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12 de julio de 2015

Miguel Ángel Ortiz, autor de 'Fuera de juego'

 «El fútbol me ha abierto
puertas narrativas que antes no veía»



Ortiz, en el último festival Primera Persona (Barcelona, mayo de 2015).

Ni siquiera internet es garantía de que los textos duren eternamente. Hace unas semanas descubrí que la remodelación de la web de Random House tras la compra de Alfaguara se había llevado por delante una entrevista que le había hecho a Miguel Ángel Ortiz, autor de Fuera de juego (Caballo de Troya, 2013), la novela que supuso su debut en el panorama literario español. Y, como aquella entrevista tuvo su continuación en la presentación del libro y le tengo un particular cariño, quiero reflotarla a través del blog.

Además, así aprovecho y cuento alguna cosilla más sobre el autor que se quedó fuera de aquel texto. ¿Por ejemplo? Su origen. En la solapa consta que nació en Ciudad del Cabo en 1982, algo que, además de exótico, resulta chocante cuando uno lee sus dos libros: Fuera de juego transcurre en Medina de Pomar, un pequeño pueblo de Burgos, y La inmensa minoría (Random House, 2014), lo hace en Zona Franca, un barrio periférico de Barcelona... ¿Qué pinta Sudáfrica en todo esto entonces?

Esa es una historia relacionada con las migraciones de la segunda mitad del siglo XX. Su madre llegó a Ciudad del Cabo procedente de Tacuarembó (Uruguay) y su padre, de Medina de Pomar, con escala migratoria previa —si mal no recuerdo— en Brasil. Nely se fue de su país siguiendo a un hermano que trabajaba en Sudáfrica y que necesitaba ayuda con la cocina y los hijos; Ángel era soldador y llevaba algún tiempo enrolado como operario en barcos que recorrían el hemisferio sur. En algún momento, en plena época del apartheid, la tacuaremboense y el medinés coincidieron en un bar latino... «Y lo demás», como le gusta decir a Ortiz, «es historia». Una historia que terminó con dos hijos sudafricanos que aún no han regresado al lugar donde nacieron y que ojalá que algún día Ortiz narre.

Entre tanto, toca quedarse con el fútbol y el descubrimiento de cómo tu deporte favorito —el autor jugó de manera semiprofesional— puede funcionar como una metáfora para comprender el mundo que te rodea y relacionarte con él. También como una herramienta para narrar de dónde vienes, qué clase de persona aspiras a ser o los aprendizajes asociados a esa tarea. Tanto Fuera de juego como La inmensa minoría exploran ese doble aspecto. Por cierto, y ya para terminar, otra curiosidad que quedó fuera de la entrevista: a pesar de jugar de mediapunta en su equipo, Ortiz hizo de portero en un capítulo —como extra, se entiende— de la futbolística serie Pelotas, de Corbacho y Cruz... En fin, que usar el futbol como elemento vertebrador de sus novelas parecía lo obvio.

Rubén A. Arribas

El fútbol está omnipresente en
Fuera de juego. ¿Qué te ha permitido contar este deporte que, de otro modo, no podrías haberlo hecho sin él?
El fútbol ha sido una herramienta muy importante para entender el mundo que me rodea. Me ha servido para aprender sobre el esfuerzo y el trabajo, no solo individual sino también en equipo. En la novela es uno de los ejes fundamentales, ya que en la vida de esos chavales el fútbol es lo más importante: es con lo que sueñan, con lo que aprenden a ganar y, sobre todo, a perder. Es un juego que ayuda a crecer. Un gol puede sacarte de la mediocridad, un partido puede cambiar una semana. La vida de mucha gente no se podría contar sin el fútbol, y la de estos chavales va muy ligada al balón.

Y ahora, la pregunta contraria: usar el fútbol como material narrativo, ¿te ha impuesto alguna limitación?

En esta historia, no. Va de fútbol y, gracias a él, los chavales crecen y aprenden. En general, el fútbol se asocia con los bares, con la diversión de masas o con «el opio del pueblo»; pero, aun siendo acaso todo eso, es una buena metáfora de la existencia, del juego de la vida, y es lógico que aparezca con más frecuencia en los libros también. El fútbol me ha abierto puertas narrativas que antes no veía.

Tu apuesta se sale de lo que muchas personas esperan de la literatura: la acción transcurre en un barrio de un pueblo, los protagonistas están saliendo de la infancia y el eje narrativo discurre, sobre todo, alrededor de los partidos que juegan estos chicos en la calle. ¿Cómo se te ocurrió que ese era un material novelable?
No sé si se sale de lo normal. Todos los personajes pueden y deben tener voz en la literatura. Yo escribo para conocerme más a mí mismo y, por eso, utilizo personajes que han vivido cosas parecidas a las que hemos vivido muchos de mi generación. No les suceden grandes cosas en el día a día. Los personajes no son héroes ni nada parecido. El eje narrativo son los partidos que juegan en la calle, que les hacen crecer y avanzar. Del fútbol aprenden, y esa es la idea que trata de trasmitir la novela: hasta en el juego hay un aprendizaje de la vida. Hay muchos escritores que dicen que para que un texto sea honesto debe poder ir de la mano con su autor, y sin esos personajes o el fútbol este texto no iría de la mano conmigo.

El texto nunca menciona el nombre del pueblo donde transcurre la acción. Para saber que se trata de Medina de Pomar, hay que alimentar a Google con algunos topónimos que aparecen en la novela o, cómo no, guiarse por el fútbol: el equipo del pueblo es el Alcázar. ¿Qué intención hay tras esta decisión narrativa?
Que cualquier lector pudiera identificarse con lo que se estaba contando, que el pueblo fuese uno cualquiera y no solo Medina de Pomar. En definitiva, que las historias que narra la novela se pudiesen extrapolar a cualquier otro lugar.

Chus Pereda nació en Medina de Pomar. Su mención en Fuera de juego, si bien es breve, alcanza cierta intensidad: los protagonistas de la novela desconocen que uno del pueblo —Pereda— no solo metió un gol en la Eurocopa que España ganó en 1964, sino que dio el pase para el famoso gol de Marcelino. En cambio, esos mismos chavales visten camisetas de Julen Guerrero o Iván Zamorano y sueñan en ser cómo ellos. ¿Hay algún componente simbólico, algún mensaje cifrado bajo este dato?
En uno de los diálogos entre Pedro y Satur, cuando el segundo quiere contarle a Koldo quién era Pereda, Pedro dice que los chavales solo se preocupan por lo que ven en la tele. Solo les interesa lo suyo: su pelota, sus cromos, sus jugadores preferidos. Hasta que la Selección no empezó a ganarlo todo, la historia de Pereda y compañía apenas se contaba. La idea es esa: el presente se come al pasado. A los chavales les interesa lo que están viviendo y no tanto una historia lejana en blanco y negro, una historia que es de sus abuelos.

¿Llegaste a conocer a Pereda?

Sí, lo conocí en Barcelona. Vino a vernos jugar al fútbol a un torneo que disputamos allí. Nos llevó de visita al Camp Nou y pasó todo un día con nosotros. Fue la única vez que le vi. Con tiempo, me gustaría poder escribir algo más extenso sobre él y aquel día que nos enseñó el Camp Nou. Conocía muchas historias sobre Pereda porque mi padre me ha hablado muchas veces de él. Cuando Pereda debutó en el Madrid como profesional, mi padre estaba allí estudiando. Su hermano trabajaba en Madrid y otro medinés, Toti, también trabajaba allí. Ninguno de los tres se quiso perder el primer partido de un paisano en el fútbol profesional y fueron a verle debutar. Al acabar el partido, estuvieron hablando con él en las instalaciones del campo. Luego Pereda pasaría por el Valladolid, el Sevilla, donde formó la famosa "delantera de cristal", y el Barça, donde se consagró definitivamente.

Trabajas con personajes que se mueven en la frontera entre la infancia y la adolescencia, ¿no te dio miedo estar haciendo simple literatura juvenil? 
Es uno de los aspectos que más he trabajado: potenciar el mundo adulto para que el mundo de los chavales rebotase o chocase contra el de sus padres. Es un tema delicado porque los protagonistas son chicos y eso induce a pensar que puede ser literatura juvenil. Pienso que la novela puede gustar lo mismo a un lector de 15 años que a uno de mi generación, con más de 30. Los dos se pueden ver reflejados en los chavales. También hay lectores más mayores que pueden ver su mundo en la novela. De todas maneras, lo de que sea o no literatura juvenil no me preocupa demasiado; es solo una etiqueta más.

En una novela con tanto niño suelto dándole patadas a un balón, ¿qué papel desempeñan
los personajes adultos como los padres, los vecinos del barrio, etc.?
El mundo adulto funciona como caja de resonancia para que el mundo de los chavales alcance sentido completo. Sin el uno, el otro no tiene sentido. Del choque entre los dos mundos surge el material narrativo. Los adultos son el contrapunto de los chicos. Son las dos caras de la misma moneda.

Fuera de juego muestra al lector algunas peculiaridades de un pueblo de frontera, en este caso entre las provincias de Burgos y Bilbao, donde nunca está muy claro si los habitantes son más vascos que burgaleses o viceversa. Además de porque sea el lugar de tu infancia, ¿había alguna intención literaria tras la elección de esa geografía?

