27 de octubre de 2008

Levrero y Teína en la Casa de América

El 17 de noviembre Teína estará en la Casa de América. Será con motivo de la presentación de los libros de Mario Levrero que Mondadori está publicando en España, en especial La novela luminosa y la Trilogía involuntaria. En la mesa participarán Alicia Hoppe —viuda de don Mario, y sospecho que la Alicia de El discurso vacío—, Juan Ignacio —uno de sus hijos—, el crítico Ignacio Echevarría, María Casas —directora de Debolsillo— y, si nadie se arrepiente a última hora de la elección, quien esto escribe, Rubén, en calidad de lector entusiasta del escritor uruguayo y en representación del mundo bloguero y de las revistas electrónicas.

Que sí, que es en serio. Según Constantino Bértolo, tanto Ignacio Echevarría como él están bastante de acuerdo con los disparates que he escrito en Aviones desplumados sobre Levrero, y me ven capaz incluso de decir algo sensato en un acto público así... María Casas, según me explica ella, también sostiene algo similar. En fin, que desde ya muchas gracias a los tres por la confianza, por la oportunidad y por tomarse tan en serio la difusión de la obra de Levrero. Yo, de verdad, encantado y feliz.

Eso sí, asumo que la responsabilidad es grande. Por un lado, porque en el primer intento por introducir a Levrero en España, allá por los 90, lo prologaron Antonio Muñoz Molina y Julio Llamazares, dos autores consagrados; por otro, porque internet alberga a fieles y agudos lectores de este escritor uruguayo, y no será fácil que estos se sientan representados por lo que yo diga. En cualquier caso, de aquí al 17 prepararé mis notas y trataré de estar a la altura de las circunstancias (a la altura de Echevarría es imposible, a la de las circunstancias puede ser).

Por tanto, prepárense los lectores de Aviones desplumados: vienen días de más y más notas levrerianas. Para empezar, hoy, sin ir más lejos, quiero pasar a limpio algunos detalles sobre La ciudad, el primer libro que publicó este autor uruguayo, allá por 1970, cuando tenía 30 años. O mejor dicho: quiero pasar a limpio algunos detalles sobre los prólogos que anteceden a la Trilogía involuntaria, de la cual La ciudad es el primer volumen.

En esta nueva edición, los prologuistas son Ignacio Echevarría, Constantino Bértolo y Julio Llamazares. (Aclaración: la vez anterior, en los 90, sólo se publicaron dos de los tres libros de la trilogía; ahora se publican los tres y ya no está el prólogo de Muñoz Molina, cuyo texto Levrero tanto criticó en La novela luminosa. Eso sí, se mantiene el de Llamazares). A lo que venía: del prólogo de Echevarría a La ciudad, me parecen fundamentales estas palabras que el ex critico de Babelia extracta de Levrero:

La crítica literaria parece dar por sentadas muchas cosas, entre ellas la existencia de un mundo exterior objetivo, y a partir de allí señala límites precisos a la realidad y al realismo, da por sentado que el mundo interior es irreal o fantástico, y trata de rotularlo todo de acuerdo con esos puntos de partida arbitrarios y pretenciosos.

Lo genial del subrayado de Echevarría es que él... ¡es crítico!, y uno de los mejores (además de uno de los personajes de Los detectives salvajes). Quiero decir: la advertencia parece hacerla suya y suena a mayúscula, casi a Wittgenstein poniendo en entredicho las estructuras de la Filosofía. Casi nada, vamos.

Por su parte, Constantino Bértolo describe a Levrero
en su prólogo a París de manera parecida a como me lo imagino yo:

Con aire de escritor maldito, pero sin ningún aire de tragedia, levantó un universo literario caótico, distorsionado, cruel, obsesivo, asfixiante. Ironía a raudales y humor de toda clase: negro, gris, blanco, verde. Poco o nada amigo de la vida literaria, moviéndose en los márgenes de la literatura, asomado al folletín, a lo gótico, a lo absurdo, a la ciencia ficción o a lo fantástico. Autor inclasificable, francotirador, reciclador de literaturas de nula o escasa consideración y al tiempo certero analista de la obra de Kafka, Chandler, Onetti o Cortázar. Adicto a la escritura:

Digo a menudo que escribir es fácil; lo difícil es ser escritor, aguantar las penurias de semejante vida. Yo me resistí todo lo que pude y recién me reconocí plenamente como escritor cuando ya no lo era. Sólo una vocación muy fuerte puede conseguir que uno siga y siga y renuncie a tantas cosas. Pero no veo que pueda ser de otra manera.

Además, rescata dos citas del narrador uruguayo que me parecen cruciales para entenderlo. Una es esta:

La ciudad es una figura arquetípica, relacionada con el instinto territorial. Uno busca una ciudad o un espacio vital cuando quiere construirse a sí mismo.
Y la otra, esta:
No trabajo con invenciones intelectuales, sino que escribo, como creo haber dicho, mirando hacia dentro y observando lo que allí veo.
Por mi parte, añado: hay que ver cómo cambió Levrero
estilística y temáticamente entre La ciudad y La novela luminosa, es decir, entre 1970 y 2000-2004. Después de todo lo que reseñé sobre su obra póstuma, me ha llamado la atención que La ciudad desprenda un aroma tan intenso a Kafka, Beckett y hasta una pizca del Boris Vian de La hierba roja. De todos modos, entre esas páginas primerizas, hay algunos guiños al núcleo del pensamiento levreriano; por ejemplo, este fragmento:

Miré a Giménez, desorientado. Él tenía una franca sonrisa, que sin duda iba dirigida a mi sufrimiento.
—¿Y qué ha sacado en limpio?
—Casi nada —respondí—. Sólo que, evidentemente, en el mundo hay muchas cosas que no comprendo.
Rió en su estilo femenino, de manera afectuosa.
—Y —añadí— que cada día que pasa voy comprendiendo menos.

O este otro:

Era un figura que me recordaba a alguna persona que yo conocía en la realidad, pero que no pude ubicar. No se trata de nadie que aparezca, creo, en estas líneas; más bien es una imagen enterrada en la memoria, quizá desde la infancia.

Esto es todo por hoy. El resto de las notas que tengo en el libro quizá más adelante.

Nos vemos en la Casa de América el día 17, a las 19.30 h.


24 de octubre de 2008

Cervantes y don Quijote

Abrir mi primer blog y emocionarme pensando que podía dedicarle uno a cada obsesión mía fue casi instantáneo. Así, primero monté un blog para los artículos que publicaba en Clarín, luego armé este para hablar sobre literatura y después tomé carrerilla de manera entusiasta y me dije: «Y, ahora, otro dedicado exclusivamente al Quijote». Sin embargo, ya lo dice el sanchopancero refrán inglés: «El camino al infierno está plagado de buenas intenciones». Exacto. Traza y orden, el blog donde pensaba escribir semanalmente sobre lo que me sugiere el que quizá es mi libro favorito, quedó en apenas cuatro entradas. Y es que mantener un blog implica una obligación de tiempo ineludible, y multiplicarla por tres o por cuatro (también mantengo el de Teína) es demasiado. Hoy, por fin, he mandado ese blog a pique... Adiós, adiós. Eso sí, antes rescato para Aviones desplumados lo poquito que escribí ahí.

