27 de noviembre de 2008

Plop, Rafael Pinedo

El martes pasado entrevisté a Daniel Martínez, editor de Salto de Página, para la revista Vulture y me llevó tres libros como muestra del trabajo editorial que hacen él y sus compañeros (Gonzalo Cabrera, Pablo Mazo y José Esteban): Como una novela de terror, de Jon Bilbao, Matar y guardar la ropa, de Carlos Salem, y Plop, de Rafael Pinedo. Si bien yo había leído ya a Pinedo hacía algunos años —en Teína publicamos en su día una reseña que escribió María Taltavull—, fue el primer libro que abrí cuando llegué a casa.

Esta mañana, mientras desayunaba con él abierto, ya iba por la página 81, de las 151 que tiene. Es la segunda vez que lo leo, pero el texto me sigue absorbiendo como si no conociera de antemano la historia. Es más: aquí estoy escribiendo sobre él, sin importar si estaba leyendo otros libros o si tengo tareas pendientes. Y es que Plop está escrito desde ese lugar inefable
—llámese el inconsciente o como se llame— con el que los buenos autores saben conectarse para comunicarle al lector una experiencia que modifique su percepción del mundo. Gran parte de la culpa la tiene esa atmósfera sombría y despiadada que construye Pinedo, y que te acompaña de regreso al mundo real cuando cierras el libro. Es un tópico, lo sé, pero viene al caso: no se es el mismo antes y después de la lectura (o de la relectura) de Plop.

La novela está ambientada en una suerte de era posnuclear donde el texto sagrado es la Teoría del Big Bang y donde la raza humana vuelve a ser nómada y cazadora (ahora de gatos, en vez de mamuts). No se habla de países, sino de asentamientos. Siempre llueve. Todo es barro, alambre, maderas rotas, huesos y óxido. Está prohibido enseñar la lengua o que los demás te vean cómo masticas la comida. Los retrasados mentales, los inválidos, los viejos o los niños albinos son comida para los cerdos. El incesto es legal. Follar con los demás —sean varones o mujeres, indistintamente— es una simple función a la que se denomina «usarse», y conceptos como pareja o familia se consideran muy raros, absurdos, inexplicables, cuando se observan en otros. La endogamia grupal es la única manera de ponerse a salvo de las enfermedades venéreas; así que, si usas o te dejas usar por alguien de otro grupo, tus propios compañeros te matarán. Y si infringes alguna norma o te rebelas contra la autoridad de cualquier imbécil que ocupe un escalafón superior al tuyo, tien
es dos posibles finales: que te despellejen para que alguien haga trueque con tus huesos o ser comida para los cerdos. En esencia, ese es el mundo en el que Plop —así se llama el protagonista— debe sobrevivir: un sitio donde «el horizonte está apenas cortado por grandes pilas de escombro y basura».

Y es que ya lo dice justo antes de morir la vieja Goro —quien cuidó de Plop cuando a su madre la carnearon para que así el grupo se desplazase más rápido en una de las migraciones—:

—Hijo de puta —le dijo con una sonrisa parecida a una mueca.
—¿Te morís? —preguntó [Plop].
—Sí.
—No jodas.
—No jodo, el que se jode sos vos, que te quedás en este lugar de mierda.
Y por si alguien duda de que sea una exageración lo de «lugar de mierda», ahí va otra muestra más:
Llegó un herido, caminando, arrastrándose.

Lo trajeron dos vigilantes. Lo tiraron en la Plaza. Plop pasaba por ahí y le dijeron:

—Ocúpate.

Un Secretario de Brigada que también cruzaba la Plaza repitió:

—Ocúpate.

Plop se alegró. Si se moría, tenía derecho a quedarse con alguna de sus cosas. Si se salvaba y quedaba bien, iba a contraer una deuda con él.

En el Grupo no siempre mataban a los de afuera.

Cuando llegaba un herido que podía salvarse y aportar lo curaban. Lo mantenían atado un tiempo hasta garantizar que no fuera agresivo. Y luego seguía vigilando otro período más. El único tabú era el sexo durante dos solsticios, hasta que se comprobaba que no tenía venéreas.

