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4 de octubre de 2015

Estilo rico, estilo pobre, Luis Magrinyà (2)


Esta reseña sobre Estilo rico, estilo pobre (Debate, 2015), de Luis Magrinyà, comenzó la semana pasada y, salvo causas de fuerza mayor, terminará con esta entrada.


*

El diálogo y la socorrida gestualidad de cartón piedra

Además de las disquisiciones alrededor de la traducción, el otro eje temático que me ha interesado es el novelístico. En particular, los apartados dedicados a eso que llama Luis Magrinyà —y con acierto— la «carpintería de los diálogos». Se nota que ha tenido que leer, por obligación, toneladas de mala prosa y que, primero por divertirse un rato y luego por sistematizar sus apreciaciones, ha terminado elaborando su propia casuística de horrores estilísticos.

Así, Magrinyà destripa con ironía y precisión ese momento en que el autor siente la imperiosa necesidad de subrayar con algún tipo de gesto lo que el personaje acaba de decir. En el mejor de los casos, eso sucede entre línea y línea de diálogo; en el peor, en la atribución. Casi invariablemente, ese gesto pertenece a una suerte de catálogo que un Ikea literario ha dejado en el buzón de cientos de narradores y narradoras. Tanto es así que, si nos lo propusiésemos —y esto corre por mi cuenta—, podríamos elaborar un listado de referencias:
  • Atrib_01: sacudir la cabeza
  • Atrib_02: asentir / negar con la cabeza
  • Atrib_03: encogerse de hombros
  • Atrib_04: fruncir el ceño
  • Atrib_05: chasquear la lengua
  • Atrib_06: enarcar las cejas
  • Atrib_07: morderse el labio
  • Atrib_08: reírse, sonreír, esbozar una sonrisa...
  • Atrib_09: esbozar una media sonrisa
  • ...
Es más: siguiendo las acotaciones de Magrinyá, podríamos establecer algunas variantes. ¿Por ejemplo? El amplio y «cansino surtido de verbos» con que los textos con aspiraciones literarias suelen salpimentar todo cuanto esté relacionado con la vista:
... mirar fijamente, levantar o bajar la vista o los ojos o la mirada, con hacia o sin hacia, escrutar, escudriñar, contemplar, lanzar o echar, o dirigir o clavar o fijar una mirada, etc.
Un listado al que yo añadiría un par de referencias: echar fuego por los ojos y humillar la mirada. También la gastadísima metáfora poner los ojos como platos. Ah, y ya que estamos, que decía el fontanero, un clásico: la mirada torva (que incluiría variantes tan desopilantes como lo/la miró torvamente, le lanzó una mirada torva, etc.), una de esas expresiones que nadie dice cuando habla con sus amigos, nadie sabe exactamente qué significa y que solo aparece en las novelas.

Como señala Magrinyà, la frecuencia con que encontramos ese tipo de palabrerío en la literatura nos indica dos cosas. Por un lado, un miedo común:
Para este tipo de narración, entre una línea de diálogo y la siguiente, o entre partes de la misma alocución, parece que hay como un abismo espantoso. Abrumados, y a la vez envalentonados, por el horror vacui, los narradores se apresuran a llenarlo, uno diría que la mayoría de las veces con los ojos cerrados. Porque qué curioso, ¿no?, que siempre lo llenen con las mismas cosas.
Por otro, tras tanto fuego artificial, podemos ver «un índice harto significativo de lo que muchas veces se entiende por narración». Vamos, que el concepto de literatura de algunos se parece a la típica imitación de un español que, para hacerse el argentino, cree que alcanza con decir a todas horas boludo y sheshearlo todo (o a la inversa: un argentino que reduce lo español a una voz nasal y troglodita que dice hostia, puta, joder, tío).


Decir: un verbo tabú 

El capítulo «Los verbos parlanchines» es uno de esos que cualquier escritor o escritora novel debería estudiar antes de presentar su manuscrito en cualquier editorial seria. (Por ahorrarse algún sofoco más que nada, digo). A la hora de construir un diálogo, un idioma tan rico en verbos como el español sufre todo tipo de experimentos cuando alguien se obsesiona con evitar la repetición del verbo decir y confunde el diálogo en una narración con el de un texto teatral. Aparecen entonces las más variopintas y coloridas atribuciones de diálogo. Con el permiso de Magrinyà, me animo a separarlas en al menos dos familias: las zoológicas y las decibélicas.

Las primeras, como su nombre indica, recogen la fascinación del ser humano literario por tomar un sonido animal y convertirlo en verbo de habla. La colección de ejemplos que recoge Magrinyà roza lo hilarante: un librero de Ruiz Zafón que ruge, un militar de Isabel Allende que ladra, un intruso de Leopoldo Azancot que muge...  Y así hasta llegar al infantable personaje que brama (pese a no ser un toro, claro). Ah, tampoco faltan atribuciones donde, para no decir, se prefiere relinchar o rebuznar. Vamos, que, en breve, alguien se animará y hará que, por fin, los camareros zureen o que las peluqueras crotoren. Todo es ponerse (además, graznar ya está muy visto...).

