20 de enero de 2010

Historia sin retorno n.º 2, Mario Levrero

Hoy he decido aplicar lo que llamo la Estrategia Levrero, que formulé después de leer La novela luminosa. Consiste en que cuando estás de trabajo hasta las cejas, suena el teléfono, te llegan correos electrónicos que quieren canibalizar tu tiempo, alguien te llama por el videoportero para dejar cartas del banco en el buzón, etcétera y etcétera, y tú sientes que tu vida le pertenece a los demás más que a ti, es el momento de cerrar la puerta de la habitación y ponerte a hacer las cosas más inútiles y económicamente antiproductivas que se te ocurran. Jugar al Pack Man, por ejemplo. O al viejo Punch Out. Reprogramar tus futbolistas en el Striker. También, por qué no, escribir una entrada en el blog.

Y en eso estoy, café en mano. Intentando recordar que mi vida es mía. Cuando no tenía trabajo me sentía desgraciado por no tenerlo y, ahora que lo tengo, como me avisaba algún amigo, empiezo a llorar por las obligaciones contraídas. Las complicaciones de ser humano, qué va a ser.

Todo esto viene porque quería transcribir un cuento de Levrero. La semana pasada, un alumno, Miguel Ángel, envió al taller un cuento sobre un perro que terminaba ahogado en un río. Eso, junto a la obligación laboral, me llevó a leer la La dama del perrito, de Chéjov. De ahí salté a una canción de Nacho Vegas, En la sed mortal, donde hay un pasaje donde dice «Incluso los perros se sienten tristes después de eyacular». Y, como cuando uno empieza con las asociaciones no termina nunca, antes de ayer comencé a releer La máquina de pensar en Gladys, un libro de cuentos de Mario Levrero, y acabé, cómo no, en uno con perro, «Historia sin retorno n.º 2».

Ahora que lo he transcrito, me he acordado de que también hay un perro importante en El discurso vacío, si la memoria no me falla, y de que mi amiga Elena está feliz porque está cuidando el perro de no sé qué familiar suyo, y... Y, bueno, detengo aquí la maquinaria de las asociaciones, que si no puede que al final ladre y todo. Aunque, bien mirado, quizá en eso consista lo que llamo la Estrategia Levrero: ladrar ante la avalancha laboral, a ver si se la acojono y sale corriendo. (Remedio inútil donde los haya, por cierto).

PD 01: Estamos en vías de solucionar los problemas que tuvimos con Teína; así que, en breve, volverán a funcionar una parte de los enlaces de este blog.

PD 02: En buena lid debería decir también que la confluencia Levrero-perro estuvo alimentada por un hecho insoslayable: me trajeron desde Uruguay el póstumo Todo el tiempo y Nick Carter se divierte mientras el lector es asesinado y yo agonizo. Porque, por increíble que parezca, el libro de Nick Carter está publicado en Mondadori Uruguay, pero no en Mondadori España (que tampoco sabe cuándo publicará aquella antología de cuentos prometida hace un tiempo). En fin, paro aquí, que si no tendré que salir a atracar farmacias para sobrevivir, en vez de trabajar de lo mío.

*

Historia sin retorno n.º 2

Un perro, Campéon. Vivía solo con él y llegó a incomodarme. Lo llevé al bosque, lo dejé atado con una piola que pudiera romper con un poco de perseverancia y volví a casa.

En un par de días lo tuve rascando la puerta; lo dejé entrar.

Se me hizo intolerable; lo llevé a un bosque más lejano y lo até a un árbol con una piola más gruesa (sabía que el defecto no estaba en la piola sino en la fidelidad del animal; quizás tenía la secreta esperanza que esta vez no pudiera liberarse y muriera de hambre).

Volvió algunos días después.

Entonces supe que el perro volvería siempre. No me atrevía a matarlo por temor a los remordimientos; y pensé que aunque lograra efectivamente perderlo, en un bosque más lejano aún, viviría con el temor constante de su regreso; atormentaría mis noches y enturbiaría mis alegrías; me ataría más su ausencia que su presencia.

Entonces dudé apenas un instante ante la majestad del bosque compacto que se alzaba antes mis ojos —unmbrío, imponente desconocido—; resueltamente, comencé a internarme, y seguí internándome hasta que, finalmente, me perdí.

*

Cuento extraído de La máquina de pensar en Gladys, Mario Levrero.
El libro es de 1970. Mi edición, de la editorial Arca (Montevideo, 1998).

2 comentarios:

  1. Mi señor señorísimo R.A.A.:
    ¿Será casualidad o vil premeditación que publique esto tan cerca del cumpleaños del Maestro? Yo misma lo leí hoy, viernes, en la víspera. Cuesta pensar que el tipo sería un "septuagenario" a partir de mañana; si no hubiera muerto, se moriría.
    Abrazos reverenciales desde el verano tórrido
    SJ/G/G

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  2. Casualidad, mi señora, colombofílica casualidad. Yo vivo en la luna con el calendario y soy fatal fatalísimo para las fechas. Me acordé ahora de la muerte de Levrero... porque usted me lo dijo; yo ni siquiera había caído en ello.

    Gracias por avisarme de que estaba haciendo invocaciones desde vaya usted a saber qué ignoto plano de mi mismidad.

    Abrazos desde el hemisferio del frío.

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