El Comisario General siempre decía:

—No somos salvajes. Si alguien sirve se lo acepta.
Ese es el concepto de normalidad que debe aprender Plop si quiere sobrevivir: un utilitarismo a ultranza. El clásico sobrevive o muere. En ese sentido, la novela permite establecer una analogía con el eslogan favorito de muchos altos directivos: nadie es imprescindible, todos —menos ellos, claro— somos intercambiables. En vez de una era posnuclear, tenemos una situación de crisis económica de dimensiones históricas; sin embargo, los efectos secundarios se parecen: le interesamos al Sistema mientras generamos utilidad económica a bajo precio; una vez exprimidos-ordeñados-vampirizados, nos dan una patada en el culo y solo servimos de comida para los cerdos. Es más: como Plop con el Comisario General en la novela, sobrevivimos como podemos a las decisiones arbitrarias y absurdas que toman instancias supranacionales como el FMI, la UE o el Banco Central Europeo sobre nuestro destino (so pena de mandarnos al infierno si no seguimos sus recomendaciones). Entre tanto, vemos cómo se diluye nuestra identidad social y hasta nuestro sentido de pertenencia a la única especie capaz de usar la lectura y la escritura para cuestionar ese poder, ese estado de las cosas.

Ahí reside la potencia de Plop, en que es —fue publicado en 2004— y seguirá siendo un texto que invitará a sus lectores a cuestionarse en qué clase de mierda están convirtiendo o dejando que otros conviertan el lugar donde viven. Más que nada porque, de no arreglarlo ya, terminaremos considerando normal estas palabras de la vieja Goro a Plop justo antes de morirse:

Si bien la vieja Goro era formalmente su propietaria, nunca había ejercido mucho sus derechos sobre él. A veces lo ignoraba, de pronto lo buscaba y le daba una orden absurda, raramente le contestaba el saludo apoyándole la palma en la nuca.

Nunca lo usó.

Esa vez lo miró un instante, le apoyó las dos manos sobre la cabeza y empujó violentamente hacia abajo, haciéndolo caer de cara al suelo.

—Salvaje, salvaje —repetía mientras lo levantaba, le quitaba el barro de la nariz y le hacía apoyar la cabeza en su hombro.

Plop estaba desconcertado por este último gesto. Se dio cuenta de que estaba muy borracha.

—Chiquitito, chiquitito, pendejo de mierda —musitaba en letanía—. No, no es así. La vida no es así. No es. No era. Yo sé. Yo sé.
*

Plop, Rafael Pinedo.
Salto de Página, Madrid 2007.

P. D.: en el Cono Sur, la novela puede conseguirse en Interzona.

26 de noviembre de 2008

Emil Cioran

Sólo tengo ganas de escribir cuando me encuentro en un estado explosivo, enfebrecido o crispado, en un estupor metamorfoseado en frenesí, en un clima de ajuste de cuentas en el que las invectivas sustituyen a las bofetadas y a los golpes. De ordinario, la cosa comienza así: un ligero temblor que se hace cada vez más fuerte, como tras un insulto que se ha soportado sin responder. Expresión que equivale a réplica tardía o a agresión diferida: yo escribo para no pasar el acto, para evitar una crisis. La expresión es alivio, venganza indirecta del que no puede digerir una afrenta y se rebela con palabras contra sus semejantes y contra sí mismo. La indignación es menos un estado moral que un estado literario, es incluso el resorte de la inspiración. ¿Y la sabiduría? Es precisamente lo contrario. El sabio que hay en nosotros arruina todos nuestros ímpetus, es el saboteador que nos disminuye y paraliza, que acecha al loco que hay en nosotros para calmarle y comprometerle, para deshonrarle. ¿La inspiración? Un desequilibrio repentino, voluptuosidad irresistible de armarse o destruirse. Yo nunca he escrito una sola línea a mi temperatura normal. Y sin embargo, durante largos años, me consideré como el único individuo sin defectos. Ese orgullo me resultó benéfico: me permitió emborronar papel. He dejado prácticamente de escribir en el momento en que, al sosegarse mi delirio, me he convertido en la víctima de una modestia perniciosa, nefasta para esa febrilidad de la que emanan las intuiciones y las verdades. Sólo puedo escribir cuando, habiéndome repentinamente abandonado el sentido del ridículo, me considero el comienzo y el fin de todo.