De todos modos, esto no es final de mi pasión cervantina. Quizá con este movimiento de reunificación bloguero logre lo que antes no conseguí: abrir el Quijote en plan Biblia —que lo es— y copiar un párrafo o escribir algún disparate que me sugiera leer a don Miguel, ese libérrimo y ubérrimo genio de esta lengua nuestra. Por ahora, ahí van las cuatro entradas que escribí, una detrás de otra:

I

Quizá el pecado original de quienes se aventuran a escribir una novela en español sea una deuda —la reconozcan o no— con el Quijote y con Cervantes. Con esa enormidad de libro y de autor. Con esa interminable capacidad de ambos para ofrecerle incluso a los lectores del siglo XXI semejante máquina de jugar con las palabras, los tonos, los puntos de vista, los personajes, la estructura... Con casi cualquier concepto narrativo, en definitiva. Pura y continua literatura fue la lúdica cabeza de don Miguel, presta como ninguna otra a enchufar la máquina de escribir disparates y eslabonarlos uno tras otro, sin parar. Sin parar de reírse, sin necesidad de ser solemne mas que para entreverar burlas y sorprender continuamente a sus lectores tanto como a sí mismo. Un genio, sí, pero sobre todo un caballero andante de las letras que sabía cómo plantarle batalla a ese vestiglo llamado novela.


II

[ Don Quijote ] «En efecto, lo que yo alcanzo, señor bachiller, es que para componer historias y libros, de cualquier suerte que sean, es menester un gran juicio y un maduro entendimiento. Decir gracias y escribir donaires es de grandes ingenios: la más discreta figura de la comedia es la del bobo, porque no lo ha de ser el que quiere dar a entender que es simple. La historia es como cosa sagrada, porque ha de ser verdadera, y donde está la verdad está Dios, en cuanto a verdad; pero, no obstante esto, hay algunos que así componen y arrojan libros de sí como si fuesen buñuelos».

(Extraído del capítulo III de la segunda parte del Quijote).


III

El Quijote es como el arroz: se puede cocinar como uno quiera, que muy mal lo ha de hacer para que salga un plato incomestible. Lecturas sobre el Quijote hay muchas. Las que más abundan y circulan son las de corte histórico, academicista o sociológico. Hay quienes buscan criptojudíos por todas partes, están quienes leen la novela como si fuera un inerte bodegón de la lengua del siglo XVII, abundan quienes ven en el protagonista a ese humano utópico que anida en todos nosotros. Y está muy bien que así sea; cada cual lleva el agua a su molino.

Sin embargo, el libro admite más lecturas. Y al menos admite algunas menos estigmatizantes desde el punto de vista estético, es decir, entendiendo la novela como una obra de arte, no como un vehículo para comunicar información y educar a la gente. A ojos de un escritor, el Quijote debería leerse más bien como un manual sobre cómo escribir una novela. Muchos de los recursos técnicos que usan o han usado los autores del siglo XX y XXI están ya ahí, en un texto del siglo XVII, puestos sobre el tapete por un señor manco, pobre y algo pedante; pero que escribía con un entusiasmo y una alegría como pocas veces se ha visto en la Historia. Cervantes no es grande porque cuatro viejos locos hayan decidido que sea un «clásico». No, de ningún modo. Cervantes es un genio porque era un escritor cojonudo.

Si alguna reflexión dejan las más del mil páginas de apretada letra de que consta su obra magna es que don Miguel sabía cómo ser imprevisible constantemente. Durante páginas y más páginas se muestra como un excelente prestidigitador que se saca trucos, uno tras otro, para volver verosímil lo inverosímil, sostener la atención del lector y asegurarse de que este lo acompañará al capítulo siguiente. Dicho de otro modo: es un artista de la forma cuyos artificios apuntan siempre al más difícil todavía, no un picapedrero del contenido que novela la realidad. Y es tan bueno con sus cabriolas literarias que varios siglos después su texto aún funciona como un exacto mecanismo matemático. Por eso hay que estudiarlo.


IV

«Cada uno mire cómo habla o cómo escribe de las presonas, y no ponga a trochemoche lo primero que se le viene al magín».

(Extraído del capítulo III de la segunda parte del Quijote, página 571).

23 de octubre de 2008

Entrevista con Yuri Herrera

Ayer publicamos el 19 de Teína. Como siempre, el montaje nos ha costado lo suyo (las cosas de los proyectos sostenidos a pulmón, sin dinero); pero ya está en la red. El dosier de este n.º está dedicado a la erótica del poder. En el blog de la revista podréis encontrar un pantallazo sobre los contenidos. Por parte de este bloguero, además de reseñar, entre otros, El discurso vacío... de ¡Mario Levrero! (¡cómo no!), esta vez entrevisté a Yuri Herrera, de quien comenté hace un tiempo su novela Trabajos del reino en el blog. Extracto un par de preguntas y respuestas de la entrevista, por si alguien quiere saber más sobre cómo y desde donde crea este escritor mexicano.

La novela transmite la sensación de ser una máquina hecha de palabras diseñada y calculada hasta su último adjetivo. ¿Eres de los autores que tienen plena conciencia del texto?
Sí, claro, sin lugar a dudas. No digo que tenga control sobre todos los sentidos generados en la novela, pero sí creo que es una obligación del oficio hacerse responsable de cada signo que uno le ofrece al lector; si uno va a intervenir la página en blanco, debe saber para qué.

«Las parejas se entallaron», «mochar el pulgar con unas pinzas», «balconear una intriga», «a mí que me esculquen» o «los corridos reclaman bragarse y figurar la historia». ¿Eres un maniático de los verbos exactos y orales?
No sé si sea una manía. Creo que es importante llegar a un momento en el proceso de escritura en el que uno está tan compenetrado con la historia y con cómo quiere decir la historia, y con el ritmo al que uno está contando la historia, que este cuidado en la elección de las palabras responde menos a una neurosis que al placer de decir las cosas exactamente como se las quiere decir.

¿Más Yuri Herrera? Por acá, por favor.

20 de octubre de 2008

La novela luminosa, Mario Levrero (parte 3)

Sé que alguno pensará que me estoy poniendo pesadito con Levrero. (ver I, II, III y IV). Lo sé. Pues, como diría muy cervantinamente don Mario, salga de aquí quien así lo crea y «que no siga ensuciando mi texto con su resbalosa mirada, y que no intente jamás leer otro libro mío». (Bueno, donde dice «libro» que diga «mensaje»). Aclarado lo anterior, ya puedo ir con que, en fin, voy por la página 478 y sigo entusiasmado con La novela luminosa. Es más: he encontrado uno de esos pasajes que dibujan por completo a su autor, y para el que parece que estar construida no sólo la novela, sino la obra completa de este escritor. Dice así:

[Nota introductoria: a principio de capítulo, Levrero venía reflexionando sobre si debería destruir lo que había escrito «no porque me parezca que lo que llevo escrito sea definitivamente malo e irrecuperable, sino más bien por la certeza de la imposibilidad de continuarlo». A continuación da cinco razones para sabotear su proyecto... Sin embargo, en la última escribe, ocurre, lo siguiente:

E) Porque, y este es el ítem principal, sé que es un trabajo inútil; que será impublicable, no sólo porque no interesará a ningún editor, sino porque yo mismo lo ocultaré celosamente.

Pues bien: porque es un trabajo inútil, por eso mismo debo hacerlo. Estoy harto de perseguir utilidades; hace ya demasiado tiempo que vivo apartado de mi propia espiritualidad, acorralado por las urgencias, y sólo lo inútil, lo desinteresado, me puede dar la libertad imprescindible para reencontrarme con lo que honestamente pienso que es la esencia de la vida, su sentido final, su razón de ser primera y última. Hay un problema: cuando hago algo inútil me siento culpable, y todo mi entorno —familiar y social— colabora activamente para que así me sienta. Para poder continuar, debo estar preparado a resistir tenazmente a ese fantasma de la culpa, a atacarlo en sus propios reductos y pulverizarlo —armado apenas con la convicción oscilante de que tengo derecho a escribir.