La segunda familia incluye el espectro completo del medidor acústico con el que la policía viene a comprobar si tu fiesta privada molesta al vecindario. Es decir: abarca desde bisbisear y susurrar hasta chillar o desgañitarse, y pasa por decibelios —y vocalizaciones— intermedias como mascullar, escupir —palabras, se entiende—, espetar, increpar o imprecar. Todo sea por aclarar lo que, si estuviera bien contado, debería desprenderse de lo que el texto está narrando y cómo nos lo está narrando. Por cierto, dentro de esta familia, merecería mención aparte el uso incorrecto, desde el punto de vista gramatical, de los verbos interrogar y preguntar.

En conjunto, Magrinyà muestra que para muchos lectores, escritores y editores la literatura es, sobre todo, aquello que suena a literatura. O dicho de otro modo: identifican la literatura con la utilización de un determinado campo semántico, no con una apuesta estética y política de alguien que tiene algo que decir y se sirve de esa disciplina artística para contárselo a su comunidad. Ojo: nadie discute que bramidos, relinchos y bisbiseos sean un punto de partida en el aprendizaje; otra cosa es cuando eso se convierte en hábito y  convencimiento de que el cartón piedra es pura sofisticación literaria. Eso podría caratularse, siguiendo a Andrés Ibáñez, como «prosa leprosa».


El lenguaje literario como invención

Uno de los grandes momentos de Estilo rico, estilo pobre tiene que ver con tres verbos: tamborilear, perlar y tintinear. Según Magrinyà, estos verbos solo existen en los libros y nadie —o casi— sabe qué significan a ciencia cierta. Eso sí, aparecen con frecuencia porque envuelven la narración en un aire prestigioso, culto, literario (en el peor sentido del término, digo). Magrinyà afirma incluso que estas palabras, y las expresiones que la tropa narrativa amartilla con ellas, no tienen una «correspondencia con un estado real de la lengua».

La demostración, a golpe de ejemplo, es desternillante. Así, unos escriben tamborilear sobre el abdomen, otros prefieren la opción tamborilearán los dedos y tampoco falta quien teclea tamborileará una canción. Es más: los hay que sostienen que son su corazón, sus ojos o la lluvia los que tamborilean. Inaudita tanta variedad gramatical y dispersión semántica, ¿verdad? ¿A que nadie tiene un problema similar con verbos como robar, mentir o beber? Pues de eso va, en no pocas ocasiones, lo que algunos y algunas se ufanan por llamar tener estilo.

Algo similar argumenta Magrinyà sobre perlar. Al parecer, este verbo es un galicismo que introdujo Rubén Darío en Prosas profanas y otros poemas y que, en teoría, debería significar 'bordar, hacer un trabajo primoroso'. Es decir: cualquier cercanía con el sudor que perla tantas frentes de personajes literarios es mera distorsión del original (o «derivaciones creativas», como ironiza Magrinyà). De hecho, Darío usó ese invento suyo para construir uno de sus típicos versos aéreos
La orquesta perlaba sus mágicas notas;
un coro de sones alados se oía...
Por su parte, tintinear debería servir solo para campanillas, copas y objetos frágiles... Sin embargo, por alguna extraña razón, el verbo ha adquirido prestigio poético y, a decir los textos que menciona Magrinyà, ha terminado sirviendo para que tintinee cualquier otra cosa menos las originales y genuinas; vamos, que ahora tintinean la sangre, la duda, la risa o hasta unas castañuelas (sí, esas que más bien castañetean).

Para una futura segunda partte o ampliación del libro, sugiero que haya una sección para el verbo titilar. Yo diría que cumple condiciones parecidas: tiene rango de prestigioso y poético, y muchos se desesperan por utilizarlo sin tener muy claro qué significa o si viene a cuento. Hoy no se puede aspirar a ser literato si antes no se ha hecho titilar en algún texto, qué sé yo, estrellas, luces de neón, el corazón, lo que se preste.


La maldita aspiración a ser matizados

Las 250 páginas del libro de Magrinyà abarcan otros detalles que no caben en esta reseña (por muy doble que sea): el estilismo preposicional, los problemas verbales que acarrea el coito literario, la propensión a utilizar ciertos plurales... En fin, como suele decirse, quien quiera saber más que lea el libro. Y que discuta con él, que no todo lo que asegura el autor tiene por qué ser así (o tan así como dice).

Yo, por ejemplo, tengo mis dudas sobre que lugar sea tan impropio como lo pinta Magrinyà en el capítulo dedicado a los hiperónimos. Quizá lo esté malinterpretando y no hablemos de lo mismo, pero no dejo de pensar que el Quijote empieza «en un lugar de la Mancha» o que uno de los complementos circunstanciales más habituales es el de lugar. Algo similar me sucede si pienso en otras expresiones, como «unidad de lugar», «lugar común» o «encontrar tu lugar en el mundo». Quiero decir: no termino de ver que todo sea influencia del inglés.