Es un tema curioso. Hay partes de mi pueblo (y de otros de la zona) que se quedan vacías durante el invierno porque son de los veraneantes de Bilbao. La novela no ahonda en el tema porque son los chavales los que lo ven y lo hacen de una manera simple: los vascos vienen cuando tienen fiesta a desconectar del estrés de la gran ciudad. El pueblo se llena de gente que le da vida y beneficio a los negocios, como al bar Rojo. Pero también está la mezcla de gente, como los padres de Koldo o la chica con la que se enrolla Lolo el fin de semana. Quería mostrar la mezcla que se da en la frontera, un sitio donde no quedan claros los límites de esos otros muros que a veces levanta la política.

Salvo por algunos pasajes donde vemos algunas otras zonas del pueblo, en general, la novela transcurre en un barrio y narras un microcosmos muy particular: el del edificio de viviendas en forma de U. Es decir, la unidad de lugar es pequeñita, muy localizada. ¿Por qué?

Porque concuerda con los personajes. Ellos crecen en un pequeño microcosmos, en el barrio. Es su mundo. A partir de ahí conocerán el resto del pueblo y siempre lo verán marcado por esa visión que tienen de su barrio. La casa, el barrio, el pueblo. Ellos están saliendo de la primera etapa, la de la casa, para conocer el barrio y, al mismo tiempo, conocerse a ellos mismos también. Poco a poco, van haciendo incursiones en el resto del pueblo, se agrandan sus horizontes y vivencias, su conocimiento de ellos mismos.

La novela está ambientada a principios de los 90 y nos habla de una España donde aún se podía jugar en la calle sin que te vigilasen tus padres y el mayor problema era pegarle un pelotazo a un coche o al cristal del bar. ¿Qué ha pasado entre entonces y ahora?

Sí, los de mi generación nos criamos en la calle y esto ya no pasa en muchos sitios. Salíamos después de hacer los deberes y volvíamos a casa cuando nuestras madres nos llamaban para cenar. Ahora hay niños que solo pisan la calle para ir y volver al colegio. Se crían en casa, en las clases particulares o las actividades extraescolares. También las consolas han cambiado la forma de divertirse: ahora lo hacen solos en sus casas. Antes, cuando empezaron a salir la Game Boy o la Game Gear, nosotros las bajábamos a la calle y jugábamos todos con ellas, cuando no había un balón. Antes no había tanto miedo a que estuviéramos solos. Únicamente estaba prohibido cruzar la calle, dar balonazos a los coches o a los cristales del bar. Es otro paso de ese avance que nos imponen: antes en los pueblos las puertas de las casas estaban siempre abiertas; ahora nadie se atreve a dejarlas cerradas sin dos vueltas de llave.


DESCANSO (O EL AUTOR COMO FUTBOLISTA)

Tu posición en el campo es la de...

Punta o media punta.

¿Titular o revulsivo desde el banquillo?

Titular, casi siempre.

El partido más importante que has jugado fue...

Aunque he jugado tres fases de ascenso a segunda regional, solo he jugado dos partidos: uno con el Alcázar y otro con el Parets. El tercero fue también con el Alcázar, pero yo estaba estudiando en Salamanca y no pude jugarlo porque tenía exámenes. Aparte de esos, los derbis contra el Nela cuando jugaba en el Alcázar: esos eran los partidos que todos queríamos jugar.

Marca de balón: ¿Mikasa o Etrusco?

Etrusco.

Y la historia del fútbol local te recordará por...

Por nada en particular, aunque en el último partido de liga con el Parets, marqué el gol número 100 que nos hizo campeones. Pero el trabajo ya lo habíamos hecho antes: ese gol solo fue la culminación de todo un año.


LAS CHICAS TAMBIÉN JUEGAN

La novela contiene mucho diálogo. Es, con diferencia, tu recurso literario preferido. ¿Qué papel desempeña lo coloquial en tu manera de narrar?

Sí, hay mucho diálogo. De hecho, es la herramienta que hace avanzar la trama ya que el narrador apenas interviene, a no ser para hablar de lo que se ve. Me gusta el diálogo porque no hay trampa ni cartón: las palabras que usa cada personaje delatan su estado de ánimo, sus verdaderas intenciones o sus mentiras. Lo que dicen habla de eso que está dentro de ellos y que no se podría ver de otra manera. En cuanto a lo coloquial, es un rasgo que va con la naturaleza de los personajes.

Los personajes dan muchas vueltas y pasan bastante tiempo cerca de una piscina, que en su momento estuvo llena de agua y que ahora está vacía. ¿Por qué es tan importante esa piscina?
Simboliza el paso del tiempo: el agua marcó la buena época de la urbanización, cuando los pisos de protección oficial franquistas eran nuevos; y la no tan buena, en los 90 que narra la novela, vacía y olvidada. Curiosamente, hoy la piscina está cubierta de hormigón, como simbolizando que el tiempo todo lo sepulta. En la novela, estaba vacía, y eso nos permitía saltar dentro de ella a pasar las tardes. De hecho, funcionaba como un lugar de encuentro: si alguno estaba solo porque nadie más había bajado, esperaba en la piscina. Además, podías jugar dentro al fútbol tú solo, como hace Koldo en uno de los capítulos.

Uno de los hallazgos de Fuera de juego es Noelia; ella juega al fútbol como uno más. En los 90, lo del fútbol femenino era raro. ¿Es realidad o ficción esta historia de Noelia?

Realidad. Noelia, en lo futbolístico, está basada en mi hermana. Desde bien pequeña, jugaba conmigo y con mis amigos en el barrio. Era una máquina: chutaba más fuerte que nosotros, tenía visión, toque, remataba de cabeza, hacía goles a puñados... Ella y sus amigas formaron un equipo de fútbol sala en su colegio para jugar la liga escolar, y quedaron campeonas de Burgos y terceras de Castilla y León. Eran tan buenas que incluso el equipo del pueblo, el Alcázar, formó con ellas su primer equipo femenino para jugar en campo grande. A las chicas les costó adaptarse, pero al final mi hermana metía goles incluso desde mitad del campo. Jugó con la selección de Burgos. Mis amigos siempre me vacilaban diciendo que ella era quien me había enseñado a jugar al fútbol. De hecho, cuando ella tenía 16 o 17 años, la convocó la selección española...; pero renunció: le daba vergüenza no conocer a sus compañeras y se le hacía un mundo viajar sola fuera del pueblo. Ella siempre lo dijo: «Juego al fútbol por divertirme con mis amigas», y así lo hizo.


ORGASMOS Y GOLES FUTUROS

¿Con qué narradores españoles te sientes en deuda?

He leído mucho a Miguel Delibes, del que me encantan Las Ratas, Cinco horas con Mario o Los santos inocentes. Delibes utiliza en muchos textos a los niños como protagonistas, igual que Juan Marsé. De este último recuerdo especialmente Si te dicen que caí, que me gustó mucho. También estoy en deuda con los cuentos de Ignacio Aldecoa, que juraría habérmelos leído todos, o con el trato de lo rural que usa Llamazares en algunas de sus novelas. Entre los narradores contemporáneos, me quedaría con los primeros títulos de Ray Loriga y con todos los de Félix Romeo.

El autor y sus juglares: C. Bértolo (editor, izq.) y yo (dcha.)
Ahora que la has publicado y que ya sabes lo que cuesta llegar hasta ella, imagino que lo tendrás más claro. ¿Para qué sirve una primera novela?
Sobre todo para saber el esfuerzo que hay detrás de trabajar con un texto tan largo. Me ha servido para ver todo el proceso de publicación, de corregir y reescribir hasta que sientes que lo has dado todo en el texto. He aprendido mucho. Ha sido un proceso de aprendizaje largo y duro que espero que se vea reflejado en futuros textos.

A los futbolistas siempre les pregunta qué es un gol y no terminan de ponerse de acuerdo en si es o no como un orgasmo, si es mejor o peor... ¿Qué se siente cuando se termina la primera novela y, digámoslo así, cuando uno mete su primer gol literario?

Las dos cosas, escribir una novela y marcar un gol, tienen en común que ambas culminan un trabajo previo. En la primera, mucho más largo y duro que una semana de entrenamientos; pero sí que podría decirse que hay algo parecido en la explosión interior que provoca marcar un gol y la de culminar un texto. Diría más: creo que culminar una novela se parece a marcar un gol después de haber estado lesionado y haberse pasado mucho tiempo de rehabilitación, de entrenar solo, después con el equipo y, tras esperar en el banquillo, salir a jugar mediado el partido y marcar un gol. Ese gol es especial porque ha costado mucho. Aunque, sin duda, de los tres, me quedo con el orgasmo...

Por tu manera de narrar, parece que eres de los escritores que encuentran historias que contar a todas horas. ¿Qué viene después de Fuera de juego?

Ya he cerrado la etapa de la infancia y me gustaría continuar con personajes más adolescentes, con problemas más vinculados al mundo adulto. También quiero probar otro tipo de narrador, otra manera de contar historias, de ver el fútbol o la ciudad.

