8 de abril de 2011

Ante el dolor de los demás, Susan Sontag

A menudo se declara que «Occidente» ha llegado a considerar cada vez más la guerra como un espectáculo. Los informes sobre la muerte de la realidad —como la muerte de la razón, la muerte del intelectual, la muerte de la literatura seria— parecen haber sido aceptados sin mucha reflexión por las personas innumerables que intentan comprender lo que parece mal, vacuo o estúpidamente triunfalista en la política y la cultura contemporáneas.

La afirmación de que la realidad se está convirtiendo en un espectáculo es de un provincianismo pasmoso. Convierte en universales los hábitos visuales de una reducida población instruida que vive en una de las regiones opulentas del mundo, donde las noticias han sido transformadas en entretenimiento; ese estilo de ver, maduro, es una de las principales adquisiciones de «lo moderno» y requisito previo para desmantelar las formas de la política tradicional basada en partidos, la cual depara el debate y la discrepancia verdaderos.

Supone que cada cual es un espectador. Insinúa de modo perverso, a la ligera, que en el mundo no hay sufrimiento real. No obstante, es absurdo identificar al mundo con las regiones de los países ricos donde la gente goza del dudoso privilegio de ser espectadora, o de negarse a serlo, del dolor de otras personas, al igual que es absurdo generalizar sobre la capacidad de respuesta ante los sufrimientos de los demás a partir de la disposición de aquellos consumidores de noticias que nada saben de primera mano sobre la guerra, la injusticia generalizada y el terror. Cientos de millones de espectadores de televisión no están en absoluto curtidos por lo que ven en el televisor. No pueden darse el lujo de menospreciar la realidad.

Se ha vuelto un lugar común en el debate cosmopolita sobre las imágenes de atrocidades suponer que tienen escaso efecto, y que hay algo intrínsecamente cínico en su difusión. Aunque la gente crea que en la actualidad las imágenes de la guerra importan, esto no disipa la persistente sospecha sobre el interés en estas imágenes y las intenciones de quienes las producen. Tal respuesta viene de los dos extremos del abanico: de los cínicos que nunca han estado cerca de una guerra y de los hastiados del conflicto soportando sus desgracias cuando se les fotografía.

Los ciudadanos de la modernidad, los consumidores de la violencia como espectáculo, los adeptos a la proximidad sin riesgos, han sido instruidos para ser cínicos respecto de la posibilidad de la sinceridad. Algunas personas harán lo que esté a su alcance para evitar que los conmuevan. Qué fácil resulta, desde el sillón, lejos del peligro, sostener un talante de superioridad. De hecho, escarnecer el esfuerzo de quienes han sido testigos en zonas de conflicto calificándolo como «turismo bélico» es un juicio tan recurrente que ha invadido el debate sobre la fotografía de guerra en cuanto a profesión.

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Editorial Alfaguara, Madrid 2003.

PD. El fotógrafo Manu Brabo, detenido junto con otros 3 periodistas, por el régimen de Gadafi. Algo de su trabajo puede verse aquí. Ánimo a su familia y ojalá que Manu pueda seguir mostrándonos pronto  a través de sus fotos algunas capas más de la realidad.

27 de marzo de 2011

Retorica bélica, Arundhati Roy


I

Nuestra estrategia debería consistir no sólo en enfrentarnos al Imperio, sino también en asediarlo. Privarlo de oxígeno. Avergonzarlo. Burlarnos de él. Con nuestro arte, nuestra música, nuestra literatura, nuestra obstinada porfía, nuestra alegría y, sobre todo, nuestra capacidad para contar nuestras propias historias. Unas historias que son diferentes de las que tratan de hacernos creer para lavarnos el cerebro. La revolución que promueven las grandes multinacionales fracasará si rehusamos comprar lo que nos quieren vender: su manera de pensar, su versión de la historia, sus guerras, sus armas, la idea que tratan de imbuirnos de que es inevitable que su visión del mundo se haga realidad. Hay algo que no debemos olvidar: somos muchos y ellos, pocos. Nosotros no los necesitamos, y ellos nos necesitan.

II

La democracia, la vaca sagrada del mundo moderno, está en crisis. Y es una crisis muy profunda. En su nombre se cometen toda clase de atropellos. Se ha convertido en poco más que una palabra vacía, en poco más que una hermosa concha carente de cualquier contenido o significado. Puede ser todo aquello que uno quiere que sea. La democracia es la prostituta del mundo libre: está dispuesta tanto a disfrazarse de lo que se le pida como a desnudarse, a satisfacer todos los deseos, a que se aprovechen de ella y la insulten.

Hasta hace relativamente poco, hasta la década de los ochenta, parecía que la democracia podría ser capaz de proporcionar cierto grado de justicia social.

Pero las democracias modernas son lo bastante antiguas para que los capitalistas neoliberales hayan aprendido la manera de corromperlas. Han llegado a dominar la técnica de infiltrarse en los instrumentos de la democracia -el poder judicial «independiente», la prensa «libre», el Parlamento- y desviarlos de su curso para llevar el agua a su molino. El proyecto de globalización promovido por las multinacionales ha roto todas las normas. Conceptos como elecciones libres, prensa libre y poder judicial independiente pierden todo su sentido cuando el mercado libre los reduce a bienes que están a la disposición del mejor postor.

