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24 de julio de 2018

Sergio Algora, el poeta del invierno / CTXT

Hace unos días me di un pequeño gusto: publicar en CTXT un artículo sobre la obra poética de Sergio Algora. Desde hace tiempo, tengo la sensación de que se habla mucho sobre la faceta musical de Algora (El Niño Gusano, Muy Poca Gente o La Costa Brava) o de su desbordante personalidad, pero que se lo lee poco, o con poca atención, como si lo literario hubiera sido algo anecdótico en su vida. Y eso, honestamente, suele darme algo de rabia.

De algún modo, el artículo que escribí intentaba poner un grano de arena en esa dirección literaria. En particular, en la poética, que es el terreno donde Algora se formó inicialmente como artista y donde alcanzó cotas de intensidad, osadía o creatividad que no están presentes ni en su música ni en sus cuentos. Por encima de todo, Sergio Algora fue poeta, como deja claro la lectura de las más de 450 páginas que componen Celebrad los días (Chamán Ediciones, 2017), el libro que recoge su poesía completa.

Por cierto, el viernes 27 de junio se estrena en Madrid el documental Champán para todos, de Lola Lapaz. Ahí aparecen unos papelotes míos: las respuestas a mano de una entrevista que le hice a Sergio Algora para la extinta revista digital Teína. El acto será en Fotomatón Bar (plaza Conde Toreno, 2).

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Sergio Algora, el poeta del invierno

Con motivo de cumplirse diez años de la muerte del poeta y músico zaragozano, publicamos este recordatorio de su figura y de su obra

Rubén A. Arribas  

Decía David Bowie en el documental 30th century man, hablando sobre ese crooner raro, críptico y excepcional que es Scott Walker, que nunca había entendido del todo sus letras. Es más: decía que le gustaba entrar en las imágenes y atmósferas que creaba Walker, apropiarse de ellas e interpretarlas a su modo. Algo similar podría decirse de la obra de ese singular poeta y músico zaragozano que fue Sergio Algora (1969-2008). Su frondosa, barroca y a veces hermética imaginación necesita de un lector dispuesto a permitirse el extravío, y disfrutar de ello. En parte, quizá eso explique lo olvidada que está su obra poética: exige tanta libertad como da.

Por fortuna, a diez años de su muerte, hay tres noticias que están devolviendo a Sergio Algora a un discreto primer plano cultural. Una es el lanzamiento del single Normandía y Algora por parte de Francisco Nixon, amigo y compañero de fatigas musicales en La Costa Brava. Otra es el documental Champán para todos, grabado por Lola Lapaz y que se estrenará en julio en el Festival Contempopránea de Alburquerque (Badajoz). Y la tercera es un libro: Celebrad los días. Poesía completa, publicado por la editorial albaceteña Chamán Ediciones en diciembre de 2017.

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»» El texto sigue aquí, en la revista CTXT. »»

9 de julio de 2016

Entrevista con Sergio Algora (2002)

Hoy hace 8 años que murió Sergio Algora... Y casi otros tantos años llevo yo para subir al blog un pequeño tesoro que conservo de él: sus respuestas a mano de una entrevista que publiqué en 2002. Por unas razones o por otras, es decir, por pereza o por despiste, he ido dejando pasar los días y al final me he plantado en 2016 con los deberes aún por hacer (y al bueno de Algora le ha dado tiempo en ese interín a que se publique un libro sobre él o incluso a tener plaza propia en Zaragoza). Sin embargo, como hace poco dejé un apunte en el blog sobre las conexiones que encuentro entre las letras de El Niño Gusano y el escritor uruguayo Felipe Polleri, se me ocurrió que quizá esa fuera la señal que estaba esperando para cumplir de una vez por todas con esta cuenta pendiente.

Además, la entrevista —cuestionario— de Sergio Algora es especial para mí al menos por dos razones. La primera es que la publiqué en el número de debut de la revista Teína, una suerte de fanzine cultural que nos habíamos inventado allá por 2001 unos amigos de Valencia que pensábamos que nuestras vidas profesionales eran algo aburridas y que estaría bien incursionar en el mundo cultural. La gran novedad de nuestra iniciativa es que recurrimos a Internet cuando Internet y cultura parecía aún una mezcla algo exótica.