25 de agosto de 2014

Escarnio, Coradino Vega


De Escarnio, la segunda novela de Coradino Vega me enganchó, sobre todo, el tema que aborda. De hecho, la leí casi del tirón. Si bien la contraportada hace hincapié en el desclasamiento del protagonista, Carlos García —un brillante estudiante de Derecho que deja la universidad de Huelva para continuar su carrera en la Complutense de Madrid—, yo he leído este libro también desde un lugar algo más vitalista. Al fin y al cabo, trae a colación algunas cuestiones que muchos universitarios de provincias hemos conocido.

A saber: el hijo universitario como carga económica para unos padres humildes que deben pedir un crédito, la presión que supone mantener un boletín repleto de matrículas de honor, la ansiedad derivada de ser el primer miembro de la familia que accede a la universidad, la búsqueda o necesidad de encontrar mentores intelectuales —diferentes a los padres— cuando tienes 18 años o las grietas que aparecen en la vida cuando uno cambia un entorno controlado (tu pueblo, tu ciudad) por uno nuevo y más grande (a veces incluso extranjero). Todo eso y más es lo que le sucede a Carlos García, quien a duras penas sabe qué tiene que hacer para mantenerse fiel a sí mismo en un momento vital donde los cambios a su alrededor son mayúsculos.

Como trasfondo de ese conflicto vital, aparece un decorado típicamente universitario: el colegio mayor, una institución venida a menos generación tras generación. A Carlos, y pese a que su mentor había tratado de conseguirle plaza en uno laico, la universidad le ha asignado el Pío IX, un elitista colegio mayor católico donde se hospedan los hijos de la más rancia élite de la derecha española. Él, hijo de un ferretero y de una ama de casa, no encaja en aquel ambiente. Y no lo hace, en parte, por la diferencia de clase; pero, sobre todo, porque él es un tío humilde, estudioso y responsable, convencido de que el esfuerzo y el mérito sirven de algo en esta vida... Y en eso, sus compañeros piononos le llevan ventaja: saben que lo importante son los contactos, la red social, el tráfico de influencias; no los títulos o unas notas excelentes.

De hecho, algo que narra bien Escarnio (Caballo de Troya, 2014) es que un expediente académico brillante muchas veces no alcanza para equilibrar la ventaja que otros tienen por ser hijos o hijas de un empresario relevante o de un alto cargo en un ministerio. Lo otro que nos muestra la novela es que los hijos de esa élite, más que cultos y estudiosos protoconservadores que analizan con finura a Friedman, Hayek o Smith, son y se comportan como mafiosillos de tinte filofascista. De hecho, más que aspirar a ser intelectuales o economistas a lo Chicago Boys parecen limitarse a ver «guarros» y «etarras» por todas partes.

En el otro extremo del péndulo ideológico, la novela habla de un asesinato que marcó —o al menos debería haberlo hecho— a la generación universitaria del momento: el de Francisco Tomás y Valiente. No se trata de establecer jerarquías entre los más de 800 asesinatos de ETA, pero quienes estábamos en la universidad en la segunda mitad de los 90 deberíamos recordar que este catedrático de Derecho y exmiembro del Tribunal Constitucional fue asesinado a tiros en su despacho mientras hablaba por teléfono. Debería ser un hito al que asociar esa etapa de nuestra vida. Sus asesinos lo mataron porque sí, porque en un momento dado ETA nos convirtió a todos en objetivo, y más aún a alguien que se animó a escribir artículos como este: «ETA y nosotros». Escarnio le rinde un merecido homenaje a esa figura.

Esa oposición o contraste de violencias en el ámbito universitario me parece, junto a la zozobra del protagonista tratando de mantenerse fiel a sí mismo, el gran acierto del texto.
  
Buena segunda novela de Coradino Vega. Como en el caso de su estupenda El hijo del futbolista, una excelente compañía para revisar quiénes éramos y en quiénes nos hemos convertido. Que los hados le sean favorables a este autor onubense y que lleguemos a leer su tercer libro. 

27 de mayo de 2014

El niño pez, Lucía Puenzo

Se supone que yo debería haber entrado en la obra literaria de Lucía Puenzo a través de La maldición de Jacinta Pichimahuida hace 7 u 8 años. Esa fue la recomendación de Juan Martín, un amigo argentino, en su día. Sin embargo, por unas razones o por otras, que ni yo mismo sabría del todo especificar, terminé ingresando en el universo de esta autora —porque yo diría que tiene eso: un universo propio— a través de dos películas estupendas: XXY y... El niño pez.

Sí, cosas raras de mi vida literaria: por una vez, vi la película antes de leer el libro... Y eso a pesar de que esta novela era incluso anterior a la de Pichimahuida. De hecho, El niño pez es la primera novela de Lucía Puenzo (Buenos Aires, 1974), una obra que escribió con 23 años, es decir, a una edad a la que otros ni siquiera sabíamos aún de que iba esto de la vida. El caso es que un día, hace 2 o 3 años, descubrí la peli en la web de TVE y la vi... Y lamenté no haber seguido antes el consejo de mi amigo.

Luego, como tenía demasiada fresco el filme, no quise acercarme a su literatura a través de la única novela que tenía publicada en España.

En fin, lo sé: historias para no dormir. Pero así de azaroso fue mi encuentro con esta autora.

Ahora que los años han pasado, conseguí la novela y he disfrutado de su lectura tanto como con la película. De hecho, me había olvidado tanto de la historia que si no es por la contratapa no caigo en la cuenta del cambio de punto de vista: en la versión de papel, la voz narrativa recae sobre un perro. Es más, añado yo: un perro que se autodefine en la primera página como «macho, negro y malo», que parece estar a punto de morir y que, como un humano cualquiera, con la luz del más allá en el horizonte, decide contarnos una historia sobre su dueña, Lala, y la chica de la que se enamoró, la Guayi.


Una novela con aristas sociales

De la novela me ha interesado algo que también está en la película de XXY: la mirada sobre la identidad sexual. Las historias de Puenzo te enfrentan con prejuicios socialmente establecidos o te plantean cosas que no se te habían ocurrido (o al menos no planteártelas de ese modo). Yo diría que a esta autora argentina se le da muy bien crear personajes, situaciones y atmósferas que cuestionan, sea de manera sutil o explícita, las convenciones.

Por ejemplo, en El niño pez, Lala y Guayi, dos chicas adolescentes, se enamoran. Es más: se encoñan (sobre todo Lala de la Guayi) y quieren estar todo el tiempo juntas, explorarse y demás previsibles efectos secundarios del amor. Hasta ahí nada que no hayamos leído en otro lado. Sin embargo, el ángulo que elige Puenzo es peculiar: Guayi es la mucama paraguaya que trabaja en la casa donde vive Lala, un típica casa de familia progre y acomodada porteña que reside en San Isidro. Por tanto, la novela da cuenta de una tensión entre clases sociales (en términos madrileños sería algo así como que la hija de alguien que vive en El Viso se enamorara de la chica filipina encargada del servicio doméstico).

Además, la familia de Lala es un desastre. Brontë, el padre, a pesar de ser un intelectual brillante, influyente y exitoso, es un suicida en potencia; tan en potencia que ha fracasado varias veces a la hora de matarse. Su esposa, en cambio, prefiere ir por el lado de las flores de Bach y de los viajes a la India para meditar... Por su parte, Pep, el hermano, es el típico niño bien que ha confundido el sentido de la vida con ingerir todo tipo de drogas, cultivar marihuana o convertirse en el dealer de sus colegas.

Luego, está la Guayi, que sí, que es una adolescente como Lala... Pero que a su edad tiene ya mucho vivido. Allá en su tierra, en Paraguay, tuvo un embarazo no deseado —y algo más, pero que conviene no desvelar por el bien de la historia— y a su edad vive la sexualidad sin complejos, de manera voluptuosa diría yo: se acuesta con el guardia de la garita, se engancha con Lala, se deja meter mano por Brontë... En la novela empieza estando tres pasos por delante de Lala y termina uno por detrás.

Y por último, está Lala, que es una típica chica de barrio de gente con dinero al norte de la General Paz. Es decir: un chica con poco mundo y que apenas sabe qué hay más allá del portón de su casa o de su barrio. Sin embargo, encuentra en el amor —el deseo— por la Guayi la fuerza a la que aferrarse para vencer esos y cualesquiera otros obstáculos a su paso. De hecho, su perro nos habla en varios pasajes de la función de anestesia que desempeña el amor para ella. Y jugando a psicoanalistas domésticos, podríamos decir que en la angustia vital donde su hermano pone las drogas, ella coloca a la Guayi.


Vivir para transformarse

Algo interesante del personaje de Lala es que ni es una desclasada que querría ser bohemia ni es una niña bien que quiere aupar a la Guayi hasta el lugar social donde ella habita. Es una chica rara, un puntito especial. Su Weltanschaung, que diría alguno, nos lo da su perro a mitad de novela: «Lo marginal la aburría tanto como el conchetaje; estaba muy tranquila con su falta de mundo». Y yo diría que ahí está el gran acierto de la novela, en esa suerte de entre dos aguas en que naufraga este personaje cuya identidad está en permanente construcción, desde la primera página hasta la última.

