo se te ocurrió que ese era un material novelable?

No sé si se sale de lo normal. Todos los personajes pueden y deben tener voz en la literatura. Yo escribo para conocerme más a mí mismo y, por eso, utilizo personajes que han vivido cosas parecidas a las que hemos vivido muchos de mi generación. No les suceden grandes cosas en el día a día. Los personajes no son héroes ni nada parecido. El eje narrativo son los partidos que juegan en la calle, que les hacen crecer y avanzar. Del fútbol aprenden, y esa es la idea que trata de trasmitir la novela: hasta en el juego hay un aprendizaje de la vida. Hay muchos escritores que dicen que para que un texto sea honesto debe poder ir de la mano con su autor y, sin esos personajes o el fútbol, este texto no iría de la mano conmigo.

24 de marzo de 2013

Un montón de gatos, Eider Rodríguez


De un tiempo para acá, le doy vueltas a una idea: jamás he viajado a EE.UU. y nunca he tenido especial interés por su cultura; sin embargo, lo sé casi todo sobre la ascesión, clímax y decadencia de su clase media. Me pones una película o me das un libro estadounidense y te adivino el 65% de lo que pasará. Y eso, sin que yo haya puesto siquiera un pie en Nueva York.

Supongo que en esto consiste la colonización cultural, ¿no? Aun sin quererlo, como en mi caso, sabes más sobre cómo viven los personajes en Boston, California o San Francisco que en Toledo, Benidorm o San Sebastián. Al cerrar este libro de Eider Rodríguez (Rentería, 1979), he pensado en esa cuestión; en que este libro habla de las miserias de gente que me resulta cercana, no de lejanos sueños de clase media estadounidense... Y que eso está bien.

Vamos, que me gusta que los personajes sean tan poco cool que viajen con maletas de propaganda del Banco Guipuzcoano o que se llamen Jon, escuchen Rick Astley, conduzcan un Audi y se despidan de un examor platónico en plan Chiquito de la Calzada: «Hasta luego, Lucas». Puestos a conocer la casposidad o la decadencia de algo, prefiero ahondar en el conocimiento de la mediocridad que me rodea.

Y eso hace Eider Rodríguez: contarnos asuntos muy de estar por casa. Por ejemplo, nos transcribe el monólogo de una madre que fuma mirando por la ventana y que reflexiona sobre su cambio de estatus: de mujer a madre. O, como dice ella: en cómo se ha devaluado como mercancía social ahora que los amigos ya no le proponen proyectos y que su círculo de amistades se reduce a otras madres, a otros hijos o a un marido que trabaja fuera de casa.

Entre calada y calada, la protagonista reflexiona sobre el deseo, uno de los hilos conductores del libro:
El problema no es la belleza. El problema es que yo ya no soy alguien que pueda causar una riña entre cazadores. ¿Quién es el estúpido que desea matar de un tiro a una liebre enjaulada?
Y agrega:
No es un mero asunto de fornicio. El sexo no es el objetivo, al igual que en la compra de una vivienda el objetivo no es ni la robustez de las paredes ni el sistema de cierre de las ventanas. La clave está en la cotización, en cuánto valgo, dónde estoy situada, qué tipo de gente vive en el barrio y quién me quiere comprar. Conforme a eso nos asigna un baremo, en contraste con el deseo del otro. Y todo lo demás es mentira. O al menos, no es verdad.
Juraría que los personajes de Eider Rodríguez parten de una verdad: en la sociedad actual, las personas nos hemos convertido en una mercancía más. La retórica comercial ha calado tan hondo que incluso los afectos son permeables a ella... ¿Cuánto valemos? ¿En cuánto nos valora el mercado, es decir, las personas que nos rodean? ¿Hasta qué punto ofrecemos algo que desean esos clientes nuestros? Y el libro viene a decirnos algo así como que vamos de modernos, de gente nuestro tiempo y todo eso, pero que estamos perdiendo el anclaje en cuestiones esenciales, en especial en las afectivas y emocionales.