Estaba tentado de escribir un largo mensaje donde explicar qué clase de emociones me despierta este pasaje (muchas, profundas, enriquecedoras). Tranquilos: os lo ahorro. Tan sólo digo que, como un koan zen, recomiendo releer periódicamente este fragmento y usarlo como espejo en el que mirar la vida de uno. Y pensar sobre ello. Fabricarse un ratito de ocio y pensar, pensarse, echarle un vistazo a cómo van los fantasmas personales al respecto.

(Ah, y por favor, tengamos la conciencia más ancha que la cabeza de un alfiler, que esto es literatura: donde pone escribir podría poner cualquier otra actividad, desde la entomología a la cría del avestruz, pasando por mantener un blog, publicar una revista electrónica gratuita o, sencillamente, vagar por la ciudad. Como dice el clásico budista sobre las palabras, el dedo no explica qué es la Luna, sino dónde está).

Me faltan algunos libros de Levrero —ahora me arrepiento de no haber comprado alguno más cuando estuve en Montevideo—, pero estoy por aventurar que La novela luminosa es la obra cumbre de este pedazo de escritor uruguayo, amén de un hito en la literatura en lengua española.

Hala, con dos cojones. Ahí queda eso.

Eso sí, en un país como España, donde hoy decir literatura equivale a nombrar a Vila-Matas, Javier Marías, Rosa Montero, Antonio Muñoz Molina, Arturo Pérez-Reverte o Almudena Grandes —o donde el premio Planeta se lo acaban de entregar a un nefando novelista llamado Fernando Savater, capaz de escribir un ripio atómico como Caronte aguarda—, decía, en un país con propuestas literarias tan sosas dominando la cúspide del poder literario, no tengo ni idea de quiénes apreciarán una inteligencia arriesgada, delirante y libérrima como la de Levrero. En fin, no quiero ponerme en plan evangélico: que cada cual lea lo que le dé la gana. Yo leo a Levrero.

PD: Incluso escribo este mensaje perfectamente inútil y con tiempo robado al Sistema porque me da la gana. Tampoco tengo previsto sentirme culpable por ello.

[ La (estupenda) ilustración está sacada del blog de Gabriel, un ilustrador uruguayo. ]

16 de octubre de 2008

El beso de la mujer araña, Manuel Puig

Hace unos días empecé a saldar cuentas con Manuel Puig. Ni yo mismo sé explicar por qué no leí nada de él mientras vivía en Buenos Aires. Cosas que pasan. De hecho, El beso de la mujer araña se lo tomé prestado a Juan a última vez que estuve en Valencia; digo: ni siquiera he tenido la decencia de comprarlo. Es como que me daba pereza engrosar mi biblioteca con algo de este autor de apellido tan fallero y raigambre tan porteña. No sé. A lo que venía: en buena hora perdí mi virginidad manolístico-puigística. Disfruté de esta novela. Mucho.

Me gusta que el libro carezca de narrador. Es más, que Puig ni siquiera lo use para las atribuciones de diálogo —esas que convierten a veces al Dostoievski de Crimen y castigo en un escritor lamentable—, y que el texto sea conversado, salvo por un par de capítulos, casi de cabo a rabo. Pero sobre todo me gusta que, a diferencia de otras novelas conversacionales que se vuelven tediosas porque se nota que necesitan un narrador que dinamice la relación entre los personajes, El beso de la mujer araña se sostiene —y de qué manera— sólo en el registro oral de Molina y Valentín, los dos protagonistas. Todo lo que sabe el lector de uno y otro personaje es porque estos lo cuentan sobre sí mismos o por algo que ellos opinan sobre su interlocutor.

Además, el contexto para que esto funcione está bien elegido: una cárcel argentina durante la época del Proceso. A Molina lo han detenido por depravado: es gay y está acusado de haber abusado de un menor. Valentín es un guerrillero, el clásico setentista que defiende que las ideas marxistas y la liberación del pueblo están por encima incluso del amor a su novia. En fin, que el primero prefiere hacer el amor y no la guerra; y el segundo, lo contrario.

Eso sí, encerrados en la celda, Molina y Valentín hacen lo único que pueden hacer dos presos: vegetar, dormir, hablar, pedir turno para el baño, comentar que la polenta parece yeso. Esas cosas. Como vienen de mundos muy dispares, charlar les permite conocerse, entender qué clase de extraño es quien se tumba en el otro catre. Y esa es la fuerza que empuja el argumento hacia delante: insinuar a través de los visillos de las palabras el mundo interior de dos personas tan distintas. Porque para el lector, en un principio, la tensión narrativa recae sobre una pregunta obvia: ¿de qué pueden hablar un guerrillero que se considera un hombre de principios con otro varón que se considera mujer y al que le encanta trabajar de escaparatista?, ¿dónde puede estar el puente entre ambos que les permita explorarse?

Pues en el cine.

Molina le cuenta melodramáticas películas de amor al duro de Valentín. Como si fuese una Sherezade que vigilara por su vida, Molina deja en vilo noche tras noche a su compañero sobre cuál será la continuación de la historia que le narra. Llegar hasta el final de la película puede costarle una semana, por ejemplo. (Juraría que no acotaciones temporales en el texto, así que digo lo de «una semana» de manera aproximada). Entre narración y narración, los dos se prestan las sábanas para limpiarse los restos de una diarrea, calientan agua para un té, pelean por algún malentendido. Es decir: van construyendo un vínculo.

Como todo buen libro, El beso de la mujer araña da para charlar sobre muchos aspectos de la narrativa. A mí, además de la coloquialidad que consigue Puig y cómo logra hacer avanzar una trama sin usar un narrador, me llamó la atención una idiotez... ¿Cuál? Lo bien que describe Molina los vestidos que usan las actrices y la fisonomía de estas. Como rasgo para apuntalar un personaje gay que se sueña mujer, me parece más que notable, sobre todo porque ninguno de los protagonistas vuelve explícito el ardid, y es un detalle que resuena cuando uno cierra la novela.

A continuación, algunos fragmentos para ilustrarlo. Por ejemplo, así empieza el libro:

—A ella se le ve que algo raro tiene, que no es una mujer como todas. Parece muy joven, de unos veinticinco años cuanto más, una carita un poco de gata, la nariz chica, respingada, el corte de cara es... más redondo que ovalado, la frente ancha, los cachetes también grandes pero que después se van para abajo en punta, como los gatos.
—¿Y los ojos?
—Claros, casi seguro que verdes, los entrecierra para dibujar mejor. Mira al modelo, la pantera negra del zoológico, que primero estaba quieta en la jaula, echada. Pero cuando la chica hizo ruido con el atril y la silla, la pantera la vio y empezó a pasearse por la jaula y a rugirle a la chica, que hasta entonces no encontraba bien el sombreado que le iba a dar al dibujo.

Un buen inicio. Además de por la escritura tan visual, diría que lo otro que invita a seguir leyendo es eso de poner una pantera negra y una chica con cara de felino pintándola... ¿Por qué la pinta? Ah, siga usted leyendo. O mejor dicho: escuchando a Molinita. Pero a lo que iba con los vestidos; aquí van tres fragmentos.

