Mostrando entradas con la etiqueta DeBolsillo. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta DeBolsillo. Mostrar todas las entradas

4 de julio de 2014

La canción de Salomón, Toni Morrison

Cuando lees la novela de alguien que ha ganado un premio Nobel es inevitable adoptar algún tipo de expectativa, de prejuicio. Es como ir al teatro a ver a Blanca Portillo, a Ira Kaplan a un concierto de Yo la Tengo o a Luis Suárez a un estadio de fútbol: te entregas a la posibilidad de que pase algo distinto. Sabes que ese algo a veces sucede y otras no; con todo, la presunta genialidad del artista está ahí, latente, y tú quieres absorberla cuando ocurra. Desde ese ángulo, digo, me he quedado en el típico «está bien, pero esperaba algo más» con Toni Morrison y su La canción de Salomón.

Quizá haya sido un problema de expectativas mío.

Quizá.

Es lo que tiene el maldito Nobel y toda la enorme dehesa semántica que se extiende alrededor de la palabra premio, sea cual sea este. Por tanto, lo mejor que he hecho por esta novela es olvidarme —hasta cierto punto— del abolengo de su autora y leerlo como un libro más. Al fin y al cabo, hace casi 40 años que Morrison lo publicó y unos 20 desde que le dieron el Nobel. Ha sido un buen acuerdo para ambas partes.


Algunos ripios subsanables

Morrison es una novelista, sobre todo, de contenido. En cuestiones estructurales y estilísticas, al menos en La canción de Salomón, resuelve ciertos pasajes de manera incluso algo tosca. El punto fuerte aquí es la ambición del proyecto que se plantea: contar la historia de una familia negra y fijar una suerte de genealogía hasta llegar a su raíz primera en EE.UU., es decir, componer el típico libro gordote de algo más de 400 páginas con padres, tías, incestos —y pseudoincestos—, matrimonios infelices a su modo, búsqueda de los bisabuelos y tatarabuelos, etcétera. Vamos, póker tradicional, pero salpimentado con algunos detalles personales: unos fantasmas por aquí,  unos cantos con sabor a gospel algodonero por allá o un elemento mítico para explicar el origen de la raza negra acullá.

Poco más... O nada menos, según se mire, que componer 430 páginas de novela clásica siempre es complicado.

Estructuralmente, a veces se nota demasiado la búsqueda de situaciones que le permitan a tal o cual personaje pegarse un monólogo de aquí te espero, a fin de establecer su punto de vista sobre una u otra cuestión. Así, por ejemplo, un padre se sienta en un parque con un hijo y le dice casi literalmente que, por favor, no lo interrumpa, que tiene algo que importante que decirle... Y, a continuación, al lector le caen 4 o 5 páginas de monólogo parental sin derecho a interrupción filial. Eso sí, quizá el caso más flagrante sea cuando, en otro pasaje, el narrador para justificar que el protagonista no habla y que los demás personajes se echan unas peroratas estupendas, dice lo siguiente: «Hablaban y hablaban sin parar utilizando a Lechero como mecanismo para disparar sus recuerdos». En fin, como para sugerirle luego pulir ese tipo de ripios a cualquier novel.


El problema es siempre el otro

Pero, bueno, dejemos la lectura técnica a un lado y tengamos amplitud de miras, que Toni Morrison tiene su aquel, que diría mi abuela. De hecho, La canción de Salomón puede leerse tomando esta línea de diálogo como clave de lectura:
—¿No puedo amar lo que critico?
Si hacemos eso, el texto se convierte en un gran dispositivo que muestra el amor crítico de la autora por la gente de su raza. Así, la parte amorosa la vemos, por un lado, en que la novela cumple con el compromiso de constatar un buen puñado de injusticias —y delitos— que hemos cometido los blancos contra los negros: crear vagones de tren estilo apartheid, no dejarlos testificar en los tribunales, asesinarlos, etc. Y por otro, en que la novela nos narra la evolución social y afectiva de una familia negra de clase media entre 1930 y 1970, y la relación con su comunidad. Todo ello, en conjunto, establece una suerte de conciencia de raza: somos esto, venimos de aquí y remamos hacia el futuro contra viento y marea.