III

La batalla por recuperar la democracia será difícil. Nuestras libertades no nos fueron otorgadas por ningún gobierno. Se las arrancamos. Y una vez hemos renunciado a a ellas, la batalla por recuperarlas se llama revolución. Es una batalla en la que intervendrán todos los continentes y los países. No deberá aceptar las fronteras nacionales, pero tiene que empezar aquí. En los Estados Unidos. La única institución más poderosa que el Gobierno de los Estados Unidos es la sociedad civil estadounidense. El resto de los opositores al Imperio somos súbditos de naciones esclavas. No carecemos por completo de poder, ni mucho menos, pero ustedes tienen el poder de la proximidad. Ustedes tienen acceso al palacio imperial y a los aposentos del emperador. Las conquistas del Imperio se realizan en su nombre, y ustedes tienen el derecho de rechazarlas. Podrían negarse a luchar. Podrían negarse a llevar los cohetes de los arsenales al puerto. Podrían negarse a agitar las banderitas. Podrían negarse a presenciar el desfile de la victoria.


El fragmento I procede de «Enfrentarse al Imperio», discurso pronunciado en el Foro Social Mundial de Porto Alegre 2003. Y el II y III proceden de «¡Pruebe la democracia imperial instantánea! (Llévese dos botes y pague solo uno)», una conferencia que esta autora india dio en la iglesia de Riverside, Harlem, en 2003. Los textos están incluidos en Retórica bélica (Anagrama, 2003) que devolveré mañana a la biblioteca Puerta de Toledo... Si alguien lo quiere, ya sabe dónde estará.

24 de marzo de 2011

Escritos irreberentes, Juan José Hernández

Ayer le dediqué un rato a deshacer 2 de las 5 cajas de libros que he recuperado este fin de semana. Como ya conté alguna vez, mal hijo que soy, las tenía en ese trastero en que a veces uno convierte la casa de sus padres. El caso es que, mientras les buscaba acomodo y pensaba si comprar más estanterías o regalar el excedente libresco que amenaza con echarme a mí de la habitación, hojeé algunos libros que hacía años no veía.

Entre esos viejos amigos estaba este volumen de ensayos de Juan José Hernández, Escritos irreberentes (Adriana Hidalgo, 2003) que había reseñado favorablemente en la extinta revista Lea. Me había gustado, entre otras razones, por el ensayo que le dedicaba a Adolfo Bioy Casares, un autor al que no soporto. Juraría que incluso he regalado La invención de Morel para no ver el libro por casa.

El ensayo de Hernández se llama «Tribulaciones de un picaflor de La Biela» y es su lectura sobre el libro póstumo que dejó Bioy, Descanso de caminantes, donde entre otras cosas refería su agitada vida hetoresexual (es más: yo diría que lo que Borges sabía de sexo es porque se lo contaba Bioy). Además de fijarse en eso, Hernández repasa algunas omisiones o presencias políticas del dúo Sacapuntas de la literatura argentina. Ahora que vuelven a estar de moda las intervenciones militares, me dio por releer unos fragmentos.

Nota: la SADE es la Sociedad Argentina de Escritores y La Biela un café del barrio de Recoleta (algo así como el barrio Salamanca madrileño).


Alguna vez le oí decir a Adolfo Bioy Casares que él, por su educación y preferencias literarias, se sentía más cómodo en el siglo XIX europeo que en el de su época y país de nacimiento. Sin embargo, en su obra póstuma, Descanso de Caminantes, jamás emplea la palabra spleen, típica de las postrimerías del siglo que admiraba, sino la expresión tedium vitae para referirse al desencanto y acritud que lo abrumaron hacia el final de su vida.

Similar a los note-books de Samuel Butler y Somerset Maugham, el libro es una miscelánea de brevedades donde se mezclan apuntes autobiográficos y opiniones literarias; relatos de sueños y transcripciones de grafitos leídos en baños públicos y amuebladas; recuerdos de viajes y de aventuras amorosas; charlas con taxistas y citas del Santoral Romano; chismeríos mundanos y de carácter político; anécdotas familiares y versitos procaces, como esta cuarteta emblemática que el autor atribuye al seudo Vizcacha: “Mucho a las penas no atiendo/ Y en todo imito al conejo,/ Que vive alegre y cogiendo/ Hasta morirse de viejo”.

No obstante su desinterés por los conflictos sociales y políticos del momento, Bioy Casares adhirió en 1965 a una declaración de un grupo de intelectuales repudiando un comunicado de la SADE que condenaba la invasión de Santo Domingo por infantes de marina de Estados Unidos. Tanto él como su íntimo amigo Jorge Luis Borges, y algunas damas letradas (Silvina Bullrich, Susana Bombal), justificaron la invasión porque se realizaba “en nombre de la democracia y en apoyo a la OEA contra el comunismo”.

En Descanso de Caminantes no se menciona este episodio; tampoco el acto de la Biblioteca Lincoln en el que Borges dedicó su traducción de Walt Whitman al entonces presidente norteamericano Richard Nixon, “defensor de los derechos humanos y paladín de la democracia en el Continente”. Años después, el paladín sería depuesto de su cargo a raíz del escándalo de Watergate.

El adulterio gozoso y la tortura del lumbago que padece desde su juventud son temas recurrentes en Descanso de Caminantes: “Ni leo ni escribo, nada o poco hago. El centro de mi vida, es el lumbago”, se lamenta en tono de chacota.

En otro pasaje del libro, cuenta que al ojear una guide bleu de los alrededores de París, descubrió que figuraba allí la hostería Le Roi Soleil, “donde nos acostábamos todas las tardes, durante un mes, con Helena Garro”. Otra víctima de su indiscreción es Beatriz Guido, quien en una ocasión le pide un prólogo para una novela que está por publicar. Le dice que lo hará, pero si acepta acostarse con él. Y añade: “Por supuesto, escribí el prólogo”.


El texto sigué aquí, en el diario Página 12, que publicó este ensayo junto con otro del libro, «Erotismo y pornografía».