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19 de junio de 2016

Antiprosa, Nicanor Parra

Rescato más abajo tres subrayados del siempre ingenioso y divertido Nicanor Parra, procedentes todos del libro Antiprosa (Universidad Diego Portales, 2015). Sospecho que es un libro raro en su producción, pues, además de estar escrito en prosa, contiene material de lo más variopinto: un cuento que publicó (1935), la tesis sobre René Descartes que presentó en la Universidad de Chile para ser profesor de Matemáticas y Física (1937), una carta desde Oxford a su amigo poeta Tomás Lago (1949), un discurso de bienvenida a Pablo Neruda (1962) o una charla en Temuco (1982) donde habla sobre la antipoesía. En fin, materiales que, a buen seguro, sabrán valorar quienes estén interesados en la obra de Parra.

Para una reseña detallada y al uso, recomiendo leer esta de Roberto Careaga, publicada en El Mercurio.

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01 | Parra, un ecologista de primera ola

Yo quisiera dedicar, como les decía hace algunos momentos, los minutos que nos quedan a conversar sobre este tema, el tema de la supervivencia del hombre sobre la Tierra.

Ustedes dirán lo siguiente: «Pero ¿por qué vamos a hablar sobre esto cuando nosotros hemos venido a escuchar aquí a un poeta?». Por una razón muy sencilla: ¿de qué puede hablar un poeta, o de qué debe hablar un poeta si no es de los problemas de la tribu? Y ¿cuál es el primer problema de la tribu en este momento? El problema de la supervivencia. De manera que nosotros necesariamente tenemos que aterrizar.

[...] Yo soy un convencido de que todos nuestros actos, en estos momentos, de aquí al año 2000, deben estar determinados por el pensamiento ecológico. No podemos dar un paso sin pensar en qué significa ecológicamente ese paso.

[Fragmento extraido de «Charla en Temuco. Liceo Gabriela Mistral, Temuco, 1982», transcrita en Para leer a Nicanor Parra, de Iván Carrasco.] 


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02 | Una poesía menos centrada en el yo y más en el nosotros

La poesía egocéntrica de nuestros antepasados en que ellos tratan de demostrar al lector cuán estimable o repudiable es el ser humano, cuán inteligentes y sensibles son ellos, cuán dignos de consideración son los objetos de este mundo, debe ceder paso a una poesía más objetiva de simple descripción de la naturaleza del hombre. Hasta cuándo seguimos echándonos tierra a los ojos. El bohemio pálido y emocionado debe quemar su sombrero de una vez por todas; el individuo no tiene importancia en la poesía moderna sino como un objeto de análisis psicológico. [...]

Me parece que el arte no puede ser otra cosa que la reproducción objetiva de una realidad psicológica y ese fin no se consigue tratando de mostrar solo aquello que se considera revestido de cierta dignidad. Un poema debe ser una especie de corte practicado en la totalidad del ser humano en el cual se vean todos los hilos y todos los nervios, las fibras musculares y los huesos, las arterias y las venas, los pensamientos, las imágenes, las asociaciones, etc., etc. No se trata de preparar un pastel más o menos fácil de tragar; estoy en contra de los tristes y de los angustiados, de la misma manera como estoy en contra de los bufones, estilo Huidobro. También me rebelo en contra de los profetas y en contra de los pensadores proféticos estilo T. S. Elliot. Estoy convencido de que el poeta no debe interpretar; él debe ser un ojo que mira a través de un microscopio en cuyo extremo pulula una fauna microbiana; un ojo capaz de explicar lo que se ve; eso es aproximadamente el asunto, dicho a toda carrera.


[Extraído de «Carta a Tomás Lago», Oxford, 1949.]

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03 | La batalla final: energúmenos contra robots

En el fondo volvemos a nuestra nomenclatura inicial. Energúmenos fuimos siempre. Claro que antes éramos Energúmenos en Potencia. Ahora somos Energúmenos en Acción. El Energúmento —Sr. Presidente— es un sujeto contradictorio, rebosante de vida, en conflicto permanente con los demás y consigo mismo. De un Energúmeno chileno puede esperarse prácticamente todo. Se abanica hasta con la propia idea de revolución. Nuestros enemigos no son los marxistas ni los capitalistas, sino los "pelotudos" (sic) de siempre (no se ponga colorado), los tontos solemnes, los conformistas incondicionales tanto de derecha como de izquierda. En una palabra, los robots. El enfrentamiento definitivo —como se anuncia en el último texto de Obra gruesa— no será entre Orejas Largas y Orejas Cortas, sino que [será] entre Energúmenos y Robots. No estamos con la cubanización de Chile —Sr. Presidente—, sino con la chilenización de Cuba. O sea, somos amigos de Cuba, de Rusia, de China, de todos los países socialistas. Oremus.

[Extraído de «Carta abierta a su excelencia el presidente de la SECh (Sociedad de Escritores Chilenos)», publicada en El Mercurio en 1970.]

