2 de mayo de 2015

En la cima del mundo, Norman Mailer

Este fin de semana boxean Manny Pacquiao y Floyd Mayweather. Dado que, en términos económicos y deportivos el combate excede casi cualquier cosa que hayamos visto antes, están surgiendo todo tipo de comparaciones con otros combates clásicos (hay una larga retahíla en el enlace anterior). Esas comparaciones aparecen, entre otras razones, porque se enfrentan dos estilos de boxeo antagónicos: el dúctil, provocador, siempre cimbreante y todavía invicto de Maywether frente a esa máquina de repartir estopa que es Pacquiao, quien hace algunos años, en plan Pac-Man, se merendó a cuanto aguerrido fajador mexicano le ponían por delante (ay, Margarito, ese tornado tijuanero que devino en brisilla de mar...).

La cosa es que, como Mayweather es un bocazas bastante insoportable, un excelso bailarín del cuadrilátero y tiene la piel negra, suele vinculársele con enorme facilidad al gran Muhammad Ali. Y, bueno, como justo en estos días he leído En la cima del mundo (451 Editores, 2009), de Norman Mailer, diría que eso es una gran injusticia para Ali.

El anteriormente conocido como Cassius Clay se negó a participar en la Guerra de Vietnam y nos dejó una frase sobre el asunto para la posteridad: 
A mí el Vietcong ese no me ha hecho nada.
Una frase que, según refleja Andrés Barba en el prólogo del libro, inspiró a Spike Lee —que era un niño entonces— o provocó que Bertrand Russell le escribiera una carta de apoyo. De hecho, las palabras de aquella frase terminaron convertidas en una de las acciones de desobediencia civil más sonadas del momento: el boxeador se negó a ir a la guerra y lo condenaron por ello a algo más de 3 años de cárcel.

Cassius Clay, en el país más mojigato y cristiano del mundo, se convirtió al islam y se renombró como Muhammad Ali. Se adhirió al movimiento Musulmanes Negros y fue amigo de Malcom X. En fin, que sí, que podía hablar como si se hubiera intoxicado de Walt Whitman y soltar fanfarronadas como esta:
Soy joven, soy guapo, soy rápido, soy elegante y probablemente no pueda ser golpeado. He cortado árboles, he luchado contra un cocodrilo, me he peleado contra una ballena, he encerrado rayos y truenos en prisión, incluso la semana pasada asesiné a una roca.
Pero también era un tipo con conciencia racial y de clase que, siendo campeón del mundo de los pesos pesados, lanzaba puyas como esta contra el show-business:
No consideran que los púgiles puedan tener cabeza. No consideran que puedan ser hombres de negocios ni seres humanos ni inteligentes. Los boxeadores no son más que brutos que vienen a entretener a los blancos ricos. Pegarse entre ellos y romperse la nariz, y sangrar, y actuar como monitos para el público, y matarse por el público. Y la mitad del público son blancos. En lo alto del ring no somos más que esclavos. Los amos escogen a dos esclavos grandes y fuertes y los ponen a pelear mientras ellos apuestan que su esclavo machacará al del otro. Y eso es lo que veo cuando veo a dos negros peleando.
De ahí que Mailer le dedicase en En la cima del mundo un fragmento memorable, digno de uno de los iconos más genuinos del siglo XX:
Ali los controló a todos con el poder de su mente. Pasó de largo por el lóbrego corredor de los negocios sucios y atractivos, pasó de largo por la humareda de puros caros y la palabrería, la hipocresía y las palmaditas en la espalda, pasó de largo por los políticos corruptos y la pus patriotera; pasó como un láser, en el filo, sutil e impersonal, y cortó hasta el corazón mismo de la carne más podrida del boxeo. Pues no olvidemos que el boxeo fue siempre como un Vietnam del Sur oculto para Norteamérica, enterrado durante cincuenta años en nuestra guarida hasta que fuimos a la guerra. Sí, Ali pasó de largo por los saludos a la bandera en las madrugadas de resaca y dijo: «A mí el Vietcong ese no me ha hecho nada». Entonces decidieron hundirlo y lo sometieron a un martirio de tres años y medio.
En fin, por muy bailarín, bocazas y vistoso que sea Floyd Maywether —me encanta su estilo—, él siempre estará muchos escalones por debajo de Ali. Maywether es solo un boxeador encantado de participar en el show-business; su cuenta de Instagram, por ejemplo, no deja lugar a las dudas. Un tipo como Ali, digo, este sábado pelearía por sus hermanos de Ferguson o Baltimore, por los que saltan la valla de Melilla o por los que mueren camino de Lampedusa. Maywether tan solo pelea por 120 millones de dólares, no pasar a la historia como el boxeador que huyó de Pacquiao y, si puede, acercarse al récord de Rocky Marciano (49-0). Pase lo que pase el sábado, Ali seguirá siendo el más grande.