O así me parece verlo a mí también en «Sed», un cuento donde la típica parejita joven, progre, posmoderna, muy leída —él periodista, ella traductora—, etc. discute sobre qué tipo de pareja son. Además de pasar por las consabidas cuestiones de celos, la pelea aborda un punto muy interesante: las ficciones —a veces tan refinadas— que nos contamos a nosotros mismos y que, por extensión, les contamos a los demás para construir el personaje con que actuamos en el mundo real:

Apoyado contra la mesa, XY se suelta el cinturón. Queda en calzoncillos.

—Tú no estás preparada para saber toda la verdad... Ni tú, ni yo, ni nadie. La verdad es insoportable. Quieres jugar a tener una relación de pareja complicada..., a decirnos la verdad, y eso está bien...; pero realmente, lo que de verdad tú quieres es tener hijos y un monovolumen brillante, y las mentiras que hagan falta para sacar eso adelante...

—No has entendido nada. Eres un puto imbécil —XX se desviste.

—Lorea... ¡ja!

—Hoy Lorea, sí, ¡ja! Y si tienes huevos, quítate la máscara y muéstrate tal y como eres. Quizá tu verdad sea más soportable que tu mentira.

En conjunto, diría que Un montón de gatos habla de que el dinero salva de muchas cosas, menos de una: las carencias emocionales. Los afectos, la sensación genuina de ser querido por los demás, ni se compra ni se vende: se construye. Y esa construcción, por mucho siglo XXI con que nos llenemos la boca, sigue siendo un proceso artesanal, díficil, esforzado. El dinero, como muestra «En el verano de Omar»,  te permite alcanzar una posición acomodada y convertirte en familia de interés turístico para un niño saharui, y hasta lavar tu ignorancia política o tu sentimiento de culpa de progre preocupado por los problemas del mundo comprándole ropa a su familia en Zara; sin embargo, no te libra de tus limitaciones como dador o receptor de afecto. En todo caso, las potencia.

De ahí que como debaten XX y XY quizá sea momento de narrar más verdades sobre destinos y cosmovisiones mediocres de poca monta, y menos mentiras de elevado humanismo bienqueda literario. Eider Rodríguez, desde luego, está en ello. Y por tanto, su cotización está al alza en este blog.


PD. Hay que agradecerle a la autora que se haya autotraducido desde el euskera, que es su lengua materna y en la que parió este libro de cuentos. Se ve que para ella, a diferencia de lo que predican Wert y sus secuaces, ser bilingüe es una ventaja, no un inconveniente. Y, como vive en Hendaya, hasta será trilingüe... En fin. Aquí está la moza leyendo en euskera y traducida, parece, al holandés.

26 de febrero de 2013

Los combatientes, Cristina Morales


Uno de mis momentos favoritos en este libro está en la pág. 32, cuando Alonso Cano, maestro de la catedral de Granada, conversa con Vladimir Maikovski, poeta futurista ruso:

—Yo también soy maestro, pero nadie me lo reconoce.
—¿Ah, sí, qué catedrales ha diseñado usted?

—Catedrales ninguna, pero le he dado de hostias a un montón de tontos y de poetas malos.
—Eso está muy bien, a los tontos hay que señalarlos.

—Yo los señalo y los dejo señalados.
—Porque si no se acaban creyendo que son buenos, y lo que es peor, la gente se acaba creyendo que son buenos porque la gente no tiene ni idea de nada, y uno, que es bueno de verdad, acaba ninguneado. Yo siempre que tengo la oportunidad les enseño la espada a los pintores malos.

—Espada son palabras mayores, a usted le gusta el peligro.
—Gustarme no sé si me gusta, pero si no lo hace uno, quién lo va a hacer, ¿el rey? O, en su caso, ¿el zar?

Me encanta... Sin embargo, este libro me causa sentimientos contradictorios. Por un lado, me parece que el título —y la estética de la portada— le vienen algo grandes; al fin y al cabo, parte de las críticas que más llaman la atención son de poco vuelo: que si Ana María Moix tradujo mal a Becket, que si la narradora se acuesta o no con Juan Bonilla, que si una amiga le planta un beso en los morros a José María Merino en la presentación de un libro... Que si. Eso mismo: que si.