Uno:

—Sí, es hermosa. Y por la ropa rara se nota que es europea, un peinado banana todo alrededor de la cabeza.
—¿Qué es banana?
—Como un... ¿cómo te puedo explicar?, un rodete así como un tubo alrededor de la cabeza, que alza la frente y sigue todo para atrás.

Y otro:

—No pierdas tiempo, contame la película.
—Y cuando termina ese número queda el escenario todo a oscuras hasta que por allá arriba una luz se empieza a levantar como niebla y se dibuja una silueta de mujer divina, alta, perfecta, pero muy esfumada, que cada vez se va perfilando mejor, porque al acercarse va atravesando colgajos de tul, y claro, cada vez se le va pudiendo distinguir mejor, envuelta en un traje de lamé plateado que le ajusta la figura como una vaina. La mujer más divina que te podés imaginar.

Y un tercero:

—Bueno, ¿dónde estábamos?
—En que él le canta en el boliche a ella, que se le aparece en fondo del vaso de aguardiente.
—Sí, y que cantan a dúo. A todo esto, ella... ha dejado al magnate, le ha dado vergüenza seguir haciendo esa vida, y decide volver al trabajo. Va a presentarse en un club nocturno como cancionista, y ya es el primer día del debut, ella está muy nerviosa, a la noche va a volver a ponerse en contacto con el público, y esa tarde es el ensayo general. Se presentan con un traje largo, como todos los de ella, sin breteles, el busto muy ceñido, la cintura de avispa y después la pollera amplísima, todo en lentejuelas negras. Pero el brillo de las lentejuelas es apenas como un resplandor. El pelo muy sencillo, raya al medio y largo hasta los hombros. La acompaña un pianista, el escenario es nada más que un cortinado de raso blanco recogido por un lazo igual, porque ella donde va quiere sentir el contacto con el raso, y al lado una columna griega simulando mármol blanco, el piano también blanco, de cola, pero el pianista de smoking negro.

Los tres ejemplos son eso: ejemplos; el libro abunda en pasajes similares. Con ello Puig logra, además de una nitidez espléndida en las imágenes, un tono que da identidad al relato y un rasgo que singulariza al personaje. Es más: Molina es uno de los grandes personajes de la literatura argentina porque no puedes quitártelo de la cabeza. Yo mismo termino por imaginármelo como una especie de Genis —el teclista de Astrud— que se muere por llevar aunque sea unos zapatos de tacón en la celda, y olvidarse así hasta de la polenta en forma de yeso. Y es que Molinita, un personaje tan basureado por su condición homosexual como Valentín por la suya de guerrillero, sabe hacer algo que su compañero no: abrir una puerta a la imaginación. Incluso se anima a soñar en voz alta, a través del cine, ese mundo diferente donde los sentimientos priman sobre las ideas, y no al revés. Un mundo que, en definitiva, también haría feliz a Valentín.

*

El beso de la mujer araña, Manuel Puig
Editorial Seix Barral, Barcelona 1976

12 de octubre de 2008

La novela luminosa, Mario Levrero (parte 2)

Quiero pasar a limpio algunas notas de otros libros que he leído antes de ponerme con Levrero; pero, mientras encuentro el momento para hacerlo, sigo tomando apuntes sobre mi bienamado don Mario, que me mantiene absorto en su póstuma La novela luminosa (Mondadori, Barcelona 2008).

Van cinco subrayados.

I

La única forma de estar seguro de un procedimiento, especialmente cuanto está ligado al tiempo, es probarlo y probarlo y probarlo, y aun así... (Pág. 93).

II

Estimado Mr. Guggenheim, creo que usted ha malgastado su dinero en esta beca que me ha concedido con tanta generosidad. Mi intención era buena, pero lo cierto es que no sé qué se ha hecho de ella. Ya pasaron dos meses: julio y agosto, y lo único que he hecho hasta ahora es comprar esos sillones (que no estoy usando) y arreglar la ducha (que tampoco estoy usando). El resto del tiempo lo he pasado jugando con la computadora. Ni siquiera puedo llevar como corresponde este diario de la beca; ya habrá notado cómo dejo temas en suspenso y luego no puedo retornar a ellos. Bueno, sólo quería decirle estas cosas. Muchos recuerdos a Mrs. Guggenheim. (Pág. 88).

III

Objetivo: abrirme hacia el ocio y hacia la novela que quiero escribir, la que en este momento me parece tan remota. (Pág. 81).

IV

Es difícil descubrir los propios prejuicios, que se afincan en la mente acompañados de una especie de soberbia, no me explico de qué extraña manera. Esos enanos se instalan allí como absurdos dictadores, y uno los acepta como verdades reveladas. Muy de tanto en tanto y por algún accidente o azar uno se siente obligado a revisar un prejuicio, discutirlo consigo mismo, levantar una punta y mirar a través, atisbar cómo es la realidad de las cosas. En esos casos es posible desarraigarlo. Pero quedan en pie todos los demás, disimulados, llevándonos desatinadamente por caminos erróneos. (Pág. 76).

V

Lo importante de la literatura no radica en sus significaciones, pero eso no quiere decir que las significaciones no existan y que no tengan su importancia. Muchas veces he dicho y he escrito: "Si yo quisiera transmitir un mensaje ideológico, escribiría un panfleto", con estas o con otras palabras. Pero eso no quiere decir que en mi literatura no se expongan ideas, y que no valga la pena mencionar esas ideas. (Pág. 125).

9 de octubre de 2008

La novela luminosa, Mario Levrero (parte 1)

¿Por qué hay días que escribo de los libros cuando los empiezo y otros cuando los termino? No lo sé. Sólo sé que escribo sobre ellos por el puro placer de pasar a limpio algo que me han sugerido. Se da. Sin más. Hoy, por ejemplo, he empezado La novela luminosa, esto es, la obra póstuma de Mario Levrero, y aquí estoy, escribiendo sobre él. Mientras lo hago, no paro de mirar de reojo el libro, a ver cuándo me sacó otra horita y me zampo cincuenta páginas más. Es que lo mío con Levrero ya es amor, y mira que no profeso la militancia ciega de la idolatría con escritor alguno. Pero con él estoy ahí, ahí, al borde. Quizá después de inocularme las 567 páginas que integran esta joya publicada por Mondadori me desbarranque y caiga en la adoración levreriana.

De momento, sólo he leído 51 páginas esta mañana; pero me han bastado para entusiasmarme. La novela luminosa entronca directamente con El discurso vacío, aunque en una versión más refinada, más pulida; y, por ahora, con un equilibrio entre lo cotidiano y lo trascendente, entre lo trivial y lo profundo, aún más fluido. Como suele ser habitual, el programa estético de Levrero es complejo y sencillo a la vez. Lo explica, en un guiño metaliterario, mientras cuenta por qué un incansable lector de policiales como él está absorto leyendo novelas y diarios de Rosa Chacel:

En ese diario suyo que estoy leyendo y que me empujó a escribir este diario mío, hay entre una cantidad enorme de trivialidades, algunas reflexiones que me dejan estupefacto. Entre ellas, algo que yo empecé a escribir una vez e interrumpí, sobre las relaciones entre sexo, erotismo y mística.

