Mi padre sostiene que lee hasta la servilletas de los bares. Yo diría que exagera un poco el hombre; pero, bueno, además de libertad de culto, a todo ser humano hay que concederle libertad de hipérbole. Con todo, reconozco que algo de verdad puede haber en su exageración: yo, que soy una de las astillas de tal palo, leo hasta los poemas que pegan en las paredes de los vagones del metro. Este de Juan Carlos Mestre lo he leído hace un rato en la línea 6, entre las estaciones de Manuel Becerra y Planetario-Arganzuela.
Al principio, no he caído en la cuenta de quién era el autor; me he limitado a paladear la dosis de lírica surrealista que he encontrado junto a la puerta del centro, bajo el previsible itinerario de la línea gris. Y, como todo placer inesperado, lo he saboreado con intensidad. Ahora, ya en casa y Google mediante, he ordenado mi caótica estantería mental: Mestre es, entre otras cosas, quien declama un poema en el disco de Amancio Prada que le regalé a mi padre, Escrito está, hace unos años. En concreto, me acordaba de la canción «Antífona en el valle del Bierzo». Resuelto el misterio, puedo irme a dormir tranquilo. Veremos qué nuevas servilletas me depara mañana la ciudad.
Al principio, no he caído en la cuenta de quién era el autor; me he limitado a paladear la dosis de lírica surrealista que he encontrado junto a la puerta del centro, bajo el previsible itinerario de la línea gris. Y, como todo placer inesperado, lo he saboreado con intensidad. Ahora, ya en casa y Google mediante, he ordenado mi caótica estantería mental: Mestre es, entre otras cosas, quien declama un poema en el disco de Amancio Prada que le regalé a mi padre, Escrito está, hace unos años. En concreto, me acordaba de la canción «Antífona en el valle del Bierzo». Resuelto el misterio, puedo irme a dormir tranquilo. Veremos qué nuevas servilletas me depara mañana la ciudad.
PD. El resto de textos que circulan en metro por Madrid se hallan aquí.

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