Vale, la autora es joven (Granada, 1985) y puede que esas travesuras tengan su gracia. Con todo, convegamos que esa rebeldía es de patas cortas. Como lector, ¿qué hago entonces con un cuento como Help a él, donde Fogwill parodia de manera salvaje a Borges y su Aleph? ¿Y con una pieza teatral como Skin, de la jovencísima —y suicida— Sarah Kane, donde una mujer negra se folla a un nazi y luego le arranca los tatuajes?

Por otro lado, el libro contiene capítulos donde sintonizo bastante con el espíritu de combate de la autora. Son sobre todo aquellos donde la política ocupa el centro del escenario. Por resumir, sintetizaría esos momentos en tres.

El primero es el capítulo «Yo no iba a venir». Allí la autora se rebela contra el enfoque progre de la clásica mesa de mujeres para hablar de literatura... hecha por mujeres (una «mesa feminizante feminizada fémina», la llama Cristina Morales). Y mola, claro, que sea una chica sub-30 la que ponga el dedo en la llaga: «Es curioso lo cerca que están el machismo paternalista y el feminismo casposo», dice allí. Además, el relato tiene su puntito: la acción transcurre en Andalucía, el gran feudo electoral del PSOE, gran adalid de la retórica progre que suele envolver el asunto.

El segundo lo etiquetaría, en su conjunto, como una encendida defensa de la juventud como «sujeto creador» y «fuerza motriz decisiva» en los procesos históricos. También como una suerte de milicia que combate contra el orden establecido —ya que esta no le deja muchas más opciones, ni siquiera el derecho a cabrearse o a verlo todo negro— y cuya misión debería ser convertirse en artífice de un paso más dentro de la revolución. En un artífice bélico, desobediente, inteligente; no complaciente y tontorrón en plan generación nini o Gandía Shore (o hijos e hijas de papá y de mamá, que los extremos, ya se sabe, se tocan). Dos subrayados que ilustrarían esa idea serían estos:

(...) los jóvenes se encuentran de verdad entre la pared y la espada: repelen el orden y el sistema vigente, pero a la par de eso tienen cerrada toda salida pesimista, toda renunciación.
*

Pero claro que al defender y postular un renacimiento de nuestro espíritu militar lo hacemos, entre otras, para liberarnos del militarismo deficiente y mediocre. La milicia, como la poesía, solo es valiosa cuando alcanza cualidades altas. Si no, es por completo detestable e insufrible.

Por último, el tercer momento consiste en la crítica de algunos valores humanistas. Quizá el que peor parado sale sea el pacifismo, que en la obra se ve como sinónimo de servilismo, borreguismo, etc. En fin, que el discurso dominante apela al pacifisimo porque le resulta útil para inducirnos de manera soterrada la obediencia, la claudicación del derecho a protestar.
(...) Pues si nunca está permitada la guerra, y a evitarla debe sacrificarse todo, también deben evitarse las revoluciones, y antes de hacerlas debe sufrirse asimismo todo, el paro, la injusticia, la explotación y la miseria.
Ejemplo (mío, no de la autora) sobre este nuevo pacifismo: la permanente equiparación de cualquier intento de protesta en la calle a una ideología antisistema-encapuchado-golpista-que-conspira-contra-la-paz-ciudadana. Salvador Victoria, de traje y corbata, el pasado 23F fue el último en recordárnoslo.

Veredicto. Merece la pena explorar Los combatientes. Como mínimo, es mucho más divertido, incisivo y contiene más sustancia intelectual que Elegía o Némesis, de Philip Roth, por citar un par de libros publicados también por Mondadori, y que me parecieron un rollo insufrible (tanto que los regalé). Por mi parte, estaré atento a lo siguiente que escriba esta autora: necesitamos más gente que boxee como ella.