El propio escritor aclara que está sorprendido de que le guste tanto Chacel; y aprovecha el descubrimiento para encontrar una coartada literaria y contar de manera oblicua cómo escribe él, a través de los rasgos de esa autora con los que se identifica. Porque eso, lo que él subraya de doña Rosa, es exactamente lo que él hace en su novela: contarte cómo le gusta jugar al Golf —un juego de cartas— en la computadora o distraerse programando en Visual Basic, a la vez que te explica cómo de huérfano lo dejaron sus padres cuando murieron. Todo ocupa un mismo plano. Con idéntica soltura te cuenta de su amiga Chl que «yo preferiría que me diera, como antes, satisfacción sexual, pero no, me da guisos» que te dispara, a sus 60 años, «sigo demorando el enfrentarme con lo que me va a permitir hacer lo que quiero» o «Mi madre dejó de ser para mí un montón de huesos; siento su presencia viva en mí».

Vamos, que Levrero escribe lo que le da la gana, lo que le apetece en cada momento. O mejor dicho: simula con un estilo impecable como que lo hace... Según el prefacio, esta novela le costó 16 años escribirla y le supuso una gran cantidad de correcciones. Es más: para terminarla, unos cuantos amigos lo aconsejaron presentarse a ¡la beca Guggenheim! (¿alguien se imagina a Levrero rellenando los impresos para semejante beca que se concede a gente sesudamente ultraseria?). Pues se la dieron, y por eso el libro arranca con una sección que se llama Diario de la beca, donde hay perlas como esta de la página 47:

¿Y la beca? Me imagino que algún lector impertinente, de esos que nunca faltan, estará pensando: «¿A este tipo le dieron un montón de plata para que juegue Golf (y Buscaminas, reciente nuevo hábito) y se divierta con el Visual Basic? Qué desvergüenza. Y le llama “diario de la beca”». Calma, lector. Me llevará tiempo cambiar de hábitos.
Genial.

Pero no por rebelde antisistema o por canchero de barrio, no; sino porque este fragmento forma parte de un todo donde Levrero, como en El discurso vacío, reflexiona sobre el proceso creativo del escritor. En este punto del texto, Levrero lleva 47 páginas contándote que «el objetivo es poner en marcha la escritura, no importa con qué asunto, y mantener una continuidad hasta crearme un hábito» y que a ver si, página a página, ¡se acerca a lo que quiere escribir para justificar el dinero que recibe de la beca! Es decir: interpreta con antelación lo que cualquier sabiondillo lector cultureta pensaría a esa altura del libro: «¿Me estás contando que te has patinado la plata comprándote un par de sofás, dándole un aguinaldo a tu hija y tal, y que aún no has escrito una puta página en serio, cabrón. ¡Quiero tu beca!». Y sí, es cierto que Levrero es un libérrimo anarquista literario; pero bajo la superficie de su discurso, de manera intencional, está contando cómo funciona su imaginación, su manera de crear.

Lo reconozco: adoro esa clase de sutilidad.

Si es que lo mío es la lucha contra el Sistema desde esta clase de trincheras, qué va a ser. ¿Por qué? Porque este hombre propone una literatura de gran pureza, donde la única consigna es trabajar con las experiencias personales, con los sueños, con las obsesiones, con la cotidianidad que envuelve a esas formas de aprendizaje personal, y exhorta a macerar sin prisa ese material psíquico, hasta ofrecérselo al lector aquilatado bajo una mirada estética y una escritura hecha de tiempo, en una escritura que se haya demorado lo suficiente en excavar y sacar a la luz imágenes dormidas en las remotas provincias del inconsciente. Por eso es luminosa la escritura de Levrero. Por eso refulge con una intensidad que sus epígonos no alcanzan y que los lectores apresurados no captan.

Además, y por si fuera poco, es un encendido defensor del ocio, de dedicar el tiempo a asuntos que no reporten utilidad. Frente a quienes se alienan en el trabajo o en las reponsabilidades superfluas (y encima putean a quienes no se estresan tanto como ellos), Levrero se alza para advertir que dedicarse tiempo libre a uno mismo es la única manera «no ya de vivir, sino de estar realmente vivo. Mediante el ocio es posible armonizarse con el propio espíritu, o al menos prestarle algo de la atención que se merece». No es que él se rasque las pelotas a tiempo completo (es pobre, es un laburante más), sino que frente a la avasalladora fuerza del trabajo o de la gente por quitarle su tiempo libre, él, como señala en esa cita de El portero y el otro o como contaba en El discurso vacío, lucha por instaurar un espacio del día donde gobernar el tiempo a su capricho, donde estar a solas consigo mismo y boludear.

Es decir: frente al eslogan nazi de «El trabajo os hará libres», y del que parece haberse apropiado el neoliberalismo, Levrero sostendría algo como «El ocio os hará libres (al menos un poquito)».

En La novela luminosa, da a entender el porqué de ese ahínco:

Yo también, como esa gente que he despreciado, me he ido creando un fuerte temor a mi mismidad, a estar a solas sin ocupación, a los fantasmas que desde el sótano empujan siempre la puertatrampa buscando asomarse y darme un susto.

La fuente es una vulnerabilidad propia: cuando me ocupo de otros asuntos, no me ocupo de mí mismo. He ahí la semilla de la neurosis galopante que sufren quienes, para evitar enfrentarse a su pasado, se alienan en el trabajo y postergan cualquier ataque directo a las causas de su infelicidad. Procrastinación lo llama algún técnico. Levrero conjuga una y otra vez ese verbo: postergar.

En plena Sociedad del Espectáculo, donde muchas personas viven de imágenes prestadas y de prejuicios heredados sobre qué da y qué no da la felicidad, y donde la narración de sus vidas parece calcada de las series de televisión que consumen, y donde la postergación de las decisiones vitales se camufla bajo la etiqueta de «lo normal», Levrero rompe una lanza por la narración propia, por buscar un tiempo donde explorar la creatividad personal. No es que haga planteamientos radicales, pero sí deja el mensaje de, che, hay que saber aislarse de ese cáncer que es sólo pensar en la estabilidad económica, generarte obligaciones innecesarias o ascender en el organigrama de tu empresa. Hay que saber aislarse, mirarse adentro y conversar con uno mismo para no quebrarse ante tanta presión exterior. Y la escritura porque sí — sin ponerse la pretensión de ganar dinero con ella, querer ser reconocido, etcétera— es una herramienta con que apuntalar el techo donde soportamos esa carga: la cabeza.

Es como si Levrero escribiese recordando aquella máxima de Robert Louis Stevenson que decía —cito de memoria— que la precisión en las palabras dimana de la precisión en el espíritu. Este escritor singular busca justamente esa exactitud: la del espíritu, confiado en que de ella nacerá la sabiduría para acertar con lo que escribe, para iluminar zonas del inconsciente donde anidan imágenes que no sabe explicar antes de escribirlas. Es sutil, pero en ese orden de preferencias, primero el espíritu y luego la palabra, encierra toda una manera de vivir y de enfrentar la escritura. Por eso es grande.

*

La novela luminosa, Mario Levrero
Mondadori, Barcelona 2008

6 de octubre de 2008

Tortugas acuáticas, Roxana Popelka

Llevaba unos días para escribir sobre Tortugas acuáticas, el libro de cuentos de Roxana Popelka. De ella sólo sabía que integraba Hank over, la antología en homenaje a Charles Bukowski que ha publicado Caballo de Troya. Y, bueno, desde hace dos o tres domingos sospecho que somos vecinos o algo así: vi a alguien igual de pelirroja que ella en la plaza de Lavapiés caminando con un par de chicos y sus muñecos. ¿Era, no era? En fin, las cosas que tiene poner la foto en la solapa de los libros. Estuve tentado de acercarme y preguntar, pero entonces sólo había leído la mitad de libro.

