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11 de mayo de 2016

Íntima, Roberto Appratto

Íntima (Amuleto, Montevideo 2008), de Roberto Appratto, es una novela corta, intensa y llena de músculo intelectual. Es decir: una obra en sintonía con las otras tres novelas que ha publicado hasta ahora este autor uruguayo, Se hizo de noche (Amuleto, 2007), donde da su punto de vista sobre cómo se enfrentó la izquierda a la última dictadura; 18 y Yaguarón (Amuleto, 2008), donde, con la mirada fija en una esquina del centro de Montevideo, reflexiona sobre la estructura del pensamiento y su manera de narrar; y Como si fuera poco (Irrrupciones, Montevideo 2014), donde escribe sobre el momento más complicado de su vida, unos meses en que su madre se muere, él se divorcia y los hijos se le van a vivir a Israel.

Las cuatro narraciones son autobiográficas y trabajan con la escritura del yo. Las cuatro dan la sensación de ser pequeños artefactos narrativos diseñados a conciencia para ser formalmente muy compactos y condensar así la máxima potencia intelectual. Cualquiera de estas pequeñas novelas, de hecho, da para escribir reseñas dos o tres veces más largas incluso que las mías. La obra de Roberto Appratto, digo, es la demostración fehaciente de que para escribir buena literatura no se necesita alumbrar mamotretos, sino tener algo que decir y afilar al máximo cada línea que se escribe. A este profesor de literatura, crítico, poeta y narrador le alcanza con poco más de 70 páginas para ponerte a pensar 7 años.


Libertad, énfasis y silbidos tangueros

En Íntima, Appratto aborda la compleja relación que se dio entre su padre y él. Para explorarla se vale, entre otros puntos de partida, de la experiencia que le supuso su muerte tras una enfermedad. Mientras lo acompaña en el hospital, se da cuenta de que no encuentra la manera de aminorar la distancia que existe entre ambos, de resolver el bloqueo afectivo que los atenaza desde hace tiempo. Es más: constata que, por triste que le parezca, esa distancia se ha convertido en algo «sólido», en algo que ocupa «un lugar», en un hueco ancho y profundo que resulta ya insalvable.

Un segundo punto de partida es el hiato entre la figura del médico y la del padre, entre la esfera pública y la privada. Desde fuera, los clientes ricos del doctor Appratto, por ejemplo, lo ven como una eminencia médica, como una persona carismática o como alguien tan comprometido con su trabajo que siempre pueden «contar con él en cualquier circunstancia». Su hijo, en cambio, debe lidiar con un padre de personalidad tirana y dado al exabrupto y la vehemencia característicos del inmigrante napolitano; pero, sobre todo, con alguien que considera que lo familiar y lo profesional deben ser compartimentos aislados, estancos, que no deben tocarse. Toda esta situación, claro está, hace que el plano afectivo se resienta.

Por su puesto, como hijo, Appratto sabe apreciar también las cualidades de su padre: su talante seductor y entusiasta, su buen gusto musical o su capacidad para silbar tangos de manera precisa y afinada. Es más: con el tiempo, incluso será capaz de valorar de qué modo ese tipo de sensibilidad tan singular ha permeado en él y ha modelado su manera de narrar. Sin embargo, Appratto lo que se propone no es idealizar a su padre, sino analizar por qué este ocupa el «centro afectivo e intelectual» de su vida y sacar conclusiones de ello. Eso implica ahondar en aquello que no es tan fácil de contar.

Así, nos muestra que su padre era alguien sin gran interés por la cultura y, en particular, por el cine o por lo literario (las dos pasiones de Appratto). También alguien que lanzaba «fervorosos ataques al comunismo», que acudía a reuniones en el bar Expreso todos los fines de semana «con jerarcas y figurones de la dictadura» o que se sentía decepcionado con su hijo porque este quisiera ser profesor de literatura en vez de abogado. De algún modo, parte del conflicto de Appratto se resume en esta frase: «Mi padre era de derechas, y yo no».

Con todo, el enfrentamiento no se agota en lo político, sino que ese es un escenario más del choque virulento entre dos sensibilidades muy diferentes. De un lado, el padre y su «peculiar inteligencia crítica y lúdica», «vivida pasionalmente» y que «para bien o para mal» se derramaba de manera abrumadora sobre casi cada aspecto de la vida. Del otro lado, un hijo «hosco y desviado de su destino», considerado frío por muchas personas y que buscaba en el lenguaje el instrumento crítico ideal para diseccionar con espíritu científico todo aquello que le pasaba, incluida la relación con su padre (y, por extensión, consigo mismo).

