11 de julio de 2008

Sergio Algora

Hace unos años publiqué una reseña sobre Paulus e Irene, el segundo poemario de Sergio Algora. (Del primero, creo, no quedaron rastros). Fue en un periódico quincenal de Alicante, Modalacant, donde yo colaboraba coordinando un par de páginas culturales. Gracias a esta fantástica biblioteca borgeana que es la web 2.0, me permito rescatar aquel texto de mi disco duro y colocarlo en la estantería correspondiente a la letra A. No sé si lo llegaste a leer, Sergio, pero aquí queda, compañero. (Para la ocasión, le he puesto título y he cambiado un par de minucias; el vicio de corregir, ya sabes).

Un caudaloso orgasmo onírico
Rubén A. Arribas

Modalacant, 4 de marzo de 2004.

Pocas veces la solapa de un libro resulta tan acertada y útil como la dedicada por Ángel Gracia a Sergio Algora a propósito de Paulus e Irene. «¿Cómo leer poesía en un tiempo asolado por las sombras de tanta imagen repetida?», sostiene Gracia al principio de su panegírico. En efecto, estamos ante un libro de poesía; y como tal necesita de la complicidad y la colaboración activa del lector, pues su lenguaje no se adapta a los cánones de lo conocido o lo cotidiano. Muchos dirán, simplemente, que este es un libro difícil de leer... Tampoco faltará quien, de manera peyorativa, lo tilde de vanguardista, sin detenerse a leerlo con calma. En fin, cuestión de mayor o menor interés por la literatura.

Pero vayamos, vayamos con el libro. El amor es causa de las más cruentas y sofisticadas carnicerías. Aquí, Paulus e Irene hacen picadillo sus cuerpos, convertidos en ciudades, en virtud del amor que se profesan. Paulus emprende una campaña militar para sitiar e invadir la ciudad-cuerpo de su amada, Irene; sin embargo, previamente debe escapar de la suya, donde es prisionero de sí mismo. La batalla es tan cruel que, a su término, sólo quedan los cuerpos sajados de los contendientes... Apenas un largo poema que cuenta lo acaecido. Lo sangriento del asunto es culpa de ese mundo oscuro y alucinatorio, el inconsciente, que anida emboscado en la trastienda del cerebro y convierte a las personas en verdugos sonámbulos y sordos del prójimo. A su manera, Algora cuenta una historia épica, saturada de un onirismo propio de El Bosco o de Goya.

Si bien es cierto que el lenguaje empleado es, en ocasiones, excesivamente hermético, a ningún lector debiera escapársele lo sensual y sugerente de este. Algora se toma al pie de la letra que el lenguaje es una convención y que todo él es metáfora; por ello, al leer este poemario, conviene dejarse llevar por la intuición, pues el autor podría haber alterado la significación habitual de las palabras. Asimismo, es patente la afinidad por lo orgánico: el cuerpo humano es misterio suficiente como para asombrarse. Venas, uñas, meñiques, linfa, óvulo o gárgara son palabras poco asiduas en otras poéticas; aquí son bienvenidas, rezuman carnalidad y evocan sentimientos muy fuertes.

«Mi identidad es un parecido. Saldré a buscar a mi otro exacto», dice Paulus. No hay instante, por feliz que este sea, en que no estemos lejos de quienes somos: nuestra aspiración de ser dioses choca contra nuestra naturaleza de hombres; ese es el germen de la monstruosidad con que cargamos. Asustados al descubrirlo, huimos de nosotros, sin darnos cuenta de que también ejercemos como centinelas y azuzamos a los perros guardianes que nos persiguen durante la fuga. Por supuesto: terminamos por atraparnos y encarcelarnos, hasta convertirnos de nuevo en fugitivos y a la vez perseguidores de la versión renovada de quienes somos. Es un círculo vicioso difícil de eludir. Dentro de sí, uno es prisionero de su cerebro, o como dice Paulus de esas «otras manos, las que sin cuerpo aprietan». La tragedia de este héroe es que para ser libre y acercarse a Irene, debe destruir la ciudad donde nació —alegóricamente él mismo—, y soportar la tortura, perder sus pies para poder librarse de los grilletes, ser sólo sangre, y deshacerse así de las credenciales con que se había erigido ante la ciudad de su amada.

Finalmente, Paulus llega a Irene a través de la boca, por donde entra como un hombre bala, disparado por un cañón de su ejército. Ya dentro de ella, Paulus navega por la sangre de Irene hasta encontrar su sexo; una vez allí, sobre las cálidas aguas de su río, ella le pide algo que lo tenga todo... El poemario concluye al grito de «Palada, palada, palada»; una canoa porta a sus remeros hacia el orgasmo final.

Como se ve, Paulus e Irene hay que saborearlo con paciencia, pues una primera lectura no agota su caudal visual y emocional; es aconsejable leerlo de principio a fin y viceversa; así, varias veces. Por cierto, es posible que esta lectura sea errónea o sólo una alucinación. Avisados quedan los lectores.

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Paulus e Irene, Sergio Algora.
Editorial Olifante, Zaragoza 1998.
http://www.olifante.com

2 comentarios:

  1. Estimado Rubén:

    Darte la enhorabuena por esta estupenda reseña del segundo libro de Algora que me ha parecido excepcional. Comentarte que estamos ultimando la recopilación de la Poesía completa de Sergio para dentro de poco y que utilizaremos algunas citas de tu estupenda reseña en el prólogo, por supuesto indicando la fuente y el autor, claro, no debe ser de otro modo. Espero no te incomode. Un saludo. Pedro Gascón (www.chamanediciones.es)

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  2. ¿La poesía completa de Sergio Algora? Qué buena noticia y, nunca mejor dicho, qué justicia tan poética. Felicidades y gracias a Chamán Ediciones por hacerlo posible.

    Si algo os sirve de esta reseña, Pedro, utilizadlo para vuestro prólogo. Quedaré feliz de saber que pude retornarle a Algora una parte de los muchos buenos momentos que tuve escuchándolo o leyéndolo.

    Quizá lo viste, quizá no; te enlazo una entrada algo nostálgica donde rescaté una entrevista manuscrita que me envió Algora para una publicación digital que yo coordinaba.

    P.D.: suerte en ese proyecto editorial (estuve echando un vistazo en Internet y tiene buena pinta).

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