Ahora ya lo he terminado y quiero pasar a limpio algunas notas que me sugirió la lectura. Borges decía que había que juzgar a los poetas por sus mejores poemas; y diría que con los cuentistas y los novelistas el consejo también vale. Y ante un libro heterogéneo y desigual como este (o así lo siento yo, vamos), el prisma Jorge Luis me ayuda a establecer que,
en términos globales, me gustó descubrir Tortugas acuáticas. Digo: estéticamente, me siento cercano a tres o cuatro cuentos del inicio del libro, y con los hallazgos de ahí me alcanza para compensar lo que no me gusta en los demás.

Temáticamente, gran parte de los relatos se ambientan de un modo u otro en las maldades y servidumbres del mercado libre (ese que anda en quiebra en estos días). Son sobre todo los cuentos de mitad para delante, y esos precisamente son los que me dejan frío por momentos. Como contaba con Una puta recorre Europa, de Alberto Lema, me cuesta horrores la «literatura comprometida» o «social». Y, en el caso de Popelka, no es una cuestión relacionada con el paisaje de extrarradio y las estaciones de cercanías, o con las chimeneas de las siderúrgicas, o con esa pareja de amigos que se niegan a celebrar la Navidad con sus familias y que encuentran patético que los demás lo hagan. No. Para nada. Lo que me pasa es que en ocasiones el mensaje político no está sugerido, sino que está obscenamente explícito; y a mí eso me deja frío (en términos de literatura).

Y no porque discrepe de que este mundo, como dice Cambalache, «fue y será una porquería»; sino porque considero que la denuncia calza mejor en el periodismo o en el ensayo que en la novela. (O en los tangos, claro: ¡vamos Julito Sosa!). Digo: yo leo desde ahí, aclaro mis prejuicios.

Entonces.

Me siento cercano a los cuentos del principio porque la autora que deja en paz al Sistema, obvia la política explícita y se centra en una narración más sensorial. Para entendernos, disfruto cuando convierte en eje de su narración a una adolescente que se comporta como un hombre para conseguir la bendición paterna y que, de repente, sufre porque le viene por primera vez la regla. También con dos narraciones, 15 grados, el agua está fría y Una foto en la nieve, que se retrotraen a la infancia (con abuela uruguaya incluida en el segundo caso, para hablar de las migraciones). En esos textos, el narrador muestra personas y no necesita insistir en que si la «etapa desarrollista», los «restos del trabajo en cadena del siglo XX» o en si «P está harto de la sociedad de consumo», frases que aparecen en la segunda parte del libro.

Un par de botones para ilustrar esto que digo. Este es sobre la chica que quiere validarse frente a su padre:

Con los años también he aprendido a mear de pie. Al principio con bastante torpeza. Lo salpicaba todo, aunque después de mucha práctica soy capaz de abrir las piernas y meterme por entre la taza y controlar el chorro de pis desde que sale del conducto urinario hasta que cae justo en la taza del water. Distingo a la perfección si el que está meando es un hombre o una mujer, por el sonido del pis, claro. Nadie sabe que meo de pie. Ni en el colegio, ni mi hermano. Ni siquiera mi padre. Cierro la puerta con pestillo y jamás permito que entren conmigo al aseo. Es un secreto.

(La zanja, página 26.)

Para mí, esto es literatura. Y buena. Prosa concisa, nitidez en las imágenes, ritmo en las oraciones, un personaje al que lo sigues y que se presenta a sí mismo a través de las acciones, el tono de la voz o cómo elige los detalles. Quiero decir: es el lector quien le pone rostro, quien saca conclusiones sobre si le parece ordinario o no o sobre qué fibra íntima le llevará a mear de pie hasta muchacha... ¿Es un edipo? ¿Una mujer que quiere ser hombre? Quién sabe; cada cual hará su lectura.

Y este otro botón va sobre la intimidad:

Acabo con las piernas y palpo su finura, da gusto —pienso—. Ahora las ingles y el pubis, con mucho cuidado. Extiendo la espuma de afeitar por toda la zona, es muy sensible y estoy nerviosa, sigo nerviosa. Primero la ingle izquierda, luego la derecha. Ahora el pubis, primero, hacia abajo, en el mismo sentido de crecimiento de los pelos, doy un repaso, no ha quedado bien. Esta vez en sentido contrario, me gustaría rasurármelo entero, sí, es una barbaridad, sólo la mitad, ya lo sé, aunque queda como un pequeño bigotito ridículo, da igual, ya está ¡me he cortado, mierda!, me sale sangre. Busco el botiquín en el armario del baño y saco el bote de agua oxigenada, echo un poco en la herida con un trozo de algodón, es por la cuchilla que es nueva. Vale, ya está. Recorto los pelos sobrantes con las tijeras pequeñas, me los corto al ras. Bien, sólo faltan las axilas, es rápido, primero la izquierda, ya está, ahora la derecha. Acabo con la depilación, menos mal, tenía unos pelos muy duros, es lo malo de usar cuchilla, que los pelos crecen más duros, pero no voy a cambiar a la cera, es una tortura, a lo mejor para el verano, ya lo pensaré. Me quedan 8 minutos. Me desvisto y me meto en la ducha, me enjabono todo el cuerpo con jabón de glicerina, estaba de oferta en Eroski. (...)
(En 15 minutos, páginas 30.)

¿No resulta tentadora para el lector la intimidad de este personaje? Lo reconozco: sobre todo para un varón. Pero, en términos de literatura, esto es Carver —minimalismo— y es Chéjov —gente común como personaje—. Y lo que encuentro atractivo es que para generar tensión literaria alcanza con un pubis, una cuchilla de afeitar —nueva—, espuma de baño, tijeras para los pelos sobrantes y una mujer que tiene prisa por rasurarse porque su cita está a punto de tocarle el timbre. Es decir: sustantivos bien elegidos, acciones precisas y un punto de vista particular. Eso es lo que provoca ganas de seguir leyendo.

Es más: ni siquiera, como lector, necesito que me aclaren la clase social de la narradora... Además de por cómo describe la depilación, hay un detalle que singulariza a esta chica: usa jabón de glicerina de oferta del Eroski. Perfecto.

Ahora comparemos esto con esto otro:

La cajera no es amable, no tiene por qué serlo, en su situación yo tampoco lo sería. No le queda cambio, así que toca un timbre instalado debajo de la caja y llama a su compañera que se acerca por el pasillo de los congelados. Viste una bata azul casi descolorida, y lleva unos zuecos ortopédicos que soportan el peso de su cuerpo: un trasiego constante durante toda la jornada laboral. Tiene una placa en el delantal que dice: Ángeles G, Ángeles G aparece con una bolsa transparente llena de monedas y se la da a la cajera: Isabel R. Ángeles G vuelve a su trabajo, esta vez por un largo pasillo con poca luminosidad; el de las legumbres. Observo por un instante cómo descarga el resto de la mercancía. Mientras, en la cola, la gente comienza a impacientarse. Un tipo de unos cincuenta años vocea pidiendo que abran otra caja: tengo prisa —grita— pero no le hacen caso. Seguro que Isabel R lleva cinco horas seguidas de pie sin moverse del sitio pasando productos por la pequeña cinta transportadora: uvas, una bolsa de arroz, café, leche, chocolate, aceite. Restos del trabajo en cadena de principios del siglo XX, una trabajo mecánico y embrutecedor donde los seres humanos son tratados como objetos porque es más fácil organizar a los objetos que a los seres humanos.

