Mostrando entradas con la etiqueta Alberto Lema. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Alberto Lema. Mostrar todas las entradas

16 de febrero de 2014

De la máquina, Alberto Lema

Lo suyo es flotar en la existencia, como si estuviera esperando por algo o por alguien que le obligase por fin a tocar el suelo, como si no tuviera un propósito o sentido del porvernir: vive a trozos y ahorrando cualquier entrega. Es una buena defensa, al fin. Por una parte, si no hay plan, no hay pérdida ni fracaso; por otra, su tibieza, sus tres pasos ante cualquier cosa, son la distancia perfecta para huir, no para luchar. Algo se rompió dentro de él definitivamente, alguna esperanza, desamor, algo tiene que haber que lo explique.

Y después está su fidelidad al origen. Tiene a mano una vida digna y parece no quererla. ¿Entonces? Sabe que los perderá, si sube, [por]que la altura determina la perspectiva sin remedio y quiere seguir siendo a toda costa uno de los suyos. Pero lo cierto es que él nunca ha sido uno de los suyos, aunque sea imposible hacérselo saber. Quiero decir, no tiene la piel lo suficientemente dura para aguantarlo, para soportar las condiciones de vida de sus padres sin desagarrarse por dentro. No es una cuestión de desclasamiento prematuro, simplemente, su cuerpo no es lo bastante fuerte para esa lucha. Por eso tampoco le sirve lo de llegar a ser clase media de izquierda, divino o
bourgeoise bohême, no cree en la clasificación de la basura en sus respectivos contenedores, en el voto cada cuatro años, en la mala conciencia que colabora con oenegés. Piensa que es delatora: el cadáver en el jardín y todas las metáforas de la culpa en los salvados. Entonces, claro, la vía revolucionaria.

Para él ese es el abrazo, la única relación entre clases posible sin condescencia. Solo así conseguiría que el vínculo no se rompiese nunca, porque ahí estás con ellos, detrás de ellos, del Santo Proletariado. El solitario construye las mejores místicas de la unión. ¿Pero cuánto hay de ilusión? Por supuesto, contestar a esta pregunta sería su perdición:
credo quia absurdum. Evidente. Como en una especie de maldición, de Dorian Gray inverso: la mala existencia garantiza su pulcritud en el relato. La pobreza como precinto de garantía, etc.

                                                                                   *


De la máquina, Alberto Lema 
Caballo de Troya, 2012
Traducción del gallego de Oriana Méndez

Entrevista con el autor en Culturamas.

4 de julio de 2008

Alberto Lema

¿Podrían las mujeres acabar con el capitalismo y el sistema patriarcal que lo auspicia formando un grupo terrorista de ideología antimachista y liquidando a los tíos que, por ejemplo van de putas? O dicho de otro modo: ¿la revolución violenta de las mujeres es una vía posible para lograr la transformación social de este sistema donde viven en desventaja? Como queda claro desde la enunciación, Una puta recorre Europa es una novela de tesis y encasillable en a eso que algunos llaman «literatura social».

Vaya por delante que, personalmente, no me interesa esta clase de narrativa; sin embargo, debo reconocerle varios méritos a Lema para haberme llevado hasta el final de las 143 páginas del libro. Uno, el tema de fondo sobre el que hablan y pelean Ada y Luz, las dos lesbianas que protagonizan la historia: ¿debería legalizarse la prostitución? Otro, que el autor blanquea desde el principio que más que novela pretende hacer sociología, algo que logra que un lector como yo acepte de mejor grado compartir el tono del texto. Y un tercero es que el estilo acompaña bien a la intención del autor.

Esta es una narración donde predomina el presente de indicativo, donde los diálogos —con una oralidad bastante conseguida— apenas dejan espacio al narrador, con oraciones cortas, párrafos mínimos y capítulos breves, y donde ni siquiera hay guiones que anuncien las intervenciones de los personajes (como en El lápiz del carpintero, del también gallego Manuel Rivas). Todos esos recursos buscan dotar al texto, sobre todo, de la máxima velocidad en la lectura, amén de darle una inevitable pátina de obra teatral.

