5 de febrero de 2010

Deseo de ser punk, Belén Gopegui





Hace días que vengo pensando sobre Deseo de ser punk, de Belén Gopegui. Desde que lo acabé tengo algunas ideas que me rondan y que quiero ordenar. La primera es que, cuando cerré Deseo de ser punk, no dije «¡Wow!» ni nada que se le parezca; sin embargo, han pasado dos semanas de aquello y me he dado cuenta de que me ha gustado. Es más: me ha gustado mucho y aún no he devuelto el libro a la biblioteca porque quería escribir esta entrada.

Este retraso en el orgasmo se debe a un falencia mía. O eso creo yo, que no siempre soy un lector tan versátil como quisiera. Gopegui opera en una zona del campo literario donde a veces me cuesta entrar. Escribe con una suerte de distanciamiento brechtiano que yo —tan proclive a practicar, como diría Brecht, el mecanismo de identificación con el personaje— suelo sentir como gélido. Me pasó también con El lado frío de la almohada o Tocarnos la cara, pero no tanto con La conquista del aire.


Un sitio donde ir y no tener que pagar

Eso sí, al margen de mis sensaciones térmico-literarias, hay algo que me suele acompañar tras la lectura de las novelas de Gopegui. Por ejemplo, en esta es la imagen de dos chicas de 16 años que, cuando salen de casa, buscan sitios donde no les cobren por estar. Supongo que ni los hijos de los ricos ni la gente con pasta reflexionan sobre asuntos de este tenor; sin embargo, quienes vamos justitos mes tras mes, aunque no seamos adolescentes, dedicamos bastante tiempo a pensar en aquello de que «coño, si es que te cobran hasta por respirar». Las compañías aéreas, las telefónicas, los bancos, el Ayuntamiento de Madrid... En fin, abundan los ejemplos alrededor.

En mi opinión, la novela trabaja sobre ese eje: qué difícil es ser un adolescente sin dinero en una sociedad donde la ley que impera es «tanto tienes, tanto vales». Lejos de los clichés de niñas descerebradas que anhelan tener —es decir: fundirse la tarjeta de crédito de sus padres en Zara, Bershka o Mango para ser alguien, Martina usa la cabeza para algo más que para comparar precios y gritar como una histérica frente a un famoso guapo. Como algún otro conocido adolescente literario, a ella lo que le preocupa es que este mundo se va al carajo.

Eso sí, sin ñoños heroísmos a lo Walt Disney y sin recurrir al típico espíritu niñato-destructivo rollo Kurt Cobain. Ella plantea las cosas con esa implacable lógica juvenil que los adultos pierden en cuanto ingresan en el mundo laboral: si esta sociedad es cada vez menos humanitaria, trabajemos para lograr una que lo sea, ¿no? Para ello, por ejemplo, demanda «locales para los adolescentes». A lo que agrega:
No bares ni cines. Sitios donde no haya que pagar. Locales nuestros, como se supone que tienen los pijos que viven en casas con garajes de sobra. O como los que se okupan, pero sin que nadie te eche después de un año. Locales donde podamos juntarnos cuando nos parece que todo es peor que lo peor y que lo único que esperan de nosotros los adultos es que llegue un día que empecemos a vender y comprar todo. Como si no importara que alguien se rompa, porque se supone que habrá más. Cuando alguien se rompe, hay que arreglarlo, ¿vale? Hay que dejar todo y ponerse a arreglarlo. Pero, para eso, necesitamos sitios.
Ella tiene algo que decir; otra cosa es que se estrelle contra una de las dictaduras más totalitarias que hay: la de los adultos con los niños y adolescentes. (Por si alguien piensa que esto es demagogia, me remito a Francesco Tonucci y su proyecto La ciudad de los niños). Esta novela discute ese poder omnímodo.

