8 de septiembre de 2014

Sostiene Pereira, Antonio Tabucchi

El gran problema de Pereira, jefe de la sección Cultura del conservador y oficialista diario Lisboa, es que no ve la conexión entre las cosas. Del mismo modo que no entiende por qué el médico que lo ayuda a adelgazar se especializó en psicología —además de en dietética—, tampoco entiende por qué debe haber una relación entre la literatura y la política. Le cuesta verla aun cuando su país, Portugal, vive el ascenso del fascismo salazarista y, al otro lado de la frontera, España está en plena guerra civil.

Pereira lo dice una y otra vez, aquí y allá, a quien quiera oírle:
(...) nosotros hacemos un periódico libre e independiente y no queremos meternos en política.
Y si una dama judía le pide, visto como está el patio, que se moje, que haga algo, Pereira sostiene:

Haré lo que pueda, señora Delgado, pero no es fácil hacer lo que se puede en un país como este, para una persona como yo, sabe, yo no soy Thomas Mann, soy solo el oscuro director de la página cultural de un modesto periódico de la tarde, escribo efemérides de escritores ilustres y traduzco cuentos franceses del siglo pasado, no se puede hacer más.


Y si un italiano con pasaporte argentino viene a reclutar portugueses para la guerra contra Franco, Pereira sigue sosteniendo:
Escuche, señor Lugones, dijo Pereira en portugués, hablaré lentamente para que usted me entienda: a mí no me interesa ni la causa republicana ni la causa monárquica, yo dirijo la página cultural de un periódico de la tarde y esas cosas no forman parte de mi entorno (...)

La literatura inmaculada

Pereira entiende que la literatura —la cultura— es una suerte de divertimento elevado, distinguido, refinado. Algo que permite alejarse del costumbrismo luso y acercarse al glamour y el savoir-faire francés. Pereira pertenece a esa categoría en la que a tanta gente le gusta militar: la de ser una persona sensible... Es esa una categoría que admite como tema literario la ontología del ser, el abismo de las grandes pasiones humanas, asuntos del siglo pasado, laberínticas metáforas para hablar del extravío del ser humano, detectives, esoterismo y lo que haga falta. Pero nunca (o casi) la política.

Maradona lo diría así: «La pelota —la literatura— no se mancha».

La política como mácula, digo.

Por eso, según Pereira, la modernidad cultural consistiría en preparar de antemano las necrológicas de escritores que estén por morirse y así, cuando la diñen, publicarlas más rápido que nadie. Productividad. Eficiencia. Anticipación. Eso sería para él trabajar como un periódico cultural de primera línea. Esa sería la vanguardia cultural que Portugal merece. Ahí parecería estribar la diferencia, por ejemplo, con su admirada Francia.

(Interrupción al paso. Seamos honestos: Pereira no estaba tan desencaminado en 1938... Ese mismo concepto de modernidad parecen manejarlo hoy muchas editoriales: en cuanto la palma uno de sus escritores, mandan un correo colectivo explicando qué parte de la obra del autor o la autora han publicado.)


Las contradicciones son siempre de los demás


Eso sí, Pereira es un buen tipo: viudo devoto de su difunta, gordinflón, culto y razonable, lector ensimismado de los clásicos franceses del siglo XIX, generoso con el prójimo y siempre con ese toque de melancolía típicamente portugués.  Quiero decir: buen vecino y mejor compañero de trabajo. Es más: no le importa invitarte a comer y, si puede, aunque políticamente estés en sus antípodas, te dará una oportunidad laboral. Trigo limpio. Una buena persona, que suele decirse.

Sin embargo, su punto débil es ese miedo tan burgués, tan cerval, a meterse en problemas. Él vive y deja vivir; eso sí, que nadie ni nada estorbe su devoción por traducir a Maupassant, Daudet, Bernanos, Mauriac... De hecho, si en plan Rilke del periodismo piensa en consejos para un joven que recién empieza en el oficio —como es el caso del joven activista de izquierdas Montero Rossi, a quien quiere contratar para que escriba esas necrológicas anticipadas que darán fama nacional al Lisboa—, su punto de vista no varía un ápice:
El problema es que usted no debería meterse en problemas que son más grandes que usted, hubiera querido responder Pereira. El problema es que el mundo es un problema y seguramente no seremos ni usted ni yo quienes lo resolvamos, hubiera querido decirle Pereira. El problema es que usted es joven, demasiado joven, podría ser mi hijo, hubiera querido decirle Pereira, pero no me gusta que usted me tome por su padre, yo no estoy aquí para resolver sus contradicciones. El problema es que entre nosotros ha de haber una relación correcta y profesional, hubiera querido decirle Pereira, y que debe usted aprender a escribir, porque, de otro modo, si escribe con las razones del corazón, va usted a tropezarse con grandes complicaciones, se lo puedo asegurar.

