8 de diciembre de 2016

Yo misma, supongo, Natalia Carrero


Tengo que escribirlo. Mi amargura procede de mi relación no resuelta entre estos dos términos en tiempos del imperialismo del hombre y del capital: mujer y dinero. Y cada noticia del mundo de más allá de nuestro ombligo que se relaciona, aunque sea de forma clandestina, con este par desquiciante mujer-dinero añade otra pizca de sal.

Ahí está expuesta, en palabras de Valentina Cruz, su gran herida, el conflicto que atraviesa su vida y condiciona su identidad desde niña, y del que da cuenta a través de las páginas de Yo misma supongo (:Rata_, 2016), de Natalia Carrero. Valentina se topó con él por primera vez cuando quiso emanciparse de la casa familiar allá por 1993 y, desde entonces, ha debido enfrentarlo cada vez que este se manifestaba con mayor o menor intensidad en su esfera afectiva, laboral, social o creativa. Dado que lleva buena parte de su vida intentado ser escritora, esta madre, esposa y escritora sin obra ha llegado a los 40 escribiendo textos de todo tipo donde ha dejado constancia de la evolución de esa amargura, de ese conflicto no resuelto.

El fragmento citado más arriba pertenece a 2008, año en que escribió la historia corta «Cabeza rodadora» a propósito de una noche en la ópera con su marido y una pareja amiga para ver un montaje inspirado en Salomé, de Oscar Wilde. A la salida, mientras acontece una clásica cena de parejas, Valentina constata por enésima vez que su intento por dedicarse profesionalmente a la literatura parece destinado a rimar siempre con la incomprensión ajena y la precariedad propia, es decir, con el desequilibrio. Y, a diferencia de otros momentos de su vida, logra conceptualizar qué le pasa y por qué le pasa.

El libro no gira —o no gira solo— alrededor de «Cabeza rodadora» y de su continuación, «El móvil del Juan», una historia escrita en 2016. Sin embargo, esas dos secciones me han gustado particularmente y por eso voy a extenderme sobre ellas: Valentina Cruz y yo compartimos edad —los dos nacimos en 1975—, así que me resulta bastante familiar lo que cuenta. El diálogo con el libro es casi generacional, digo.

La crisis de la institución familiar capitalista

Según nos explica Valentina, la estabilidad económica del hogar descansa sobre Juan, el ingeniero de caminos que tiene por marido. Él aporta unos 3000 euros mensuales a la causa amorosa, un dinero que lo convierte en el accionista mayoritario de esa microempresa que es toda familia. Si bien Juan es un cuarentón abierto, igualitario y buen rollista, ella se siente en una situación de inferioridad: ingresa mucho menos y de manera más irregular. En términos de Valentina, si en algún momento la pareja deriva hacia el juego del control y del poder, Juan puede más. O dicho de otro modo:
La estructura que sostiene la macroeconomía de nuestra institución familiar es claramente más fuerte que la infraestructura del yo que Valentina representa.
Sin embargo, a Juan, esa responsabilidad de proveedor preferente le resulta una carga difícil de soportar. Bajo su envoltura de cuarentón guapo, con una exitosa trayectoria académica y un acomodado estatus social, laten tensiones psicológicas —la adicción al sexo o a la pornografía, entre otras— que cada tanto amenazan con llevarlo al colapso a través de una crisis de ansiedad. Si bien Juan es un buen tipo y es feliz con su familia —tienen dos hijas—, Valentina nos da a entender que él no está exento del asedio que ejerce el capitalismo farmacopornográfico sobre cualquier varón.

De ahí que ella, de algún modo, se sienta a expensas de la pelea que Juan y su deseo deben emprender a diario contra un mensaje casi hegemónico: el del sexo a todas horas en las posiciones más acrobáticas con cuerpos acordes con el canon de belleza imperante y cuyo placer pasa por dejarse usar y consumir de manera incondicional. Es decir: una oferta con publicidad engañosa, sí, pero difícil de rechazar porque es omnipresente, invasiva y está al alcance de la mano (o, mejor dicho, del bolsillo). Una oferta que añade desequilibrio afectivo donde ya había desequilibrio económico.

