Murakami cuenta en De qué hablo cuando hablo de correr que entrena escuchando a The Lovin' Spoonful o a Eric Clapton; pues,
bien, yo he hecho algo parecido estas dos últimas semanas escuchando La disolución doméstica, de Néstor Mir. Lo reconozco: me cuesta ser imparcial porque aprecio a Néstor —compartimos travesía en la revista Teína— y el disco es un regalo; en cualquier caso, lo objetivo es que según lo recibí, lo pasé al mp3 y salí a cumplir con mi sesión preparatoria para el Medio Maratón de Valencia. Me puso de tan buen humor, disfruté tanto de temazos como Knock out casero o Desencuentros dominicales, que lo convertí en el disco de cabecera para mi cita con los 21,097 km del domingo pasado.
A Néstor solo lo había oído cantar en francés, así que nunca me enteraba mucho de lo que decía. Quizá por eso me ha sorprendido doblemente encontrarme con un disco repleto de canciones que cuentan historias de gente común, de personas como las que te cruzas en tu edificio. Ahí están títulos tan sugerentes como la Britney Spears de barrio o El oficinista accidental para demostrarlo. También el epílogo que cierra el —estupendo— libro ilustrado con que vino acompañado mi cedé:
(...) Hace cuatro años, mi teorización sobre el origen del universo sufrió una derrota imprevisible frente a un enemigo insospechado: la comunidad de vecinos.
La vida compleja de verdad no se esconde en los confines del universo. No, la complejidad de la existencia se parapeta tras la mirilla de nuestro vecino de la puerta 16. En una reunión de la comunidad de vecinos aprendí más sobre el ser humano que en todos los cientos de libros que había leído hasta la fecha. Néstor, me dije, te has dedicado a mirar hacia arriba cuando las respuestas las tenías al lado.
En esa revisión sobre las inquietudes existenciales, las historias de padres con hijos desempeñan un papel fundamental. Y eso, por infrecuente, es de agradecer. Quizá sea que estoy en plena crisis de los 40 o vaya usted a saber qué, pero hacía mucho tiempo que no escuchaba canciones, como Veronal & Crucifixión o El rey del mambo, y me daban ganas de pasárselas a mis amigos con hijos (a los padres de mis sobrino-amigos, se entiende). Son canciones que, de algún modo, me hicieron pensar en Leer con niños, de Santiago Alba Rico, y releer algunos pasajes que había subrayado. Este, en concreto, diría que casa bien con el disco:
Los niños son nuestros antepasados. Descendemos, en efecto, de nuestros hijos, cuyos cuerpos no solo nos transportan de cuerpo en cuerpo en el espacio, sino también en el tiempo, y en ambas dimensiones a grandes distancias; no nos obligan, mediante la atención compartida, a donar existencia a los vivos sino a los muertos. Lavarlos, prepararles la comida, coserles la ropa, ahuecarles la almohada, el cuidado de los niños impone también darles explicaciones, cantarles canciones, contarles cuentos, todo lo que nos convierte en depósitos y transmisores de cuerpos desaparecidos: «la democracia de los muertos» que Chesterton llama «tradición». Gracias a los niños la humanidad, además de tener manos, tiene memoria.
Hay pues una pedagogía, pero antes una antropogogía, mediante la cual los niños mejoran y domestican a los mayores. ¿Qué hacen los niños con los hombres? ¿Qué nos pasa al lado de los niños? ¿Qué pasaría en un mundo de solteros estériles conectados solo por imágenes? Olvidaríamos la música, los libros, el esfuerzo de la razón por responder a un «por qué» que ya no formularía nadie. Desaparecería el relato, que es la exigencia primera del niño en un mundo borroso y sin fronteras, en un tiempo sin límites, en un desorden de flujos rápidos e inacabados. Perderíamos el concepto mismo de «cuidado» (...)
Los hijos te cambian la vida, por supuesto, aunque no a todo el mundo por igual. He conocido a padres que permanecen impermeables a las enseñanzas de sus querubines y que solo saben imponer su criterio; padres que solo quieren educar, pero sin dejarse ser educados por sus hijos. La disolución doméstica es un disco que, parafraseando a Santiago Alba, nos hace pensar sobre qué hacen los niños con nosotros, los adultos, sobre cómo contribuyen a nuestra mejora y domesticación, sobre cómo evitan que nos convirtamos en solteros estériles conectados con la vida solo a través de imágenes. Basta escuchar la última canción, Réquiem por Valencia y mi esplendor, para comprenderlo.