PD. Actualización (9/10/13). Encontré esto sobre la «trampa literaria» que, según la autora, había en el libro. Al parecer, copió y pegó partes de un discurso de Ramiro Ledesma Ramos.

11 de noviembre de 2008

Entrevista con Constantino Bértolo

Acaba de salir el n.º de noviembre de Vulture, donde he publicado una entrevista a Constantino Bértolo, el editor de Caballo de Troya (en verdad, y como él me corregiría, el 'director literario' de ese sello, que pertenece a Mondadori). Además de escritor, ex crítico de El País, descubridor de talentos como Ray Loriga o editor de una cantidad inmensa de autores jóvenes, es también el artífice de que la obra de Mario Levrero circule por fin en España. El año pasado publicó Dejen todo en mis manos y El discurso vacío y, junto con Ignacio Echevarría, ha empujado para que Mondadori saque todo lo demás. Por cierto, entre lo que leo en este momento figura La cena de los notables, el ensayo sobre crítica literaria y lectura que Bértolo ha publicado con Periférica. Pronto daré señales de vida al respecto; por ahora, la entrevista con este caballero.

Versión en pdf: clic acá.
Versión en html de la revista: clic acá.

Versión transcrita, siga leyendo, por favor:

CONSTANTINO BÉRTOLO, EDITOR DE CABALLO DE TROYA

«Busco autores que escriban sobre la precariedad
como una manera de estar en el mundo»

Su fuerte es descubrir nuevos talentos. Y su pasión, combatir el aburguesamiento literario. A sus 62 años, este editor quiere volver a descubrir otro icono como Ray Loriga.
Él fue quien descubrió a Ray Loriga. Corría 1992 cuando le publicó su primer libro, Lo peor de todo, en Debate. Entonces esta editorial era independiente y atravesaba problemas económicos; de ahí que le encomendase a Constantino Bértolo buscar nuevos autores, pues el sello «no podía competir en el mercado de los adelantos». Según él, sólo vendió unos 600 ejemplares de esa novela, y no fue hasta la segunda, Héroes, cuando Loriga despegó. De aquella época suya, cuenta, son también escritores como Germán Sierra, Marta Sanz o Josán Hatero.

Hoy, Debate pertenece a Mondadori, y Bértolo dirige desde 2004 —año de su creación— Caballo de Troya, también propiedad de ese grupo. Este nuevo sello mantiene la filosofía con la que más se identifica Bértolo: buscar talentos emergentes. Y si bien trabajar para una multinacional siempre lo pone a uno bajo sospecha, el editor subraya que un proyecto tan arriesgado como este sería inviable económicamente fuera de un grupo así. De hecho, incluso el nombre sugiere su carácter poco comercial:

—Se llama Caballo de Troya porque intento entrar en el terreno del enemigo utilizando algo que este aprecia. Al fin y al cabo, la Literatura —así, con mayúscula— es una conscripción que pertenece a ámbitos elitistas y que, históricamente, ha estado en manos de la burguesía.

El terreno del enemigo es el discurso narrativo dominante, ese que homogeniza el gusto y neutraliza el disenso. Ese que impone que la cultura que no vende no existe. De ahí que Bértolo defina su proyecto como «una editorial de intervención» y que busque autores capaces de cuestionar la actual Sociedad del Espectáculo. Títulos, como Unas vacaciones baratas en la miseria de los demás, de Julián Rodríguez, o El año que tampoco hicimos la revolución, del colectivo Todoazen, indican hacia dónde encamina Bértolo principalmente su caballo de batalla.

Aunque sabe que el efecto de esa intervención es bajo —publica entre 9 y 11 títulos anuales y vende unos 640 ejemplares por libro—, lo que le importa es dar el mensaje de que existe la posibilidad de algo distinto. Entre tanto, Mondadori suma autores con que nutrir a medio y largo plazo su división literaria; eso sí, pendiente de si da con un nuevo Ray Loriga. ¿Que cómo sería ese icono del cambio generacional?