La diferencia de clase

Asimismo, Valentina vive en tensión con su estatus social. Si ella solo mira sus ingresos, forma parte de esa nueva clase social que Guy Standing llama «precariado»; si se mira junto a su marido, es una esposa y madre más de las que habitan ese paraíso social llamado «clase media», cuyo discreto y mediocre encanto tanto sigue ensalzando la literatura actual. La oferta es tentadora, muy tentadora. Y la dificultad de resistir el embate de quienes consideran que ceder es lo normal —lo inteligente—, enorme.

Valentina trata de sostener su proyecto de escritura rodeada de gente —amigos de su marido, claro— que gozan de estabilidad económica y laboral. Personas que, como en la historia de «Cabeza rodadora» no entienden por qué se dedica a «algo tan inútil e improductivo como la escritura» y que tampoco comprenden por qué escribe novelas complicadas, tan alejadas de un formato comercial que quizá le haría encontrar una editorial y ganar más dinero. A gente así le da igual si ella trabaja en algo que no le gusta, si pone tu talento al servicio del Mal o si se traiciona a sí misma; lo importante —lo que legitima aquello que se hace— es el dinero.

Para gente así, la literatura —como la ópera que han visto esa noche— es solo un producto más de ocio. Uno más de los muchos que ofrece el mercado. Algo que compite con los restaurantes, los coches, la informática o las drogas en proveer instantes «calculadamente desprovistos de conciencia». La literatura, así entendida, es un espejo donde mirarse y practicar el narcisismo de gustarse, de sentirse más refinado y sofisticado que los demás. Lo último que le pide a la literatura alguien que gana 3 o 4 veces más que tú es una experiencia estética que le haga regresar al mundo real con una imagen crítica de sí mismo.


Ese jarrón chino (roto) que somos

Valentina Cruz escribe de manera autobiográfica «porque es la materia que más ha frecuentado». También porque la escritura es el arma que ha encontrado para defenderse de las consecuencias de que «el mayor error es haber nacido», como decía Segismundo en La vida es sueño. Valentina lo parafrasea en un texto que precede al inicio de la novela y, de algún modo, su escritura pelea por transformar la sensación de error en el gozo de convertirse en acierto.

Nacida en una típica familia burguesa de Barcelona, Valentina recibió una educación de lo más castradora en su infancia y adolescencia. Los ingredientes de esta son de sobra conocidos: grandes dosis de autoritarismo y de sumisión al padre, aderezado todo ello con buenos chorretones de machismo, humillaciones verbales como remedo del diálogo padre-hija, anulación de la figura materna o esa variante de la hipocresía que consiste en guardar las apariencias sociales. ¿El resultado? Una mujer con un desgarro primordial al que debe regresar cada vez que se le abre la herida y ve ante sí misma la imagen de mujer rota, débil e inconexa sobre la que se ha construido.

De hecho, la identidad de Valentina puede verse como un jarrón estampado contra el suelo que ella intenta reconstruir a través de la escritura. Entre los fragmentos que debe ensamblar destacan dos: haberse prostituido para salir de casa de sus padres y un intento de suicidio. Un tercero en discordia podría ser la marca que su educación familiar le ha dejado en herencia: «... la tradición de no pensar» y de preferir «disolverse en alcohol, drogas o en la sumisión a otro» como solución a sus problemas. Sobre esa «infraestructura del yo» tan endeble, ha ido recolocando el resto de fragmentos, unos más desportillados que otros: trabajo, maternidad, construcción de una familia propia, vida en comunidad, autorrealización personal, etcétera.


Un pizca de vida bruta, por favor

Sobre el papel, el plan de reconstruirse a través de la escritura suena muy bien. Sin embargo, en la realidad, Valentina se topa con un problema: su identidad voluble, resquebrajada y algo líquida no admite un relato sólido y rotundo, uno de esos estilo gran novelón donde todo está atado y explicado hasta el último detalle. En todo caso, ese jarrón roto que es ella admite un texto agrietado, deshilvanadamente hilvanado; un texto capaz de captar lo esencial, sí, pero a la vez lleno de puntos de fuga.