De hecho, su proceso de transformación a lo largo de la historia es impactante. Aquí es la chica rica quien pelea por tierra, mar y aire para conseguir que la pobre le haga un hueco en su vida. Es Lala quien lo sacrifica todo y quien no para de desprenderse de capas y más capas con tal de estar al lado de su amada. El desprendimiento total lo simboliza un corte de pelo radical, un cambio en su gestualidad y la sensación por parte de los demás de que se ha convertido en un varón (o al menos en un andrógino). Lala consigue transformar su angustia, su soledad y su necesidad de anestesiarse mediante el amor iniciales en una lucidez rabiosa. Una lucidez y una rabia que nos transmiten algo inimaginable en las primeras páginas: la chica que antes no era capaz de cuidarse por sí sola, ahora es capaz de cuidar de ella y de la Guayi.

*

PD. Por cuestiones «restricciones de derechos», la web de TVE ya no ofrece la película de El niño pez. A cambio, permite ver este coloquio entre Lucía Puenzo, Javier Montes y Cayetana Guillén Cuervo cuando dieron la película en el programa «Versión española».

31 de enero de 2014

Últimas conversaciones con Pilar Primo, Antonio-Prometeo Moya

Ultimas conversaciones con Pilar Primo es una novela incómoda para los prejuicios políticos. En particular, los de izquierda. De hecho, una amiga algo militante casi me tiró el libro a la cabeza después de leerlo; según ella, la novela pasa de largo por los abusos de la dictadura franquista y solo contribuye a consolidar una imagen conservadora, paternalista, etc., de la mujer. Mi amiga, sospecho, hubiera querido algo más en sintonía con ciertas generalizaciones de la izquierda que ni a la izquierda misma hacen bien.

El problema de esta novela histórica de ficción es que, en ciertos momentos, te hace sentir un poco falangista. Y eso implica, claro,  considerar que algunos de los puntos de vista del personaje de Pilar Primo son razonables; no por llamarse como se llama y ser quien fue todo lo que ese artificio narrativo dice es «basura fascista», etc. (Por si alguien no se ha dado cuenta, insisto una y otra vez en que este libro es ficción).

Además, como alguien me explicó una vez, todos llevamos dentro un fascista y un estalinista,  un imbécil y un tipo inteligente, un valiente y un cobarde... Pero el problema no es lo que llevas dentro, sino lo que dejas salir fuera. Últimas conversaciones con Pilar Primo (Caballo de Troya, 2006) hurga en esa herida: lo que eres vs. lo que dejas salir.

De toda la novela, me quedo con un pasaje que me noqueó y me hizo pensar mucho:
La expresión «ama de casa» está hoy completamente desprestigiada y es imposible entender el valor que tenía para la mayoría de las mujeres en la España subdesarrollada de los años cuarenta y cincuenta. Para las mujeres de las clases adineradas, dada la legislación vigente, podía ser tanto una forma de esclavitud como una forma de hacer vida social y negocios de trastienda, pero para las mujeres de la clase trabajadora equivalía a ser independientes, a tener casa propia, si era posible con una criada para todo, y con una economía doméstica que les permitiera dedicarse a la administración de la casa y a las actividades que más les gustaran. Esta idea de la mujer como «reina del hogar», que hoy se considera una cursilada reaccionaria, fue un factor muy importante en la educación de las mujeres de la clase trabajadora de aquellos tiempos. Lo sé por el ejemplo de mi madre. No sé a otras mujeres, pero a mi madre no la engañaron. Ella quiso ser ama de casa, no porque ustedes se lo inculcaran, ni porque se lo ordenasen los curas, sino porque eso era lo que quería. Lo que no sé es si ha sido alguna vez la reina de su hogar. Supongo que hasta cierto punto sí. Nunca hemos tenido criadas, pero mi padre se ha ganado la vida relativamente bien pintando inmuebles, a principios de los cincuenta. Ahora tiene una pequeña empresa y dirige el trabajo desde la oficina.

Este pasaje me hizo caer en la cuenta de un par de obviedades que yo comprendía intelectualmente, pero que había sido incapaz de asimilar orgánicamente. Como buen varón occidental y antimachista del siglo XXI, siempre había considerado que no podía haber nada más retrógrado para las mujeres que considerarlas amas de casa. Sin embargo, nunca me había detenido a pensar que muchas mujeres de la época de mi madre, esto es, educadas durante el franquismo, solo tenían una posibilidad para irse de casa de sus padres: casarse y ejercer de señoras de su propia casa. En mi registro emocional, eso solo sucedía en la Edad Media, en las novelas de Jane Austen, en las noticias de la tele cuando hablan del machismo en Arabia Saudita, etcétera. Me costaba entenderlo en términos de un pasado tan reciente. En el mío, por ejemplo.

Me autotraduzco: que una mujer saudí conduzca un coche o trabaje de vendedora en un centro comercial puede ser todo un gesto de liberación (aunque lo haga con burka, tenga siete hijos y sirva a su marido como si fuera su súbdita). Desde mi atalaya miope, me puede parecer escaso; sin embargo, en el contexto de su época y de su cultura, puede ser una rebelión en toda regla, una chispa que prenda una llama mayor. Lo que yo puedo ver —salvando las distancias— con claridad en una mujer musulmana del siglo XXI era incapaz de verlo en una española del siglo XX. Limitaciones que tiene uno.

Y por hilvanar (o deshilvanar) un poco más la madeja, ese pasaje me hizo recordar a tres amas de casa bastante singulares. Una de ellas es Hillary Clinton, quien tuvo problemas con cierto electorado femenino por criticar o rehuir el estereotipo de feliz ama de casa que solo se preocupa por su marido y sus hijos. Es conocida, por ejemplo, esta frase suya: «Podría haberme quedado en casa horneando galletas y tomando el té, pero decidí cumplir con mi profesión». Años más tarde, en cuanto mostró algo de cansancio por su carrera política, el muy conservador ABC español no dudó en titular así: «Hillary Clinton añora ser ama de casa».
“Pude quedarme en casa horneando galletas y tomando té, pero decidí cumplir con mi profesión...”

Este contenido ha sido publicado originalmente por Diario EL COMERCIO en la siguiente dirección: http://www.elcomercio.com/mundo/Amada-odiada-animal-politico-Hillary_Clinton_0_847115321.html. Si está pensando en hacer uso del mismo, por favor, cite la fuente y haga un enlace hacia la nota original de donde usted ha tomado este contenido. ElComercio.com
“Pude quedarme en casa horneando galletas y tomando té, pero decidí cumplir con mi profesión...”.

Este contenido ha sido publicado originalmente por Diario EL COMERCIO en la siguiente dirección: http://www.elcomercio.com/mundo/Amada-odiada-animal-politico-Hillary_Clinton_0_847115321.html. Si está pensando en hacer uso del mismo, por favor, cite la fuente y haga un enlace hacia la nota original de donde usted ha tomado este contenido. ElComercio.com

Otra ama de casa vigilada con lupa  es Michelle Obama. Ella, como recoge el blog Ala Oeste, «ha sido descubierta haciendo la compra en un supermercado de precios bajos, como cualquier ama de casa en estos tiempos difíciles». Y la tercera es Letizia Ortiz, a quien la Real Academia de la Historia le sirvió en bandeja el titular a la revista 10 minutos: «Letizia Ortiz, un ama de casa real» (noticia ampliada aquí). Vamos, que no era tan fácil despachar el asunto de las tareas domésticas como me parecía; al contrario, es una cuestión que esconde una gran complejidad.

En fin, he aquí un libro jugoso para dialogar con él y resituar algunos prejuicios. Eso sí, como la industria editorial funciona como funciona, calculo que la novela ya solo se consigue en la biblioteca, en los saldos o en IberLibro.



PD 01. Me he quedado con ganas de leer  Retrato del fascista adolescente, un libro muy singular que Prometeo-Moya publicó en los setenta y que causó impactó entre los progres literarios del momento. ahora lo ha reeditado Berenice. Y, según me recomiendan, debería pasar también por La loba, que acaso hubiera brillado más de no haber coincidido con la emergencia de Antonio Muñoz Molina.

PD 02. Aquí, una entrevista con el autor.

4 de enero de 2014

La visita, Jose González


(...) A veces me preocupo de qué demonios han hecho con nosotros para que no tengamos agallas, ni temple, ni argumentos para desaprender de este mundo mal inventado.

*

Quiero creer que existe alguien que saca lo mejor del otro, que ayuda a vivir, a superar, a crecer.


*

(...) me parece que parte importante de la revolución sería disparar a las teles y no a nuestros amigos; dedicar horas a los afectos, a la vida, a mostrar de lo que uno disfruta para que los otros disfrutemos o sepamos que disfrutar será una posibilidad en nuestro camino.

*

La visita, Jose González
Caballo de Troya, 2013

20 de noviembre de 2013

Fuera de juego, Miguel Ángel Ortiz (presentación)



El sábado que viene, día 23, estaré en Medina de Pomar (Burgos) haciendo los honores a Fuera de juego, la primera novela de Miguel Ángel Ortiz. El autor, dado que juega en casa, será el encargado de poner la hinchada —familia, amigos, vecinos, etc.— y de precalentarla, en caso de ser necesario por el frío, con todo tipo de bebidas espirituosas... En cualquier caso, si algún errático lector de este blog vive cerca del lugar, está más que invitado a compartir un rato de literatura. En la invitación están los datos necesarios (salvo la previsión de si nevará o no...).

Por lo demás, enlazo aquí la versión en papel y la versión electrónica de la novela. También un texto que escribió el autor para la librería donde trabaja, La Formiga d'Or, de Barcelona. Ah, y su blog: Deshojando Renglones, donde hay un fragmento de la novela.