Escribir es una provocación, una visión afortunadamente falsa de la realidad que nos coloca por encima de lo que existe y de lo que nos parece existir. Rivalizar con Dios, superarlo incluso mediante la sola virtud del lenguaje: ésa es la hazaña del escritor, espécimen ambiguo, desgarrado y engreído que, liberado de su condición natural, se ha abandonado a un vértigo magnífico, desconcertante siempre, a veces odioso. Nada más miserable que la palabra y sin embargo a través de ella uno se eleva a sensaciones de dicha, a una dilatación última en la que uno se halla totalmente solo, sin el menor sentimiento de opresión. ¡Lo supremo alcanzado mediante el vocablo, mediante el símbolo mismo de la fragilidad! Pero lo supremo se puede también alcanzar, curiosamente, a través de la ironía, a condición de que ésta, llegando hasta el extremo de su obra de demolición, dispense escalofríos de un dios autodestructor. Las palabras como agentes de un éxtasis al revés... Todo lo que es verdaderamente intenso participa del paraíso y del infierno, con la diferencia de que el primero sólo podemos entreverlo, mientras que el segundo tenemos la suerte de percibirlo y, más aún, de sentirlo. Existe una ventaja más notable aún, de la que el escritor posee el monopolio, la de poder desembarazarse de sus peligros. Sin la facultad de emborronar páginas, me pregunto qué hubiera sido de mí. Escribir es deshacerse de nuestros remordimientos y de nuestros rencores, es vomitar nuestros secretos. El escritor es un desequilibrado que utiliza esas ficciones que son las palabras para curarse. ¡Cuántos malestares, cuántos arrebatos siniestros no he superado yo gracias a ese remedio insustancial! Escribir es un vicio del que puede uno cansarse. A decir verdad, yo escribo cada vez menos, y acabaré sin duda por dejar de escribir totalmente, pues he dejado de encontrar el menor encanto a ese combate con los demás y conmigo mismo.

Cuando se aborda un tema, sea cual sea, se experimenta un sentimiento de plenitud, acompañado de una pizca de altivez. Fenómeno más extraño aún: esa sensación de superioridad cuando se evoca una figura que se admira. En medio de una frase, ¡con qué facilidad se cree uno el centro del mundo! Escribir y venerar se dan juntos: quiérase o no, hablar de Dios es mirarle desde arriba. La escritura es la revancha de la criatura y su respuesta a una Creación chapucera.


*

Ejercicios de admiración y otros textos, E.M. Cioran.
Tusquets, Barcelona 1993.

25 de noviembre de 2008

Panfleto para seguir viviendo, Fernando Díaz

Qué buen libro desaprovechado por amor al llamado «compromiso social» o al «hagamos la revolución». Panfleto para seguir viviendo tiene 153 páginas; las primeras 110 —más alguna suelta del final— son novela, las demás conforman una suerte de apéndice ensayístico que está más cerca del wikipedismo que de otra cosa. Es una pena; pero parece ser la convención imperante entre quienes pretenden escribir lo más a la izquierda posible... Ideológicamente estoy más cerca del autor que de Mariano Rajoy; sin embargo, cuando abro una novela busco discursos que me azuzen la inteligencia y estimulen mi capacidad de imaginar (entre otras cosas), no me gusta que alguien me sermonee. Y este libro tiene dos tercios de excelente literatura y uno de prescindible panfletarismo (o sermoneo revolucionario).

Me explico.

Cuanto más grande sea el salón, cuanto más altos los techos, cuanto más espectacular el cuarto de baño, más sangre que asoma por la junta de los azulejos, como en una película de terror. En cada mansión hay varios obreros emparedados con la cabeza rota o los pulmones llenos de vegetales muertos. Cada mansión tiene su yonqui y su putita de trece años y su esquizofrénico atado con correas porque no hay recursos públicos para que pueda ser atendido con honor y dignidad. Sorel, tío, deja de querer entrar ahí, porque precisamente todo consiste en no dejarles entrar a ellos. Si quieren venir que vengan pero solos, desarmados y sin mansiones. (Página 51).

Esto es literatura. Hay ritmo, el autor dice algo que está mil veces dicho, pero lo formula desde una elaboración personal que transmite que esa —y no otra— es la única manera de contarlo aquí y ahora. Aunque Fernando Díaz quisiera sostener que lo escribió de manera intuitiva, del tirón, por ciencia infusa —algo que ni suma ni resta en este caso; tan sólo hablaría de su talento natural para narrar—; en ese párrafo el lector encuentra diferentes recursos técnicos que captan y mantienen su atención, y que le piden ingerir otra dosis de texto.

A saber: las oraciones tienen longitudes diversas, el párrafo arranca con una enumeración que se apoya en la repetición de cuando —como estamos en plan proletario obviaré el latinajo que etiqueta ese recurso— y que enfatiza la fastuosidad con que viven los burgueses. Asimismo, los sustantivos son palabras comunes, bien elegidas y que sólo soportan la carga de un adjetivo cuando es menester. Por haber, hay hasta intencionalidad en la construcción del párrafo: la información se dosifica en cinco oraciones y entre todas construyen una idea, que se cierra con la última de ellas, corta y contundente. Hay más cosas; pero no es momento de ponerse exhaustivo. Lo que importa: hay literatura y hay un escritor que busca hacer literatura.

Aunque no lo parezca, esta urdimbre técnica explica los efectos secundarios de la lectura del fragmento. El primero es el de querer alinearse con la tesis que se sugiere ahí y en los párrafos precedentes: hay que terminar con el concepto de literatura burguesa que hace soñar a Julien Sorel —personaje de Rojo y negro—, es decir, hay que liquidar el manierismo, el cultismo pedante o el lirismo ampulosamente vacuo; y hay que buscarle una utilidad más popular a la literatura. En definitiva, menos Stendhal y más Antonio Machado: arte para el pueblo, no sólo para el subjetivismo de cada cual. Y todo eso dicho con espíritu libertario.

Como lector, esa clase de texto me deja espacio para imaginar la historia a imagen y semejanza de mis obsesiones, esto es, yo le pongo cara a los burgueses a quienes decido guillotinar. El autor no me está diciendo qué debo pensar; sencillamente narra y yo entro o salgo de su discurso a placer. Quiero decir: es como encontrarse con un colega a tomar una cerveza y escuchar lo que se le ocurra contarte. Genial. Marchando un par de cervezas más.

Ahora, compárese ese párrafo con estos dos:

Yo tenía trece años cuando cayó la URSS y supongo que la mayoría habéis nacido cuando a la URSS le quedaban sólo dos o tres años de vida, o después. En Rusia hubo una revolución, eso lo sabéis: ocurrió en 1917, el país se hizo socialista y siguió siéndolo hasta 1991. En 1922 se creó la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas, y en 1991, en una noche de tormenta, dicen, se aprobó su disolución. Ahora ya no soñamos con la revolución rusa y lo que vino después, pero tampoco podemos quitárnosla de en medio.

De la URSS yo sabía muy poco, que tomaron el Palacio de Invierno durante la Primera Guerra Mundial, que tuvieron una guerra civil revolucionaria, que Lenin fue el Jefe del Comité Central del Partido Comunista y también el jefe del Estado Soviético y que a su muerte, en 1924, le sustituyó Stalin, hasta 1953. Después vinieron Malenkov, Jruschov, Brezhnev, Chernenko, Andrópov y Gorbachov, quién acabó con todo.

Esto es wikipedismo. Los apuntes de Historia de primero de bachillerato. Un profesor intentando darme clase. Didáctica. Pedagogía. Aquí no hay un colega con el que tomas cerveza; aquí tengo una voz en off que intenta contarme una milonga. Y, como lector, por ahí no paso; yo quiero lo otro, lo de más arriba.

Quizá estos dos párrafos podrían abrir una novela —no lo discuto—; pero encuentro un despropósito narrativo colocarlos en la página 112, cuando el texto ya tiene un tono y una voz construidas, por muy de izquierdas que sea uno. Pero es que, además, esos dos párrafos son sólo el principio de una retahíla interminable de ellos: el resto del libro —página más, página menos— conserva este estilo... Eso sí, precedido por un brindis al sol en la página 109 de «No quiero ser escritor. No creo que aguantara. Acabaría por importarme más el temblor que se queda dentro y no el efecto que sale fuera».