(Estación de cercanías, páginas 66 y 67.)
Todo venía bien hasta aquí. Me encanta que la protagonista sea una cajera de supermercado, me encantan el detalle de la chapa, la cinta transportadora, las uvas... Pero ¿era necesaria la última oración? ¿Era necesario aclarar también que los zuecos «soportan el peso de su cuerpo: un trasiego constante durante toda la jornada laboral»? Dada la adscripción de la escritura al minimalismo carveriano, me resulta sorprendente esta concesión y que el narrador, de repente, se vuelva explicativo. Y, claro, esto es algo que sucede aquí y allá, y que a mí me dispara fuera del libro.

A ver, es como si en Los lunes al sol, cuando la chica empaqueta pescado en la cadena de montaje y el jefe le prohíbe ir al baño
por cuestiones de productividad —o algo así—, saliera una voz en off que nos recordase qué malo es el capitalismo y que ese señor es un hijo de puta.... ¡Pero si no hace falta, si ya lo estoy viendo! Digo: yo también estoy en contra de la explotación laboral, pero los textos con narradores opinólogos me enojan. Y esa clase de decisiones narrativas me parecen una lástima, porque el mensaje que quería sugerir la escena pierde toda su potencia.

En cualquier caso, si la solapa no miente, este es el primer libro de cuentos de Roxana Popelka. Por tanto, me quedo con lo bueno que encontré. Con ese hiperrealismo que tiene fogonazos contundentes, atrapantes. También con ciertos juegos de estructuras bastante cinematográficos para cortar la linealidad del relato y cerrarlo, como en Una foto en la nieve, de una manera muy sugerente, sin apenas conexión aparente con el relato principal:

Ayer, mientras recogía los papeles amontonados de la mesa, encontré unas fotos donde aparecía mi abuela. Estaba con mi madre, en la nieve, sonreían.

En la República Orienta del Uruguay no ha nevado nunca. No hay altas montañas. No existen los terremotos. El punto más elevado se llama Cerro Catedral y tiene 513 metros de altura.

Con encontrar esta clase de detalles (junto con los otros, claro), me alcanza; hay una autora que me interesa. Si los siguientes libros viran de este lado más poético, sensorial o hiperrealista, es probable que yo esté entre sus lectores.

*

Tortugas acuáticas, Roxana Popelka.
Editorial Baile del Sol, Tenerife 2006.

3 de octubre de 2008

El androide y las quineras, Ignacio Padilla

Que no se diga: ayer hice vida literaria, algo que no acostumbro (soy de los que prefiere quedarse en casa leyendo o escribiendo). Pero la ocasión merecía la pena; el escritor mexicano Ignacio Padilla venía a presentar El androide y las quimeras a Madrid y charlaría con Juan Carlos Méndez Guédez, el escritor venezolano. Como iba a ser difícil que tal conjunción latinoamericana se volviera a dar, me acerqué hasta tres rosas amarillas, una librería con nombre de cuento de Raymond Carver en el barrio de Malasaña, donde se celebró el acto.

A ver, primero un poco de cholulismo literario (luego entraré en materia). Resulta que Méndez y Padilla fueron compañeros en la Universidad de Salamanca allá por el 95. No concretaron, pero dieron a entender que debían de estar estudiando algún doctorado y, según explicaron, coincidieron con Jorge Volpi, Rodrigo Fresán o Juan Manuel de Prada, también alumnos. Al parecer, Padilla —neurótico y obsesivo del lenguaje, según él— pergeñaba ya entonces la colección de cuentos que ayer presentó. Y lo hacía en un cuaderno común, donde escribía a mano variaciones sobre el primer párrafo de uno de sus cuentos. Es decir, que, echando cuentas, tardó más de diez años en terminar los doce que integran El androide y las quimeras. Ahí es nada.

¿El resultado? Méndez lo leyó:

El primer cargamento se perdió en el Atlántico a mediados de octubre. Seiscientas niñas de cerámica se ahogaron a escasas millas de Rotterdam, sin que hubiera dios ni ayuda para impedir esa zozobra de encajes, piernas, brazos y ojos de vidrio que miraron sin mirar a los peces que no podrían devorarlas. Ahí seguirán ahora: sonrientes, mudas, hacinadas entre algas como en la fosa abierta en el jardín de un pederasta, estrafalario sueño de fotógrafos marinos y coleccionistas de juguetes que estiman el valor de cada muñeca en poco más de mil trescientos marcos alemanes.

Así empieza el libro. Ese es el primer párrafo, la famosa «puerta de entrada» del lector al mundo que le abre el escritor. Y, como diagnosticaba Méndez, queda claro el talento de Padilla para, en unas pocas líneas, sumergir al lector en un lugar distinto al que lo rodea. Es cierto: aparecen «muñecas de cerámica» que se ahogan, «peces» que no pueden devorarlas —una bonita manera de sugerir que, aunque fueran pirañas, no podrían hincarles el diente— o esa imagen inquietante que sugiere el símil «como en la fosa abierta en el jardín de un pederasta». En mi opinión, el tono recuerda las escenas más oníricas de La noche de el cazador.

Y no sólo en este cuento, sino en el libro. Hay en él cierto aire gótico —siempre hay algo sórdido tras imágenes en apariencia ingenuas o infantiles
, y una manera de contar con un estilo muy compacto, algo barroco en su concepción. Pero no en la prosa. Con la prosa de Padilla, pasa como con la de Monterroso: engaña por su aparente sencillez; parece simple, pero nace de un trabajo artesanal para lograr esa cadencia suave. Y, como sucede con Mario Levrero, pese a su aparente simpleza, no admite una lectura veloz; siempre hay una alusión, una sugerencia, una posibilidad de construir sentidos diversos que exige una lectura pausada, atenta.

Por no extenderme demasiado, voy a extractar aquellos detalles de la charla que me llamaron la atención:

Métodos de creación (o Jorge Volpi vs Ignacio Padilla). Hay algunos autores que consideran un lugar común la pregunta, pero cada vez está más claro que hay escritores de mapa y escritores de brújula. El fenómeno parece darse sobre todo a la hora de encarar una novela. Según contó Padilla, su amigo Jorge Volpi es de los primeros, y él de los segundos. Por lo visto, Volpi puede pasarse dos años sin escribir una línea, pero documentándose y haciendo miles de diagramas sobre cómo estructurará el texto. En cambio, Padilla dijo que él se ponía a escribir y, en el camino, iba encontrando sobre qué quería escribir. Su punto de partida podía ser una obsesión recurrente o una imagen, y desde ahí tiraba del hilo. Al margen de que eso es lo que le sale naturalmente, confía en que si la escritura lo va sorprendiendo a él, él logrará sorprender al lector. ¿Y la estructura? A la vista de lo escrito, le busca una estructura posible al texto.

Unidad temática. Padilla comentó que se estaba perdiendo algo que había sido fundamental durante el siglo XX latinoamericano: pensar el libro de cuentos como tal, como un proyecto que lo integran diez, doce, treinta, los cuentos que sean, pero que dialogan entre sí y que integran un proyecto unitario desde el principio. A lo que se refería es a que, cada vez más, hay muchos libros de cuentos que son simplemente una compilación de retales que algunos novelistas han guardado en el disco duro. Ejemplo: esos soporíferos cuentos de encargo que solicitan los periódicos, las aerolíneas para que los pasajeros se duerman y no pidan tanto whisky o alguna revista que quiere publicar un inédito. Señaló que hoy no hay una referencia libresca al uso de Queremos tanto a Glenda, Historia universal de la infamia o El llano en llamas, libros de cuentos concebidos como tales y que supusieron un notable esfuerzo alumbrarlos. Con razón, algunos novelistas opinan que escribir un cuento cuesta poco esfuerzo... Se ve que ninguno de ellos recuerda a Cortázar, Borges o Rulfo.