En aquel entonces, digo, nadie creía demasiado en lo digital, salvo nosotros, que no teníamos más remedio: no disponíamos de dinero para publicar una revista en papel. Pero, bueno, nosotros queríamos —de esto nos dimos cuenta más adelante, no al inicio, claro— aprender a escribir y formarnos intelectualmente, y allá que nos pusimos con la revista. Quiero decir: cuando empezamos, no teníamos grandes pretensiones y nuestro espíritu era más fanzinero que otra cosa. De hecho, nuestra línea editorial consistía —básicamente— en que cada uno hiciera lo que le diera la gana y ver si así lográbamos llegar al n.º 2.

En ese contexto, me tomé la libertad de entrevistar a Sergio Algora para la sección de literatura. Yo era muy fan de sus letras y, como cuando uno es joven y empieza en esto de escribir siempre intenta inventar la gaseosa, se me ocurrió que estaría genial dedicar una sección a explorar la fusión entre literatura y música (el siguiente damnificado por mis preguntas fue Nacho Vegas...). Por supuesto, también había leído su poemario Paulus e Irene, pero yo al Algora que mejor conocía era al de sus discos. En fin, no oculto que mis intenciones —al menos al principio— eran más musicales que literarias, pues pocos libros me habían influido y me habían hecho disfrutar tanto hasta entonces como las metafóricamente afrancesadas letras de los discos de El Niño Gusano.

A Sergio Algora aquello de recibir un cuestionario por correo electrónico le debió de parecer una modernidad innecesaria, así que, muy cortesmente, me pidió responderme a mano y mandarme sus respuestas por correo postal. De paso, me decía que me enviaría la versión casi definitiva de su nuevo poemario, Otro Rey. La misma Reina, que publicaría tiempo después. Le dije que sí, que adelante, y de este modo tan sencillo llegaron hasta mí las 2 hojas escritas a doble cara que adjunto más abajo. Ojalá que tengan algún valor sentimental para aquellos y aquellas fans que todavía queden por ahí.

La segunda razón por la que le guardo mucho afecto a esta entrevista es que fue, como puede deducirse de los párrafos anteriores, la primera que hice en mi vida. Gracias a la buena predisposición y generosidad de Sergio Algora, pude dar mis primeros pasos como periodistilla cultural y escribir mis primeros disparates, y esa cosas nunca se olvidan, claro. Naturalmente, sus respuestas han envejecido mucho mejor que mis preguntas; pero, bueno, si alguien tiene interés, puede leer la entrevista íntegra aquí.

Y poco más, salvo recordar que, como todo 9 de julio, hoy es un buen momento para decir aquello de ¡champán para todos!


+ info de Sergio Algora en este blog: 

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Respuestas de Sergio Algora, pág. 1/4.

Respuestas de Sergio Algora, pág. 2/4.

Respuestas de Sergio Algora, pág. 3/4.

Respuestas de Sergio Algora, pág. 4/4.

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P. D.: en su día, le dediqué un par de entradas del blog a Sergio Algora; son estas dos: 1 y 2.

11 de julio de 2008

Sergio Algora

Hace unos años publiqué una reseña sobre Paulus e Irene, el segundo poemario de Sergio Algora. (Del primero, creo, no quedaron rastros). Fue en un periódico quincenal de Alicante, Modalacant, donde yo colaboraba coordinando un par de páginas culturales. Gracias a esta fantástica biblioteca borgeana que es la web 2.0, me permito rescatar aquel texto de mi disco duro y colocarlo en la estantería correspondiente a la letra A. No sé si lo llegaste a leer, Sergio, pero aquí queda, compañero. (Para la ocasión, le he puesto título y he cambiado un par de minucias; el vicio de corregir, ya sabes).

Un caudaloso orgasmo onírico
Rubén A. Arribas

Modalacant, 4 de marzo de 2004.

Pocas veces la solapa de un libro resulta tan acertada y útil como la dedicada por Ángel Gracia a Sergio Algora a propósito de Paulus e Irene. «¿Cómo leer poesía en un tiempo asolado por las sombras de tanta imagen repetida?», sostiene Gracia al principio de su panegírico. En efecto, estamos ante un libro de poesía; y como tal necesita de la complicidad y la colaboración activa del lector, pues su lenguaje no se adapta a los cánones de lo conocido o lo cotidiano. Muchos dirán, simplemente, que este es un libro difícil de leer... Tampoco faltará quien, de manera peyorativa, lo tilde de vanguardista, sin detenerse a leerlo con calma. En fin, cuestión de mayor o menor interés por la literatura.

