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15 de mayo de 2013

Los santos inocentes, Miguel Delibes

En mi edición de Los santos inocentes, hay una carta que precede a la novela. Allí, Miguel Delibes explica que la obra no tiene motivaciones políticas. Dice así la misiva de don Miguel:
La situación de sumisión e injusticia que el libro plantea, propia de los años 60, y la subsiguiente «rebelión del inocente» ha inducido a algunos a atribuir a la novela una motivación política, cosa que no es cierta. No hay política en este libro. Sucede, simplemente, que este problema de vasallaje y entrega resignada de los humildes subleva tanto —por no decir más— a una conciencia cristiana como a un militante marxista. Afortunadamente, creo, estas reminiscencias van poco a poco quedando atrás en nuestra historia.
He releído hace poco la novela y no sé qué me sorprende más: si lo de la política o lo del vasallaje. Imagino que Delibes debía de referirse a que Los santos inocentes no es un libro como La primavera de Praga (Bibliotex, 1968), donde abundan frases de este tenor: «(...) en las sociedades capitalistas, el paternalismo trata de sustituir con frecuencia a la justicia», «Los políticos no tienen derecho a dificultar las relaciones entre los hombres», etc. Quizá se refiera eso, no lo sé. A saber qué pensaba Delibes en 1984, cuando escribió esa carta. Pero, bueno, si él sostiene que la novela no contiene política, sus razones tendrá.

Por mi parte, me parece claro todo lo contrario. Y más aún en el 2013. En el fragmento que reproduzco más abajo —una suerte de monólogo del señorito Iván en presencia de un ministro con quien ha compartido cacería—, este personaje aborda asuntos tan actuales como la crisis de autoridad, que los jóvenes no aceptan jerarquías o que la sociedad se divide entre quienes están arriba y quienes están abajo. Es más: hasta me imagino a Francisco Marhuenda, director de La Razón, o a Bieito Rubido, director de ABC, en el papel de señorito Iván y a Wert o a Fernández Díaz haciendo de ministro oyente mientras comentan el 15M (por decir una fecha que me viene hoy a la cabeza):
(...) el señorito Iván intentaba ganarse al Quirce, insuflarle un poquito de entusiasmo, pero el muchacho, sí, no, puede, a lo mejor, mire, cada vez más lejano y renuente, y el señorito Iván iba cargándose como de electricidad, y así que concluyó el cacerio, en el amplio comedor de la Casa Grande, se desahogó,
      los jóvenes, digo, Ministro, no saben ni lo que quieren, que en esta bendita paz que disfrutamos les ha resultado todo demasiado fácil, una guerra les daba yo, tú me dirás, que nunca han vivido como viven hoy, que a nadie le faltan cinco duros en el bolsillo, que es lo que yo pienso, que el tener les hace orgullosos, que ¿qué diréis que me hizo el muchacho de Paco esta tarde?,
y el Ministro le miraba con el rabillo del ojo, mientras devoraba con apetito el solomillo y se pasaba cuidadosamente la servilleta blanca por los labios,
         tú dirás,
y el señorito Iván,
       muy sencillo, al acabar el cacerio, le largo un billete de cien, veinte duritos, ¿no?, y él, deje, no se moleste, que no, te tomas unas copas, hombre, y él, gracias, le he dicho que no, bueno, pues no hubo manera, ¿qué te parece?, que yo recuerdo antes, bueno, hace cuatro días, su mismo padre, Paco, digo, gracias, señorito Iván, o por muchas veces, señorito Iván, otro respeto, que se diría que hoy a los jóvenes les molesta aceptar una jerarquía, pero es lo que yo digo, Ministro, que a lo mejor estoy equivocado, pero el que más y el que menos todos tenemos que acatar una jerarquía, unos debajo y otros arriba, es ley de vida, ¿no?
y la concurrencia quedó unos minutos en suspenso, mientras el Ministro asentía y masticaba, sin poder hablar, y, una vez que tragó el bocado, se pasó delicadamente la servilleta blanca por los labios y sentenció,
          la crisis de autoridad afecta ya a todos los niveles.

PD 01. Pensar en Los santos inocentes es acordarme del leitmotiv que recorre esas hojas: milana bonita. Y a la par, acordarme de una canción, Mujer en la ducha, de Ángel Petisme, en cuyo estribillo salen esas palabras. De ahí, claro, saltaría a Paco Rabal —Azarías en la película— y enlazaría con una canción de Petisme donde sale la voz del actor: El tranvía verde. Aquí cuenta Petisme su relación con Francisco Rabal.

