Mostrando entradas con la etiqueta Selva Almada. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Selva Almada. Mostrar todas las entradas

8 de noviembre de 2015

Chicas muertas, Selva Almada

01. Crímenes sin resolver. Chicas muertas (Random House, 2015) aborda el asesinato no resuelto de tres chicas adolescentes del interior de la Argentina a finales de los 80. Si bien algunas secciones del libro mencionan muchos otros casos de mujeres asesinadas que no han sido resueltos, el hilo principal se sostiene sobre las tres primeras de las que tuvo noticia Selva Almada (Entre Ríos, 1973), con la democracia argentina recién estrenada y todavía presente «una policía con los vicios de la dictadura». A la memoria de ellas, de Andrea, María Luisa y Sarita, está dedicada su investigación.

02. Las tres chicas asesinadas. Andrea Danne, de 19 años y estudiante de profesorado, a quien alguien —todavía no se sabe quién— apuñaló en casa de sus padres mientras dormía..., y mientras sus padres estaban en el hogar. María Luisa Quevedo, de 15 años, que salió una mañana a trabajar y fue encontrada violada y estrangulada en un baldío de la ciudad. Sarita Mundín, que tenía un hijo de 4 años y un novio que la obligaba a prostituirse para mantenerlo; un día se fue a bañar al río con su novio y ya nunca más regresó. Andrea era de San José (Entre Ríos); María Luisa, de Presidencia Roque Sáenz Peña (Chaco); Sarita, de Villa María (Córdoba).

03. Machismo rural.
Selva Almada pone su talento narrativo, demostrado en El viento que arrasa y en Ladrilleros, al servicio de un texto periodístico que dibuja con precisión y nitidez cómo parte de la sociedad argentina ha naturalizado el machismo, en particular los estratos más pobres. En conjunto, el libro ofrece algo así como un catálogo de situaciones preocupantes que acontecen con frecuencia en el norte del país: chicas de 15 años que no van al colegio y tienen que trabajar en algo para sobrevivir; núcleos familiares que asumen con normalidad que acostarse con el jefe es un medio como cualquier otro de ganarse unos pesos extra; madres solteras que salen con hombres por dinero; varones celosos y posesivos con sus parejas; padres que no quieren que sus hijas se pinten o vayan a bailar; varones que hostigan a las mujeres y que no aceptan un no por respuesta ante sus avances...

04. Lo atmosférico.
Uno de los aciertos de Chicas muertas es su capacidad para contarnos cómo es el ambiente de las ciudades donde vivían las chicas asesinadas y, a partir de ahí, iluminar alguna arista de los hechos. Así, paseamos por la chaqueña ciudad de Presidencia de Roque Sáenz Peña, un sitio donde todos se encierran «a cal y canto en sus casas, esperando que la bravura del calor amaine», no hay apenas bares para los jóvenes o donde un posible negocio familiar es una agencia de viajes que venda un circuito en furgoneta por Bolivia. También, por ejemplo, palpamos la textura sórdida y fabril que envuelve San José (Entre Ríos), donde la actividad económica depende casi en exclusiva de un frigorífico cárnico, que parece transferirle tanta gelidez a la carne de vaca como a la humana.

05. Esa teleserie con tan poca audiencia llamada Vida.
El libro recoge una variedad de maneras de matar a una mujer que parece sacada del cualquier teleserie estadounidense estilo CSI, Bones, Castle, etc.: a los golpes, mutilándola, violándola —de manera individual o en grupo—, estrangulándola, apuñalándola, descuartizándola, quemándola, a los tiros... A diferencia de las teleseries, en la vida, el resultado es más brutal y aterrador; no hay ficción: solo muerte, desolación, ausencia. Tampoco, en muchos casos, la policía da con el culpable.

06. Centro en lo propio. Otro acierto del libro es que Almada toma su familia como fuente de su experiencia; eso nos permite entender el vínculo emocional que ella ha forjado con la violencia machista. Así, relata que sus padres se casaron muy jóvenes —tan jóvenes como algunas de las chicas muertas— y que un buen día su padre quiso pegarle a su madre; esta agarró un tenedor y se lo clavó en el antebrazo. Desde entonces, su padre supo mantenerse a raya.