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PD 01. Este disco lo ha publicado Malatesta Records, un sello independiente, valenciano y basado en la implicación de las bandas que lo integran. Los discos puedes escucharlos gratis desde la web.
PD 03. El disco fue efectivo en mi preparación: hice 1:35:42, mi mejor marca hasta ahora. Desconozco los tiempos de Murakami... Eso sí, él es capaz de correr maratones y hasta 100 km seguidos. No creo que yo llegue a tanto. De momento, me conformo con los 21 km.
Anoche tocó insomnio. Y cuando abrí los ojos a las 4:23, esta canción, «Aunque tú no lo sepas», de repente estaba allí. No es que sea un fan de Los Secretos o de Enrique Urquijo —o no al menos por ahora—; sin embargo, la había escuchado por la mañana mientras Pancho Varona contaba en la radio un par de anécdotas de Urquijo con Joaquín Sabina y, desde entonces, la melodía se me quedó prendida como la mugre del verano al cristal de mi ventana. Ignorante de mí, solo conocía la versión de Quique González.
Un tipo tímido, tierno, cariñoso y necesitado de cariño. Más o menos así describió Varona a Urquijo. Eso mismo corroboran algunos artículos que, cada tanto, han conmemorado el aniversario de su muerte (16 de noviembre de 2001). Lo suyo fue una sobredosis. Lo encontraron una noche en un portal de Malasaña, en la calle Espíritu Santo, cerca de donde yo viviría años después... Aguantó hasta los 39 años la pelea contra la heroína y otros excesos. Ni siquiera su hija, con la que posaba radiante en algunas fotos, consiguió salvarle del abismo.
Ni siquiera su hija.
Se ve que esto de vivir no es tan fácil como algunos quieren hacernos creer, que no solo depende de la economía o del éxito profesional. Somos seres complejos, repletos de emociones, más frágiles de lo que creemos. Hay días buenos y días malos... Y los malos a veces son muy malos. Quizá tuvieran algo que comentar al respecto Antonio Vega o Carlos García Berlanga, dos compañeros de generación de Enrique Urquijo que también abandonaron pronto este escenario desde donde yo ahora escribo. Uno en 2009, a los 51; el otro en 2002, a los 42. Los dos, también, auspiciados por las drogas.
Por alguna razón, escuchar una y otra vez esta canción triste me ha servido para retomar el blog después de varios meses sabáticos. Más adelante, y si el impulso dura, puede que descubra el porqué. No sé, quizá sea la crisis de los 40, que se acerca. Por ahora, me conformo con (re)tomarme esto de bloguear sin más horizonte que pasar un buen rato y poner a salvo unos cuantos pensamientos/sentimientos. Últimamente todo es demasiado existencial en este país.
PD 01. Enrique Urquijo versioneando un canción de Carlos García Berlanga, «El hospital». Tal para cual.
Puesto que los políticos han regresado a la época de Margaret Tatcher y enarbolan a todas horas su histórico «No hay alternativa», yo he decidido volver a los Sex Pistols y enarbolar a su vez otra bandera anglosajona: «No hay futuro». There is no alternative. There is no future. Si no hay alternativa, no hay futuro. Cuando los políticos cambien de discurso, puede que entonces yo consiga ver alguna brizna de esperanza. Hasta entonces, Apocalipsis.
When there’s no future how can there be sin
We’re the flowers in the dustbin
We’re the poison in your human machine
We’re the future your future
Usted es uno más de los músicos que han optado por la producción propia. ¿Qué le pasa a la industria discográfica? ¿Cuánto tiempo le da y qué soluciones propone?
[José Ignacio Lapido] Refiriéndonos a la industria, podríamos parafrasear a Leonard Cohen y decir que ellos "me sentenciaron a veinte años de aburrimiento". La industria discográfica de este país tiene muchos pecados que purgar, y los está purgando. Históricamente se han dedicado a buscar el beneficio a corto plazo, sin cultivar carreras de largo recorrido de artistas con criterio. No han ejercido una labor educativa con el público potencial. Han primado la horterada rentable de usar y tirar, y ahora que la gente se puede bajar la horterada gratis, se quejan. Aparte, claro está, de que en la sociedad, especialmente en la de nuestro país, ha calado hondo la absurda idea de que todo lo relacionado con la cultura debe ser gratis. Estamos en un periodo de liquidación por derribo, en el sálvese quien pueda. Y mi tabla de salvación ha sido crear Pentatonia Records. Que cada cual se agarre al palo que más le convenza, pero que se asegure que flote.