En cuanto a la parte crítica, la novela muestra —y este quiza sea su gran acierto— una comunidad negra tan machista, patriarcal, clasista, insolidaria o perezosa como la blanca. Al respecto hay un pasaje estupendo. La hermana del personaje principal, Lechero —nótese la ironía de ese apodo tan blanco en un libro tan negro—, harta de que este vaya de machito-alfa que decide lo que es mejor para su madre, su otra hermana o que va de gran follador por la vida, lo encara un día y le suelta una filípica que más de una madre española le diría a su padre, su marido o su hijo:
[...] ¿Quién eres tú para juzgar nada ni a nadie? Yo llevaba trece años respirando en el mundo antes de que tus pulmones empezaran a formarse. Y Corintios doce. No sabes absolutamente nada de nosotras; que hacemos rosas, eso es todo lo que sabes. Pero ahora de pronto decides qué es lo que le conviene a la mujer que te limpiaba las babas de la barbilla cuando eras demasiado pequeño para saber escupir. Nuestra niñez la gastamos en ti como una moneda encontrada en la calle. Cuando dormías, guardábamos silencio; cuando tenías hambre, cocinábamos; cuando querías jugar, te entreteníamos; y cuando fuiste lo bastante mayor para distinguir la diferencia entre una mujer y un Ford de dos toneladas, la casa entera se puso a tu servicio. Hasta hoy no te has lavado jamás tu ropa interior, no has hecho una cama, no has limpiado la suciedad de tu bañera, no has barrido ni sacudido una mota de polvo. Y hasta hoy no nos has preguntado ni una sola vez si estábamos cansadas o tristes, o si nos apetecía una taza de café. Nunca has levantado nada que no fueran tus pies, ni has resuelto un solo problema más allá de la aritmética de cuarto grado. ¿Qué crees que te da derecho a decidir sobre nuestras vidas?

—Lena, cálmate, no quiero oírlo.

—Te lo voy a decir: esos cojones de cerdo que te cuelgan entre las piernas. Pero, óyeme bien lo que te digo, hermanito: vas a necesitar algo más que eso. No sé de dónde lo vas a sacar ni quién te lo va a dar, pero acuérdate de lo que te digo: vas a necesitar algo más que eso. (...)

Una novela con trasfondo político

El riesgo de las sagas familiares es que se queden en eso: en una mera telenovela de enredos de no sé quién con no sé quién. Por suerte, Morrison apuesta también por lo politico y eso le confiere vuelo a muchos pasajes. El más significativo es el capítulo 6, que reproduce una charla entre Lechero y su amigo Guitarra sobre la pertinencia o no de usar la violencia como herramienta para conquistar los derechos sociales. Guitarra, un negro pobre y con nombre de esclavo, forma parte del grupo terrorista Siete Días, cuyo objetivo es liquidar tantos blancos como negros asesine el terrorismo blanco. Una resolución de conflictos muy viril, como se ve, muy de ojo por ojo y diente por diente. De «compensar cantidades», dice Guitarra.

Ahora que a muchos les ataca la corrección política a la hora de escribir o de leer, diría que resulta recomendable echar un vistazo a este capítulo de Morrison. Además de dejar patente que cualquier terrorismo es ciego —y cegador—, es un buen ejemplo de cómo la literatura vibrante nace de la incorrección. Transcribo un pasaje:

—¿Tú? ¿Tú vas a matar a seres humanos?
—A seres humanos, no. A blancos.

—¿Por qué?
—Acabo de decírtelo. Es necesario. Alguien tiene que hacerlo. Para que no se altere la proporción.

—¿Y si nadie lo hiciera? ¿Y si todo siguiera como antes?
—Entonces el mundo sería una farsa y yo no podría vivir en él.