07. La bestia está ahí, cerca de ti. La madre de Selva Almada aparece como la excepción de la regla. En el vecindario de sus padres, sin ir más lejos, hay un par de mujeres que han recibido palizas de sus maridos y otra a quien su marido violaba. Es más: su tía Liliana estuvo a punto de ser violada en los maizales por su primo Tatú. Y el suegro de Almada ayudó a transportar a Carahuni, una chica que encontraron violada y muerta en un baldío de Villa Elisa. Moraleja: el machismo no es una abstracción ni un invento mediático o feminista: está ahí, en el barrio o edificio donde vivimos. Y quien más y quien menos conocemos al menos un caso.

08. Un trilogía inesperada.
Por curioso que parezca, Chicas muertas funciona estupendamente como apéndice de las dos novelas de Selva Almada que se han publicado por ahora en España. Quienes no sepan mucho del espacio físico donde se desarrollan El viento que arrasa o Ladrilleros agradecerán esta lectura en clave literaria. Además de por el calor que los atraviesa y por la geografía, los tres libros están unidos entre sí por la reflexión sobre la familia y el análisis del universo masculino.

09. Un libro que denuncia. Este no es un libro brillante —no juega en la liga de Leila Guerriero, Martín Caparrós, Rodolfo Walsh o Tomás Eloy Martínez, digo, por citar los referentes del periodismo argentino más conocidos en España—, pero es un libro necesario y que se ajusta a su función periodística: aporta información, pone voz a casos olvidados, denuncia, pelea. Y siempre lo hace con un tono contenido, equilibrando perfectamente lo personal y lo observado, dejando que el material recabado hable por sí solo. Al final, ninguno de los tres asesinatos queda resuelto, y eso decepciona a la par que asusta: queda la sensación de que, como sociedad, nos estamos acostumbrando a que un día nos maten a una hija, una amiga, una hermana, una madre... y que el criminal no pague por ello. ¿Verdad que estamos enfermos?

10. Chicas muertas.
Mariela Bustos, Marina Soledad da Silva, Zulma Brochero, Arnulfa Ríos, Paola Tomé, Priscila Lafuente, Carolina Arcos, Nanci Molina, Luciana Rodríguez, Querlinda Vásquez, Maira Tévez, María Soledad Morales, Gladys Mc Donald, Elena Arreche, Adriana y Cecilia Barreda, Liliana Tallarico, Ana Fuschini, Sandra Reiter, Carolina Aló, Natalia Melman, Fabiana Gandiaga, María Marta García Belsunce, Marela Martínez, Paulina Lebbos, Nora Dalmasso, Rosa Galliano... Y la lista sigue y sigue. Todas ellas aparecen en algún momento en este libro por la misma razón: fueron asesinadas a manos de un varón que hacía las veces de vecino, amigo, amante, novio, exnovio, marido, exmarido, putero, proxeneta, lo que fuera. Por desgracia, ellas son solo un puñado de las miles que mueren cada año en el mundo a causa de la violencia machista. De hecho, en España, van más de 700 mujeres asesinadas en la última década y también tenemos nuestra propia lista (enlazo solo, a modo de ejemplo, la de 2015).

*

PD 01. Entrevista con Selva Almada en el blog de Eterna Cadencia: «La misoginia, en vez de retroceder, avanza».

PD 02. Por si alguien tiene interés, enlazo la web de Ni una menos (Argentina) y un vídeo de la manifestación de ese movimiento en Uruguay. Ayer, sábado 7 de noviembre, se celebró en España una manifestación similar y, esa consigna, #niunamenos, estuvo presente.

*

Actualización (9/11/15): Solo un día más tarde de haber publicado esta entrada, la noticia en España es que han muerto 4 mujeres más por violencia machista... Una en Oviedo; dos, madre e hija, en Lliria (Valencia); otra en Baena (Córdoba).

Actualización (23/11/15): En esta noticia del 16 de noviembre se recogen tres nuevos asesinatos de mujeres a manos de varones. Una fue en El Vendrell (Tarragona), otra en Marchena (Sevilla) y una tercera en Madrid. Entre las 4 mujeres muertas de la actualización anterior y las 3 de esta, una cuarta víctima en San Lúcar la Mayor (Sevilla). Desde el 7N, si mis cuentas no fallan, son 8 mujeres las que han muerto en 15 días.