Pero, vamos, esas son cuestiones menores: me quedo con la capacidad de Magrinyà para estimular la duda y hacerte pensar sobre aquello que la costumbre, la pereza o la desinformación te habían llevado a ver como normales. En cualquier caso, por encima de tal o cual palabra o expresión, Estilo pobre, estilo rico también merece la pena por las consideraciones sobre el estilo que intercala su autor, algo que adquiere relevancia en tanto en cuanto Magrinyà es uno de los escritores de referencia de su generación.

Su punto de vista puede resumirse en dos pensamientos: «... uno de los errores comunes del estilista es crear oposiciones allí donde no las hay» y el estilo consiste «en la identificación de lo prescindible». En general, los autores profesan una solidaridad ciega con aquello que escriben, es decir, creen firmemente que todas las palabras están en el texto por algo (aunque ni ellos mismos tengan claro el porqué). De ahí que se dejen llevar muchas veces más por criterios subjetivos que objetivos:
La aspiración a ser «matizados», intensos, precisos, exactos, nos lleva a creer que hay palabras o expresiones que definen «exactamente» una realidad, cuando en la lengua la única relación exacta que puede haber es entre palabras y palabras, entre convenciones y convenciones.
La trampa, por tanto, suele estar en el matiz. Y vale la pena pensar en eso porque, a decir de Magrinyà, ahí está encerrado el secreto del estilo rico y del estilo pobre.

27 de septiembre de 2015

Estilo rico, estilo pobre, Luis Magrinyà (1)

Estilo rico, estilo pobre (Debate, 2015), de Luis Magrinyà, viene a sumarse a una tradición muy sana en la divulgación de la lengua: la de reflexionar sobre ella con sentido del humor, visión autocrítica y ánimo pedagógico. Para ello, el autor se apoya en su trayectoria como escritor,  director editorial de varias colecciones en Alba, traductor del inglés y filólogo. Esa variada experiencia laboral como profesional de la lengua le ha permitido, como señala en la introducción, escribir un texto que se ajusta muy bien a eso de que «cada maestrillo tiene su librillo». Este es el librillo de Magrinyà, entre otras cosas, capaz de conjugar un premio Herralde con 9 años trabajados para la RAE.

Una de las cualidades de Estilo rico, estilo pobre que más agradezco es su tono desenfadado. Muchos libros sobre cómo hablar y escribir mejor en español son aburridísimamente académicos, carecen de espíritu divulgador y están pensados más como un código penal que como un contenido didáctico y entretenido que quizá uno lea en el metro, en una cafetería o mientras se hace la hora de cenar. Lo digo en serio: son tan aburridos que dan ganas de aprender inglés, ruso o japonés. Se agradece, por tanto, que Magrinyà escriba de manera distendida, que recurra al humor como herramienta para comunicar.

Otra cosa que me gusta de este libro es que separa con claridad lo que es lingüístico de lo que es estilístico. O dicho de otro modo: lo que es inobjetable —o casi— de lo que puede considerarse una decisión creativa y, por tanto, debatible. Además, y como saludable muestra de autocrítica, Magrinyà incluye ejemplos de errores que ha cometido en sus novelas, es decir, se sitúa a la par de otros autores y autoras damnificados por sus comentarios (ya se sabe: a nadie le gusta aparecer mencionado en este tipo de obras...).

Por último, alabaría el espíritu que transmite Estilo rico, estilo pobre: la perplejidad de un profesional que observa con curiosidad ciertos cambios en su instrumento de trabajo y necesita explicarse —explicarnos— por qué suceden. Magrinyà no se dedica, como otros, a clamar flamígeramente contra la invasión cultural anglosajona, sino que adopta una posición casi detectivesca a la hora de reflexionar por qué han proliferado expresiones como no importa y eso es todo, a qué se debe la omnipresencia del adjetivo adecuado o qué consecuencias ha acarreado la traducción literal del adjetivo heavy. Que sí, que la sombra del inglés es más alargada de lo que pensamos, pero que se puede explicar sin caer en el «Santiago y cierra, España».


El desplazamiento semántico

Si bien el libro no acomete de manera sistemática la influencia de las malas traducciones —recopila artículos periodísticos publicados en El País y El Diario—, este es uno de los ejes que lo vertebran. Ojo, también es el que más útil me ha resultado a mí, pues carezco del entrenado ojo de un traductor para detectar ciertas sutilidades. De hecho, he descubierto un error que llevo años cometiendo: estaba convencido de que las conversaciones se mantienen y de que eso era más preciso —expresivo— que tenerlas... Sin embargo, Magrinyà me ha convencido de que ese uso procede de los muy ingleses verbos keep/stay, cuyas traducciones literales, a fuerza de mantenerlo todo, han desplazado semánticamente a opciones como guardar, permanecer, retener, sostener o tener. 