De esa pelea, nos da a entender Appratto, nacieron al menos varios aspectos de su mirada literaria: la exactitud en el fraseo, el tono antisolemne, el gusto por las estructuras no lineales o, en particular, la búsqueda de construir «un punto de vista muy fuerte», capaz de levantar «en peso toda una tradición» y de silbar lo que se le ocurra cuando se le ocurra. Una manera de escribir donde todo —o casi— es «cuestión de libertad y énfasis» y que, de algún modo, está relacionada con el concepto estético que regía la vida de su padre.

La autobiográfico como material narrativo

Appratto no busca novelar su historia personal, es decir, detenerse en los pormenores dramáticos al uso y entregarse a alguno de los vicios bien remunerados de la literatura autobiográfica: confesionalismo, mistificación poética, complacencia idealizadora, ironía facilona, etc. Al contrario, utiliza lo autobiográfico como un elemento más de la realidad que le permite tomar conciencia de lo vivido. Por eso, además de componer una pieza artística, su objetivo último es apoyarse en la escritura para conocer mejor los mecanismos narrativos propios, esto es, aquellos que utiliza cuando explica quién era su padre para él o quién es él, Roberto Appratto, para sí mismo.

Por decirlo en otros términos: la literatura —lo que leemos, lo que escribimos— sirve para afinar la manera en que construimos nuestro relato vital. La vida como una novela, sí. Y la literatura como un espejo semántico en el que observarnos para tomar conciencia de quiénes somos, de dónde venimos y adónde vamos, pero también cómo nos contamos (y por qué nos contamos como nos contamos). De hecho, yo diría que la literatura de Appratto explora justamente eso: los vasos comunicantes entre los mecanismos narrativos literarios y los mecanismos narrativos vitales.

De ahí que su narración no se agote en lo meramente autobiográfico, sino que sea capaz de desencadenar algo que va más allá, que intenta encontrar algún tipo de verdad. Por ejemplo, en Íntima capta de manera nítida y lúcida un instante singular que puede ser compartido por cualquier lector: ese en que nos sorprendemos sintiendo  —o al menos eso creemos— como nuestro padre; ese momento en que encontramos un espacio de afinidad tan sólido y cristalino como esos otros espacios donde antagonizamos y que tantos bloqueos afectivos nos generan.
Escribir sobre él, si uno se serena, si contempla la circunstancia con una relativa claridad, es un trabajo lento, difícil, ramificado, sin salidas a la vista, pero que, de a poco, va reconstituyendo el clima general de mi vida y mi perspectiva, y de la vida y de la perspectiva de mi padre, como si las dos cosas fueran lo mismo o casi lo mismo. Esos momentos en los cuales siento realmente como él, o como me parece que él sentiría, confirman eso. Por ejemplo, en los tangos que aparecen en mi cabeza y que canto o silbo o tarareo en cualquier parte (tangos buenos, por supuesto: de Piazzolla o de Salgán o de Troilo o de Federico o de Demare o de De Caro o de Cobián, o poco más), que son emergencias de un discurso suyo, más allá de lo verbal, de reconocimiento: como si dijera, simultáneamente, yo era así y somos lo mismo.
En el caso de Appratto, este es el momento en que es posible unir al médico eximio con el profesor vocacional, al hombre que silba tangos clásicos con el joven que escribe poemas crípticos, al padre cómodo con la dictadura con el hijo que escora su pensamiento hacia la izquierda. Es el momento en que ambos, por fin, pueden reconocerse como «lo mismo».

Un Thomas Bernhard montevideano

Otro elemento que saca a Íntima de lo estrictamente autobiográfico es su enfrentamiento con la cultura uruguaya. O mejor dicho: con el modo de ser culto que predomina en el país. Appratto escribe desde el disgusto intelectual y arremete de manera feroz contra lo que considera establecido, hegemónico, bien visto: «Sigue molestándome esa manera sensiblera, casi hervida, de ser culto en Uruguay», dice. Una manera de pensar y de intervenir en la cultura patria que personifica en Carlos Maggi, a quien señala como paradigma del «ingenio culto que da por sentada su propia celebración, sin comprometerse demasiado con nada».