Actualización (13/12/15): «Asesinada mujer de 44 años en Alcobendas y la Policía detiene a su expareja».

Actualización (16/12/15): «Una mujer es asesinada en Zaragoza en un presunto caso de violencia machista». 

Actualización (13/01/16): 

Me tomé un respiro con el blog en Navidad y, por dejar, hasta dejé de actualizar esta entrada... Entre tanto, por desgracia, han sucedido más de media de docena de asesinatos. Quizá se me haya olvidado consignar alguno... En cualquier caso, cargo los que recuerdo o he encontrado. Además de los buscadores o de las noticias que yo recordaba, he consultado estas dos fuentes extra: el blog Ibasque y la 15Mpedia.

«Detenido por matar supuestamente a su pareja golpeándola con una piedra» (Villena [Alicante], 30 de diciembre.)

«Detenido el marido de una mujer asesinada en Pontevedra» (Mos [Pontevedra], 30 de diciembre.)

«Un hombre de 62 años mata a su pareja de 23 con una escopeta y luego se suicida»  (Adra, [Almería], 31 de diciembre.)

 -- > Balance de 2015: «El año termina con 57 mujeres asesinadas por violencia de género»

Los casos de 2016

1. «Mata a su mujer y su hija y se suicida en una vivienda de Torrevieja» (1 de enero)

2. «Muere una mujer de 43 años estrangulada por su pareja en Madrid» (4 de enero)

3. «Una mujer es asesinada por su pareja a puñaladas en Guadalajara» (5 de enero)

4. «El detenido por el asesinato de la joven encontrada en el pantaño de Alange tiene antecedentes penales por maltrato» (la noticia es del 8 de enero; el asesinato del día 8).

5. «Detenido el marido de la mujer asesinada en Narón (Coruña)» (la noticia es del 13 de enero; el asesinato, del 29 de diciembre)

6. «Un hombre asesina a su pareja en plena calle en Tarragona» (13 de enero)

7. «Muere una mujer en Valencia acuchillada por su marido, que se ha suicidado» (22 de enero)

8. «Una mujer muere estrangulada por su marido en Calviá» (23 de enero)

9. «El dueño de la confitería La Duquesita de Avilés mata a golpes a su mujer en su domicilio» (28 de enero)

10. «Un hombre mata a su pareja en Becerreá» (11 de febrero)

11. «Un hombre estrangula a su mujer en su casa del Cabanyal» (14 de febrero)

12. «Un hombre asesina a tiros a su expareja y luego se suicida en un bar de Miralbueno» (22 de febrero). Y Gustavo Alcalde, el delegado de Gobierno, dice que ella debería haber avisado.

Y siguen las víctimas... En las siguientes páginas controlan de manera puntual y exhaustiva cada caso que sucede. Os remito a ellas si queréis estar al día sobre el asunto del femenicidio en España: el blog Ibasque, el wiki 15Mpedia y la web Feminicidio.net.

18 de octubre de 2015

Ladrilleros, Selva Almada

El norte de la Argentina no es un país amable ni con las mujeres ni con los homosexuales; en particular, si hablamos de personas que pertenecen a la clase baja. Algo así nos viene a contar Ladrilleros (Lumen, 2014), una novela que como la anterior de Selva Almada, El viento que arrasa (Mardulce, 2015), pone el foco en lo rural, detiene su cámara sobre un microcosmos, da voz a un par de familias del humilde barrrio de La Cruceña  y explora el hedor a masculinidad que envuelve ese sitio. Si bien de un modo distinto a la anterior, esta es también una novela de clima y de personajes.

Eso sí, el andamiaje constructivo de una y otra obra es distinto. Si en El viento... Almada construía una suerte de hueco tenso —una especie de «hueco del dónut», por seguir la idea que leí hace tiempo en un ensayo de Cristina Cerrada— y jugaba con lo no dicho, en Ladrilleros su intención es la contraria: abunda la información, comete algún exceso narrativo, se permite alguna digresión... Pero, vamos, sin desmelenarse: la novela tiene 196 páginas. En cualquier caso, se nota que tenía ganas de hacer algo distinto, de no repetirse.