En serio, me he quedado, como dice el tópico, de piedra... Eso sí, me ha gustado saberlo: me ha servido para entender cabalmente a qué se refiere Magrinyà cuando habla del estado de «abducción mental» que a veces nos aqueja y del mecanismo que la genera. Con frecuencia,  escuchamos/leemos frases construidas con estructuras lingüísticas extranjeras y, de manera acrítica, nos las apropiamos y difundimos sin darnos cuenta de que no son genuinamente españolas, de que en buena lid serían errores. Sin embargo, la estructura se afianza en la comunidad hablante y, tiempo después, desplaza semánticamente a la autóctona. Es más: terminamos pensando que la nueva estructura es la correcta o de mejor estilo.

De hecho, al leer Estilo rico, estilo pobre he recordado algo que aprendí en El dardo en la palabra hace no menos de diez años. En un artículo clamaba Lázaro Carreter contra quienes decían jugar un papel —feo calco de to play a role— y sostenía nuestro afamado guardián de las esencias del idioma que, en buen español, aquello se decía desempeñar un papel... En aquel momento, rara vez había escuchado o leído yo lo de jugar un papel; hoy, sin embargo, no paro de hacerlo —aquí va el último texto donde lo he visto—, por muchos libros de estilo que dicen seguir los medios de comunicación. Tanto es así que bastantes personas me han porfiado que si no se dice así entonces se dice... ¡jugar un rol! En fin, que debo de ser el antepenúltimo o penúltimo romántico del verbo desempeñar gracias a Lázaro Carreter.


Camino del from lost to the river...

Sin querer ser exhaustivo, listo algunas de las expresiones inglesas de las que se ocupa Magrinyà; como digo, esas malas traducciones se han difundido de manera tan masiva que en unos años puede que desplacen del todo a la traducción genuina:
  • that's all
  • no problem
  • it doesn't matter
  • do the right thing
  • too good to be true
  • it makes/marks no difference
  • as/so much/many as + must/can/need/want 
  • keep/stay + adjetivo 
Un caso particular de estos desplazamientos es el relativo a las malas traducciones de los hiperónimos. Así, según explica Magrinyà, palabras como place, room o clothes no funcionan exactamente igual que sus manidas equivalencias lugar, habitación y ropa. Y eso termina generando textos donde se repiten palabras de manera innecesaria o se usa un genérico cuando podría usarse algo más específico.

O por decirlo de otro modo: hay diferencia estilística —para quien sepa apreciarla, claro— entre escribir «por favor, mantenga limpio el lugar» y «por favor, no ensucie la biblioteca»; entre «Todo lo que necesitas es amor» y «Lo único que necesitas es amor»; entre «te compraré tantos perros como quieras» y «te compraré todos los perros que quieras». La diferencia suele estar en que las primeras opciones de esos binomios proceden de traducciones literales del inglés; las segundas, claro está, son más genuinas y responden mejor al espíritu del español.

Para entendernos: las primeras opciones equivalen, permítaseme la exageración, a cuando tomamos una españolísima frase como «de perdidos al río» y la traducimos al inglés como «from lost to the river». Algo así, pero a la inversa, es lo que favorecemos muchas veces sin darnos cuenta. Y, claro, de tanto leer textos —periodísticos, empresariales, literarios, científicos, etc.— traducidos en plan if, if, between, between, al final, terminamos viendo la estructura extranjera incluso más correcta que la autóctona.

Talese, mejor en inglés

De hecho, ni siquiera las editoriales nos ponen ya a salvo de ese tipo de abducciones. Sin ir más lejos, Magrinyà me ha convencido, por ejemplo, de que es mejor leer Honrarás a tu padre, de Gay Talese, en inglés; la traducción española publicada por Alfaguara contiene errores notables. Transcribo solo algunos de ellos:
  • Usó una escopeta para destrozar el enorme ventanal [mejor: «Destrozó el ventanal de un escopetazo» o «Destrozó el ventanal de un tiro de escopeta»].
  • ... las calles que conocía tan bien y que tanto había usado en los últimos años para sacudirse de encima a la policía [Magrinyà se declara incapaz de solucionarlo, pero es evidente que usar no es el verbo más preciso en un contexto así].
  • ... cubriendo con dos pesados manteles de lino un par de mesas grandes y plegables de aluminio [mejor: «... cubriendo con dos gruesos manteles de lino...»].
  • Bill Bonnano, un hombre alto y pesado, de pelo negro y treinta y un años [mejor: «... un hombre alto y corpulento»].
  • —Le dije tres veces esta semana que quería que ordenara este lugar —dijo Bill [unas líneas antes, el narrador había aclarado que se trabaja de un jardín; por tanto, lo mejor es «... que ordenara este jardín» o «... que lo ordenara»].
  • —¿Ustedes saben qué hacen en este lugar? [y el lugar resulta ser una fábrica abandonada].
No es una cuestión de escarnecer a nadie —habría que preguntar a Alfaguara cuánto le pagaba a sus traductores, qué tiempo les daba o quién supervisaba su trabajo—; con todo, lo de Talese y algunos otros ejemplos que aporta Magrinyà resultan indicativos de lo mal que está el patio editorial. Quiero decir: el error es humano y una mala tarde la tiene cualquiera; ahora bien: otra cosa es el error sistemático y observable en libros de casi cualquier editorial. Las empresas han convertido a los correctores de estilo en una especie en extinción —ya lo explicaba José Antonio Millán en 2005 en el prólogo de Perdón imposible— y han precarizado tanto casi cualquier trabajo relacionado con el libro —véase el artículo «¿Por qué seguimos traduciendo?»— que resulta complicado incluso tomar algún autor/a o editorial como referencia. Lo increíble es que el público lector todavía cree que los libros pasan 700 filtros de calidad.                                                                       

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Continuará. No sé si la semana que viene, pero la entrada continuará algún día de estos y tendrá 2.ª parte.