PD 02. Por cierto, Delibes le dedicó Los santos inocentes a Félix Rodríguez de la Fuente... Es curioso, pero hace unas semanas alguien me contó que el amigo Félix fue famoso en su tiempo, además de por su ecologismo y tal, por tener un Porsche. Incrédulo de mí, le he preguntado a Google y la respuesta está aquí.

19 de noviembre de 2010

Diario de un emigrante, Miguel Delibes

El argumento de Diario de un emigrante (1958) gira en torno a un joven pareja vallisoletana que emigra de Valladolid a Chile en los años 60. Lorenzo y Anita, veinteañeros ellos, no pasan necesidad en España; sin embargo, no les resulta estimulante el entorno patrio, tan gris y monótono él. Además, ella ha recibido una carta de su tío Egidio, que vive en Santiago de Chile y los anima a hacer las Américas. Es más: incluso se ofrece a pagarles el pasaje de barco.

Después del clásico tira y afloja, Lorenzo pide una excedencia en su trabajo de bedel en un instituto y viaja con su chica, embarazada, a América. Él y ella están convencidos de que su relato será exitoso; al fin y al cabo, la gente dice que al otro lado del Atlántico les espera una fortuna que amasar y que hasta servicio doméstico van a tener. O, dicho en castizo y parafraseando una frase popular, que en América todo el mundo ata los perros con longanizas. En fin, las cosas de que no hubiese Internet en los 60.

Al margen de ciertos paralelismos entre los emigrantes españoles de entonces y los inmigrantes que recibimos hoy, lo que más me ha interesado del libro es el machismo que rezuma la relación entre Lorenzo y Anita. Desconozco hasta qué punto Delibes quería retratar una relación así o, sencillamente, se limitaba a construir una relación de pareja con la realidad que lo rodeaba... Lo desconozco. En cualquier caso deja entrever los usos y costumbres del momento.

En el diario que escribre sobre el viaje, Lorenzo deja clara una idea: su trabajo vale más que el de Anita. ¿Por qué? Porque es hombre. Y punto. Su trabajo como recadero, ascensorista o gerente de un ineficiente salón de limpiabotas vale más que el de Anita como peinadora. Ya se sabe: los hombres trabajan para mantener a la familia y las mujeres, para entretenerse y sacar un dinerillo con que cubrir sus gastos.
De que me levanté me mostró el alijo de perfumes de allá. Lo que yo la dije, que ojo, pero ella me dio en los morros con un mazo de billetes. Quince mil del ala, que se dice pronto. ¡Hay que tocarse las narices! Esto lo hace la chavala a base de simpatías y un poquito de gusto, como yo digo, porque vamos por peinar nadie da hoy plata. Claro que también está lo de las uñas y los potingues. Con unas cosas y otras malo será que la chavalilla no se saque para sus gastos. Y después de todo, lo suyo no es más que un entretenimiento, porque, bien mirado, a esto no puede llamársele currelar.
Anita visita la casa de unas cuantas damas adineradas y las peina. Tiene talento y diversifica su negocio hacia la manicura, los perfumes y demás potingues; así que prospera y al cabo de una semanas incluso se plantea abrir un salón de belleza por su cuenta. Como suele pasar muchas veces entre los inmigrantes, las mujeres prosperan más deprisa y mejor que los varones. Y, claro, para un machito ganar menos que su pareja es una afrenta a su hombría. Es, por tanto, el momento de golpear con autoridad la mesa y reclamar el poder patriarcal.
Me levanté con mal cuerpo y, ya de mañana, tuve un agarrón con la chavala. Lo de peinar dará chiches, no lo discuto, que yo mismo junté anteayer treinta billetes juntos, pero está la guagua y ya se sabe que antes es Dios que todos los santos. Así se lo planté y ella empezó con toda la calma que no fuera vaina y que si prefiero que se establezca está determinada a ello. Ya la dije que ni a tarros, y ella que a qué ton, que le faltan manos para atender a la parroquia y que mejor la pintaría así. Con todo el temple la solté que bien estaba lo suyo como pasatiempo, pero que dice muy poco en mi favor el tener a mi señora currelando, y que poner un establecimiento era tal y como dar dos cuartos al pregonero y que yo tengo mi orgullo y que por ahí no pasaba. La chavala se atufó y me salió con que lo que me escocía es que ella medrase y yo para atrás como el cangrejo, y eso me cabreó y le dije que ojo, que por ahí iba mal, pero ella porfió que el tío había dicho que era más capaz que yo y que eso era lo que me enojaba, y ya me sacó los chorros del canasto y la voceé, de segundas, que ojo y que como volviera a comparar la pegaba una mano de guantadas que se iba a acordar de la fecha.
Resulta interesante ver cómo Lorenzo actúa como un personaje en crisis con su masculinidad. Cómo el cuestionamiento o la pérdida de privilegios del incipiente patriarcado que quiere fijar, lo saca varias veces de sus casillas a lo largo de la novela. Nunca le pega a Anita; pero, como cuando los padres se angustian porque sus hijos tumban la autoridad que ellos creían haber heredado de los abuelos, Lorenzo pierde su sitio, sus referencias, parte de su identidad. Y pierde tanto su sitio en el Nuevo Mundo que al final convence a Anita para regresar a Valladolid.