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El capitalismo está especializado en vender detritus envuelto en bonito papel celofán. Y el capitalismo musical hace lo mismo: vestir con sonidos espectaculares canciones que no son nada, o peor aún, que son horribles. Si nos fijamos en las listas de ventas de los últimos 30 años veremos que hay muy pocos clásicos que hayan sobrevivido bien al paso del tiempo. Sólo en el año 1969 se editaron más canciones que han pasado a ser clásicos de la música popular que en todos estos últimos 30 años. Entonces todavía había un criterio. Ahora sólo hay apariencia.
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Si alguien es capaz de votar a Berlusconi, es perfectamente capaz de comprarse un disco de Lady Gaga.
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PD 01. Los fragmentos proceden de una entrevista de Manuel Cuéllar para El País.
PD 02. La foto procede de la revista efeeme y es de Salvador Serrano.
PD 03. Aquí va el MySpace de José Ignacio Lapido.
Hace poco le escuché a Ibon Errazkin en Mapa sonoro (min. 8.30) decir que el pop debe tener una parte de sorpresa, algo que te haga decir «¿pero qué es esto?» o que incluso te haga pensar que no entiendes muy bien de qué va el asunto. El pop como exploración, como búsqueda de lo diferente, como salvoconducto para ser todos un poco más marcianos de vez en cuando. Más literario no le había podido salir la enunciación de su canon musical.
Disco tras disco, las composiciones de Antonio Galvañ (el hombre tras Parade) cumplen siempre con ese juicio de Errazkin. O al menos a esa conclusión he llegado yo esta mañana mientras escuchaba La fortaleza de la soledad, un refinado discazo pop que tenía semiolvidado. Y sobre todo he pensado en ello cuando ha sonado «El aerolito Dylan», una joya cósmicamente conjetural que debería figurar en la entrada The Electrical Dylan Controversy de Wikipedia. Si alguien quiere saber por qué Bobby cambió su acústica por una guitarra eléctrica en el Newport Folk Festival debería prestar atención a este tema...
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Paseaba con Dylan.
Era el verano del 65,
centelleaban las Perseidas,
cuando se volvió y me dijo:
«Mañana toco en Newport
y estoy un poco confundido.
Tráeme mi guitarra,
sigamos a esos meteoritos».
Así que subimos
hasta lo alto de la colina.
Él tocaba con su acústica Song to Woody,Chimes of freedom.
Entonces un hilo finísimo
le atravesó, encendido.
La noche de San Lorenzo
marcó a Bobby su camino
«Judas», le llamaron «Judas».
Pero sólo yo sabía
que todo fue un aerolito,
el aerolito Dylan.
Al cabo de un rato
recuperó la consciencia.
La guitarra estaba rota.
Me miró con suficiencia.
«No la necesito –me dijo–.
He tenido una idea:
el mercurio ardiente ya sé cómo suena;
mañana tocaré con la guitarra eléctrica».
Ahora díganme cómo se llaman,
si no es mucha molestia hermanitas.
Una dijo: «Me llamo Sor Juana».
La otra dijo: «Me llamo ¡Sorpresa!».
Y se alzaron el hábito a un tiempo
y sacaron unas metralletas
y mataron a los federales
y se fueron en su camioneta.
Hasta que leí Trabajos del reino, de Yuri Herrera, yo apenas sabía algo de los narcocorridos. A través de las entrevistas y reseñas que leí sobre este autor mexicano conocí a Los Tigres del Norte. Ahora, en estos días, he terminado Hecho en México, de Lolita Bosch, donde además de encontrarme de nuevo con Los Tigres, he hallado otra perla del género: Grupo Exterminador. Desconozco a qué se debe esta incipiente mexicanización de mi vida (hace poco leí Dios es redondo, de Juan Villoro, y Damas chinas, de Mario Bellatín), pero me gusta.
Aquí va la letra completa del corrido.
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Las dos monjas
Una troca salió de Durango
a las dos o tres de la mañana.