Es más: parece haber un juego de fondo y forma con que los personajes son —y, por extensión, las personas somos— actores manejados por los hilos de los poderes fácticos del Sistema. O así lo sugiere este fragmento de la página 124: «No puedes entenderlo, Luz, no puedes entenderlo. Tú sólo ves números, actores, no ves a la gente». Por cierto que, en el fondo, ese es el gran protagonista de este libro: el Sistema.

Y es que el libro, aunque breve, parece no querer eludir cita alguna: el patriarcado, el capitalismo, los narcos como poder paralelo al de las instituciones, la corrupción política de los altos cargos, el lesbianismo militante, El segundo sexo de Beauvouir, sociólogos que van a la tele a opinar, los polis... En fin, que no se priva de tema alguno Lema. Eso sí, quizá lo más narrativo hubiera sido descartar alguno o darle mayor densidad a oraciones como «¿Pero tú crees que la policía son los buenos, no?», que entre tanta miscelánea pasan casi inadvertidas. Claro, que justamente parece haber una intención estética de ir en la dirección contraria y eliminarle al lector cualquier posibilidad de significar o embelesarse por su cuenta.

En ese sentido, llama la atención que, pese a las ganas de Lema por fijar sistemáticamente la prostitución en la mente del lector, la imagen más indeleble del libro la proporcione un sicario cuando dice: «Iban conduciendo para Santiago; aquella ciudad no le gustaba, demasiada piedra, demasiadas bufandas». Algo poco social, vaya. Y todo un desliz lírico en lo que parece ser una obra sujeta a estrictas restricciones formales al respecto.

Ah, y lo más punzante, nada tiene que ver con el feminismo o la prostitución, sino con otro asunto candente: hay una enumeración de víctimas donde Galicia aparece como un país independiente de España... Digo: ¿eso no descentra la atención del lector?

En cualquier caso, el autor logra con su estrategia lo que se propone: que le prestes un par de horas de tu tiempo, que leas el libro del tirón y que le tengas cierta simpatía por ocuparse de un tema social vigente. Pero hasta ahí. Un ensayo, un reportaje o una entrevista con un especialista en la materia aporta más datos e ideas. En cualquier caso, si se lo toma como lo que es —un libro sin más pretensión que volver visible el asunto del que trata—, cumple.


Nota: justo en Teína publicamos una entrevista muy interesante sobre este asunto de legalizar o no la prostitución. Aquí está (es con Ruth Mestre y Magdalena López, autoras del libro Trabajo sexual. Reconocer derechos).

parte 1 :: http://www.revistateina.com/teina/web/teina18/dos4.htm
parte 2 :: http://www.revistateina.com/teina/web/teina18/dos4b.htm
parte 3 :: http://www.revistateina.com/teina/web/teina18/dos4c.htm

3 de julio de 2008

Lecturas para un traslado

Lo sé, lo sé: últimamente vengo flojo con la actualización del blog... Pero, bueno, la cosa es que este fin de semana me mudé a vivir a Madrid. Además, previamente, visité a mi familia, que hacía más de dos años que no nos encontrábamos, así que anduve viajando entre Guadalajara, Horche y Brihuega. En fin, que escribir pasó a un segundo plano. Eso sí: leer, leí.

Como no tengo carné de conducir, para mí viajar leer equivale a leer. Y debo decir que ese es un contexto en el que me encanta abrir un libro. De hecho, las casi cinco horas de viaje entre Campello y Guadalajara dieron bastante de sí. Primero terminé el par de relatos que me faltaban de El malestar al alcance de todos, de Mercedes Cebrián, un libro que mezcla poemas y cuentos (me gustó este libro, me gustó). Cuando terminé ese, empecé Una puta recorre Europa, de Alberto Lema, una novela de tesis sobre la prostitución, y que si bien no me hizo tilín —no es lo mío la literatura social— la terminé poco más allá de Albacete, después de haberme comido un bocata de chorizo con mis padres en Los Molinos. En la parte final del viaje, leí las primeras cincuenta y tantas página de Mr Vertigo, de Paul Auster, que me aburrió tanto que aún no he vuelto a abrir el libro.