—Debería descubrir lo que está emergiendo y hacerlo ver con fuerza, no quedarse en la espuma. Por ejemplo, me interesa la aparición de la precariedad; ya no como horizonte de vida, sino como una manera de estar en el mundo. El día que alguien cuente lo que no vemos ahí quizá demos con un autor distinto. Por ahora, la narrativa mileurista no logra salir del neocostumbrismo
.

11 de agosto de 2008

Soy una caja, Natalia Carrero

Clarice, Clarice Lispector, un texto que contenga a Clarice Lispector por todas partes. Eso es: que Clarice hable por mi boca. Por cierto, ya lo digo en el título: «Soy una caja». Ni idea de qué; pero una caja. Lo que no digo en ese título es que me llamo Nadila y que soy la narradora de este libro donde Clarice Lispector hace de lo que es, un personaje, y me ayuda a escribir mi primera novela; «ella me enganchó del mismo modo en que hoy sigue reclutando a cientos de jóvenes lectores y, para qué negarlo, con mayoría de mujeres». ¿Que por qué? No sé, quizá porque «era un río, una voz de mujer, una conciencia largando» y decía cosas como «escribo con el cuerpo» o «soy esta frase». Sí, para ella este oficio consistía en «escribir sin plan, poseyendo el don de la instantaneidad, sin jamás revisar ni retocar porque se le aparecía la frase hecha, pura forma». Lo suyo era la «escritura de la intimidad», y «yo, yo, yo quería esa fuerza que la mezcla de la escritora Clarice Lispector y la marca de whisky White Horse había generado en mi memoria». Aspiraba a reproducir su método, como por ejemplo cuando usa «frases cortas que cuentan lo que la narradora-protagonista ve. Que se mantienen lejos del fuego. Que son frías. Una tras otra. Pero van sumando. Suman muchas. Llenan páginas. Páginas. Construyen una ciudad. No huecas. Construyen una mujer». Y mientras leía sus libros se me ocurrían cosas como que «¿quién había puesto una lavadora en mi interior?» A lo que yo terminaba contestándome: «Una mujer dentro de mí la había puesto en marcha. Lo que se lavaba no era ropa, sino pensamientos, palabras, ideas, sueños, deseos. Y cómo dolía a la hora del centrifugado. Vértigo, dislocación, confusión, letras sueltas, cadenas, condenas, eslabones, entrelíneas, lo veía pero... cómo expresarlo incluso a mí misma». Vaya, vaya, «tenía los nervios a flor de piel y los miedos infundados (típicos de las jovencitas que habían recibido esa educación católica de la que ya te he hablado y que también era machista) pisándome los talones mentales». En fin, que si pilla lo que escribí un tío un poco cabrón me va a dar mucha caña; pero, bueh, «si no puedo evitar ser cursi, qué se le va a hacer»; «intento enderezar mi vida pero me da la impresión de que me está quedando un poco retorcida, con una forma confusa y opresiva». Además, «como buena devota clariceana que soy anoto lo que quiero decir sin literatura»; yo lo que quería era «un texto a secas, o un libro cualquiera».


PD:

—Tío, Rubén, que no has escrito casi nada de tu puño y letra...
—¿Cómo que no? Ahí están algunos subrayados que hice. El libro va de que la forma es el contenido...

—Ya... Pero, ¿te ha gustado o no?
—Ahí, ahí. Partes sí, partes no. Convengamos que no es el tipo de propuesta estética con la que me engancho.

—¿Por?
—Porque a mí me van los personajes, las atmósferas, la tensión en el lenguaje, el estilo, las tramas, los temas... Y acá no hay casi nada de eso. Es más: Nadila, la narradora-personaje, se escuda en Lispector para pasar olímpicamente de ello y recordarle al lector a cada rato que está frente a una escritura de la intimidad, de la interioridad, etcétera. No termino de identificarme con esa estrategia.

—Pero ese es el rollo del libro, ¿no? El tono y la forma de diario confesional en plan jovencita incapaz de escribir una novela terminan construyendo una voz, un personaje, una mujer, digo...
—Sí, sí. Pero me cansa esta moda femenina que aboga por el discurso interior y que, indefectiblemente, abandera siempre a las mismas amazonas: Clarice Lispector, Katherine Mansfield, Sylvia Plath o Alejandra Pizarnik. Es como que siento que ya hay algo previsible en esa elección.