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PD. En este enlace puede leerse el primer capítulo de En la cima del mundo. Y en Bibliostock están liquidando 25 títulos del catálogo de 451, así que puede adquirirse a buen precio (3,95 €).

26 de abril de 2015

El 'best seller' y Pedro Salinas


El texto que copio más abajo forma parte «La gran cabeza del turco o la minoría literaria», un ensayo que publicó Pedro Salinas en la revista mexicana Cuadernos americanos entre finales de 1945 y principios de 1946 (fueron dos entregas). En concreto, he transcrito la sección «Presentación de un monstruo: el best seller»

Este ensayo forma parte del libro La responsabilidad del escritor (Seix Barral, 1961), que recoge parte de la producción del poeta en la década 1941-1951. Si bien no figura dato alguno al respecto en la nota editorial que oficia de preámbulo, esta edición (1961) que menciono —y que encontré de chiripa en los saldos— debió de ser la primera en España... En ese momento habían pasado diez años desde la muerte del poeta en su exilio estadounidense (antes vivió unos años en Puerto Rico).

Solo he leído un par de ensayos, así que no tengo una idea de conjunto. Con todo, lo que más me ha sorprendido —una vez más— es mi propia ignorancia: pensaba que la polémica sobre los best sellers era más reciente, y sin embargo ahí está don Pedro Salinas hablando en 1945 sobre que «se ha establecido una falaz concatenación: el libro que más se vende es el mejor» o sosteniendo que «hoy el valor de un libro se determina por una mayoría, cuyo funcionamiento no es discursivo ni crítico, sino mercantil: la mayoría de compradores».

En fin, he ahí una razón de peso para leer a los clásicos: evitarnos el ridículo de creernos cada tanto tan rabiosamente modernos... Quienes vivieron antes ya pensaron en —y hasta inventaron— la rueda por nosotros.


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Se dice que el mundo moderno ya no produce seres quiméricos, monstruos fabulosos como los que alumbraba la antigüedad. Y sin embargo, ¿qué si no  monstruosa criatura, medio ángel, medio bestia, es lo que llaman los anglosajones el best seller? Significa 'el mejor vendido', esto es, el libro que más se vende.

Acerquémonos al fenómeno para examinar su dual y contradictoria constitución. Best, 'el mejor', la cabeza de ángel, noción de excelencia, de calidad, aquello a que todos aspiramos; y luego, seller, 'vendido', el cuerpo de endriago, lo venal, lo que se hace por puro dinero; al estar calificado por aquel mejor quiere decir que se vende más e introduce como dominante la noción de cantidad. La expresión es especiosa si las hay; tentativa diabólica de conciliar lo inconciliable, de uncir al mismo propósito al cordero y al león. 

En el seno de esa fórmula late siempre la pugna entre los dos conceptos de calidad, insinuado en lo de 'mejor', y de cantidad declarado en lo de 'el que mejor se vende'. Naturalmente, lo de mejor es el anzuelo en que pican las bandanas innúmeras de incautos peces. Se aspira a hacer creer que el volumen de lectores, representando en cifras, significa el valor relativo de la obra literaria y que la autoridad suprema que decide su mérito reside en la aritmética.

Hay anuncios que se presentan con caracteres de majestuoso laconismo, de honesta imparcialidad. Por ejemplo, uno que tomo del libro Best Sellers, de Stevens y Unwin: «El tercer mes de la vida de un gran libro: octava semana, 116 000; novena semana, 121 000; décima semana, 127 000; oncena semana: 133 000». Sigue luego el título del libro, que es una novela histórica mediocre. ¿Moverá acaso al editor al publicar este sobrio anuncio tan solo el ingenuo deseo de enterar al público de la prosperidad de su negocio en este caso particular? 