Pero vayamos, vayamos con el libro. El amor es causa de las más cruentas y sofisticadas carnicerías. Aquí, Paulus e Irene hacen picadillo sus cuerpos, convertidos en ciudades, en virtud del amor que se profesan. Paulus emprende una campaña militar para sitiar e invadir la ciudad-cuerpo de su amada, Irene; sin embargo, previamente debe escapar de la suya, donde es prisionero de sí mismo. La batalla es tan cruel que, a su término, sólo quedan los cuerpos sajados de los contendientes... Apenas un largo poema que cuenta lo acaecido. Lo sangriento del asunto es culpa de ese mundo oscuro y alucinatorio, el inconsciente, que anida emboscado en la trastienda del cerebro y convierte a las personas en verdugos sonámbulos y sordos del prójimo. A su manera, Algora cuenta una historia épica, saturada de un onirismo propio de El Bosco o de Goya.

Si bien es cierto que el lenguaje empleado es, en ocasiones, excesivamente hermético, a ningún lector debiera escapársele lo sensual y sugerente de este. Algora se toma al pie de la letra que el lenguaje es una convención y que todo él es metáfora; por ello, al leer este poemario, conviene dejarse llevar por la intuición, pues el autor podría haber alterado la significación habitual de las palabras. Asimismo, es patente la afinidad por lo orgánico: el cuerpo humano es misterio suficiente como para asombrarse. Venas, uñas, meñiques, linfa, óvulo o gárgara son palabras poco asiduas en otras poéticas; aquí son bienvenidas, rezuman carnalidad y evocan sentimientos muy fuertes.

«Mi identidad es un parecido. Saldré a buscar a mi otro exacto», dice Paulus. No hay instante, por feliz que este sea, en que no estemos lejos de quienes somos: nuestra aspiración de ser dioses choca contra nuestra naturaleza de hombres; ese es el germen de la monstruosidad con que cargamos. Asustados al descubrirlo, huimos de nosotros, sin darnos cuenta de que también ejercemos como centinelas y azuzamos a los perros guardianes que nos persiguen durante la fuga. Por supuesto: terminamos por atraparnos y encarcelarnos, hasta convertirnos de nuevo en fugitivos y a la vez perseguidores de la versión renovada de quienes somos. Es un círculo vicioso difícil de eludir. Dentro de sí, uno es prisionero de su cerebro, o como dice Paulus de esas «otras manos, las que sin cuerpo aprietan». La tragedia de este héroe es que para ser libre y acercarse a Irene, debe destruir la ciudad donde nació —alegóricamente él mismo—, y soportar la tortura, perder sus pies para poder librarse de los grilletes, ser sólo sangre, y deshacerse así de las credenciales con que se había erigido ante la ciudad de su amada.

Finalmente, Paulus llega a Irene a través de la boca, por donde entra como un hombre bala, disparado por un cañón de su ejército. Ya dentro de ella, Paulus navega por la sangre de Irene hasta encontrar su sexo; una vez allí, sobre las cálidas aguas de su río, ella le pide algo que lo tenga todo... El poemario concluye al grito de «Palada, palada, palada»; una canoa porta a sus remeros hacia el orgasmo final.

Como se ve, Paulus e Irene hay que saborearlo con paciencia, pues una primera lectura no agota su caudal visual y emocional; es aconsejable leerlo de principio a fin y viceversa; así, varias veces. Por cierto, es posible que esta lectura sea errónea o sólo una alucinación. Avisados quedan los lectores.

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Paulus e Irene, Sergio Algora.
Editorial Olifante, Zaragoza 1998.
http://www.olifante.com

9 de julio de 2008

Sergio Algora

Me acaba de llamar Alejandro: ha muerto Sergio Algora. Glups. Lo había entrevistado. De hecho, fue una de las primeras entrevistas que hice en mi vida, cuando Teína más que una revista era un fanzine. Fue un capricho personal: lo admiraba. Sus letras me acompañaron casi desde que entré en la universidad. Por supuesto, El niño gusano era mi grupo favorito en aquel entonces.

Cuatro veces los fui a ver. Tenía hasta una camiseta, que me compré cuando tocaron en el festival de Benicàssim. Me sabía las letras de memoria. Las estudiaba. Veía simbolismos eróticos en ellas por todas partes. Algora me parecía el letrista más surrealmente genial que había dado España. O al menos el más ajustado a lo que yo buscaba en ese momento, claro.