La intensidad de su enfado es tal que el paralelismo con Thomas Bernhard —quien no dejaba títere con cabeza en Austria— surge de inmediato. De hecho, incluso formalmente, la novela remite al iracundo y formalista Bernhard: la narración de Íntima se levanta sobre un solo párrafo de 78 páginas, la sostiene una estructura dramática no lineal y se alimenta de una prosa exacta, limpia —sin manierismos ni florituras— y capaz de condensar una gran cantidad de información en un espacio minúsculo. Como el autor austríaco en algunas de sus obras, Appratto avanza sin haber fijado previamente más que 4 o 5 nodos narrativos, pero confiado de que su dominio del lenguaje y de la técnica le permitirán encauzar su pensamiento arborescente y feraz, y convertir esos puntos, en principio algo dispersos, en una constelación de sentido.

La de Appratto es una literatura discursiva, muy atenta a lo formal y que trabaja de manera profunda con el lenguaje. Como en una buena improvisación de jazz, este autor uruguayo fía todo a la intuición del oído y a la exactitud del fraseo para construir un camino melódico donde alternen libremente los fragmentos narrativos con otros de carácter reflexivo y otros más digresivos. Todo, sin restricción de género o de tema, por lateral o periférico que pueda parecer en un inicio, cabe en la canción si la canción así lo pide. El objetivo último no es narrar por narrar, sino que lo narrado desemboque en una epifanía que justifique la senda recorrida.

De hecho, si algo contagia Íntima es libertad; esa admirable sensación de que, cuando se domina la técnica, se tiene algo que decir y se dispone de la valentía necesaria para decirlo, uno puede escribir sin preocuparse demasiado sobre el asunto. Aunque se trate de hablar sobre algo tan personal y conflictivo como la relación con un padre, lo principal es dejar que aflore el pensamiento, desmadejarlo sin urgencia gracias a la escritura, traducirlo en un fraseo sostenido, sereno, y acumular unas capas sensitivas encima de otras hasta conseguir que esa superposición de estratos se constituya en una estructura orgánica. Por eso, Íntima, además de como un retrato intelectual, afectivo y estético de dos personas, puede leerse como el intento genuino de un hijo por comprender a su padre. Un intento que implica narrar y ser narrado con tal de entenderse mejor a uno mismo, es decir, con plena autoconciencia, con pleno sentido autocrítico.

                                                                                       *

P.D.: A principios de año, reseñé otro libro de este mismo autor: Como si fuera poco (Grupo Editor Irrupciones, 2014). Y, por si alguien se quedó con ganas de más, enlazo también esta entrevista que publicaron en La Diaria, donde dice cosas como «el arte es enseñar a pensar, a ver qué ganás si aprendés a pensar como [Mark] Strand o como [David] Foster Wallace; qué mundo se te abre, qué otras posibilidades le ves a tu propio lenguaje, al lenguaje que utilizás todo el día».

31 de enero de 2016

Como si fuera poco, Roberto Appratto

 01 | La creatividad como elemento de supervivencia. Desde que empecé a leer Como si fuera poco (Irrupciones Grupo Editor, Montevideo 2014), de Roberto Appratto, no pude quitarme de la cabeza una frase que leí hace mucho tiempo en una biografía sobre Cesare Pavese: «La fantasía que tan bien me servía para hacer poesías no me sirve de nada en la vida». La reflexión estaba en una carta de amor que el escritor italiano había escrito quince años antes de suicidarse. Por alguna razón, siempre he recordado esa frase cambiando fantasía por creatividad, y desde entonces le he agradecido a su biógrafa, la chilena María Luz Uribe, que instalara en mi cabeza la idea de que la función más alta de la creatividad —la fantasía— es superar los obstáculos narrativos y puntos de giro de la vida. La literatura está después. De algún modo, digo, esta novela uruguaya explora esa idea: la creatividad como herramienta de supervivencia.

02 | El argumento.  Una noche, un hombre casado, con tres hijos y algo más de 50 años mira a su alrededor y se da cuenta de que su matrimonio está definitivamente agotado; después de haberlo hablado muchas veces con su esposa, se dice, ha llegado el momento de separarse. El resultado de tal decisión es que su esposa se marcha a Israel con los tres hijos y él se queda solo en Montevideo. Además, en esos meses también muere su madre. Para sobreponerse a tanto dolor junto, decide alienarse en el trabajo —es profesor de literatura y visitador médico—, refugiarse en el disfrute del arte y, dado que también es poeta, explorar a través de la escritura su «manera de vivir lo afectivo, dicho así, en general, de manera casi científica». Convertida su vida anterior en un montón de ruinas, la escritura se transforma para él «en una instancia de fabricación» de sí mismo, «a medias entre lo sublime y lo ridículo». Escribir lo ayuda, por así decirlo, a «dominar la situación».