—No jodas; esos son prejuicios tuyos. Me imagino que a ellas les debe de cansar otras asociaciones de autores tan previsibles como estas y que resulta que os gustan a los tíos, no sé.
—Es cierto. Por ejemplo, a mí tiene harto lo de Vila-Matas con Kafka y Robert Walser; cualquier día los va a gastar de citarlos a todas horas. Aunque no sé si la analogía es exacta. Y tampoco yo soy vilamatense.

—Y ella menciona por ahí a Bolaño, a Joyce o la segunda parte del Quijote. Y lo de la Pizarnik y la Plath es de tu cosecha.
—Es verdad.

—El caso es que te has leído las 170 páginas de Soy una caja y estás escribiendo esto... Algo debe de tener el libro, digo yo.
—Sí, claro; sólo digo que a mí me hace disfrutar más el Quijote que el psicoanálisis. Y acá hay más de lo segundo que de lo primero. También hay tantico de metaliteratura, que eso lo llevo por días y por autores.

—Eres un poco cabrón.
—Puede ser. Pero lo mío son más las prosas visuales que las abstractas. Como decía Kurt Vonnegut: «Confieso abiertamente una carencia mía: todo lo que veo, oigo, siento, gusto o huelo es real para mí. Soy un juguete tan crédulo de mis sentidos...».

—Ya; en cualquier caso la obra de la Lispector es «compleja», y que yo sepa tú no has leído más que algún cuento de ella; le tienes un pelín de alergia.
—Sí, pero en su día me gustaba la Pizarnik. En cualquier caso, ¿no te hace sospechar cada vez que alguien necesita escudarse en eso de «obra densa» u «obra para la que se necesita una preparación»? Quizá la crítica y sus lectores tengan razón, puede ser. Lo que pasa es que a mí me aburre ver a la Lispector en una entrevista que hay YouTube y que no sonría nunca. No creo en la gente que no sabe sonreír. No confío. «Si no escribo estoy muerta», o algo así aparece varias veces en el libro como cita directa de la Lispector... Digo: esto es como lo de Sabato, que cada vez que lo dejan se pone a hablar de sufrimiento y escritura. Ay, ay, si es que parecen todos Teresita de Ávila. No sé, yo estoy más con lo que les dice Hebe Uhart a sus alumnos de taller de escritura: si sufren tanto, que no escriban, ¿no? Y de última, si lo que quieren es contar su despelote interior, me parece perfecto; pero ¿por qué no con una escritura visual que explore los sentimientos en vez de con una prosa discursiva que explore el flujo de pensamiento? Yo soy de los que opinan que mejor sentir a pensar tanto.

—¡Mec! Cita encubierta de Savater.
—O de Aute.

—Eso sí, los dibujos y demás intervenciones gráficas funcionaban precisamente como eso, como la manera de volver concreto el discurso.
—Ya, ya; pero tampoco es lo mío lo de los libros collage. El de Mark Haddon, el del perro noctívago ese, lo abandoné en página 20.

—Pero tío... En fin, tú sabrás. Por cierto, lo que dijiste de la mirada fría es una maldad.
—No: mira la entrevista en internet. O lee el libro: «Su mirada fría y arrogante también podía ser vista, sobre todo si la miraba yo, como una mirada que se distancia de las cosas, que se autoprotege de todo, porque si realmente mostrara su ternura podríamos ver a través de ella hasta la cosa más íntima que ella se había esforzado por controlar en el secreto».

—Bueno, pero no todo el libro es así.
—Yo con lo que más enganché es cuando Nadila, en vez de pensar tanto, trabaja en un par de tiendas y se esconde en un sótano para leer, o cuando cuenta que su hermano es esquizofrénico y la movida que es eso en la vida de la familia. Ahí sí; ahí me queda mucho más claro qué clase de mujer es. Lo demás me resulta bastante etéreo, abstracto: «Soy esta frase»... Yo lo que soy es un pelín analfaburribestia, me temo: ¿eso no es más psicoanálisis lacaniano que literatura?