Aquella ahora lejana entrevista fue por carta. Ni siquiera por correo electrónico o por teléfono. Corría finales de 2001, principios de 2002, y Algora decía no saber qué era un ordenador; así que me envió unas cuantas hojas pulcramente manuscritas como contestación a mi cuestionario. Mis preguntas eran las clásicas de un fan sabelotodo deseoso de mostrar que sabía más de la poesía del autor que el propio autor: largas, sinuosas, excesivamente rebuscadas; fallos clásicos de un primerizo. Sus respuestas fueron sencillas, diáfanas, alegres. Una respuesta suya me dolió: me dijo que sus canciones eran «poesía de baja intensidad».

A mí me encantaban Paulus e Irene y Otro rey, la misma reina (que me lo envió en forma de borrador con gusanillo porque todavía no lo había publicado); pero la aportación de sus canciones al panorama musical español me parecía superior al poético. Para mí era, sobre todo, un gran constructor de imágenes acompañadas de música. ¿Cómo calificar si no «Lo mejor de mi interior bajo sábanas está, como en una casa cerrada en invierno»? Eso se cantaba, no se leía. Y era de una fina intensidad lírica que yo no encontraba en otros escritores o letristas.

La suerte quiso que Miguel, quien fuera compañero de casa de Alejandro y mío, se casara en Zaragoza en julio de 2002, creo (soy nefasto para las fechas). La noche del sábado un amigo me dijo que había visto a Algora en no sé qué bar que estaba a tres calles de donde parábamos nosotros. Salí, lo busqué y lo encontré: estaba leyendo Alfanhuí, de Rafael Sánchez Ferlosio, que se lo había prestado el del bar mientras esperaba a que su novia terminase el turno. Charlamos quince, veinte minutos. De aquella breve conversación, lo que más grabado me quedó fue, misterios de la vida, que sabía cocinar sopa de cerezas. Me pareció un detalle a la altura de la mitomanía que yo me había formado de él.

Luego me marché a Buenos Aires, y Jesús Jiménez Domínguez iba contándome las novedades. Incluso me mandó los discos de uno de los primeros grupos de Algora, Tras el francés, o el disco de homenaje a El niño gusano, Pana pijama lana. Allí estaban The Jackson Souvenirs o Rosario Bléfari, dos representantes argentinos de hasta dónde había llegado la influencia gusanoide. Y así, en la distancia, fui manteniendo el vínculo con la obra de un autor cuyo descubrimiento... (Un segundo para el paréntesis musical:

Tejí con hilo verde
una alfombra de hojas donde tumbarme.
También fabriqué un dado
con la palabra hoy en cada lado.
Yo no sé contar
lo que pasa en la realidad

...) me resultó providencial para encontrar un verdadero aire fresco literario entre el amaneramiento verboso autocomplaciente, el costumbrismo guerracivilista de siempre, el reclamo de compromiso social, la estupidez naif de tanto pop patrio o el realismo sucio de la generación Kronen, que parecía oponerse a todo eso.


Todo son cabezas de césar y de dios,
telescopios, mapamundis equivocados
y niños que al ser azotados
en la espalda
la sangre se les coaguló tan rápidamente
que quedaron para siempre alados.
Todo es un sinsabor extenso,
lo que casi es lo mismo
más terrible, más dulce

Algora tenía un talento innato para crear imágenes oníricas de una belleza genuina. Sus textos muestran que era de esas personas que miraban y sentían el mundo de otra manera, de un modo singular y a la vez reconocible donde lo leyeses o lo escuchases. Ahí radicaba su poesía. Y, por fortuna para sus lectores y oyentes, además contaba con las palabras adecuadas para nombrarlo. Como cantaste alguna vez, querido Sergio: «Y si un día el cielo nos vuelve a dar la espalda, le clavaremos un muñeco de papel». Así sea.


Posdata:

Somos como las flores que desconocen su hermosura y han olvidado que van a morir. Despreciar el placer te envejece más que conocer el dolor.

No hay que aprender a escribir. Hay que aprender a callar. El camino más largo es el del silencio.
Eso me dijiste en la entrevista... Que Mallarmé y Bretón, y todos tus afectos y placeres, te acompañen, oh, fabricante de alas de mariposa, en este largo silencio que emprendiste hoy.

Blog de Sergio Algora
Algoravia, Blog con poemas de Sergio Algora