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Actualización (5/10/15): Hubo segunda entrada; se accede por aquí. 

Actualización (27/10/15): En la versión periodística del capítulo «Dos verbos comodín», Luis Magrinyà da su visión de eso que yo, coloquialmente, he llamado «cómo está el patio». Merece la pena leerlo (son los dos últimos párrafos). 

12 de abril de 2015

La política y el idioma inglés (II), George Orwell


[ Este artículo viene de su primera parte, donde se habla de cómo relaciona Orwell la regeneración del lenguaje con la de la política o de cómo eso es una tarea colectiva. ]


La ortodoxia como fuente del Mal

Parece mentira, sí, pero el ensayo de Orwell sigue vigente 70 años después y sirve tanto para referirse a Reino Unido y sus ingleses como al Reino de España y sus españoles. Es más: el estadounidense David Foster Wallace cita con profusión La política y el lenguaje inglés en su divertido ensayo «La autoridad y el uso del inglés americano», publicado en 1999 y recogido en De qué hablamos cuando hablamos de langostas (DeBolsillo, 2007). Quiero decir: el texto de Orwell fue y sigue siendo un antídoto lleno de inteligencia para vacunarnos contra la necedad que nos rodea.

Fiel al espíritu de su época, Orwell nos advierte de los efectos devastadores de la ortodoxia sobre la capacidad de elaborar pensamiento propio. De hecho, responsabiliza a ese tipo de ceguera de que proliferen toda suerte de papagayos, títeres o autómatas en el espectro político. Donde deberíamos encontrar mujeres y hombres que nos ayuden a afilar nuestro pensamiento para vivir mejor —en términos aristotélicos, se entiende—, resulta que encontramos portavoces especializados en reproducir, como si fueran «letanías de iglesia», los argumentarios que otros elaboran por ellos. Lo que dice Orwell se parece a algo de lo que puso en pie al 15M:
La ortodoxia, cualquiera sea su color, parece exigir un estilo imitativo y sin vida. Los dialectos políticos que aparecen en panfletos, artículos editoriales, manifiestos, libros blancos y discursos de los subsecretarios varían, por supuesto, entre un partido y otro, pero todos se asemejan en que casi nunca emplean giros de lenguaje nuevos, vívidos, hechos en casa.
En fin, esa cantinela —y ahora pensando en clave española— que razona a golpe de líneas rojas y brotes verdes; a fuerza de abrir el melón, pasar página, levantar alfombras o abrir las ventanas (o los cajones, según qué casos y qué circunstancias); esa retahíla hebdomadaria que lo mismo entona grandes éxitos del karaoke retórico —La superioridad moral de la izquierda, La (in)cuestionable capacidad gestora de la derecha, La herencia recibida, etc.— que te canta un himno pop a la excelencia, la competitividad, la productividad, el win-win y la marca España mientras el resto de invitados hace los coros y grita: «¡Alfombra roja para los emprendedores!». Todo sea por cantar, digo, en particular cuando llegan las elecciones y quienes concurren a ellas tratan de apropiarse a toda costa de la gran palabra fetiche: cambio.

Cambio que te quiero cambio (y no recambio).

Por supuesto —y prometo que solo me alargo un párrafo con esto de los ingredientes—, la retórica anterior debe aderezarse con una pléyade de españolísimos giros taurinos con los que trufar —incluidos los oradores y amanuenses antitaurinos— cualquier discurso: coger el toro por los cuernos, salir por la puerta grande, hacer un brindis al sol, echar un capote, cambiar de tercio, apretarse bien los machos... Y es que, bien mirado, muchas veces —la mayoría— no pensamos lo que decimos, y así nos va. Recuérdese que estamos en un país en que hasta los ateos, cada tanto, dicen «gracias a Dios» y donde más de un padre o madre van de republicanos por la vida, pero a las primeras de cambio disfrazan a sus retoños de príncipes y princesas.

Visto así, desde la perspectiva de que nos encanta hablar del talón de Aquiles sin saber quién era ese héroe griego, puede entenderse de manera sencilla el punto de vista de Orwell: hay muchos discursos que resultan previsibles porque los emiten autómatas cuyo único mérito es «pegar largas tiras de palabras cuyo orden ya fijó algún otro y hacer presentables los resultados mediante trucos». Eso es «lo peor de la escritura moderna», subraya. Y acota: su atractivo estriba en que «esta forma de escritura (...) es fácil».