—¿Por qué no matáis solo a los autores de los crímenes? ¿Por qué matáis a inocentes? ¿Por qué no solo a los culpables?
—¡Qué importa quién lo haya hecho! Cualquier blanco es capaz de hacerlo. Por eso matamos a cualquiera de ellos. No hay blancos inocentes Todos son asesinos de negros en potencia, si no de hecho. ¿Crees que Hitler les pilló de sorpresa? ¿Crees que fueron a la guerra porque pensaban que estaba loco? Hitler es el blanco más normal que ha existido jamás. Mató a judíos y a gitanos porque no había negros. ¿Te imaginas a los del Ku Kux Klan asombrados ante Hitler? Imposible.

(...)

—Pero ¿y los buenos? Hay blancos que han hecho sacrificios por los negros. Auténticos sacrificios.
—Eso solo indica que hay uno o dos que son normales. Pero no han podido hacer nada para impedir la matanza. Pueden estar indignados, pero con eso no solucionan nada. Pueden incluso hablar, pero tampoco solucionan nada. Pueden incluso sacrificarse, pero los asesinatos siguen. Y también seguiremos nosotros.

—No me entiendes. No son solo uno o dos. Son muchos.
—¿Sí? Escúchame, Lechero, Si Kennedy se encontrara, borracho y aburrido, sentado junto a una estufa de leña en Misisipí, puede que participara en un linchamiento solo porque sí. En esas circunstancias, su naturaleza antinatural habría quedado al descubierto. Pero yo sé muy bien que ni yo, ni tú, ni ningún negro que conozco o del que haya oído hablar participará jamás en un linchamiento, por borracho o aburrido que estuviera. Nunca. En ningún mundo, en ningún momento de la historia, ha habido un solo negro que se haya levantado para matar a un blanco porque sí. Pero los blancos sí pueden hacerlo. Y no lo hacen siquiera por dinero, que es por lo que suelen hacer la mayoría de las cosas. Lo hacen por divertirse. Es antinatural...

Ahí queda eso: hasta Kennedy es un potencial asesino de negros en boca de Guitarra. Y es que los discursos extremistas se tocan; de hecho, solo necesitan cambiar una palabra fetiche por otra y dicen cosas muy parecidas... Basta pensar desde ahí cualquiera de los conflictos, armados o por armar, que nos rodean. En la polarización, lo primero es quitarle todo atisbo de humanidad al otro y declararlo enemigo tuyo.

La abuela de una amiga mía, tan uruguaya ella, solía decirle a su nieta que no hiciera «cosas de negros» (frase bastante habitual, por cierto, en el Río de la Plata). Ese ha sido su gran karma educativo. Pues bien, en La canción de Salomón hay personajes que opinan y aconsejan lo contrario: cuidado, no hagas cosas de blancos. Y quizá esa sea la gran aportación de esta novela: nos enseña lo humana que es la tentación de caricaturizar al prójimo, al distinto, y hacerlo acreedor de los peores defectos. Esos defectos de los que, por supuesto, nosotros carecemos (¡faltaría más!).

*

PD. Muy interesante esta entrevista donde Morrison analiza la centralidad de la raza en su obra.

26 de abril de 2014

Algo supuestamente divertido..., David Foster Wallace

¿Qué puede tener de interesante un libro de no ficción que contiene un largo reportaje sobre un crucero de lujo masivo por el Caribe durante una semana en 1995?

Básicamente, que lo ha escrito David Foster Wallace

Es decir: a) un narrador capaz de convertir en hilo conductor el superpoderoso sistema de succión que anida bajo el váter de su camarote; b) una persona que escribe decenas y decenas de hilarantes notas a pie de página —una de las cuales ocupa tan solo 3/4 partes de la página para explicar por qué fue una mala decisión no llevar «ropa formal» en la maleta, a pesar de la advertencia previa de la compañía—; y c) un crítico con dientes de pitbull, capaz de invertir un capítulo entero en analizar el publirreportaje que Frank Conroy, un autor fetiche para él y director del Taller de Escritura Creativa de Iowa, había escrito sobre ese mismo crucero a cambio de un buen puñado de dólares, viajar gratis con su familia y hacer pasar el texto por un ensayo más en su exitosa carrera literaria.