Por eso, en vez de proponerse una escritura lineal, selecciona textos y dibujos, y los reúne alrededor de una intención: componer un mapa de sentimientos (o preocupaciones). También un mapa capaz de contener una topografía aproximada de quién es ella y ayudarla a la hora de tomar decisiones sobre cómo orientar su vida en el futuro. De ahí que el libro de Valentina esté compuesto de material de lo más variopinto: desde un currículum textual sobre su pasado como escritora inédita a una carta de motivación laboral reconvertida en mensaje de amor para Juan y desde tiques de la compra grafiteados a una reflexión gráfica sobre el tipo de libro que quiere hacer. Todo cabe en su antinovela, todo le confiere personalidad al artefacto literario y ayuda a abrir los planos de lectura.

Y digo «antinovela» porque Valentina quiere escribir a contracorriente de lo comercial. Cuanto más alejada esté la novela de lo canónico —sea comercial o literariamente—, más cerca estará ella de conseguir uno de sus objetivos: desintoxicarse de su condición de letraherida, de escritora frustrada. Al margen de que nadie la publique, ella parece reconocer un error en su punto de partida literario: quiso formar parte de una literatura —aquella que funciona como sinónimo de 'acto cultural que la clase media celebra para el engrandecimiento y autopromoción de sí misma'— que ahora aborrece.

Aguijoneada por su propia realidad, Valentina se da cuenta de que está rodeada de discursos —literarios o no— donde prima lo cosmético y lo epidérmico... Y, claro, en ninguno de ellos encuentra lo que ella está buscando:
... lo feo y doloroso que exhala la belleza en estado puro, vida tan bruta que estremece.
Quiero decir: Valentina escribe —hace literatura— para intentar cambiar su vida y construir algo edificante con cada negación, obstáculo y resistencia que ha ido encontrando, no para convertirla en un relato sensiblero o de paisajismo psicologicista susceptible de ser explotado por el mercado editorial con etiquetas como rica vida interior, exquisito diálogo de intimidades o refinada sensibilidad. Valentina escribe «buscando un sentido que compartir» y apostándolo todo por intentar capturar al menos un instante genuino de vida bruta.

Salirse del arte (o para quién se escribe)

En ese sentido, diría que la novela nos muestra a una Valentina que intenta ensamblar un último fragmento en su jarrón: la identidad política. Ella se ve a sí misma como un proyecto de escritora rebelde, capaz de intervenir en la realidad a través de sus letras y grafitis. Como ella misma reconoce, si bien la marca de su escritura es la cobardía y quizá su actitud tenga algo de punk blando —no es Beatriz Preciado, para entendernos—, su apuesta es clara: ser una escritora, madre y mujer «capaz de ocultar pinchos en el coño».

De hecho —leyendo a la luz del ensayo «Salir del arte», incluido en Rompiendo algo, de Belén Gopegui—, diría que esos pinchos —estos ya de la autora, no del personaje— tienen que ver con replantearse para quién escribimos y quiénes son esas personas que podemos considerar los nuestros (y las nuestras). También con asumir que ha llegado la hora de «salirse del arte», y por tanto novelar, en palabras de Gopegui, contra ese canon de belleza artística que es solo «la complacencia con que la burguesía mira el mundo que le da de comer».

Es decir: Yo misma, supongo puede leerse como una novela escrita al menos contra dos literaturas. Una, aquella que se ofrece como arte sofisticado en forma de metaliteratura y cuyo máximo valor es la perfección estilística; otra, la comercial, esto es, aquella que entiende que el lector es, sobre todo, un cliente y que la misión del producto literatura es halagarlo (ya saben, la filosofía de Mercadona —traducible como 'Mercamujer'—: el cliente es el jefe...). Ambas literaturas, distintas entre sí, coinciden en evitar algo que resulta central en esta novela: escribir siendo consciente de que el dinero condiciona el discurso, el punto de vista, las relaciones entre las personas. Escribimos, como suele decir Constantino Bértolo, con un pie puesto en nuestra cuenta bancaria.