De putos, reyes del mambo y otros machos

En conjunto, Ladrilleros, ya digo, huele a macho. O mejor dicho: a una suma de aromas masculinos que recogen las peores esencias del heteropatriarcado. Así, la novela nos muestra a ese macho que se obstina en que sus pequeños rencores se conviertan «en piedras» y estropeen, si es necesario, la apacible convivencia de su familia con la vecina. Ya se sabe: varones que prefieren el conflicto y la fricción constante antes que solucionar los problemas.

También apreciamos la fragancia que acompaña al esposo que, perpetrado el matrimonio, se aferra a sus privilegios masculinos y se autoproclama Gran Rey del Mambo. Es el típico que practica el absolutismo doméstico, que hace y deshace a su voluntad en el hogar, y que incluso consigue que su esposa trabaje por él, que sea ella quien mantenga económicamente a la familia y le financie sus vicios. Por supuesto, este especímen siempre tiene mejores cosas que hacer antes que trabajar: ir al bar, jugar a las cartas, hacer el vago en casa, pelearse con alguien, etc. En general, el susodicho suele adornarse, por desgracia, con una cualidad extra: zurra a su mujer e hijos porque sí, porque es el rey y quiere seguir siéndolo.

Por último, y sin pretender ser exhaustivo, hay una tercera esencia: la del varón que todavía dice puto como insulto. El que se aferra a esa palabra como el peor agravio contra la identidad de otro hombre; como si puto fuera más despreciativo que mongólico, hijo de perra, tonto del culo o infradotado mental; como si ser puto fuera peor que ser corrupto, mentiroso, pederasta, golpeador, putero, violador o cualquier otra lindeza similar. Para ellos, ninguna desgracia supera a tener un hijo puto o descubrirse a sí mismos como putos reprimidos, sin darse cuenta de que esa intolerancia —homofobia— los hace más vulnerables que fuertes.


El barrio como microcosmos narrativo

Otro de los olores que trae consigo Ladrilleros es el del barrio, en concreto el de uno humilde situado en una zona rural del Chaco. La Cruceña tiene calles de tierra, luce casas antiguas en estado de ruina y es habitado por familias a las que parece no importarles que antes hubiera allí una fabrica de taninos (supongo que contaminante...). Son gentes que viven donde pueden, no donde quieren, y que tienen oficios en los que se trabaja mucho y se gana poco: la cosecha del algodón, una tienda de ultramarinos, una pequeña ladrillería, etc.

En La Cruceña no es raro que algunas madres y algunos padres abandonen un buen día al resto de la familia. Tampoco es infrecuente que las chicas se queden preñadas antes de los 16 años, o que a los 27 vayan ya por el tercer hijo porque, como vemos a través de Celina, a veces follar es la única diversión gratuita de la que disponen y, como cualquier otra persona, también quieren divertirse. Es más: el «amor carnal» es el único modo que tienen de sentir que aún le importan algo a su pareja, y hasta de fantasear que todavía están a tiempo de construir una familia feliz.

Los barrios así, según nos muestra Ladrilleros, suele envolverlos una sociedad donde la violencia está tan normalizada que los heridos y muertos en las peleas callejeras ocupan menos espacio en los periódicos del que deberían. Fajarse los unos a los otros a la salida del bar es tan habitual, tan deporte de machos y borrachos, que a nadie le extraña que luego esos padres peguen a sus hijos o que esos esposos les den palizas a sus mujeres. Y hasta parece que lo aceptamos, que lo vemos como propio de la naturaleza humana (nunca como un daño colateral del sistema político del que nos hemos dotado). En sociedades así, los asesinatos machistas todavía son calificados de «crímenes pasionales» y apalear a un niño es una decisión educativa en la que nadie debe inmiscuirse.


