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3 de octubre de 2010

El precio de las cosas

Saber el precio del café parece ser el test perfecto para medir cuán pegado o despegado vive un presidente de Gobierno a la realidad de su país. De hecho, hoy sigue siendo la típica pregunta que hacen los periodistas para descolocar a su interlocutor y a su cohorte de asesores. Nadie sabe por qué siempre es el café, y no una lata de atún, un paquete de arroz, el Listerine acción total o una novedad literaria. Pero la esencia del asunto es que un presidente debe saberlo para demostrar que es un ciudadano más.

Todo esto viene a que el viernes salí a dar un paseo y entré en varias librerías para ver qué novedades había (un método más barato y divertido que leer suplementos culturales). Como me sucede a menudo, terminé descorazonado y sin comprar nada. Había varios libros que me interesaban; pero cuyo precio oscilaba entre los 17 y los 24 €, un importe que no incita al gesto compulsivo de echar mano de la tarjeta, incluso cuando eres fan fatal del autor en cuestión. Así que miré y anoté algunas ideas para la próxima vez que vaya a la biblioteca.

Mientras volvía para casa, pensé en si era un tacaño y en si era normal que el 80% de mis lecturas procediesen de librerías de viejo, colecciones de bolsillo, préstamos de amigos, la biblioteca y demás SPB mercadonil literario. (Más algún obsequio editorial, vaya). En mi escala de valores, un libro que compras de segunda mano suele equivaler a tomarte un par de cañas, un libro de bolsillo es como ir un día al cine (a veces con palomitas) y así. Siguiendo este razonamiento, antes de gastar 18 € en un pálpito caprichoso, y puesto que me he equivocado varias veces, intento visualizar qué espero a cambio. Esta táctica me ahorra gastos innecesarios y me ayuda a dominar mi libido consumista.

Antes solía pensarlo en términos de salir a cenar, ir al teatro, una buena botella de vino o alguna prenda de ropa. Desde ayer tengo un referente distinto. Fui al mercado de Santa María de la Cabeza a comprar fruta y pescado a eso de las dos, que siempre te descuentan o te regalan algo. A lo que iba: gasté 19,30 € (13,20 de pescadería y 6,10 en frutería) por la siguiente mercancía:
  • 1 pescadilla de pincho de 1,2 kg,
  • 1/2 kg de boquerones (limpios),
  • 1/4 kg de mejillones,
  • 1 gallo enorme (hecho filetes y con la espina aparte para que haga caldo),
  • 1 kg de nectarinas (de Aragón, muy dulces),
  • 1 kg de melocotones (también dulcemente aragoneses),
  • 1 kg de tomates para ensalada y
  • 1 brócoli.
Una de las cosas que más me gustó de Tatuaje, de Vázquez Montalbán, es que Pepe Carvalho se pasa el día yendo a la compra y cocinando. Y además lo disfruta tanto o más que echar un polvo. Nunca lo ves obsesionado por comprarse las cartas de Montaigne o por citar Kafka, sino por si el rape y las almejas son frescos y por el vino con que acompañarlos. Cuestión de prioridades. De vuelta a casa, Paseo de las Delicias abajo, me puse a pensar en eso y en lo que cuestan las novedades literarias.

Tengo sobre la mesa Cuadernos de Kabul, de Ramón Lobo, y un libro de Copi que ha sacado hace poco Anagrama en su nueva colección, Una vuelta de tuerca. Los compré hace 1 mes. Con lo que pagué por cualquiera, podría traerme la semana que viene otras 2 bolsas de comida. Quiero decir: es duro poner en la balanza un libro, por bueno que sea, frente al arsenal de pescado y fruta fresca que te puedes comprar. Muy duro, por mucho alimento espiritual que contengan.

Imagino que los editores, a diferencia de los presidentes, saben cuánto cuesta un café. Incluso qué la pescadilla o el gallo son más baratos que el rape o el besugo, dos delicias más apetecibles que una parte importante de la literatura que nos venden. De ahí que cada vez que entro en una librería comprendo cuán despegada está mi precaria economía de mercenario de las letras de esta realidad capitalista que vivimos. A la tercera vez, uno justifica que los poetas infrarrealistas de Bolaño robasen libros en el DF y, a la quinta por qué, como sugiere Fernando Díaz en Panfleto para seguir viviendo, los pendejos prefieren dedicarse al narcotráfico que acabar el instituto o estudiar una carrera. Es más, lo acabo de decidir: de mayor quiero atracar un furgón blindado y ser como el Dioni.

PD. La foto procede de Madripedia.