Algo supuestamente divertido que nunca volveré a hacer, además de un estupendo ensayo sobre la estupidez humana que late tras el hiperconsumismo, es un libro que te enseña lo importante que es para un autor tener un punto de vista propio. Uno lee esta clase de libros, sencillamente, porque le da la sensación de que nadie más sería capaz de contarte un crucero como te lo cuenta Foster Wallace.

Un autor, una manera de mirar el mundo, digo.


¡Viva la inadaptación!

Desconozco cuánto hay de verdad y cuánto de exageración en la mirada de Foster Wallace. En cualquier caso, como no soy un potencial usuario de cruceros de lujo, me resulta fácil empatizar con alguien que se autodefine como semiagorafóbico, bovinofóbico —o algo así— y demasiado susceptible a la hipnosis... Y que, además, alardea de haber subido al barco sin una cámara fotográfica para no parecer tan borrego como el rebaño de turistas que lo rodea, es decir, ese grupo de (supuestos) seres humanos que pasa casi más tiempo conociendo el mundo a través de una pantalla que por experiencia directa. En cualquier caso, diría que a Wallace le sale fácil su vena de inadaptado social, que apenas necesita impostarla.

Eso sí, tiene ese punto tontorrón —muy estadounidense— de alabar los bombones de chocolate y, al mismo tiempo, escupir un canapé de caviar de beluga... En fin, la cultura gastronómica es algo que los hijos del Imperio aún no han conseguido asimilar. Qué le vamos a hacer. A cambio, tenemos a un escritor de alto vuelo intelectual capaz de contarte cómo se ajusta su gorra de Spiderman para jugar al pimpón, cómo pierde una partida de ajedrez con una niña de 9 años o cómo hace el ridículo tirando al plato con veteranos de guerra que incluso se llevan la escopeta desde casa. Quiero decir: por suerte, Foster Wallace es incapaz de tomarse demasiado en serio a sí mismo (exactamente lo contrario que Vargas Llosa yendo a visitar la ciudad de Bocaccio, por decir...).