Si era un juego de fondo y forma, no funcionó... La estructura narrativa se derrumba, los personajes desaparecen, se pierde el tono de la voz narrativa... Y todo por incluir un panfleto que puede resumirse en un hiperenlace —de igual modo que hace el autor con unas cabañas en Noruega— y un clic que invite a visitar una página de la organización política de marras (que no aparece citada). En fin, que lo que había comenzado como una excelente novela termina como prescindible autoayuda revolucionaria.

Ya me veo a los de la casa okupa de Atocha diciéndome que no tengo ni puta idea, que esas ideas son verdades que alguien tenía que decir. O a los anarcos de Tirso de Molina llamándome burgués de mierda... O incluso a algún editor que me dirá que hay que combatir desde algún lado al discurso hegemónico.

Ya.

Pero resulta que narrativamente este libro marcaba otro derrotero desde el inicio. Empezaba con un tipo que quería golpear al Sistema, cuyo credo se resumía en
Pasar costo es lo más parecido a eso que llaman conciencia de clase. ¿Por qué vas a tener que aguantar que nadie te pise el cuello si con dos kilos de costo podrías sacar lo mismo trabajando medio años?
y que por horizonte laboral sólo tenía presentarse a unas oposiciones para bedel de instituto. Un chaval de 23 años que teorizaba sobre lo difícil que resulta mantener el enganche con tu novia cuando tú tienes un techo laboral de 10 mil euros al año y ella trabaja en un consultorio dental de mierda. Es decir, la canción de Jeanette pero en versión Kortatu, Barricada o La Polla: soy rebelde porque el mundo me ha hecho así. La historia iba de eso y, como lector, me interesaba ese punto de vista y me estaba tocando la fibra. Sin embargo, hacia la página 110 el narrador le da un carpetazo a todo eso para, de repente, explicarme que las cifras que Martin Amis o Solzhenitsyn manejan sobre la represión stalinista son falsas... ¿Eh?

No, tío, sígueme hablando de Raquel, de tus padres y de la gente del instituto, que estaba aprendiendo otra manera de mirar el mundo, y deja las lecciones de comunismo para otro momento. Lecciones que, por otro lado, contienen contradicciones flagrantes. Ahí va una:
Sé que exagero pero también sé que a cada escritor reprimido por los comunistas, antes de que me contara sus penas en un libro, le pediría que me contara las penas de tres no escritores, las penas de una montadora de abrelatas, de un parado, de un muerto de hambre. (Página 133).
Esto es demagogia: ¡pero si el autor me está contando sus penas en este libro! Intuyo que se refiere a los Vila-Matas, Sergio Pitol y compañía, que escriben para otros escritores. Pero lo siento mucho: esa es una prosa sin sustancia y que cae en un guiño ya demasiado cristalizado (¿ qué es, Tom Wolfe hablando de que sólo puede haber novelas sociales, a lo Zola?), amén de inconsecuente con el propio discurso del texto.

Es que es para recordarle al autor que el libro comenzaba así:
Estoy aquí. Puede que no sea mucho, pero tampoco es nada. Significa que aunque fuerais a mandarlo todo a tomar por culo, yo seguiría aquí. Puede que lo último que queráis hacer en este momento sea pensar que hay alguien cerca. Esperaré. No estoy vendiéndoos una mierda lírica. Tampoco soy uno de los grandes. Los grandes no necesitan decirle a nadie que están aquí.

Digo: había una voz, un tono, una flecha disparada y que prometía hacer blanco 153 páginas más adelante. Si bien durante la novela el narrador cita a grupos de rock radical callejero, la afinación recuerda más bien a cuando un hiphopero se sube al escenario y comienza a largar, a un Tote King o los Violadores del Verso, pongamos por caso. Además, el texto logra mantener ese crescendo inicial y te obliga a seguir leyéndolo. De nuevo: ahí hay literatura.