¡Viva México!
Una troca salio de Durango
a las dos o tres de la mañana.
Dos muchachas muy chulas llevaban
coca pura y también marihuana;
pero se disfrazaron de monjas
pa' poderlas llevar a Tijuana.
Los retenes de la carretera
a las monjas no las revisaban.
Tal vez era respeto al convento,
pero nunca se lo imaginaban...
que eran dos grandes contrabandistas
que en sus barbas la droga pasaban.
El agente que estaba de turno
en aquella inspección de Nogales,
por lo visto no era muy creyente
y enseguida empezó a preguntar
que «de dónde venían y qué traivan»,
dijo el jefe de los federales.
Muy serenas contestan las monjas:
«Vamos rumbo de un orfanatorio,
y las cajas que ve usted en la troka
son tecitos y leche de polvo
destinados pa' los huerfanitos.
Y si usted no lo cree, pues ni modo».
Dijo el jefe de los federales:
«Voy a hacer el chequeo de rutina.
Yo les pido disculpe hermanitas,
pero quiero a sacarme la espina...
Yo presiento que la leche en polvo
ya se les convirtió en cocaína».
Con un gesto de burla el agente
se arrimó y les dijo a las monjitas:
«Yo lo siento por los huerfanitos:
ya no van a tomar su lechita.
Ahora díganme cómo se llaman,
si no es mucha molestia hermanitas».
Una dijo: «Me llamo Sor Juana.
La otra dijo: «Me llamo ¡Sorpresa!».
Y se alzaron el hábito a un tiempo
y sacaron unas metralletas
y mataron a los federales
y se fueron en su camioneta.
En Durango se buscan dos monjas
que ya no han regresado al convento.
Y una cosa si les aseguro:
que llegaron con el cargamento,
Por hay dicen que están muy pesadas
y que viven allá, en Sacramento.
De Durango salieron dos monjas
a las dos o tres de la mañana.
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PD. He leído esta reseña de Edmundo Paz Soldán sobre Trabajos del reino y «la función del arte en el sistema capitalista regida por los valores del narcotráfico». (Acá va la mía, más humilde, junto con una entrevista que le hice a Yuri Herrera para Teína. Y aquí otra entrevista, pero en RNE).
Yo soy la sangre del indio. Soy latino, soy mestizo,
somos de todos colores. Y de todos los oficios.
Y si contamos los siglos,
aunque le duela al vecino, somos más americanos,
somos más americanos que todititos los gringos.
Una joya la letra completa de esta canción de Los Tigres del Norte:
Ya me gritaron mil veces que me regrese a mi tierra,
porque aquí no quepo yo.
Quiero recordarle al gringo:
yo no crucé la frontera, la frontera me cruzó.
América nació libre... El hombre la dividió.
Y si no miente la Historia,
aquí se asentó en la gloria la poderosa nación:
entre guerreros valientes, indios de dos continentes, mezclados con español.
Y si a los siglos nos vamos: somos más americanos,
somos más americanos que el hijo de anglosajón.
Nos compraron sin dinero las aguas del Río Bravo.
Y nos quitaron a Texas, Nuevo México, Arizona y Colorado.
También voló California y Nevada.
Con Utah no se llenaron.
El estado de Wyoming,
también nos lo arrebataron
Yo soy la sangre del indio. Soy latino, soy mestizo,
somos de todos colores. Y de todos los oficios.
Y si contamos los siglos,
aunque le duela al vecino, somos más americanos,
somos más americanos que todititos los gringos.
PD. En Hecho en México, de Lolita Bosch, he leído una estrofa adicional que juraría que no cantan aquí... Dice así:
Ellos pintaron la raya para que yo la brincara
y me llaman invasor. Es un error bien marcado:
nos quitaron 8 estados, ¿quién es aquí el invasor?
Soy extranjero en mi tierra
y no vengo a darles guerra:
soy hombre trabajador.
Ella dijo: «Bueno, lo sé; pero
cuando lo hicimos hubo algo
en lo que, en verdad,
no estábamos pensando:
el dinero.
El dinero lo cambia todo».
PD. Letra completa de Money changes everything, de Cyndi Lauper, por aquí. (Lo de arriba es una adaptación de estar por casa del inicio de la canción). Y por acá, una versión punki-ochentera a más no poder: