22 de octubre de 2010

El ABC me pone (mucho)

Debe de ser la edad, pero últimamente me pasa como a un amigo, Javi: me ponen los periódicos y voceros de la derecha española más rancia. Él se despierta, para desgracia de su novia, escuchando a Federico Jiménez Losantos. Además de echarse unas risas, asegura que así llega con las neuronas listas para batallar en el trabajo con los adeptos de FJL, Libertad Digital, La Gaceta, Intereconomía y opinólogos similares. Es algo así como una táctica zen: recibes un golpe absurdo y este despierta en ti la sabiduría.

A mí me pasa con el ABC y La Razón, que cada tanto por azares de la vida aparecen en la cocina de casa. No es cuestión de magia, sino que alguien los trae y los deja ahí para que los lea. Reconozco que es un placentero momentazo hojearlos.

A modo de ejemplo, transcribo mi lectura del ABC de ayer, 21 de octubre de 2010, por si alguien pudiera sacar alguna conclusión (de mí, del ABC, de lo que sea):
  • Pág. 5. La reina, con mantilla negra, sostiene una bandera española. Titular: «La Reina, abanderada en Cataluña».
  • Pág.10. Enrique Ponce, premio taurino ABC. Foto enorme del diestro frente a un toro. Abajo, foto de la reunión entre gente del PP y varios toreros.
  • Pág.14. Columna de Hermann Tertsch, ese presentador de Telemadrid que llegaba en mal estado a los telediarios o que decía sufrir (indemostrables) ataques de moros, gente del cine o ultraizquierdistas a la salida del Toni 2.
  • Pág. 25. Destacado:
Solo siete mujeres | El presidente se traiciona a sí mismo y en su nuevo Gobierno habrá más hombres (nueve) que mujeres (siete).
Tiene mérito que ABC use el verbo traicionarse, cuando sus hojas huelen a testosterona. Es más: según la pág. 4, la única mujer con responsabilidad directiva es la gerenta de Recursos Humanos, Raquel Herrera. El director general, los 6 subdirectores y demás gente que corta el bacalao compartirían baño conmigo en el aeropuerto de Barajas. Asimismo, el recuento del n.º de columnistas y de redactores que firman los artículos evidencia que el ABC es muy macho, casi tanto como Enrique Ponce delante de un toro. La proporción, a ojo, debe de ser de 10 a 1 (bastante peor que el 9/7 de Zapatero).
  • Pág. 30. Llegados a este punto, una conclusión: sólo existen 2 partidos en España; uno al que hay que darle caña, el PSOE, y otro que es la alternativa deseada, el PP. Los demás ni existen ni se les espera.
  • Pág. 33. Huelga francesa. Hay un despiece titulado «Los socialistas, desaparecidos». Copio unos párrafos del autor, J.P. Quiñonero, que no tienen desperdicio:
Ségolène Royal, candidata derrotada por Sarkozy en las presidenciales de 2007, ha provocado una gran polvareda nacional invitando a los estudiantes a echarse a la calle para protestar contra la reforma, sin que ella misma haya explicado jamás qué haría para solventar la crisis del sistema nacional de pensiones.
¿A qué las 2 últimas líneas recuerdan a cierto partido de la oposición en España? Eh, pues espera (por cierto, nótese la contradicción entre «Los socialistas, desaparecidos» y que Ségolène Royal haya «provocado una gran polvareda nacional». Un fallido freudiano lo tiene cualquiera, claro que sí):
El modelo político francés y sus propias divisiones permiten al PS criticar a Sarkozy sin que nadie sepa qué podría proponer un presidente socialista mañana.
Traduzco: critican en la candidata socialista francesa lo mismo que alaban y jalean a Mariano Rajoy. Sin embargo, como diría Super Ratón, no se vayan que aún hay más:
Sègoléne tira a toda hora contra Sarkozy con cualquier pretexto y desde los ángulos más distintos.
Uhhhhh... Señorías: no haré más comentarios, salvo que ABC fue fundado en 1903.
  • Pág. 40. Doble de publicidad: si te compras no se cuántos días el periódico, ABC te ofrece 5 sartenes por 29,90 €. (Te ahorras casi 100 eurazos).
  • Pág. 52, 53 y 54. Boletín de cómo anda el PP de Madrid. Ahí vemos que Albert Boadella, como su colega Sánchez Dragó, ha terminado alineado con Ana Botella, Jaime Mayor Oreja o Manuel Pizarro. (Quién te ha visto y quién te ve, Boadella).
  • Pág. 65. Anuncio de Mujer Hoy, el suplemento femenino de ABC, que hoy viernes publica una «radiografía» de «la sexualidad de las españolas». El texto para animarnos a comprar el periódico y llevarnos gratis la revista dice así:
El informe realizado con la participación de casi 2.500 mujeres de entre las lectores de «Mujer Hoy» concluye que más de la mitad de las españolas fingen orgasmos y que desearían tener una pareja más joven que ellas. “Medianamente” satisfechas de su vida sexual, las encuestadas resaltan que les gusta que el sexo y el amor vayan de la mano.
Esto en manos del Gran Wyoming sería dinamita pura. Por si ha pasado inadvertido: la muestra se ha tomado sobre 2.500 lectoras de la revista de ABC... Y de ahí se concluye que, como una buena parte de las lectoras conservadoras fingen orgasmos, «más de la mitad de las españolas» también chillan con pasión de cartón-piedra. Impresionante. En fin, que la derecha tiene problemas en la cama, vaya por Dios.