—¡Mec! Prejuicios: tú y los franchutes nunca os habéis llevado bien.
—Pues sí. Ahí lo tengo a Barthes, que por ahora es incapaz de seducirme con su grado cero de la escritura. Cada vez que lo abro lo cierro diez minutos después.

—Oye, por cierto, según Nadila, Lispector se vengaba de los críticos que le daban caña. ¿Estará tu hora cerca?
—Opinar es arriesgarse a no tener razón, dice Rafa Reig en Visto para sentencia. Si termino con un White Horse con hielo en la camisa un día de estos, trataré de llevarlo con dignidad. Además, yo no doy caña: yo leo. O como dice el libro: esta es «mi lectura sesgada o misreading».

*

Soy una caja, Natalia Carrero.
Caballo de Troya, Madrid 2008.

6 de agosto de 2008

Visto para sentencia, Rafael Reig

Ya tengo libro del verano, el Mr Camiseta Mojada de la literatura, vamos: Visto para sentencia, de Rafael Reig. Empecé a leerlo el lunes y a día de hoy ya me he despachado unas 160 páginas de las 271 que tiene, y no paro de reírme. Y tampoco de tomarme cafés y cervezas, según la hora del día y mis responsabilidades laborales, para acompañar una lectura tan entretenida. Si algún literato en ciernes, consagrado o por consagrar no sabe con qué distraerse en el chiringuito de la playa, en el viaje en tren hacia las montañas de Heidi o en la consulta del dentista de guardia, este es su libro. De verdad: qué jartá a reír.

Visto para sentencia recopila los artículos que Reig publicó en El Cultural, el suplemento de El Mundo. En ellos, a modo de juicio sumario, pasaba revista a la actualidad literaria, redactaba las diligencias oportunas y dictaba sentencia contra cuanto escritor, intelectual o institución pública se le pusiese a tiro, sin importar sexo, edad, religión o país de procedencia.

Eso sí, tiraba a dar con nombres y apellidos, sin abstractas apelaciones a confabulaciones en la sombra y demás estrategias de lanzar la piedra y esconder la mano tan habituales en este quejumbroso gremio, donde si criticas a Bernardo Atxaga te echan de El País, como le pasó Ignacio Echevarría. En fin, que Reig reparte estopa —y mucha—; pero la jerigonza y el lenguaje hiperbólico son un dato secundario frente a lo genial del libro: ¡el autor argumenta por qué no le gusta lo que no le gusta...!

Sí, damas y caballeros: Reig va y dice no me gusta Javier Marías por esto, por esto y por esto, ídem con Fernando Vallejo o con César Vidal... Y lo hace en un suplemento cultural de tirada nacional.

Olé.

Bueno, bueno, como se ve hay mucho para contar del libro; así que ya prepararé algún mensaje más; de momento, me contento con subrayar otra anormalidad de Visto para sentencia: es un libro de crítica literaria donde, además de aprender, te diviertes. Es más: como no tengas cuidado, terminas escupiendo el brebaje que estés trasegando contra las hojas del libro.

¿Que por qué? Pues es que resulta que Juan Cruz está acusado de «grave delito de conspiración periodística para abolir la cultura» por sus condescendientes y aduladoras entrevistas a John Berger o a Pérez Reverte. Alessandro Baricco es considerado autor de «estragos sensibleros» y se le imputa que su novela Seda es «tan almibarada que desencadena la diabetes intelectual». Y Carlos Fuentes, Juan Goytisolo o Tomás Eloy Martínez, que tanto gustan ir de notables prohombres de las letras por la vida, reciben acertadísimos tirones de orejas por querer puntuar en todos los kioscos culturales con tal de seguir ganando premios prestigiosos.