Tan fácil, de hecho, que a esos escritores y oradores modernos les alcanza con invocar algunas de las palabras fetiche para que el resto acudan a su boca «como corceles de caballería que responden a la corneta» para juntarse «automáticamente en una alineación monótonamente familiar».

Y la metáfora bélica no es casual, diría yo: luego, tras esos corceles y esas cornetas, viene la carga de la caballería en forma de recortes de salario, supresión de algunos derechos laborales, privatización de la sanidad o aumento de tasas y disminución de becas para estudiar, amén de toda clase de explicaciones (simuladas y en diferido) sobre la corrupción. De hecho, como Orwell, la ciudadanía española hace tiempo que sospechamos de empresarios, banqueros, políticos y demás tropa cuando nos hablan de ciertas palabras:
Las palabras democracia, socialismo, libertad, patriótico, realista, justicia tienen varios significados diferentes que no se pueden reconciliar entre sí. En el caso de una palabra como democracia, no solo no hay una definición aceptada, sino que el esfuerzo por encontrarle una choca con la oposición de todos los bandos. Se piensa casi universalmente que cuando llamamos democrático a un país lo estamos elogiando; por ello, los defensores de cualquier tipo de régimen afirman que es una democracia, y temen que tengan que dejar de usar esa palabra si se le da un claro significado. Las palabras de este tipo se emplean a menudo de forma deliberadamente deshonesta. Es decir, la persona que las usa tiene su propia definición privada, pero permite que su oyente piense que quiere decir algo bastante diferente

La honestidad como remedio

Frente a la ortodoxia, Orwell apela al uso de un lenguaje claro y honesto, esto es, a un lenguaje que pueda ser entendido por el resto de la comunidad. Para ello, el punto de partida en el discurso debe ser la sinceridad y el de llegada, el compromiso por poner las palabras al servicio del mensaje... Y no al revés. El lenguaje debe huir del «catálogo de estafas y perversiones» que detalla en su ensayo. Las palabras y las imágenes que empleamos deben subordinarse a la claridad del significado.

Traducido a términos de 2015, podríamos decir que Orwell estallaría contra quienes evitan la palabra desahucio a través del circunloquio «procedimientos de ejecución hipotecaria», contra quienes enmascaran las amnistías fiscales tras expresiones como «medidas excepcionales para incentivar la tributación de rentas no declaradas» o contra quienes hablan de «crecimiento económico negativo», «recargo temporal de solidaridad» o «devaluación competitiva de los salarios», como si así pudieran atenuar de algún modo la espantosa realidad que anida tras semejantes rodeos verbales. Orwell también dispararía contra quienes quieren renombrar el capitalismo y revendérnoslo bajo denominaciones como «libre mercado» o «economía de mercado». Y, por supuesto, guardaría algunos párrafos para quienes falsean la realidad y criminalizan a las personas que migran de país a través de términos alarmistas como oleadas, alud, invasión, inmigrante ilegal, etc.

Y es que ya lo decía Orwell:
El gran enemigo del lenguaje claro es la falta de sinceridad. Cuando hay una brecha entre los objetivos reales y los declarados, se emplean casi instintivamente palabras largas y modismos desgastados, como un pulpo que expulsa tinta para ocultarse.

Un programa de acción lingüístico

La buena noticia es que hay una parte de la honestidad en el lenguaje que se entrena. Esa parte es la que tiene ver con la voluntad de escribir claro, a fin de que los demás te entiendan y, llegado el caso, puedan alzar la mano y disentir de tu punto de vista. Por eso, algo valioso de La política y el idioma inglés es la insistencia de Orwell en que la prosa se compone. Es decir: no se improvisa. De hecho, en este ensayo el escritor inglés incluso cuenta las sílabas —no las palabras, ¡las sílabas!— de muchas oraciones.

Su programa de acción para combatir la decadencia del lenguaje —y, por ende, la crisis política y económica— puede sintetizarse en 3 directrices generales, 6 preguntas y 6 recomendaciones estilísticas aplicables a cada texto. Lejos de ser una receta que garantice el éxito, debe considerarse como un programa de mínimos, esto es, como lo imprescindible para ser considerado un «escritor cuidadoso».

Las tres directrices generales serían las siguientes:
  • Reflexionar sobre el lenguaje que utilizamos y usarlo con la mayor precisión posible.
  • Usar un lenguaje que muestre de manera clara y vívida aquello que estamos contando.
  • Revisar oración por oración —y hasta sílaba por sílaba— cada texto que compongamos.