Por cierto, ¿qué opina de la Conferencia Episcopal de la insatisfacción sexual de sus feligrisas? Quiero decir: Rouco y Camino, ¿qué opinan de que Mujer Hoy publique párrafos como este otro?
Casi 2.500 de vosotras habéis compartido con Mujer hoy vuestras opiniones y experiencias más íntimas. Gracias a ello hemos podido realizar una radiografía muy íntima del deseo de las españolas y hemos descubierto cosas que nunca confesarías en público: fingimos orgasmos; el tamaño sí que nos importa; nos gustaría tener una pareja más joven que nosotras, e incluso, aceptaríamos hacer un trío. Todo eso, unido a hechos como que nos gusta que el sexo y el amor vayan de la mano; buscamos en nuestra pareja a un verdadero cómplice y amigo; estamos medianamente satisfechas con nuestra vida sexual, aunque reconocemos que todo se puede mejorar; somos conscientes de los diferentes roles entre hombres y mujeres que existen en este terreno y de cómo está cambiando la mentalidad de las jóvenes. Así vivimos las españolas nuestra sexualidad. Descúbrelo en nuestra encuesta exclusiva.
Con fantasías sexuales como estas entre su feligresía (ya me dirá alguien cómo se concilia ir a misa, hacerse un trío y vivir enamorada), no sé yo si les conviene dar tanta caña contra el aborto o los homosexuales.
  • Contraportada. Elena Poniatowska: «Me llaman la princesa roja por la malevolencia de la derecha», entrevistada por Blanca Torquemada (vale, no haré chistes fáciles). Venga, el puntito zurdo para hacer como que el periódico es plural.
PD 01. Envío desde aquí mi comprensión a las lectoras de Mujer Hoy. Si quieren probar los placeres del multiorgasmo y encontrar de una vez por todas a Dios en la cama, las invito a dejar de leer o escuchar a Herman Tertsch, Curri Valenzuela (1 y 2), Luis María Ansón, Ana Samboal o Juan Manuel de Prada (ver foto). Mi experiencia dice que son malos para la libido.

PD 02. La foto la he sacado de Religión Digital (ver enlace en Juan Manuel de Prada).

21 de octubre de 2010

El club de las mujeres ambiciosas, Jesús Rodríguez

Hace poco leí en Inundaciones y en Fantasía roja, ambos de Iván de la Nuez, que hay una tienda en Alemania dedicada a vender objetos que llevan la foto del Che. Lo contaba para mostrar el poder de penetración de la famosa instantánea que captó Korda y que el editor Giangiacomo Feltrinelli convirtió una imagen de dominio mundial (y eso que no existía Internet).

Desconozco si pasar de guerrillero a icono pop es bueno o malo. Si esta omnipresencia infográfica, incluso en forma de merchandising capitalista, supone una derrota en toda regla o si, por el contrario, constata que el Che ha vencido por el medio más insospechado y esa foto de Korda ha entrado como un caballo de Troya en las casas y en el discurso de la gente más insospechada.

Como ejemplo patrio de esto último tenemos a Pablo Casado, de las juventudes del PP, que mezcló en un mitin a Miguel Ángel Blanco con el guerrillero argentino. Así, sin anestesia, como si su Palencia natal o Euskadi mantuvieran algún tipo de similitud con Cuba y el resto de países latinoamericanos en 1959. Y entre los ejemplos fuera de España, hace poco he descubierto uno curioso: el de Carla Bruni y Nicolas Sarkozy.

He leído El club de las mujeres ambiciosas, donde Jesús Rodríguez compila 13 perfiles de mujeres, cada cual con un superpoder diferente. Las elegidas van desde Shakira a Inés Sastre, pasando por Elena Ochoa, Elena Benarroch o Ana Patricia Botín. Uno de esos perfiles está dedicado a «Madame Sarkozy», según se refiere a ella el periodista de El País.

El texto empieza con la aproximación de Rodríguez al hogar de su entrevistada. Mientras llega a encontrarse con Bruni, el cronista nos habla de la gente de seguridad, de la niñera peruana o de la casa en forma de «hotelito» en el majestuoso y elegante distrito XVI. Así hasta llegar, ¡atención!, a «una enorme caja para cigarros puros decorada con la imagen del Che en esmalte rojo y negro y una vistosa leyenda autógrafa: “Hasta la victoria siempre”. Regalo del Comandante».

¿Una caja de puros con la foto del Che en el palacete donde conviven Sarkozy y Bruni? ¿Un regalo de Fidel Castro?

Entonces, quien esto escribe, humilde lector que sobrevivió a los gin tonics de juventud, piensa en las huelgas generales en contra de las pensiones que están convocando los franceses, en las deportaciones de gitanos, en las restrictivas leyes contra la inmigración, en el caso L'Óreal, en el nepotismo que practica Sarkozy con su hijo Jean, en sus críticas en plan Berlusconi a la izquierda... Digo, piensas y te preguntas: ¿qué hace esa caja ahí?

Por alguna razón inefable, el periodista considera inoportuno seguir ese hilo. Pasa a otra cosa. Se limita a comentar que Carla Bruni es una «ex top model planetaria, ex amante de Jagger, Trump y Clapton», «cantante y compositora», «mujer anuncio» y «primera dama de Francia». Ni rastro de la cajita ni tampoco de cómo encaja la chica peruana con la política de inmigración de Sarkozy. El silencio es tan grande como un un millón de grillos despiertos a media noche.

Es más: yo me quedé enganchado ahí (lo siento, Jesús).

Imaginemos que Rajoy llega a la Moncloa, que al poco tiempo se divorcia y se casa por la vía exprés, no sé, ¿con Marta Sánchez? Llegas a entrevistarla a ella como cantante y ves una caja de puros con la imagen del Che. ¿Quién? El Che, ese al que algunos de los correligionarios del marido llaman «asesino» y tal... Además, es un regalo de Fidel Castro, ese caballero con el que los pares ideológicos del presidente prefieren romper relaciones antes que buscar puntos de encuentro. ¿De verdad que no chirría algo, como cuando te enseñan una foto de un niño afgano corriendo por las ruinas Kabul con una camiseta de Messi?

En fin, evito insistir en un hipotético ejemplo con Ana Botella, José María Aznar y, no sé, ¿Elsa Pataky?

A cambio de la discusión política, el texto nos cuenta que Madame Sarkozy considera su casa como un «refugio» —tiene bemoles la palabra—, bebe «agua Perrier» y que a sus 39 años conserva un cuerpazo considerable (totalmente de acuerdo). También que guarda obras de Proust, Joyce o Verlaine, que tuvo un hijo con el filósofo Raphaël Enthoven, que Houllebecq le ha escrito una canción o que conserva un Stainway que pertenecía a su padre, «un rico industrial turinés y compositor de óperas». La cuota trágica la pone su hermano, quien murió de sida a los 45.

Sigo leyendo.