De ahí que quizá la mejor imagen sea cuando Martina y su amiga Vera se van al Corte Inglés y buscan acomodo en cualquier sofá de la planta de muebles. Charlan sentadas como dos señoras, sin necesidad de gastar dinero, hasta que las echan. Para los vendedores, adolescente equivale a un no-cliente; por tanto, no interesan: molestan.

La escena es cotidiana y, como tantas otras situaciones, sucede sin que pensemos mucho en qué hay detrás de ella. (Y, ojo, ya digo: no hace falta tener 16 años para compartirla). Por eso me gusta, por lo que conceptualiza y por la pregunta que sirve en bandeja: ¿qué planes tiene el capitalismo para nuestros adolescentes?


Dime qué escuchas y te diré quién eres

Otro asunto que ronda la novela es el debate entre lo duro y lo blando, entendido este como una elección entre lo genuino y lo adulterado, entre lo que merece la pena y lo que es prescindible. Para ello Gopegui se sirve de las letras de la música que escucha Martina. En la segunda página de la novela, la protagonista dispara contra La Oreja de Van Gogh; analiza una canción y conluye que es de una estupidez babosa. Música para no pensar, tan sólo para que te haga compañía mientras eliges qué yogures compras o para aislarte del ruido de las retroexcavadoras de Gallardón. Y, sin embargo, es la música más vendida, el discurso musical dominante, la tenemos hasta en la sopa.

Martina, en cambio, tiene inquietudes, busca respuestas y necesita dialogar con lo que escucha. Así que sus gustos se cobijan allí donde hay alguien que tiene algo que contar. Enrique Urquijo, Reincidentes, Leño, Neil Young, Johnny Cash, AC/DC, David Bowie, The White Stripes... Y, por encima de todos, Iggy Pop. Ella, como guardiana entre el centeno actual, se reconoce en la gente con principios y actitud, y abomina de la pose de los Artic Monkeys o de los melindres de Belle & Sebastian. Tampoco tiene paciencia con los Beatles cuando cantan cursiladas como «I wanna hold your hand». Martina no tiene alma de gafapasta ni cuenta corriente de niña pija, más bien corazón de Robe Iniesta.

Como se pude entrever en la selección musical, ni la autora ni la protagonista caen en los tópicos de la «literatura para mujeres». Y es que este discurso de lo duro y lo blando, me parece, algo tiene que ver. No lo dice Gopegui, lo digo yo, su lector, que intuyo que para Martina no es lo mismo Marta Sánchez que Liliana Felipe, por mucho Baute y agua oxigenada que ponga la primera en sus poemas; que Lady Gaga, Shakira o Beyonce, a la hora de la verdad, son más caperucitas que lobas, en comparación con Patti Smith, PJ Harvey o Christina Rosenvinge. Frente a los modelos blandos, Martina opta por un modelo duro: Iggy Pop, el padre del punk.

Y es que la protagonista está en la vereda opuesta, como dice ella, de los «pijos con iPod». Una cosa es el punk para pijos de Greenday o Foofighters, y otra ser Iggy Pop. Una cosa es el deseo de ser punk y otra, muy otra, ser punk. Representar, posar, hacerse el no es lo mismo que ser. Para lo segundo, hay que tener «un código», esto es, algo que ni se compra ni se vende y que, si no lo construyes día a día, nunca lo tendrás.

Ser amado y ser tocado

Y un tercer asunto sobre el que me hizo pensar la novela fue el papel de los adultos. Martina lleva minifalda y un cinturón estilo punk, está peleada con sus padres, sale de casa sin dar explicaciones, vuelve a dormir cuando le sale de los ovarios, es decir, es una adolescente que atraviesa su etapa más rebelde. Si bien parece que prefiere a los adultos, cuanto más lejos mejor, en realidad busca nuevas referencias afectivas. Alguien a quien admirar y en quien proyectarse como el adulto en ciernes que es.

