4 de octubre de 2013

La conquista de México, Andrés de Tapia

Tres  o cuatro días antes de esto, habían venido ciertos indios al real, y traído al marqués cinco indios, diciéndole: «Si eres dios de los que comen sangre y carne, cómete estos indios, y traerte hemos más; y si eres dios bueno, ves aquí incienso y plumas; y si eres hombre, ves aquí gallinas y pan y cerezas». El marqués siempre les dice: «Yo y mis compañeros hombres somos como vosotros; y yo mucho deseo tengo de que no me mintáis, porque yo siempre os diré verdad, y de verdad os digo que deseo mucho que no seáis locos ni peleéis, porque no recibáis daño».
La escena sigue con los indios que regresan por la tarde con más gente, al parecer con intenciones de liquidar a Hernán Cortés —también conocido como marqués del Valle de Oaxaca— y su gente. Hernán Cortés vuelve a recibir a quienes le habían ofrendado tantas y tan variadas cosas y los sermonea de nuevo con el asunto de la verdad y la mentira. Ahora, eso sí, dándoles a entender que sabe que lo quieren engañar:
«Os he ya avisado siempre que conmigo habláis que no me mintáis, porque yo nunca os miento, y ahora venís por espías y con mentiras»; y los apartó unos de otros, y confesaron que era verdad, y que aquella noche habían de dar en nosotros mucha cantidad de gente, y morir o matarnos.
A continuación, claro está, los indios terminan con las manos cortadas, montados en caballos con cascabeles y puestos rumbo a sus compañeros para que estos sepan qué clase de escarmientos gastan los conquistadores recién llegados a Tascala (Tlaxcala).

Mientras leía Relación de la conquista de México, de Andrés de Tapia, me fascinó la insistencia de Hernán Cortés por la verdad. O al menos así nos los retrata Tapia, un soldado que lo acompañó de principio a fin, es decir, desde que embarcaron en Cuba, tocaron tierra en Veracruz y llegaron al Tenochtitlan de Moctezuma (1521). ¿Era truco o verdad esto que nos cuenta Tapia sobre la intolerancia a la mentira de Cortés? Ni idea; pero me llamó la atención porque hace poco vi en el teatro La verdad sospechosa, del mexicano Juan Ruiz de Alarcón.

La otra manía que retrata Tapia con fruición es el gusto de Cortés por poner cruces católicas por doquier. Eso y repartir estampas de vírgenes y santos parecen ser sus grandes obsesiones:
El marqués hacía poner cruces en todas las partes donde le parecía que estaría preeminentemente, y con licencia de los indios hizo una iglesia en una casa de un ídolo principal, donde puso imágenes de Nuestra Señora y de algunos santos, y a veces se ocupaba en predicarles a los indios, y les parecía bien nuestra manera de vivir, y cada día se vienen muchos a vivir con los españoles.
Claro, lo suyo sería leer la contracrónica de los indios. Porque, contada por su soldado Tapia, la historia de Cortés parece salida de la boca del salesiano que me daba Historia en el instituto.

De entre los muchos y coloridos datos que aporta Tapia sobre su expedición, hay dos que me resultan singularmente curiosos. Ambos tienen que ver con las unidades de medida. El primero es que juraría que existía cierta fascinación en la época por el número 100 000, que poco menos debía de ser sinónimo de infinito. Cada vez que Tapia quiere decir que estaban rodeados de indios o quiere magnificar las hazañas de los soldados españoles, acude a esa cifra sea para evaluar el ejército enemigo (1). También lo hace cuando pone en boca del indio Teuche una advertencia sobre el poderío militar de Moctezuma (2):
(1) ...salía contra nosotros tanto número de gente de guerra que me parece que serían más de cien mil, y hay opiniones que eran muchos más de los que digo.

                                                                  *

(2) ...y te hago saber que pasado esta provincia hay tanta gente, que pelearán contigo cien mil hombres ahora, y muertos o vencidos estos, vendrán luego otros tantos, y así podrán remudarse o morir por mucho tiempo de cien mil en cien mil hombres, y tú y los tuyos, aunque seáis invencibles, moriréis cansados de pelear.

El otro dato de color es que un par de ídolos que encuentran miden casi tres varas de alto y «serían del gordo de un buey». Me encantó esa manera de medir el ancho de las cosas.