Los hombres que merecemos

A través de Ladrilleros vemos con qué clase de relaciones de pareja deben conformarse muchas mujeres de La Cruceña. Así, Estela, una de las protagonistas, es una chica tan hermosa —varios años reina del carnaval— que podría haberse casado con un buen partido y desclasarse hacia arriba dos o tres peldaños; de hecho, se han interesado por ella algunos gringos con tierras y los ingenieros de la desmotadora. Sin embargo, la linda de Estela prefirió engancharse con el no menos lindo Elvio Miranda, que procede de una familia de ladrilleros del barrio, pero cuyas grandes virtudes son ser «timbero, simpático y vagoneta».

Eso, claro está, tiene sus inconvenientes para ella. Miranda es el típico que hereda un próspero negocio familiar, piensa que el dinero se hace solo y, en dos días, casi hunde la empresa apostando en las carreras de galgos (ilegales, si mal no recuerdo). Y, ojo, no es que no le gustaran los ladrillos; al contrario: «le gustaba su oficio, pero por encima de todas las cosas, le gustaba el juego». Pese a todo, Estela se enamora de él hasta las trancas y, si bien sabe que «su marido era un tarambana», se autoconvence de que «en el fondo, sería un buen padre». Apreciación algo discutible desde el momento en que él está en el bar y ella pariendo a solas en el hospital al primer hijo, Marciano.

Por su parte, Celina es la menor de tres hermanas. Su padre es un señor catalán viudo y muy posesivo, tanto que ninguna de sus otras dos hijas ha conseguido ennoviarse con la fiereza suficiente como para independizarse de su yugo emocional y, ya de paso, de sus obligaciones como trabajadoras en el negocio familiar. El negocio es una pensión donde se alojan los trabajadores que viene a la cosecha del algodón. Uno de esos trabajadores, Oscar Tamái —aindiado, pintón y que va de «pájaro libre» por la vida—, será quien saque a Celina de allí y se case con ella ante la oposición familiar. En consecuencia, Celina quedará a merced de Tamái para lo malo... y para lo peor.

Tamái es un regalo envenenado. En la parte positiva solo cabe anotarle que fue útil para que Celina se independizase del padre y que folla muy bien. Casi todo lo demás habría que ponerlo en el debe, pues a Tamái lo que le gusta es ejercer de Gran Rey del Mambo y hacer lo que le da la gana; es más: lo suyo es ir de pueblo en pueblo, de trabajo en trabajo, de pendencia en pendencia —como la que arrastra desde hace años con su vecino Elvio Miranda— y, probablemente, de mujer en mujer. A él la vida familiar le parece un aburrimiento: una esposa o unos hijos son un estorbo; no una razón por la que sacrificarse.

Repartidas así las cartas, esto es, con estos padres y madres sueltos por el mundo narrativo de Ladrilleros, resulta sencillo imaginar el difícil futuro que espera a sus hijos. De hecho, la novela nos habla de las complicaciones que surgieron en las vidas de Marciano Miranda y Pajarito Tamái —los respectivos primogénitos— por venir de las familias que venían, la educación que recibieron y el lugar donde crecieron. También cómo uno de ellos, a modo de conclusión, se termina preguntando si en ese pueblo todo tiene que ser siempre tan violento, tan «a la fuerza», si no sería mejor emigrar a Entre Ríos, que es más verde y más acuático.

Argentina también es lo rural

Las novelas de Selva Almada amplían y enriquecen la idea reduccionista que muchos se han forjado sobre la Argentina. En el caso de los lectores españoles, esa idea no va más allá de la Ciudad de Buenos Aires y, con suerte, de la Patagonia. En ese sentido, si bien El viento que arrasa y Ladrilleros son ficción —no hay documentalismo ni nada parecido en ellas—, son obras que pueden dialogar, por ejemplo, con las crónicas de El interior, de Martín Caparrós, publicado el año pasado aquí. Almada, en vez de aportar una mirada periodística sobre la mortalidad infantil, la pobreza o los efectos de la sequía en la economía chaqueña, construye atmósferas y perfila personajes y conflictos narrativos que permiten imaginar con mayor precisión cómo es esa provincia (y otras que se le parecen).

