3 de octubre de 2008

El androide y las quineras, Ignacio Padilla

Que no se diga: ayer hice vida literaria, algo que no acostumbro (soy de los que prefiere quedarse en casa leyendo o escribiendo). Pero la ocasión merecía la pena; el escritor mexicano Ignacio Padilla venía a presentar El androide y las quimeras a Madrid y charlaría con Juan Carlos Méndez Guédez, el escritor venezolano. Como iba a ser difícil que tal conjunción latinoamericana se volviera a dar, me acerqué hasta tres rosas amarillas, una librería con nombre de cuento de Raymond Carver en el barrio de Malasaña, donde se celebró el acto.

A ver, primero un poco de cholulismo literario (luego entraré en materia). Resulta que Méndez y Padilla fueron compañeros en la Universidad de Salamanca allá por el 95. No concretaron, pero dieron a entender que debían de estar estudiando algún doctorado y, según explicaron, coincidieron con Jorge Volpi, Rodrigo Fresán o Juan Manuel de Prada, también alumnos. Al parecer, Padilla —neurótico y obsesivo del lenguaje, según él— pergeñaba ya entonces la colección de cuentos que ayer presentó. Y lo hacía en un cuaderno común, donde escribía a mano variaciones sobre el primer párrafo de uno de sus cuentos. Es decir, que, echando cuentas, tardó más de diez años en terminar los doce que integran El androide y las quimeras. Ahí es nada.

¿El resultado? Méndez lo leyó:

El primer cargamento se perdió en el Atlántico a mediados de octubre. Seiscientas niñas de cerámica se ahogaron a escasas millas de Rotterdam, sin que hubiera dios ni ayuda para impedir esa zozobra de encajes, piernas, brazos y ojos de vidrio que miraron sin mirar a los peces que no podrían devorarlas. Ahí seguirán ahora: sonrientes, mudas, hacinadas entre algas como en la fosa abierta en el jardín de un pederasta, estrafalario sueño de fotógrafos marinos y coleccionistas de juguetes que estiman el valor de cada muñeca en poco más de mil trescientos marcos alemanes.

Así empieza el libro. Ese es el primer párrafo, la famosa «puerta de entrada» del lector al mundo que le abre el escritor. Y, como diagnosticaba Méndez, queda claro el talento de Padilla para, en unas pocas líneas, sumergir al lector en un lugar distinto al que lo rodea. Es cierto: aparecen «muñecas de cerámica» que se ahogan, «peces» que no pueden devorarlas —una bonita manera de sugerir que, aunque fueran pirañas, no podrían hincarles el diente— o esa imagen inquietante que sugiere el símil «como en la fosa abierta en el jardín de un pederasta». En mi opinión, el tono recuerda las escenas más oníricas de La noche de el cazador.

Y no sólo en este cuento, sino en el libro. Hay en él cierto aire gótico —siempre hay algo sórdido tras imágenes en apariencia ingenuas o infantiles
, y una manera de contar con un estilo muy compacto, algo barroco en su concepción. Pero no en la prosa. Con la prosa de Padilla, pasa como con la de Monterroso: engaña por su aparente sencillez; parece simple, pero nace de un trabajo artesanal para lograr esa cadencia suave. Y, como sucede con Mario Levrero, pese a su aparente simpleza, no admite una lectura veloz; siempre hay una alusión, una sugerencia, una posibilidad de construir sentidos diversos que exige una lectura pausada, atenta.

Por no extenderme demasiado, voy a extractar aquellos detalles de la charla que me llamaron la atención:

Métodos de creación (o Jorge Volpi vs Ignacio Padilla). Hay algunos autores que consideran un lugar común la pregunta, pero cada vez está más claro que hay escritores de mapa y escritores de brújula. El fenómeno parece darse sobre todo a la hora de encarar una novela. Según contó Padilla, su amigo Jorge Volpi es de los primeros, y él de los segundos. Por lo visto, Volpi puede pasarse dos años sin escribir una línea, pero documentándose y haciendo miles de diagramas sobre cómo estructurará el texto. En cambio, Padilla dijo que él se ponía a escribir y, en el camino, iba encontrando sobre qué quería escribir. Su punto de partida podía ser una obsesión recurrente o una imagen, y desde ahí tiraba del hilo. Al margen de que eso es lo que le sale naturalmente, confía en que si la escritura lo va sorprendiendo a él, él logrará sorprender al lector. ¿Y la estructura? A la vista de lo escrito, le busca una estructura posible al texto.