Nada aconseja, nada pide; solo que la intención se ve a cien leguas. «Lector —argumenta mundanamente el anuncio—, si cada semana se venden 5000 ejemplares más de este libro, ¿qué duda cabe de que ha de tratarse de que tú la adquieras en el acto?». Y con la apariencia más objetiva del mundo se da un empujoncito al lector hacia la confusión entre mérito literario del libro, esto es, el valor intrínseco del artículo en sí, el único legítimamente alegable, con su facilidad de venta, con su valor económico.

Sin decir palabra, ese anuncio inclina al que lo lea a dar cosa por sentada esa capciosa correlación entre éxito de venta y valor literario y humano del libro; y, manejando habilísimamente el mecanismo de la transferencia de juicios, equipara un hecho económico, la rápida venta de un objeto en el mercado, a un hecho espiritual, el nacimiento de una gran obra literaria.

He aquí un caso que cabe en lo que llama Mannheim «formas de democratización negativa». Se ha llegado a un magno descubrimiento, y es que el negocio de pesas y medidas de los valores literarios, el cuerpo que determine su relativa grandeza está lógicamente constituido por los contables de las librerías y de las casas editoriales.

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19 de abril de 2015

El maestro en el erial, Gregorio Morán

En una hipotética clasificación sobre los 10 intelectuales españoles más ninguneados de todos los tiempos, casi seguro que Ortega y Gasset ocuparía el primer lugar. El perfil del autor de España invertebrada o La rebelión de las masas ofrece algunas aristas, bastante cortantes, a la hora de profesarle cierto cariño. Elitista, machista, homófobo y vendido a Franco suelen ser cuatro acusaciones habituales nada más citarlo entre quienes no sabemos gran cosa de filosofía pero hemos leído algún libro suyo.

Para muestra, un botón orteguiano, uno que deja claro que el filósofo no consiguió trascender a su época en todos los planos:
... es increíble que haya mentes lo bastante ciegas para admitir que pueda la mujer influir en la historia mediante el voto electoral y el grado de doctor universitario.
Y si hago caso de una futura doctora en Filosofía, conocida mía y muy solvente en lo suyo, diría que parte de su propio gremio estigmatiza a don José por una quinta razón: carece de sistema filosófico. Lo cual, según me hacen saber, lo deja en buen periodista y estupendo comunicador, pero mal filósofo. Es más: lo coloca por debajo de Miguel de Unamuno, su gran antagonista, o Xavier Zubiri, su triunfante discípulo bajo el yugo, las flechas y el mesianismo nacionalcatólico.

Lo dicho: citar a Ortega y Gasset, en ciertos círculos, implica quedar fatal. Y resulta raro porque, a la luz de El maestro en el erial, da la sensación de que él debería ser nuestro Borges del siglo XX, esto es, nuestro intelectual de referencia. Es más: una aduana —que diría Fogwill— ante la que pagar un peaje, un factor —que diría Alan Pauls— a la hora de entender el ADN intelectual de nuestro país, un pensador ante el cual medirse.

Sin embargo, Ortega probablemente solo competiría de tú a tú con Borges en la parte de los denuestos y de las burlas. Frente a un Borges enojado por verse parodiado por Fogwill en el cuento Help a él, Ortega podría ofrecer la desopilante novela Fabulosas narraciones contadas por historias, de Antonio Orejudo, o mencionar algún párrafo del divertido Manual de literatura para caníbales, de Rafael Reig. Sin embargo, a la hora de medir la capacidad de irradiación de ambos respecto de su propia cultura, Ortega queda muy por debajo del escritor argentino.

Además, Ortega viviría como urticante una situación paradójica: Borges escribió literatura y muchos lo toman por filósofo; sin embargo, él hizo filosofía y lo tomaron por literato:
Pensar que durante más de treinta años —se dice pronto— he tenido día a día que soportar en silencio, nunca interrumpido, que muchos pseudointelectuales de mi país descalificaran mi pensamiento, porque «no escribía más que metáforas» —decían ellos—. Esto les hacía triunfalmente sentenciar y proclamar que mis escritos no eran filosofía. ¡Y claro que afortunadamente no lo eran! si filosofía es algo que ellos son capaces de segregar...