Pero, claro, sus padres son ahora dos progres reconvertidos a clase media anodina. Ya no quieren cambiar el mundo; como tantos otros, son víctimas del «miedo a que alguien apriete el botón cualquier mañana de eliminar puestos de trabajo». Su educación se limita a exigirle que saque buenas notas en el instituto, controlar sus salidas y decir el tópico «sabes que puedes confiar en nosotros y contarnos lo que quieras». Es decir: bla, bla, bla.

Martina siente que se rompe, como casi cualquier adolescente cuando descubre lo excluyente que es el mundo adulto al que tarde o temprano debe ingresar. Y también siente que, muerto el padre de su amiga Vera, se ha quedado sin una referencia por la que guiarse. El padre de Vera era un trabajador social y, a pesar de sus problemas con el alcohol, tenía un código. Ayudaba a la gente. Tenía tiempo para ella y para Vera. A su manera, intentaba que el mundo mejorara. Era un nostálgico de aquellos Crosby, Still & Nash que canturreaban «teach your children what / you believe in / make a world that / we can live in».

Como diría Iggy Pop, sabía cómo quería ser amado y tocado (asunto recurrente, diría yo, en algún otro libro de Gopegui). Era un adulto que hubiera entendido por qué ella quería formar un «comando unipersonal», entrar en una emisora de radio y amenazar con cortarse las venas si el locutor no ponía Gimme Danger a volumen brutal y en una versión de siete intensos minutos. También hubiera comprendido la diferencia entre la pedigüeña «I wanna hold your hand» y la erótica de «You're going to feel my hand». Es más: hubiera sido un cómplice de su «atentado sonoro» para despertar a todos aquellos que duermen y dejan pasar su oportunidad.

Esta es otra de las imágenes que me ha impactado en Deseo de ser punk: la orfandad en que cae cualquier adolescente que no quiera adscribirse a las modas y al discurso hegemónico. Carece de referencias. Nada prácticamente solo contracorriente. Está rodeado de adultos frustrados cuya única preocupación es la economía. Quizá tras ese manido, y esto corre de mi cuenta, «los adolescentes carecen de valores» habría que apostillar que «muchos adolescentes no comparten que todo gire alrededor del dinero y del trabajo». Al ritmo que vamos, como da a entender Belén Gopegui, ni siquiera los escucharemos cuando, hartos de la presión, crujan, se rompan y nos pidan ayuda.

*

Deseo de ser punk, Belén Gopegui.
Editorial Anagrama, Barcelona 2009.



3 comentarios:

  1. Sr. Arribas, qué gusto...
    Deseo de ser punk es uno de los libros que más me ha gustado últimamente. Yo sí soy gopeguiana hasta la médula, y éste lo he leído mientras escuchaba cada una de las canciones que iban saliendo.
    Bonita experiencia literario-musical.

    Un beso enorme, qué bien que siga Vd. tan activo como siempre...

    Sonia.

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  2. ¿Sonia Pina? ¿Es la Sonia Pina fan de Carmen Martín Gaite, también hasta la médula, y capaz de cantar a Kurt Weil o George Brassens? Vaya, qué bueno saber de usted, jovencita. Bendita sea Internet entre todas las redes y benditos sean los frutos de su vientre ballenero.

    Anoto en mi cuaderno: «Sonia Pina: gopeguiana y martíngaitista». (Y, bueno, «friki»: sólo usted podía leer con tanta conciencia musical).

    Un beso grande, uno bien punk, y hasta la siguiente revelación horoscópica.

    PD: Bueno, recuerdo lo de Irish Murdoch, pero aún sigo sin hincarle el diente.

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  3. Si es que al final toca encontrarse, ¿no? benditas sean estas galaxias, estoy de acuerdo.

    Y sí, sigo cantando todo lo que se deja cantar (aunque a veces tenga que recurrir a los conocimientos de alemán de algún sufrido amigo...)

    Algun día quiza tropiece usted con Irish en el momento y lugar adecuados...
    Búsqueme entonces, y hablaremos de Julius. Me interesa su opinion.

    Beso bien grande, igual tiene que darnos para unos añitos más...

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