El último punto no es baladí; Orwell sostiene que el escritor, «en cada oración que escribe», debería planterse estas 6 preguntas:
  1. ¿Qué intento decir?
  2. ¿Qué palabras lo expresan?
  3. ¿Qué imagen o modismo lo hace más claro?
  4. ¿Es esta imagen lo suficientemente fresca para producir efecto?
  5. ¿Puedo ser más breve? 
  6. ¿Dije algo evitablemente feo [pretencioso]?
Y para conseguir la máxima precisión, claridad y expresividad, quien escribe debería corregir sus textos con los siguientes 6 consejos estilísticos en mente:
  1. Nunca use una metáfora, un símil u otra figura gramatical que suela ver impresa. 
  2. Nunca use una palabra larga donde pueda usar una corta. 
  3. Si es posible suprimir una palabra, suprímala siempre. 
  4. Nunca use la voz pasiva cuando pueda usar la voz activa. 
  5. Nunca use una locución extranjera, una palabra científica o un término de jerga si puede encontrar un equivalente del inglés cotidiano. 
  6. Rompa cualquiera de estas reglas antes de decir una barbaridad.
Como con tanto decálogo, dodecálogo y consejos varios que circulan por ahí, este programa no es la solución para todos los males. Pero es el de una voz autorizada a la que acudir cuando pensemos que pergeñar un texto claro es algo sencillo, que lleva poco tiempo o que es una cuestión de talento (y no de trabajo). Además, Orwell es una buena piedra de toque respecto de una cualidad que escasea en esta vertiginosa sociedad del hiperconsumo y la infoxicación: la autocrítica. El programa orwelliano, sobre todo, nos obliga a revisar de arriba abajo cuanto escribimos, y a hacernos responsables de ello.

Quizá así consigamos erradicar comparaciones como las de Francisco Ruiz, quien nos explicó que los inmigrantes deberían saber que la Guardia Civil, a diferencia de los Reyes Magos, no reparten caramelos sino palos... Y hasta tal vez dejemos de leer informes del Ministerio de Hacienda donde se equipara a un partido político en su labor social con la de Cáritas. Y hasta puede que algún día llegue a la presidencia de este país alguien que no vaya a ser recordado por su tenacidad a la hora de omitir la palabra crisis o la palabra rescate en su discurso. Todo sea por mejorar nuestra salud semántica, digo.

*

PD 01. Este artículo que publicó Sandra Ruso en el diario argentino Página 12 resume bastante bien algunas de las ideas generales que transmite Orwell.

PD 02. George Orwell: «... no hay ninguna necesidad real de los centenares de locuciones extranjeras que hoy son corrientes en el lenguaje inglés». Aconsejar lo mismo en este idioma en que escribo —y lo digo por experiencia— te convierte en una suerte de casposo y retrógrado nacionalista español. No es mal termómetro, digo, para medir alguna de las tonterías y complejos de inferioridad que podemos rastrear a través del lenguaje.

*

La portada del libro está tomada de esta web, que repasa la bibliografía de George Orwell y lo he leído en español gracias a la generosidad de Joe Miró y Alberto Supelano, quienes han compartido su traducción públicamente en este enlace. El original en inglés puede consultarse en este otro sitio. Desconozco si este ensayo lo ha publicado alguna editorial española.

5 de abril de 2015

La política y el idioma inglés (I), George Orwell


«Cuando la atmósfera general es perjudicial, el lenguaje debe padecer», dejó escrito George Orwell hacia 1946. Si trasladamos esa afirmación al presente, podríamos sospechar que el autor de novelas como 1984 o Rebelión en la granja no perdería el tiempo en culpar a los adolescentes, a internet o al wasap del deterioro que sufre actualmente el lenguaje.

Tampoco se escudaría tras los malos resultados que suele arrojar el —siempre sesgado y proneoliberal— informe PISA para explicar la pobreza de vocabulario, la falta de comprensión lectora o las enormes carencias argumentativas que experimentan muchas personas a la hora de hablar o de escribir. Según escribió Orwell en su ensayo La política y el idioma inglés, el chachachá del asunto radica, fundamentalmente, en dos causas: la crisis económica y la decadencia del discurso político.

Es de suponer que Orwell (1903 - 1950), cuando hablaba de «atmósfera general», aludía a la enorme descarga de electricidad bélico-totalitaria que asoló los cielos europeos durante la primera mitad del siglo XX. Ya se sabe: Primera y Segunda Guerra Mundial, Revolución Rusa, imperalismo colonial, Hitler, Mussolini, Stalin, Franco... De hecho, él conoció de primera mano aquella atmósfera: participó en la Guerra Civil española como miliciano del POUM, una experiencia que le marcó y de la que dejó constancia en su libro Homenaje a Cataluña. Por gastado que esté el adjetivo, Orwell lo merece y lo honra: fue un intelectual comprometido con su época.