Las contradicciones son las de los otros, las de quienes reivindican, por ejemplo, a Lorca en tiempos del salazarismo y con la guerra civil española ahí al lado. Y «aprender a escribir» es saber autocensurarse a tiempo y evitarse las complicaciones. Toda una poética literaria, la de Pereira; esa que se conforma con decir que las cosas son así y no de otra manera, que no existe alternativa, que nuestras acciones no van a ninguna parte. Una poética que defiende la lectura, la traducción o la escritura solo como una manera de apartarse de este molesto y sucio mundo y refugiarse en un sitio mejor. Un sitio más cómodo donde, en vez de cosas, solo hay palabras (y no llegan los recibos del banco).

Qué gran personaje este Pereira. Qué gran conflicto el suyo. Casi da hasta pena que él, que quería pasar por el mundo sin molestar ni ser molestado, al final, como cualquier otra persona, deba elegir entre ser parte del problema o de la solución. Yo diría que, como tantos otros, quizá Pereira fuera apartidista, pero no apolítico. Eso sí, lástima que tarde tantas páginas en descubrirlo y que, entre medias, sus lectores tengamos que tragarnos no sé qué rollo sobre «la confederación de almas». En fin, todo sea porque Pereira vea la luz. 

25 de agosto de 2014

Escarnio, Coradino Vega


De Escarnio, la segunda novela de Coradino Vega me enganchó, sobre todo, el tema que aborda. De hecho, la leí casi del tirón. Si bien la contraportada hace hincapié en el desclasamiento del protagonista, Carlos García —un brillante estudiante de Derecho que deja la universidad de Huelva para continuar su carrera en la Complutense de Madrid—, yo he leído este libro también desde un lugar algo más vitalista. Al fin y al cabo, trae a colación algunas cuestiones que muchos universitarios de provincias hemos conocido.

A saber: el hijo universitario como carga económica para unos padres humildes que deben pedir un crédito, la presión que supone mantener un boletín repleto de matrículas de honor, la ansiedad derivada de ser el primer miembro de la familia que accede a la universidad, la búsqueda o necesidad de encontrar mentores intelectuales —diferentes a los padres— cuando tienes 18 años o las grietas que aparecen en la vida cuando uno cambia un entorno controlado (tu pueblo, tu ciudad) por uno nuevo y más grande (a veces incluso extranjero). Todo eso y más es lo que le sucede a Carlos García, quien a duras penas sabe qué tiene que hacer para mantenerse fiel a sí mismo en un momento vital donde los cambios a su alrededor son mayúsculos.

Como trasfondo de ese conflicto vital, aparece un decorado típicamente universitario: el colegio mayor, una institución venida a menos generación tras generación. A Carlos, y pese a que su mentor había tratado de conseguirle plaza en uno laico, la universidad le ha asignado el Pío IX, un elitista colegio mayor católico donde se hospedan los hijos de la más rancia élite de la derecha española. Él, hijo de un ferretero y de una ama de casa, no encaja en aquel ambiente. Y no lo hace, en parte, por la diferencia de clase; pero, sobre todo, porque él es un tío humilde, estudioso y responsable, convencido de que el esfuerzo y el mérito sirven de algo en esta vida... Y en eso, sus compañeros piononos le llevan ventaja: saben que lo importante son los contactos, la red social, el tráfico de influencias; no los títulos o unas notas excelentes.