Parece mentira que ante mis escritos —cuya importancia, aparte de esta cuestión reconozco que es escasa— nadie haya hecho la generosa observación que es, además irrefutable, de que en ellos no se trata de algo que se da como filosofía y resulta ser literatura, sino por el contrario, de algo que se da como literatura y resulta que es filosofía. Pero esas gentes que de nada entienden, menos que de nada entienden de elegancia, y no conciben que una vida y una obra pueden cuidar esta virtud.

Un catedrático en excedencia...

Gregorio Morán le ofrece al lector múltiples caras de Ortega y Gasset. Una de ellas es la solvencia y admiración intelectual que mereció el filósofo a sus coetáneos europeos y americanos. De hecho, contaba con el respeto y la complicidad de Martin Heiddeger, formaba parte del círculo de Victoria Ocampo y lo recibían incluso presidentes de Gobierno. Es más: sus colegas pensaban en él cuando montaban conferencias, seminarios y cursos donde tuvieran previsto invitar a gente como Karl Jaspers, Benedetto Croce, Carl Jung, Arnold Toynbee o Bertrand Russell. Por pedirle, hasta le pidieron hablar durante el bicentenario de Goethe, algo que lo colocaba a la altura, por ejemplo, de Thomas Mann, quien también participó.

Sin embargo, juraría que la mayoría de españoles deben tener la misma idea que yo sobre eso cuando salí del instituto: ninguna. En mi caso, a modo de descargo, solo puedo argumentar que ni los maristas ni los salesianos me contaron jamás que Ortega había sido una rock'roll star de la filosofía, un tipo al que te gustara o no había que leer. Mis profesores de lengua y literatura tampoco me lo pusieron como modelo a la hora de escribir (y a ciencia cierta que lo es).

Una conclusión que se desprende de El maestro en el erial es que en España mantenemos una complicada relación con lo intelectual. Quizá nos tirá más el manco y tuerto de Millán-Astray al grito de «¡Que mueran los intelectuales!» que otros mancos, como Cervantes o Valle-Inclán, por no hablar de gentes como Unamuno, Ortega o Azaña. Y a la vista que tuvo la recepción de este libro en su momento (1998), parece que somos poco dados a contextualizar y a establecer balances razonados de luces y sombras en plan anglosajón o alemán. Nos falta amplitud de miras.

De hecho, la otra conclusión que arroja este ensayo es que Ortega ha sido casi tan vapuleado por la izquierda como por la derecha. Para los primeros siempre será un obstáculo que coqueteara con Primo de Rivera, que renegase de la Segunda República, que sus hijos combatieran en el bando nacional o que deviniera en un conservador (en el sentido liberal, no en el de reaccionario). Los segundos jamás lo aceptarán como faro porque fue afín al socialismo durante un periodo, se erigió en promotor de la República y, en particular, porque fue radicalmente laico. De hecho, su fidelidad al laicismo fue la diana sobre la que dispararon más saetas los muy nacionalcatólicos del Opus Dei y, al final, hasta los de Falange.

El problema es que la biografía del propio Ortega tampoco ayuda mucho. Si bien, como explica Morán, todo el mundo lo recuerda como un fervoroso profesor preocupado por su alumnado, de una elocuencia oratoria simpar o con una grandísima habilidad para enseñar, también existe la contracara de ese prócer cultural. El dato más relevante que aporta la investigación de Morán es que Ortega trabajó a sueldo del régimen franquista.

Desde el verano de 1936, Ortega no volvió a ejercer jamás como catedrático en la Universidad de Madrid. Nunca se reincorporó —ni quiso ni le hubieran dejado— a su cátedra. Es más: su lugar lo ocupó otro profesor más afín al franquismo. Sin embargo, según consta «en la Dirección General de la Deuda y Clases Pasivas, expediente 325-54», Ortega siguió cobrando su sueldo como «catedrático en excedencia», y lo hizo «desde el 13 de febrero de 1941, y con las sucesivas subidas de sueldo reglamentarias de 1948 y 1951». De hecho, cuando se retiró, a los 70 años, se jubiló con «el 80 por ciento del sueldo máximo de catedrático».