Y, para muestra, el siguiente fragmento que aparece al poco de empezar este documental de la BBC —la traducción es mía, así que es algo aproximada—:
Lo que más me importa es convertir la escritura política en un arte. Mi punto de partida es siempre una sentimiento partisano, una sensación de injusticia. Cuando me siento a escribir un libro, no me pregunto si voy a producir una pieza de arte. Escribo porque hay una mentira que quiero exponer, un hecho sobre el que quiero llamar la atención... Y mi preocupación inicial es conseguir una audiencia [que me escuche].
No está de más tener eso en mente al leer La política y el idioma inglés... Al fin y al cabo, según una clasificación aparecida hace algún tiempo en el diario The Times, estamos ante el segundo escritor británico posbélico más influyente. Quiero decir: no es un cualquiera quien vincula el cuidado del lenguaje a la regeneración política a lo largo del citado ensayo:
Un hombre puede beber porque piensa que es un fracasado y luego fracasar por completo debido a que bebe. Algo semejante está sucediendo con el lenguaje inglés. Se ha vuelto feo e impreciso porque nuestros pensamientos son necios, pero la dejadez de nuestro lenguaje hace más fácil que pensemos necedades. Lo importante es que el proceso es reversible. El inglés moderno, en especial el inglés escrito, está plagado de malos hábitos que se difunden por imitación y que podemos evitar si estamos dispuestos a tomarnos la molestia [de erradicarlos]. Si nos liberamos de estos hábitos podemos pensar con más claridad, y pensar con claridad es un primer paso hacia la regeneración política; de modo que la lucha contra el mal inglés no es una preocupación frívola y exclusiva de los escritores profesionales.
Además de abogar por un lenguaje limpio de «malos hábitos», Orwell coloca en el centro de su argumentación otro factor relevante: la responsabilidad de la ciudadanía en esa tarea. En La política y el idioma inglés no figuran apelaciones para dejar el cuidado del lenguaje a influyentes mandarines, minorías egregias, tribus de escritores, endogámicas academias que fijan y dan esplendor, etc.; al contrario, Orwell asume que defender la salud semántica de la sociedad es una tarea colectiva. En su ensayo, el lenguaje aparece como un bien común, como algo que compartimos y que puede ayudarnos a convivir mejor. Y, como bien común que es, todas las personas debemos asumir nuestra cuota de responsabilidad.


Del vicio lingüístico a la necedad

En ese sentido, la exhortación de Orwell a cuidar el lenguaje que usamos suena de lo más machadiana. De hecho, a través de su agudo Juan de Mairena, don Antonio Machado nos dejó escrito aquello de que conviene cuidar la retórica porque «con palabras se charla y se diserta; con palabras se piensa y se siente y se desea; con palabras hablamos a nuestro vecino, y cada cual se habla a sí mismo, y al Dios que a todos nos oye, y al propio Satanás que nos salga al paso». Es decir, y ya volviendo al ensayo orwelliano, conviene preocuparnos por cómo hablamos o escribimos porque el lenguaje nos empodera, nos ayuda a modelar y conseguir nuestros propósitos.

De ahí que el escritor británico haga girar buena parte de su ensayo alrededor de una sentencia digna de ser recitada como un mantra en cualquier lugar donde se intente enseñar o aprender algo:
(...) la dejadez de nuestro lenguaje hace más fácil que pensemos necedades.
A tal fin, Orwell analiza 5 ejemplos representativos de la prosa política y universitaria de su época. Con paciencia y bisturí fino, muestra cuánta kilocaloría vacía y cuánta vanidosa pretenciosidad se esconden tras muchos discursos que se dan aires de elevados. Y esto último merece resaltarse —y copiarse—: Orwell ataca el lenguaje de quienes, en teoría, lo dominan, es decir, de quienes aportan su discurso a la plaza pública y tratan de formar opinión. Vamos, que ni se molesta en responsabilizar a los mineros de Wigan —a quienes conoció bien, y que seguro que hablaban un inglés incorrecto— de deterioro alguno.

Con eso claro, es más sencillo entender por qué Orwell encuentra que el terreno fértil para el pensamiento necio aparece cuando nos abandonamos a escribir o hablar a golpe de frases hechas, de metáforas y de símiles trillados, de extranjerismos tan innecesarios como esnobistas. O cuando encriptamos nuestro mensaje tras eufemismos que maquillan la realidad e impiden a los demás evocar imágenes mentales concretas. O cuando nuestro mayor propósito intelectual es armar un discurso alrededor de una serie de de palabras-envoltorio que están de moda... O peor aún: escribir párrafos y más párrafos de frases kilométricas, repletas de toda la pirotecnia verbal anterior, y que jamás consiguen mostrar una sola idea con nitidez.

Los vicios mentales a los que alude Orwell, por tanto, son los de la intelectualidad; son los de quienes tratan de hacer pasar como propio y elevado un pensamiento que, en realidad, muchas veces no procede de la reflexión propia y que, desprovisto del oropel con que lo adornan, tiene la misma profundidad que un charco. Sin embargo, quienes emiten ese pensamiento en voz alta, como atentos papagayos a la atmósfera dominante que son, lo hacen porque saben que algo hay que decir y consideran que decir eso que están diciendo —y de esa manera— les deja en buen lugar. Entre esa fauna están, por ejemplo, los adictos a sustituir un humilde pienso por el bombástico «en mi opinión no es un supuesto injustificable».

[ Continuará... ]
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La portada del libro está tomada de esta web, que repasa la bibliografía de George Orwell y lo he leído en español gracias a la generosidad de Joe Miró y Alberto Supelano, quienes han compartido su traducción públicamente en este enlace. El original en inglés puede consultarse en este otro sitio. Desconozco si alguna editorial española ha publicado este ensayo.

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Actualización (05/10/15): A la 2.ª parte se accede por aquí.