Eso sí, le falta un último escollo: asumir la decepción, pues El Dorado no ha sido tal. Si algo resulta duro para un emigrante, no es perder las raíces o vivir alejado de la familia; lo peor es regresar a casa y que tu relato sea el de un fracaso. Es más: ¿cómo eludir las mentiras que habías contado para justificar que tú tenías razón al moverte, y no quienes prefirieron quedarse en el pueblo?
Te pones a ver y el hombre no es más que un animal de costumbres, que ni se diferencia de la perdiz, ni nada. Y si yo les tuviera bien puestos pegaría media vuelta, ¡march!, y si te he visto no me acuerdo. Pero, lo que pasa. Uno cogió la pichicharra de América y les ha ido a los amiguetes con el cuento, que si hay perdices como escombro, y que si uno vive como un duque, y vete ahora a decirles que no hay de qué y que te vuelves porque la murria no te deja parar y porque no tienes donde caerte muerto. La fetén es que la Anita y yo, yo y la Anita, nos hemos llevado un desengaño de órdago.
Lo de enriquecerse espiritualmente está muy bien; pero volver con una mano delante y otra detrás parece poca razón para haber cuestionado el lugar que se te había asignado en el engranaje productivo. Con todo, Lorenzo ya ha aprendido que en todas partes cuecen habas y que en ninguna parte pagan por dormir. Ni en América ni en España.

Eso sí, lo que no queda claro es si Lorenzo ha aprendido a respetar a su chica. Parece quedar en manos de lector esta otra moraleja. También la de que quien prospera fuera de su país, como Anita en Chile, suele ser porque vale y se lo trabaja, pese a convivir a veces con alguien que infravalora su trabajo y quiere desahogarse dándole una mano de guantadas cada tanto. Más de una mujer inmigrante conoce bien esa situación en España, ¿no?

Grande Delibes, que nos permite hablar del presente con libros del 58.

11 de junio de 2008

Miguel Delibes

Anoche empecé Robinson Crusoe y dejé en stand by, en la página 65, a La hija del caníbal. Mis padres tienen por casa algunos libros de aquella colección que publicó El Mundo hace unos años, Las joyas del milenio (¡!), y de ahí que haya encadenado en estos días Almudena Grandes, Rosa Montero y Daniel Defoe. También andan por ahí Rayuela, El astillero o Madame Bovary, libros que, dicho sea de paso, de otro modo no hubieran llegado a un hogar donde Miguel Delibes Fernando Vizcaíno Casas, Arturo Pérez Reverte, Julia Navarro, Ken Follett o Ildelfonso Falcones pelean por lucir su lomo en las estanterías. Eclecticismo, desde luego, no falta acá.

Como tenía una deuda histórica —terminología tan de moda en España— con Delibes, hace unas semanas leí Cinco horas con Mario. Reconozco que lo mío con el narrador vallisoletano era prejuicio, de ahí que siempre pospusiese su lectura. Su costumbrismo y el de Cela venían a contarme, según opinaba yo en mi adolescencia, algo demasiado parecido a lo veía en mi vida cotidiana. Al fin y al cabo, uno ha nacido en Guadalajara, se ha criado en una familia católica, ha vivido en la Extremadura de la década del 80 y se educó entre los maristas y los salesianos. Digo: bastante radiaciones de realismo ibérico recibía yo; de ahí el nulo interés por ambos.

Y es que a mí con el costumbrismo español me pasaba —y me pasa— como con las novelas sobre la Guerra Civil: temáticamente no me enganchan. (Y Rosa Montero me ha puesto ahora a Durruti en su novela...). Seré un analfaburribestia, pero en general me cansan, me cuesta interesarme por ellas. (Por cierto, Enterrar a los muertos, de Ignacio Martínez de Pisón, me gustó). Sin embargo, con los años de escritura cada vez me interesa menos el qué y más el cómo se narra. También sucede que después de casi cinco años fuera del país, miro con otros ojos lo que antes no soportaba. Así que hace unos meses decidí levantarles el veto a Cela y a Delibes.