Pero como el autor va de rebelde, se permite faroles como «a mí la literatura me la suda, os lo juro, a mí me importa producir un efecto»... Para luego contradecirse con «yo digo que esto no es una novela, pero ¿y si es literatura?». En cualquier caso, más que el gazpacho de ideas que tiene, lo genial es que se contradice con lo que escribe; resulta que le suda la literatura y escribe cosas como las anteriores o como esta:
Una secta, no te jode, y ella lo hacía para eso, para joderme, para herirme. Estaba un poco furiosa detrás de su cara de indiferencia sepulcral. Empecé a desearla, me toqué la polla por encima del pantalón y pensé que en medio minuto esa indiferencia podía convertirse en delirio. Pero no iba a pasar. Me habían puesto delante un coche desmontado, lo que una vez funcionaba y hacía que las cosas se moviesen ahora eran piezas sueltas, y algunas, seguramente, no estaban. No podía coger de la mano a Raquel, besarla, llevarla al baño o a un rincón y volverla loca. Simplemente no podía, estaba todo desmontado y no tenía ni la menor idea de cómo ponerlo en funcionamiento otra vez.
Esto es una epifanía literaria. Literatura de la buena. Ray Loriga en sus buenos tiempos hubiera dado la pistola de su hermano y hasta sus discos de David Bowie por firmar algo así. La potencia de la imagen para contar qué siente alguien cuando se encuentra frente a su ex novia —a la que quería con locura, con la que follaba como los dioses, pero con la que se jodió todo sin saber muy bien por qué— es demoledora: un coche desmontado. La sencillez con que está narrada es un ejemplo de inteligencia narrativa. Cuando dice «Simplemente no podía» convence. Esto sí es revolucionario; escribir desde ahí, con esa verdad. Esto sí que te sacude y te obliga a seguir leyendo.

Esto otro, no:
Por miedo a la traición se ejecutó a miles de oficiales del ejército. Por miedo a la traición a la patria y a la traición a la revolución.
Esto lo podría haber dicho cualquier falangista el pasado 20 N; es chascarrillo retórico. ¿Produce algún efecto, además de aburrimiento y previsibilidad en el discurso, esta prosa inflamada de sustantivos como miedo, traición, patria, ejército o revolución?

Sí, tristeza por el talento narrativo desaprovechado; porque me parece infinitamente más proletario y más eficiente contra el Sistema cualquiera de los párrafos anteriores o este otro que tanto rollo bolche:
Ahora yo era un ordenanza con una madre en Toledo y un padre acojonado y un amigo en una cárcel francesa y un piso alquilado con muebles y una ex novia que no me llamaba y algún rollo esporádico y libros de Jack London abandonados en la estantería y una reunión de lunes a ocho para militar. Como si fuera a llevarles comida a los pingüinos de Faunia los lunes a las ocho de la tarde.
Eso es literatura. Algo como
Después vinieron Malenkov, Jruschov, Brezhnev, Chernenko, Andrópov y Gorbachov, quién acabó con todo
sólo me recuerda a la lista de los reyes Godos que estudiaban nuestros padres, pero cambiadas las referencias.

La contratapa y Fernando Díaz dirán lo que quieran de su espíritu rebelde, su militancia en una organización revolucionaria o de su actitud antiliteraria... No les creo. Me parece una impostación, una pose. Alguien que escribe esto es un escritor, por más que se empecine en lo contrario:
—No te he dado los gracias por el coche —dijo mi padre. Me clavó los ojos y vi en su cara grietas como las que se forman en las hojas que pisamos—. Gracias —dijo—. Venga, vámonos.
Y no tiene nada de antiliterario; más bien lo contrario. Si Fernando Díaz no se quiere hacer cargo de su vocación de escritor, allá él; pero las primeras 112 páginas de Panfleto para seguir viviendo, más alguna suelta hacia el final, lo delatan como un novelista nato, y que tiene más de Jack London que de Lenin. Imagino que determinados lectores me dirán que no he entendido nada y etcétera; yo sólo digo que la imaginación o las imágenes son mejor llave que las ideas para entrar en las casas —cabezas— burguesas. Por lo demás, Fernado Díaz (Madrid, 1979) sí que me parece un escritor a tener en cuenta para cualquiera que hable de nuevos talentos. Los demás no sé tienen algo que contar, él desde luego que sí. Y yo al menos estaré aquí para leerlo.

*

Panfleto para seguir viviendo, Fernando Díaz.
Editorial Bruguera, Barcelona 2007.