En el caso de Natalia Carrero, el otro lo tiene colocado sobre la identidad y esa «gran trampa mental» que se esconde tras el concepto de lo normal. En particular, sobre la intensidad con que nos asedian discursos como el machismo, el autoritarismo, la indiferencia por el otro o el consumismo, siempre tan comprometidos ellos con ocupar nuestra mente —nuestro lenguaje— y hacernos «pasar por el tubo de la normalidad». Es más: en el fondo, Yo misma, supongo puede leerse como una novela sobre la dificultad de encontrar una voz propia y construir con ella un proyecto viable de vida buena en un mundo como este. También como una novela digna de integrar ese batallón de contrahistorias, contrarrelatos y signos de la contradicción con que Belén Gopegui pide intervenir «en el espacio de la tradición literaria».

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P. D.: también está disponible la versión en catalán, escrita también por Natalia Carrero. Hasta donde sé, las versiones en catalán y en español difieren en algunos aspectos. La presentación madrileña del libro será el 18 de diciembre a las 18 h en la librería Nakama (calle Pelayo, 32, Chueca).

Actualización: en marzó de 2017, publiqué la reseña de Letra rebelde (Belleza Infinita, 2016), el cómic-novela de Natalia Carrero.

24 de julio de 2016

Villa, Luis Gusmán


Villa (Edhasa, 2006), de Luis Gusmán, es una de las grandes novelas sobre la última dictadura argentina. Para algunas personas que conozco es probablemente la mejor; sin embargo, comedido de mí, yo no puedo afirmar tanto, pues no he leído tanto material sobre ese periodo. Entre lo que sí he leído, destacaría la estupenda y con trasfondo futbolero Dos veces junio, de Martín Kohan; la irregular pero interesante —toca el asunto del machismo— 77, de Guillermo Saccomanno; o la críptica, formalista y setentera El frasquito, del propio Gusmán. En cualquier caso, lo que puedo garantizar es que Villa es un novelón.

Un novelón que, a pesar de llevar por título el nombre de un famoso exdelantero centro de nuestra selección nacional, juraría que sigue sin publicarse/distribuirse en España. Quiero decir: ni con la mercadotecnia a favor llegan a este país ciertos libros... Qué se le va a hacer.

Y hablo de mercadotecnia, pues los méritos literarios saltarán a la vista para cualquier buen lector que se adentre en las páginas de este libro. Villa es intensa y trepidante —como gustan decir las agencias de publicidad literaria—, de hechuras clásicas y escrita bajo el influjo benefactor de ese maestro del arte de contar bien una historia que era Graham Green. De hecho, debe de ser una de las pocas novelas de personaje que, junto a las de Roberto Artl, ha logrado sobresalir en la siempre vanguardista literatura argentina. Todo en esta novela —desde los diálogos fulgurantes a las pinceladas líricas— contribuye a convertir a su protagonista, el funcionario médico Villa, en un digno representante de lo mediocres que podemos llegar a ser los seres humanos en determinados contextos violentos.


Seguridad y estabilidad como proyecto vital

Villa es, como el propio narrador dice, «un punto de vista». ¿Cuál? El de un tipo gris que nunca tiene opinión propia sobre nada y que siempre necesita de alguien cerca —un jefe, una esposa, el entorno, el azar, algo— que decida por él en esos instantes cruciales en los que, como suele decirse, se define una vida. La tragedia de alguien como Villa es que le tocó vivir como adulto una época muy convulsa y sangrienta de la Argentina; la que abarca —en la novela; en la realidad va más allá— aproximadamente desde mediados de los 60 hasta finales de los 70.