Por último, y aunque solo sea por incurrir en el lugar común, rescato el pasaje más gore de la narración:
El patio de los ídos era tan grande que bastaba para casas de cuatrocientos vecinos españoles. En medio de él había una torre que tenía ciento y trece gradas de a más de palmo cada uno, y esto era macizo, y encima dos casas de más de altura que pica y media, y aquí estaba el ídolo principal de toda la tierra, que era hecho de todo género de semillas, cuantas se podían haber, y estas molidas y amasadas con sangre de niños y niñas vírgenes, a los cuales mataban abriéndolos por los pechos y sacándoles el corazón y por allí la sangre, y con ella y las semillas hacían cantidad de masa más gruesa que un hombre y tan alta, y con sus ceremonias metían por la masa muchas joyas de oro de las que ellos en sus fiestas acostumbran a traer cuando se ponían muy de fiesta. Y ataban esta masa con mantas muy delgadas y hacían de esta manera un bulto. Y luego hacían cierta agua con ceremonias, la cual con esta masa la metían dentro en esta casa que sobre esta torre estaba, y dicen que de esta agua daban a beber al que hacían capitán general cuando lo elegían para alguna guerra o cosa de mucha importancia.

Imagino que pasajes así son los que terminaron alimentando escenas brutales en películas como Apocalipto, de Mel Gibson.

30 de septiembre de 2013

Por la gracia de dios, Jesús Munárriz

por todas partes
se veían despojos:
callos, hígado, sangrecilla,
gallinejas, zarajos,
cabezas de cordero,
corazón en filetes,
patas de vaca, lenguas de ternera.
eran tiempos muy malos:
las reses no tenían solomillos.

*

de vez en cuando
había que humillarse más de lo acostumbrado
por ejemplo
para pedir la recomendación 
sin la que hijo el hijo no habría de estudiar.
en tales ocasiones
podía más la lucha por la vida
que la lucha de clases.

                                           *

se servía café,
también café café,
pero solo el café café café
tenía una pequeña
proporción de café.

                                           *

PD. Tres poemas que resumen una época hacia que la que parecemos regresar. Pertenecen al poemario Cuarentena (1977), incluido por Jesús Munárriz en su libro Por la gracia de dios, publicado por Point de lunettes en 2009.


25 de septiembre de 2013

La verdad sospechosa, Juan Ruiz de Alarcón


Venga, vamos en plan marquetinero total: 6 cosas que uno aprende si va a ver clásicos teatrales:
  • La verdad sospechosa se la atribuyeron a Lope de Vega, pero era de Juan de Alarcón. ¿Alarcón? Sí, ese señor que recitabas de memoria en la asignatura de Lengua y Literatura del instituto sin saber quién era o qué había hecho para aparecer a la altura del aquel tridente galáctico que formaban Calderón de la Barca, Tirso de Molina y el mencionado Fénix de los Ingenios. En términos futbolísticos, y en aquellos tiempos, Alarcón te parecía un lateral derecho intercambiable por cualquier otro rompetibias.
  • Otro dato para recordar por si un día tropiezas con Carlos Sobera o Jordi Hurtado concursando en la tele: Juan Ruiz de Alarcón nació en... México (hacia 1580). Además, el buen hombre se pasó la vida viajando en barco de un continente a otro. Y ya que estás acumulando datos para ganar premios en la tele, ahí van dos más: La verdad sospechosa es una obra de madurez —bah, de cuarentón—: don Juan la escribió entre 1618 y 1621; eso sí, no la publicó —y la reconocieron como suya— hasta 1634.
  • Después haber visto una decena de clásicos, he caído en la cuenta de lo obvio: las telenovelas debieron de nacer con el Siglo de Oro español. Hay que ver lo que le he gustaba al pueblo los enredos de todo tipo, en particular los amorosos. Eso sí, frente a otras obras de corte similar, algo que me gustó de La verdad sospechosa es que acaba mal; en la última escena todo se desarregla un poco más de lo que ya estaba. Supongo que ahí reside, en gran parte, el afán moralizante que se le atribuye.
  • Dice Helena Pimienta, la directora del montaje (y no Angela Merkel mandándonos mensajes subliminales sobre si vivimos por encima o por debajo de nuestra posibilidades):
El texto puede inscribirse dentro de un grupo amplio de comedias de diferentes autores, en sintonía con los afanes del conde-duque de Olivares, valido de Felipe IV, para reformar las costumbres heredadas del reinado de Felipe III, intentando ofrecer mejores horizontes a un país inmerso en la corrupción, la vanidad, la ostentación y el lujo. Indicaciones particularmente dirigidas a la nobleza cortesana (como son los personajes de La verdad sospechosa) a la que para servir de ejemplo, se le solicitaba una rectitud moral que excluía especialmente el vicio de mentir.