Nos vemos en Medina.

PD. Fuera de juego la ha publicado Caballo de Troya. Su editor, Constantino Bértolo, también andará por Medina y dirá unas palabras.

Actualización (8/01/2014): enlace a la entrevista que le hice al autor.

20 de septiembre de 2013

Diario de campo, Rosario Izquierdo


Cada días ves a tu alrededor el paisaje caótico de vidas bien planificadas y luego hechas un lío, divorcios complicados, hijos confundidos, educados con blanduras o prisas, y después brutalmente implicados en las rupturas, mal protegidos del torbellino económico y sentimental que arrastra a madres y padres. Soledades no buscadas ni deseadas, dentro y fuera de la pareja, que confunden los sueños primerizos y desvían la mirada de lo importante, y a veces rematan como un sinuoso encaje de bolillos muchas de las carreras profesionales femeninas que consiguen el éxito, pero ¿acaso te libras tú de esas soledades por haber interrumpido una carrera profesional? Estás igual de jodida que si hubieras hecho las cosas como el mundo esperaba de ti, este ha sido el soniquete de tus peores momentos, pero tranquilízate, respira y mira al frente. Para qué mortificarte con las posibles opciones. Admite la simpleza de la complejidad: afrontaste las cosas según se fueron presentando, sin una capacidad de planificación de la que carecías, solo con la voluntad de construir algo propio, auténtico. 

De las variadas y múltiples lecturas que ofrece Diario de campo, la más sugerente —para mí— es la que contiene el remate del subrayado anterior: la férrea «voluntad de construir algo propio, auténtico». En mi opinión, todos o casi todos los temas que aborda esta novela giran alrededor de esa idea-imán. Es más: muchos fragmentos pueden leerse como un donoso escrutinio de los daños colaterales que acarrea ser mujer y mantenerse leal a esa divisa mientras construyes tu relación de pareja, crías a tus hijos o peleas por cumplir con tus aspiraciones laborales. Por tanto, es un libro que habla sobre las servidumbres que conlleva asociar ciertas ideas a tu identidad, sobre los peajes que eso implica... Y sobre si una está dispuesta a pagarlos, claro.

(Si es que ya lo decía Susan George: «Las ideas tienen consecuencias»...)

La voz que narra pertenece a una socióloga de unos 45 años que lleva tiempo peleando por reinsertarse en el mercado laboral. A grandes rasgos, su historia es la de una persona que se casó a los veintipocos con un músico diez años mayor y que, cuando se quedó embarazada, optó por tomarse un periodo sabático para criar a sus hijos como ella quería. Una vez cumplidas sus expectativas como madre, decidió retomar las profesionales.

Sin embargo, cuando intenta ingresar en el mercado laboral, las cosas ya no son como antes. Primero: es complicado colocar a una socióloga, en especial si su trabajo de campo es la mujer en barrios marginales. Y segundo: de haber ofertas, estas vienen acompañadas de contratos temporales y de condiciones laborales precarias. A partir de esa situación vital, la narradora se plantea muchas preguntas sobre su condición de mujer, madre y profesional, sobre todo a raíz de coincidir con compañeras o jefas que aún no tienen hijos y quisieran tenerlos. La cuestión que resume el sentir de todas ellas sería algo así: qué es preferible, ¿el limbo profesional al que te manda convertirte en madre o el limbo emocional al que te envía suspender tu maternidad para conseguir progresar en tu trabajo?

Ya sabemos que ese tipo de interrogantes vitales carecen de sentido para gente como Rajoy, que opina que las cosas deben hacerse «como Dios manda». O incluso para Ana Mato, capaz de ver que su marido tenía un Jaguar en el garaje y no preguntarle de dónde había salido semejante cochazo. Sin embargo, por suerte, en este país hay personas que manejan mejores referencias intelectuales que el presidente y con más inquietudes vitales que la ministra de Sanidad. De hecho, hay montones de mujeres que, pese a estar muy cualificadas, viven por debajo de sus posibilidades y que, llegadas a la treintena, se preguntan a lo Cormac McCarthy si este es país para ser madres... Y si, llegado el caso y vistos los sangrientos sacrificios rituales que exige el dios Mercado, hay un momento más adecuado que otro.

O por decirlo de otro modo: ¿es un error ser madre, pongamos, a los 25 (como en muchos países latinoamericanos, por cierto)?  ¿Quiénes empiezan «la casa por el tejado»: aquellas que anteponen el hijo al trabajo —como la narradora —o aquellas que hacen las cosas como todo el mundo, esto es, que medran hasta conseguir un buen puesto, forjarse una estabilidad económica, etc.? ¿Hay que sacrificar todos los proyectos a una idea de estabilidad económica (cada vez más imposible)?

El otro gran tema que abarca este libro está relacionado con la profesión de la narradora (y la autora): el trabajo social con mujeres en barrios marginales de Sevilla. Y desde esa atalaya tan humilde como bien situada, Diario de campo nos alerta sobre los rebrotes de machismo en los adolescentes (esos mozos que embarazan a sus novias de 16 años y cuya pregunta más existencial quizá sea si acceder o no a ser carne de reality en la MTV). Además, nos habla de los burkas, literales o figurados, que aislan social y culturalmente a casi cualquier mujer en esos barrios. O pone sobre la mesa conceptos como «el currículum oculto» y analiza el papel de la abuela como estructuradora de familias desestructuradas.

Diario de campo es un libro ambicioso y transversal, y eso me gusta. Por querer, la narradora quiere incluso poner en crisis la pomposa retórica que aprendió en la universidad. Esa que se nutre de elevadas lecturas y que intenta explicar la realidad al amparo de conceptos como «procesos participativos», «procesos de segmentación laboral» o «agentes sociales». Esa que, sin embargo, a la hora de realizar el trabajo de campo, no sirve para relacionarse con una chica gitana que en vez de ir al colegio vende bragas de acrílico o algodón como si fueran de licra en un mercadillo. Solo por esa escena y esa reflexión merece la pena esta lectura.

Honestamente: no sé muy bien cómo terminar esta reseña sin engancharme con otros asuntos que aborda el texto: el síndrome del nido vacío que generamos los hijos, los espacios propios en las relaciones de pareja, cómo reinsertar a las personas de barrios marginales... Así que optaré por cerrar el comentario aquí nomás y decir que este es uno de esos libros que mejora la calidad de las preguntas con que intentamos encontrar respuestas en ese otro trabajo precario y temporal que es la vida. Sobre todo, si en vez de vidas planificadas y ordenadas por otros, nos empeñamos en desplegar «la voluntad de construir algo propio, auténtico».

Hala, ahí queda eso. ¡A otra cosa!


*

PD 01. Apuntes para el acercamiento a Diario de campo, por Rosario Izquierdo.
PD 02. De algún modo, y aunque sea de manera algo lateral, este libro me recordó el documental Polígono sur.

22 de mayo de 2013

#Despacio, Remedios Zafra

Hace algunos meses asistí a la presentación de este libro —una extravagancia de mi parte, lo sé, que apenas acudo a actos— y al menos ha pasado un mes desde que lo leí... Culpógeno como suelo sentirme por no sacarle rédito a tanto esfuerzo literario de mi parte, he abierto la libreta de notas, he releído las frases que anoté en su día y he decidido transcribir lo que me parezca oportuno. Quizá sobre la marcha se me ocurra añadir algo.

Mi primera anotación dice así:
Este es un libro sobre la época que vivimos, sobre la toma de conciencia de la identidad. Un libro donde 24 personajes articulan un espacio. Esos 24 personajes habitan un lugar llamado Aquí. En esencia, el problema de la gente de ese lugar es que van a la estación porque quieren irse de la ciudad... Por alguna razón, todos esperan —o solo hay— un tren para marcharse, el de las 11:35 h. Te montas Aquí y el tren te lleva hasta... Allí. Sin embargo, ese tren nunca llega. (O pasa tan veloz y se detiene en la estación un tiempo tan infinitesimal que nadie lo ve).

De tanto esperar, el andén de
Allí se convierte en un lugar que habitar (como la T4 de Barajas cuando hay huelga, vamos). De ese modo, el intangible deseo —de viajar, de estar en otro lado, de convertirte en otra persona— se transforma en un espacio muy concreto: el andén de una estación repleto de gente variopinta que, como Vladimir y Estragón, no saben muy bien qué o a quién esperan. Y mucho menos por qué o para qué.
Esto está demasiado bien pensado para que sea solo cosa mía... Vamos, ni en siete reencarnaciones se me ocurre a mí, por ejemplo, lo de «articular un espacio». Eso es de gente bien hablada de universidad. Tampoco me veo yo contando personajes hasta llegar a 24, así que diría que un 80% lo debió de comentar la autora, Remedios Zafra (Zuheros, 1973), y que el otro 20% son rulos, laca y peine míos sobre las ideas de ella. Eso sí, lo de Godot me inquieta: pensaba que era de mi cosecha; sin embargo, después de ver la obra de Beckett el otro día, sospecho que no, que ni siquiera eso.