Tras declararse «Totalmente laica. Como la República», Bruni nos ofrece el más difícil todavía. Por primera vez, habla de su marido por el nombre de pila y opina sobre él:

(...) Nicolás es una persona normal. No miente para ser presidente. Tiene una forma más moderna de enfocar su vida y su carrera. No ha tenido que elegir entre tener una vida y su carrera; tiene las dos cosas, por eso es tan moderno.

—¿Moderno?
—Sí, totalmente libre. Es libre. Creo que es la palabra que mejor le define. Si no, no se habría casado con alguien como yo.

—Pero es un político conservador...
—Mi marido no es conservador. No se corresponde con la idea que yo tenía de un conservador. El resto de su partido lo es, pero nosotros no.

Esta vez, el periodista sí repreguntó, menos mal... Porque, como dirían Pulp, this is hardcore!

Es increíble cómo las palabras pierden valor. O, mejor dicho, cómo la gente intenta apropiarse del valor prestigioso que poseen algunas de ellas. Para Dolores de Cospedal, el PP es el «partido de los trabajadores», Zapatero vende como políticas «de centro-izquierda» los reajustes dictados por el Mercado y Carla Bruni sostiene, a la vera de una caja de puros con la imagen del Che, que su marido, no es conservador. Cualquier día el rey Juan Carlos dirá que le fue fiel a Sofía y esta que le encantaría leer un pregón en Chueca. Ay, qué martirio esto de leer: como en las películas porno, al final nadie se casa y nada parece lo que es.

PD. Añadido de última hora. Una amiga, Elena, me ha pasado un vídeo de Kevin Johansen, el de la canción Mc Guevara's o Che Donald's.

20 de octubre de 2010

Combates, Ednodio Quintero

El domingo, de vuelta de Bilbao hacia Madrid, comencé a leer en el autobús Combates (Candaya, 2009), del escritor venezolano Ednodio Quintero. La dominical Plaza Nueva de Bilbao, siempre tan generosa a la hora de ofrecerme libros baratos que otros descartan (3 € pagué por este), tuvo a bien ponerlo en mis manos. Mientras mi compañero de al lado oscilaba entre devorar cada renglón de la Rock de Lux y sumirse en profundas siestas, yo fui avanzando en los relatos. Casi 5 horas de viaje dan para leer bastante.

Allá por la página 69 di un respingo: había comenzado un relato llamado «Caza» donde el protagonista le quiere azuzar los perros a una gitana. «Coño, qué actual», me dije. Además, en el segundo párrafo, lejos de amainar, el asunto aumentaba en intensidad:

Cuando todas las jaulas estuvieron abiertas y los perros ladraban y se empujaban inquietos delante del portón, les señalé la presa, una mancha colorida, como una sucia bandera, que se agitaba en la colina. La jauría salió en estampida, y yo, satisfecho, enrumbé mis pasos hacia la caballeriza. El alazán, que permanecía siempre ensillado, golpeaba el piso de piedra con los cascos de las patas delanteras. Pronto partí al galope por el camino de la colina. No quería perderme los detalles de la carnicería. Alcancé la cima y desde aquella posición tuve una visión espléndida del valle. Los perros corrían a saltos rítmicos, como gimnastas en una exhibición, y la gitana, con el cabello al viento, y de tanto en tanto volteándose para atisbar a sus perseguidores, se empeñaba en mantener una ventaja cada vez más precaria. En pocos minutos le darán alcance y la despedazarán, pensé, y clavé las espuelas en los ijares de mi cabalgadura.

Y ahí, mientras mi compañera de detrás contaba a gritos por teléfono que se «aburría como un hongo» porque no había película y la que estaba al otro lado del pasillo dormía abrazada a un libro de Alain Finkielkraut, me asaltó la idea: la voz de ese cuento podía ser la de Sarkozy, ese señor que está tan obsesionado con expulsar a los gitanos de su terruño. Tanto que incluso dice compartir punto de vista con Angela Merkel (clic aquí), no vaya a quedarse solo en su iluminación.