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04 | Algunos enlaces para saber más sobre Nicanor Parra

21 de diciembre de 2014

Rompiendo algo (IV), Belén Gopegui

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Leer no es lo mismo que devorar libros. Yo he devorado muchos libros. Tenía que hacerlo. Cualquier adolescente que no entienda por qué no siempre la vida sale bien, por qué no todos partimos en igualdad de condiciones, por qué siente celos, rabia, soledad, tiene que devorar libros. También puede ir a fiestas o hacer deporte. No tengo la menor intención de defender el placer de la lectura. Si el adolescente elige devorar libros, si yo lo elegí, si di el salto de los libros de cuentos infantiles a determinadas novelas para adultos que, sin embargo, suelen inaugurar la adolescencia (El extranjero, Nada, El idiota), no lo hice por placer.

La lectura, en ese momento, es poder. Las novelas eran poder porque me daban conocimiento. Pronto empecé a saber más que otros. Quizá no más latín ni más química inorgánica: empecé a saber más sobre las pasiones, sobre el orgullo, la envidia, la venganza, la seducción, la lealtad. Empecé a conocer la mecánica de los pensamientos, a darme cuenta de cómo se juzga a una persona y cómo se justifica una acción. Y empecé a adueñarme del valor de las palabras. Decir no era lo mismo que callar. Si en el colegio conocías el valor de las palabras, podías aprobar un examen de historia sin haber estudiado demasiada historia.

Pero además la lectura era un reino, un imperio, nadie iba a sublevarse, yo era su emperador y ni siquiera tenía la obligación de conformarme, por ser chica, con ser emperatriz. El emperador no está sometido a la crítica de sus súbditos ni tampoco a sus exigencias. Un partido de balonmano puede salir mal; si vas a un concierto es el grupo musical quien te elige a ti, y decide qué día actúa, a qué hora, y son otros quienes deciden con quién puedes o no puedes ir; una película exige que aceptes su velocidad, su prisa; una fiesta también puede salir mal. En cambio, una tarde de lectura la decides tú. Eres el emperador, tus deseos son órdenes y ahora ordenas a los personajes que se aparezcan ante ti. Y ahora les expulsas. Aunque a veces se resistan.

Esta posibilidad de expulsión distingue la lectura de los discos. También he devorado muchos discos. Pero es difícil expulsar una canción. No quieres hacerlo. Quieres escucharla diecisiete veces, y ya tu furia o tu alegría obedecen a la música de esa canción. Los discos, además, no dan poder sino consignas. Durante un abandono amoroso, después de una pelea con tus padres, durante la fiebre y el deseo oyes un disco y te cargas de consignas, de banderas. Las consignas a veces son necesarias, te unen a los que son como tú, pero al hacerlo limitan tu mirada. Los libros la abren. Puedes mirar hacia el exterior con el orgullo indigente de Mersault y, algunas semanas después, averiguar cómo es posible ser firme en la incertidumbre a través de Andrea, y contemplar al mismo tiempo manifestaciones de la bondad con la experiencia de quien ha conocido la vida del príncipe León Nicolaievich Muichkine, el idiota.

Sí, yo he devorado libros, libros que eran poder. Pero un día se hace tarde y el poder ya no te sirve. Has conseguido la identidad, las armas necesarias para estar frente a los otros. Dispones, asimismo, de una residencia fuera del mundo. Como los zares, mandaste construir un palacio para tu invierno y te retiras allí cuando quieres: cierras la puerta de tu cuarto, convocas a los personajes, pones cuanto la vida tiene de incomprensible en manos de la imaginación. Ves el mal, y es una ballena perseverante e informe; ves los imprecisos movimientos del alma. Ves el adulterio, el aire enrarecido de un jardín, una generación sojuzgada, un acto de entusiasmo, una batalla, todo lo tienes en ti. Y no te sirve. Has crecido contra los otros —quién no crece contra los otros—, pero hasta cuándo, piensas, vas a seguir así. Igual que una botella lanzada al mar que hubiera devorado su mensaje, tú has ido devorando los libros que calmaron tu soledad, tu miedo. Ellos te han hecho fuerte, sutil, aguzado tu ingenio. ¿Y bien?

No sabría decir exactamente cuándo ocurre. Si intento pensar durante qué libro quizá deba elegir Job, de Joseph Roth, o la segunda lectura de Ana Karenina. Durante esas dos novelas —podrían haber sido otras—, descubres que ya no lees para aislarte del mundo, sino para estar con él. Leías buceando y un día adviertes que en todas las buenas novelas el fondo del mar, la roca cubierta de algas, los terrores, los últimos monstruos, los pensamientos están puestos en los personajes y los personajes son públicos: necesitan la acción para existir, la procedencia y el nombre. Los libros que hemos leído están también puestos en nosotros, en nuestras acciones, en nuestro proceder, en ese nombre real que hay detrás de nuestro nombre.

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Este artículo, «El otro lado de este mundo», fue publicado en El País el 27 de mayo de 1995. Y me tomado el trabajo de transcribirlo para poder subrayar aquí una frase; esa que habla del día en que descubrimos que ya no leemos para aislarnos del mundo, sino para estar con él... Y que, por tanto, comenzamos a pedirles a los libros y a quienes los escriben algo diferente. ¿Por ejemplo? Ideas para construir un mundo posible mejor que este.

Edición de Ignacio Echevarría.
Ed. Universidad Diego Portales (Santiago de Chile, 2014).


PD 01. Más sobre la autora en el blog: Deseo de ser punk, Un pistoletazo en medio de un concierto.

PD 02. Más sobre la autora, en Rebelion.org.


► «Rompiendo algo (I)», «Rompiendo algo (II)» y «Rompiendo algo (III)».