La razón acabo de encontrarla en otra anotación de mi libreta:
#Despacio es un libro sobre el circo cotidiano que ofrecemos como sociedad, donde hacemos de nosotros mismos y procuramos desempeñar un papel estelar en esa representación. Nótese que ni siquiera la cosa es ya teatral, sino circense y que acaso la gran pregunta existencial del momento para muchas personas sea esta: ¿qué papel desempeño? 
En Esperando a Godot, Vladimir, en mitad de un largo parlamento, tiene un ataque de existencialismo y dice más o menos así: «¿Cuál es nuestro papel en todo esto?». (Caramba, qué coincidencia, que dirían Les Luthiers...). Y, bien visto, el libro aborda esa idea de la vida como representación, pero en clave posmoderna. Es decir: la vida no es sueño sino circo y una parte importante de la sociedad, más que en revoluciones, quiere participar en algún programa de la tele. Y a ser posible, salir guapo, claro está.

Quizá el cambio semántico que ha experimentado la palabra estética recoja bastante bien parte de esa idea. Ya casi nadie entiende por estética algo que remita a Hegel ni a teorías sobre la belleza en el arte o pamplinas filosóficas semejantes. Hoy, empezando por los políticos y periodistas, esa palabra es solo sinónimo de aspecto, apenas un adjetivo adecuado para cirugía. El concepto ya no encierra ni la grandeza ni la profundidad del estrato, solo su epidermis. Remedios Zafra recoge esto de manera espléndida —o eso me parece a mí, vaya— a través de un concepto: el de jóvenes «estéticamente preparados» (anverso, de algún modo, de aquella propaganda publicitaria de Renault Clio de los JASP):
[Red, Yellow y Purple] Piensan que les queda muy poco tiempo, que quien no se hace famoso muy, muy joven ya no tiene nada que hacer, que entonces mejor dejarse morir en alguna esquina, automutilarse en trozos y darse como comida a los perros. Ellos no están dispuestos a ese destino y no bajan la guardia. Por eso dicen estar siempre estéticamente preparados para el momento y, por eso, pasean todo el día dejándose ver con su vestimenta tuneada, su apuesta por la máscara de ojos azul mantequilla, su lápiz de labios Russian Red, su último tatoo semivisible y su cinturón Cyberdog.
Quizá sea eso lo que pase con mucha gente hoy, de cualquier edad, de cualquier oficio: apenas pasan de ser jóvenes estéticamente preparados. Poco más. Y construyen su identidad o contestan a las cuestiones existenciales desde ahí. Como Regina, otro personaje del libro, que cuando responde a una pregunta lo hace «sintiendo a sus espaldas todo el peso acumulado de las malditas horas dedicadas a su ropa, a sus complementos, al amoniaco de su tinte, a las consultas a su red, a los test de imagen...».

A poco que uno vea la programación de la MTV, entiende de qué va todo esto. Antes Vladimir o Estragón encarnaban nuestra faceta más patética a la hora de enfrentar el Más Allá, ahora esa tarea se la hemos subcontratado a los estetas que revientan audiencias con The Valleys, Gandía Shore o Embarazada a los 16. O incluso a Mario Vaquerizo, que podría pasar por un perfecto Vladimir posmoderno.

Miro por última vez mi bloc de notas:
#Despacio es un ensayo que viste ropas de ficción kafkiana para hablarnos sobre la metafísica de una generación abocada al nomadismo de sí misma y sin paciencia para la espera debido a que está educada en el permanente deseo de inmediatez. Es un libro que habla de identidades forjadas a toda prisa a partir de «lo epidérmico de los estratos», de la desesperanza porque nadie te pone un «Me gusta» en el Facebook o porque tu teléfono hace una hora que no titila indicándote que alguien piensa en ti en alguna parte del ciberespacio (sí, qué va a ser: de esos materiales parece estar construida buena parte de la angustia contemporánea ante el inaudito hecho de vivir).
Y, puestos a elucubrar, diría que la autora se plantea cómo contestar la misma pregunta que se hace uno de sus personajes: «Pero ¿quién decide lo que es uno y hasta dónde se deja de ser uno?». Su contestación está en las últimas líneas del libro, que dicen así:
« (...) Lo que tengo frente a mí es un horizonte que se mueve conmigo y multitud de personas, aisladas pero confluyendo. Se unen, van juntas, algunos se dispersan. A muchos les pierdo de vista. Otros se agrupan, vamos cerca, despacio. Yo sigo caminando. En la manera en que nos miramos hay algo en común, como esas sonrisas cómplices que se cruzan los desconocidos cuando se descubren subiendo al mismo autobús. No tengo ni idea cuándo ni de dónde llegaré, solo sé que estoy yendo, despacio, y entretanto, escribo».

Y quizá sea eso lo que más me ha gustado de este libro: es para gente lenta, como yo (aunque esto último suene un poco a canción cursi de Julieta Venegas).

16 de noviembre de 2012

Creíamos que también era mentira, Elena Figueras


Con el permiso de Carmen Martín Gaite y Elena Figueras, este libro podría haberse llamado Usos amorosos de la España posfranquista. O de la Movida madrileña. O algo así. Si bien el libro de Gaite es un ensayo y el de Elena Figueras una novela, ambas aproximaciones a la educación sentimental de las mujeres españolas comparten trinchera: hablar de lo fácil que resulta convertirse en esquizofrénico —me incluyo en la parte femenina que me corresponde— en un país de costumbres educativas tan salvajes como el nuestro. Una guerra civil, cuarenta años de franquismo y una transición tan animal estropean la psique de cualquiera.

El final de los setenta y el principio de los ochenta fueron muy duros para nuestros padres y hermanos mayores. Y no porque ETA matara a discreción, se viviera con virulencia en los cuarteles militares la legalización del Partido Comunista o porque los políticos que hoy alaban a Adolfo Suárez conspiraban entonces para liquidarlo como fuera. No. O, vamos, no solo por eso, sino que muchos de nuestros mayores también lo pasaban mal porque formaban parte de una España cansada de que sus modelos femeninos fueran los orgasmos místicos de Teresa de Ávila, el mesianismo belicoso de Isabel la Católica o la mojigatería ortodoxa de Pilar Primo de Rivera. Una España que, además, tenía por psiquiatra de referencia al doctor López Ibor, quien incluía la homosexualidad en el capítulo «Aberraciones» de su libro Vida sexual sana. 

En Oigo girar los motores de la muerte, el poeta Roger Wolfe recuerda una pintada que había en la plaza de la catedral de Oviedo: «LIBERTAD PARA TOMAR ALGO». La recuerda, claro, de sus noches de borrachera ochenteras. Y dice sobre ella: 
Es curioso. La frase podría resumir la década de los ochenta a la perfección. La «libertad» se había atisbado por un momento. Nunca llegó. Y ahora, dentro de catorce días, cambiaremos hasta de moneda, con la entrada en vigor del euro. ¿Cómo es posible que algo tan cercano parezca estar tan lejos? Los años ochenta fueron el definitivo punto final de un colapso anunciado ya desde la conclusión de la Primera Guerra Mundial.
En esencia, eso es lo que nos cuenta Creímos que también era mentira: la historia de un colapso anunciado. Un colapso personal, el de la protagonista, Ana Cervera, que puede leerse también como el de una generación. Como en el 68 nuestros padres, en los ochenta nuestros hermanos mayores —los nacidos en la década del 60— atisbaron la libertad... Lo hicieron durante un instante, pero tampoco la consiguieron. Y lo peor de todo es que muchos de ellos confundieron la rebeldía con la autodestrucción y, de paso, entre borrachera y borrachera, entre pico y pico de heroína, aniquilaron su conciencia política. Creyeron ser libres, y sin embargo se limitaron a mudarse de cárcel.  


Cambiar todo para que nada cambie

Como corresponde a una novela de formación al uso, Creíamos que también era mentira retrata el recorrido vital entre los 15 y 21 años de su protagonista. El suyo es un camino de luchas de poca monta, nada épicas, por conquistar ese intangible llamado libertad. Ana comienza por liberarse de la opresión de sus padres —unos franquistas pijos de medio pelo de La Castellana— para convertirse en la perrita faldera de sus amigas, unas hijas de familia progre que viven en Puerta de Hierro y mandan a sus hijas al colegio donde estudian las infantas. Después, para librarse de sus kilos de más, sustituye la dieta mediterránea por la ingesta diaria de anfetaminas y el consabido ayuno. Y así todo...

Y siempre a peor, claro. Para emanciparse de sus tabúes sexuales (frigidez, virginidad, orgasmo, etc.) se entrega a la promiscuidad sin condón. Y para fumar porros, beber hasta reventar y vivir sin estudiar ni trabajar, se encoña con fervorosidad religiosa —y hasta monógama— de un arquitecto quince o veinte años mayor que se lo paga todo y que la deja instalarse en casa. Es decir: su rebelión consiste en enamorarse de un rico; progre, sí; pero un rico más al fin y al cabo. Por último, para superar el cuelgue por su arquitecto y dealer doméstico, «que tanto la hacía sufrir» debido a los celos, se engancha a la heroína.

El descenso al infierno es así, con escalera de caracol incluida. Y en el caso de Ana y muchos de su generación, aderezada con Nacha Pop como hilo musical y una visión del Aleph conformada por epifanías vividas en interminables noches en bares de Malasaña, los sofás de la sala El Sol o los porros y las cañas en el parque Berlín mientras Tejero intentaba dar un golpe de Estado.