De hecho, algo que narra bien Escarnio (Caballo de Troya, 2014) es que un expediente académico brillante muchas veces no alcanza para equilibrar la ventaja que otros tienen por ser hijos o hijas de un empresario relevante o de un alto cargo en un ministerio. Lo otro que nos muestra la novela es que los hijos de esa élite, más que cultos y estudiosos protoconservadores que analizan con finura a Friedman, Hayek o Smith, son y se comportan como mafiosillos de tinte filofascista. De hecho, más que aspirar a ser intelectuales o economistas a lo Chicago Boys parecen limitarse a ver «guarros» y «etarras» por todas partes.

En el otro extremo del péndulo ideológico, la novela habla de un asesinato que marcó —o al menos debería haberlo hecho— a la generación universitaria del momento: el de Francisco Tomás y Valiente. No se trata de establecer jerarquías entre los más de 800 asesinatos de ETA, pero quienes estábamos en la universidad en la segunda mitad de los 90 deberíamos recordar que este catedrático de Derecho y exmiembro del Tribunal Constitucional fue asesinado a tiros en su despacho mientras hablaba por teléfono. Debería ser un hito al que asociar esa etapa de nuestra vida. Sus asesinos lo mataron porque sí, porque en un momento dado ETA nos convirtió a todos en objetivo, y más aún a alguien que se animó a escribir artículos como este: «ETA y nosotros». Escarnio le rinde un merecido homenaje a esa figura.

Esa oposición o contraste de violencias en el ámbito universitario me parece, junto a la zozobra del protagonista tratando de mantenerse fiel a sí mismo, el gran acierto del texto.
  
Buena segunda novela de Coradino Vega. Como en el caso de su estupenda El hijo del futbolista, una excelente compañía para revisar quiénes éramos y en quiénes nos hemos convertido. Que los hados le sean favorables a este autor onubense y que lleguemos a leer su tercer libro. 

20 de agosto de 2014

El Danubio, Claudio Magris

Desde hace 2 o 3 años le debo una lectura a El Danubio, de Claudio Magris. Y sigo debiéndosela..., pero ya no a todo el libro. Aprovechando que hace poco viajé a Viena a reencontrarme con mi pasado —hace catorce años viví allí una temporada—, leí en el avión de regreso el capítulo «Café central», unas 45 páginas donde el autor italiano reflexiona sobre cuestiones relativas a la cultura de la capital austriaca. No estuvo mal como colofón al viaje y, en particular, como suplemento literario para la muy imperial y católica guía de Anaya que llevábamos, que por momentos solo parecía saber de iglesias, tumbas, palacios, jardines, reyezuelos y criptas.

De la parte literaria de «Café central», me llamó la atención una ausencia: la de Thomas Bernhard. Mucho Grillparzer, mucho Joseph Roth o Elias Canetti, incluso unos cuantos párrafos sobre lo malos que eran los poemas de la torturada y asexuada emperatriz Sisí..., pero nada de nada sobre mi querido Bernhard. A saber por qué. En cualquier caso, para muchos lectores de don Tomás, como yo, es difícil pasar por la Heldenplatz y no acordarse de la obra de teatro homónima de ese viejo irascible y gruñón. Es un autor que descubrí viviendo allí, así que para mí decir Viena es decir Los malogrados, El sobrino de Wittgenstein o Transtorno.

También subrayé algunas reflexiones políticas de Magris. Teniendo en cuenta que el libro lo escribió en 1988, es decir, cuando faltaba un año para que cayese el Muro —yo apenas contaba con 13 años—, encontré muy significativos ciertos pasajes. Por ejemplo, este a propósito de una conferencia que György Lukács dio en 1952 en el sótano del café Landtmann:

[...] Viena es la ciudad de la posmodernidad, en la cual la realidad cede paso a su propia representación y a la apariencia, las categorías fuertes pierden consistencia, lo universal se transmuta en lo trascedente o se disuelve en lo efímero y los mecanismos de las necesidades absorben los valores.
Como ha dicho Augusto del Noce, El asalto a la razón está sostenido por el secreto temor de que Nietzsche pueda prevalecer sobre Marx. En las sociedades occidentales ha ocurrido y está ocurriendo precisamente eso: el juego de las interpretaciones, la voluntad de poder hundida en el automatismo de los procesos sociales, la capilar, tentacular y difusa organización de las necesidades de un indiferenciado flujo libidinal colectivo parecen haber suplantado el pensamiento que descubre las leyes de lo real para cambiarlas y cita a juicio al mundo para cambiarlo. La cultura-espectáculo parece haber derrotado la idea de revolución.