Sarkozy (y algún otro) me diría: «Si tanto te gustan los gitanos, chaval, te envío de vecinos a los míos». Vale, se veía venir. Lo que digo es que me maravilla el estilo tan avanzado que exhibimos los europeos cuando se trata de resolver determinados asuntos sociales. No sé para qué tanta cultura, historia o dietas a cuenta de los contribuyentes en parlamentos; para tomar medidas así de populistas «no hace ser un ciencia», que diría el castizo. A saber: ¿para qué necesitamos políticos, si resulta que sus ideas parecen sacadas de una conversación de encarajillados borrachos de bar?

Soy un ingenuo, lo sé. Con todo, uno espera de quienes reciben el poder político cierta capacidad para mostrarnos caminos que los ciudadanos, preocupados por pagar el IVA y el IRPF, no atisbamos. Les votamos para que, entre Karate Kid y el Sr. Miyaghi, hagan de lo segundo... No del chico malo de la película que lesiona al protagonista en el combate final. Me parece a mí, digo. Es triste; pero cada vez demostramos mayor incapacidad para dialogar y menor talento para buscar soluciones creativas (Angela Merkel habla ya de «fracaso de la sociedad multicutural»).

En fin, que leí el cuento pensando todo el tiempo en Sarkozy (¿estará resentido el presidente porque los cigarrillos Gitanes dejaron de fabricarse hace unos años en Francia?) Hoy he buscado «Caza» en Internet y, casualidades del duende gitano, lo he encontrado: el propio autor lo ofrece en abierto en su perfil de Facebook. Así que aprovecho para reproducirlo aquí. El presidente francés y Merkel harían bien en leerlo hasta el final... Quizá tenga moraleja.



CAZA
Ednodio Quintero

A Verónica Jaffé

Ya era la tercera vez que la gitana entraba al prado, y ella sabía que su presencia me irritaba. La amenacé de nuevo con soltarle los perros, pero pareció no darse por enterada y se quedó merodeando por los alrededores del caserón. Yo estaba dispuesto a librarme de la intrusa, mi paciencia tenía límites, y me encaminé en dirección al pabellón de caza en busca de los doce galgos encerrados en jaulas de madera. La gitana me alcanzó y halándome por la manga del jubón me preguntó: «¿De verdad, señor, piensa echarme los perros?». Vi en sus ojos, negrísimos y húmedos, un ramalazo de terror; temblaba de miedo. Peor para ella, pensé. Con voz serena confirmé la sentencia: «Sí, muchacha, los azuzaré contra ti. Así que, puedes comenzar a correr». Luego me escuché diciendo una insensatez: «Pero no te preocupes, es sólo un sueño». «¡Un sueño!», repitió y sus ojos desorbitados brillaron con tonalidades de azabache y carbón.

Cuando todas las jaulas estuvieron abiertas y los perros ladraban y se empujaban inquietos delante del portón, les señalé la presa, una mancha colorida, como una sucia bandera, que se agitaba en la colina. La jauría salió en estampida, y yo, satisfecho, enrumbé mis pasos hacia la caballeriza. El alazán, que permanecía siempre ensillado, golpeaba el piso de piedra con los cascos de las patas delanteras. Pronto partí al galope por el camino de la colina. No quería perderme los detalles de la carnicería. Alcancé la cima y desde aquella posición tuve una visión espléndida del valle. Los perros corrían a saltos rítmicos, como gimnastas en una exhibición, y la gitana, con el cabello al viento, y de tanto en tanto volteándose para atisbar a sus perseguidores, se empeñaba en mantener una ventaja cada vez más precaria. En pocos minutos le darán alcance y la despedazarán, pensé, y clavé las espuelas en los ijares de mi cabalgadura.

Al final del valle se levantaba un bosquecito, y a medida que me acercaba a él, guiándome por las huellas de los perros, me sorprendía de la resistencia de la gitana, pues aún no escuchaba la algarabía de la jauría cobrando la presa. Bueno, me dije, en el bosque tendrá mayores dificultades para correr, los perros saben lo que hacen, la rodearán, no escapará. Y si por un azar logra subirse a un árbol, los galgos montarán guardia hasta que llegue su señor, y aquí está la ballesta. Yo llevaba mi arma favorita en bandolera, y con la mano libre palpé el carcaj lleno de flechas, atado al arzón. Lo lamento, en este juego quien fija las reglas soy yo.