En el caso argentino, y a tenor de lo que he leído en la prensa de allá —véase 1, 2 y 3—, la literatura de Almada obliga a pensar el país también en clave rural, y no solo urbana (la preferida por las editoriales y medios de comunicación). También pone sobre la mesa la eterna tensión entre el centralismo porteño y la periferia —que tiene algún parecido con el «todo se cuece en Madrid y Barcelona»— y reavivar la no menos eterna polémica de si la autora merece o desmerece tanta atención mediática, de si hablan de ella porque hay que compensar los excesos del centralismo, etcétera, etcétera.

Por último, algo relevante en estas dos novelas de Almada es que sus personajes pertenecen a la clase baja, algo que siempre supone un riesgo literario. Por un lado, porque los pobres y la gente humilde, en general, son los grandes marginados de la llamada alta literatura; por otro, porque cuando esas gentes aparecen en las narraciones suelen ser sometidas a diversas cirugías estéticas —costumbrismo, pintoresquismo, tremendismo, etc.—, destinadas todas a convertir lo narrado en algo más literario, esto es, más dócil al gusto —a los prejuicios— de las clases medias y altas (que son quienes compran los libros, fijan la idea de canon literario o buscan caudal simbólico a través del rito de la lectura). En el caso de Selva Almada, por suerte, el lector encuentra humildad, precisión y ganas de comprender el mundo que la rodea. También la sensación de que si ella no contase las historias de esos personajes, casi nadie lo haría.


*


PD. Reseña de El viento que arrasa, también en el blog.

11 de octubre de 2015

El viento que arrasa, Selva Almada


El viento que arrasa (Mardulce, 2015), de Selva Almada, tiene todo lo que una buena novela de clima necesita. A saber: un entorno desolador, un territorio singular, un tiempo narrativo acotado, un calor que raja —literalmente— la tierra, una tormenta de proporciones bíblicas en ciernes y, claro está, un viento caliente que lo envuelve todo «en un sopor infernal» y es capaz de secar el alma de cualquiera. Todo está impregnado aquí de tensión narrativa. Todo es pura inminencia, sensación de que alguna ficha está descolocada y arrastrará el dominó completo en el momento más inesperado.

Es aquello de la obra de teatro donde hay un clavo en una de las paredes del escenario a la espera de que algún personaje se decida a usarlo para ahorcarse. Pero también es aquello de que el paisaje es un personaje más, de que no se puede vivir a 40 ºC en mitad de un páramo perdido y pensar que eso no condicionará tu identidad, tus actos, tu manera de vivir. El clima —en el sentido narrativo y en el literal— y el paisaje son dos elementos fundamentales en esta novela.

Encuentros casuales en un taller mecánico

La acción transcurre un día de verano en algún punto indeterminado del norte argentino, en la provincia del Chaco. El decorado básico lo componen una carretera secundaria, el «polvo de los caminos abandonados por vialidad nacional» y un taller que hace las veces de gasolinera y casa particular de un tal Brauer. Alrededor, un páramo donde el follaje crece de manera irregular, los árboles están torcidos y negros gracias a los rayos que descargan las tormentas y los pájaros, de tan quietos como están sobre las ramas, parecen embalsamados. Aunque no lo parezca, Brauer y su cementerio de coches averiados, más una docena de perros, hacen las veces de oasis en el desierto.

Con todo, alguien se detiene allí de vez en cuando. Hace algunos años, por ejemplo, paró un autobús del que bajó una mujer con un niño pequeño. Ella buscó a Brauer, le recordó que se encamaron no sé cuándo y le dijo que Tapioca, el niño que la acompañaba, era también hijo suyo. A continuación, le explicó que ya no tenía dinero para mantenerlo y que se iba a Rosario a buscar trabajo. Brauer aceptó que el chico se quedara con él; quizá le enseñara el oficio cuando creciera. Han pasado varios años de aquello y Tapioca es ahora su ayudante; sin embargo, Brauer aún no ha encontrado el momento oportuno para aclararle que es algo más que un ahijado.