Y es que por recibir, reciben hasta las agencias literarias, que parecen ser un flagrante caso de «discriminación laboral» donde cabría aplicar la «ley para la igualdad» porque, al fin y al cabo, en España «la inmensa mayoría están exclusivamente a cargo de mujeres». Es decir: las Antonia Kerrigan, Carmen Balcells, Silvia Bastos, Ángeles Martín y así un largo etcétera.

Vamos, imperdible como tinto de verano o caña al paso este Visto para sentencia. Ya digo: ideal para el piscolabis.

Seguiré informando.

                                                                                     *

Visto para sentencia, Rafael Reig.
Caballo de Troya, Madrid 2008.

23 de julio de 2008

El malestar al alcance de todos, Mercedes Cebrián

Estoy releyendo algunos pasajes de El malestar al alcance de todos, de Mercedes Cebrián. Me colgué un poco con las notas que había tomado, y ahora me toca releer el libro; algo, que dicho sea de paso, está siendo de nuevo un placer. Además de un estilo fresco y desenfadado, Cebrián ironiza casi línea por línea sobre tópicos y temas cotidianos, y suele sacarte con frecuencia una sonrisa o un guiño cómplice. Vamos, que tiene uno de esos ojos y plumas que le sacan punta a todo.

Cada relato es como si te sentases en el sofá o en una cafetería con un amigo a repartir caña, con sutilidad y buenos modos, sin ese lenguaje coprofágico y tabernario que necesitan otros, contra ese colega que se ha casado por la iglesia, los excesos decorativos de una madre recién separada o la premura con que alguno se lanza a comprarse el pisito de marras. Como decía Chéjov, es más fácil hablar de Sócrates que de una cocinera o una señorita. Y Cebrián lo aplica a rajatabla: sus cuentos tienen cosméticos, hipotecas, intoxicaciones de cultura, redactores de enciclopedias que acuden a patéticas cenas de Navidad... En fin, la vida misma; esa con la que nos cruzamos a cada rato por la calle. Pero contada con más calma y estilo.

Huy, sólo iba a teclear un par de subrayados, y sin embargo veo que casi ya pasé a limpio algunas ideas que anoté sobre el libro. Es lo que tienen los blogs. De momento, paro con el desmuzamiento, y le pongo ya el neón de rigor a un par de subrayados.



I

A María es a la que más le cuesta. Desde pequeña la conozco y sé que la chavala es lista, de hecho solía sacar mejores notas que Olga, pero ahora se pasa toda la clase en Babia, escudada en su nuevo personaje de rubia lánguida recién liberada de la ortodoncia, dibujando en su cuaderno corazoncitos rellenos de Nachos e Ivanes o mirándose las puntas del pelo, que de un tiempo a esta parte han cobrado un interés exagerado para ella. Si le llamo la atención se pone un poco arisca, con lo cariñosa que era antes conmigo. Por otra parte es lógico, acaba de estrenar sus novedades anatómicas y creo que ella es la primera sorprendida. A esas edades empiezan a dedicarse a tiempo completo a atraer la atención de los chicos y piensan que hacerse un rasguño en el brazo o romperse una uña les va a hacer perder puntos en la cacería.


(Me encanta eso de 'rubia lánguida recién liberada de la ortodoncia' y el juego posterior con 'novedades anatómicas, qué va a ser).

II

Para qué ocultarlo: soy de las personas que, cuando van a una conferencia, siempre hacen preguntas llenas de alusiones a pensadores franceses y alemanes en las que por fuerza aparecen las palabras maniqueísmo y exégesis. No sé si os habéis visto en esa situación alguna vez, es muy incómodo: de repente se crea una atmósfera de rechazo casi irrespirable alrededor, como si hubieran pulverizado la sala con un spray de hostilidad tras vuestra intervención, y enseguida empiezan a brotar los comentarios del resto del público.

(Esto es lo que yo diría un inicio fulgurante para instalar un tono y un personaje, y por ende provocarle al lector ganas de seguir leyendo para saber de dónde carajo ha salido un tío que habla así).

*

El malestar al alcance de todos, Mercedes Cebrián.
Editorial Caballo de Troya, Madrid 2004.