A veces, los expertos y opinólogos complican mucho sus teorías sobre en qué consiste la literatura y cómo fomentar la lectura. Por suerte, Fernando Iwasaki suele responder esas preguntas de manera rotunda desde sus libros: el placer, idiota, el placer; la lectura y la escritura tienen que ver con el placer.En su caso, sobre todo el de hacer reír de manera inteligente a los lectores (también llamados con frecuencia «clientes», esto es, gente que deja de ver la tele o de montar una estantería de Ikea por sostener un libro entre las manos). A la literatura y a los autores les iría mucho mejor si comenzaran por donde comienza Iwasaki sus historias: por el hedonismo de escribir, por contagiar ese placer. También a los lectores, si usaran mejores criterios de selección y le tuvieran menos paciencia a la mierda que se tragan por prescripción facultativa de ese hooligan insaquible al desaliento que es el marketing.
Decía Raymond Chandler en El simple arte de escribir (o así lo recuerdo yo) que las fotografías y los paratextos le predisponían contra los autores. A mí me pasa, y juraría que a mucha gente también: que si ese tiene cara de gilipollas, que si la otra va de diva, que si aquel va de intelectual, que si esta de moderna, etcétera. Con Iwasaki puedo hacer una excepción, pues la foto de la solapa es metáfora de su muy antisolemne estilo: aparece sonriente y meditando en la posición del loto... Algo, claro está, que solo puede generarme una envidia tremenda (solo llego —y con esfuerzo— al medio loto).
De los libros de Iwasaki que conozco —El libro del mal amor, rePublicanos, Neguijón y este—, lo que más me gusta es su agudo sentido del idioma, su incapacidad para tomarse en serio a sí mismo y su talento para convertir un detalle menor en una historia hilarante. De hecho, cuando abro un libro suyo, tengo la sensación de que su peruanísima prosa de apellido japonés siempre llega vestida de faralaes y con ganas de arrancarse por alegrías. Y eso se lo valoro mucho, en particular, a quienes, a pesar de su onerosa formación académica —estamos ante un historiador—, se rebelan contra la inercia de la retórica humanistico-universitaria y convierten el mundo en un lugar más festivo, en un jardín de recreo donde reírse de uno mismo.
De nacionalismo, refritos literarios y concursos
En cuanto a España, aparta de mí esos premios (Páginas de Espuma, 2009), además de divertido, me ha parecido un artefacto literario inteligente. Desde el título —recuérdese el España, aparta de mí este caliz, de César Vallejo—, todo es juego en este libro. Es más: el libro casi podría considerarse un ejercicio oulipiano a lo Raymond Queneau, pues consiste en 7 variaciones sobre un cuento cuya estructura dramática es bastante similar. Todos los relatos están divididos en secciones y una de ellas —un texto de carácter enunciativo relativo a la Segunda Guerra Mundial— se repite invariablemente en todos, aunque en una posición diferente cada vez. Y en todos los cuentos hay siempre un japonés liándola parda en algún punto de España, y siempre en temas tan identitarios como el fútbol en Sevilla, la cocina en Euskadi o la Guerra Civil en Toledo.
A partir de la coartada del exotismo japonés, y bajo el paraguas de la mirada del extranjero, Iwasaki revisa la versión más esperpéntica de la realidad española. Si a nosotros nos parece marciano que un señor de ojos rasgados vista la camiseta del Betis en el estadio del Sevilla, a otros puede parecerles muy folclórica esa guerra civil de baja intensidad que vivimos a diario entre las llamadas «dos Españas» y que suele tener como caballo de batalla el nacionalismo. De algún modo, ese trastorno bipolar tan nuestro es el tema central del libro.
Asimismo, España, aparta de mí esos premios puede leerse como una crítica a la estética del refrito que alimenta la sociedad del espectáculo en que vivimos. Leyendo a Iwasaki sospecho que para él lo auténticamente posmoderno y vanguardista no es ir de gafapasta por la vida, sino ser un gafapasta y escribir una novela que deconstruya las novelas de templarios. Por ejemplo. De eso va la parodia. De eso iba Cervantes en el Quijote, y de eso parece ir, entre otras cosas, este cachondeo que se trae Iwasaki sobre nuestro hecho diferencial patrio: somos uno de los países que más premios literarios convoca en el mundo.
Lo del «España es diferente» también puede aplicarse aquí. Roberto Bolaño ya dejó escrito lo suyo sobre el asunto; pero, bueno, baste recordar que aquí no hay pueblo, diputación o asociación vecinal que se precie que no convoque su concurso literario. Un fenómeno curioso por cuanto el 50 % de la población no lee y la que lee, como mucho, promedia 2 o 3 libros al año. Además, los concursos suelen premiar relatos inéditos, es decir, libros que no pasan el filtro de editores, lectores, crítica y otros escritores, sino el de un pequeño y manejable comité. Quiero decir: esta manera de organizar el sistema literario español también explica qué entendemos por cultura —más bien industria cultural— en este país.
En fin, que así leo yo este libro, como una parodia cervantina a nuestro españolísimo síndrome premiador. Sea para dar o sea para recibir, como en la universidad o en el ejército, aquí lo importante es el título, el premio, la condecoración. Figurar. Así es como muchos soldaditos de la literatura miden su valía y desfilan por los cenáculos donde invitan a vino, tortilla y jamón. Ni público ni promotores les han de faltar, por supuesto. Eso sí, y animados por el jolgorio de este libro, tampoco les faltará quienes nos cachondeemos de ellos... Es lo que tiene ser cervantino y lector de Iwasaki.
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PD. Rescato una entrevista y una reseña sobre Inquisiciones peruanas que publicamos en su día en Teína con Fernando Iwasaki. También una entrada sobre El libro del buen amor.