03 | La cultura, ¿nos salva de algo? Quizá sea una manera algo forzada de volver sobre la cita de Pavese... Pero yo diría que una de las preguntas que plantea Como si fuera poco es si la llamada alta cultura ayuda en algo cuando los heraldos negros vienen a darnos esos golpes-tan-duros-que-te-da-la-vida-y-yo-no-sé. En otras palabras: escuchar a Bill Evans, leer a Hanif Kureishi o Georg Trakl, enseñar en clase a Henry James, dar conferencias sobre Borges, traducir a Shakespeare o disfrutar del cine de David Lynch, ¿sirve de algo en mitad de un desgarramiento vital, en un momento donde se duda de todo? ¿En qué medida lo intelectual ayuda a una persona a fabricarse herramientas con que superar semejante trance? O por utilizar un ejemplo concreto del libro: ¿cómo mezclan el Silence, de Keith Jarret, y el primer párrafo de Nadie nunca nada, de Juan José Saer, con una crisis sobre el amor, la paternidad, la orfandad y demás agenda de asuntos importantes en la vida?

04 | El yo como sujeto de la narración. Si bien el texto contiene material autobiográfico, el autor se toma muy en serio distanciarse de los libros al uso. De hecho, se lo advierte al lector: «Por suerte esto no es una biografía, sino la escritura de la vida, una parte de la vida, de unos años en que la vida se hizo más evidente». Y se acerca a ese momento desde un punto de vista intelectual, con un tono desapasionado y con plena autoconciencia. Más que un hombre abrumado por las circunstancias, Appratto parece un entomólogo que, tras la implosión de casi todo cuanto alguna vez fue, analiza con fruición los productos mentales que flotan ante sí y sus correspondientes «adherencias emocionales». De ahí que despliegue un complejo y rico plano reflexivo que va más allá de él y de sus circunstancias. Un plano literario cuyo programa artístico podría este: «... pasar de la literatura a la vida, del proyecto de escritura a una reflexión sobre lo creativo de la propia historia de vida sin perder nada por el camino».

05 | Razones para escribir. Escribir es pensar, sostiene el autor. Es más: la literatura es un «gesto que se precipita sobre un punto para movilizar el pensamiento». Y aún más: al escribir ponemos en liza lo que sabemos, pero también lo que no sabemos. He ahí tres razones de peso que empujan al narrador a escribir con regularidad, en cualquier rincón, sin concederle victoria alguna a la pereza; escribir lo ayuda a poner el foco sobre su desgarro y elaborar, a partir de su conocimiento literario, pensamiento sobre él. Al fin y al cabo, Appratto afirma que la escritura es una oportunidad para «hacer presente el orden del mundo» y que le permite consignar, de manera casi científica, «qué era la vida, qué es, qué forma tiene o qué forma se le puede dar». Con todo, quizá la gran razón para escribir sea una cuarta: la escritura es una herramienta que permite integrar todas las experiencias y autoconstruirse, salir adelante, leer lo pasado con otros ojos y transformarlo en el presente. Es decir: la escritura ayuda, a diferencia de Pavese, a «no irse».

06 | Imágenes discursivas. Como si fuera poco es una novela de tono reflexivo que contiene en sí misma una idea de la literatura. De hecho, el propio autor explica su preferencia «por pensar en abstracto, a especular sobre cualidades y esencias más que sobre entidades reales». O dicho de otro modo: prefiere lo discursivo a la narración por imágenes. Tanto es así que incluso redefine el concepto de imagen como el «campo de acción del pensamiento, de dimensiones variables, de contenido fluido, y que vive en una relación de extrema tensión con las palabras». Cada capítulo o sección está formado muchas veces por un solo párrafo, un párrafo que puede llegar a ocupar incluso algo más de una página y que, a su vez, suele ir ganando espesor a través de oraciones —como esta— que serpentean a través de las subordinadas y aclaraciones; pues bien, cada uno de esos párrafos viene a ser una imagen discursiva. También, si hacemos caso de lo que dice el libro, el fraseo es un guiño a Henry James.