Atravesé el bosque siguiendo un sendero estrecho que no conocía muy bien, y en un paso abrupto y resbaloso tuve que bajarme del caballo y obligarlo a saltar. Se veían por doquier ramas quebradas, rastros de pisadas, y en el aire flotaba el aroma de rabia de aquellas bestias entrenadas para matar. Cuando salí del otro lado, la impaciencia comenzaba a ganarme la partida. Le solté la rienda al caballo y lo animé con gritos e imprecaciones, que parecían más bien dirigidos a la fugitiva. Luego de un largo trecho, a campo traviesa y sin aflojar la marcha, divisé un remolino de polvo en la lejanía: la gitana y sus perseguidores. Aunque la evidencia no dejaba espacio para la duda, yo me negaba a admitir la resistencia inhumana de aquella muchacha, un ser andrajoso y famélico, cuya sola presencia me perturbaba. ¿Y si se tratara de una hechicera? Tonterías, en el tercer siglo del segundo milenio prevalece la razón sobre la superchería. Seguramente, la pícara se crió a la intemperie y le hicieron beber sangre de jabalí. De ahí sus habilidades para la marcha forzada. Pero el tiempo corre también tras ella, sus fuerzas mermarán.

Sin dejar de galopar me di cuenta de que algo no encajaba en mi visión: el panorama que se desplegaba delante de mis ojos me era totalmente desconocido. ¿Acaso nos habíamos salido de mis dominios? Aquello sí era una novedad. Mis posesiones abarcaban centenares de leguas a la redonda del caserón señorial. Es verdad que yo no las había recorrido en su totalidad, pues se trataba de una tarea que ningún humano podría cumplir. Pero todos los terrenos aledaños al caserón me resultaban tan familiares como la palma de mi mano. ¿Cuánto nos habíamos alejado para caer en aquel territorio ignoto? Sin duda estoy dentro de mis predios, lo que sucede es que soy víctima de alguna alucinación. Espejismo, así lo llaman los cruzados que regresan de tierra santa. Sí, no debo buscar otra explicación, pues la perspectiva de cazar a una gitana fuera de mis feudos me produce un cierto malestar. Quiero decir que me podría acarrear algún inconveniente. Mis vecinos —con quienes no me precio de tener buenas relaciones—, influidos por los clérigos, condenan estas prácticas cinegéticas. Que yo aprecio como un ejercicio sano y excitante, propio de señores, eso sí. Mi padre lo consideraba superior a la caza del león, y le atribuía propiedades relacionadas con la potencia y la fertilidad. Con frecuencia le oí contar delante de sus invitados, cuando el vino lo volvía locuaz, que había engendrado a su hijo predilecto (yo) al regreso de una batida. Ah, y ahora vienen los clérigos —que siempre han envidiado mi vasta heredad— con su prédica revoltosa: dicen que también los gitanos tienen alma.

¿Qué pasa? Me he distraído en consideraciones retóricas, que debería reservar para las horas nocturnas, y he perdido el rastro de la jauría. Sigo sin reconocer el paisaje, enfilo mi cabalgadura hacia aquel montículo. Allá los veo, la maldita gitana mantiene la delantera. Avanzan por un camino ancho y trillado, tuercen en una curva, se acercan a una extraña edificación. ¿Extraña? Tal vez inexistente. Nunca había visto nada igual. Galopo, galopo, el suelo truena bajo los cascos del caballo, un presentimiento horrible cruza mi mente, crece como un torrente alimentado por una lluvia tenaz y repentina, aun cuando el caballo se convirtiera en Pegaso sé que no voy a llegar a tiempo para impedir que la gitana guíe los perros hasta la habitación. Sí, porque he reconocido el edificio, que a primera vista me pareció insólito: es un hotel de montaña. Esta misma tarde, vencido por el sueño, estacioné el jeep debajo de aquellos árboles, alquilé una habitación en la planta alta y me quedé dormido. Escucho la risa de la gitana, oigo los ladridos que se acercan a mi puerta, la derribarán antes de que me despierte.



PD. El libro del que procede, como dije más arriba, es Combates.