Unidad temática. Padilla comentó que se estaba perdiendo algo que había sido fundamental durante el siglo XX latinoamericano: pensar el libro de cuentos como tal, como un proyecto que lo integran diez, doce, treinta, los cuentos que sean, pero que dialogan entre sí y que integran un proyecto unitario desde el principio. A lo que se refería es a que, cada vez más, hay muchos libros de cuentos que son simplemente una compilación de retales que algunos novelistas han guardado en el disco duro. Ejemplo: esos soporíferos cuentos de encargo que solicitan los periódicos, las aerolíneas para que los pasajeros se duerman y no pidan tanto whisky o alguna revista que quiere publicar un inédito. Señaló que hoy no hay una referencia libresca al uso de Queremos tanto a Glenda, Historia universal de la infamia o El llano en llamas, libros de cuentos concebidos como tales y que supusieron un notable esfuerzo alumbrarlos. Con razón, algunos novelistas opinan que escribir un cuento cuesta poco esfuerzo... Se ve que ninguno de ellos recuerda a Cortázar, Borges o Rulfo.

Fuentes de las que abrevar. A Padilla le gusta Borges, se le nota en la escritura; pero sobre todo se le nota en que tiene unas lecturas erráticas, extrañas, como él mismo confesó. A Borges le fascinaba la Enciclopedia Británica, y en ella encontraba historias sobre las que le gustaba fabular. Padilla comparte esa actitud extravagante: le interesa la historia de los mecheros, por qué Edison quería montar un negocio de muñecas de cerámica en EEUU importándolas desde Alemania o qué pasó con una niña que desenterraba fósiles de dinosaurios y a quien los antropólogos le compran los huesos por unas monedas para revenderlos después. Parte de datos históricos, contrastados, como los de Borges; y al igual que él fabula sobre aquello que los libros no cuentan, que nadie sabe y que es imposible rastrear. En algún sentido, se parece al programa de García Márquez con Simón Bolívar en El general en su laberinto: documentarse exhaustivamente para inventar el eslabón que falta en la historia.

Micropedia. Este es su proyecto más ambicioso. Se trata de una tetralogía donde abordará cuatro obsesiones: viajeros, mujeres, animales y no me acuerdo cuál otra. Pero lo que me interesó fue la capacidad para decirse a uno mismo: todo lo que tengo que decir más o menos lo puedo estructurar en cuatro libros, y entonces proceder a organizarlos temáticamente y ponerse a escribirlos durante años y años. Increíble. (Parece contado por Jorge Volpi).

Generación del crack. Padilla desmintió que Jorge Volpi, Pedro Ángel Palau o él quisieran matar literal y literariamente, como dijeron los medios, a García Márquez, y terminar así de una vez por todas con el «realismo mágico». Explicó que su generación reconocía que Carlos Fuentes, García Márquez, Vargas Llosa o Alejo Carpentier eran grandes escritores, y que no tenían nada contra ellos. Pero que sí batallaban contra los epígonos de estos, quienes trataban de rentabilizar e imponer como gusto una literatura que sólo era mera imitación de la genuina. Él no lo dijo, pero lo digo yo: se referían a Isabel Allende y compañía.

Y hasta aquí la parte de literatura. Luego, vino rosado con guinda en el fondo, frutos secos varios y unos pinchos de tortilla de patata. Y mientras tanto, como uno no conocía a casi nadie porque no suele frecuentar estos lares, miró las estanterías de tres rosas amarillas, que le parecieron recomendablemente bien surtidas (salvo por la presencia estelar de Seda, de Alessandro Baricco, en un par de lugares de preferencia). En fin, hasta aquí mi espíritu de cronista. Es hora de tomarme un café. Me gusta esto de tener un blog para tener en limpio mis notas sobre literatura.

*

El androide y las quimeras, Ignacio Padilla.
Editorial Páginas de Espuma, Madrid 2008.

3 comentarios:

  1. brillante crónica.
    Gracias y un abrazo literario

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  2. Así fue. Eso de que hayas estado allí (yo taimbién estuve) y no conocernos me deja jorobado. A ver si en la próxima nos reconocemos.
    Un saludo

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  3. Leo Mares:

    Gracias a ti por pasar por este blog (que pelea desde hace semanas contra Firefox con tal de recomponer su columna lateral). Ahí va mi abrazo también.

    *

    Baco:

    Con ese nombre, ya sé qué fue lo que más te gustó de la presentación... (Es broma, es broma).

    Queda así, en plan cortazariano: a ver si en la próxima nos reconocemos.

    Saludos.

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