Una vez en Guadalajara el asunto literario vino de manera accidental y por otro lado. Estuve en Brihuega, que por lo visto es donde vive Manu Leguineche, a quien, todo sea dicho, no he leído. En casa de mis padres está Los topos, pero todavía no le he echado el guante. A ver si en una de estas... Por cierto, que este ex reportero de guerra y hombre viajado donde los haya vive en una plaza que lleva su nombre, en una casa de un color naranja muy cálido y rodeado de monumentos históricos. Vamos, que vive de puta madre... Claro, que según nos contó la guía, la salud de Leguineche está floja y apenas se lo ve por el pueblo.

Y para no salir ni de Brihuega ni de la literatura, tiro ahora por Cela, quien paró acá cuando escribió Viaje a La Alcarria. Es más: según la guía, incluso eligió el pueblo como centro operaciones: iba y venía desde allí y ahí fue donde escribió gran parte del texto. ¿Verdad o exagerado fervor por la tierra propia? No lo sé; quizá la solución esté en el libro —muy influido por Hemingway, dicho sea de paso—, del que sólo leí la mitad, harto como estaba de que Cela se pusiese en tercera persona y repitiese hasta saturar la página «el viajero», sin ni siquiera molestarse en usar un sujeto tácito cada tanto (sus razones tendría, imagino). Cualquier día, aunque sólo sea por orgullo alcarreño —uno lo es, a pesar de su tonada argentina—, lo terminaré.

Para cerrar el recuento de lecturas —ya vendrán críticas, ya, paciencia—, dos anotaciones más. La primera es sobre Seda, de Baricco, que lo tenía mi tío Jesús por el salón, en Horche, y del que el domingo por la mañana me zampé en su jardín las primeras sesenta páginas. Salvo un par de filigranas estilísticas y un capítulo —ese donde ella gira la taza del té para poner sus labios exactamente donde él los había puesto antes para beber—, la novela me pareció un aburrimiento, además de naif. Mucho capítulo corto. Mucha oración breve. (Es decir: lectura ultrarrápida).
Más dato histórico que profundidad en los personajes. Uso y abuso de lugares comunes y previsibles (típico exotismo japonés visto con ojos europeos). Momentos con lirismo de parvulario —«la voz de ella era bellísima», cito de memoria, y similares—. Y, en fin, un libro que lleva 43 ediciones y que me siembra dudas sobre si hace falta intentar leer Novecento, la otra novela por excelencia de Baricco.

La última anotación es sobre Nocilla Dream, de Agustín Fernández Mallo. Elena, mi compañera de piso, tiene por casa ese y Nocilla Experience, así que me he propuesto resolver de un plumazo mi deuda con la pospoética de este fan del Sr. Chinarro. Sin embargo, empezaré por la segunda entrega de la trilogía en vez de por la primera... Señores de la editorial Candaya: el libro que tenemos por casa comienza en la página 207, llega hasta la 217, luego va a la 23, viene sin el prólogo de Juan Bonilla y, en fin, es aún más posmoderno que el original... Por si alguien de la editorial lee esto: ¿podrían cambiárnoslo por otro? (Elena, niña, ¿dónde tienes el tique, che?).

Y, por hoy, hasta aquí. Ahora vamos a ver si pillo el minuto bueno de la red inalámbrica —tenemos el módem estropeado— y consigo subir el texto. Si no tendré que esperar.

(No, no lo pillo, tengo que esperar).

PD: La foto es de un torreón que hay en Brihuega y la hizo mi prima Noelia, quien luego me trajo en coche a la capital. Gracias, primunchi. (Y gracias, David, claro, que eras tú quien conducía, che).