Casualidades que se dan en las novelas, en esa misma estación de servicio, un día de verano aparecen el reverendo Pearson y su hija Leni. El reverendo es un pastor itinerante: su casa es la carretera y recorre, sobre todo, las provincias de Corrientes, Entre Ríos y el Chaco, una zona que le resulta propicia porque abunda la inmigración gringa, las iglesias protestantes y el tipo de público, como su amigo el reverendo Zack, al que dirige sus sermones: 
... la gente abandonada por los gobiernos, los alcohólicos recuperados que se han convertido gracias a la palabra de Cristo, en pastores de pequeñas comunidades: hombres que durante el día el trabajan de albañiles, a la tardecita venden biblias y revistas puerta a puerta, y los domingos se paran frente a un auditorio sin la fortaleza que les daba el alcohol y hablan con un discurso tal vez torpe, pero sostenidos y marchando con el combustible de Cristo.
De tanto ir y venir por la ruta, esa mañana su coche se ha roto y, gracias a un caritativo camionero que los remolca, su hija y él llegan hasta el taller de Brauer.


Gringos, gatos rojos de cemento y un perro que lo huele todo

Casi cada página de El viento que arrasa está recorrida por un aire turbio, enrarecido. Esa brisa extraña comienza con los nombres de los personajes —Brauer, Pearson, Tapioca, Leni, Zack—, que traslucen la particular demografía de la zona, una región fértil a la migración europea de la primera mitad del siglo XX. Y continúa por los topónimos —Pampa del Infierno, Tostado, Gato Colorado o Bermejito—, que parece elegida para que el Diablo sople y deje constancia de la temperatura de su aliento.

De hecho, es tan singular el territorio literario que suena a inventado y deudor del Santa María onettiano o del Yoknapatawpha faulkneriano. Sin embargo, según Google Maps, todos esos pueblos existen. Es más: son tan reales como «... los dos gatos de cemento, pintados de rojo furioso, sentados sobre dos pilares a la entrada del pueblo, ubicado en la frontera entre Santa Fe y Chaco». Parte del encanto de esta novela reside ahí, en esos detalles narrativos que chispean como fuegos artificiales y dotan de profundidad a la propuesta estética.

Lo que no puede verificar el lector y, sencillamente, debe creer es el olor del páramo donde Brauer tiene su taller. El olfato de Bayo, uno de sus perros, nos lo empieza a describir así en el capítulo 16:

Estaba el olor de la profundidad del monte. No del corazón del monte, sino de mucho más adentro, de las entrañas, podría decirse. El olor de la humedad del suelo debajo de los excrementos de los animales, del microcosmos que palpita debajo de las bostas: semillitas, insectos diminutos y los escorpiones azules, dueños y señores de ese pedacito de suelo umbrío.

El olor de las plumas que quedan en los nidos y se van pudriendo por las lluvias y el abandono, junto con las ramitas y hojas y pelos de animales usados para su construcción.

El olor de la madera de un árbol tocado por un rayo, incinerado hasta la médula, usurpado por gusanos y por termitas que cavan túneles y por los pájaros carpinteros que agujerean la corteza muerta para comerse todo lo vivo que encuentren.

El recuento olfativo continúa cuatro párrafos más. En ellos, sinestesia mediante, vemos qué clase de mamíferos habitan aquellas tierras —osos mileros, zorritos, gatos de los pajonales—, el tipo de cultivo que hay —algodonales—, los ranchos mal ventilados donde abundan las vinchucas —causantes del Mal de Chagas— o el basural que limita con el pueblo más cercano, un pueblo con barrios sin red cloacal. Lo dicho: el viento trae y lleva mucha información en esta novela.

Cuatro personajes algo existenciales

Además de por la tensión atmosférica, esta novela destaca también por los cuatro personajes que se reparten el protagonismo: Pearson, Brauer, Leni y Tapioca. Los dos primeros funcionan como antagonistas entre sí, mientras que los respectivos hijos, de algún modo, les hacen de contrapunto. Entre todos urden una trama existencial —¿un poco Di Benedetto?— donde se hilvanan los turbios aires mesiánicos de Pearson, el hastío vital de Brauer, la infancia infeliz de Leni y la bisoñez con que Tapioca se asoma al mundo.