Villa empieza de chico de los recados en su barrio y, por azares de la vida, termina entrando a trabajar de algo parecido en el área de Bienestar Social del Ministerio de Salud. Entra en la época del Gobierno radical, es decir, en democracia y mientras la situación es relativamente tranquila. Dentro del ministerio tiene por jefe al doctor Firpo, quien además desempeña el papel de mentor. Gracias a esa relación, Villa progresa, encuentra estabilidad vital; es más: si bien carece de vocación, acepta el consejo de Firpo de estudiar la carrera de Medicina. Villa es un tipo que solo aspira a sentir que «el mundo es un lugar seguro»,  así que el destino de opaco funcionario ministerial le parece perfecto.

Y todo le va relativamente bien... Es más: hasta conoce a una enfermera, Estela Sayago, con quien empieza por olvidar un amor anterior y termina casándose. Sin embargo, la tumultuosa historia argentina iba a llevarse por delante todos sus sueños de estabilidad: el general Onganía derrocó al presidente Arturo Umberto Illia, luego vino Perón —y su llegada a Ezeiza—, a continuación Isabelita y el brujo López Guerra, la Triple A y el estallido guerrillero, y así hasta llegar a la dictadura de Videla (perdóneme el público lector argentino las imprecisiones...). Para desgracia de Villa, digo, la Argentina dejó de ser un país seguro.


Ante la tormenta: ¿dejarse arrastrar o no?

Villa se caracteriza a lo largo de la novela por ser un tipo servil, mojigato, conservador. Por esa razón, precisa que las jerarquías estén claras en todo momento, que el juego de lealtades sea nítido, que las piezas estén bien colocadas en el tablero social y que alguien le diga siempre dónde debe estar un peón como él. Como sucedía en el ministerio con el doctor Firpo, su jefe y mentor: él mandaba y Villa obedecía sin cuestionar nada, pues el mundo era así... Y así, al chico de los recados, por mucho título de Medicina que hubiera obtenido, el mundo le parecía un lugar seguro.

De ahí que, cuando se producen cambios en las esferas de poder del ministerio, Villa entre en pánico. Ahora bien: su miedo no procede de que el ministerio aparezca relacionado con las torturas y las desapariciones de personas, y tampoco con que la democracia se esté transformando en una dictadura... No, nada de eso. El drama de Villa es que Firpo —su mentor, su guía espiritual— ha caído en desgracia y es un cadáver político, algo que no puede comprender; para él, de algún modo, Firpo representa la Verdad. Asumir esa situación lo pone en una coyuntura muy estresante: teme equivocarse a la hora de elegir bando entre quienes se disputan el poder del ministerio. Y eso le lleva a discusiones con su esposa, quien tiene sus preferencias y objetivos. También otras expectativas respecto de él.

Lo fascinante de la novela es que a Villa no le interesa la política; al contrario, solo intenta estar perfecto en su papel de hombre gris, que no sobresale, que no tiene opiniones propias. Su punto de vista es, paradójicamente, no tener punto de vista. La política es algo que hacen otros que están por encima de él y a quién debe lealtad, pues de ellos depende su sustento.

Por desgracia, precisamente eso convierte a este personaje en una imagen imborrable de lo peligros asociados a la desideologización, entre ellos la amoralidad. Con los militares en el poder, Villa ve cómo su estrategia de supervivencia se vuelve contra él: la obsecuencia que antes lo hizo medrar ahora lo obliga a poner sus conocimientos médicos y burocráticos al servicio de la dictadura. Así, de un día para otro, sin rechistar, acepta que entre sus tareas de funcionario médico ministerial también está la de reanimar a los guerrilleros con quienes los torturadores se han pasado de frenada. Villa está allí para hacer el trabajo sucio que le encomienden, no para preguntarse si está bien o mal lo que allí está pasando. Tampoco para preguntarse si, gracias a personas como él, la dictadura prospera, se legitima y arraiga.