He ahí, en palabras de Morán, el porqué del famoso «silencio de Ortega» desde que volvió a España en agosto de 1945: el régimen franquista lo había comprado. En su tercer y último viaje a Argentina (1939), Ortega se quedó sin dinero y debió aceptar todo tipo de encargos para sobrevivir; como dirían allá, estuvo en la lona. Probablemente, esa experiencia tan dura  para alguien que había volado antes tan alto, lo condicionó después y, como tanto otros, supeditó su raciovitalismo a su cuenta bancaria. Y es que a Ortega le gustaba vivir bien, no con apreturas.


Un país de sacristía

Lo otro que impacta del libro es la descripción cultural de la época. A semejanza de la primera biografía que le dedicó a Adolfo Suárez —la de 1979; la de 2009 aún no la he leído—, Gregorio Morán dibuja tan exhaustivamente el contexto en que Ortega desarrolló los últimos diez años de su vida que resulta complicado elegir los cinco datos más escabrosos a la hora de retratar la podredumbre intelectual de entonces. De todos modos, lo intento:

  1. El censor censurado. Es sabido que Camilo José Cela trabajaba como censor franquista y que colaboraba como columnista en Arriba o en El Español, el «semanario del franquismo más bronco y excluyente»; por tanto, nadie podía dudar de su alineamiento con el Régimen. Pues bien, su novela La colmena no obtuvo el plácet para publicarse aquí hasta 1963. De hecho, se publicó en 1950 en Argentina y el ínclito Gonzalo Torrente Ballester la reseñó en 1951 en Cuadernos Hispanoamericanos..., si bien nadie podía comprarla en España. En su reseña, Torrente Ballester escribió frases de gran calado, como esta: «Casi todo lo que hacen los personajes de La colmena es pecado».

  2. El retorno de Torquemada. Vale, a uno le puede parece alucinante que el Premio Nacional de Literatura de 1947 recayera en Carrero Blanco, quien escribió El Cristo de Lepanto. Ahora bien, más increíble aún es que el Opus, la Iglesia y el Régimen trataran de prohibir la lectura de Clarín o Unamuno. Incluso Torcuato Fernández de Miranda, entonces rector de la Universidad de Oviedo —y dos décadas más tarde arquitecto de la transición junto con Suárez y Juan Carlos de Borbón—, decía cosas como esta del autor de La regenta: «La obra de Clarín ha sido y es radicalmente disolvente de valores esenciales del modo de ser español..., [de] los valores católicos, del modo católico de entender la vida».

  3. La cultura como campo de batalla... medieval. Pocas veces las revistas culturales o políticas han sido un escenario tan propicio para tratar de conquistar poder real como cuando Laín Entralgo, el intelectual falangista de referencia, fue atacado por Calvo-Serer, un joven cachorro del Opus Dei. De un lado, estaban quienes consideraban que la revolución fascista estaba aún pendiente de hacer; del otro, los que pretendían una contrarrevolución teocrática. Y, entre unos y otros, la santísima trinidad: Dios, Franco y la Historia. El nivel intelectual era tal que Calvo-Serer llegó a usar como argumento de autoridad en un artículo el aval... del nuncio del papa. Como menciona Vargas Llosa en su reseña de este libro, España era «una sacristía».

  4. El arte literario como mercadotecnia. Gregorio Morán sostiene y argumenta que las etiquetas «Generación del 98» y «Generación del 27» fueron sendos inventos mercadotécnicos de los intelectuales franquistas. El primero fue obra de Laín Entralgo, quien se apoyó en Azorín y en la necesidad de añadirle épica y esplendor a la visión mítica que se quería dar de nuestro pasado. El segundo, de Dámaso Alonso, quien, según Morán, realizó un sibilino desplazamiento temporal: el 27 es aún la dictadura de Primo de Rivera y, si bien casi ningún poeta de esa generación había publicado algo relevante en esa fecha, la argucia le evitaba tener que etiquetarlos como «Generación de la República».