De Cela leí La familia de Pascual Duarte, que devoré en un par de sentadas, y también Mrs Caldwell habla con su hijo, que abandoné por puro aburrimiento tras las cincuenta, sesenta páginas de cortesía (narrando en 2ª persona, Cela dista mucho de ser Cortázar o Rulfo). Con Delibes arranqué por Las guerras de nuestros antepasados —soporífero y que no terminé— y ahora le hinqué al diente a Cinco horas con Mario, una auténtica delicia. Eso sí, le sobran la primera y la tercera parte.

La novela, diga lo que diga Rafael Conte en el prólogo, debería constar sólo de esas doscientas páginas brutales que encierran el monólogo de Carmen Sotillo, y donde esta pone sobre la mesa la ideología de la sociedad española más reaccionaria. La tercera parte afea el libro con su didactismo, y la primera resulta bastante menor en relación a la segunda, con unos detalles experimentales para intentar armar un atmósfera confusa que no funcionan. Toda —pero toda— la brillantez de la novela reside en el monólogo de Menchu.

Y ese texto es brillante porque Delibes con su prosa consigue aquello que pedía Monterroso: hacer que se lea fácil lo difícil. Mira que hay oraciones largas y que los capítulos del monólogo están concebidos como un párrafo único que dura unas cinco o seis hojas; pues, nada, el lector nunca necesita retroceder porque hubo algo que no entendió. Sólo avanza. Sólo se desliza por un tobogán que lo lleva en volandas sobre el imparable discurso interior de Menchu mientras vela a su difunto marido, Marío Díez. Es arte, es gran literatura lo que sucede ahí.

Es más: ese monólogo es materia de estudio. Porque si bien la voz de la protagonista resulta artificial —nadie habla así—; sin embargo, está construida con el lenguaje oral que usa la España a la que ella representa: la que ganó la Guerra Civil. La elección de los giros, el modo en qué hace las inflexiones, la insistencia en determinadas ideas... Hay un trabajo magistral de interiorización del discurso y de puesta en escena de este a través de un personaje que vela cinco horas a un cadáver. También algunos recursos teatrales, como la reiteración, la repetición o el leit motiv que ayudan a coser los capítulos entre sí y a fijar ciertos rasgos o ideas. En definitiva, lo que logra Delibes es que el lector escuche —porque escucha— a Menchu, que la vea delante de sí y que su voz le haga recordar a mucha gente que se le parece. De hecho, cuando el lector cierra el libro, sabe quién es esa voz que le habló durante doscientas páginas, puede verla por la calle, pasa a ser de la familia, como don Quijote, Sherlock Holmes o tantos otros personajes.

Aquí un mínimo ejemplo, página 87:

Y Bene dice que la del dinero es ella, que yo no me explico la suerte de Vicente, ¡qué bodaza!, que no es que él esté mal, entiéndeme, pero una chica del atractivo de Valen y encima con dinero, es una lotería. Bene, la directora, dice que su trabajo le costó a Vicente, y no me extraña, que cuando se conocieron en Madrid, Valen salía con un italiano, que también a los italianos hay que echarles de comer aparte, madre qué éxitos, que yo no lo comprendo, la verdad, más o menos como nosotros, latinos al fin y al cabo, y, si me apuras un poco, menos varoniles. ¿Te acuerdas cuando llegaron aquí durante la guerra? ¡Qué emoción, cielo santo, no lo quiero ni pensar! Todas las chicas despepitadas, a ver, la novedad, y te daban el pego, que mira luego en Guadalajara, que Valen dice que Mussolini eligió a los más altos y así, los de mejor facha, para propaganda, no sé. Desde luego, el batallón o lo que fuera, que llegó aquí armó la revolución, qué tipazos, que todo el mundo era a tirarles flores cuando desfilaban, vaya acogida, no se quejarán, que después cuando lo de Guadalajara, cambió la decoración, menudo pitorreo, todo para que ahora salga ese bebé de Aróstegui, que no ha visto la guerra ni en pintura, con todo lo joven rebelde que sea, que eso de Guadalajara demuestra que los italianos son civilizados porque no son guerreros por más que Mussolini les disfrazara de soldados.

Tremenda y avasalladora Carmen Sotillo. Y cuando uno dice esto de un personaje, sólo puede rendirse a los pies del autor: ha logrado el sueño del creador: darle vida al Frankenstein, insuflarle vida al Golem. En buena hora decidí levantarle el veto a don Miguel. Como le cantaban Los Suaves a Lola: «Las vueltas que da la vida, el destino se burla de ti». Pues yo tan contento, oiga, que no es fácil encontrar literatura de este nivel.

*

Cinco horas con Mario, Miguel Delibes.
Editorial Círculo de Lectores, 1983.
(La novela se publicó por primera vez en 1968).