Lo incómodo de Villa es su incapacidad para reaccionar, su falta de sentido crítico, su falta de sueños en algún color que no sea el gris plomo. Lo alucinante es que apoya la dictadura sin estar —explícitamente— a favor ni en contra de ella; la apoya, por así decirlo, por omisión. Por todo ello, Villa es la metáfora de quien intenta «escapar de los acontecimientos que lo envuelven», por históricos que sean, y termina descubriendo que no es más «una hoja en una tormenta, una hoja arrastrada por el viento». Villa es sinónimo de mediocridad

El valor del cuerpo y del amor

Esa mediocridad de Villa se ve, por ejemplo, con toda claridad en su elección de pareja. Antes de casarse con Estela Sayago, que vio en él un médico con aspiraciones profesionales y un futuro exitoso antes que cualquier otra cosa, en la vida de Villa hubo al menos una mujer que lo marcó. Conforme avanza la novela, nos enteramos de que era muy linda, resuelta, vinculada a una revista de poesía política y que más adelante devendría en militante del Partido Comunista, y de ahí en guerrillera montonera. En un principio, Villa rompió con ella por celos, porque era incapaz de que una mujer tan guapa y tan libre hiciera su vida. Después también nos enteramos de que a Villa, además, le asustaba que ella tuviera ideas políticas.

Quiero decir: el tamaño de la infelicidad de Villa es proporcional al miedo con que toma sus decisiones. Los vasos comunicantes entre su vida personal y laboral son terribles. Él es quien elige ser tan gris en el amor como en el trabajo (consumirse en vez de arder, que diría alguien).

El otro detalle que me fascina de esta novela es una imagen relativa al cuerpo. Al poco de comenzar la narración, escuchamos al doctor Firpo referir que él ha sido médico de Charles De Gaulle o del Sha de Persia cuando estos visitaron la Argentina. En ese pasaje, Firpo le explica a Villa de manera minuciosa que el Sha enfermó de un cólico y que, cuando fue a ponerle una inyección, su séquito se abalanzó sobre él y le tiró la jeringuilla al suelo. ¿Por qué? Porque el cuerpo del Sha era sagrado; era el cuerpo de un príncipe. Alguien como él, aunque fuera su médico personal durante el viaje, no podía tocarlo.

Con eso en mente, hacia la mitad de la novela, el texto empieza a oler a carne quemada, excrementos y orina a causa de las torturas. Así, la primera misión de Villa consiste en atender a un policía herido en una refriega con los guerrilleros; la segunda es ya reanimar a un guerrillero al que habían torturado; y la tercera, lo mismo, pero con una guerrillera. En particular en este último caso, Gusmán detiene la narración y vemos el cuerpo de una mujer golpeada y picaneada hasta dejarla al borde de la muerte. A diferencia de Firpo con el Sha de Persia, aquí los torturadores Mujica y Cummins esperan la acción sanadora de Villa para prolongar un rato más la agonía de la guerrillera.

Y eso es algo que también cuenta esta grandísima novela de una manera nítida y vehemente: hay cuerpos que son sagrados y cuerpos que pueden ser profanados y violados sin piedad... Y las dictaduras lo hacen en complicidad de jueces, policías, médicos y una parte de la sociedad civil que, como Villa, colaboran aunque sea por omisión. Conviene recordarlo porque, como vemos en los medios cada tanto, las cloacas del Estado siguen funcionando.

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P.D.: en 2008 publiqué una larga entrevista a Luis Gusmán en la revista Teína. Allí él cuenta algunos detalles más sobre Villa, Graham Green y sus búsquedas literarias.

P.D.: aquí puede consultarse una interesante cronología de dilatada carrera literaria; entre sus obras, recomendaría El Peletero (Edhasa, 2007), La rueda de Virgilio (Edhasa, reed. 2009) o Tennesse, una deliciosa novela de 1997 que Club 5 ha reeditado este año y que tuvo en 2015 su continuación en el vertiginoso policial Hasta que te conocí.