Así, descubrimos que el reverendo Pearson llegó a esto de la religión de carambola. De hecho, su madre no profesaba fe alguna y lo bautizó en «las mugrientas aguas del Paraná» porque en la radio le habían dado mucha publicidad a la llegada de un pastor evangélico a la ciudad. Es más: ella nunca se creyó los vehementes y aplaudidos sermones de su hijo; en todo caso, consideraba que se le daba muy bien embaucar a la gente y que, gracias a eso, los dos habían salido de pobres y tenían de qué vivir. Y, ojo, le estaba agradecida por ello; sin embargo, para mortificación de su vástago, ella veía en lo suyo un oficio, no una vocación o una iluminación.

Por su parte, a Brauer tampoco le parece que el reverendo sea trigo limpio. Eso sí, si bien considera que el sermoneo de Pearson no es «la lengua de Dios» sino «palabras meloneras», a él no le molesta lo de la religión, siempre y cuando sea algo personal y nadie intente evangelizarlo a él o a su ayudante. Cada quien que se encomiende a los dioses que quiera; los suyos son el tabaco —tiene los pulmones podridos—, la cerveza, los coches averiados y los perros. Él es más hombre de problemas mecánicos que espirituales.

La hija del reverendo, Leni, está de acuerdo a medias con la visión de Brauer. A ella, por un lado, le fascina la oratoria y la capacidad que tiene su padre para enardecer a un auditorio; por otro, desconfía de alguien que siempre sonríe «pletórico de fe» ante cualquier adversidad, que prefiere ejercer de mesías a desempeñar el papel de padre o que le ha hurtado una explicación de por qué hace diez años abandonó a su madre en mitad de la carretera. También está cansada de esa vida itinerante donde solo existen la siguiente iglesia y el próximo pueblo polvoriento, y nunca un hogar al que volver.

Por último, el tímido Tapioca, a los 16 años, sabe poco de la vida: él es un árbol más del paisaje, otro de los perros que hacen compañía a Brauer. De hecho, su madre ni siquiera ha vuelto a visitarlo y su mentor es un hombre poco dado a la efusividad. Así las cosas, Leni le parece una chica de mundo y Pearson, un tipo que sabe de cosas raras, como eso del cielo, el infierno o el alma. Él, que pensaba que todo empezaba y terminaba en Brauer, ve alterada de repente su reducida cosmovisión y tiene que recolocar la información en su cabeza.

Desde el Chaco, rumbo al matadero

El viento que arrasa
es una novela donde lo que se calla tiene tanta densidad o más que lo dicho. La carga está ahí, latente, a la manera carveriana. Diseminados por todo el texto y escondidos tras una estructura no lineal, el lector encuentra los detalles suficientes para reconstruir una trama de la que va sabiendo a fogonazos: mientras una línea de tensión avanza en el presente de ese día de verano, la otra viaja hacia atrás en el tiempo, recoge sermones de Pearson o, como en el capítulo 16, lleva la omnisciencia hasta el olfato de un perro para contarnos algo a través del olor del sitio. Y todo hecho con una gran economía de medios, como si se tratara de vaciar el texto y dejar un tenso hueco dentro.

En conjunto, la novela deja un poso parecido al de las películas de Lucrecia Martel: un clima narrativo asociado a un espacio geográfico. Si en el caso de Martel ya no hay manera de pensar Salta sin que te venga a la cabeza la atmósfera opresiva de La ciénaga o de La niña santa, algo similar sucede con Selva Almada y el territorio sobre el que levanta su sólido, potente y genuino edificio narrativo. Tras la lectura de El viento que arrasa, ya no es posible pensar en el Chaco argentino sin recordar el clima agónico que envuelve estas 160 páginas. Es más, no es posible hacerlo sin que el reverendo Pearson, a lo Robert Mitchum en La noche del cazador, te guiñe un ojo y trate de evangelizarte:
Yo les digo: mañana es ahora.
¿Por qué dejar pasar el tiempo, el invierno, sus heladas, el verano con sus tempestades? ¿Por qué seguir mirando la vida desde el borde del camino? No somos reses para mirarlo todo desde detrás del alambrado, esperando que llegue el camión de carga y nos deposite a todos en el matadero.
Somos personas que pueden pensar, sentir, elegir su propio destino. Todos ustedes pueden cambiar el mundo.

*

P.D.: Más adelante también reseñé Ladrilleros y Chicas muertas.