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25 de agosto de 2014

Escarnio, Coradino Vega


De Escarnio, la segunda novela de Coradino Vega me enganchó, sobre todo, el tema que aborda. De hecho, la leí casi del tirón. Si bien la contraportada hace hincapié en el desclasamiento del protagonista, Carlos García —un brillante estudiante de Derecho que deja la universidad de Huelva para continuar su carrera en la Complutense de Madrid—, yo he leído este libro también desde un lugar algo más vitalista. Al fin y al cabo, trae a colación algunas cuestiones que muchos universitarios de provincias hemos conocido.

A saber: el hijo universitario como carga económica para unos padres humildes que deben pedir un crédito, la presión que supone mantener un boletín repleto de matrículas de honor, la ansiedad derivada de ser el primer miembro de la familia que accede a la universidad, la búsqueda o necesidad de encontrar mentores intelectuales —diferentes a los padres— cuando tienes 18 años o las grietas que aparecen en la vida cuando uno cambia un entorno controlado (tu pueblo, tu ciudad) por uno nuevo y más grande (a veces incluso extranjero). Todo eso y más es lo que le sucede a Carlos García, quien a duras penas sabe qué tiene que hacer para mantenerse fiel a sí mismo en un momento vital donde los cambios a su alrededor son mayúsculos.

Como trasfondo de ese conflicto vital, aparece un decorado típicamente universitario: el colegio mayor, una institución venida a menos generación tras generación. A Carlos, y pese a que su mentor había tratado de conseguirle plaza en uno laico, la universidad le ha asignado el Pío IX, un elitista colegio mayor católico donde se hospedan los hijos de la más rancia élite de la derecha española. Él, hijo de un ferretero y de una ama de casa, no encaja en aquel ambiente. Y no lo hace, en parte, por la diferencia de clase; pero, sobre todo, porque él es un tío humilde, estudioso y responsable, convencido de que el esfuerzo y el mérito sirven de algo en esta vida... Y en eso, sus compañeros piononos le llevan ventaja: saben que lo importante son los contactos, la red social, el tráfico de influencias; no los títulos o unas notas excelentes.

De hecho, algo que narra bien Escarnio (Caballo de Troya, 2014) es que un expediente académico brillante muchas veces no alcanza para equilibrar la ventaja que otros tienen por ser hijos o hijas de un empresario relevante o de un alto cargo en un ministerio. Lo otro que nos muestra la novela es que los hijos de esa élite, más que cultos y estudiosos protoconservadores que analizan con finura a Friedman, Hayek o Smith, son y se comportan como mafiosillos de tinte filofascista. De hecho, más que aspirar a ser intelectuales o economistas a lo Chicago Boys parecen limitarse a ver «guarros» y «etarras» por todas partes.

En el otro extremo del péndulo ideológico, la novela habla de un asesinato que marcó —o al menos debería haberlo hecho— a la generación universitaria del momento: el de Francisco Tomás y Valiente. No se trata de establecer jerarquías entre los más de 800 asesinatos de ETA, pero quienes estábamos en la universidad en la segunda mitad de los 90 deberíamos recordar que este catedrático de Derecho y exmiembro del Tribunal Constitucional fue asesinado a tiros en su despacho mientras hablaba por teléfono. Debería ser un hito al que asociar esa etapa de nuestra vida. Sus asesinos lo mataron porque sí, porque en un momento dado ETA nos convirtió a todos en objetivo, y más aún a alguien que se animó a escribir artículos como este: «ETA y nosotros». Escarnio le rinde un merecido homenaje a esa figura.

Esa oposición o contraste de violencias en el ámbito universitario me parece, junto a la zozobra del protagonista tratando de mantenerse fiel a sí mismo, el gran acierto del texto.
  
Buena segunda novela de Coradino Vega. Como en el caso de su estupenda El hijo del futbolista, una excelente compañía para revisar quiénes éramos y en quiénes nos hemos convertido. Que los hados le sean favorables a este autor onubense y que lleguemos a leer su tercer libro. 

1 de octubre de 2010

Septiembre, en blanco

Llevo días queriendo escribir algo, pero nunca encuentro el momento. Es 1 de octubre y acabo de darme cuenta de que tengo un blanco en el n.º de entradas de septiembre. Pasó el mes entero y me quedé con el marcador a 0. Vale, uno no siempre puede hacer un strike, pero al menos derribar un par de bolos por mes...

Y no es que haya sido por falta de material. Qué va. He leído unos cuantos libros en estas últimas semanas y de casi todos quería haber contado algo aquí. De los interminables párrafos de Anatomía de un instante, de Javier Cercas, que abarcan incluso un par de hojas (lo nunca visto en periodismo). De ese vigorizante back to school que supuso la lectura de El hijo del futbolista, de Coradino Vega, una novela ideal para las generaciones que abandonamos los institutos para apuntarnos en las carreras con más salidas laborales (y no en las que se ajustaban mejor a nuestras capacidades y sueños).

También quería haberle dedicado unas líneas a lo poco que me gustó reencontrarme a los 35 años con clásicos que debería haber leído a los 16, como El retrato de Dorian Gray, de Wilde, o ese folletín de amor bélico que es Adios a las armas, de Hemingway. Por suerte, me crucé con Antonio Orejudo y su Reconstrucción, que me hizo pensar lo mismo que sus 2 novelas anteriores: hay días en que es posible abandonar el agnosticismo para enrolarse en una religión llamada Literatura. Pocos libros me entusiasman tanto como los suyos.

¿Qué más? Ah, sí, quería haber escrito sobre Baroni: un viaje y El anorak de Picasso, de Sergio Chejfec y José Antonio Garriga Vela respectivamente, que los disfruté mucho. Incluso sobre los misales de Marosa di Giorgio, que los estuve releyendo. O transcribir algunas apuntes del seminario que dio Ignacio Echevarría sobre Roberto Bolaño en Fuentetaja. En fin, una vez más, un cúmulo de buenos propósitos incumplidos. Quizá después de este correo autoinculpatorio rescate algunas notas en las próximas semanas.

O quizá no.

Bastante horas paso ya frente a este trasto en «modo laboral». De hecho, cada vez que entro en «modo ocio» lo primero que hago es abandonar este cacharro, buscar un parque y salir a reencontrarme con mi cuerpo, que bastante sufre de cervicales para abajo de tanto mirar a diario esta pantalla. En fin, que me tengo que tomar este espacio virtual de otro modo, que estoy cansado de sentirme culpable por tanto abandono bloguero. Y obligaciones, las justas, que bastante tengo con las laborales.

Con su permiso, apago estoy y me voy. Todavía queda luz ahí fuera y no tengo vocación de vampiro.

PD. No paran de dar la paliza en El País con los 22 escritores que ha elegido Granta como jóvenes talentos. Está bien, un poco de actualidad en el blog: en Teína entrevistamos en su día a Alberto Olmos y a Andrés Neuman. La entrevista con Patricio Pron coincidió con nuestro cierre, en el n.º 21; así que al final Cristian la publicó en su blog (ver enlace anterior). Y de Carlos Labbé reseñé Navidad y Matanza. Bueno, algo es algo. Ya está bien por hoy. ¡A la calle!