Fuentes de las que abrevar. A Padilla le gusta Borges, se le nota en la escritura; pero sobre todo se le nota en que tiene unas lecturas erráticas, extrañas, como él mismo confesó. A Borges le fascinaba la Enciclopedia Británica, y en ella encontraba historias sobre las que le gustaba fabular. Padilla comparte esa actitud extravagante: le interesa la historia de los mecheros, por qué Edison quería montar un negocio de muñecas de cerámica en EEUU importándolas desde Alemania o qué pasó con una niña que desenterraba fósiles de dinosaurios y a quien los antropólogos le compran los huesos por unas monedas para revenderlos después. Parte de datos históricos, contrastados, como los de Borges; y al igual que él fabula sobre aquello que los libros no cuentan, que nadie sabe y que es imposible rastrear. En algún sentido, se parece al programa de García Márquez con Simón Bolívar en El general en su laberinto: documentarse exhaustivamente para inventar el eslabón que falta en la historia.

Micropedia. Este es su proyecto más ambicioso. Se trata de una tetralogía donde abordará cuatro obsesiones: viajeros, mujeres, animales y no me acuerdo cuál otra. Pero lo que me interesó fue la capacidad para decirse a uno mismo: todo lo que tengo que decir más o menos lo puedo estructurar en cuatro libros, y entonces proceder a organizarlos temáticamente y ponerse a escribirlos durante años y años. Increíble. (Parece contado por Jorge Volpi).

Generación del crack. Padilla desmintió que Jorge Volpi, Pedro Ángel Palau o él quisieran matar literal y literariamente, como dijeron los medios, a García Márquez, y terminar así de una vez por todas con el «realismo mágico». Explicó que su generación reconocía que Carlos Fuentes, García Márquez, Vargas Llosa o Alejo Carpentier eran grandes escritores, y que no tenían nada contra ellos. Pero que sí batallaban contra los epígonos de estos, quienes trataban de rentabilizar e imponer como gusto una literatura que sólo era mera imitación de la genuina. Él no lo dijo, pero lo digo yo: se referían a Isabel Allende y compañía.

Y hasta aquí la parte de literatura. Luego, vino rosado con guinda en el fondo, frutos secos varios y unos pinchos de tortilla de patata. Y mientras tanto, como uno no conocía a casi nadie porque no suele frecuentar estos lares, miró las estanterías de tres rosas amarillas, que le parecieron recomendablemente bien surtidas (salvo por la presencia estelar de Seda, de Alessandro Baricco, en un par de lugares de preferencia). En fin, hasta aquí mi espíritu de cronista. Es hora de tomarme un café. Me gusta esto de tener un blog para tener en limpio mis notas sobre literatura.

*

El androide y las quimeras, Ignacio Padilla.
Editorial Páginas de Espuma, Madrid 2008.

2 de octubre de 2008

Juan Casamayor

Hoy he recibido el pdf de la entrevista que hice con Juan Casamayor, el editor de Páginas de Espuma, para Vulture. Así que la revista ya debe de estar repartiéndose por Madrid, Barcelona, Valencia y Bilbao, que son las 5 ciudades donde se distribuye. (Es gratuita, no sufráis, que no os tenéis que gastar un solo euro). Imagino que se podrá encontrar donde otras similares (mu, calle20, etcétera), esto es, en los cafés, las librerías y demás. Ya os contaré mejor cuando lo sepa.

Mi sección se llama Pequeñas independencias, y por ella desfilarán mensualmente editores cuyas señas de identidad sean publicar autores noveles, libros a contracorriente o géneros considerados poco comerciales. Por eso, y sólo para abrir boca, un caballero dedicado al noble arte de ¡publicar cuentos! Un valiente, vamos (él y su chica, porque entre los dos fundaron Páginas de Espuma).

El formato en papel es breve, lo sé; pero si el tiempo me lo permite habrá versiones ampliadas en Teína. Ah, el entrevistado de noviembre será Constantino Bértolo, el editor de Caballo de Troya, hombre cabal en sus ideas y arriesgado en sus pretensiones donde los haya.

Versión en pdf: clic aquí.
La revista, en formato virtual: clic aquí.

JUAN CASAMAYOR, EDITOR DE PÁGINAS DE ESPUMA

«Si comienzo a fallarle a mi lector, él me fallará a mí»

En 1999 Juan Casamayor y Encarna Molina cometieron una (aparente) locura económica: crear una editorial especializada en el cuento. Hoy, Páginas de Espuma, además de ser una empresa rentable, es una referencia ineludible para quienes adoran este género.

Rubén A. Arribas


—¿Venden los cuentos?

Juan Casamayor se levanta de la silla, va hasta la estantería y regresa con dos libros. Uno es Ajuar funerario, del peruano Fernando Iwasaki, y otro es Caligrafías, del venezolano José Balza.

—De este he vendido 50 mil —dice el editor de Páginas de Espuma levantando el de Iwasaki—. Del de Balza, un escritor maravilloso, 500. ¿Vende o no vende el cuento? No creo que esa sea la cuestión.

Y es que, según Casamayor, «ahínco comercial» y «vocación de formar un catálogo» deben aunarse para que una editorial independiente crezca. De ahí que en estos apenas diez años de vida, además de apostar por cuentistas como Pablo Andrés Escapa, Andrés Neuman o Clara Obligado, también lo haya hecho por profesionalizar la estructura de ventas. Así es como ha conseguido que el gobierno mexicano, por ejemplo, le compre 40 mil ejemplares de los microcuentos de terror de Iwasaki. Es decir: independencia editorial, sí; pero sin olvidar la viabilidad económica.

Con un catálogo de unos 120 títulos y una tirada entre 1.500 y 3.000 ejemplares, Páginas de Espuma vende en promedio unas 1.250 copias de cada libro. He ahí un dato incuestionable que desmitifica el famoso «el cuento no vende» con que tantos editores han declinado publicar cualquier historia que no viniera novelada.

—Sé que no me haré rico —dice—; pero la editorial da para que Encarni, mi hijo y yo vivamos, y también para pagarle el sueldo a cuatro personas que trabajan aquí.

Aquí es una casa de unos 200 m2 situada en Malasaña y que Casamayor y su pareja dividieron en dos: una parte para vivir en familia y otra, para llenarla de libros hasta el techo y fundar entre ambos este proyecto. Si bien el momento era complicado porque 1999 era cuando «los grandes grupos se convirtieron en apisonadoras y apuntaba ya el fenómeno de las grandes superficies como puntos de venta», gracias a los ahorros personales y a la ayuda familiar, publicaron los primeros títulos.

Vocación editorial, una buena dosis de locura y el camino abierto por sus admirados Jorge Herralde o Beatriz de Moura marcaron desde entonces el Norte. También la fidelidad a un criterio para crear un catálogo: la calidad.

—Si a ese lector constante que tiene Páginas de Espuma, comienzo a fallarle, él empezará a fallarme a mí. Yo no puedo montar una noria como las que montan los grandes grupos; tengo que atraer a los lectores y a los escritores con mi trabajo.

*