Cuidado con la reputación

Creíamos que también era mentira sugiere que, bajo la espuma warholiana, la Movida también tuvo mucho de rancia película del oeste hollywoodiense. Que puede que ciertas tribus urbanas madrileñas se creyeran tan temibles como los apaches, los comanches o los sioux; que quizá sus atuendos y sus peinados descorazonaran a unos cuantos padres y madres... Incluso que asustaran a la España de misa a las 12 y mantilla para fiestas vaticanas. Sin embargo, a la hora de la verdad, John Wayne y sus soldados solo necesitaron regalarles unas baratijas, repartirles unas cuantas botellas de aguardiente o entregarle unos cuantos rifles rotos para vencerlos en la siguiente batalla. El sida, el alcohol o las drogas estragaron tanto aquella generación que en las décadas venideras el Séptimo de Caballería Neoliberal y el Progresismo Pop arrasaron con todo (o casi).

La modernidad y la libertad, viene a decirnos la autora, Elena Figueras, eran otra cosa.

La modernidad y la libertad eran algo más que cambiar un yugo por otro. Era mentira que el envés de la típica catoliquísima familia tradicional española fuera una familia desestructurada donde los padres aceptasen de buen grado que sus hijos cambiasen los estudios por las drogas, no les pusieran límites o que, llegado el momento, se fumasen unos porros con ellos. Era mentira que el revés de aquella omnímoda obligación emocional de casarte joven por la Iglesia con un buen chico que te hiciese unos cuantos hijos debiera ser el sexo arbitrario, en cualquier lado y sin protección. Había un término medio en alguna parte y, muchas personas, como Ana Cervera no lo encontraron.

Tampoco le explicaron a las chicas como Ana que hay ciertas bohemias y poses sociales que no son aptas para todos los bolsillos ni clases sociales. Los hijos de los ricos pueden permitirse cosas que los mindundis y los pijos de medio pelo como ella no pueden..., salvo que quieran terminar para el desguace. Es muy fácil dar lecciones de modernidad o de libertad cuando tu discurso está anclado en una cuenta corriente de cuyo saldo no debes preocuparte y tu concepto de rebeldía incluye unos muebles de Mies van der Rohe. Así cualquiera va de enrollado por la vida, se despreocupa por el futuro, se entrega a todos los vicios, pasa de estudiar o trivializa la importancia de forjarse una conciencia política. 

Y eso es lo que Ana tarda mucho tiempo en comprender: se había equivocado de enemigo, de armas para enfrentarlo y de lugar donde combatirlo. Es una mierda que tu padre sea franquista, tu madre una histérica sin proyecto de vida o que sus sueños sobre ti estén en las antípodas de los tuyos. Nadie dice que eso mole. Ahora bien: los padres son más —mucho más— que aquello que odiamos de ellos. De ahí que la verdadera epifanía de Ana suceda cuando se da cuenta de que su padre se gana la vida honradamente como pediatra en el ambulatorio de Pontones y en su consulta del barrio de Vallecas. (Poca cosa para la gente de Puerta de Hierro). El problema es que para entonces ella ha dejado de ser la chica de ayer de Nacha Pop para emprender el camino hacia la Lola de Los Suaves. Escaso rédito y corto alcance para su proyecto de rebeldía, que ella resume así en la página 200: «En 1983 lo había conseguido. Había conseguido reputación de mujer fatal y desde luego de yonqui».

Descanse en paz la Movida madrileña.

*

PD. Noticia sobre la muerte de Elena Figueras y breve obituario sobre ella.

29 de mayo de 2011

Acceso al comportamiento, Antonio Doñate


Los gustos por supuesto nos definen, cómo no van a hacerlo; funcionan como acrónimos de la personalidad, a veces como parapeto eufemístico. Como hablar de cómo es uno  no solo da vergüenza sino que queda mal, exhibo un gusto, que espero que actúe como símbolo. Nick Hornby les otorga una importancia extrema y no se equivoca. Esto, bajo el barniz pop, es el dandismo. El de toda la vida. Algo cuya paternidad quizá descanse en Oscar Wilde, o en Huysmans, en ese À rebours, culmen del refinamiento decadente, donde se nos presenta a un personaje que se confina en su propia casa, atestada de objetos, de cultura. Alguien para quien el arte no es un vector que conecte con la sociedad, sino con el arte mismo. Un mero sistema referencial, un diagrama de flechas endogámicas, retroalimentadas. Jean Floreissas de Esseintes es un joven noble francés que hace de su casa un búnker. Autoconvenciéndose de que ver una reproducción de un cuadro, leer un libro de viajes, oler un elixir de algún lugar no es una experiencia incompleta, menor que disfrutar de esas mismas cosas de manera presencial.

Todo ese ideario, el de la autonomía del arte, es que el nutre el actual panorama cultural. Un grano de pus que estalló a finales del siglo XIX y lleva supurando, fermentando desde entonces. Algo que cristalizó después de la Segunda Guerra Mundial en eso que conocemos como posmodernidad, que tranquilamente podríamos resumir en la figura de Warhol; un esquema que aún dicta el guión férreo de nuestros días y que había sido descrito y profetizado concienzudamente por los situacionistas. Tras Guy Debord —como tras Auschwitz—, mantenerse ingenuo equivale a mantenerse desinformado. Hay cosas que no se pueden obviar.
*

Acceso al comportamiento, Antonio Doñate
Caballo de Troya, Barcelona 2011

PD 01. Y tras esta carga de los Mossos d'Escuadra a los pacíficos manifestantes del 15M en la Plaça Catalunya, también hay cosas que no se pueden obviar. Ni tras las pobres reacciones de muchos políticos y analistas respecto a las acampadas y concentraciones en muchas ciudades españolas (no solo en la Puerta del Sol). Pero, bueno, al grano: después del 15M, quizá ir de posmoderno en el arte y obviar «ciertas cosas» será como no haber entendido este chiste de Mafalda.

PD 02. Un buen balance de fortalezas y debilidades del movimiento 15M puede leerse en el blog de Xabel Vegas.

PD 03. A ser posible, el fragmento de Antonio Doñate debe leerse con música de Los Deltonos o, en su defecto, de Hendrik Röver, quien protagoniza un estupendo pasaje del libro.

PD 04. Pág. 62:
Nadie, en el fondo, acepta otra cosa que no sea lo propio, nadie es verdaderamente tolerante. La tolerancia es una figura inventada, una entelequia, un subterfugio de las estructuras dominantes. Algo de configuración vertical. Los de debajo han de tolerar, ellos [los de arriba] no. Los más educados —los más perversos— fingirán hacerlo. Y en algún caso habrá que ser muy revenido para descubrir el ardid.

9 de febrero de 2011

El lenguaje de las células..., Nacho Gallego

Este es un libro que, en realidad, son 2. Si te da mal rollo el cáncer y la escritura en carne viva, puedes olvidarte del inicio y saltar a la página 133. A partir de ahí, comienza la sección «Otros viajes» y la cosa va en plan mochilero con un toque oenegé: un buena dosis de la Argentina menos conocida por los turistas, una pizca de trabajo social en Nicaragua o un chute en toda regla de curaciones ayurvédicas en la India. Son casi 200 páginas dedicadas a conocerse mejor a uno mismo saliendo de viaje por el mundo. Vamos, una lectura tranquila como la de un suplemento de viajes dominical.

Como lo mío son las drogas duras, centraré la reseña únicamente en la primera parte, El lenguaje de las células (Caballo de Troya, 2010) propiamente dicho.

Esas primeras 133 páginas son un conjunto de textos que Nacho Gallego (Madrid, 1971 - Zamora, 2007) escribió mientras estaba enfermo y que dejó inconclusos cuando le tocó abandonar el banquete de los vivos. Le detectaron un cáncer en los testículos —o eso he entendido yo— a los 24 años, se lo curó y, putas casualidades de la estadística, formó parte del 0,05% de las personas que padecen un rebrote. Cada 3 años tuvo una recaída y de la última no se recuperó. Entre medias de tanto ajetreo existencial se armó de valor, humildad y coraje, y vivió. También encontró consuelo en dedicarle un montón de horas a la lectura y a la escritura.

Bien pensado, tiene huevos —y nunca mejor dicho— lo de este chaval: si sabes que la muerte te acecha, ¿qué sentido tiene perder el tiempo leyendo los cuentos de Borges, los poemas de Jorge Calvetti, dejar que te toque un libro Gioconda Belli o leer a Eduardo Galeano para entender que los españoles no hicimos en América lo que nos contaron los curas en el colegio? Quiero decir: este Sistema conspira desde todos los ángulos justamente para lo contrario... Y va y aparece un tío como Nacho Gallego, que pelea contra la fecha de caducidad de su vida como tú contra tu jefe por un aumento de sueldo, y decide leer. También escribir. Y hasta deja unos textos más o menos apañados que testimonian que, como sostiene su editor, no ha vivido en vano.

Olé sus cojones.
Qué mejor manera de deshacer esta mentira del país de los sanos que contando historias que nos preparen para experimentar el viaje de la vida en todas sus dimensiones.
La literatura como herramienta para vivir con más intensidad: he ahí una de las enseñanzas de estas páginas. En un mundo lleno de superficiales discursos de autoayuda, vacía lírica vanguardista o sentimentaloide y prosas de refinado vendedor de crecepelos, alivia encontrarse con la honestidad de El lenguaje de las células, por deslavazados que resulten algunos de sus pasajes. Y es que todo el relato está recorrido por la más alta tensión literaria: vivimos para morir. (Lo demás son distracciones, que diría Kafka).