9 de julio de 2016

Entrevista con Sergio Algora (2002)

Hoy hace 8 años que murió Sergio Algora... Y casi otros tantos años llevo yo para subir al blog un pequeño tesoro que conservo de él: sus respuestas a mano de una entrevista que publiqué en 2002. Por unas razones o por otras, es decir, por pereza o por despiste, he ido dejando pasar los días y al final me he plantado en 2016 con los deberes aún por hacer (y al bueno de Algora le ha dado tiempo en ese interín a que se publique un libro sobre él o incluso a tener plaza propia en Zaragoza). Sin embargo, como hace poco dejé un apunte en el blog sobre las conexiones que encuentro entre las letras de El Niño Gusano y el escritor uruguayo Felipe Polleri, se me ocurrió que quizá esa fuera la señal que estaba esperando para cumplir de una vez por todas con esta cuenta pendiente.

Además, la entrevista —cuestionario— de Sergio Algora es especial para mí al menos por dos razones. La primera es que la publiqué en el número de debut de la revista Teína, una suerte de fanzine cultural que nos habíamos inventado allá por 2001 unos amigos de Valencia que pensábamos que nuestras vidas profesionales eran algo aburridas y que estaría bien incursionar en el mundo cultural. La gran novedad de nuestra iniciativa es que recurrimos a Internet cuando Internet y cultura parecía aún una mezcla algo exótica.

En aquel entonces, digo, nadie creía demasiado en lo digital, salvo nosotros, que no teníamos más remedio: no disponíamos de dinero para publicar una revista en papel. Pero, bueno, nosotros queríamos —de esto nos dimos cuenta más adelante, no al inicio, claro— aprender a escribir y formarnos intelectualmente, y allá que nos pusimos con la revista. Quiero decir: cuando empezamos, no teníamos grandes pretensiones y nuestro espíritu era más fanzinero que otra cosa. De hecho, nuestra línea editorial consistía —básicamente— en que cada uno hiciera lo que le diera la gana y ver si así lográbamos llegar al n.º 2.

En ese contexto, me tomé la libertad de entrevistar a Sergio Algora para la sección de literatura. Yo era muy fan de sus letras y, como cuando uno es joven y empieza en esto de escribir siempre intenta inventar la gaseosa, se me ocurrió que estaría genial dedicar una sección a explorar la fusión entre literatura y música (el siguiente damnificado por mis preguntas fue Nacho Vegas...). Por supuesto, también había leído su poemario Paulus e Irene, pero yo al Algora que mejor conocía era al de sus discos. En fin, no oculto que mis intenciones —al menos al principio— eran más musicales que literarias, pues pocos libros me habían influido y me habían hecho disfrutar tanto hasta entonces como las metafóricamente afrancesadas letras de los discos de El Niño Gusano.

A Sergio Algora aquello de recibir un cuestionario por correo electrónico le debió de parecer una modernidad innecesaria, así que, muy cortesmente, me pidió responderme a mano y mandarme sus respuestas por correo postal. De paso, me decía que me enviaría la versión casi definitiva de su nuevo poemario, Otro Rey. La misma Reina, que publicaría tiempo después. Le dije que sí, que adelante, y de este modo tan sencillo llegaron hasta mí las 2 hojas escritas a doble cara que adjunto más abajo. Ojalá que tengan algún valor sentimental para aquellos y aquellas fans que todavía queden por ahí.

La segunda razón por la que le guardo mucho afecto a esta entrevista es que fue, como puede deducirse de los párrafos anteriores, la primera que hice en mi vida. Gracias a la buena predisposición y generosidad de Sergio Algora, pude dar mis primeros pasos como periodistilla cultural y escribir mis primeros disparates, y esa cosas nunca se olvidan, claro. Naturalmente, sus respuestas han envejecido mucho mejor que mis preguntas; pero, bueno, si alguien tiene interés, puede leer la entrevista íntegra aquí.

Y poco más, salvo recordar que, como todo 9 de julio, hoy es un buen momento para decir aquello de ¡champán para todos!


+ info de Sergio Algora en este blog: 

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Respuestas de Sergio Algora, pág. 1/4.

Respuestas de Sergio Algora, pág. 2/4.

Respuestas de Sergio Algora, pág. 3/4.

Respuestas de Sergio Algora, pág. 4/4.

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P. D.: en su día, le dediqué un par de entradas del blog a Sergio Algora; son estas dos: 1 y 2.