Kafka a bordo

Puede que donde mejor se aprecie la mirada de Wallace sea en el regusto kafkiano que recorre el libro. Ese punto, digo, en que aparece una voz que te recuerda aquello que solía decir Nuestro Padeciente Hombre en Centroeuropa: «La vida es una distracción permanente que ni siquiera permite tomar conciencia de aquello de lo cual distrae». Es decir: la vida como un crucero de lujo, según Foster Wallace:
Hay algo insoportablemente triste en los Cruceros de Lujo masivos. Como la mayoría de las cosas insoportablemente tristes, resulta increíblemente elusivo y complejo en sus causas y simple en sus efectos: a bordo del Nadir —sobre todo de noche, con toda la diversión organizada, la amabilidad y el ruido del jolgorio—, me sentí desesperar. La palabra se ha banalizado ahora por el exceso de uso, desesperar, pero es una palabra seria, y la estoy usando en serio. Para mí denota una adición simple: un extraño deseo de muerte combinado con una sensación apabullante de mi propia pequeñez y futilidad que se presenta como miedo a la muerte. Tal vez se parezca a lo que la gente llama terror o angustia. Pero no acaba de ser como esas cosas. Se parece más a querer morirse a fin de evitar la sensación insoportable de darse cuenta de que uno es pequeño, débil, egoísta y de que, sin ninguna duda posible, se va a morir. Es querer tirarse por la borda.
Un poco más adelante, Nuestro Futuro Ahorcado a los 46 Años va un poco más allá y conecta esa angustia con el meollo de lo que está viviendo en ese momento:
Tengo 33 años y la impresión de que ha pasado mucho tiempo y que cada vez pasa más deprisa. Cada día tengo que llevar a cabo más elecciones acerca de qué es bueno o divertido, y luego tengo que vivir con la pérdida de todas las opciones que esas elecciones descartan. Y empiezo a entender  cómo, a medida que el tiempo se acelera, mis opciones disminuyen y las descartadas se multiplican exponencialmente hasta que llego a un punto en la enorme complejidad de ramificaciones de la vida en que me veo finalmente encerrado y atrapado en un camino y el tiempo me empuja a toda velocidad por fases de pasividad, atrofia y decadencia hasta que me hundo por tercera vez, sin que la lucha haya servido de nada, ahogado por el tiempo. Es terrorífico. Pero como son mis propias elecciones las que me encierran, me parece inevitable: si quiero ser adulto, tengo que elegir, lamentar los descartes e intentar vivir con ello.
Solo son un par de pasajes en todo el libro, pero bastan para leer el contenido desde otro lugar. En ambos fragmentos aparece el Foster Wallace más íntimo, el menos preocupado por parecer divertido, ingenioso o afilado en sus críticas al American Way of Life. Desaparece el gamberro y emerge un tipo plenamente autoconsciente que, con un insoslayable tono personal, nos cuenta la esencia de por qué toda aquella experiencia vacacional lo aterra tanto: es el hombre equivocado en el lugar incorrecto, es decir, un tipo con unas preocupaciones existenciales que poco o nada tienen que ver con la gente que le rodea.

De ahí que lo mejor sea ir más allá del crucero (que a unos les gustará más y a otros menos). Lo genial de este libro es cómo Wallace se apoya en esa experiencia y en su angustia vital para plantearse dos preguntas importantes sobre la manera en que vivimos. Una: ¿qué nos cuenta sobre nuestra sociedad una suerte de catedral comercial flotante con 1300 personas a bordo atiborrándose de comida, gastando toneladas de combustible, etc., durante una semana, y además convencidas de estar descansando y hasta sintiéndose privilegiadas respecto de sus familiares y amigos?

Y dos: ¿qué clase de estrategia de márketing consigue convertir despropósitos de este calibre —en el sentido ambiental y en todos los demás sentidos— en una experiencia necesaria o gratificante? O dicho de otro modo: además de tu dinero, ¿qué quiere una empresa cuando te seduce con un eslógan del estilo «Tú no te preocupes de nada: disfruta, que nosotros lo resolvemos todo por ti»? Al margen de sus excentricidades y exageraciones, Wallace nos muestra de manera brillante cómo la publicidad más sofisticada nos proporciona experiencias de placer precocinadas, listas para ponerlas a calentar en el microondas de la cabeza y servir. Un crucero de lujo es solo una más.



*

PD 01. El segundo fragmento que extracto me recuerda el pasaje de El discurso vacío, de Mario Levrero, que ocupa la contraportada del libro:

Lo que uno ha sembrado fue creciendo subrepticiamente y de pronto estalla en una especie de selva que lo rodea por todas partes, y los días se van nada más que en abrirse paso a golpes de machete, y nada más que para no ser asfixiado por la selva; pronto se descubre que la idea de practicar una salida es totalmente ilusoria, porque la selva se extiende con mayor rapidez que nuestro trabajo de desbrozamiento y sobre todo porque la idea misma de «salida» es incorrecta: no podemos salir porque al mismo tiempo no queremos salir, y no queremos salir porque sabemos que no hay hacia dónde ir, porque la selva es uno mismo, y una salida implicaría alguna clase de muerte, o simplemente la muerte. Y si bien hubo un tiempo en que se podía morir cierta clase de apariencia inofensiva, hoy sabemos de aquellas muertes eran las semillas que sembramos de esta selva que somos.
PD 02. Hace poco escribí esto sobre la biografía de D.T. Max sobre DFW.