La grandeza de Nacho Gallego es que ni siquiera tira golpes bajos. No se regodea en su cráneo imberbe, en los vómitos o en la «amplia gama de averías» que padece su carne debido a un adenocarcinoma. Tampoco vende un discurso de superación que pueda servirle a los gerentes de las multinacionales para arengar a su tropa. La grandeza de este chaval anónimo es que intenta disfrutar aquí y ahora de su vida: del café que toma, del libro que lee, de su soledad, de las caricias de su novia, de transfomar el mundo que le rodea en un sitio más habitable. De vivir, en suma, en tiempo presente (un poema de José Ángel Valente que, seguro, suscribiría Nacho).

En estas páginas no hay gran literatura, si por esta entendemos los manierismos al uso que unos días excitan a los gafapasta avant-garde y otros, a la aristocracia de la reconfortante cita humanista. Es más, y conociendo a su editor, Constantino Bértolo, puedo decir que ni siquiera hay literatura, porque de eso se trata, de que no la haya, pues el mundo (literario o no) está saturado de juegos de palabras, de elipsis interesadas, de gastadas metáforas que velan la realidad para manipularla a beneficio de alguna cuenta corriente.

Lo que sí hay en el Lenguaje de las células es verdad. Una verdad que irradia un tipo que vive con el deseo ferviente de arder, no de consumirse. Alguien preocupado, además de por convivir con la rebeldía de los oncogenes, por rebelarse contra otra enfermedad, una enfermedad más grave aún que el cáncer y que ha infectado a buena parte de la sociedad occidental: durar como sinónimo de vivir. En estos blandos tiempos donde el negocio es comprar y vender felicidad satisfaciendo necesidades ficticias, va y resulta que las células tienen planes propios respecto de la estrella del horóscopo: nuestra salud.

Vivir, no durar.

Arder, no consumirse.
Con el dolor le ocurría como con el amor: no había nada que él pudiera hacer, tan sólo esperar a que pasara el pico de intensidad, sucumbir a cada arremetida.
Leídas esas 30 palabras, alcanza para comprender que Nacho Gallego sobrevivió al descenso al infierno y supo tocar el éxtasis con los dedos. Supo en qué consistía la soledad de ser hombre. Y eso ni lo cura la quimioterapia ni lo atenúan narcóticos como la Dolantina. Con todo, el bueno de Nacho todavía tiene arrestos para ironizar sobre ello y dejarnos entrever que, para películas en alta definición y sensaciones 3D, la vida:
Hasta el olor corporal era distinto: «Tu almohada huele a quemado», decía Ale cuando dormía a su lado; ella era la única que seguía tocando su cuerpo como si éste no se redujera a un saco de humores y líquidos. De tener ocasión, Joan lo hubiera cambiado por otro en la tienda más cercana: «Me da uno limpio, sin fármacos, por favor», solía bromear con Ale.
Así escriben y viven los valientes.

Amén.

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PD. Aquí puede leerse unas cuantas páginas del libro.

25 de noviembre de 2010

El año que tampoco hicimos la Revolución, Todoazen

El Colectivo Todoazen es un grupo plural y multidisciplinar que centra su trabajo en el campo de las investigaciones narrativas. Han participado en la tarea de escribir este libro J. G., economista (que declara unos ingresos brutos anuales de 26.000 euros), I. E., sociólogo (que declara unos ingresos brutos anuales de 14.000 euros, y B. C.), escritor (que declara unos ingresos brutos anuales de 9.500 euros).

Así empieza El año que tampoco hicimos la Revolución, del Colectivo Todoazen (Caballo de Troya, 2009).
Colectivo Todoazen - El año que tampoco hicimos la Revolución

No hay semana en que los humildes currantes nos vayamos a dormir sin llevarnos un soponcio salarial. Varían los actores y las cantidades, pero el final de las noticias que nos dan parece tan constante como la gravedad en la Ley de Newton: alguien muy listo gana, como mínimo, unas 9,81 veces lo que tú. Es decir, que tiene unas 10 vidas más para jugar a esto del mercado libre, y por tanto en caso de game over se queda con 9 en el tablero mientras tú ves desaparecer la tuya. Así funciona el dumping aplicado a las personas (también llamadas «recursos humanos», «capital humano», «pueblo», «trabajadores», etcétera, según convenga).

Desde hace unos días, en el diario Público están erre que erre con que Dolores de Cospedal ganó una pasta gansa en 2008 por ser la secretaria del Partido Popular y que en 2009, además, su partido le aumentó un 30% el salario. Al parecer hablamos de unos 240.000 € y un par de sueldos (como senadora y como secretaria). También de alguien que dijo en junio que su partido era «el partido de los trabajadores».

Mira que el pueblo dice barbaridades en la tele por 4 pesetas, ¡qué no va a decir un político por 240.000 eurazos!

¡Trabajadores a mí! ¡Santiago y cierra, España!

Oxímoron proletario-salarial aparte, la susodicha, por supuesto, se hace la loca. Que si machismo, que si leyes especiales contra ella, que si otros ganan más que yo, que si ahora veto al diario que me da caña, etcétera. Lo esperable. En breve dirá, si es que no lo ha dicho ya, que esta es la réplica del PSOE por lo de José Bono (quien tampoco necesita apretarse el cinturón y vive tan holgadamente o más que ella).

Y así estamos, día tras día, cuando no es el patrimonio de Cristina Garmendia, es la S.L. de Aznar y Botella, o que José Montilla gana el doble que Zapatero, y cuando no es un alcalde de pueblo que se embolsa 9.000 € mensuales del dinero que Hacienda le retiene a los idiotas como yo.

Como diría mi padre: «Todos en un barco, y a Siberia». (Pero no a Siberia-Gasteiz, no, ¡a Siberia-Siberia!) Aunque yo más bien los pondría a hacer trabajo social; quizá así desarrollarían un mínimo sentido de comunidad. El padre de un amigo cuida a gente en estado terminal y el de otro colabora recibiendo enfermos en urgencias un par de días a la semana. Ambos ganan bastante menos que los citados anteriormente y son más útiles.

Constantino Bértolo, editor del libro del Colectivo Todoazen, suele recomendar una medida para solucionar esta clase de males. Es la misma que se han aplicado los autores de El año que tampoco hicimos la Revolución: que sea público cuánto gana cada quien. Es más: que en las empresas haya una hoja donde figure el sueldo de todos los empleados, desde el becario al gerente general. Ídem con quienes viven de dar conferencias o de formar opinión; junto al nombre del loro de turno, un cartelito que diga cuánto cobra por decir lo que está diciendo. Y, a ser posible, otro con su estado de cuenta bancario o la declaración de la renta. Así todos nos entederemos mejor y sabremos qué privilegios tememos perder cuando defendemos tal o cual idea.

Yo lo veo bien. A mí, cuando quiero alquilar un piso, me piden demostrar con números que se puede confiar en mi palabra. Un aval bancario de 6 meses, una nómina o la última liquidación del IVA, la renta anterior... De todo. Así, cuando yo digo «podré pagar la mensualidad», la gente se fía y me alquila una de las 15 casas que conforma su patrimonio. De este modo, subrayan, saben desde dónde hablo.

Pues yo quiero lo recíproco.

Hay quienes van por la calle y se imaginan a todo el mundo en pelotas. Los hay que dan una conferencia y, para evitar los nervios, se imaginan que la audiencia tiene una gallina en la cabeza. Yo, desde hace un tiempo, cada vez que alguien me habla, lo primero que pienso es ¿cuánto gana? Y a continuación: ¿cuánto declarará de verdad ante Hacienda?

Desde que lo hago entiendo algo mejor el mundo en que vivimos.


PD 01. Esta entrada, Sociología hecha literatura, del blog de Caballo de Troya juraría que complementa bastante bien lo comentado anteriormente sobre su editor. El libro El año que tampoco hicimos la Revolución está disponible en varias páginas web. Imagino que los propios autores lo habrán liberado.

PD 02. Ahí va un subrayado de El año que tampoco hicimos la Revolución para reflexionar sobre esa ficción llamada «democracia», donde nos han vendido que quienes estamos en la parte de abajo de la pirámide de ingresos brutos decidimos algo en esta sociedad... ¿El qué?
El reparto de la tarta. Un 0,16 % de los contribuyentes españoles posee el 27,5 % de los depósitos del sistema bancario, según una estimación del BBVA a partir de datos del Ministerio de Hacienda de 2001. En euros contantes y sonantes, 53.000 personas sumaban depósitos declarados a Hacienda por valor de 111.600 millones de euros hace dos años y medio. La banca privada del BBVA, dirigida en exclusiva a clientes con un patrimonio neto superior a dos millones de euros, gestiona 7.040 millones de euros de 1.108 «grupos familiares», según datos del 30 de junio pasado que arrojan un crecimiento semestral de los depósitos del 11,5 % y unos depósitos medios por cliente de casi siete millones.
Tampoco está de más saber cuántos ricos hay en el país y cuánto declaramos ganar por término medio.