El asalto a la razón, en el que Lukács combate contra el fantasma de Nietzsche que él ve renacer victorioso, es un libro contra la vanguardia, contra la negación y, por tanto, contra Viena, aunque Viena signifique también la sátira de cualquier negación presuntuosa, de la arrogancia posmoderna disfrazada de tolerante y festiva fatuidad.

Unas páginas más adelante, a raíz de los edificios que conforman el Karl-Marx-Hof (1934), que están muy cerca de la estación de Heiligenstadt, Magris reflexiona sobre la crisis del marxismo y el advenimiento de la posmodernidad como gran discurso hegemónico:

El famoso e inmenso conjunto de viviendas obreras construidas por la «Viena roja», el municipio socialista, después de la Primera Guerra Mundial, nació de la voluntad de reformar, de una confianza en el progreso, del intento de construir una sociedad diferente, abierta a nuevas clases y destinada a ser guiada por estas. Hoy resulta fácil sonreír ante esta grisura cuartelera. Pero los patios y los parterres poseen cierta melancólica alegría, hablan de los juegos de los niños que, antes de estas casas, habitaban en tugurios o en ratoneras sin nombre y del orgullo de las familias que en estas casas, por primera vez, tuvieron la posibilidad de vivir con dignidad, como personas.

Este monumento de la Modernidad encarna muchas ilusiones progresistas del período entre las dos guerras, que se derrumbaron, pero pone en evidencia también la realidad de un gran progreso, que solo una atrevida ignorancia puede subvalorar. En 1943, estas casas fueron el centro de una gran insurrección proletaria en Viena, que Dollfuss, el canciller austrofascista, reprimió con sanguinaria violencia. La derecha es patriótica, pero dispara con mayor frecuencia y gusto sobre sus propios compatriotas que sobre los invasores de la patria.

Y un poco más adelante, continua diciendo:

Quedar huérfanos de las ideologías es natural, como lo es quedar huérfanos de los propios padres; es un momento doloroso, que no implica sin embargo la desacralización del padre perdido, porque no significa alejarse de su enseñanza. Una militancia política no es una iglesia mística en la que todo se sostiene, sino un trabajo cotidiano, que no redime de una vez por todas a la Tierra y que está expuesto a errores, pero dispuesto a corregirlos. También al marxismo le ha llegado la hora liberal de esta laicidad, que no admite idólatras ni huérfanos del Vietnam, sino que forma personalidades maduras, capaces de afrontar las continuas desilusiones. Ha llegado el momento en que abandonar el partido comunista ya no supone la pérdida de la totalidad y esto podría ser una razón para no abandonarlo.

[...] el Karl-Marx-Hof fue una resistencia a los cañones de Dollfuss así como a la tentación de que aquella resistencia fuera insensata. La pobre, gris y maciza modernidad de aquel falansterio se impone por su compacidad. Diferente es la actitud de quien, sesenta años después, la redescubre y la exalta con gusto rétro, coquetamente progresista, e incluso intenta, como ha ocurrido en Trieste con resultados desastrosos, proponer de nuevo el falansterio como modelo de habitación y de cohabitación. Este extravagante capricho de restaurar formas carentes de la necesidad histórica que en su tiempo las había producido es posmoderno, es el placer kitsch por lo falso y por lo vulgar, es el gusto por la ideología a la que se le han amputado las ideas; una cultura sin fundamento, que no tiene nada en común con los robustos y graves fundamentos del Karl-Marx-Hof.

Tienen buena pinta los otros capítulos de El Danubio, casi tanta como este sobre Viena. Quizá sea cuestión de seguirle la corriente al río desde su nacimiento hasta su desembocadura en el Mar Negro para ir disfrutando de igual modo los capítulos dedicados a Eslovaquia, Hungría, Bulgaria, Rumanía o Alemania. Quizá incluso sea cuestión de, como tantos otros ciclistas, recorrer parte del Danubio en bici. Quién sabe.

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PD. El Karl-Marx Hof se puede visitar la semana que viene en el marco de la exposición «Das Rote Wien» ('La Viena Roja').