  5. La filosofía tonsurada. Huelga decir que nuestra representación filosófica en charlas, debates y demás saraos internacionales eran curas e intelectuales católicos vinculados a Falange y al Opus Dei. Y, por supuesto, ninguna mujer. La marca España por entonces era la tonsura, lo apostólico. Naturalmente, en filosofía se traducía toda clase de texto escolástico y deudor de Dios; sin embargo, una obra cumbre, como el Tractatus logico-philosophicus, de Wittgestein, debió esperar hasta 1957 (lo tradujo Tierno Galván, futuro alcalde socialista de Madrid). Eso sí, quizá lo más descacharrante sea esto otro: «La Facultad de Filosofía y Letras de Madrid, la misma que no se pronunció con ocasión de la solicitud del Premio Nobel [para Ortega], sí se sumó en pleno a unos ejercicios espirituales ¡por la conversión de José Ortega y Gasset!». Como en tiempos de la Inquisición, convertirse a la fe católica te salvaba de la hoguera (famosa y sonada fue, por ejemplo, la conversión del otrora catedrático republicano García Morente, sin ir más lejos).
     
En fin, con este erial a la vista, parecía complicado que un espíritu inquieto y cultivado como el de Ortega pudiera ejercer de filósofo, docente, orientador ni nada de nada. Además, Franco leía muy poco —le gustaban las novelas de Ricardo León, tengo entendido— y prefería mantener lejos a los intelectuales; él era más de alimentar su espíritu con Dios, el Ejército y el culto a sí mismo. Lo que nos cuentan las más de 500 páginas de este ensayo es que Ortega  regresó en agosto de 1945 a un país donde se gritaba a pleno pulmón aquello de que «Franco manda y España obedece»; regresó, sin saberlo, a una España donde ya no había sitio para un pensador laico, cosmopolita e independiente, por muy conservador que fuera.

No lo había.

Y esa es la gran imagen que nos deja El maestro en el erial: Ortega regresó a un país donde ni siquiera él tenía lugar.

Éramos algo así como la Corea del Norte de hoy, vaya.

Ortega se equivocó regresando. Erró en la lectura política del momento: creyó que la derrota de Alemania y la asfixiante autarquía económico-cultural obligarían al solitario régimen totalitario franquista a claudicar, y que este daría paso a un gobierno civil conservador. Razones no le faltaban para pensarlo; la situación era límite: España no podía ingresar en la ONU, había sido muy criticada en la Conferencia de Postdam, estaba políticamente aislada y rebosaba de miseria, hambre y frío. Aquello no daba para más, era insostenible.

Sin embargo, la Historia tenía guardados algunos ases en la manga y no sucedió lo que sugería la lógica. El trigo de Perón (1947) alimentó al país y rompió el aislamiento; el Congreso Internacional Eucarístico de Barcelona (1952) o el concordato con el Vaticano (1953) rubricaron ante el mundo el espíritu de cruzados religiosos de los españoles; y el exacerbado anticomunismo franquista terminó seduciendo a Estados Unidos en plena Guerra Fría, que a cambio de unas bases militares le permitió a Franco la foto de la victoria definitiva: la visita y el abrazo de Eisenhower en 1959.

Era difícil verlo, Ortega... Eso hay que reconocértelo. Muy difícil. En cualquier caso, te seguiremos leyendo.

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PD 01. Recomiendo la reseña que escribió Vargas Llosa sobre este libro en 1998. Resulta muy instructivo leer a don Mario exonerar a Ortega por aceptar un sueldo del franquismo como eterno catedrático en excedencia y, a la vez, decir: «Los errores políticos de Ortega no fueron los de un cobarde ni los de un oportunista; a lo más, los de un ingenuo que se empeñó en encarnar una alternativa moderada, civil y reformista...». Se nota que a Vargas Llosa también le gusta vivir bien. 

PD 02. También resulta no menos instructivo el artículo que publicó Gregorio Morán para rebatir a quienes montaron en cólera tras la publicación de su libro: «Seis consideraciones sobre el maestro y el erial». Aquello debió ser lo más parecido a un debate cultural en España en mucho tiempo, uno de los pocos que ha debido haber...

PD 03. Ojalá que Morán, como dice, algún día se anime con la biografía de Antonio Machado.

PD 04. Actualización de mayo: agrego la entrevista que le hicieron a Gregorio Morán en Otra vuelta de Tuerka. Y ya que estoy, esta entrada que publiqué yo en su día sobre una charla donde habló sobre la Transición con Juan Carlos Monedero.