07 | Hacia una lenguaje limpio (y un pensamiento transparente). Debo reconocer que la novela me ha llenado la cabeza de ideas... Y eso me gusta: a falta de pelo, buenas son ideas, ¿no? Bromas aparte, uno de los efectos secundarios que me ha dejado Como si fuera poco es la sensación de que algunos seres humanos necesitamos escribir —leer— para cuestionar las palabras, para no repetirlas sin sentido, para impedir que se ablanden y que un buen día no podamos construir un pensamiento lo bastante creativo como para sacarnos de los cenagales en que nos metemos. Escribimos —leemos—, entre otras razones, para evitar el deterioro de nuestro lenguaje, esa herramienta con que nombramos el mundo y autoevaluamos nuestra presencia en él. Por eso, me atrevo a decir, Appratto es un autor de prosa transparente, sin manierismos ni concesiones a lo melifluo; en autores como él, depurar la prosa es también depurar el pensamiento... Y depurar el pensamiento, cambiar la percepción sobre las cosas.

08 | Una estructura narrativa con hueco y bifurcaciones.
Según nos explica el narrador, lo que sentimos o pensamos «... no se puede definir de un solo golpe, tal vez porque no haya lenguaje para eso». De ahí que dedique poco espacio a los momentos más dramáticos y que, además, evite reproducir la literalidad de lo sucedido. Al contrario, Appratto agujerea esa parte de la narración —nos hurta el meollo del cuento— y, a su alrededor, construye una estructura permanentemente elusiva. O dicho de otro modo: nunca sabemos gran cosa sobre el divorcio y el consiguiente viaje de los hijos a Israel; en cambio, nos enteramos de un montón de cosas relativas a las circunstancias que motivaron, despertaron o acompañaron a aquellos hechos. La verdad del relato, como explica el propio narrador, está en esas bifurcaciones narrativas, en lo digresivo, en la polvareda que levanta el edificio al caerse (no en la ruina en sí). Nunca hay en el libro la clásica Gran Explicación Sobre Lo Sucedido, sino eso otro que el autor da en llamar los «significados intermedios». Por algo, afirma que la historia no es la historia, sino los puntos de vista que la historia produce. También que «El cuento oculta lo que cuenta y lo convierte en un ruido que atraviesa las circunstancias».

09 | Más razones para escribir.
Algo que me entusiasma de este libro es que está lleno de razones de por qué y para qué escribir. A saber: escribir porque hacerlo es «una forma privilegiada del presente»; escribir para marcar el contorno de la experiencia con una voz profunda y convertirla en conocimiento;  escribir porque «Todo era, en realidad, demasiado claro, pero las cosas no son lo que son, sino el modo en que se las coloca»; escribir para hacer dialogar entre sí todas «las maneras de quedarse pensando»: las cosas, las imágenes, las palabras, los relatos, las músicas, las reducciones conceptuales, las maneras de vivir una situación...; escribir porque en algún momento la historia se abrirá «a un lugar donde no pensaba ir» y me llevará a un sitio que no estaba en mis planes; escribir para descubrir parcelas que desconocemos y encontrar algo inteligente que decir en una conversación con amigos. Escribir porque uno considera «la vida como un acto de lenguaje».

10 | El lenguaje es la vía. Lo que me queda tras leer esta novela es su intensidad intelectual; lo fecundo del movimiento reflexivo que propone sobre temas como la paternidad, el amor o la escritura; la belleza sobria de su prosa. Es un libro digno de alguien que considera que «escribir es un acto de alta precisión del pensamiento, un gesto que dirige la atención sobre un punto, y no sobre otro». De alguien que, como asegura en esta entrevista, acepta el mandato de Mallarmé de darle un sentido más puro a las palabras de la tribu y que considera que lo único que puede seguir resistiendo a todo es «el trabajo serio con el lenguaje». Un libro de un autor que ha elegido por tradición literaria, entre otros, a W. G. Sebald, David Foster Wallace o Mark Strand. Y uno de esos autores que, una vez te lees el primer libro, te quieres leer todos los demás.

*

P.D.: aquí se puede escuchar a Roberto Appratto presentando un libro sobre Marosa di Giorgio. Y aquí se puede ver el cortometraje Limbo, basado en la obra Se hizo de noche, donde Appratto reflexiona sobre lo que supuso la dictadura para la gente de su generación.

Actualización (16/05/16): he publicado en el blog la reseña de Íntima (Amuleto, Montevideo 2008) otra novela de Roberto Appratto.